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Full text of "Revista de España"

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ITALIA-ESPAÑA 


EX-LIBRIS 
M.  A.  BUCHANAN 


PRESENTED  TO 

THE    LIBRARY 

BY 

PROFESSOR  MILTON  A.  BUCHANAN 

OF  THE 

DEPARTMENT  OF  ITALIAN  AND  SPANISH 

1906-1946 


REVISTA  DE  ESPAÑA. 


.^  # 


/  * 


I     REVISTA 

DE  ESPAÑA 


CUARTO  AÑO. 


TOMO    XTX. 


MADRID. 

REDACCIÓN  Y  AüMDilSTRACION,     I     fflPRENTA  DE  JOSK  NOGüKRA, 
Piíseo  del  Prado,  22,  |  Bordadores,  7. 

1871. 


^.  u 


ÍO 


DE  LONDRES  Á  MADRID 


PASANDO  POR 


LÜXEMBÜRGO,  SAARBRÜCKEN,  METZ,  WEISSEMBURGO 

ESTRASBURGO  Y  LYON  (1). 


V. 

ÜE    WEISSEMBURGO  A   ESTRASBUIIGU. 

A  las  tres  de  la  tarde  salí  de  Weissemburgo,  para  Estrasburgo. 

Iban  en  el  mismo  coche  conmigo  tres  alemanes,  uno  de  los 
cuales  era  del  Norte,  Llevaba  al  brazo  la  cruz  de  Ginebra,  y  como 
supe  luego,  era  hombre  científico,  doctor  de  no  sé  qué  facultad. 
Era  un  tipo  acabado  del  alemán  estudioso.  Tenia  la  expresión 
dulce  y  pacífica,  pero  fea;  cuerpo  robusto,  aunque  desgarbado 
vestía  traje  severo  de  color  gris,  de  corte  raro  y  puesto  con  mucho 
desaliño.  Nos  contó  que  al  estallar  la  guerra  se  hallaba  estable- 
cido en  París  con  su  mujer  y  su  biblioteca,  á  las  cuales  parecía 
tener  un  cariño  entrañable,  especialmente  á  la  última. 

— Estando,  pues,  en  París, — continuó  diciendo  el  doctor  ale- 
mán,— llamó  una  mañana  á  la  puerta  de  mi  casa  un  comisario  de 
policía.  Confieso  que  esta  visita  inesperada  me  causó  alguna  sor- 
presa. Pregunté  al  comisario  de  policía  en  qué  podía  ser  útil  á  las 
autoridades  fi-ancesas.  Sin  darme  respuesta  alguna  verbal,  me  en- 
tregó un  documento  firmado  por  el  gobierno  municipal  y  que  con- 
tenia una  orden  de  expulsión.  Pasé  la  vista  rápidamente  por  el  di- 
choso documento.  No  había  equivocación  alguna:  el  Gobierno  me 
mandaba  salir  inmediatamente  de  Paris  con  mi  mujer. 


(1)    Véase  el  núm.  70  ele  esta  Revista. 


(i  DE   LONDRES  Á  MADRID. 

— Pero  señor  comisario, — le  empecé  á  decir, —  mire  Vd.  que  soy 
hombre  pacífico;  hace  años  que  me  hallo  establecido  en  esta  ca- 
pital, todos  los  vecinos  de  este  barrio  me  conocen,  y  saben  que 
sólo  vivo  entregado  á  ejercicios  científicos  del  todo  ajenos  á  la 
política. 

— A  mí  qué  me  cuenta  Vd., — me  contestó  el  comisario. — Tengo 
esta  orden  y  la  he  de  cumplir;  con  que,  véngase  Vd.  conmigo. 

— ¿Y  mi  mujer? — volví  á  preguntar  á  aquel  hombre  sin  en- 
trañas. 

— Se  irá  con  Vd. 

— ¿Y  mi  biblioteca? 

— El  Gobierno  se  encargará  de  ella. 

Hasta  entonces  el  sabio  alemán  no  habia  comprendido  toda  la 
gravedad  de  su  posición.  Su  expulsión  de  Paris  y  hasta  el  peligro, 
que  corría  su  vida  y  la  de  su  mujer,  eran  cosas  harto  desagrada- 
bles; pero  al  oír  que  el  Gobierno  republicano  |de  París  iba  á  encar- 
garse del  cuidado  de  su  biblioteca,  quedó  como  petrificado,  mi- 
rando al  comisario  con  la  boca  abierta. 

— !Nada,  nada, — volvió  á  decir  este, — no  lo  piense  V.  más, 
sino  véngase  Vd.  conmigo  á  la  prefectura,  y  esa  señora  hará  el  fa- 
vor de  acompañarnos. 

— Tuve  que  resignarme  á  tan  cruel  mandato, — prosiguió  el 
doctor, — é  iba  á  prepararme  para  la  próxima  marcha. 

— ¿Adonde  vá  Vd.? — me  gritó  el  comisario. 

— A  vestirme, — le  contesté, — y  arreglar  un  par  de  baúles, 

— No  puede  ser:  tengo  la  orden  terminante  de  llevarme  á  Vd.  y 
á  su  mujer  tales  como  les  encuentro. 

— Pero,  señor  comisario, — le  dije, — mire  Vd,  que  estoy  en  bata 
y  mi  mujer  está  casi  en  camisa. 

— Pues  en  esos  trajes  han  de  salir  Vds.  de  Paris. 

— Y  en  esos  trajes  salimos  de  Paris  mi  mujer  y  yo, — continuó 
diciendo  el  pacífico  doctor. — Esta  levita  que  Vds.  ven,  señores,  no 
es  mia;  me  la  ha  prestado  un  amigo  que  én  tal  aprieto  me  socor  - 
rió  con  algunas  frioleras  indispensables. 

A  pesar  de  haber  recibido  tan  bárbaro  tratamiento  á  manos  de 
las  autoridades  francesas,  este  sabio  alemán  no  habia  perdido  su 
calma,  su  gravedad  y  cordura.  Miraba  á  los  franceses,  no  como  á 
encarnizados  enemigos  de  su  patria,  sino  como  á  ilusos  que  iban 
buscando  su  propia  ruina.  No  pude  menos  de  admirar  el  carácter 


DE    LONDRES  A   MADRID.  / 

particular,  pero  desapasionado  y  benévolo  de  aquel  filósofo  ver- 
dadero. 

La  confusión  creada  por  la  entrada  y  salida  de  tantos  trenes  mi- 
litares, oblig'ó  al  en  que  iba  yo,  á  hacer  una  parada  de  media  hora 
á  UT^  kilómetro  de  la  estación  de  Estrasburg-o.  Entramos,  por  fin. 
Bajé  del  tren,  y  me  fui  derecho  á  una  fonda.  Me  lavé,  comí,  y 
salí  luego  á  la  calle. 

Eran  las  nueve  de  la  noche,  y  las  calles  estaban  casi  desiertas. 
Además  se  veia  muy  mal.  Durante  el  sitio,  la  fábrica  de  gas  fué 
destruida  por  los  mismos  franceses,  según  me  dijeron,  y  aún  no 
la  hablan  vuelto  á  edificar.  Por  lo  tanto,  no  habia  otro  alumbrado 
que  el  que  daban  unos  pequeños  quinqués  de  aceite  mineral,  colo- 
cados en  los  faroles  que  en  tiempos  más  prósperos  hablan  sido 
de  gas. 

Di  la  vuelta  á  dos  ó  tres  calles,  pero  no  pudiendo  ver  nada,  y 
corriendo  grave  riesgo  de  caerme  de  bruces  en  algún  charco,  tal 
era  la  oscuridad  que  allí  habia,  me  volví  á  mi  fonda,  resuelto  á 
no  salir  sino  á  la  clara  luz  del  sol. 

A  la  mañana  siguiente  almorcé,  y  me  salí  á  la  calle  á  ver  dos 
cosas:  la  célebre  catedral  antigua  y  las  modernas  ruinas  hechas  por 
las  balas  y  bombas  prusianas. 

Estrasburgo,  la  antigua  Argentoratum  de  los  Romanos,  siendo 
capital  de  la  baja  Alsacia,  fué  ocupada  en  1681,  en  tiempo  de  paz, 
por  Luis  XIV,  y  fué  cedida  á  Francia  definitivamente  en  1697  por 
el  tratado  de  Ryswick.  Antes  de  la  guerra  tenia  Estrasburgo  una 
población  de  85.000  almas.  Su  aspecto  es  enteramente  el  de  una 
antigua  ciudad  alemana,  con  sus  casas  de  fachada  angosta,  tejado 
altísimo,  pequeñas  ventanas  y  pesados  miradores  cubiertos  de 
adornos  grotescos. 

Al  salir  de  la  fonda  me  fui  directamente  á  la  catedral.  A  medida 
que  iba  pasando  por  las  calles,  iba  viendo  á  derecha  é  izquierda,  ya 
las  desnudas  paredes  de  algún  palacio  modern(),  ya  los  denegridos 
restos  de  alguna  casa  más  humilde,  de  construcción  antigua. 

El  primer  edificio  de  alguna  importancia  que  vi  en  este  estado 
lastimoso  fué  la  Biblioteca,  antiguo  edificio  gótico,  del  cual  sólo 
quedan  los  seculares  cimientos  y  las  robustas  paredes  maestras. 

Contenia  esta  biblioteca  56.000  volúmenes  y  gran  número  do 
manuscritos,  entre  los  cuales  figuraban  en  primer  término  los  re- 
lativos á  la  invención  de  la  imprenta;  además  muchas  lápidas  y 


8  DE  LONDRES   Á  MADRID. 

sarcófagos  antiguos,  y  la  espada  del  heroico  Kleber,  hijo  de  aque- 
lla población,  juntamente  con  el  puñal  con  que  fué  asesinado  en  el 
Cairo.  Excusado  es  decir  que  la  inmensa  mayoría  de  estos  volú- 
menes, manuscritos  y  curiosidades  históricas  han  sido  presa  de  las 
llamas.  Sólo  se  han  podido  salvar  los  que  habían  sido  colocados  en 
los  sótanos  ó  alejados  del  edificio  antes  del  bombardeo. 

Aunque  situada  á  cortísima  distancia  de  la  biblioteca,  poco  ó 
nada  ha  sufrido  la  hermosa  Catedral:  noté  tan  sólo  uno  ó  dos  ba- 
lazos en  el  ángulo  izquierdo  de  la  fachada  y  parte  del  tejado  hun- 
dido; desperfectos  todos  facilísimos  de  restaurar. 

Es  célebre  esta  Catedral  no  sólo  por  su  imponente  aspecto,  sino 
por  ofrecer  un  ejemplo,  casi  único,  del  desenvolvimiento  sucesivo 
de  la  arquitectura  gótica  desde  su  origen  hasta  su  más  alto  grado 
de  perfección  y  aún  hasta  su  decadencia.  Fundada  en  el  año  117G, 
siguió  siendo  objeto  de  renovaciones,  ensanches  y  embelleci- 
mientos hasta  el  año  1439,  y  aún  hoy  no  está  del  todo  conclui- 
da, pues  le  falta  una  de  dos  altísimas  agujas  en  que  remata  la 
magnífica  fachada,  que  es  también  la  parte  del  edificio  de  estilo 
más  bello  y  más  esmerada  ejecución.  Esta  maravilla,  de  arte  gó- 
tica, fué  empezada  en  1277  por  el  arquitecto  alemán  Erwin  do 
Steinbach,  y  terminada,  después  de  su  muerte,  por  su  hijo,  que 
faUeció  en  1339. 

En  una  de  las  capillas  adyacentes  se  halla  el  célebre  reloj  as- 
tronómico, cuyo  ingenioso  mecanismo  representa  el  movimiento 
de  nuestro  sistema  planetario. 

Muchas  son  las  casas  que  han  sido  destruidas  del  todo  ó  en  parte 
en  las  inmediaciones  de  la  plaza  de  la  Catedral.  Unida  á  esta  por 
medio  de  una  calle  no  muy  larga,  se  halla  la  plaza  antigua,  en 
cuyo  centro  está  colocada  la  estatua  de  Guttemberg",  obra  moderna 
del  escultor  David. 

También  han  respetado  las  balas  prusianas  á  la  efigie  del  célebre 
alemán,  de  gloriosa  memoria,  inventor  de  la  imprenta. 

Juan  Guttemberg  nació  en  Maguncia,  en  Alemania,  en  el  año 
1400.  En  1423  pasó  á  Estrasburgo,  donde  formó  una  sociedad  para 
el  establecimiento  de  una  imprenta.  En  1443  volvió  á  Maguncia 
y  concluyó  con  Juan  Fausto,  rico  platero  de  aquella  ciudad,  un 
convenio,  por  el  cual  este  se  obligó-  á  adelantar  el  dinero  necesa- 
rio para  establecer  una  oficina  tipográfica,  donde  se  imprimió  la 
famosa  biblia  llamada  de  las  Cuarenta  y  dos  líneas .  Los  documen- 


DE   LONDRES    A    MADRID.  O 

tos  manuscritos  relativos  á  dicho  convenio  concluido  entre  el  in- 
ventor de  la  imprenta  y  el  platero  Fausto,  se  hallaban  conservados 
en  la  biblioteca  de  Estrasburgo,  y  es  de  suponer  que  perecieron  en 
el  incendio  de  aquel  edificio.  Guttemberg  murió  en  1468. 

De  la  plaza  de  Guttemberg  me  fui  á  la  de  Broglie.  De  paso  entré 
en  una  tienda,  en  cuyo  escaparate  habia  expuestas  varias  vistas 
fotográficas  de  la  ciudad  tomadas  después  del  sitió.  Mientras  me 
entretenía  en  examinar  dichas  fotografías,  acertó  á  pasar  por  la 
tienda  un  hombre  del  pueblo  custodiado  por  un  soldado  prusiano. 

— ¿Qué  crimen  habrá  cometido  aquel  infeliz? — pregunté  á  la 
muchacha  que  me  estaba  enseñando  las  fotografías, 

— Vaya  Vd.  á  averiguarlo, — me  contestó. — Esagente, — dijo,  re- 
firiéndose á  los  prusianos, — no  se  para  en  barras:  á  la  más  leve 
muestra  de  insubordinación  llevan  á  nuestros  padres,  hermanos  ó 
maridos  á  la  cárcel,  y  allí  los  encierran  ó  los  fusilan.  No  me  ex- 
trañarla que  hicieran  lo  último  con  el  mozo  que  acaba  de  pasar. 

Debemos  suponer  que  en  esta  afirmación  de  la  vendedora  de  fo- 
tografías habría  alguna  exageración,  pues  descubrí  luego  que, 
como  la  inmensa  mayoría  de  sus  compatriotas,  era  francesa  furi- 
bunda y  enemiga  acérrima  de  todo  lo  que  olia  á  prusiano. 

Compré  una  media  docena  de  las  fotografías  que  me  parecieron 
mejores,  y  me  encaminé  hacia  la  plaza  del  Teatro. 

De  este  hermoso  edificio  moderno  no  quedan  más  que  las  paro- 
des  maestras. 

En  frente  del  teatro  habia  formados  varios  destacamentos  de  la 
landwehr.  Esperaban  órdenes,  sin  duda,  para  la  marcha.  Eran 
todos  ellos  mozos  rubios,  no  muy  altos,  pero  robustos  en  extremo. 
El  jefe  de  la  expedición  iba  montado  en  un  caballo  alazán  de  muy 
buena  estampa. 

A  dos  pasos  de  donde  estaba  descansando  esta  tropa,  vi  coloca- 
dos en  el  suelo,  enfrente  del  edificio  destinado  á  fundición  de  ca- 
ñones, una  hilera  de  cincuenta  piezas  de  artillería,  todas  de  bron  — 
ce.  Más  de  cuatro,  y  aún  más  de  veinte,  tenían  señales  de  haber 
sido  desmontadas  por  las  balas  enemigas. 

En  el  paseo  situado  á  espaldas  del  teatro  Vi  la  estatua  de  bronce 
del  Marqués  de.  Lezay-Marnesia,  distinguido  prefecto  de  aquel 
departamento,  cuya  efigie  estaba  acribillada  á  balazos. 

De  la  plaza  ,del  Teatro  me  fui  al  Fauhourg  des  Piérres.  De 
este  barrio^ no  queda  una  sola  casa  intacta.  La  mayor  parte  de 


10  DE   LONDRES  Á    MADRID. 

ellas  están  reducidas  á  escombros.  Parecía  que  por  allí  habia  pa- 
sado el  ángel  del  exterminio. 

'  Después  de  recorrer  las  calles  y  plazas  de  Estrasburgo,  compren- 
dí tjue  no  podia  me'nos  de  ser  profundísimo  el  odio  con  que  mira- 
ban sus  habitantes  á  los  que  tales  estragos  hablan  hecho  en  aquella 
antig-ua,  pero  próspera  ciudad,  y  aún  en  toda  aquella  comarca. 

VI. 

DE  ESTRASBURGO  Á    LYON. 

Eran  las  dos  de  la  tarde  próximamente  cuando  salí  'de  Estras- 
burgo, con  dirección  á  Basilea,  pues  para  penetrar  en  Francia,  ó 
por  mejor  decir,  en  aquella  parte  de  Francia  que  aún  no  ¡estaba 
ocupada  por  los  ejércitos  prusianos,  tuve  que  hacer  un  ancho  rodeo, 
atravesando  la  Suiza  desde  Basilea  á  Ginebra. 

En  el  cortísimo  trecho  que  separa  á  Estrasburgo  de  las  orillas 
del  Rhin,  pude  descubrir  varios  lugarcillos  y  cortijos  que  estaban 
completamente  arruinados  y  desiertos,  obra,  sin  duda,  de  los 
franceses  mismos,  que  se  vieron  obligados  á  destruir  esas  aldeas 
y  los  cortijos  adyacentes  para  evitar  que  las  fuerzas  sitiadoras  se 
hiciesen  fuertes  en  ellos. 

En  menos  de  veinte  minutos  nos  hallamos  en  la  ribera  del  an- 
churoso Rhin,  el  rey  de  los  ríos  germánicos. 

Un  majestuoso  puente  de  hierro  une  en  este  punto  ,á  la  orilla 
alemana  con  la  opuesta  orilla  que  fué  ñancesa,  y  que  se  halla 
hoy  en  poder  de  los  ejércitos  germanos.  El  'padre  Rhin,  como  sue- 
len llamarle  los  patriotas  alemanes,  no  sustenta  j^a  en  sus  fértiles 
riberas  á  las  águilas  francesas,  y  es  hoy,  no  sólo  por  el  nombre  y 
la  tradición,  sino  de  hecho,  rio  alemán. 

Atravesando,  pues,  el  susodicho,  puente,  que  al  estallar  la  guer- 
ra fué  cortado  en  la  orilla  alemana  para  interceptar  en  aquel  pun- 
to la  entrada  de  los  ejércitos  franceses  en  el  territorio  badenes, 
llegamos  á  la  pequeña  ciudad  de  Kehl,  que  antiguamente  no  ser- 
via más  que  de  fortificación  y  defensa  al  puente  de  Estrasburgo. 
Durante  el  sitio  de  esta  última  ciudad,  el  General  Uhrich  quiso 
vengarse  de  los  sitiadores  bombardeando  á  Kehl,  que  salió  de  la  re- 
friega casi  tan  mal  parada  como  la  misma  fortaleza  de  Estrasburgo. 
En  la  estación  de  Kehl  hay  registro  de  equipajes  para  los  viaje- 
ros que  llegan  de  Estrasburgo.  Pero  antes  de  entrar  en  el  local 


DE   LONDRES   Á    MADRID.  11 

destinado  á  tal  objeto,  tuve  que  pasar,  con  los  demás  viajeros  del 
tren,  por  un  pasadizo  laberíntico  de  madera,  en  el  cual  la  atmós- 
fera estaba  impreg'nada  de  cierto  gas  desinfectante  de  olor  poco 
agradable;  precaución  que  toma  la  ciudad  para  evitar  que  se  pro- 
paguen en  esa  orilla  del  rio  las  enfermedades  epide'micas  que  tantos 
estragos  ha  hecho  en  Estrasburgo  y  sus  alrededores. 

Después  de  haber  sufrido  esta  especie  de  fumigación,  entramos 
en  la  aduana. 

— ¿Lleva  Vd.  en  su  maleta  género  alguno  de  contrabando? — me 
preguntó  un  dependiente  de  los  que  por  allí  andaban. — Le  con- 
testé que  no  llevaba  conmigo  sino  ropa  usada  y  libros  viejos . 

— Pase  Vd.,  pues, — me  dijo  con  mucha  cortesía,  fiándose  de  mi 
buena  fé. 

Cito  este  hecho  insignificante  para  demostrar  con  cuan  poca  mo- 
lestia se  puede  viajar  por  Alemania  en  todos  tiempos,  aún  en  los 
belicosos  que  atravesamos. 

Breve  fué  la  parada  que  en  Kehl  hizo  el  tren.  Con  un  silbido 
agudo  se  puso  nuevamente  en  marcha,  atravesando  rápidamente 
los  campos  bien  cultivados,  aunque  poco  pintorescos,  del  gran  Du- 
cado de  Badén. 

A  medida  que  iba  avanzando,  iban  siendo  cada  vez  menos  mar- 
cadas las  huellas  de  la  guerra,  aunque  no  desaparecieron  del  todo 
hasta  que  traspasamos  la  frontera  Suiza. 

El  gran  Ducado  de  Badén  ha  contribuido  al  levantamiento  de 
esa  formidable  hueste  que  acaudilla  el  anciano  Rey  de  Prusia.  en- 
viando á  Francia  un  contingente  que  se  distingue,  si  no  por  el  nú- 
mero, por  el  arrojo  y  esfuerzo  de  los  regimientos  que  lo  componen. 

En  uua  estación,  de  cuyo  nombre  no  me  acuerdo,  tomaron  asien- 
to en  el  coche  en  que  iba  yo,  tres  solda^dos  badeneses.  Venían  de 
los  alrededores  de  París  é  iban  á  sus  casas  con  licencia  para  pasar 
la  Navidad  en  el  seno  de  sus  familias.  Eran  los  tres  de  una  misma 
edad  próximamente;  jóvenes  de  edad  de  20  á  22  años  al  parecer; 
robustos  y  fornidos,  aunque  de  estatura  no  muy  elevada.  Pertene- 
cían los  tres  á  un  mismo  cuerpo;  llevaban  levita  ceñida,  casacon, 
pantalón  y  gorra  con  visera,  todo  del  mismo  color  verde  oscuro. 
No  tenían  arma  alguna. 

El  comportamiento  de  estos  tres  hombres,  mientras  estuvieron 
en  el  coche  conmigo,  fué  ejemplar.  A  pesar  de  la  gian  atención 
que  presté  .á  la  conversación  que  entre  sí  tuvieron,  no  oí  de  sus 


12  DE  LONDRES  A  MaUIUD. 

labios  ni  una  palabra  mal  sonante,  ni  una  expresión  grosern  si- 
quiera. Viajaban  en  seg-unda  cióse,  como  unos  señores  (en  Ale- 
mania la  segunda  clase  es  tan  buena  ó  mejor  que  la  primera  en 
cualquiera  otra  nación),  y  su  conducta  no  desdecía  del  lugar  en 
que  se  hallaban.  La  única  libertad  que  se  tomaban  de  vez  en 
cuando,  era  la  de  entonar  en  coro  algún  himno  guerrero,  ó  una 
canción  popular.  ¿Quién  hubiera  dicho  que  aquellos  tres  mucha- 
chos, tan  bien  criados  y  al  parecer  tan  dóciles  y  pacíficos,  perte- 
necían al  número  de  aquellos  valientes  que  en  la  acción  del  dia  2 
de  Diciembre  hablan  rechazado  los  desesperados  ataques  del  ejer- 
cito mandado  por  Ducrot  en  las  orillas  del  Mame? 

Perdí  de  vista  á  mis  compañeros  de  viaje  poco  antes  de  llegar 
á  la  estación  de  Basilea,  en  donde  me  detuve  aquella  noche. 

A  la  mañana  siguiente,  proseguí  mi  viaje,  pasando  por  Berna 
y  Ginebra,  atravesando  por  lo  tanto  toda  la  parte  septentrional 
de  la  Suiza.  ¡Qué  cuadro  tan  diverso  presentaba  aquella  pinto- 
resca tierra,  del  que  en  Alsacia  y  Loi  ena  acababan  de  comtemplar 
mis  ojos!  Allí  todo  era  desolación,  discordia  y  desconsuelo;  aquí 
todo  era  paz,  orden,  prosperidad  y  bienestar.  Al  atravesar  aque- 
lla pacífica,  cuanto  pintoresca  comarca,  no  pude  me'nos  de  com  - 
parar  á  la  Europa  á  un  vasto  desierto,  y  á  la  república  helvética 
á  un  oasis  de  paz  y  ventura  colocado  en  su  seno  por  la  mano  de  la 
Providencia  para  alivio  y  descanso  del  fatigado  peregrino. 

Hice  aquel  corto  pero  deleitoso  viaje  de  Basilea  á  Ginebra  en 
un  domingo.  Desde  la  madrugada  se  había  presentado  el.  cielo 
azul,  despejado  de  nubes.  La  nieve  se  había  derretido  en  las  llanu- 
ras y  los  hondos  valles,  y  sólo  ostentaba  su  blancura  en  las  ele- 
vadas cimas  y  laderas  de  los  gigantescos  Alpes.  En  las  estaciones 
más  pequeñas  acudían  á  contemplar  en  muda  admkacion  la  porten- 
tosa máquina  y  el  tren  con  su  carga  de  seres  vivientes  gran  número 
de  aldeanos  y  aldeanas  engalanados  con  sus  vistosos  trajes  nacio- 
nales. ¡Qué  contento,  qué  reposo,  qué  bienestar  respiraban  aque- 
llas risueñas  aldeas,  aquellos  pacíficos  lugarcillos  situados  en  la 
falda  de  alguna  montaña  erguida  ó  en  el  seno  de  hondísimo  valle! 

Al  desembocar  el  tren  por  uno  de  esos  pasajes  abiertos  por  la 
mano  del  hombre  en  la  dura  roca,  como  gigantesco  reptil  que 
sale  rugiendo  de  su  tenebrosa  madriguera,  se  presentó  de  repente 
y  como  por  ensalmo  á  nuestra  vista  la  tranquila  superficie  del  lago 
encantador  de  Ginebra,   rodeado  por  donde  quiera  de  elevadísimas 


DE   LONDRES    Á   MADRID.  15 

sierras  cubiertas  de  sempiternas  nieves.  Al  contemplar  esa  subli- 
me obra  d^  la  naturaleza,  comprendí  desde  luego  cuánto  motivo 
tenian  los  suizos  para  amar  con  frenesí  aquella  pintoresca  tierra, 
cuya  historia  parece  un  idilio,  comparada  con  las  trájicas  jorna- 
das del  sangriento  drama  del  mundo.  La  libertad  de  que  disfrutan 
los  pueblos  de  los  Estados-Unidos  y  de  la  Gran-Bretaña,  va  acom- 
pañada siempre  de  cierta  perturbación  y  discordia  aparente;  en 
Suiza  hay,  con  libertad  absoluta,  completa  tranquilidad,  y  en 
donde  quiera  paz  y  concordia.  No  parece  sino  que  la  libertad,  can- 
sada de  sostener  mil  combates  y  luchas  sin  cuento  contra  la  igno- 
rancia, el  error,  el  vicio  y  las  malas  pasiones  todas  del  hombre,  y 
buscando  un  asilo  en  donde  amparar-se,  haya  escogido  aquel  pin- 
toresco rincón  de  la  tierra,  patria  de  Winkelried,  Calvino  y  Kous- 
seau.  En  Suiza,  la  libertad  ninguna  conquista  más  tiene  que  hacer, 
y  por  tanto  reposa  en  tranquila  y  segura  paz. 

Después  de  conducirnos  por  espacio  de  dos  horas  ribera  del  her- 
moso lago,  cuya  tranquila  superficie,  apenas  rizada  por  la  leve 
brisa,  reflejaba  en  toda  su  pureza  el  celeste  color  del  limpio  cielo, 
se  deslizó  lentamente  el  tren  en  la  estación  de  Ginebra. 

Sentí  una  tentación  grande  de  quedarme  por  espacio  do  algunos 
dias  en  aquella  culta  y  hospitalaria  ciudad,  en  cuyo  recinto,  por 
entonces,  habian  acudido  á  buscar  amparo  y  seguro  asilo  en  su  des- 
gracia varios  Soberanos  y  Príncipes  desterrados,  y  gran  número  de 
personajes  políticos  adictos  á  la  dinastía  recientemente  derrocada 
en  la  vecina  Francia.  Pero  tuve  que  dejar  el  cumplimiento  de  este 
deseo  para  otra  ocasión,  pues  por  mucho  que  me  interesara  el  re- 
correr la  ciudad  de  Ginebra  y  sus  alrededores,  más  me  importaba 
el  detenerme  todo  el  tiempo  que  pudiese  en  el  mediodía  de  Francia. 

Pocos  minutos  faltaban  para  la  salida  del  tren  expreso  que  se 
dirigía  á  Lyon.  Tomé,  pues,  mi  billete,  facturé  mi  equipaje,  y  salí 
corriendo  hacia  el  andén.  Aún  no  había  acabado  de  colocar  mi 
manta  y  maleta  de  mano  en  la  redecilla  del  coche,  cuando  silbó  la 
máquina  y  se  pusieron  en  movimiento  los  pocos  coches  de  primera 
clase  que  componían  aquel'  tren. 

Iban  conmigo  en  el  mismo  coche  cinco  viajeros  más,  que  en  todo 
el  tiempo  en  que  estuve  en  su  compañía  no  despegaron  los  la- 
bios. Viéndoles  tan  cabizbajos  y  apesadumbrados,  los  tuve  desde 
luego  por  franceses,  á  quienes  las  desventuras  de  su  patria  tenian 
de  tal  suerte  abatidos.  Seguí  su  ejemplo  y  no  les  hablé  tampoco. 


14  DE  LONDRES  Á   MADRID. 

Pero  más  que  á  la  tristeza  que  no  podían  meaos  de  sentir  al  pen- 
sar en  los  reveses  que  diariamente  sufrían  sus  hemianos  en  el  cam- 
po de  batalla,  atribuí  su  disposición  recelosa  y  taciturna  á  la  des- 
confianza que  parecen  inspirarse  mutuamente  las  clases  más  aco- 
modadas hoy  en  Francia.  Reina  allí  un  desbarajuste  tan  grande; 
son  tantos  y  tan  diversos  los  pareceres,  las  aspiraciones,  los  deseos 
y  sentimientos  del  público,  que  cada  cual  cree,  y  no  sin  funda- 
mento, hallar  en  su  vecino,  sí  no  un  enemigo,  á  lo  menos  un  ad- 
versario acérrima.  En  circunstancias  tan  lastimosas,  el  partido 
más  prudente  para  un  francés  es  sin  duda  el  de  callarse,  por  no 
•ofender  ó  por  no  ser  ofendido;  pero  para  el  extranjero  que  viaja 
con  deseos  de  indagar  hacia  qué  lado  se  inclina  la  opinión  pi^blica 
en  Francia,  es  poco  provechoso,  á  más  de  ser  en  extremo  aburrido 
el  tropezar  con  compañeros  de  viaje  tan  silenciosos  y  tan  llenos  de 
recelo.  Formé,  pues,  allí  mismo  la  resolución  de  no  volver  á  via- 
jar en  tren  expreso  mientras  estuviese  en  Francia,  á  pesar  de  las  • 
molestias  que  consigo  acarrea  el  viajar  en  tren  correo. 

En  la  frontera  hizo  el  tren  una  parada  bastante  larga  para  tren 
expreso.  Antes  de  entrar  en  la  sala  de  espera  tuvimos  que  entre- 
gar nuestros  pasaportes,  que,  antes  de  volver  á  nuestras  manos, 
fueron  detenidamente  examinados  por  algunos  empleados  de  poli- 
cía. El  mió  estaba  en  orden;  lo  recogí,  y  me  entré  en  la  fonda  á 
cenar,  tomando  la  precaución  de  alejar  de  mi  persona  un  rollo  de 
periódicos  políticos  y  satíricos,  entre  otros  el  Kladderadatsch  de 
Berlín,  que  el  dia  anterior  había  comprado  en  Alemania. 

Mis  compañeros  de  viaje  seguían  tan  mudos  en  la  fonda  como 
antes  de  entrar  en  ella,  y  los  pocos  que  se  conocían  hablaban  entro 
sí  en  voz  baja.  Al  poco  rato  volvimos  todos  á  subir  en  el  tren,  que 
en  breves  horas  nos  condujo  á  la  industrial  y  populosa  ciudad  que 
bañan  á  porfía  el  Ródano  y  el  Saona. 

VIL 

DE   LYON   Á   BAYONA, 

Lyon,  la  rica  y  populosa  ciudad  que  ocupa  el  primer  puesto 
entre  los  grandes  centros  industriales  de  Francia,  estaba  conver- 
tida, como  Lille  y  otras  muchas  ciudades  de  primer  orden,  en  un 
vasto  arsenal,  donde  el  ruido  de  las  armas  había  venido  á  sofocar 
el  rumor  monótono  de  los  telares. 


DE   L(>NDRES   k    MADRID.  15 

Lyon  ha  sido  en  todos  tiempos  una  ciudad  principal  de  Francia 
En  los  antiquísimos  en  que  el  dominio  de  la  orgullosa  Koma  no. 
conocia  límites  en  la  tierra,  era  con  el  nombre  de  Lugáunum,  la 
residencia  de  los  gobernadores  de  la  Galia.  En  el  siglo  V  fué  capi- 
tal del  reino  de  los  Borgoñones.  En  el  siglo  VI  pasó  al  poder  de 
los  reyes  francos  que,  con  sus  numerosas  conquistas  acrecentaron 
el  prestigio  y  la  prosperidad  de  la  antigua  ciudad.  En  el  siglo  VII 
cayó  Lyon  bajo  el  dominio  de  los  príncipes  de  la  Iglesia,  los  alta- 
neros y  belicosos  obispos,  cuyo  poder  iba  siendo  cada  \ez  más  for- 
midable. En  el  siglo  VIII  Lyon  vio  sus  calles  y  los  campos  que 
rodeaban  sus  muros  regados  sin  cesar  con  la  sangre  de  los  secua- 
ces adversos  de  los  señores  feudales  y  la  aristocracia  clerical.  En 
el  siglo  XII ,  bajo  el  reinado  de  Luis  el  Gordo ,  disfrutaba 
Lyon  de  las  ventajas  del  régimen  municipal,  y  no  fué  incorporado 
definitivamente  á  la  monarquía  francesa  hasta  el  reinado  de  Fe- 
lipe el  Hermoso,  en  el  siglo  XIII.  Fué  en  Lyon  donde  el  papa  Ino- 
cencio IV  revistió  con  la  púrpura  á  los  cardenales,  por  vez  pri- 
mera, en  el  concilio  ecuménico  celebrado  en  aquella  ciudad  en  1245 
con  objeto  de  renovar  las  cruzadas.  En  1793,  Lyon  quiso  sacudir 
el  yugo  de  los  terroristas  de  la  revolución;  pero  esta  muestra  de 
independencia  le  costó  el  ser  sitiada  y  bombardeada  por  el  ejército 
republicano,  que  le  hizo  pagar  caro  su  atrevimiento. 

Como  ciudad  industrial,  Lyon  debe  su  prosperidad  principal- 
mente á  algunos  tejedores  italianos  y  mercaderes  genoveses,  que 
en  los  reinados  de  Luis  XI  y  de  Francisco  í,  introdujeron  en  ella 
la  industria  de  las  sederías,  y  con  la  invención  de  las  letras  de  cam- 
bio facilitaron  el  tráfico  que  con  los  demás  pueblos  traia.  Lyon 
cuenta  entro  sus  hijos  á  gran  número  de  personajes  célebres  en 
armas,  letras  y  ciencias:  á  Germánico  y  Marco  Aurelio;  á  Sidonio 
Apolinar,  obispo;  á  Jacquart,  el  inventor  de  los  telares;  á  Delorme, 
el  arquitecto  del  'palacio  de  las  Tullerías,  y  al  valeroso  Mariscal 
Suchet.  Los  edificios  y  monumentos  que  hermosean  la  ciudad  son 
dignos  de  su  ilustre  historia,  y  una  hermosa  catedral  gótica  ates- 
tigua la  devoción  de  sus  antiguos  moradores.  Lyon  está  situada 
en  la  fértil  llanura  que  bañan  con  sus  aguas  el  impetuoso  Ródano 
y  el  Saona  de  mansa  corriente.  Estos  rios  dividen  á  la  ciudad  en 
cuatro  grandes  arrabales. 

Conforme  con  mi  propósito  de  no  volver  á  viajar  en  tren  expreso 
mientras  estuviese  en  Francia,  salí  de  Lyon  muy  de  mañana  en  el 


10  DE   LONDRES  Á   MADRID. 

tren  correo  del  Mediodía.  Antes  de^  subir  al  coche  tuve  lugar  de 
presenciar  una  escena  harto  interesante:  la  salida  de  un  batallón 
de  Guardias  movilizados,  que  se  dirigía  á  Bonne,  á  hacer  frente  á 
los  prusianos. 

Al  llegar  á  la  estación,  los  hallé  formados  en  compañías,  des- 
cansando en  la  plaza  frontera  de  la  estación,  aunque  muchos  de 
ellos  hablan  salido  de  las  filas  con  objeto  de  hablar  con  sus  parien- 
tes y  amigos.  Noté  que  estaban  bien  vestidos  y  uniformados,  y 
armados  todos  ellos  de  fusiles  chassepot  Eran  mozos  robustos  la 
mayor  parte,  de  buen  semblante  y  apostura  marcial,  que  á  tener 
tanto  brío  en  el  corazón  como  fuerza  en  los  brazos,  hubieran  po- 
dido dar  no  poco  que  sentir  á  las  madres  y  esposas  prusianas.  El 
uniforme  que  vestían  era  en  extremo  sencillo,  parecido  al  de  la 
infantería  francesa,  pero  de  color  más  igual  y  menos  charro,  y  en 
vez  de  chacó  llevaban  un  hépis  azul  con  galón  de  paño  rojo.  La 
parte  más  conspicua  de  su  equipo  era  la  mochila,  que  á  más  de 
ser  de  suyo  pesada,  estaba  sobrecargada  de  varios  objetos  inútiles  ó 
superfinos,  y  de  la  pesadísima  tela  de  cáñamo  para  formar  la  tienda 
de  campaña.  Comparé  este  batallón  francés  con  los  de  la  Land- 
ivehr  prusiana,  que  había  visto  en  idénticas  circunstancias,  es  de- 
cir, preparándose  para  salir  al  campo,  en  Estrasburgo;  y  en  ver- 
dad que  los  franceses,  por  lo  general,  menos  robustos  que  los 
alemanes,  me  hubieran  parecido  mucho  más  ágiles,  á  no  haber- 
les estorbado  en  todos  sus  movimientos  aquella  pesadísima  carga 
que  á  la  espalda  llevaban .  Las  mochilas  de  los  alemanes  son  pe- 
queñas y  ligeras,  muy  parecidas  á  la  de  nuestra  infantería;  ade- 
más no  llevan  estos  tienda  de  campaña  ni  cosa  que  lo  valga;  cuan- 
do no  consiguen  alojarse  en  poblado,  se  amparan  en  chozas  y 
cabanas  de  madera  que  ellos  mismos  saben  construir  con  presteza 
y  facilidad,  y  á  todo  turbio  correr,  pasan  la  noche  á  la  intemperie, 
lo  cual  para  gente  robusta  y  bien  vestida,  avezada  á  las  fatigas 
de  la  vida  militar,  no  es  gran  desventura. 

Estando  en  la  sala  de  espera,  oí  dar  á  un  corneta  la  señal  de 
subir  al  tren,  y  era  de  ver  el  tumulto  y  barullo  que  se  armó  en  - 
tonces  en  aquella  estación.  Como  jauría  de  podencos  que  repenti- 
namente suelta  un  montero,  penetró  en  ella  por  diez  ó  doce  en- 
tradas distintas  aquel  millar  de  hombres  armados,  atrepellándose 
unos  á  otros;  este  voceaba,  aquel  silbaba,  mientras  que  otros  mu- 
chos entonaban  algún  canto  guerrero  ó  popular.  Para  formar  una 


DE   LONDRES    Á  MADRID.  17 

leve,  idea  del  bullicio  que  allí  reinaba,  figúrese  el  lector  oir  la 
Marsellesa  cantada  á  la  vez  por  más  de  quinientas  voces  en  dis- 
tintos tonos  y  compases,  y  hasta  con  palabras  distintas;  unos 
empezando  á  cantar  una  estrofa  Mourir  pour  la  patrie,  por  ejem- 
plo, al  tiempo  mismo  en  que  otros  se  hallaban  á  la  mitad  de 
otra,  gritando  L'étendart  sanglant  est  levé,  6  entonaban  con  toda 
la  fuerza  de  sus  pulmones  _  el  estribillo  Marchons,  marcJions;  y 
todo  esto  en  una  estación  de  ferro- carril;  cuyo  techo  cilindrico  de 
metal,  vibrando  de  un  extremo  á  otro,  repella  con  extraño  rumor 
las  ondas  acústicas  que  formaba  aquella  infernal  algarabía. 

En  menos-  de  cinco  minutos  habia  desaparecido  el  batallón  en- 
tero; sólo  se  veia  algún  que  otro  l'éjñs  que  asomaba  por  las  ven- 
tanillas de  los  coches;  sin  embargo,  no  habia  cesado  el  ruido:  un 
estruendo  ronco,  una  mezcla  confusa  de  voces  humanas  y  estre'- 
pito  de  armas  salia  de  la  parte  interior  del  tren,  de  la  panza  de 
aquella  gigantesca  serpiente.  Semejante  á  ese  extraño  rumor, 
pensé  yo,  sería  el  que  en  la  risueña  playa  de  Ilion  hicieron' los 
lorigados  Aqueos  al  ocultarse  en  las  entrañas  del  caballo  consa- 
grado á  Minerva,  con  cuya  invención  ingeniosa  lograron  penetrar 
los  astutos  Griegos  en  la  heroica  ciudad  de  Piíamo, 

Fué  de  los  últimos  en  subir  al  tren  un  guardia  que  hasta  enton- 
ces habia  estado  acompañado  de  una  joven  bastante  linda,  que  iba 
vestida  de'  rigoroso  luto.  Eran  hermanos  sin  duda.  Por  el  traje 
elegante  que  vestía  y  por  cierto  aire  de  sencidez  y  modestia  que 
cautivaba,  la  joven  mostraba  ser  hija  de  gente  acomodada  de  la 
clase  media;  sin  embargo,  al  echarse  al  hombro  su  hermano  la 
[esada  mochila,  se  apresuró  á  asistirle,  sosteniendo  su  chassepot 
con  sus  manos  pequeñas,  que  por  su  pureza  de  forma  y  su  blan- 
cura parecían  estar  acostumbradas  tan  sólo  á  estrechar  los  .delica- 
dos tallos  de  las  flores  ó  á  ajustar  los  dobleces  de  alguna  labor  mu- 
jeril. Con  cuánta  elocuencia  referia  aquel  cuadro,  digno  del  pincel 
del  más  delicado  de  los  pintores,  la  larga  historia  de  desventuras 
por  que  pasa  hoy  la  mísera  Francia,  un  tiempo  tan  orgullosa. 

Cogiendo  su  chassepot  el  guardia  movilizado,  abrazó  tierna- 
mente á  la  que  yo  juzgué  por  hermana  suya,  y  fué  asentarse  con 
sus  compañeros  en  un  coche  de  tercei  a.  A  los  pocos  minutos  sahó 
de  la  estación  el  convoy.  Vi  alejarse  á  la  joven  con  los  ojos  arra- 
sados en  lágrimas;  iría  diciendo  entre  sí  tal  vez: 

— Ya  no  le  volveré  á  ver  jamás. 

TOMO  XIX.       -  '  2 


IJ^  DE    L'JMmES    A    MADHil). 

Aunque  tuviera  las  entrañas  do  bronce,  me  las  hubiera  enter- 
necido aquella  despedida,  que  quizá  iba  á  convertirse  muy  pronto 
en  un  último  adiós;  pero  la  próxima  salida  del  tren  que  me  habia 
de  conducir  hacia  el  Mediodía  de  Francia  me  obligo  á  volver  mi 
atención  á  cosas  más  vulgares. 

Un  cuarto  de  hora  después  estaba  atravesando  el  puente  de 
hierro  construido  sobre  el  anchuroso  Ródano. 

Tenia  por  compañeros  de  viaje  á  dos  zuavos,  uno  de  ellos  he- 
rido en  una  pierna,  un  artillero  y  un  paisano  que,  como  supe  lue- 
go, habia  pertenecido  al  ejército  de  Mac-Mahon,  y  logrado  esca- 
parse después  déla  batalla  de  Sedan,  de  cuya  acción  conservaba 
como  recuerdo  varias  hevidas,  una  de  ellas  en  el  rostro.  Los  sol- 
dados se  dirigían  unos  á  Argelia,  otros  á  Antibes,  donde  iban  á 
ser  incorporados  á  los  regimientos  de  reserva.  El  paisano  viajaba 
por  cuenta  propia. 

No  me  sucedió  con  estos  lo  que  con  los  viajeros  del  tren  expre'- 
so,  pues  todos  ellos  hablaban  por  los  codos,  y  manifestaban  con 
mucha  franqueza  sus  presentes  miserias  y  esperanzas  futuras. 
Tampoco  se  quedaban  cortos  en  censurar  al  Gobierno  imperial  di- 
funto y  al  Gobierno  republicano  que  entonces  dirigía  los  destinos 
de  su  desventurada  patria.  Ninguno  de  ellos  se  mostraba  partida- 
rio del  actual  estado  de  cosas;  estaban  hartos  de  tantos  desastve>s 
políticos,  militaves  y  de  todos  géneros,  y  convencidos  de  que  era 
una  locura  seguir  luchando  sin  ejército  contra  los  prusianos.  La 
honra  nacional,  de  que  tanto  ha  hablado  Gambetta  en  despachos 
y  circulares  y  protestas  y  exhortaciones,  era  poco  menos  que  un 
mito  para  estos  hombres.  El  héroe  de  Sedan,  que  parecía  tener  un 
respeto  grande  á  la  artillería  prusiana,  optaba  por  que  se  firmase 
la  paz  4  toiit  'prix,  y  apoyaba  su  pretensión  con  el  siguiente  razo- 
namiento: 

— Hace  dos  meses  mi  padre  era  dueño  de  un  cortijo  y  tenia 
veinte  caballerías  para  labrar  sus  tierras;  hoy  no  tiene  ni  cortijo» 
ni  caballos,  ni  tieiTas  que  labrra',*todo  se  lo  han  quitado  los  pru- 
sianos.— ¡Ah! — añadía  apretando  los  dientes, — les  tengo  un  odio  á 
muerte!  Pero  precisamente  porque  ya  nada  tenemos,  tengamos 
al  menos  paz  y  tranquili,  ad,  que  de  este  modo  tan  sólo  podremos 
recuperar  en  parte  lo  perdido. 

Al  oir  tales  palabras  no  pude  menos  do  hacerme  la  siguiente 
reflexión:  si  de  esta  suerte  habla  un  hombre  que  ha  sido  soldado, 


DE  LONDRES  Á  MADRID.  19 

que  por  consiguiente  ha  visto  algo  de  mundo,  y  lia  oido  hablar 
no  poco  de  defensa,  honor  y  gloria  nacional,  ¿cómo  hablarán  los 
aldeanos  y  labradores  que  jamás  han  salido  de  sus  aldeas  y  corti- 
jos, y  cuyo  criterio  es  tan  limitado  como  el  círculo  en  que  ellos 
se  mueven  y  viven? 

Estas  y  otras  observaciones,  que  más  adelante  tuve  lugar  de 
hacer,  me  fueron  convenciendo  de  que  no  carecen  de  razón  los 
que  afirman  que  el  campesino  francés  olvida  todos  sus  deberes  pa- 
triótic:s  precisamente  cuando  mas  debiera  acordarse  de  ellos,  á 
saber,  cuando  está  en  peligro  su  hacienda,  ó  lo  que  es  lo  mismo, 
cuando  está  invadido  por  ext'  anjeras  legiones  el  suelo  en  que 
nació.  En  todo  el  tiempo  en  que  estuve  viajando  por  el  Mediodía 
de  Francia,  no  tropecé  con  una  sola  persona  que  no  se  mostrase 
adversario  de  la  política  belicosa  seguida  por  el  Sr.  Gambetta, 
quien,  á  mi  humilde  entender,  ha  cometido  la  mayor  de  las  faltas 
al  valerse  de  su  natural  energía  y  entusiasta  actividad,  para 
arrastrar  á  la  nación,  cuyos  destinos  le  era  dado  regir  en  tan  apu- 
rado trance,  á  una  lucha  desesperada  que  ella  misma  no  se  sentía 
capaz  de  sostener. 

Sea  esto  como  fuere,  lo  cierto  «s  que  los  discursos  auti-belico- 
sos  del  fugado  de  Sedan,  fueron  escuchados  con -aplauso  por 
cuantos  en  el  coche  iban,' y  que  eran  hombres  todos  eljos  que  ha 
bian  olido  la  pólvora  en  más  de  una  batalla,  menos  yo  que  no  la 
he  olido  más  que  en  alguna  que  otra  cacería  ó  revista  de  tropas  ■ 
Uno  -de  los  dos  zuavos,  por  más  señas  el  que  no  estaba  herido, 
era,  en  cuanto  á  figura  y  semblante,  el  tipo  modelo  del  soldado 
francés:  no  muy  alto,  ágil,  membrudo  y  ancho  de  espaldas,  do 
tez  morena,  pelo  castaño,  pesadas  y  fruncidas  cejas,  ojos  vivos  y 
traviesos,  bigote  y  perilla  poblados  y  cerdosos;  llevaba  con  mucho 
g*arbo  el  airoso  uniforme,  medio  moruno,  de  los  zuavos;  pero  lo 
que  más  le  carecterizaba  era  cierto  aire  de  dejadez  y  sans  fagon 
que  daba  á  comprender  cuan  capaz  era  de  hacer  por  cualquiera 
friolera  una  barbaridad  enorme.  Hablaba  poco,  y  de  sus  breves 
discursos  se  deducía  que  estaba  descontento  de  todo  el  mundo, 
incluso  de  sí  mismo.  Aquel  zuavo  parecía  estar  convencido  de  que 
en  la  primera,  ocasión  en  que  le  tocara  salir  á  pelear  con  los  pru- 
sianos, algún  oficial  de  estos  que  se  distinguen  por  su  destreza  en 
perder  las  batallas,  le  iba  á  entregar  al  enemigo  muerto,  herido  ó 
prisionero.    Y  esta  creencia   se  ha  hecho  general  hoy  en  el  ejér— 


20  DE  LONDRES   Á  MADRID. 

cito  francés.  Con  tan  poca  fé  en  sus  jefes  y  oficiales,  no  es  extraño 
que  tan  pocas  victorias  iiaya  conseguido;  lo  que  parece  increíble 
es  que,  con  la  completa  desorganización  que  hay  hoy  en  Francia, 
no  sólo  ■  en  el  ejército,  sino  en  todas  partes,  y  la  falta  de  fé  en  la 
causa  nacional,  se  hayan  dejado  conducir  los  soldados  siquiera  á 
la  pelea.  . 

En  la  importante  via  férrea  del  Mediodía,  que  recorrí  hasta  Tar— 
rascón,  noté  que  el  útil  y  provechoso  tráfico  de  mercancías  y  pa- 
cíficos viajeros,  habia  sido  reemplazado  por  el  de  las  municiones 
de  guerra  y  soldados  de  todas  armas,  y  muy  contadas  eran  las 
estaciones  en  que  no  tropezamos  con  uno  ó  mas  trenes  cargados 
de  balas,  bombas,  pólvora,  caballos  ó  soldados.  Habia  además 
en  todas  ellas  una  huvette  ó  sea  cantina  para  los  soldados  heridos, 
en  donde  la  Societé  de  secours  pour  les  blessés  se  encargaba 
de  darles  de  balde  pan  y  queso  ó  algún  otro  pobre  manjar.  En 
algunas  estaciones,  no  todas,  no  faltaban  mujeres  que  iban  de  co- 
che en  coche  con  una  especie  de  cepillo  ó  alcancía,  pidiendo  di- 
nero para  los  heridos;  pero  la  liberalidad  y  filantropía  de  los  via- 
jeros no  siempre  correspondía  á  la  justicia  de  la  demanda  ni  á  la 
insistencia  con  que  esas  buenas  señoras  la  hacían.  Sin  embargo,  no 
salieron  con  -la  hucha  vacía  del  coche  en  que  iba  yo:  el  fugado  de 
Sedan,  así  como  sus  demás  compañeros,  echaron  en  ella  algunos 
céntimos,  y  cuando  se  hubieron  ido  las  piadosas  almas  á  quienes 
los  habían  entregado,  dijo: 

— Mucho  me  temo  que  de  esas  limosnas  tanto  provecho  sacarán 
los  heridos  como  30.^ 

Perversa  por  cierto  habría  de  ser  la  gente  que  con  tal  industria 
privara  á  los. infelices  heridos  de  los  óbolos  que  en  tan  calamitosos 
tiempos  tuvieran  voluntad  de  darles  las  almas  caritativas;  pero  en 
este  mundo  sublunar  hay  en  todos  tiempos  gente  para  todo,  y  pue- 
de ser  que  los  recelos  de  aquel  francés  no  fueran  infundados. 

Comparé  estas  estaciones  francesas  con  las  alemanas  y  aún  con 
las  francesas  que  estaban' ocupadas  por  el  ejército  alemán.  En  es- 
tas, en  medio  del  bullicio  y  movimiento  guerrero,  todo  era  orden 
y  abundancia;  nadie  pedia  para  los  heridos,  porque  los  heridos, 
y  aún  los  que  no  lo  estaban,  tenían  de  sobra  cuanto  podían  apete- 
cer, ya  sea  para  satisfacer  el  apetito,  ya  para  aliviar  sus  males. 
En  aquellas  todo  era  desorden,  desaliento  y  pobreza;  había  que  pe- 
dir para  los  heridos,  y  aún  así  siempre  estaban  mal  provistos  hasta 


DE  LONDRES   Á   MADRID.  21 

de  las  cosas  más  sencillas  y  más  indispensables.  De  unas  á  otras 
iba  lo  que  va  de  ser  vencedor  á  ser  vencido.  Después  de  una  pro- 
longada  serie  de  gloriosas  victorias,  los  trabajos  mas  enojosos  pa- 
recen blandos  y  son  ejecutados  con  buena  voluntad  y  alegría.  Des- 
pués de  una  serie  lamentable  de  desaciertos  y  no  interrumpidas 
equivocaciones,  cuan  duros  parecen,  y  con  cuánto  abatimiento  y 
¿risteza  son  ejecutados  aquellos  mismos  trabajos.  No  juzguemos 
pues,  con  demasiado  rigor  á  los  franceses,  que  harto  castigo  tienen 
con  tantos  males. 

En  Tarrascon  es  donde  se  junta  con  la  via  de  Lyon  á  Marsella 
la  que  conduce  á  Cette,  en  cuya  ciudad  pensaba  yo  pasar  la  noche. 
En  la  susodicha  estación  tuve  por  lo  tanto  que  mudar  de  coche.  Al 
mismo  tiempo  mudé  de  compañeros  de  viaje.  Por  algún  espacio 
me  halle  en  compañía  de  una  señora  anciana  que  nada  decia,  y  de 
dos  niñas  que  charlaban  mucho  y  se  reían  como  si  Bismark  y  von 
Moltke  no  existieran,  y  Francia  se  hallara  reposando  sobre  un  lecho 
de  rosas.  De  esta  manera  llegamos  á  Nimes.  En  esta  antigua  ciu- 
dad, célebre,  entrfí  otras  cosas,  por  las  bien  conservadas  ruinas  de 
un  anfiteatro  romano,  habia  habido  feria,  y  era  precisamente  la 
hora  en  que  los  habitantes  de  los  pueblos  y  lugares  circunvecinos 
que  á  ella  hablan  ido,  se  volvían  á  sus  casas.  Escusado  es  decir 
que  se  llenó  el  tren  de  bote  en  bote.  A  mí,  por  dicha,  me  tocó  ir 
prensado  en  un  [coche  con  siete  ú  ocho  mujeres,  ancianas  la  mayor 
parte.  En  la  comarca  que  atravesaba  el  tren,  habla  el  pueblo  un 
dialecto  parecido  al  lemosin,  que  yo  no  entendía,  pero  cuyas  vo- 
ces han  dejado  una  impresión  duradera  en  mi  oído;  tal  era  la  furia 
con  que  dieron  en  hablarlo  aquellas  ocho  mujeres,  que  más  que 
mujeres  parecían  urracas.  Entrarían  hablando  de  las  compras  <{ue 
acababan  de  hacer  en  la  feria,  pero  me  consta  que  no  tardaron  en 
sacar  á  conversación  la  guerra,  el  Gobierno  y  las  desventuras  de 
su  patria,  pues  viendo  que  por  más  que  ellas  hablaban,  seguía  yo 
callando,  se  volvió  hacia  mí  la  mas  anciana,  y  me  dijo  en  francés: 

— Por  lo  visto,  caballero,  Vd.  no  entiende  nuestro  dialecto. 

La  contesté  que  en  efecto  así  era. 

— Pues  estábamos  hablando  de  la  guerra, — me  volvió  á  decir. — 
¿Ha  visto  Vd.  cosa  más  terrible?  Pronto  tendremos  aquí  á  los  pru- 
sianos. ¿Y  qué  hacen  esos  hombres  que  no  saben  defender  su  ha- 
cienda, ni  á  sus  mujeres,  ni  á  sus  hijos;  que  huyen  siempre  ó  se 
entregan  á  discreción?  ¡Qué  vergüenza! — -Esto  lo  dijo  la  señora  lie- 


22  DE  LONDRES  Á  MADRID. 

na  de  fuego  y  entusiasmo;  luego  añadió  con  mas  calma,  y  hasta 
con  tono  de  lástima: 

— Esta  señora  que  Vd.  ve, — dijo  señalando  á  una  lenemerita  an- 
ciana que  tenia  al  lado, — esta  tiene  á  sus  tres  hijos  en  la  guerra. 
¡Quién  sabe  lo  que  habrá  sido  ya  de  los  pobrecitos!  ¡Ah!  éest  af- 
frevix,  'dest  affreiix. 

De  esta  suerte  hablaba  aquella  mujer,  yo,  censurando  la  tor» 
peza  y  flojedad,  ya  lamentando  el  aciago  destino  de  los  infortu- 
nados hijos  de  Francia;  pero  al  pensar  en  las  desventuras  de  su  pa- 
tria, salió  por  otro  registro,  y  dijo  con  tono  resignado  y  piadoso: 
■  — No  nos  debemos  ni  nos  podemos  quejar  de  estos  males,  de  es- 
tas afrentas,  de  estos  dias  de  luto  y  desolación  con  que  se,  sirve 
Dios  abatir  el  orgullo  de  Francia:  no  son  más  que  el  justo  castigo 
de  tanta  perversidad,  tanto  ateísmo  como  hay  en  esta  tierra.  ¿Pen- 
saban acaso  esos  hombres  que  podian  burlarse  de  Dios  impunemen- 
te? ¿Que  impunemente  podian  afrentar  y  perseguir  á  la  Iglesia  y 
al  Padre  Santo?  No  son  los  prusianos  los  que  quieren  arruinar  á 
Francia;  es  el  hon  Dieu  que  la  humilla  y  la  castiga  para  que  vuel- 
va en  sí  y  se  enmiende  y  abjure  esas  ideas  heréticas  y  perversas. 

Este  piadoso  razonamiento  con  que  .anatematizaba  la  infeliz  an- 
ciana los  errores  de  su  siglo,  y  que  probablemente  habria  oido  de 
labios  del  cura  de  su  aldea  el  dia  anterior,  alcanzó  universal  aplau- 
so entre  aquellas  devotas  mujeres,  lo  cual  hizo  que  me  acordara,  si 
acaso  lo  hubiese  olvidado,  que  me  hallaba  en  el  Mediodia  de  Fran- 
cia, en  donde  más  que  en  otra  parte  han  echado  raíces  la  supersti- 
ción, el  fanatismo  y  la  gazmoñería.  Cada  cual  se  da  cuenta  á  su  ma- 
nera del  por  qué  de  estos  y  otros  acontecimientos  inexplicables  que 
han  presenciado  con  asombro  los  pueblos  contemporáneos;  y  he  aquí 
cuan  sencillamente  aclara  esta  buena  señora  el  misterio  de  la  der- 
rota de  Francia  en  el  año  de  1870.  La  filosofía  que  sigue  será 
anticuada  y  rastrera,  pero  á  lo  menos  tiene  la  fgran  ventaja  de 
ahorrarla  el  quebrantarse  la  cabeza  tratando  de  dar  solución  á  en- 
marañadas cuestiones  '^sociales  y  políticas;  estas  se  las  da  ya  re- 
sueltas, definidas  y  aclaradas  el  cura  de  su  aldea, 

Al  poco  rato  se  bajaron  del  tren  estas  buenas  mujeres,  priván- 
dome de  su  devota  compañía.  Vinieron  á  sustituirlas  en  una  esta  - 
cion  próxima  á  la  en  que  se  habían  separado  de  mí,  un  cura  y  tres 
soldados  de  caballería,  gallardos  mozos,  que  se  dirigian  á  Tolosa  á 
requerir  caballos  para  su  regimiento. 


DE  LONDRES   Á   MAÜRID,  23 

Apenas  babia  entrado  en  el  coche  el  cura,  cuando  se  reclinó  có- 
modamente en  un  rincón  y  durmió  ó  trató  de  dormir.  A  la  hora  de 
haber  permanecido  allí  inmóvil,  no  pudiendo  dormir  más,  ó  apre- 
tándole el  apetito  demasiado,  sacó  de  una  cesta  que  llevaba  muy 
cerca  de  su  persona  y  muy  repleta  de  municiones  de  boca,  una 
tortilla,  pan,  salchichón  y  queso,  que  comió  con  tal  gana,  que  me 
la  dio  á  mí,  y  supong-o  que  el  mismo  ó  mayor  efecto  haria  en  los 
soldados,  sólo  de  verle  comer.  Pero  se  guardó  muy  bien  de  ofre- 
cernos parte  de  su  cena;  que  esos  señores  no  suelen  g-astar  tales 
bromas.  Sacó  luego  una  botella  de  vino  tinto,  que  supongo  que 
seria  añejo,  aunque  no  lo  caté,  y  echó  un  trago  tal,  que,  á  echar 
otro  tan  hondo,  se  queda  vacía  la  botella.  La  guardó  con  los  res  - 
tos.  de  su  cena  en  la  cesta,  y.  se  dispuso  á  tomar  parte  en  la  con- 
versación que  entre  sí  traían  los  tres  soldados  de  caballería,  y  que 
no  tardó  en  hacerse  general. 

Uno  de  ellos  era  alsaciano,  y  en  el  mal  francés,  pero  con  cierta 
socarronería,  estaba  renegando  de  la  guerra,  de  los  generales 
que  no  la  sabían  conducir,  y  del  Gobierno  republicano  que  no 
quería  firmar  la  paz;  los  otros  dos  se  reían  á  carcajada  tendida 
de  la  s  graciosas  ocurrencias  del  alsaciano,  y  el  cura,  viendo  de 
qué  pié  cojeaban,  les  echó  una  larga  arenga,  en  que  tuvo  buen 
cuidado  de  no  censurar  al  Gobierno  cjue  estaba  en  el  poder  enton- 
ces, desatándose  en  cambio  en  injurias  y  denuestos  contra  el  Go- 
bierno caído,  y  acabando  por  ponerle  al  desventurado  Napoleón  III 
como  chupa  de  dómine:  el  calificativo  menos  duro  que  le  dio,  á  él 
y  á  todos  sus  Ministros  y  satélites,  fué  el  de  ateos.  Al  oii^  aquel 
torrente  de  improperios  lanzados  contra  el  Emperador  caído,  no 
pude  menos  de  decir  entre  mí:  hé  aquí  el  premio  que  recibe  Na- 
poleón en  pago  del  apoyo  que  nunea  ha  negado  á  la  corte  de 
Roma.  Los  soldados,  para  cuyo  aprovechamiento  pronunciaba  el 
cura  su  fogoso  discurso,  y  que  sin  duda  habían  aprendido  á  res- 
petar á  aquel  hombrq  á  quien  el  cura  acababa  de  pintar  como  el 
mayor  de  los  malvados,  no-  le  contestaron;  pero  tengo  para  mí 
que  sólo  la  sotana  que  llevaba,  le  pudo  librar  de  alguna  ligera 
manifestación  de  su  enojo.  Viendo  el  cura  que  tocando  esta  tecla 
no  había  de  ser  escuchado  por  mucho  tiempo  con  paciencia  por  su 
auditorio,  comenzó  á  ensalzar  al  General  Trochú,  el  cual,  según 
el  cura,  no  «ra  ateo,  y  que  por  lo  tanto,  iba  á  salvar  á  Francia  y 
á  arrojar  de  su  seno  á  los  prus^ianos.  También  por  respeto  á  la  so- 


24  DE  LONDRES   Á    MADRID. 

tana  creo  que  esta  vez  dejaron  los  soldados  de  reírse  del  que  la 
llevaba;  pero  se  miraron  mutuamente,  como  diciendo: — Parece 
mentira  que  en  tan  poco  tiempo  pueda  decir  tantos  desatinos  un 
hombre  que  sea  clérigo. — Volvió  á  callarse  este,  y  volvió  á  usar 
de  la  palabra  el  alsaciano,  que  por  cierto  abusaba  muclio  menos  de 
este  precioso  don. 

No  tardamos  en  llegar  á  Cette,  en  donde  pasé  la  noche,  sin  que 
me  aconteciese  cosa  que  digna  de  contar  sea. 

A  la  mañana  siguiente,  muy  de  madrugada,  me  puse  nueva- 
mente en  camino.  Me  iba  alejando  ya  considerablemente  de  las 
principales  vias  que  conducen,  ya  sea  á  Lyon,  ya  á  Burdeos  y 
Tours,  y  por  lo  tanto,  las  estaciones  que  atravesaba  al  tren  iban 
siendo  cada  vez  menos  animadas,  y  sobre  todo  menos  pobladas  de 
hombres  vestidos  de  uniforme.  Por  un  buen  rato  me  hallé  com- 
pletamente solo  en  el  coche,  y  casi  el  único  ¡compañero  de  viaje 
que  tuve  aquel  dia  fué  un  gendarme,  hombre  de  orden  y  que,  á 
juzgar  por  su  conversación,  parecía  ser  imperialista  por  convic- 
ción y  por  instinto.  No  habia  cambiado  muchas  palabras  con  el, 
cuando  me  aseguró  que  los  hombres  que  estaban  hoy  en  el  poder 
en  Erancia  eran  unos  bandidos,  y  que  si  no  firmaban  la  paz,  era 
porque  sabian  que  en  firmándola  tendrían  quf!  dejar  el  puesto  á 
otros. 

—  Cette  canaille, — añadió, — no  hace  más  que  robar  á  la  nación 
á  mansalva. 

En  una  de  las  estaciones  por  que  atravesé  en  compañía  del  gen- 
darniG,  este  me  hizo  observar  un  grupo  como  de  unos  veinticin- 
co hombres  vestidos  muy  fantásticamente  y  armados  hasta  los 
dientes. 

— Son  los  franco-tiradores  de  los  Pirineos, — me  dijo; — se  vuel- 
ven á  sus  casas  ilesos,  sin  haber  visto  siquiera  á  un  prusiano,  y  sin 
haber  disparado  un  tiro. — ¡Qué  vergüenza! — exclamó  en  tono  de 
profundo  desprecia 

El  gendarme  ciertamente  no  hubiera  hecho  otro  tanto,  pues  te- 
nia el  pecho  cubierto  de  honrosas  medallas,  ganadas  en  África,  Cri- 
mea é  Italia. 

Llegué  aquella  tarde  á  Pau ,  pasé  allí  la  noche ,  y  al  dia 
siguiente  salí  para  Bayona,  en  cuya  estación  me  apeé  al  medio 
dia. 


DE   LONDRES    A   MADRID. 


DE  BAYONA  A  MADRID. 


Las  tres  de  l.i  tarde  era  la  hora  fijada  para  la  salida  del  tren 
que  me  había  de  conducir  a  España;  tuve,  pues,  tiempo  de  sobra 
para  recorrer  las  calles  de  Bayona,  que  nada  notable  encierran . 
Sin  embargo,  en  ellas  fué  donde  vi  las  últimas  huellas  de  la  guerra, 
en  forma  de  varios  cuerpos  de  guardias  movilizados  que  estaban 
apercibidos  ya  para  abandonar  sus  casas  y  familias  con  objeto  de 
defender  la  patria  común  en  las  riberas  del  Loira, 

La  ciudad,  que,  á  mi  parecer,  nunca  faé  de  las  más  alegres^ 
estaba  triste  por  demás;  lo  cual  me  liizo  desear  ardientemente  que 
llegase  cuanto  antes  el  tren  de  Burdeos,  que  era  el  que  habia  de 
enlazar  con  el  expreso  de  Irun  á  Madrid.  Pero  como  suele  aconte- 
cer, por  lo  común,  que  cuanto  más  se  desea  una  cosa,  más  se  hace 
de  esperar,  llegó  el  tren  con  algunos  minutos  de  retraso,  minutos 
que  á  mi  me  parecieron  horas.  Llegó,  por  fin,  y  no  tardó  en  salir 
hacia  la  frontera  española. 

Hacia  año  y  medio  que  estaba  ausente  de  España,  y  tenia,  por 
lo  tanto,  no  pocos  deseos  de  pisar  nuevamente  su  fértil  y  pintores- 
co suelo,  de  tomar  en  la  Puerta  del  Sol  el  refulgente  de  Madrid, 
siempre  grato  en  los  helados  meses  de  invierno,  y  sobre  todo  tenia 
deseos  de  volver  á  ver  tantqs  amigos  como  en  España  habia  dejado, 
y  de  los  cuales  hacia  tiempo  que  ni  aún  noticias  tenia. 

Todas  estas  circunstancias  juntas  hubieron  de  inñuir  en  mi  áni- 
mo para  que  me  pareciesen  menos  enojosas  de  lo  que  realmente  lo 
eran  las  mil  molestias  que  sufrí  en  ese  dichoso  camino  del  Norte, 
en  el  cual  jamás  llegan  ni  salen  los  trenes,  ni  aún  por  casualidad, 
á  las  horas  marcadas  en  el  horario,  y  donde,  teniendo  el  viajero 
siempre  que  'esperar,  está  obligado  á  hacerlo  en  unos  salones,  los 
que,  más  que  habitaciones  hechas  para  aposentar  á  seres  humanos, 
parecen  neveras,  y  donde  hay  escasa  lumbre  ó  ninguna,  mala  luz 
y  peores  muebles. 

Me  detuve  algunos  días  en  Vitoria  y  Burgos  con  amigos  cuya  hos- 
pitalidad me  hizo  olvidar,  por  cierto,  las  fatigas  del  viaje;  y  después 
de  haber  corrido  grave  riesgo  de  descarrilar,  no  lejos  del  Escorial, 
llegué  á  Madrid  á  tiempo  de  presenciar  dos  acontecimientos  nota- 
bles: el  entierro  del  General  Prim  y  la  entrada  del  rey  Amadeo. 

Jaime  Clark, 


EL  PRINCIPIO  FEDERATIVO. 


La  gran  imporlancia  que  en  nuestra  patria  tienen  actualmenle  las  cuestio- 
nes relativas  á  la  organización  de  los  poderes  públicos^  importancia  excesi- 
va, sin  duda,  porque  supone  fundamental  lo  que  es  accesorio,  coloca  en  pri- 
mer término  y  como  esencial  lo  formal  á  ello  subordinado,  nos  han  movido 
á  escribir  estas  observaciones  á  propósito  del  libro  de  Proudhon,  de  igual 
titulo  que  nuestro  epígrafe  (1).  Todo  un  partido  político,  el  más  avanzado, 
el  c|ue  parece  hallarse  en  la  vanguardia  de  las  fuerzas  y  aspiraciones  socia- 
les, trabaja,  en  efecto,  con  ardor  y  entusiasmo  innegables,  aunque  no  con 
plena  conciencia  de  sus  deseos,  por  el  triunfo  y  aplicación  práctica  de  los 
principios  sustentados  en  esa  obra,  que,  por  la  influencia  entre  sus  correli- 
gionarios y  las  condiciones  de  carácter  .de  quien  la  ha  vertido  á  nuestra 
lengua  (entre  otras  más  graves  causas'),  está  siendo  como  el  dogma,  inteli- 
gible para  unos,  misterioso  para  los  más  de  los  republicanos  federales  es- 
pañoles. Y  nótese  que  al  hablar  así  y  por  más  que  rechacemos  las  ideas  de 
Proudhon,  estamos  completamente  tranquilos  en  cuanto  al  escaso  ó  ningún 
resultado  práctico  de  predicación  semejante,  por  lo  que  se  refiere  á  sus 
errores  políticos  respecto  á  la  organización,  ó  mejor  dicho,  \lescomposicion 
y  aniquilamiento  de  los  poderes  centrales,  blanco  principal  de  sus  ataques 
y  censuras.  Porque,  desgraciadamente  para  todos  los  liberales,  aun  los  no 
partidarios  del  federalismo,  la  P»epública  federal  en  España  en  las  actuales 
circunstancias  y  sobre  todo  si  se  proclamara  mediante  un  golpe  de  fuerza, 
seria  tan  centralizadora  y  unitaria  á  pesar  de  su  nombre,  que  no  tendríamos 
que  deplorar  los  males  de  la  disgregación  sistemática  preconizada  por  Prou- 


(1)     Tenemos  á  la  vista  la  tratlucclon  española  del  Sr.  Pí  y  Margall.  Madrid,  18C8 
.Librería  de  Alfonso  Duran. 


EL   PRINCIPIO  FEDERATIVO.  27 

(Ilion,  sino  los  funestos  resultados  de  la  centralización  absorbente  y  apoplé- 
tica del  [poder,  contra  la  cual  casi  en  vano  y  de  tiempo  atrás  por  muchos 
se  combate, 

I. 


Para  juzgar  con  conocimiento  de  causa  el  sistema  federativo  que  Proudhon 
desenvuelve,  necesarias  son  algunas  consideraciones  preliminares  que,  á  la 
vez  que  sean  como  la  exposición  sucinta  de  nuestras  ideas  sobre  lo  perti- 
nente al  objeto,  sirvan  de  base  á  nuestro  ulterior  análisis  del  libro  men- 
cionado. 

Entendemos,  desde  luego,  cuando  se  dice  poder  público,  en  el  sentido  de 
poder  político,  que  se  habla  del  poder  á  servicio  del  Estado  para  la  realiza- 
ción del  fin  de  este,  cualquiera  que  sea,  y  sin  entrar  en  las  cuestiones  que 
sobre  tal  punto  se  suscitan.  Licito  nos  será,  sin  t»mbargo,  suponer  que, 
entre  los  que  afirman  el  Estado,  no  hay  discrepancia  en  cuanto  á  que  esta 
institucion^^social  deba  realizar  el  derecho  ó  la  justicia,  en  la  esfera  más  ó 
menos  amplia  que  los  partidarios  de  las  diversas  teorías  y  escuelas  le  asig- 
nan, según  los  conceptos  que  forman  de  la  justicia  y  el  derecho.  Y  como 
sobre  esto  último  y  sobre  las  atribuciones  que  á  más  del  cumplimiento  de 
dicho  fin,  competan  al  Estado,  son  principal,  sino  cxfclusivamenle,  las  cues- 
tiones entre  los  científicos  y  los  políticos  que  no  le  niegan,  no  es  aventurado 
seguramente  partir  de  nuestra  anterior  proposición  como  de  base  y  premisa 
para  otras  ulteriores. 

•Ahora  bien;  el  Estado,  el  derecho  y  el  poder  necesario  para  cumplir  el 
fin  de  aquel  y  realizar  este,  ¿son  cosas  que  atañen  solo  á  determinados  hom- 
bres, ó  se  refieren  al  hombre  en  general,  y  por  consiguiente  á  todos  los 
hofnbres?  ¿Su  existencia  depende  exclusivamente  de  la  voluntad  y  del  arbi- 
trio humano,  ó  por  el  contrario,  es  supuesto  necesario  para  la  vida  del 
hombre  y  de  la  humanidad?  Preguntas  todas  á  las  cuales  fácilmente  se  con- 
testa. Se  entiende,  en  efecto,  que  el  derecho,  el  Estado  y  el  poder  son  cosas 
al  hombre  referentes,  y  que  sin  la  existencia  de  cualquiera  de  ellas,  seria 
inconcebible  la  vida  humana,  como'cs  inconcebible  fuera  de  sociedad.  Im- 
porta poco,  para  el  objeto  de  este  artículo;  la  teoría  de  Rousseau,  ni  la  de 
los  anarquistas,  que  repulan  como  ideal  de  gobierno  el  no  gobierno;  porque 
la  primera  tiene  ya  tan  escasos  partidarios  en  cuanto  á  la  existencia  del 
estado  natural  como  anterior  y  superior  al  social,  que  ni  la  admite  el  mismo 
Proudhon,  sobre  quien  tan  poderosamente  han  influido,  en  su  teoría  del 
-  pacto  federativo,  las  doctrinas  de  aquel  escritor  insigne;  y  la  segunda  se 
refiere  á  posibilidades  y  contingencias  futuras,  utópicas  á  nuestro  juicio,  no 
al  estfido  pasado  ni  presente  de  las  sociedades.  " 

No  se  concibe  al  hombre  sino  asociado,  siquiera  sea  sólo  en  la  primitiva  y 


28  EL  PRINCIPIO 

inas  exigua  sociedad,  la  familia,  o  en  la  msis  amplia  1íle  la  tribu,  y  sin  que  el 
padre,  patriarca,  ó  jefe  ejerzan  el  poder  necesario,  por  lo  menos,  para  dar  á 
cada  uno  lo  suyo  y  mantener  la  justicia  y  el  derecho;  constituyéndose  así 
un  verdadero  Estado  familiar  ó  patriarcal,  apropiado  á  las  necesidades  y  cul- 
tlira  de  los  miembros  que  lo  formen.  Si  tal  poder  no  llega  á  constituirse  de 
una  manera  algo  permanente  y  estable,  y  no  arraiga  en  la  familia,  por 
ejemplo,  esta  muere  por  suicidio,  y  no  llega  á  formarse  la  tribu,  ó  de  la 
tribu  no  sale  otra  ulterior  y  más  vasta  asociación. 

Si,  pues,  el  poder  del  Estado  es  tan  necesario  al  hombre  é  inherente  á  su 
vida  como  la  sociedad  y  el  derecho,  aparece  claramente  que  no  puede  ser 
creación  libre  ni  arbitraria  de  la  voluntad  del  hombre,  á  quien  se  impone 
como  necesidad  ineludible  y  como  condición  indispensable  de  existencia.  Im- 
porta sobremanera  insistir  en  este  punto,  de  trascendentales  resultados  para 
nuestro  propósito,  porque  los  errores  de  Proudhon  en  el  libro  referido, 
provienen  de  uno  capital  sobre  la  proposición  afirmada.   Confúndese  con 
frecuencia,  por  las  escuelas  y   partidos  liberales,  sobre  todo.  Ja  manera 
voluntaria,  cada  vez  más  libre  y  reflexiva,  como  se  constituyen  y  originan 
los  poderes  políticos  en  los  diferentes  países  regidos  por  instituciones  más 
ó  menos  democráticas,  con  la  necesidad  é  inmanencia  del   poder  mismo. 
Puede  y  debe  fundarse  el  poder  efectivo  de  todo  Estado,  asi  como  la  orga- 
nización política,  en  la  voluntad  explícita  y  racional  de  los  ciudadanos;  pero 
si  así  no  sucede,  como  la  sociedad  humana  tiene  el  instinto  de  su  propia 
conservación,  y  esta  exige  necesariamente  la  manifestación  y  realización  del 
poder  inmanente,  el  poder  político  aparecerá  de  stíguro,  bajo  una  ú  otra 
forma  y  con  mayor  ó  .menor  beneplácito  y  aquiescencia  de  los  asociados; 
cuyo  asentimiento  á  su  consolidación  será  tanto  más  sincero,  cuanto  más  el 
poder  constituido  esté  en  armonía  con  las  necesidades  y  tendencias  de  los 
que,  por  indolencia  y  punible  abandono,  han  dejado  que  la  fuerza  de  las 
cosas  haga  lo  que  era  deber  suyo  realizar  libre  y  racionalmente. 

En  una  sociedad  bien  organizada,  el  poder  del  Estado  del>e  fundarse, 
determinarse,  hacerse  efectivo  por  la  voluntad  nacional  de  los  ciudada- 
nos, y  de  hecho  sucede  así  algunas  veces,  y  siempre  y  en  todos  los  pueblos 
cuentar  con  el  asentimiento  ó  la  aquiescencia  general,  [mientras  el  poder 
y  el  gobierno  pacíficamente  imperan,  ó  tienen,  por  lo  menos,  condiciones 
de  estabilidad  y  permanencia;  mas  la  voluntad  y  el  libre  arbitrio,  expresos 
ó  tácitos,  délos  asociados,  no  crean  el  poder,  ni  originan  su  esencia,  ni 
determinan  su  necesidad,  sino  que  le  ^an'esta  ó  la  otra  forma,  tal  ó  cual 
organización,  atemperan  á  sus  necesidades  aquella  de  las  manifestaciones 
del  poder  que,  por  reputarla  justa  ó  conveniente,  hacen  efectiva. 

Y  si  es  necesario  el  poder  político  para  la  existencia  de'  la  socitnlad 
humana,  con  mayor  razón  todavía,  y  con  prijoridad  lógica  y  aun  cronológi- 
ca, lo  son  el  derecho  y  el  Estado  á  que  dicho  poder  se  refiere.  Del  poder 


FEDERATIVO,  29 

necesitan  el  derecho  y  el  Estado,  para  realizar  su  esencia  el  pi-imero,  para 
cumplir  su  fin  el  segundo;  pero  ambos  son  supuestos  necesarios  con  res- 
pecto  á  aquel,  quelps  afirma  y  asegura;  y  el  orden  jurídico,  como  expresión 
de  la  justicia  en  las  relaciones  humanas,  existe  tan  á  priori  y  tanto  mejor, 
cuanto  menos  haya  de  apUcar  el  poder  que  le  garantiza  y  que,  por  la 
constante  posibilidad  de  su  infracción,  necesita  y  reclama  imperiosa  y  con- 
tinuamente. 

f]  Obsérvese  que  hasta  aqui  hemos  hablado  del  derecho,  del  Estado  y  del 
poder  de  una  manera  general  y  abstracta,  y  refiriéndonos  al  hombre  y  a  la 
sociedad,  sin  distinguir  de  individuos  ni  de  .pueblos,  provincias  ó  naciones; 
en  lo  cual  importa  fijarse,  porque  si  nuestras  anteriores  consideraciones 
son  ciertas,  es  asimismo  evidente  que  el  derecho,,  el  Estado  y  el  poder  son 
cosas  é  instituciones  primeramente  humanas,  y  por  tanto  relativas  á  todo 
hombrey  á  la  humanidad  toda,  no  meramente  particulares  y  locales,  y  tie- 
nen los  caracteres  de  unidad  y^universalidad  respecto  al  género  humano. 
En  efecto:  el  derecho  en  la  familia,  que  en  estados  primitivos  se  hace  ó 
procura  hacerse  efectivo,  mediante  la  autoridad  y  el  poder  paternos,  no  pue- 
de reahzarsc  así  desde  el  momento  en  que  cualquiera  de  los  miembros  de  la 
misma  no  obedece  al  jefe,  y  busca  para  contrarestar  su  poder  el  de  otra  fa- 
milia ó  tribu  que  le  ayude  en  aquella  perturbación  jurídica,  ó  tal  vez  le  de- 
fienda contra  un  abuso  de  poder  ó  cualquiera  otra  injusticia.  A  su  vez  la 
tribu,  el  pueblo,  la  nación  son  impotentes  con  sus*  respectivos  poderes  po- 
líticos interiores  para  asegurar  el  cumplimiento  del  derecho,  si  otra'  tribu, 
otro  pueblo,  otra  nación  oponen  poder  á  poder  y  perturban  esta  obra  inter- 
na con  ó  sin  derecho. 

Y  véase  aquí  también  que  aparece  siempre  el  derecho  como  dominante, 
y  mostrando  la  justicia,  lo  mismo  en  las  relaciones  de  los  pueblos  que  en 

-  las  de  los  individuos,  y  como  por  consiguiente,  aparece  la  exigencia  racional 
de  un  Estado  y  un  poder  superiores  que  lo  realicen,  y  que  á  la  humanidad 
toda  se  refieran;  mostrándose  bien  á  las  claras  que  si  dichos  Estado  y  poder 
totales  no  están  organizados  en  consonancia  con  sus  fines,  muy  anormal  é 
imperfectamente  podrán  estos  ser  cumplidos,  dada  la  necesidad  de  su  mejor 
ó  peor  realización,  y  por  consiguiente  de  la  existencia  de  aquellos  entre  los 
pueblos  que,  coexistiendo,  forman  la  humanidad  de  un  período  histórico  de- 
terminado. Porque  nosotros  afirmamos  que  el  derecho,  y  por  tanto  el  Esta- 
y  el  poder  existen  y  han  existido  siempre  como  totales,  es  decir,  compren- 
diendo á  todos  los  pueblos  contemporáneos.  Aun  en  los  momentos  en  que 
un  pueblo,  guiado  por  un  conquistador,  lleva  á  cabo  una  empresa  de  ex- 
terminio y  aniquilamiento  contra  otro  pueblo,  de  seguro  puede  decirse  que, 
ó  trata  de  reparar  y  castigar  una  injusticia  de  que  se  cree  víctima,  invo- 
cando, por  consiguiente,  á  su  favor  el  derecho  y  representando  el  Estado  y 
el  poder  humanos,  ó  piensa  dilatar  los  límites  de  su  imperio  y  de  su  Estado 


30  EL  PRINCIPIO 

á  espensas  de  otros  que  repula  deben  unirse  al  suyo,  para  integrar  bajo  su 
preponderancia  uno  de  más  poder,  y  en  algunos  easos  uno  que  tenga  el  todo 
y  único  poder  político  de  la  humanidad  en  la  tierra. 

¿A  qué  se  refieren,  por  otra  parte,  los  contratos  y  convenios  interna- 
cionales en  nuestros  tiempos,  sino  al  derecho  uno  y  total  que  regula  las 
relaciones  de  los  pueblos?  ¿Sobre  qué  descansan  las  alianzas  y  los  pactos  de 
la  misma  clase?  Sus  fundamentos  son  los  supuestos  siguientes:  que  el  de- 
recho existe  para  toda  la  humanidad;  que  toda  ella  le  conoce  (más  ó  menos 
completamente)  y  debe  respetarle,  en  lo  que  le  conozca,  y  que  las  infrac- 
ciones y  atentados  contra  él,  por  más  que,  desgraciadamente  todavía,  no 
puedan  ser  evitados  ó  reparados  con  igual  facilidad  que  dentro  de  un  Esta- 
do nacional,  no  dejan  sin  eficacia  al  derecho  mismo  y  al  Estado  jurídico  uni- 
versal que  supone,  toda  vez  que  no  en  vano  se  invocan  el  poder  y  las  fuerzas 
totales  contraías  patentes  injusticias,  como  lo  prueba  bien  claramente  el  que 
no  hay  nación  alguna,  por  agresiva  é  insolente  que  sea  en  su  conducta,  que 
no  procure  demostrar  que  el  derecho  y  la  justicia  se  hallan  .de  su  parte  al 
declarar  la  guerra,  medio  único  hasta  ahora  de  hacer  efectivo  el  derecho  to- 
tal humano  entre  las  naciones,  y  alcanzar  también  en  cada  caso  el  poder  ne- 
cesario para  conseguirlo. 

De  lo  precedente  se  deduce  que  la  organización  justa  del  Estado  y  poder 
humanos,  por  medios  justos  á  su  vez,  y  para  hacer  efectivo  de  una  mane- 
ra tranquila  y  ordenada  el  derecho  total  de  la  humanidad,  es  una  necesidad 
del  progresó  jurídico,  al  par  que  un  noble  presentimiento  y  una  aspiración 
generosa  de  todos  los  espíritus  pensadores  y  creyentes. 

Aliora  bien,  ¿implica  esta  afirmación  que  la  efectiva  y  natural  organiza- 
ción del  Estado  total  humano,  y  por  consiguiente,  de  su  poder  político,  sea 
la  destrucción  y  aniquilamiento  de  los  demás  poderes,  de  igual. clase,  de  los 
pueblos,  las  provincias  y  las  naciones?  Seguramente  que  no.  Así  como  la 
íbrmacion  de  la  tribu  no  destruyó,  sino  que  afirmó  más  el  poder  paternal, 
y  la  provincia  aseguró  más  la  existencia  del  pueblo,  y  la  nación  la  de  la 
provincia;  el  poder  político  uno  y  total  de  la  humanidad  dará  una  garantía 
superior  y  eficaz  á  los  diferentes  poderes  políticos  á  él  subordinados,  cuya 
existencia  pende  hoy  de  los  azares  de  la  guerra.  Y  téngase  en  cuenta  que 
los  ejemplos  aducidos  de  los  municipios  y  provincias,  en  atención  á  su  es- 
tado actual,  no  son  enteramente  aplicables  á  cómo  entendemos  la  organiza- 
ción del  Estado  y  poder  supremos,  porque  precisamente  la  excesiva  subor- 
dinación y  dependencia  de  aquellos  á  los  poderes  nacionales,  es  causa  de 
graves  perturbaciones  é'  instabilidad  políticas  en  los  Estados  actuales, 
que,  en  general,  no  han  acertado  todavía  con  una  justa  organización  inte- 
rior de  su  poder  político. 

La  unidad  de  este  en  la  humanidad  no  se  opone,  pues,  á  su  organiza- 
ción interior.  Por  el  contrario,  sin  aquella  es  imposible  concebir  esta,  in- 


FEDERATIVO.  51 

djspensable  por  lo  que  se  refierQ  al  derecho,  al  Estado  y  al  poder  que, 
como  relativos  al  hombre  y  á  la  sociedad,  tienen  forzosamente  que  parti- 
cipar del  carácter  orgánico  de  ambos.  í7no  es  el  árbol  ^  uno  el  animal  y 
sonséres  orgánicos,  cuyas  diversas  partes,  si  tienen  existencia  propia,  es 
en  cuanto  la  fundan  en  la  unidad  y  en  el  todo  á  que  pertenecen,  en  cuanto 
viven  su  vida  en  la  vida  total.  Órganos  distintos,  y  con  diferentes  partes  in- 
teriores, á  su  vez,  los  constituyen;  pero  la  unidad  del  ser,  de  tal  manera 
domina  y  compone  aquella  variedad  y  deja  profunda  huella  en  todas  sus 
partes,  que  no  es  maravilla  cierlamcnLe  que  sabios  naturalistas  hayan  for- 
mado el  megaterio,  el  mastodonte  ii  otro  animal  ante-diluviano,  por  el  estu- 
dio tan  sólo  de  uno  de  sus  dientes. 

Este  carácter  orgánico  del  Estado,  como  del  poder,  ha  sido  inexacta- 
mente apreciado  en  el  libro  de  Proudhon,  quien,  pretendiendo  darle  una 
gran  importancia,  ha  venido  por  el  contrario  á  dejarle  sin  su  base  y  funda- 
mento, que  es  la  unidad  del  Estado  y  del  poder  politico,  fuera  de  la  cual  ni 
la  variedad,  ni  el  organismo  son  siquiera  concebibles.  Cuando  se  habla, 
en  efecto,  de  organización  de  poderes,  de  Confederación  de  Estados,  nece- 
sariamente se  afirma  un  todo  que  rija  y  domine  el  organismo,  una  unidad 
política,  verdadero  Estado  superior,  en  el  cual  la  Confederación  se  verifi- 
que y  constituya.  Cuando  dos  naciones  diferentes,  en  suma,  pactan  trata- 
dos de  alianza,  de  comercio  o  de  cuakiuicr  otra  clase,  ambas  presuponen 
•como  obligatorio,  siquiera  moralmente  para  ellas,  el  derecho  internacional, 
y  afirman  un  Estado  jurídico,  por  tanto,  que  preceptúa  respeto  escrupuloso 
á  los  convenios  internacionales  debida  y  justamente  contraidos,  y  su  más 
exacto  cumplimiento. 

lí. 

Sabido  es  con  cuánto  acierto  se  ha  dicho  que  el  estilo  es  el  hondjre; 
mas  si  hubiéramos  de  juzgar  el  libro  de  Proudhon  por  lo  que  del  hombre 
revelan  sus  páginas,  el  juicio  sería  con  exceso  desfavorable  é  inmerecido. 
No  puede  decii'se,  en  verdad,  que  tanto  como  censurables  son  la  inmodes- 
tia y  arroganl|!  presunción  que  en  aquellas  se  observa  (1),  sean  erróneas  y 


(1)    Ar  concluir  el  libro  se  Iccu  los  dos  párrafos  siguieutcs,  de  los  cuales  el  segundo 
es  el  final  de  la  obra: 

V  it¿Tiene  ni  siqíiiera  idea  de  la  libertad  esa  democracia  que  se  llama  liberal  y  anate- 
matiza el  federalismo  y  el  socialismo,  como  hicieron  .en  1793  sus  padres?  Pero  el  pe- 
ríodo de  jn-ucba  debe  tener  un  término.  Empezamos  á  razonar  ya  sobre  el  pacto  fede- 
ral; no  creo  que  sea  esperar  mucho  de  la  estupidez  de  la  iJTeseute  generación,  jpensar 
que  al  primer  cataclismo  que  la  barra,  ha  devolver  á  reinar  en  el  mundo  la  justicia,  n 

iiDesafío  á  quien  quiera  que  sea,  á  que  haga  una  profesión  de  fé  más  limpia,  de 
mayor  alcance,  ni  de  más  templanza;  voy  mas  allá;  desafío  á  todo  amigo  de  la  liber- 
tad y  del  derecho  á  que  la  rechace,  m 


52  EL  PRINCIPIO 

absurdas  sus  doctrinas:  liay  en  cslas  ciorla  clarithid  y  cierto  encadenamien- 
to al  mismo  tiempo  que  proposiciones  importantes,  y  sobre  todo  observa- 
ciones históricas,  acerca  de  la  vicios.a  organización  de  los  poderes  públicos, 
de  gran  valor  y  mucha  estima.  Pero  procedamos  metódicamente  al  análisis 
del  Principio  federativo. 

De  la  radical  antitesis  que  Proudhon  señala  entre  la  autoridad  y  la  li- 
bertad, principios  en  oposición  tan  diametral  y  contradictoria  que  nos  da 
la  seguridad  de  que  es  imposible  un  tercer  término,  de  que  no  existe; 
ideas  opuestas  la  una  á  la  otra  y  condenadas  á  vivir  en  lucha  hasta  tal 
punto,  que  entre  ellas,  del  mismo  modo  que  entre  el  si  y  el  no,  entre  el.  ser 
y  el  no  ser  no  admite  nada  la  lógica;  de  dicha  supuesta  antítesis  parten  las 
proposiciones  en  cjue  el  autor  funda  su  teoría  política.  Pero  esta  irreconci- 
liable existencia  entre  ambos  términos  ó  polos  opuestos  del  orden  político, 
como  también  los  llama,  no  lo  es  tanto,  sin  embargo,  que  haya  de  con- 
cluir con  la  muerte  y  aniquilamiento  de  alguno  de  ellos.  Por  el  contrario, 
á  pesar  de  su  oposición,  de  su  contradicción,  de  su  antinomia  y  de  su 
constante  lucha,  la  autoridad  y  la  libertad  están  condenadas  á  aborrecerse 
mutua  pero  perpetuamente,  porque,  ya  cjue  no  en  otra  cosa,  están  unidas 
en  el  palenque  común  de  sus  eternos  combates;  los  cuales,  si  atentamente 
se  considera,  parecen  más  bien  batallas  simuladas  y  fingidas,  que  sostienen 
con  astucia  y  sobrada  previsión  las  partes  contendientes,  puesto  que  ha- 
llándose condenadas  á  vivir  en  lucha  ó  á  morir  juntas,  á  no  ir  la  una  sin 
la  otra,  á  no  poderse  suprimir  esta  sin  aquella,  natural  y  justo  es  que, 
por  propio  instinto  de  conservación,  no  traten  la  autoridad  y  la  libertad  de 
darse  punto  de  reposo,  ni  mucho  menos  el  ósculn  de  |taz,  que  para  ellas 
seria  la  muerte  por  suicidio. 

Pero  ¿de  dónde  ni  por  qué  puede  afirmarse  que  la  unión  de  dos  térmi- 
nos opuestos  esté  precisamente  en  su  oposición  ,•  en  su  lucha?  Aún  admi- 
tiendo que  la  autoridad  y  la  Mbertad  fueran  ideas  ó  cosas  antitéticas  é  ir- 
i'eductibles,  ¿cómo  era  posible  sostener  que  su  unión ,  su  conexidad  había 
do  hallarse  en  lo  que  precisamente  las  caracteriza  como  opuestas  y  contra- 
rias? Dos  polos  de  un  mismo  eje  son  opuestos  entre  sí;  pero  la  uniori  ,  la 
conexidad  de  ambos  se  da  y  se  busca  en  lo  que  tienen  de  común  ,  es  decir, 
en  ser  polos  y  por  tanto  puntos,  y  además  polos  y  puntos  de  una  misma  lí- 
nea, que  es  el  eje  que  los  enlaza  y  determina. 

La  autoridad  y  la  libertad  no  pueden  siquiera  llamarse,  como  Proudhon 
pretende,  los  dos  polos  de  la  política,  porque  ni  son  principios  radicalmente 
opuestos  ,  ni  antitéticos ,  ni  inconciliables ,  y  claramente  se  ve  que  se  con- 
ciiian  y  armonizan  perfectamente  en  la  moral  y  en  el  derecho ,  y  caben ,  por 
consiguiente,  en  la  sociedad  humana  ,  sin  que  su  existencia  sea  una  perpe- 
tua y  encarnizada  lucha.  Sabiendo  la  moral  que  el  hombre  es  libre ,  con  la 
autoridad  de  sus  preceptos  le  impone  las  reglas  que  debe  libremente  obser- 


PEDEÍlATlVO.  *  53 

var  para  realizar  lo  bueno.  Queriendo  el  derecho  para  el  hombre  el  libre 
cumplimiento  de  sus  finos,  le  asegura  las  condiciones  necesarias  con  tal  ob- 
jeto, mediante  el  poder  y  la  autoridad  que  constituye,  para  impedir  los  ata- 
ques contra  la  libertad  humana  en  sus  movimientos  hacia  fines  racionales, 
aunque  de  la  misma  libertad  humana  provengan.  Y  nótese  aquí  como  la  li- 
bertad y  la  autoridad  fácilmente  se  enlazan  y  armonizan:  en  la  moral,  la 
autoridad  y  el  precepto  obran  y  existen  porque  suponen  libertad  en  el  agen- 
te áque  se  refieren;  en  el  derecho,  la  autoridad  se  da  por  la  libertad  del 
hombre,  en  su  beneficio  y  para  su  existencia. 

La  tesis  de  Proudhon  de  la  unión  é  indisolubihdad  de  ambos  principios 
en  lo  que  tienen  de  opuestos,  implica  contradicción  en  los  términos;  por 
lo  cual  en  vano  busca,  y  pretende  con  arrogancia  en  su  obra,  haber  hallado 
un  régimen  político  que  satisfaga  las  aspiraciones  generales  y  labre  el  bien- 
estar de  los  pueblos,  toda  vez  que  parte  de  una  base  que  le  incapacita  para 
poner  paz  ó  dar  tregua  siquiera,  á  la  lucha  entre  los  dos  polos  del  gobierno 
condenados  á  priori  á  estar  en  perpetua  guerra ;  guerra  activa  y  necesaria 
para  evitar  su  muerte    ó  enervamiento. 

Consecuencia  lógica  de  semejanle  antinomia ,  es  la  clasificación  que  hace 
de  las  especies  y  formas  de  gobierno,  según  que  provengan  del  principio  de 
li])ertad  ó  del  de  autoridad;  clasificación,  sin  embargo,  que  no  puede  menos 
de  referirse  á  la  concepción  á  priori  de  los  mismos,  supuesto  que  en  la 
práctica  la  coexistencia  en  pugna  de  los  dos  elementos  antitéticos,  funda- 
mento de  la  división,  es  fatalmente  necesaria.  Adviértase,  no  obstante,  que 
la  inflexibilidad  lógica  de  Proudhon  no  es  tan  absoluta,  que  no  le  permita 
intitular  un  capítulo  de  su  libro :  Transacción  entre  los  dos  principios:  ori- 
gen de  las  contradicciones  en  la  política  ;  que  no  tolere  hablar  de  contra- 
peso y  equilibrio  (lo  cual  implica  paz  y  armonía  entre  los  términos  opuestos 
y  contradictorios,  autoridad  y  libertad),  y  de  la  futura  constitución  del  gé- 
nero humano  concebida  por  el  cerebro  dfi  la  humanidad,  del  que  se  ha  de 
desprender  la  fórmula  definitiva  de  una  constilucion  regular;  que  no  deje 
lugar  á  afirmaciones  como  estas :  Subordinación  de  la  autoridad  á  la  li- 
bertad y  vice-versa,  para  explicar  todos  los  gobiernos  de  hecho,  en  las  cua- 
les se  olvida  el  antagonismo  absoluto  de  los  dos  principios  para  sustituirlos 
por  una  dominación  del  uno  sobre  el  otro;  y  en  fin,  la  lógica  de  Proudhon 
no  es  tan  cruelmente  inflexible,  que  le  impida  desear  que  los  partidarios 
sáe  ambos  sistemas  de  gobiernos  antitéticos,  en  vez  de  excomulgarse, 
cumplan  el  deber  de  ser  los  unos  para  con  los  otros  tolerantes. 

Por  lo  demás ,  las  notables  observaciones  históricas  de  los  primeros  ca- 
pítulos del  libro  en  que  nos  ocupamos ,  no  muestran,  como  el  autor  pre- 
tende, que  la  antinomia  y  la  antítesis  sean  la  explicación  del  desenvolvimien- 
to político  de  los  pueblos,  sino  que  á  pesar  de  las  luchas  sangrientas  y  de 
los  antagonismos  entre  los  hombres  y  los  partidos,  los  principios  y  las  ideas 

TOMO  XIX.  3 


54  EL  PRINCIPIO 

se  imponen-  de  tal  manera  por  la  fuerza  de  la  lógica  y  las  necesidades  de  la 
vida,  que  los  sectarios  de  cada  sistema  de  gobierno  han  tenido  que  realizar, 
muchas  veces  con  exceso,  lo  mismo  que  consideraban  como  el  supremo  error 
ó  la  mayor  injusticia  de  sus  adversarios,  á  quienes,  tal  vez ,  más  combatían 
por  la  posesión  del  poder,  que  con  fines  enteramente  nobles  y  desinteresa- 
dos. Otras  veces  también  ,  la  injusticia  de  los  medios,  en  las  luchas  de  los 
partidos  i)olíticos,  ha  viciado  en  la  práctica  y  desde  su  origen,  la  aplicación 
de  ideas  y  principios  verdaderamente  salvadores  y  progresivos.  Las  demo- 
cracias cuando,  turbulentas  y  autocráticas,  han  deseado  su  pronto  acceso  al 
poder  por  toda  clase  de  medios,  aún  los  mas  reprobados  por  ellas  mismas, 
¿debian  ni  tenian  derecho  á  esperar  otra  cosa  que  el  entronizamiento  del 
dictador  que  halagando  sus  pasiones,  pero  conculcando  sus  ideas  con  su 
propio  beneplácito,  les  proporcionara  un  triunfo  tan  sorprendente  é  injusto 
como  nominal  é  ilusorio?  ¿Es  esto  acaso  consecuencia  de  ninguna  contra- 
dicción ó  antítesis,  inexplicable  de  suyo,  ó  es,  por  el  contrario,  el  más  ló- 
gico resultado  y  el  más  adecuado  y  providencial  castigo  á  causa  de  los  me- 
dios y  procedimientos  injustos  para  la  consecución  de  fines,  que,  cuanto 
mejores  sean,  más  se  han  de  alejar  de  la  mano  avara  y  codiciosa  que  trate 
de  profanarlos  para  conseguirlos? 

No  es  maravilla,  por  tanto,  que  los  partidos  ]¡olíticos  hayan  realizado  en 
la  historia  lo  contrario  muchas  veces  de  lo  que  á  sus  propósitos  é  ideas  pa- 
recía corresponder,  y  causas  enteramente  naturales  explican  esta  aparente 
contradicción,  que  á  Proudhon  gusta  sobremanera  poner  de  relieve  y  consi- 
derar como  prueba  y  fundamento  ala  vez  de  sus  teorías;  causas,  cuyo 
conocimiento  y  estudio  interesa  por  demás  á  la  humanidad  ,  á  fin  de  evitar 
la  reproducción  de  iguales  ó  parecidos  errores,  y  de  dar  al  pueblo  y  ú  las 
democracias  capacidad  bastante  para  fundar  gobiernos  justos,  librando  á  las 
masas  populares  de  las  acusaciones  de  ignorancia  é  inepcia  que  tan  dura  y 
despiadadamente  les  dirige  (1),  y  no  en  verdad  con  completa  justicia. 


(1)     Léanse,  en  prueba  do  ello,  las  siguientes : 

"Casi  siempre  las  foi-mas  del  gobierno  libre  han  sido  tratadas  de  aristocráticas  por 
las  masas,  que  han  preferido  el  absolutismo  monárquico." 

II  Ahora  bien;  el  pueblo  es  siempre  un  obstáculo  para  la  libertad,  bien  porque  des- 
confie de  las  formas  democráticas,  bien  porque  le  sean  indiferentes." 

iiPredispuesto  (alude  al  pueblo)  á  la  sospecha  y  á  la  calumnia,  pero  incapaz  de  to- 
da discusión  metódica,  no  oree  en  definitiva  sino  en  la  voluntad  humana ,  no  espera 
sino  del  hombre,  no  tiene  confianza  sino  en  sus  criaturas,  in  jmncipibus,  infiliishomi- 
num.  No  espera  nada  délos  principios,  i\nicos  que  pueden  salvarle;  no  tiene  la  religión 
de  Jas  ideas." 

iiEntregada  á  sí  misma  ó  conducida  por  sus  tribunos,  la  multitud  no  fundó  jamás 


FEDERATIVO.  55 

Sorprende  ciertamente,  dadas  las  premisas  en  que  Proudlion  se  apoya,  y 
á  pesar  de  las  inconsecuencias  lógicas  en  que  incurre  respecto  á  la  antagó- 
nica oposición  de  los  principios  de  autoridad  y  libertad;  sorprende,  decimos, 
que  pretenda  resolver  el  problema  político  y  hallarle  una  solución  en  esta 
esfera,  donde  imperan  como  absolutos  y  en  perpetua  guerra  de  exterminio, 
q]  5Í  y  el  no,  el  ser  y  el  no  ser;  donde  está  desterrada  la  lógica  y  «sucede 
«justamente  lo  contrario  de  lo  que  la  razón  indica  respecto  de  toda  teoría, 
»que  debe  desenvolverse  conforme  á  su  principio,  y  de  toda  existencia  que 
» debe  realizarse  según  su  ley;»  donde  «entra  fatalmente  la  arbitrariedad, 
»la  corrupción  llega  á  ser  pronto  el  alma  del  poder,  y  la  sociedad  marcha 
«arrastrada  sin  tregua  ni  descanso  por  la  pendiente  sin  fin  de  las  reVolucio- 
»nes;»  donde  en  los  «  ocho  mil  años  de  recuerdos  históricos,  el  mal  éxito 
»ha  venido  constantemente  á  recompensar  el  celo  de  los  reformadores  y  á 
«burlar  las  esperanzas  de  los  pueblos;»  en  cuya  esfera,  por  último,  no  hay 
más  que  agitadores  y  charlatanes,  «desorden  sistemático,  confusión  organi- 
»zada,  apostasía  permanente,  traición  universal.»  Y  á  pesar  de  todo,  Prou- 
dhon  promete  exponer  su  solución  para  que  la  «sociedad  pueda  llegará 
»algo  regular,  equitativo  y  estable;»  y  hace  tal  promesa  en  nombre  de  la  ló- 
gica, «por  más  que  en  negocios  semejantes,  raciocinar  sea  correr  el  riesgo 
»de  engañarse  á  si  mismo  y  perder  con  su  razón  su  tiempo  y  su  trabajo.» 
Veamos,  pues,  cuál  es  la  solución  tan  aparatosa  y  extrañamente  presentada. 

III. 

La  solución  hallada  en  el  libro  que  nos  ocupa,  estriba  en  la  idea  de  /éde* 
ración, ^y  ésta  á  su  vez  en  la  del  contrato  político,  sinalagmático  [hihioTa]) 
y  conmutativo.' Y  ad\iértase  que  el  atrevido  innovador,  para  quien  los  Es- 
tados antiguos  y  modernos  y  los  políticos  de  todos  tiempos  apenas  han 
realizado  nada  importante  y  provechoso,  encuentra,  sin  embargo,  los  fun- 
damentos de  su  solución  salvadttra  en  los  artículos  del  Código  civil  francés 
que  definen  los  contratos. 

La  aplicación  de  estas  definiciones  al  orden  político,  para  él  tan  fecunda, 
es  por  demás  extraña  é  insostenible.  Pretender  que  el  Estado  se  forma  pura 
y  sencillamente  mediante  un  contrato  bilateral,  es  verdaderamente  encer- 


nada.  Tiene  la  cabeza  trastornada:  no  llega  á  formar  nunca  tradiciones,  no  está  dotada 
de  espíritu  lógico,  no  llega  á  idea  alguna  que  adquiera  fuerza  de  ley,  no  comprende  de 
la  política  sino  la  intriga,  del  gobierno  sino  las  prodigalidades  y  la  fuerza ,  de  la  jus- 
ticia sino  la  vindicta  piiblica,  de  la  libertad  sino  el  derecho  de  erigirse  ídolos  que  al 
otro  dia  demuele .  El  advenimiento  de  la  democracia  abre  una  era  de  retroceso  que 
conduciría  la  nación  y  el  Estado  á  la  muerte,  si  estos  no  se  salvasen  de  la  fatalidad 
que  les  amenaza  por  una  revolución  en  sentido  inverso,  que  conviene  ahora  que  aprs' 
ciemos.  II 


56  ÉL    PRINCIPIO 

rarsc  en  un  círculo  vicioso.  Todo  contrato  supone  preexistente  el  derecho 
V  la  noción  del  Estado  á  él  consiguiente.  Dos  ó  más  individuos  contratan, 
jiorque  cuentan  con  la  garantía  del  Estado  á  que  ambos  obedecen ,  del  de- 
recho escrito  ó  "natural  que  necesariamente  les  ampara;  dos  pueblos  con- 
tratan, porque  suponen  también  la  preexistencia  de  un  derecho  internacio- 
nal ó  de  gentes,  que  les  proteja  y  asegure  el  cumplimiento  de  lo  esüpiiladp, 
y  porque,  como  dijimos  al  principio  ,  por  imperfecto  y  atrasado  que  sea  el 
período  histórico  á  que  nos  refiramos ,  siempre  la  noción  del  derecho  pone 
de  parte  de  la  realización  justa  de  lo  convenido,  al  Estado  y  poder  jurídicos 
de  todos  los  pueblos,  ó  por  lo  menos,  en  ellos  se  confía,  sí  es  necesaria  la 
guerra  para  hacer  que  el  contrato  se  cumpla;  pero  imphca  contradicion  en 
los  términos  decir  que  pueden  contratar  dos  ó  mas  hombres  para  formar  el 
Estado,  antes  de  que  el  Estado  exista,  cuando  el  contrato,  repetimos,  pre- 
supone necesariamente  el  derecho  y  el  Estado,  como  supuestos  b;ij(»  los 
cuales  únicamente  es  posible  su  existencia. 

Pero,  ¿cóm'o  se  habla  de  un  contrato  político  entre  el  ciudadano  y  el  Es- 
tado, cuya  existencia  se  presupone,  al  mismo  tiempo  que  sólo  se  considera 
justo  y  legítimo  al  formado  medíante  el  convenio?  Sí  el  ciudadano  encuen- 
tra ya  formado  el  Estado,  según  la  teoría  proudhoniana,  no  puede  contra-  ' 
tar  con  él,  sino  deshacerlo  para  después  construirlo  de  nuevo  por  medio  del 
contrato  sinalagmático  y  conmutativo.  Y  por  otra  parte,  ¿es  posible  un  con- 
trato político  entre  el  individuo  y  el  Estado?  Para  que  dos  contrayentes, 
puedan  contratar  sinalagmáticamente,  necesario  es  que  haya  en  andjos 
Igualdad  de  carácter  personal,  y  sobre  ellos  posibilidad,  cuando  menos,  de 
una  superior  personahdad  ó  institución  que  dé  á  cada  uno  lo  suyo,  en  caso 
de  violación  de  lo  pactado.  Así  es.  que,  cuando  el  Estado  contrata  con  los 
ciudadanos  no  lo  hace  bajo  el  punto  de  vista  político,  en. cuya  esfera  el  Es- 
tado como  institución  social  para  el  cumplimiento  del  derecho,  es  soberano, 
sino  como  persona  que  necesita  para  sus  fines  económicos  ó  de  otra  índole, 
cosas  o  servicios,  del  mismo  modo  que  otra  'persona  jurídica  cualquiera, 
así  individual  como  colectiva;  y  en  tal  caso  se  considera  inferior  al  mismo 
Estado,  en  cuanto  encargado  de  reclamar  la  jusl-icia  y  el  derecho,  y  se  so- 
mete al  fallo  de  sus  propíos  Tribunales,  sí  el  otro  contrayente  cree  necesario 
apelar  á  ellos.  Pero  considerar  justo,  y  por  tanto  posible,  que  el  Estado  es- 
tipule con  unos  ú  otros  ciudadanos  los  derechos  y  libertades  que  haya  de 
asegurarles,  es  completamente  erróneo  y  contrario  á  la  naturaleza  de  la  ins- 
titución. 

Por  esto,  sin  duda,  pasa  Proudhon  rápidamente  sobre  este  punto,  y  nada 
dice  sobre  la  formación  del  primer  Estado,  núcleo  de  los  que  después  han 
de  ser  Estados  confederados  ó  federales.  Debe,  pues,  notarse,  que  acerca  de 
cuestión  tan  capital,  la  falta  de  clara  exposición  es  completamente  insubsa- 
nable, toda  vez  que  la  federación,  resultado  del  contrato  político,  la  refiere 


FEDERATIVO.  57 

Proudhon  principalmente  á  pactos  ó  alianzas  entre  jefes  de  familia,  muni- 
cipios, pueblos  ó  Estados,  en  todas  cuyas  personalidades  ya  se  da  un  Es- 
tado juiidico  familiar,  municipal  ó  de  otra  especie. 

El  contrato  además,  no  es  elemento  superior  á  la  autoridad  y  á  la  li- 
bertad, convertido  en  el  elemento  dominante  del  Estado  por  voluntad  de  en- 
trambas, que  teniéndolas  á  raya  la  una  por  la  otra,  las  pone, de  acuer- 
do (1),  no;  porque  al  contrario,  y  como  repetidamente  se  ha  dicho,  el 
contrato  presupone  y  se  funda  en  ellas;  en  la  libertad,  como  propiedad  de 
los  contrayentes,  y  en  la  autoridad,  como  garantía  de  la  libertad  y  del  con- 
trato mismo. 

Mas  aparte  de  este  círculo  vicioso,  y  aún  suponiendo  hipoLéticameute 
posible  la  celebración  del  contrato  político  para  la  creación  del  Estado,  ob- 
sérvese bien  lá  naturaleza  del  contrato  de  federación,  que  Proudhon  define 
a^\:  Un  contrato  sinalagmático  y  conmutativo  para  uno  ó  muchos  objetos 
determinados,  cuy  a  condición  esenciales  que  los  contratantes  se  reserven 
siempre  una  parte  de  soberanía  y  acción  mayor  déla  que  ceden. 

Es  licito,  según  la  deíinicion,  todo  objeto  determinado,  que  pueda  serlo 
de  contrato,  para  la  formación  del  pacto  federativo.  Por  manera,  que  así  los 
íines  moralescomo  los  inmorales,  los  justos  ó  los  injustos  pueden  estipular- 
se: ni  cabía  otia  cosa  tampoco,  si  se  atiende  á  que  tratándose  de  fundar  el 
derecho  y  el  Estado  en  el  libre  albedrío  humano,  cuando  éste,  por  el  con- 
trario, tiene  por  norma  lo  justo,  lo  bueno;  y  basándose,  por  otra  parte,  la 
teoría  del  contrato  y  la  federación  en  la  noción  de  ley  como  estatuto  arbi- 
tral de  la  voluntad  humaivx,  no  podía  menos  de  erigirse  el  arbitrio  del 
hombreen  fuenle  y  origen,  no  ya  del  poder  efectivo  necesario  al  Estado  y 
para  la  realización  de  sus  fines,  sino  del  Estado  y  del  derecho  mismos.  De 
donde  resulta  lógicamente  que  ni  aquellas  sociedades  proscritas  por  todas 
las  legislaciones  de  los  pueblos,  [)orque  lo  están  antes  por  la  razón  y  la  jus- 
ticia, como  las  de  malhechores,  por  ejemplo,  pueden  dejar  de  considerarse 
lícitas,  ni  impedírselas  que  formen  un  Estado,  núcleo  de  una  confedera- 
ción, con  tal  que  su  fin  ilícito  sea,  como  el  matar  y  robar,  un  objeto  deter- 
minado y  la  razón  del  pacto  déla  asociación,  en  la  cual  los  contratantes  se 
hayan  reservado  además  una  parte  de  soberanía  y  acción  mayor  de  la  que 
cedan . 

Esto,  por  lo  que  hace  al  objeto  del  contrato;  que  también  son  grantles 
los  errores  y  confusiones  á  que  conduce  el  examen  del  contrato  federativo 
con  respecto  á  los  contrayentes  y  á  la  duración  del  mismo;  puntos  dignos  de 
la  mayor  alencion,  toda  vez  que,'  tanto  Proudhon,  como  el  traductor  de 
su  libro  al  castellíino,  tienen  itiucho  interés  en  mostrar  la  gran  diferencia  que 
hay  entre- e\  contrato  federativo  y  e]  contrato  social  de  Rousseau,  y  siendo  asi 


(1)     Aquí  el  autor  cae  una  vez  más  en  inconsecuencia  con  sus  propias  doctrinas. 


58  EL    PRINCIPIO 

que  el  autor  de  aquel  censura  á  éste  por  haber  imaginado  «una  ficción  de  le- 
«gista^  una  hipótesis  para  explicar  la  formación  del  Estado  y  délas  relaciones 
»cntre  el  gobierno  y  sus  individuos;»  contra  lo  cual  Proudhon  se  jacta  do 
«que  en  el  sistema  federativo  el  contrato  social  es  más  que  una  ficción,  es  un 
«pacto  real  y  efectivo,  que  ha  sido  verdaderamente  propuesto,  discutido, 
«votado,  aprobado,  y  es  susceptible  de  manifestaciones  regulares  á  volun- 
«tad  délos  contrayentes.»  Pero,  ¿cómo?  Los  individuos  que  pactan,  el  in- 
dividuo que  pacta  con  el  Estado,  los  Estados  que  celebran  el  contrato  fede- 
rativo, ¿por  cuánto  tiempo  están  obligados,  si   no  ponen  esta  condición  en- 
tre las  del  contrato?  O  si  la  ponen,  ¿no  podrá  ser  modificada,  por  lo  menos, 
^n  lo  que  se  refiera  á  otras  personas,  á  las  nuevas  generaciones  que  en  él  no 
hayan  intervenido?  Y  adviértase  que  Proudhon  reputa  acertado  el  «que  en 
«una  democracia  no  se  sea  en  realidad  ciudadano  por  ser  hijo  de  ciudadano, 
«sino  que  sea  de  todo  punto  necesario  en  derecho,  independientemente  de  la 
«cualidad  de  ingenuo,  haber  elegido  el  sistema  vigente,»  de  donde  se  deduce: 
1.°,  que  el  niño  no  tiene  derecho  alguno,  ni  vive  dentro  del  Estado  mientras 
no  manifieste  su  voluntad,  sin  que  se  diga  por  quién  ni  por  qué  medios  po- 
drá determinarse  cuándo  ha  de  oirse  esta  manifestación,  ni  la  capacidad  del 
hombre  para  el  contrato  federativo,  supuesto  que  el  Estado,  órgano  del  de- 
recho, y  á  quien  todo  esto  incumbe,  no  existe  para  el  que  no  ha  prestado  to- 
davía su  consentimiento;  y  2.°,  que  el  pacto  federativo  ha  de  estar  en  con- 
tinua renovación,  si  se  quiere  que  los  nuevos  seres  que  vienen  á  la  vida  pue- 
dan ir  sucesivamente  formando  parte  del  Estado,  con  lo  cual  dicho  se  está 
que  es  imposible  que  el  objeto  del  contrato  pueda  mantenerse  determinadcr 
y  el  mismo,  un  solo  instante.  Apuntar  estas  consecuencias  es  demostrar  lo 
erróneo  de  la  doctrina  y  las  peticiones  de^  principio  que  sus  premisas  en- 
vuelven. 

Por  otra  parte,  como  ni  en  la  definición  del  contrato  federaüvo  antes 
anuncionada,  ni  en  las  explicaciones  que  la  desenvuelven,  se  habla  del 
objeto  del  contrato  más  que  para  exigir  que  sea  determinado  y  que  siempre 
los  contrayentes  se  reserven  más  derechos,  más  libertad,  más  autoridad, 
más  propiedad  de  los  que  ceden,  resulta  que  la  cuestión  del  fin  y  de  las 
atribuciones  del  Estado  en  esta  teoria,  es  una  cuestión  de  pura  cantidad 
entre  los  derechos  que  han  de  ser  reservados  al  individuo,  al  municipio,  á 
la  provincia  y  al  Estado,  sin  que  para  nada  se  tenga  otro  principio  en  cuen- 
ta. De  aquí  proviene  lo  vacio  de  toda  esta  doctrina,  en  la  cual  va- 
namente se  pretende  señalar  algo  sustantivo  como  de  competiMicia  propia 
y  exclusiva  del  Estado,  toda  vez  que  este»  es  un  mero  resultado  del  arbitrio 
humano,  individual  ó  colectivo.  Propósito  tan  vano  y  estéril,  decimos,  como 
que  el  autor,  que  se  considera  reformador  universal,  y  que  tiene  grandes 
pretensiones  de  originalidad,  apela  para  dar  alguna  fijeza  y  concretar  sus 
ideas  sobre  este  punto,  á  extraclai*  por  nota,  los  principios  políticos  de  la 


FEDERATIVO.  39 

Constitución  suiza,  y  á  discurrir  sobre  las  cuestiones  suscitadas  con  motivo 
de  ellü  y  de  la  Constitución  de  los  Estados-Unidos.  Graves  le  parecen,  en 
eleclo,  las  á  que  da  lugar  el  derecho  público  federativo.  Pero  ni  la  dificul- 
tad le  arredra  para  resolverlas,  ni  le  embaraza  tampoco  la  inconsecuencia 
con  sus  mismos  principios.  Asi  es,  que  si  bien  repugna  la  esclavitud,  como 
contraria  al  principio  federativo,  reconoce  que  JVashington,  Madison  y 
los  demás  fundadores  de  la  Union  no  fueron  de  esle  dictamen  y  admilic  ■ 
ron  al  pacto  federal  á  los  Estados  con  esclavos.^  Del  mismo  modo,  si  bien 
cree  de  derecho  que  una  minoría  separatista  de  Estados  confederados 
pueda  combatir  la  indisolubilidad  del  pacto  que  sostenga  la  mayoría,  siem- 
pre que  se  trate  de  una  cuestión  de  soberanía  cantonal  que  no  haya  entra- 
do en  el  pacto  de  la  Conícderacion,  con  lo  cual  se  pone  de  parte  de  los  Es- 
tados del  Sur,  en  la  cuestión  americana  (pendiente  cuando  el  libro  se  escri- 
bía), y  da  la  razón  á  los  cantones  suizos  del  Sunderbund;  sin  embargo,  co- 
mo «puede  suceder  por  consideraciones  de  commodo  et  incommodo  que  las 
«pretensiones  de  la  minoría  sean  incompatibles  con  las  necesidades  de  la 
Dmayoria,  y  que  además  la  excisión  comprometa  la  libertad  de  los  Estados, 
«en  tal  caso  la  cuestión  se  resuelve  por  el  derecho  de  la  guerra,  lo  que 
» quiere  decir  que  la  parte  más  considerable  de  la  Confederación,  aquella 
«cuya  ruina  llevaría  más  perjuicios,  ha  de  prevalecer  sobre  la  mas  débil.» 
¡Donosa  teoría,  según  la  cual  se  viene  á  santificar  el  derecho  de  la  fuerza, 
como  representación  de  los  intereses  de  la  mayoría,  por  el  mismo  (pie  mal- 
dice á  todas  las  democracias,  cuyo  sistema  tilda  de  a  bsolutisino  de  las 
masas,  y  después  de  haber  construido  con  tan  exquisito  cuidado  el  armazón 
del  contrato  federativo,  mediante  el  cual  el  ciudadano  se  reserva  más  dere- 
chos de  los  que  cede  al  municipio,  esle  más  de  los  (pie  cede  al  Estado  pro- 
vincial, y  así  sucesivamente,  para  tolerar  en  definitiva  que  no  sean  respeta- 
dos, á  pesar  de  las  precauciones,  y  sólo  según  voluntad  de  la  mayoría,  (pie 
rasga  el;jac/o  sinalagmático-^  conmutativo  por  puro  interés  y  conveniencia! 
¿Cuáles  son  los  principios  que  con  tales  afirmaciones  prevalecen  de  la  teoría 
proudhoniana?  ¿j\o  pudiera  aplicarse  á  esta  el  calificativo  de  exc(''ptica  que 
Proudhoii  lanza,  tal  vez  con  justicia,  pero  duramente,  contra  los  partidos 
doctrinarios?  (1) 

A  pesar  de  lo  inútil  y  contradictorio  de  las  tentativas  de  dicho  autor, 
para  dar  al  Estado  y  al  decebo  otra  finalidad  que  la  que  nacer  pueda  del 


(1)  "El  mal  éxito,  dice,  que  alternada  y  repetidamente  tienen  la  democi-acia  im- 
perial y  el  constitucionalismo  de  la  clase  media,  da  por  resultado  la  creación  de  un 
tercer  i)artido  que,  enarbolando  la  bandera  del  excepticismo,  no  jurando  sostener  ja- 
más ningún  principio,  y  siendo  esencial  y  sistemáticamente  inmoral,  tiende  á  reinar, 
como  suele  decirse,  por  el  sistema  de  tira  y  afloja,  es  decir,  arruinando  toda  autoridad 
y  toda  libertad;  en  una  i^alabra,  corrompiendo.  Esto  es  lo  que  se  ha  llamado  sistema 
doctrinario,  n 


40  EL    PRINCIPIO 

contrato  federativo,  debemos  señalar  lo  más  importante  que  establece  sobre 
punto  tan  esencial.  En  una  sociedad  libre,  dice,  el  papel  del  Estado  ó  del 
Goljierno  es  principalmente  el  de  legislar,  crear,  inaugurar,  instalar,  lo  me- 
nos posible  el  de  ejecutar.  Supone  al  Estado  el  supremo  director  del  movi- 
miento, el  que  pone  la  mano  en  la  obra  algunas  veces,  pero  sólo  para  dar 
ejemplo  é  impulsarla.  Si  es  verdadera  ó  falsa  esta  idea,  no  nos  proponemos 
averiguarlo:  baste  decir  que  ninguna  conexión  tiene  con  las  anteriores  afir- 
maciones de  Proudhon, -de  las  cuales  no  puede  reputarse  consecuencia, 
porque  más  bien  las  contradice  y  niega.  Y  todavía,  dentro  de  tal  con- 
cepción del  Estado,  no  teme  en  incurrir  en  nuevas  contradicciones  é  in- 
consecuencias. Porque  si  bien  pide  libertad  para  la  fabricación  de  la  mone- 
da, para  los  servicios  que  se  han  dejado  abusivamente  en  manos  de  los  Go- 
biernos, como  caminos,  canales,  correos,  telégrafos,  etc.,  toda  vez  que  des- 
pués de  dado  el  primer  impulso  por  el  Estado,  lo  demás  ya  no  es  de  la 
competencia  de  este;  y  si  bien  es  partidario  en  el  miámo  sentido  de  la  liber- 
tad de  enseñanza,  hasta  el  punto  de  querer  que  la  Escuela  esté  tan  separada 
del  Estado  como  la  misma  Iglesia;*  y  si  bien,  por  último,  no  reputa  de  ver- 
dadera necesidad  que  los  Tribunales  dependan  de  la  Autoridad  central,  y 
dice  que  instituir  un  Tribunal  federal  supremo  seria  en  principio  derogar 
eZjoftcto;  nada  de  esto,  sin  embargo,  le  impide  aceptar  el  principio  de  la 
Constitución  suiza  de  1848,  de  que  la  Confederación  tenga  el  derecho  de 
establecer  una  Universidad  suiza,  idea  combatida  como  atentatoria  á  la  sobe- 
ranía de  los  Cantones,  ni  el  de  que,  según  la  misma  Constitución,  para  cier- 
tos casos,  se  establezcan  una  Justicia  federal  v  Tribunales  federales. 

IV. 

Lo  fecundo  de  la  teoría  del  contrato  y  la  federación,  consiste,  por  un 
lado,  en  que  aquel  resuelve  el  problema  político,  haciendo  que  el  régimen 
liberal  ó  consensual  prevalezca  sobre  el  autor  ilativo,  aunque  sea  con  menos- 
cabo de  la  sangrienta  y  constante  batalla  en  que  necesariamente  han  do  vi- 
vir la  autoridad  y  la  libertad;  y  por  otra  parte,  en  que  la  federación  mantie- 
ne y  fomenta  la  división  de  poderes  contra  la  reunión  o  indivis'on  de  los 
mismos,  que  considera  de  los  más  funestos  r^idtados  y  característica  de 
las  monarquías. 

Respecto  á  esto  último  conviene  observar  que  la  unidad  del  poder  no 
obsta  á  la  división  y  separacion'de  los  poderes  dentro  de  su  unidad  misma; 
antes  por  el  contrario,  aquella  supone  esta,  sin  la  cual  la  división  de  poderes 
no  seria  distinción  de  partes  ó  funciones  de  una  misma  cosa,  sino  cosas  ente- 
ramente distintas.  La  confusión  de  la  unidad  y  h-union  natural  de  poderes 
en  el  poder  mismo,  que  puede  y  debe  ser  orgánica  é  interiormente  objeto 
de  división  y  separación  de  sus  diíerentes  partes  y  funciones,  con  la  unidad 


•       FEDERATIVO.  41 

indivisa,  é  inorgánica  de  las  funciones  del  poder  político  y  de  los  diferen- 
tes poderes  que  dentro  de  la  unidad  del  mismo  existen  y  se  dan,  es  lo 
que  ha  conducido  á  Proudhon  á  errores  y  consecuencias  lamentables. 
Por  esto  deplora  las  tendencias  á  la  formación  de  grandes  Estados  que  se 
han  cebado  en  los  federales  con  tanta  intensidad  como  en  las  monarquías 
feudales  ó  unitarias,  y  dice  que  en  el  sistema  feudativo,  al  revés  de  lo  que 
pasa  en  los  demás  gobiernos,  la  idea  de  una  Confederación  universal  es 

CONTRADICTORIA. 

Mas  á  pesar  de  hallarse  el  secreto  déla  bondad  de  esta  doctrina  en  la 
separación  de  los  poderes,  en  la  división  y  subdivisión  de  los  Estados, 
separación  y  división  permanentes  que  deben  repugnar  toda  reunión,  Prou- 
dhon no  vacila  en  afirmar  que  el  sistema  federativo  no  hubiese  podido 
realizarse  en  los  primeros  tiempos,  porque  la  civilización  es  progresiva 
yá  aquellos  no  correspondí  aesta  nueva  fórmula,  y  lo  que  es  más  todavía, 
qHC  el  sistema  unitario,  que  tan  fuertemente  combate  repetidas  veces, -co- 
mo causa  exclusiva  de  todos  los  males  políticos  y  sociales,  ha  servido  para 
lo  qne  no  podía  hacer  el  federativo  que  defiende,  á  saber,  para  «domar 
«y  fijar  ante  todo  las  errantes,  indisciplinadas  y  groseras  muchedumbres; 
«distribuir  en  grupos  las  ciudades  aisladas  y  hostiles;  ir  formando  poco  á 
«poco,  por  vía  de  autoridad,  un  derecho  común  y  establecer  en  forma  de 
•  decretos  imperiales  las  leyes  del  linaje  humano.  La  federación,  añade,  no 
«podía  llenar  esa  necesidad  de  educará  los  pueblos.»  Y  si  átodo  esto 
se  agrega  que  aún  en  los  Estados  federales,  primeramente  nacidos  de  la 
nueva  idea*,  los  suizos  y  americanos,  «es  un  hecho  histórico  inconcuso  que 
»la  Revolución  francesa  ha  puesto  la  mano  en  todas  las  constituciones  fede- 
» rales,  las  ha  enmendado,  les  ha  comunicado  su  propio  aliento,  les  ha  dado 
«todo  lo  mejor  que  tienen,  les  ha  puesto,  en  una  palabra,  en  estado  de  des- 
«envolverse,  sin  haber  hasta  ahora  recibido  de  ellas  absolutamente  nada, » 
se  comprenderá  fácilmente  que  por  tan  escasos  y  malos  frutos  no  puede  to- 
davía, al  menos,  juzgarse  la  bondad  del  árbol,  ni  mucho  menos  renegar  en 
absoluto  y  por  completo  del  sistema  unitario,  que  ha  dado  vida,  aliento  y 
enseñanza  al  sistema  encargado  de  corregirle  y  hacer  progresar  rápidamen- 
te á  los  pueblos  y  á  toda  la  humanidad. 

Si  lo  poco  de  verdadero  Uberalismo  que  penetró  en  los  Estados-Unidos  al 
emanciparse,  resultado  que  atribuye  Proudhon  principalmente  á  la  inter- 
vención de  Francia  en  la  guerra  de  aquellas  Colonias  con  su  metrópoli,  fué 
obra  de  la  Revolución  francesa;  si  la  libertad  en  América  ha  sido  hasta  aho- 
ra más  bien  un  efecto  del  individualismo  anglosajón,  lanzado  en  aquellas 
inmensas  soledades,  que  el  de  sus  instituciones  y  costumbres;  y  si  la  Revo- 
lución francesa  tan  unitaria  y  centralizadora,  lia  sido  también  la  que  ha  ar- 
rancado á  Suiza  del  poder  de  sus  viejas  preocupaciones  de  aristocracia  y 
clase  inedia;  y  ha  refundido  su  Confederación,  ¿dónde  encontrar  las  exce- 


42  EL  PRINCIPIO 

lencias  político-sociales  de  esos  pueblos,  sin  que  aparezca  la  huella  del  sis- 
tema unitario,  toda  vez  que  las  Constituciones  son  los  únicos  modcios  que 
el  libro  que  nos  ocupa  presenta,  no  ya  como  manifestación  de  lo  hasta  hoy 
realizado  en  el  sentido  de  sus  ideas,  sino  como  el  fundamento  y  la  explica- 
ción práctica  de  las  mismas? 

Después  de  esto,  sin  embargo,  Proudhon  escribe  un  capitulo  entero  para 
lanzar  acusaciones  tan  fuertes  como  injustas  contra  el  pueblo,  las  masas  y 
los  hombres  de  Estado  que  se  enamoran  de  la  unidad  del  poder,  que  hablan 
del  Pueblo,  la  Nación,  el  Soberano,  el  Legislador,  etc.,  y  para  manifestar 
la  eficacia  de  la  gai'aníia  federal.  Bien  es  cierto  que  á  renglón  seguido  (en 
el  capitulo  siguiente,  el  XI)  confiesa  la  impotencia  é  ineficacia  de  todas  las 
garantías  anteriormente  señaladas  y  busca  en  la  sanciojí  económica  el  ver- 
dadero remedio;  porque  si  la  economía  de  (as  sociedades  debiese  permane- 
cer en  el  statu  quo  antiguo,  valdria  más  para  los  pueblos  la  unidad  impe- 
rial que  la  federación.  De  lamentar  es,  por  tanto,  que  la  importancia  dada 
por  él  á  la  teoría  del  contrato  como  base  de  su  sistema  federativo,  no  fií  hu- 
biera subordinado  á  la  que  tienen  en  el  mismo  sistema  sus  opiniones  econó- 
micas y  la  determinación  del  organismo  social  en  esta  esfera,  toda  vez  qué  es- 
to es  lo  fundamental  de  sus  ideas  y  soluciones  políticas,  de  las  cuales  renie- 
ga y  á  las  cuales  renuncia,  si  no  se  basan  en  las  económicas,  en  la  federación 
económico-industrial.  Y  hé  aquí  cómo  la  fuerza  de  las  cosas  llev^  á  Prou- 
diion  á  tener  que  llenar  de  alguna  manera  (siquiera  sea  ilógica  y  contradic- 
toria con  sus  propios  principios)  el  vacio  de  la  teoría  del  contrato  político  en 
(|ue  no  se  determina  el  objeto,  y  en  el  cual  se  habla  de  derechos,  de  poder, 
de  libertad,  de  autoridad,  sin  decir  cuál  sea  el  contenido  de  estos  derechos, 
cuál  el  fin  del  poder  ni  de  la  libertad,  ni  cuáles  tampoco  los  fines  y  atribu- 
ciones de  la  autoridad.  La  federación  económica  ha  de  proponerse  formar 
un  conjunto,  en  oposición  al  feudalismo  económico  que  hoy  domina  y  cu- 
yos males  se  señalan,  para  «acercarse  cada  día  más  á  la  igualdad  por  medio 
»de  la  organización  de  los  servicios  públicos  hechos  al  más  bajo  precio  posi- 
»blc,  por  otras  manos  que  las  del  Estado,  por  medio  de  la  reciprocidad  del 
«crédito  y  de  los  seguros,  por  medio  de  la  garantía  de  la  instrucción  y  del 
«trabajo,  por  medio  de  una  combinación  industrial  que  permita  á  cada  tra- 
»bajador  pasar  de  simple  peón  á  industrial  y  artista,  de  jornalero  á  maestro.» 

Por  manera  que  en  este  punto  ya  tenemos  algo  fijo  á  que  atenernos,  y 
la  federación  económica,  que  no  se  forme  con  tales  tendencias  y  para  tales 
fines,  no  cabrá  en  la  teoría  federativa  de  Proudhon,  y  el  federahsmo  pohlíco 
•  que  dé  lugar  á  federaciones  agrícola-industriales  distintas  de  las  enunciadas, 
(')  que  no  las  haga  nacer,  será  peor  que  el  imperialismo.  Pero  si  del  contra- 
to sinalagmático  y  conmutativo  no  resultan  asegurados  dichos  fines,  ni 
marcadas  dichas  tendencias,  y  el  contrata  se  ha  celebrado  en  la  forma  por 
Proudhon  designada,  ¿qué  habrá  de  hacerse?  ¿Renegar  del  contrato  é  impo- 


FEDERATIVO.  43 

ner  por  medio  del  Estado  estos  fines  económicos,  dejándose  llevar  á  la  uni- 
dad imperial,  ó  prescindir  de  estos  y  permitir  á  la  •federación  que  siga  su 
ley,  es  decir,  el  estatuto  arbitral  de  la  voluntad  humana?  A  tales  preguntas 
no  se  encuentra,  en  el  libro  que  examinamos,  manera  de  ccfntestarlas:  el 
dilema  contradictorio  que  envuelven  es  insoluble;  por  lo  cual  no  podemos 
•menos  de  afirmar  lo  erróneo  de  esta  teoría,  como  no  sea  de  esencia  suya, 
á  juicio  del  autor,  y  la  garantía  de  su  verdad,  la  misma  contradicción 
(jue  contiene  y  en  que  se  funda. 

V. 

Hasta  aqui  lo  que  principalmente  nos  proponíamos  exponer  en  contra  de 
as  doctrinas  de  Proudlion,  quien  si  bien  establece  coino  una  de  las  piedras 
angulares  de  su  teoría,  la  separación  y  disgregación  de  los  poderes  y  los 
Estados,  y  repugna  esas  confederaciones  universales  concebidas  por  la 
■  democracia,  lanzando  asimismo  terribles  y  destemplados  anatemas  contra 
los  filósofos,  los  pueblos  y  las  masas  que  hacia  la  unidad  política  aspiran; 
no  por  esto  deja  de  presentir  y  reconocer,  aunque  implícita  y  contradicto- 
riamente con  sus  anteriores  premisas,  por  una  parte,  que  el  gobierno  más 
libre  y  moral  es  aquel  en  que  los  poderes  están  mejor  divididos,  etc.,  en  lo 
cual  se  afirma  la  unidad  del  gobierno  sobre  la  división  interior  de  sus  po- 
deres; y  por  otra,  que  la  idea  de  unidad  orgánica  es  tan  aplicable  á  la  polí- 
tica y  á  la  economía  como  á  la  ciencia  zoológica. 

Ahora  bien;  si  recordamos  las  indicaciones  hechas  al  principio  de  este 
trabajo,  no  será  difícil  aplicar  á  la  práctica  y  á  los  hechos  históricos  pasados 
y  presentes  las  consecuencias  do  lo  que  reputamos  verdadero. 

La  tendencia  hacia  la  unidad  política  (no  á  la  confusión  é  indivisión), 
es  decir,  hacia  la  formación  de  grandes  Estados,  ya  unitarios  en  su  orga- 
nización interior,  ya  federales  ó  confederados,  es  tan  grande  como  univer- 
sal, y  se  nota,  por  tanto,  lo  mismo  en  Europa  que  en  América.  Y  adviértase 
(pie,  si  bien  en  las  naciones  constituidas  de  una  manera  centralizadora  y 
absorbente,  se  experimenta  la  necesidad  de  una  interior  descentralización 
así  administrativa  como  política,  en  las  Confederaciones  ó  Estados  confe- 
derados, hay,  por  el  contrario,  aspiraciones  constantes  hacia  una  unión  más 
intima,  hacia  una  constitución  (pie  de  los  Estados  confederados  haga  un 
Estado  federal  primero  (1),  y  despees  de  formado  este,  se  apetecen  todavía 
cohesión  y  unidad  mayores.  Que  tal  aserto  es  completamente  exacto, 
pruébanlo,  poruña  parte,  Francia,  España,  Italia;  y  por  otra,  Suiza,  los 


(1)     Salada  es  la  distinción  que  los  ijublicistas  liacen  entre  una  Confederación  de 
¿¡atados  y  un  Edado  faderal     , 


Ai  ■      EL   PRINCIPIO 

Estados-Unidos  y  Alemania.  ¿Quiere  decir  esto  que  los  primeros  Estados 
tiendan  á  romper  su  unidad  y  los  segundos  á  perder  su  interior  organiza- 
ción y  descentralización  políticas?  No  seguramente. 

Lo  que  unos  y  otros  pueblos  desean  es  mejorar  su  constitución  políti- 
ca; buscando  sólidas  garantías,  para  el  cumplimiento  del  derecho,  en  uni- 
dades políticas  mayores,  los  Estados  que  han  sido  víctimas  de  una  hostili- 
dad y  enemiga  constantes  por  su  oposición  y  excesiva  separación  de  pode- 
res; y  apeteciendo  mayores  garantías  también,  para  la  buena  y  acertada  rea- 
lización del  fin  político  y  mantenimiento  de  la  libertad,  las  naciones  cuyo 
poder  está  de  tal  modo  centralizado  que,  en  lugar  de  ser  el  órgano  fuerte  y 
i'obusto  del  Estado,  es  un  órgano  en  congestión,  que  tiene  toda  la  sangre  y 
la  vida  aglomeradas  en  su  centro,  á  espensas  de  la  vida  de  las  demás 
partes  que  le  componen,  y  por  cuyo  aniquilamiento  sistemático  lleva  en  sí 
mismo  el  germen  de  apoplética  muerte.  Y  podemos  hacer  ahora  tan- 
to mejor  esta  afirmación  última,  cuanto  que  uno  de  los  modelos  más  acaba- 
dos de  la  centralización  en  el  poder  ha  sido  el  representado  en  Francia  por  ■ 
el  imperio,  tan  fuerte  y  robusto  en  la  apariencia,  como  débil  y  raquítico  en  la 
realidad,  sin  que  ros  principios  centralizadores  permitan  otro  resultado, 
cualquiera  que  sea  la  forma  de  gobierno  que  en  ellos  trate  de  fundarse. 

Pero  los  pueblos  disgregados  y  que  no  han  hecho  todavía  coincidir  con 
sus  unidades  nacionales  sus  Estados  políticos,  se  mueven  y  pugnan  por 
constituirlos,  de  tal  manera  y  con  tanta  fuerza,  qne  llegan  hasta  tolerar  sa- 
crificios de  autonomías  secundarias  y  la  anulación  de  poderes  interiores, 
con  detrimento  y  perjuicio  de  la  verdadera  fuerza  y  robustez  del  que  tratan 
de  elevar  sobre  ellos,  siempre  que  el  ansiado  y  apetecido  fin  se  realice.  Tes- 
tigos, entre  los  pueblos  antes  citados  y  en  los  últimos  tiempos,  Itaha  y  Ale- 
Jiiania. 

Las  unidades  políticas  de  estas  naciones,  ya  casi  completamente  forma- 
das, subsistirán  seguramente  en  tal  concepto:  las  injusticias  cometidas  para 
subyugar  poderes  autonómicos  interiores,  en  lugar  de  afirmarlos  dentro  de 
su  esfera  de  acción  respectiva,  serán  más  ó  menos  pronto  reparadas;  per'o 
ni  Italia  ni  Alemania  dejarán  ya  de  ser  Estados  políticos  federales  o  unita- 
rios, toda  vez  que  han  dado  un  paso  en  firme,  por  lo  que  concierne  á  la  for- 
mación de  Estados  nacionales,  en  la  senda  de  la  integración  y  constitución 
del  Estado  y  poder  políticos,  que  son  unos  en  su  esencia  para  toda  la  hu- 
manidad; y  supuesto  que,  mediante  la  formación  de  las  nacionalidades  ac- 
tualmente, se  prepara  la  unión  de  ellas  en  una  Confederación  europea  (Es- 
tado superior  á  los  confederados),  y  por  consiguiente,  en  definitiva,  la  agru- 
pación política  humana  en  el  uno  y  total  Estado. 

Escusado  es  repetir  una  vez  más  que  tanto  este,  como  los  subordinados 
á  él  y  por  tanto  los  nacionales,  que  son  los  superiores  hasta  hoy  formados, 
no  niegan  ni  deben  anular  los  Estados  y  poderes  que  bajo  ellos  existen  (como 


FEDERATIVO.  45 

los  provinciales  y  municipales),  sino  que,  por  el  contrario,  si  han  de  cons- 
tituirse racional  y  legítimamente  ha  de  ser  sohre  la  robusta  base  de  estos 
poderes,  y  si  el  Estado  y  el  poder  han  de  ir  realizando  su  verdadera  unidad, 
sin  absorciones  ni  .centralizaciones  monstruosas,  antes  bien  disciplinando  y 
resolviendo  antagonismos  injustos,  oposiciones  y  separaciones  sistemáticas, 
no  puede  ser  de  otra  suerte  que  mediante  la  rica  variedad  y  el.  organismo 
interiores  que  en  el  Estado  y  el  poder  existen,  como  cosas  al  derecho  y  á 
la  vida  del  hombre  referentes;  lo  cual  es  indicado  por  Proudhon,  aún  á  des- 
pee! lo  de  sus  teorías. 

Si  á  ellas  hubiera  aplicado  esta  idea  de  organismo  del  poder,  no  hallara 
en  su  camino  tantas  antinomias  insolubles,  ni  encontrara  tampoco  tantas 
dificultades  para  la  explicación  de  ciertos  hechos,  que  citados  por  él  como 
resultados  prácticos  de  su  sistema,  le  contradicen  y  le  niegan.  Otro  hubiera 
sido,  en  verdad,  el  resultado  de  sus  investigaciones,  si  en  vez  de  hablar  del 
organismo  del  poder,  como  de  pasada  y  al  finalizar  su  libro,  se  hubiera  fija- 
do antes  en  esta  idea  fecunda;  y  natural  y  llano  le  hubiera  parecido  enton- 
ces que  Suiza,  en  1848,  los  Estados-Unidos  después,  y  Alemania  en  1866  y 
actualmente,  hayan  pasado  de  la  Confederación,  ala  constitución  de  un  Es- 
tado federal  más  unitario  que  el  que  anteriormente  cada  una  de  dichas  na- 
ciones constituía. 

En  suma  y  para  concluir:  nuestro  propósito  no  ha  sido  otro,  y  senti- 
ríamos haber  molestado  al  lector  en  vano,  que  el  de  mostvar,  con  motivo 
del  libro  de  Proudhon,  lo  siguiente: 

'1,"  Que  el  principio  federativo,  tal'como  lo  entiende  dicho  escritor,  no 
es  solución  del  problema  político,  á  pesar  de  sus  pretensiones  y  creencias; 
toda  vez  ([ue  la  solución  política  no  puede  hallarse  en  una  organización 
forjnal  y  más  ó  menos  acertada  de  los  poderes  públicos,  sino  en  la  cien- 
cia politica— ó  del  Estado,  como  institución  de  derecho,— y  por  tanto,  en  el 
conocimiento  y  la  realización  de  este,  mediante  el  poder  orgánico,  adecuado 
á  tal  objeto. 

Y  2."  Que  aún  cuando  la  solución  apetecida  hubiera  de  buscarse  en  tan 
reducida  esíefa,  limitándose  á  meras  cuestiones  de  uni'on  ó  separación  de 
Estados  y  poderes  las  cuestiones  y  los  problemas  políticos,  la  fórmula  de 
Federación  politica  y  económica  explicada  por  Proudhon,  ni  satisface  á  las 
primeras  exigencias  científicas,  ni  es  lógica  en  su  desenvolvimiento,  ni  da, 
en  fin,  reglas  concretas  y  de  aplicación  práctica  para  la  vida  y  las  Constitu- 
ciones político-sociales  de  los  pueblos. 

J'.  A.  García  Labiano. 


LA  MASÍA  DE  LA  CARIDAD. 


LEYENDA    HISTÓRICA. 

A   MI  QUERIDO  PADRE: 

Catalán  tú  ,  nacido  en  la  cvüta  Barcelona, 
criado  entre  las  peñas  de  Monserrat  y  el 
Brucli,  en  aquellas  cnnas  de  nuestra  inde- 
pendencia y  libertad,  en  aquellos  breilales 
á  los  que  la  divina  justicia  encargó  la  ven- 
ganza de  la  traición  francesa,  entre  aquellos 
fuertes  caniijesinos,  leales  españoles,  fieles 
guardadores  de  sus  hogares  y  hombres  li- 
bres; á  tí,  qne  naás  tarde  has  combatido 
como  soldado  contra  el  águila  francesa  que 
manchando  sus  timbres  y  su  nombre,  vino  á 
España  convertida  en  ave  de  rapiña;  á  tí, 
pues,  te  dedico  la  presente  leyenda :  consér- 
vala siempre  como  xm  vivo  testimonio  de 
mi  amor  de  hijo,  de  mi  amor  patrio  y  como 
tributo  de  admiración  á  mi  querida  Catalu- 
ña y  á  los  vencedores  de  Gelves,  Trípoli,  la 
Armenia  y  el  Bruch.  =  1868. 

A  la  memoria  de  mi  querido  padre  (Wí). 
I. 

En  el  camino  que  conducia  de  Manresa  á  Esparraguera  se  elevaba  el  Mo- 
nasterio de  monjes  Benedictinos ,  cuya  magnífica  arquitectura  cautivaba  la 
atención  del  viajero:  y  á  su  lado  el  monasterio  de  la  Vírge»  de  Monserrat. 
asentado  sobre  el  más  alto  pico  de  la  célebre  montaña  que  le  da  nombre, 

En  la  parte  opuesta  se  alzaba  la  aldea  y  á  pocos  pasos  se  veia  una  casa  de 
campo  conocida  con  el  nombre  de  La  Masía  de  la  Caridad,  y  delante  de 
ella  una  sencilla  cruz  de  piedra  en  cuyos  brazos  se  leian  toscamente  labra- 
dos los  siguientes  renglones:  «Aquí  murió  el  bravo  y  leal  Jaime  Martí  á  ma- 
nos de  los  franceses,  en  defensa  de  su  patria,  de  su  bogar  y  su  familia;  ho- 
nor al  bravo  catalán ,  gloria  al  leal  ciudadano  y  bendición  al  buen  padre, 
liijo  y  esposo:  sus  conciudadanos  en  muestra  de  .admiración  y  respeto.» 

Aquella  cruz  y  aquellas  letras  eran  todo  una  historia.  Cuándo  los  an- 
cianos del  país  cruzaban  por  aquel  sitio  se  descubrían  con  respeto;  y  seña- 


La  masía  de  la  caridad.  47 

laudóla  á  sus  hijos  hincaban  la  rodilla  en  tierra  y  pronunciaban  una  oración: 
los  niños  rezaban  fervorosamente  y  preguntaban  la  historia  de  aquel  á  quien 
todos  señalaban  como  modelo  de  ciudadanos,  de  hombres  libres  y  de  hon- 
rados padres. 

Nosotros  vamos  á  referir  la  historia ,  tal  como  la  cuentan  los  ancianos 
del  país. 

Eran  las  ocho  de  una  noche  del  mes  de  Febrero  de  1808:  el  cielo  cu- 
bierto de  nubes  plomizas  durante  todo  el  dia  ha  terminado  lanzando  gruesos 
copos  de  nieve  que  han  cubiertp  los  campos ,  ocultado  los  senderos  y  fes- 
toneado las  ramas  de  los  desnudos  árboles. 

El  Bruch  parece  una  sombra  envuelta  en  los  anchos  püegues  de  su 
manto. 

La  campana  del  monasterio  vecino  acaba  de  lanzar  al  viento  a\  toque  de 
oraciones. 

Los  monjes  Benedictinos  descansan  en  sus  celdas  ó  entonan  á  Dios 
8us  preces  para  que  tienda  una  mirada  de  compasión  á  la  desgraciada  Es- 
paña. 

En  las  casas  de  la  aldea,  en  las  chozas  ,  en  los  caseríos  ,  las  mujeres  re- 
zan en  voz  baja,  para  que  el  Dios  del  cielo  libre  á  sus  pobres  hogares  del 
saqueo  y  el  pillaje  del  ejército  francés. 

Apenas  terminado  el  toque  de  oraciones,  un  hombre  como  de  50  á  35 
años ,  envuelto  en  una  manta  y  con  el  trabuco  al  brazo  se  encamina  con 
paso  precipitado  al  monasterio:  su  mano  aprieta  convulsivaibente  el  alda- 
bón de  la  gran  puerta  del  convento,  y  dos  sonoros  golpes  resuenan  en  el  es- 
pacio. 

Un  lego  se  presenta  á  la  llamada. 
—El  Prior?  • 
— En  su  celda. 
— Deseo  verle. 

r-'A  esta  hora,  dijo  el  lego,  algo  turbado,  será  dificil. — El  hombre  apartó 
de  su  rostro  la  manta  dejándole  descubierto. 

-— Ah,  que  sois  vos,  Jaime:  pasad,  pasad,  que  voy  á  decirle  al  Guardian 
que  os  halláis  aquí ,  y  si  no ,  seguidme,  es  lo  mejor. 

Y  el  embozado  á  quien  el  lego  ha  dado  el  nombre  de  Jaime  echo  á  an- 
dar tras  el  monje. 

IL 

Un  silencio  sepulcral  reinaba  en  el  convento.  Diriase  que  más  que  el 
albergue  de  seres  vivientes  era  un  cementerio. 
Los  sombríos  corredores  estaban  mudos. 
Las  galerías  desiertas. 


48  LA  masía 

Las  celdas,  parecían  más  bien  los  nichos  de  un  campo  santo  que  no  las 
habitaciones  de  seres  humanos. 

Los  pasos  de  los  dos  sonaban  de  un  modo  lúgubre. 
— ¿Qué  pasa,  hermano?  ¿Qué  significa  este  silencio  ? 
—¿Pues  qué  no  os  han  avisado  á  vos? 
— ¿Para  qué? 

— Para...  pero  callemos:. tengo  miedo  de  todo... 
— Sin  duda  han  sabido  el  estado  de  mi  pobre  mujer. y... 
— Tenéis  razón,  ese  y  no  otro  ha  podido  ser  el  motivo.— Pero  esperad... 
Hablan  llegado  al  fin  de  una  galería  y  ol  lego  empujó  una  puerta  que  se 
abrió  al  instante. 

Una  sombra  negra  se  destacaba  on  lo  interior  de  aquella  oscura  boca. 
— ¿Quién  vá? — murmuró  una  voz. 
— ¿Hermano  ? 
—¿Cree? 
— ¡En  Dios ! 
— ¿Espera? 
— En  San  Benito. 
— Adelante. 
El  lego  ihó  la  mano  á  Jaime,  y  ambos  bajaron  por  una  oscura  escalera  á 
á  la  iglesia.  Ya  en  ella,  el  lego  se  encaminó  resueltamente  al  coro ,   y  al  dé- 
bil resplandor  de  una  lámpara  pudo  Jaime  contar  hasta   cincuenla  hombres 
y  treinta  frailas  Benedictinos. 

Un  murmullo  de  gozo  acogió  la  llegada  de  Jaime. 

HL 

Jaime  era  el  ídolo  del  país;  el  mejor  cazador  de  la  montaña. 

El  hombre  más  honrado  y  caritativo:  el  amigo  más  fiel. 

Su  casa  era  conocida  en  el  país  cpn  el  nombre  de  La  Masía  de  laCari- 
dad,  y  jamás  un  pobre  habia  dejado  de  ser  socorrido  ó  de  haber  hahado  al- 
bergue. 

Su  falta  habia  sido  notada,  y  nada  hubieran  hecho  sin  él,  cuando  el 
Guardian  manifestó  que  el  estado  de  su  mujer  le  habia  inclinado  á  no  avisar- 
le, pues  conociendo  su  carácter  y  su  decidido  amor  á  la  patria,  le  pondría 
en  la  alternativa  de  abandoutirla  ó  no  asistir,  y  para  no  comprometerle  ha- 
bía creído  prudente  no  avisarle,  é  ir  después  de  la  reunión  á  noticiarle  el 
resultado  de  ésta. 

Cuando  le  vio  aparecer,  el  Prior  temió  alguna  desgracia . 

— ¿Qué  ocurre? 

— Mí  pobre  Micaela  se  muere,  señor,  y  yo  no  quiero  que  muera  sin  que 
vos  estéis  ásu  lado. 


DE  LA  CARIDAD.  49 

— Esta  mañana  parecía  algo  mejorada. 

— Esta  mañana  sí;  pero  las  noticias  que  corrren;  las  voces  de  fpie  los 
franceses  se  hallan  cerca,  y  el  temor  por  mi,  y  sobre  todo  por  nuestro  hijo, 
han  hecho  en  ella  tal  efecto,  que  temo  que  sólo  le  quedan  algunas  horas  de 
vida. 

— Partamos,  pues,  hijo  mió;  corramos. 

— Un  instante — dijo  Jaime  con  voz  conmovida. — Micaela  es  mi  mujer;  por 
olla  dada  con  gusto  mi  vida;  pero  aquí  os  hallabais  tratando  de  la  patria, 
de  esa  patria  que  hoy  lanza  su  último  y  desgarrador  suspiro,  y  yo  no  quie- 
ro que  salgáis  sin  que  hayáis  terminado  vuestra  conferencia.  Micaela  es  tan 
sólo  mi  esposa;  la  patria  es  mi  madre:  vosotros  no  me  habéis  avisado  por 
respetos  á  su  desgraciado  estado,  y  yo  doy  gracias  al  cielo,  que  me  ha  traído 
e  n  tal  momento. 

— Piensa,  hijo  mío,  que  Micaela,  si  murieracn  tal  momento 

— iSi  muere,  Dios  la  recibirá  en  su  seno! 

— Pero  tu  hijo 

— ¡Mi  hijo!....  es  cierto — dijo  Jaime  enjugando  furtivamente  una  lágrima 
— pero  no  importa.  Hablad,  padre,  hablad,  disponed;  los  franceses  están  cer- 
ca; ;,qué  debemos  hacer?  ¿qué  noticias  tenéis? 

IV. 

— Esta  mañana  se  hallaban  á  tres  leguas  de  aquí  y  se  disponían  á  avan- 
zar con  dirección  á  Zaragoza,  á  la  que  intentan  pasar  á  degüello. 

— ¡Por  la  Santa  Virgen  de  Monserrat! — exclamó  Jaime, — antes  que  tal 
suceda,  habrán  de  pasar  sobre  nuestros  cueri)os;  ¿no  es  cierto,  amigos? 
— ¡Si,  sí!^ — gritaron  todos. 
— ¿Y  qué  habéis  pensado  hacer? 

— Esta  noche  á  las  doce  se  reunirán  todos  los  hermanos  deS.  Agustín  en 
la*er]nitade  Santa  Ana,  que  domina  una  grai»    extensión.  Los  jt'fis  aquí 
reunidos  acudirán  con  los  suyos,  y  desde  allí  cada  uno  iii;iir¡i,irá  ,i  ocupar 
el  sitio  que  le  designen. 
— ¿Cuál  es  el  más  peligroso? 
—la  Masía.del  Noy. 

— Está  bien;  yo  y  los  míos  la  guardaremos  y  sólo  las  aves  podrán  cruzar 
por  ella. 
—¿Y  tu  casa? 

— ¡Oh!  no  temáis  por  ella;  mi   hermano  .Pedro  la  guardará,  estoy  seguro 
de  él. 

.  —Entonces,  nada  hay  que  hablar.  A  las  doce,   en  la  eniiila  de  Santa 
Ana  los  hermanos  de  San  Benito. 
-^¡Adíos,  padre' — exclamaron  todos,  y  cada  uno  fué  alejándose,  saliend 

TOMO   XIX.  4 


50  LA    MASÍA 

unos  por  las  puertas  principales,  otros  por  la  de  la  sacristía,  y  los  últimos 
por  la  huerta. 

— Ahora,  hijo  mió,  p:trtamos  á  verá  Micaela,  y  que  Dios  nos  conceda  su 
gracia. 

— Marchemos. 

V. 

Un  cuarto  de  hora  después  llegaban  á  La  Masía  de  la  Caridal. 
Una  mujer  de  veinticinco  años,  á  fpiien  una  enfermedad  mortal  tenia  pos- 
trada hac'a  tres  meses,  lanzaba  tristes  suspiros  desde  su  lecho  colocado  en 
una  sala  baja. 

Sobre  una  mesa  de  pino,  cubierta  con  un  paño  blanco,  se  alzaba  majes- 
tuosa una  imagen  do  talla,  de  Nuestra  Señora  de  Monserrat,  ahnnbracla  por 
dos  velas  de  cera. 

Un  niño  de  cuatro  años  dormia  sobre  las  rodillas  de  un  anciano,  del  ]ja- 
dredc  la  enferma,  y  dos  mozos  de  labranza  se  hallaban  cerca,  limpiando  sus 
armas. 

El  frió  era  intenso,  y  la  enferma,  con  el  oido  atento,  escuchaba  el  me- 
nor ruido,  temiendo  por  su  Jaime. 

De  vez  en  cuando  lanzaba  una  amorosa  mirada;  una  mirada  de  esas  que 
Ino  pueden  "defmirse,  una  mirada  de  madre,  en  fin,  sobre  el  pobre  niño;  una 
igera  sonrisa  asomaba  á  sus  pálidos  labios,  y  á  poco,  dos  lágrimas  caian 
de  sus  hermosos  ojos. 

Sufria  con  sus  horribles  dolores;  gozaba  con  la  vista  de  su  hijo,  y  lloraba 
en  silencio  porque  iba  al  morir  á  perderlo  para  siempre. 
Extraña  mezcla  de  sensaciones;  terrible  unión  del  placer  y  del  dolor. 
Por  Un  un  silbido  sonó,  y  Micaela  fué  la  primera  que  llamó  á  los  mozos. 
El  mastín  de  la  Masia  ladró  cariñosamente  á  su  amo,  que  entró  seguido 
del  Guardian. 

VI. 

— ¡Dien  venido  seáis,  padre  mió! 

— El  cielo  te  bendiga,  hija.  ¿Cómo  te  sientes? 

— Mal:  el  dolor  aumenta,  y  ya  no  tengo  fuerzas  para  resistir. 

— Piensa  en  Dios,- bija  mía;  en  los  dolores  de  su  Madre  Santísima;  ten  ít- 
y  espera. 

— Tenéis  razón,  señor, — dijo  Jaime. 

— Ten  valor,  Micaela,  y  piensa  que  nuestros  dolores  son  rudas  jiruebas 
por  las  que.  el  cielo  hace  pasar  á  sus  elegidos. 

— ¡Oh,  no  siento  perder  la  vida!  ¡la  vida  qué  me  importa!  ¿Poro  y  hii 
padre?  ¿Y  mi  pobre  hijo?  A  tí  los  recomiendo,  Jaime  mío;  mañana  no  ten- 
drán más  amparo,  ni  más  apoyo  que  tú, 


DE  LA  CARIDAD.  51 

— Vamos,  valor,  liija  mia:  y  pensemos  sólo  en  vuestra  salud;  en  que  os 
pongáis  completamente  buena. 

— ¿Y  los  franceses? — exclamó  de  pronto  con  el  mayor  terror. 

— Lejos  de  aqui,  y  en  retirada. 

— ¡Oh,  no!  tú  me  engañas,  Jaime. 

— Te  ha  dicho  la  verdad;  en  estos  momentos  huyen  despavoridos  delante 
de  nuestras  tropas. — Esta  mentira  es  forzosa,  Jaime. 

^— Tomad  asiento,  padre,  mientras  que  yo  salgo. 

— ¿Dónde  vas,  Jaime? 

— A  la  aldea,  querida  mia;  quiero  avisar  al  Doctor  para  f(ue  venga  á 
verte. 

— ¿Volverás  pronto? 
.  — Al  momento. 

— Piensa,  Jaime, — exclamó  el  Guardian,  qjieriendo  detenerle, — que  salir 
así,  abandonando  á  Micaela... 

.  «—Perdonad,  padre, — dijo  Jaime  con  firme  acento; — pero  es  mi  deber 
partir  y  partiré:  pronto  vuelvo.  Padre, — continuó  dirigiéndose  al  an- 
ciano,— retiraos  á  descansar.  El  Guardian  queda  aquí,  y  vos  estáis  rendido. 
Descansad.  Hasta  luego,  esposa  mia,  hasta  luego, — dijo,  besando  la  pálida 
trente  de  su  Micaela  y  de  su  hijo,  y  después  de  acompañar  al  anciano  á  su 
cuarto,  y  de  encargar  á  los  mozos  mucha  vigilancia,  partió. 

VIL 

Con  paso  precipitado  se  dirigió  á  La  Masía  del  Noy,  llamó  á  la  puerta,  y 
á  poco  penetraba  en  el  interior. 

Varios  mozos  de  labranza  se  iiallaban  jugando  y  bebiendo  ante  el  hogar, 
cuando  Jaime  penetró;  el  dueño,  que  era  Felipe  el  Noy  del  Mar,  le  tendió 
la  mano  mientras  los  demás  se  levantaban  respetuosamente. 

— Quietos  todos, — exclamó  Jaime, — que  mi  presencia  no  venga  á  inter- 
rumpir vuestra  alegría. 

— Bien  venido  seas,  Jaime;  pero  no  seria  justo,  que  mientras  tú  sufres 
el  dolor  de  ver  morir  á  tu  esposa,  se  siguiera  jugando  y  bebiendo  en  tu 
presencia. 

—¿Sabéis  la  nueva? 

— Sí;  los  franceses  se  hallan  á  poco  trecho  de  aquí,  y  esta  misma  noche 
seremos  atacados.  Sé  que  te  has  brindado  á  defender  mi  casa,  pero  yo  no 
debo  permitirlo. 

— Pues  yo  he  jurado  defenderla;  ya  me  conoces,  Felipe,  y  sólo  la  muerte 
podría  impedirme  cumplir  mi  juramento. 

— Como  quieras,  Jaime;  no  quiero  que  llegues  á  pensar  soy  desagradeci- 
do: me  precio  de  ser  tu  amigo;  soy  el  padrino  de  tu  hijo,  y  por  consiguiente 


52  LA    MASÍA 

tu  hermano.  Antonia  acaba  de  partir  con  mi  hija,  con  tu  hermano  Pedro  y 
dos  mozos,  decididos  á  pasar  la  noche  á  su  lado. 

— Gracias,  Felipe,  pero  la  hora  está  cercana  y  nuestro  deber  hos  llama 
fuera  de  aquí;  y  Jaime,  seguido  de  Felipe  y  d<;  los  mozos,  se  encaminó  por 
ocultas  veredas  á  una  altura  sobre  la  que  se  hallaba  situada  la  ermita  de 
Santa  Ana,  punto  señalado  para  la  reunión. 

VJII. 

Cuando  llegaron,  ya  varios  grupos  se  hallaban  en   su  puesto. 

Los  bravos  monrnfieses,  desafiando  al  frío,  se  congregaban  para  buscar 
la  muerte. 

Los  franceses  se  hallaban  cerca,  y  los  leales  catalanes,  los  sencillos  cam- 
pesinos, se  reunían  para  batir  las  aguerridas  huestes  del  formidable  ejército 
de  Francia,  y  esperaban  con  tranquilo  corazón  verlos  aparecer,  para  humi- 
llar sus  orguUosas  frentes  y  probar  á  la- águila  altanera  lo  que  puede  y  lo 
que  vale  el  sencillo  pájaro  del  monte  cuando  jlucha  contra  la  infamia  y  la 
traición,  tuertéenla  causa  justa  de  su  independencia,  valeroso  al  defender 
su  hogar,  la  tierra  en  que  ha  nacido  y  que  guarda  los  restos  de  su  querido 
padre,  la  cuna  en  que  duerme  su  tierno  hijo^  el  lecho  en  que  descansa  su 
anciana  madre,  la  casa  que  los  cobija,  el  árbol  que  les  presta  sombra  en  ve- 
rano y  aljrigo  en  invierno,  la  iglesia  en  que  recibió  el  bautismo  y  la  tierra 
que  ha  de  cubrir  más  tarde  su  cuerpo. 

IX. 

Santas  y  buenas  noches, — exclamó  Jaime,  tendiendo  las  manos  á  aquellos 
amigos  leales,  que  la  estrecharon  con  efusión. 

— Que  Dios  te  guarde,  amigo  Jaime, — exclamaron  todos. 

— El  motivo  que  aquí  nos  reúne,  no  es  por  desgracia  nuevo  ¡)ara  nadie, 
ni  mucho  menos  halagüeño. 

— Es  cierto, — dijeron  todos. 

El  francés  se  halla  cerca  y  ha  llegado  el  momento  de  obrar;  los  avisos 
recibidos  por  los  hermanos  de  San  Benito  son  ciertos;  los  enemigos  se  ha- 
llan cerca,  y  antes  del  dia  habrán  caído  quizás  sobre  nuestras  pobres  cho- 
zas, llevando  á  nuestros  santos  hogares  la  devastación,  el  saqueo  y  el  asesi- 
nato; la  madre  patria  peligra  y  deber  es  de  todo  buen  hijo  volar  en  su  so- 
corro; la  patria  nos  llama,  y  todos  corremos  en  su  auxilio;  que  la  maldición  de 
Dios  caiga  sobre  aquel  que  en  tan  solemne  instante  no  escuche  á  su  dolori- 
da voz. 

— Así  sea, — exclamaron  todos  con  voz  ahogada  y  resuelta. — Y  que  la  ben- 
dición del  cielo,  replicó  Felipe,  descienda  sobre  aquel  que  como  tú  abandona 


DE  LA  CARIDAD.  53 

SU  esposa  iiioribunda,  su  padre  anciano  y  su  tierno  hijo  para  correrlos  mon- 
tes y  los  cerros  en  defensa  de  la  oprimida  patria,  sacrificando  por  ellos  los 
más  sagrados  deberes,  los  mayores  cariños  que  en  la  tierra  existen. 

— Al  defender  mi  patria,  hágome  cuenta  que  á  ellos  defiendo,  y  el  francés 
no  cruzará  el  umbral  de  nuestras  pobres  chozas,  no  profanará  nuestros  san- 
tos hogares,  no  interrumpirá  la  oración  de  nuestras  esposas  é  hijos,  no  pro- 
fanará nuestras  vírgenes,  ni  humillará  la  noble  frente  de  nuestros  padres 
sino  pasando  sobre  nuestros  cadáveres,  cuyos  cuerpos  frios  colocados  delan- 
te de  nuestras  casas  impedirán  que  penetre  en  ellas  el  audaz  extranjero. 

— ¡Es  cierto,  es  cierto! 

— No  tenemos  armas,  pero  qué  importa;  un  hombre  hbre  que  pelea  por 
su  patria  y  por  su  hogar,  vale  por  diez  de  esos  viles  extranjeros. 

De  pronto  un  jay  Jesús!  retumbó  en  el  espacio;  un  grito  sordo  y  ahoga- 
do, un  grito  ronco,  el  último  que  el  hombre  pronuncia  y  que  concluye  con 
la  vida,  y  algunos  hombres  saltaron  por  entre  las  matas  gritando: 

— Nos  han  vendido,  á  las  armas! 

— ¡Los  franceses,'  los  franceses!     • 

Un  sordo  rugido  salió  de  los  pechos  de  aquellos  valientes. 

— Calma, — exjclamó  Jaime^ — ¿qué  pasa? 

— Los  franceses  vienen  Iras  nosotros:  nuestros  espías  han  sido  vendidos 
y  asesinados,  y  el  extranjero  se  halla  cerca. 

Una  descarga  vino  á  anunciar  que  la  noticia.era  cierta,  y  tres  hombres  ca- 
yeron desplomados. 

— A  las  armas, — gritó  Jaime  con  voz  de  trueno, — á  las  armas;  ¡viva  la 
santa  virgen  de  Monserrat,  viva  Cataluña! 

— Viva, — exclamaron  con  serena  voz  aquellos  valientes, — y  encarándose 
las  armas  hicieron  frente  al  enemigo. 

Los  franceses  venian  en  número  de  mil  hombres,  y  nuestros  campesinos 
apenas  llegarían  á  ciento;  con  todo,  Jaime  tomó  sus  disposiciones,  y  míen" 
tras  la  mitad  hacia  frente  al  extranjero,  la  otra  mitad  saltaba  torrentes  y  va- 
llas para  ir  á  defender  la  aldea. 

X. 

El  combate  ora  horrible;  el  dia  comenzaba  á  venir,  y  á  su  brillante  luz 
contemplábanse  los  rostros  de  aquellos  leones  que  disputaban  el  terreno 
palmo  á  palmo  y  ({ue  morian  primero  que  ceder;  Jaime  los  animaba  con  su 
palabra  y  con  su  ejenqtlo,  y  los  montañeses  morian  matando. 

Una  hora  duró  la  lucha;  los  catalanes  hubieron  de  ceder  al  número  y 
replegándose  sobre  su  derecha  y  tomando  mi  atajo  que  daba  á  un  precipi- 
cio, ganaron  al  ejército  fi'ancés  media  legua  de  camino  yendo  á  aparecer  á 
la  aldea  antes  de  que  sus  enemigos  pudiesen  hacerlo.  Cuando  llegaron  á  las  pri- 


o4  LA    ¡masía 

meras  casas  se  deluvieron  asombrados  a]  mirar  que  el  fuego  cuusuuiia  la 
mayor  parte  de  la  aldea;  el  enemigo  habia  asaltado  el  pueblo  al  par  que  la 
montaña,  sabiendo  que  no  habia  en  él  sino  ancianos  y  mujeres,  y  cuando  los 
cincuenta  hombres  destacados  por  Jaime  llegaron  á  él,  ya  las  avanzadas 
l'rancesas  penetraban  por  el  lado  opuesto,  entablándose  una  lucha  mortal. 

Jaime  no  se  acobardó  :  reunió  los  treinta  hombres  que  aún  lo  quedaban 
y  dando  vuelta  al  pueblo  y  saltando  la  huerta  de  la  Iglesia  pudo  hacer  llegar 
á  la  torre  diez  hombres  decididos  que  dirigían  desde  ella  un  fuego  mortí- 
fero sobre  los  franceses,  mientras  que  él  con  el  resto  de  la  fuerza  atacaba 
resueltamente  á  los  soldados  que  ocupábanla  calle  principal  de  la  aldea. 
Sorprendidos  por  un  momento,  ó  mejor  dicho,  asombrados  al  ver  a(juei 
valor  sobrehumano,  cejaron  un  momento,  que  Jaime  aprovechó  resuelta- 
mente ganando  terreno  y  yendo  á  colocarse  en  la  (esquina  de  la  plaza,  desde 
la  cual  se  divisaba  su  pobre  casa. 

Bien  pronto  los  franceses  vueltos  de  su  sorpresa,  atacaron  á  los  monta- 
ñeses con  ese  valor  que  da  la  superioridad  del  número  :  los  campesinos  pa- 
recían clavados  á  la  tierra  y  no  cedian  un  paso. 

El  jefe  de  la  fuerza  ordenó  que  las  teas  que  hablan  servido  para  incen- 
diar la  otra  parte  de  la  aldea  se  empleasen  nuevamente,  y  á  poco  el  incendio 
era  general.  Entonces  se  presentó  á  la  vista  de  aquellos  leales  un  cuadro 
horrible,  aterrador,  sangriento. 

Las  mujeres  abandonaban  sus  casas;  pero  recordando  que  eran  madres  y 
que  dentro  de  ellas  quedaban  los  hijos  de  sus  entrañas,  se  lanzaban  nueva- 
mente al  interior  y  penetrando  por  entre  una  lengua  de  fuego  tornaban  á  sa- 
lir con  los  vestidos  incendiados,  pero  con  los  trozos  de  su  alma  en  los  bra- 
zos, agitándolos  en  el  aire  como  en  señal  de  triunfo  y  mostrándolos  á  sus  es 
posos  é  hijos  como  imcvo  ejemplo  de  abnegación  y  heroi^mo. 

Las  hijas  arrastraban  tras  si  á  los  infelices  ancianos,  y  cuando  la  fatiga  les 
impedía  correr  y  les  obligaba  á  hacer  alto  ,  ellas  se  paraban  también  y  cu- 
briéndolos con  su  cuerpo  cual  una  fuerte  muralla,  recibían  las  balas  extran- 
jeras y  morían  con  la  sonrisa  délos  mártires. 

Los  ayes,  los  gritos  de  dolor  y  las  amenazas  cruzaban  el  espacio. 

Un  francés  se  dirigió  con  la  tea  encendida  á  la  casa  de  Jaime;  la  llama  iba 
á  prender  en  la  puerta  cuando  Jaime  corriendo  al  escape,  pudo  arrancarla 
con  su  mano  de  las  del  feroz  soldado  ;  ¡caro  triunfo!  varios  tiros  sonaron 
y  Jaime'  cayó  acribillado  de  balazos  delante  de  aquella  misma  puerta  (pie 
acababa  de  salvar. 

— ¡Santa  virgen  de  Monserrat,  sálvalos  á.ellos  y  perezca  yo! 

— Tú  acabas  de  invocar  á  la  virgen,  y  la  virgen  los  ha  salvado, — gritij  una 
voz  á  su  espalda. 

— Gracias,  virgen  mia,  gracias, — exclamó  Jaime  volviendo  el  rostro,  pero 
sin  poder  ver  á  nadie. 


DE  LA  CARIDAD. 


55 


Una  nueva  descarga  sonó,  y  Jaime  cayó  para  no  levantarse  más. 

A  poco  la  calma  era  horrible;  los  montañeses  muertos,  heridos  y  destro- 
zados, huian  de  la  aldea  y  ayudaban  á  sus  pobres  mujeres  á  salvar  por  los 
escarpados  breñales  y  los  espesos  montes,  á  los  hijos  de  sus  entrañas. 

El  que  hubiera  prestado  un  poco  de  atención,  hubiera  escuchado  el  alegre 
sonido  de  las  capanillas  de  un  noble  caballo  sobre  el  cual  caminaban  la  esposa 
y  el  padre  de  Jaime,  conducido  del  ronzal  por  el  prior  de  San  Benito,  (pie 
cubría  con  su  tosco  hábito  el  cuerpo  de  un  hermoso  niño. 

XI. 

Antes  de  pasar  adelante,  conviene  dar  á  nuestros  lectores  algunos  dela- 
lles  acerca  de  la  fuga  y  salvación  de  la  familia  de  Jainie. 

Cuando  la  aldea  fué  asaltada  por  los  franceses,  y  la  tea  incendiaria  hacia 
cundir  el  fuego  por  todas  partes,  y  Jaime  apareció  con  sus  treinta  hom- 
bres, el  Guardian,  que  hasta  entonces  habia  permanecido  á  la  puerta  de 
la  casa  del  honrado  catalán,  haciendo  de  ella  una  muralla  impenetrable, 
secundado  noblemente  por  Pedro  el  iiermano  de  Jaime,  que  cayó  inorlal- 
nuuitc  herido,  y  por  sus  mozos,  subió  de  nuevo  á  la  habitación  de  la  en- 
ferma. 

— Micaela, — le  dijo, — las  antorchas  incendiarias  abrasan  la  mayor  parle 
de  la  aldea;  un  esfuerzo,  hija  mia,  un  esfu(!rzo,  y  que  tu  noble  esposo  vea 
salvado  á  vuestro  hijo  por  su  noble  madre,  que  ese  anciano  no  muera  en- 
Ire  las  llamas,  y  que  pueda  al  morir  estrechar  á  su  hija,  abrazar  á  JaiuKí  y 
bendecir  á  su  nieto;  Jaime  nos  espera  á  la  entrada  del  valle;  Dios  nos  prole- 
jerá,  y  de  ti  depende  la  salvación  de  tu  padre  y  la 'vida  de  tu  hijo. 

Micaela  hizo  un  esfuerzo  supremo,  y  con  una  firmeza,  con  una  voluntad 
de  hierro,  se  cubrió  con  sus  vestidos,  y  tomando  en  los  brazos  á  su  liijo,  y 
dando  la  mano  á  su  anciano  padre,  comenzó  á  bajar  con  paso  débil,  aunque 
resuelto,  la  escalera;  llegados  al  patio,  los  tiros  se  oian  más  cerca,  y  los  gri- 
tos de  furor  de  los  franceses,  y  las  voces  de  fuego,  se  percibían  clara  y  dis- 
thitamente. 

Mientras  Micaela  se  vistió,  el  Guardian  habia  bajado  á  la  cuadra  y  ensilla- 
do el  caballo  de  Jaime,  en  el  que  colocó  al  anciano  y  á  la  pobre  Micaela. 

— ¿Y  mi  hijo,  señor,  y  mi  hijo? — exclamó  és^. 

— Vuestro  hijo  me  pertenece;  yo  le  llevaré  en  los  brazos,  y  si  á  vos  ten- 
drían valor  para  arrebatároslo,  el  Dios  del  cielo  protejerá  al  ministro  del 
altar  que  lo  conduce;  mi  santo  traje  le  guardará,  y  ninguno  de  esos  hom- 
bres, por  inhumanos  que  sean,  osará  arrancarlo  del  seno  de  un  sa- 
cerdote. 

El  noble  caballo  se  paró  un  momento;  su  anchas  narices  se  abrieron  in- 
mensamente, un  relincho  de  gozo  salió  de  su  pecho,  y  parecía  que  olfateaba 


56  LA    ¡MASÍA 

cerca  á  su  amo;  el  Guardian  le  pasó  la  mano  cariñosamente  por  el  cuello 
imponiéndole  silencio,  y  sacándole  fuera  de  la  casa,  y  dando  el  ronzal  á  Mi- 
caela, la  pecjueña  cabalgata  comenzó  su  marcha. 

El  Guardian  volvió  á  penetrar  en  la  casa,  .y  por  las  aljcrturas  de  la  puer- 
ta, vio  á  Jaime  al  pié  de  ella  cuando  éste  pedia  á  la  Virgen  que  salvara  á  su 
pobre  familia  ;  ya  sabemos  la  respuesta  del  noble  sacerdote. 

Cuando  la  última  descarga  sonó,  y  Jaime  quedó  muerto,  el  Guardian  cayó 
de  rodillas;  sus  ojos  derraman  amargo  llanto,  sus  labios  murmuraron  una 
oración,  terminada  la  cual,  alzó  los  brazos  al  cielo  exclamando: 

— Señor,  tu  misericordia  y*tu  justicia  son  infinitas;  salva  á  esa  mujer  en- 
ferma, á  ese  débil  anciano;  conserva  la  vida  de  este  niño,  y  haz  que  viva 
para  vengar  la  sangre  de  su  padre  tan  inhumanamente  asesinado:  Señor,  si 
tu  misericordia  es  infinita,  tu  justicia  es  grande;  sálvalos  á  ellos  y  perez- 
ca yo, — dijo  estampando  sus  labios  en  la  frente  del  niño  que  sonreía  de 
júbilo. 

A  poco  el  Guardian  salia  de  la  casa,  y  alcanzando  la  cabalgata,  toma- 
ba el  ramal  del  caballo,  y  cabria  con  el  tosco  paño  de  su  hábito  al  hijo  del 
noble  cuanto  desgraciado  Jaime. 

El  mastin  de  la  Masía,  después  de  haber  deíeudido  á  Jaime,  seguia  tris- 
te y  silencioso  á  su  triste  ama,  volviendo  á  cada  momento  la  cabeza. 

XII. 

lian  pasado  catorce  años  desde  los  sucesos  anteriores;  el  hijo  de  Jaime 
es  hoy  un  joven  de  veinte  años,  cuyo  nombre  es  Antonio,  y  cuyo  noble  co- 
razón le  ha  conquistado  el  cariño  de  todos,  y  le  ha  hecho  el  hombre  más 
(jucrido  de  la  montaña. 

Su  frente  ancha  y  despejada,  sus  ojos  vivos  y  penetrantes  de  cariñosa 
mirada;  sus  labios  rojos  en- los  cuales  brilla  siempre  una  amarga  sonrisa;  su 
negro  traje,  y  sobre  todo,  el  recuerdo  de  su  padre,  han  hecho  del  joven  un 
ser  fantástico,  un  héroe  de  los  antiguos  tiempos,  y  una  providencia  de  los 
montañeses. 

Ha  heredado  el  valor,  la  caridad,  y  el  amor  á  la  patria  que  distinguió  ú 
su  desgraciado  padre,  y  cuando  años  después  del  saqueo  de  la  aldea  volvió  á 
ella  con  su  madre  y  con  ^i  abuelo,  halló  que  los  pocos  amigos  que  hablan 
sobrevivido  á  ia  matanza  de  aquel  memorable  cuanto  desdichado  dia,  le  ha- 
blan levantado  á  la  puerta  de  su  casa  aquella  tosca  cruz,  aquelrecuerdo 
santo,  aquella  prueba  de  cariño,  en  cuyos  brazos  leia  toda  una  historia  y 
ante  la  cual  se  arroihllaban  los  niños  y  se  descubrían  los  ancianos;  aquellos 
leales  amigos  de  su  noble  padre,  nunca  pasaban  por  el  lado  del  hijo  sin 
descubrirse  ante  su  enlutado  traje,  ante  su  sombría  tristeza;  Antonio  les 
apretábalas  manos,  y  se  arrojaban  en  sus  cariñosos  brazos  como  si  cada  uno 
de  ellos  fuera  la  imagen  viva  de  su  padre  muerto. 


DE   LA  CARIDAD.  57 

Todas  las  noches  su  abuelo,  que  contaba  á  la  sazón  70  años,  le  relataba 
al  hijo  la  vida  de  su  padre,  su  amor  á  la  patria,  á  la  familia,  su  heroico  va- 
lor y  sus  muchas  virtudes;  su  pobre  madre,  en  cuyos  ojos  no  se  habia  seca- 
do el  llanto  que  hacia  diez  y  seis  años  que  vertía,  le  contaba  el  grande  amor 
(juc  por  él  sentía:  cómo  velaba  el  sueño  de  su  pequeño  Antonio,  cómo  le 
cubría  con  su  cuerpo  cuando  el  frío  da  la  noche  penetraba  por  las  anchas 
ventanas  de  la  casa;  las  canciones  con  que  le  adormía  en  su  regazo  y  el  úl- 
timo beso  que  estampó  en  su  frente:  terminados  estos  dos  relatos  comenza- 
ba otro  más  triste  y  sombrío,  comenzaba  la  historia  de  su  desdichada  muer- 
te por  boca  del  Guardian  de  San  Agustín,  que  por  nada  del  mundo  hubiese 
cedido  á  nadie  este  triste  deber,  y  que  día  por  día  le  relataba  minuciosa- 
mente la  sangrienta  muerte  de  su  padre  y  que  veía  brillar  con  un  gozo  inefa- 
ble, una  venganza  terrible  en  los  ojos  del  hijo;  aquellas  veladas  eran  tristes 
y  melancólicas,  como  el  sentimiento  triste  que  albergaban  aquellos  nobles 
corazones. 

XIIÍ. 

Es  el  amanecer  elel  5  de  Junio  de  1825. 

Los  campos  cubiertos  de  espesos  trigos,  y  de  oloros.is  llnics  (¡iic  enil)al- 
saman  la  atmósfera  convidan  con  su  grato  perfume  y  s;i  deliciosa  vista,  á 
la  contemplación. 

El  fresco  viento  que  viene  de  Monserrat  es  aspirado  con  gozo  en  tan 
deliciosa  noche. 

La  hermosa  luna  lanza  sns  rayo;?  de  plata,  é  hiriendo  con  ellos  los  agu- 
dos picos  de  la  montaña,  semeja  á  las  gotas  de  rocío.  El  cíelo  cuajado  de 
blancas  estrellas  está  risueño  y  alegre. 

El  torrente  cercano  lanza  sus  espumosas  aguas,  y  con  su  vista  recrea  e' 
áninuí;  la  cuanana  del  monasterio  tañe  alegre,  y  á  lo  lejos  se  escucha  la 
esquila  del  cercano  rebaño,  ó  el  ladrido  del  perro  ó  el  canto  del  campesino. 

El  hijo  de  Jaime  seguido  de  dos  liombres,  se  encaminaba  por  ignoradas 
ví'ivilas,  al  monaslcrio  di-  Moiisi'rra!,  c!  im'^ího  en  doiidíí  ({uince  años  antes, 
su  padre  al  freiile  de  los  monliu'iescs  habi^  logrado  . detener  á  los  soldados 
de  la  Francia. 

La  noche  ora  hermosa  y  el  perfume  del  tomillo,  del  jazmín  y  de  la  vio- 
leta silvestre  embalsamaban  el  espacio. 

La  iglesia  se  destaca  silenciosa  y  la  aguda  torre  de  su  canqiauarío  pa- 
recía una  encandora;  á  la  que  servía  de  punto  la  plateada  luna. 

No  era  sólo  Antonio  el  que  se  dirigía  á  la  ermita. 

Numerosos  bultos  caminaban  silenciosos  por  diferentes  veredas,  arras- 
trándose por  la  maleza,  y  ocultando  un  objeto  con  el  mayor  cuidado,  ¿seria 
quizás  un  arma? 

Tal  vez  sí,  que  la  situación  era  bien  grave;  España  estaba  ínnundada  de 


58  LA    MASÍA 

franceses,  y  el  General  Scliwarlz,  se  dirigía  á  Zaragoza  con  una  fuerte  divi- 
sion,  cuando  una  grande  tempestad  le  habia  obligado  á  detenerse  todo  un 
dia  en  Manresa. 

Algunos  paisanos  liabian  logrado  abandonar  el  pueblo  furtivamente  y 
avisar  á  Antonio,  que  era  el  jefe  reconocido  de  todos,  el  cual  habia  reunido 
á  sus  amigos  de  Esparreguera,  Paradella,  San  Pedro  y  pueblos  comarcanos, 
decididos  á  impedir  el  paso  del  ejército  francés. 

Antonio  era  un  bravo  muchacho  que  habia  tomado  bien  sus  disposicio- 
nes: con  el  mayor  silencio  habia  fortificado  el  pueblo;  animado  á  los  tími- 
dos, arengado  á  los  valientes,  dado  ánimo  á  las  mujeres,  y  puesto  el  pue- 
blo en  estado  de  defensa:  luego  habia  reunido  á  los  campesinos  de  los  .pue- 
blos cercanos  y  los  habia  citado  para  el  Monasterio  á  donde  les  vemos  diri- 
girse con  resuelto  paso. 

Llegados  alli,  Antonio  tendió  la  mano  á  aquellos  valientes,  que  la  estre- 
charon con  efusión;  algunos,  los  mas  viejos,  los  compañeros  de  su  padre, 
que  recordaban  la  noche  de  su  heroica  muerte,  se  arrojaron  en  sus  brazos 
y  gruesas  lágrimas  surcaron  las  mejillas  de  aquellos  rudos  montañeses. 

Una  voz  vino  á  poner  término  á  esta  triste  escena;  era  la  del  Prior  de 
los  Benedictinos,  él  también  por  su  parte  habia  hecho  acopio  de  armas  y 
nkmiciones,  habia  llamado  á  sus  amigos  y  puesto  el  convento  en  estado  de 
servir  de  baluarte  primero,  y  de  hospital  después:  con  firme  acento  dirigi(3 
la  voz  á  aquellos  esforzados  campeones,  cuando  un  monje,  colocado  en  una 
de  las  torres,  vino  á  anunciar  qué  el  enemigo  estaba  cerca:  entonces  se  di- 
rigió á  Antonio,  y  con  rápida  vgz  le  dijo: 

-^¿Está  todo  pronto? 
•  — Todo,  padre  mió. 

— ¿El  pueblo?.... 

— En  defensa. 

— ¿Nuestros  amigos? 

— Aqui  están. 

— El  francés  está  cerca.  ¡Animo,  hijo  mió!  tu  padre  te  mira  desde  el  cie- 
lo, y  su  sombra  bendita  ruega  por  tí,  por  vosotros  todos,  nobles  corazones, 
hondjres  honrados,  que  todo  lo  sacrificáis  á  la  causa  de. vuestra  indej.en- 
dencia  y  vuestra  libertad. 

— ¡Bendecidnos,  padre  mío! — dijeron  todos,  doblando  una  rodilla. 

— Si,  hijos  mios;  yo  os  bendigo  en  el  nombre  del  Dios  de  las  núsericur- 
dias,  que  es  también  el  Dios  de  las  justicias,  y  que  la  victoria  sea  con  vos- 
otros. 

— ¡Así  sea! — exclamaron  todos,  blandiendo  sus  armas. 
El  dia  comenzaba  á  clarear;  tin,tas  blancas  asomaban  por  Oriente,  que 
tomaron   un  color  rosado  y  violeta,  luego  un  brillante  color  naranjado  y  ro- 
jo y  poco  des[iues  el  sol  apareció  en  el  horizonte. 


DE  LA  CARIDAD.  59 

-  A  SU  brillante  luz,  veíanse  relucir  las  bayonetas  de  los  soldados  france- 
ses y  podia  contemplarse  la  alegría  y  el  valor  pintado  en  los  rostros  de  los 
catalanes. 

Los  franceses  asomaban  por  el  camino  seguros  y  confiados  en  que  el 
público  dormía,  y  pueblos  y  montaña  estaban  despiertos  y  alerta. 

Algunos  montañeses  ocnpaban  las  ventanas  y  las  torres  del  monasterio, 
mientras  el  resto  se  ocultaba  por  las  malezas  y  tras  los  grandes  picos  de  la 
montaña,  donde  el  camino  está  situado  en  un  fondo  y  *  tan  estrecho,  qne 
apenas  daban  paso  á  cuatro  hombres,  de  suerte  que  los  catalanes  cogían  de- 
bajo de  sus  armas  á  los  franceses. 

Cuando  el  monje  de  la  torre  los  creyó  á  tiro,  lanzó  á  rebato  las  campa- 
nas todas;  los  franceses,  sobrecogidos  de  espanto  ante  aquel  ruido  extraño, 
se  pararon  sorprendidos,  mientras  los  montañeses  descargaban  sobre  ellos 
sus  armas  al  grito  de  Antonio,  <íCatalaña  y  libertad. ^^    ■ 

Los  franceses  quisieron  rehacerse,  pero  inútilmente:  la  estrechez  del  ca- 
mino no  les  permitía  moverse,  y  los  catalanes  les  dirigían  sus  certeros 
tiros,  mientras  que  las  balas  enemigas  se  perdían  en  los  picos  de  la  monta- 
ña: la  confusión  de  los  franceses  era  horrible:  no  podían  avanzar  ni  recibir 
órdenes;  los  de  atrás  empujaban  á  los  primeros,  y  los  campesinos  arrojaban 
sobre  ellos  piedras  enormes,  que  rodaban  pprla  -montaña  con  estrépito,  y 
caían  al  fondo  sembrando  la  muerte  en  los  soldados  de  Francia. 

Por  fin  se  declararon  en  retirada  y  quisieron  atravesar  el  pueblo  de  Es- 
parraguera; pero  el  camino  pasaba  por  medio  de  su  calle  principal,  llena  de 
muebles,  carros  y  piedras,  sobre  las  cuales  caían,  mientras  que  de  todas  las 
casas  los  hombres  les  hacían  un  fuego  horroroso  y  las  mujeres  les  arroja- 
ban tejas,  piedras,  vasijas  de  agua  y  aceite  hirviendo,  y  toda  clase  de  pro- 
yectiles; en  tanto  que  la  campana  de  la  iglesia  seguía  tocando  á  rebato. 

La  mortandad  era  horrorosa;  los  soldados  huían  como  liebres,  y  los  cam- 
pesinos de  los  pueblos  cercanos,  acudiendo  al  toque  de  somaten,  cazaban  á 
los  soldados  franceses  como  á  una  bandada* de  conejos. 

Después  de  una  horrible  lucha,  lograron  vadear  el  Llobrcgat,  perdiendo 
dos  cañones  y  siendo  perseguidos  hasta  las  cercanías  de  Barcelona. 

Terminada  la  lucha,  el  pueblo  victoreó  con  entusiasmo  al  pobre  huérla- 
no;  su  madre  lo  recibió  en  sus  brazos,  y  su  abuelo  tendió  sus  temblorosas 
manos  sobre  aquella  noble  frente:  las  mujeres  lloraban;  los  niños  se  arrodi- 
llaban ante  él,  y  los  hombres  le  aclamaban  con  entusiasmo:  enmedio  de  to- 
dos apareció  el  Prior,  y  estrechándole  en  sus  brazos,  exclamó: 

— Tu  padre  te  sonríe  desde  el  cíelo:  has  vengado  su  muerte  y  has  salvado 
á  tu  país,  puedes  estar  satisfecho:  mucho  hemos  sufrido,  pero  la  venganza 
ha  sido  digna  déla  ofensa;  creedlo,  hijos  míos:  El  Dios  de  las  misericordias 
es  también  el  Dios  de  las  justicias. 

Enrique  Rodríguez  Solís. 


FRAGMENTOS  DE  ECONOMÍA  POLÍTICA. 


mm  ACTLiAL  DE  LA  CIENCIA  ECOiSOMICA  (I). 


Párrafo   II.— La  ciencia   en   sus  varias  secciones. 


Al  eíee'lo  de  condensar  lodo  lo  posible  y  encerrar  en  breves  páginas  la 
realización  de  nuestro  pensamiento ,  procedamos  por  clasificación ,  aunque 
sintéticamente. 

Producción  de  las  riquezas. — Cuenta  Mr.  Dametli ,  en  su  bien  meditada 
introducción  al  estudio  de  la  Economía  política,  que  viajando  por  los  pinto- 
rescos cantones  de  Suiza,  tuvo  el  honor  de  encontrarse  en  cierta  ocasión  con 
una  de  las  primeras  eminencias  del  socialismo  contemporáneo  tan  respetada  y 
considerada  por  su  talento  como  por  la  bonOad  y  nobleza  de  su  corazón.  En- 
íanlin;  y  que  el  jefe  de  los  sanííinionianos ,  platicando  con  él  sobre  materias 
económicas,  le  significo  con  toda  lisrira  que ,  en  su  concepto,  la  ciencia  habia 
expuesto  y  comprendido  perfectamente  el  mecanismo  de  la  producción  de 
las  riquezas;  pero  que  presentaba  al  mismo  tiempo  notables  vacíos  y  la- 
gunas en  otros  puntos.  Prescindiendo  de  la' última  parte  de  este  juicio,  ello 
es  que  los  mismos  socialistas  reconpcen  hoy  franca  y  paladinamente ,  que 
la  ciencia  económica  tiene  sólidos  é  inmutables  fundamentos  y  aparece  con 
una  exactitud  casi  matemática  relativamente  á  la  producción.  La  esencia  de 
la  riqueza,  la  variedad  y  nuiltiplicidad  de  sus  formas,  la  potencia  del  trabajo 
y  sus  auxiliares,  la  inq)ürtancia  de  la  separación  de  ocupacioiK^s ,  los  varios 
agentes  que  concurren  á  la  obra  de  la  producción ,  las  excelencias  de  la  li- 
bertad de  la  industria  y  los  perjuicios  que  les  irrogaba  la  organización  gre- 


(I)    Véase  el  número  70  de  La  ]Ievist.\. 


FRAGMENTOS  DE  ECONOMÍA  POLÍTICA.  61 

mial,  la  armonía  del  trabajo  y  el  capital,  la  solidaridad  que  reina  en  todo  el 
organismo  económico,  constituyen  otras  tantas  verdades  de  lá  ciencia,  pa- 
trimonio común  de  sus  cultivadores  en  todos  los  pueblos  y  países. 

Discútese  todavía,  es  verdad,  la  cuestión  del  método  y  los  aspccLos  dis- 
tinlos  bajo  los  cuales  puede  ser  consideraíb  la  economía;  pero  no  se  con- 
trovierte ya  la  realidad  de  la  ciencia.  De  la  misma  manera  ,  aunque  conti- 
núa pendiente  la  controversia  sobre  los  orígenes  de  la  propiedad,  y  especial-  • 
mente  de  la  llamada  territorial,  se  tiene  por  inconcusa  su  legitimidad,  como 
también  que  por  su  propia  naturaleza  preexiste  á  las  leyes  positivas  del  or- 
den social  destinadas  á  regularizarla  y  delenderla. 

Entre  los  discípulos  de  Federico  Bastiat  y  publicistas  tan  respetables 
como  Mmghetti,  Batbie  y  otros,  se  debate  aun  con  bastante  frecuencia  la 
cuestión  de  si  en  las  obras  del  malogrado  economista  de  Bayona  se  prestaba 
la  debida  importancia  á  los  dones  de  la  naturaleza  como  elemento  necesa- 
rio de  la  producción,  ú  si,  por  reverso  ,  se  descuidaba  algún  tanto  esta  úl- 
tima á  fin  de  enaltecer  la  potencia  del  trabajo.  Esta  cuestión,  sin  embargo, 
se  reproduce  en  otra  sección  de  la  econolhía  política,  y  podemos  prescindir 
aliora  de  ella,  como  también  de  cuanto  se  refiere  á  las  asociaciones  obreras 
que,  según  nuestra  modesta  opinión,  tienen  su  lugar  más  oportuno  y  natu- 
ral al  liablarse  de  los  salarios. 

Circulación  ó  cambio  de  productos. — Las  condiciones  de  liüu'Lado  y  so- 
ciable que  en  el  hombre  concurren  por  efecto  de  su  naturaleza  íinita  hacen 
necesario  el  cambio  ó  la  mutualidad  de  los  servicios  bajo  la  base  del  valor, 
relación  existente  entre  los  productos  que  se  cambian  y  lo  cual  tiene  por 
fórmula  ó  expresión  concreta  su  precio. 

Buscando  la  ley  y  el  elemento  regulador  de  estos  fenómenos  al  través- 
de  las  oscilaciones  y  diferencias  que  el  mercado  presenta,  creyó  Ricardo  ,  y 
antes  que  él  otros  ilustrados  economistas  ,  que  como  nadie  trabaja  por  el 
mero  placer  de  trabajar ,  el  punto  central  de  los.  cambios  era  el  costo  de 
producción  que,  pasadas  efímeras  perturbaciones  ,  recobraba  su  nivel.  La 
observación  y  la  experiencia  revelaron  después  que  el  costo  de  producción 
no  explica  por  sí  solo  las  diferencias  y  vicisitudes  del  mercado  ,  porqne  en 
muchos  casos  el  costo  se  mantiene  igual  y  los  precins  se  ;icrec¡(Miían.  Am- 
pliados los  términos  déla  investigac"on,  el  problema  se  hizo  más  complejo; 
vi'ise  que  el  precio  corriente  de  los  artículos  en  el  mercado  gravita  siempi'e 
hacia  su  precio  !i;!im'al,  y  en  el  estado  presente  de  la  ciencia  puede  darse  co- 
mo fijada  y  sancionada  la  fórmula  de  que  el  valor,  considerado  como  rela- 
ción ó  comparación,  se  determina  por  la  concurrencia,  ó  sea,  por  la  oferta 
y  el  pedido  de  los  objetos  regulándose  generalmente  por  el  costo  de  pro- 
ducción. 

En  cuanto  al  instrumento  de  los  cambios  y  transacciones;  obsérvanse 
también  principios  fijos  é  irrecusables.  Conocida  la  naturaleza  esencial  de  la 


G2  FRAGMENTOS 

moneda  no  hay  quien  ponga  en  tela  de  juicio  su  calidad  de  mercancía  su- 
jeta, como  todas,  á  continuos  movimientos  y  oscilaciones.  Desde  los  escri- 
tos de  Say  los  escritores  individualistas  niegan  al  Estado  la  facultad  de  es- 
tablecer la  relación  entre  los  metales  preciosos  ;  pero  los  estudios  más  inte- 
resantes que  se  han  hecho  recientemente  sobre  el  problema  monetario  son 
los  relativos  á  la  cuestión  del  oro  y  á  la  manera  como  los  descubrimientos 
modernos  han  influido  en  el  fenómeno  de  la  circulación,  así  como  también 
la  conveniencia  de  uniformar  el  sistema  monetario  entre  las  naciones  de 
Europa,  cuyo  principio  dio  lugar  al  tratado  internacional  de  18G5, 

Bastante  armonía  reina  entre  los  economistas  sobre  los  fundamentos 
del  crédito,  y  nadie,  sostiene  ya  que  sea  capaz  de  crear  nuevos  capitales,  ci- 
frándose su  utilidad  en  promover  y  activar  la  circulación  de  los  existentes  y 
en  hacer  pasar  á  manos  más  productivas  los  que ,  de  otra  manera ,  perma- 
necerían inactivos  y  ociosos.  No  es  problemática  tampoco  la  utihdadde  los 
Bancos  que  entregan  los  ahorros  pai^ticulares  á  la  corriente  de  la  industria 
bajo  la  forma  de  préstamos  y  descuentos  ;  pero  las  dificultades  surgen  con 
respecto  á  la  emisión  fiduciaria  c*e  algunos  desean  ver  templada  y  limitada 
por  las  reservas  metálicas,  mientras  otros,  y  son  los  más,  proponen  que  se 
abandone  la  emisión  al  principio  de  libertad,  como  todo  lo  relativo  alas  ma- 
terias bancarias.  Vencidos  ya  en  su  primera  posición  los  que  confundían  el 
derecho  de  emitir  billetes  con  la  acuñación  de  la  moneda ,  la  contienda  se 
riñe  actualmente  entre  los  partidarios  de  la  pluralidad  de  Bancos  bajo  con- 
diciones uniformes  según  la  ley,  cuya  doctrina  intermedia  sostienen  Che- 
valier,  H.  Passy,  Baudrillart  y  algunos  otros,  y  los  economistas  que  defien- 
den la  bandera  de  la  libertad  absoluta  considerando  los  establecimientos 
de  íimision  como  simples  casas  de.  comercio. 

La  economía  política  se  fija  también  particularmente  en  el  crédito  terri- 
torial, nacido  en  Alemania  durante  el  pasado  siglo,  y  que  desde  Febrero 
de  1852  presenta  una  organización  especialisima  en  la  vecina  Francia.  Des- 
tinado á  tributar  á  la  agricultura  servicios  análogos  á  los  que  la  industria 
recibe  de  los  Bancos,  y  siendo  un  poderoso  intermediario  entre  los  propie- 
tarios de  las  tierras  y  los  capitalistas,  merece  sinceros  elogios  de  todos  los 
economistas,  y  hasta  de  los  Gobiernos  que  le  franquean  el  paso,  adoptando 
un  régimen  hipotecario  que  tenga  por  base  y  fundamento  la  publicidad  y 
la  especialidad.  Las  disidencias,  sin  embargo,  existen  en  punto  á  su  organi- 
zación, luchando  todavía  los  partidarios  de  tres  sistemas:  los  del  Banco  único 
privilegiado,  los  de  una  ley  común  que  permita  su  pluralidad  bajo  la  forma 
de  asociaciones  de  propietarios  deudores  ú  otra  parecida,  y  los  que  defienden 
sin  reserva,  ni  condición  alguna  la  teoría  de  la  libre  concurrencia. 

Otra  cuestión  por  demás  controvertida  y  agitada  en  el  campo  económico, 
ha  sido  modernamente  la  re'ativa  al  hbre  comercio  internacional.  Caídas  las 
aduanas  interiores  y  desacreditada  en  sus  cimientos  la  doctrina  de  la  balanza 


DE  ECONOMÍA    POLÍTICA.  6S 

de  comercio,  era  natural  que  los  pueblos  tendieran  expontáneamente  á  es- 
trechar sus  vínculos  por  medio  del  cambio  de  productos,  y  bajo  la  égida  de 
la  solidaridad  de  los  intereses.  La  libertad  de  comercio  es,  pues,  á  la  hora 
presente,  un  verdadero  axioma  para  muchos  de  los  economistas,  y  señala 
la  meta  de  sus  porfiadas  aspiraciones.  Sin  endjargo,  el  recuerdo  del  vene- 
rable Smitli,  que  hacia  concesiones,  aunque  temporales,  al  principio  pro- 
lector; el  ejemplo  de  las  naciones  más  aventajadas  de  Europa  y  América, 
que  han' visto  crecer  gradualmente  sus  industrias  á  la  sombra  de  una  legis- 
lación tutelar,  y  que  sólo  han  abierto  sus  fronteras  al  tráfico  cuando  para 
ellas  e/  principio  cosmopolita  y  el  nacional  fueron  una  misma  cosa  (1); 
la  consideración  de  ser  progresiva  la  capacidad  económica  del  hombre,  y 
permitir  en  un  estado  relativo  de  educación,  lo  que  es  imposible  bajo  condicio- 
nes diversas  (2);  la  utilidad  social  que  tiene  para  un  país  el  llegar  á  reunir  y 
concertar  en  su  seno  los  diversos  ramos  de  la  producción,  aunque  para  ello 
deban  practicarse  determinados  sacrificios  (5;;  y,  por  último,  la  circunstan- 
cia de  que  no  siempre  es  fácil  imprimir  una  nueva  dirección  al  trabajo  del 
obrero  y  á  los  capitales  empleados,  mantienen  viva  todavía  la  polémica  en- 
tre los  campeones  del  sistema  protector  y  los  del  libre  comercio,  por  más 
que,  en  honor  de  la  verdad,  deba  reconocerse  que  se  va  suavizando  algún 
tanto  la  tirantez  de  sus  respectivas  pretensiones.  Es  probable  que  los  suce- 
sivos adelantamientos  de  la  ciencia  social  prestarán  nuevos  puntos  de  vista 
al  hombre  de  Estado  para  resolver  atinadamente  este  problema,  y  sin  me- 
noscabo del  alto  interés  moral  y  político  que  representa  para  las  sociedades 
el  fomento  del  trabajo. 

Distribución  de  las  riquezas. — Teniendo  en  cuenta  que  el  fin  de  la  pro- 
ducción es  el  consumo,  y  que  á  éste  se  llega  por  medio  de  la  distribución 
de  las  riquezas,  se  comprende  la  razón  con  que  han  dicho  algunos  socia- 
listas «[ue  esta  última  es  la  parte  más  grave  y  peligrosa  de  la  ciencia.  Traza- 
do el  círculo  de  la  producción,  se  conoce  de  antemano  quiénes  son  las  per- 
sonas ó  agentes  á  que  por  derecho  propio  corresponde  la  recompensa.  Apar- 
te del  sabio,  que  so  halla  en  condiciones  especiales  y  que  no  suele  percibir 
un  provecho  directo  cuando  su  invención  ha  pasado  ya  á  ser  patrimonio  del 
mundo  industrial,  en  todo  acto  de  producción  el  primer  interesado  ó  partí- 
cipe, es  el  capitalista,  el  cual,  á  cambio  del  servicio  que  presta,  recoge 
un  interés.  Bastiat  demostró  cumplidamente  la  justicia  de  esta  recompensa, 
y  á  la  hora  presente  apenas  si  [)odria  encontrarse  un  economista  ilustrado 
que  pusiese  en  tela  de  juicio  la  legitimidad  de  dicha  remuneración. 


(1)  Federico  List. 

(2)  Peshine  Smith. 

(.3)    Carey,  La  ckncia  social, 


64  FRAGMENTOS 

No  reina  tan  perfecto  acuerdo  en  punto  á  la  re/i/d  de  la  tierra.  Los  econo- 
mistas suelen  reconocerla  en  principiorpero  no  todos  bajo  la  misma  forma; 
asi  que  para  unos  es  el  precio  del  monopolio  en  las  tierras  superiores,  aten- 
dida la  fertilidad  relativa  que  presentan  comparadas  entre  si,  mientras  para 
otros  no  es  más  que  el  beneficio  ó  provecho  inherente  ala  apropiación  y  pose- 
sión del  suelo.  Ricardo,  como  es  sabido,  la  explicaba  en  la  primera  acepción, 
y  partiendo  del  supuesto  de  que  el  cultivo   empieza  en  la  historia  por  las 
tierras  superiores,  y  desciende  gradualmente  alas  inferiores;  llamaba  renta 
á  la  diferencia  entre  el  costo  de  producción  de  los  trigos  de  calidad  Ínfima 
y  el  precio  corriente  de  todos  en  el  mercado.  De  lo  cual  deducía  que,  si  el 
precio  corriente  representa  para  muchos  la  simple  recom[)ensa  del  trabajo 
y  del  capital  empleados,  los  propietarios  de  tierras  fecundas,  recojen  una  di- 
ferencia, un  exceso  que  constituye  la  renta.  E.  Carey  calificó  de  hipotética 
la  teoría  de  Ricardo,  por  cuanto,  según  su  modo  de  ver,  el  cultivo, no  se 
realiza  en  la  historia  de  más  á  menos,  sino  de  menos  á  más,  en  escala  as- 
cendente, es  decir,  comenzando  por  terrenos  montañosos  y  quebrados,  los 
cuales  pueden  cultivarse  casi  sin  capital,  al  paso  que  los  valles  y  las  llanu- 
ras, cubiertas  de  una  vegetación  lujosa  y  expléndida,  están  necesitadas  de 
capitales  considerables  para  ser  entregadas  al  cultivo.  Actuallamente  no  pue- 
den darse  por  dirimidas  aún  las  dificultades  relativas  á  la  renta  de  la  tierra. 
Wolowski,  impugnando  en  su  rigorismo  las  dos  fórmulas  de  Ricardo  y  Ca- 
rey, sostiene  que  el  problema  es  más  complejo  de  lo  que  hasta  ahora  se 
había  supuesto,  y  que  el  cultivo  agrario  no  sigue  una  proporción,  determi- 
nada. Baudrillart  y  otros  tratadistas   explican  aún  la  renta  como  expresión 
de  una  desigualdad  natural  existente  entre  las  tierras,  bien  así  como  entre 
los  hombres  son  diferentes  la  intensidad  y  la  energía  de  las  capacidades;  en 
tanto  que  R.  Fontaney,  en  su  obra  sobre  la  renta  territorial,  levanta  una 
bandera  decididamente  reformista,  y  niega  la  existencia  de  Ja  mencionada 
renta,  sustituyéndola  por  la  idea  de  provecho  inherente  á  la  concesión  y 
a])ropiaciün  del  suelo,  y  explicando  por  causas  de  diversa  índole  la  carestía 
relativa  de  las  subsistencias. 

Desembarazados  de  las  cuestiones  relativas  al  interés  y  á  la  renta,  llega- 
mos á  los  salarios,  punto  capital  de  la  ciencia  económica,  y  de  gran  trascen- 
dencia en  nuestro  siglo,  como  ínLimamente  enlazado  con  la  condición  mate- 
rial y  moral  de  las  clases  jornaleras.  Que  el  capital  y  el  trabajo  son  en  su 
fondo  armónicos;  que  la  tasa  de  los  salarios  se  determina  por  la  oferta  y  la 
demanda,  bajando,  como  decia  gráficamente  el  jefe  de  la  Liga  de  Manches- 
ter,  cuando  dos  oLreros  corren  tras  un  amo,  y  subiendo  cuando  dos  amos 
corren  tras  un  obrero;  que  los  gastos  de  producción,  si  no  expresan  la  ley 
del  mercado,  traducen  una  tendencia  regularmente  observada;  que  el  salario 
nominal  no  es  el  real,  como  el  numerario  no  es  en  si  mismo  la  medida  de  las 
riquezas;  que  los  salarios  tienden  á  subir  y  á  mejorarse  y  no  á  la  declina- 


DE  ECONOMÍA  POLÍTICA,  65 

clon,  como  suponia  Ricardo;  todo  eslo  son  principios  de  autoridad  recono- 
cida en  el  estado  presente  de  los  estudios  económicos. 

Pero  brotan  luego  las  disidencias  cuando  á  la  vista  de  las  dificultades  y 
privaciones  con  que  lucha  la  familia  proletaria,  se  quieren  .indagar  los  me- 
dios de  enaltecerla  y  regenerarla.  Entre  ellos  descuella  modernamente  la 
asociación  voluntaria,  ó  sea,  el  mismo  obrero  constituyéndose  en  artífice 
directo  de  su  regeneraoion  (1).  Sobre  este  punto,  sin  embargo,  conviene  es- 
tablecer una  diferencia  importante.  Hay  en  nuestros  días  dos  clases  de  aso- 
ciaciones: las  llamadas  cooperativas,  qiíe  tienen  por  objeto  proporcionar  al 
obrero  un  suplemento  de  salario  por  medio  del  ahorro  en  el  consumo,  por 
los  auxilios  del  crédito  popular,  ó  haciéndole  empresario  de  su  propia  in- 
dustria; y  las  que  se  han  constituido  recientemente  como  en  defensa  contra 
el  capital  [unions'trades],  y  promueven  huelgas  forzadas  y  artificiosas,  y  se 
imponen  á  los  Gobiernos  de  Europa  de  una  manera  que  ha  llamado  la  aten- 
ción de  augustos  personajes  y  respetables  publicistas  (2). 

Decir  que  estas  últimas  son  miradas  con  prevención  y  sobrecejo  por  los 
economistas,  casi  nos  parece  excusado;  pero,  en  cambio,  bien  podemos  ase- 
verar que  en  todos  los  países  cultos  es  reconocida  y  ensalzada  Jioy  la  exce- 
lencia de  las  cooperativas,  y  que  no  le  faltan  siquiera  los  sufragios  de  ilustres 
purpurados  y  lumbreras  de  la  iglesia.  Quien  trate  de  conocer  á  fondo  la  or- 
ganización de  esta  clase  de  asociaciones,   hallará  una  bibliografía  completa 
de  las  mismas  en  los  escritos  de  Julio  Simón,  Batbie,  Schulze,  Delitzsch, 
Horn  y  los   Boletines   de  las  Agencias  centrales  de  Alemania  y  Fran- 
cia. Prácticamente  han  obtenido-  estas  sociedades  un  desarrollo  inmenso, 
como  lo  patentizan  los  siguientes  datos.  En  Inglaterra  tienen  su  principal 
asiento  las  de  consumo,  entre  las  que  sobresale  la  de  Rochdale,  fundada  en 
1843,  y  que  contaba  ya  en  18G6  con  G.426  asociados,  habiendo  realizado 
ventas  semanales  por  valor  de.6.821.C00  francos,  y  obteniendo  un  beneficio 
de  928.200  francos.  Además,  en  la  Revista  de  Edimburgo  se  lee  que  en 
Octubre  de  1864  había  en  el  Reino-Unido  unas  800  asociaciones  de  consu- 
mo, comprendiendo  200.000  asociados,  y  manejando  un  capital  de  25  mi- 
llones de  francos.  Las  de  crédito  popular,  constituidas  desde  1849  á  50  por 
pl  Diputado  prusiano  Sclmlze-Delitzsch,  han  prosperado  señaladamente  en 
el  suelo  germánico;, y  tanto,  que  en  1867  había  en  Alemania  1.700  socieda- 
de's  cooperativas,  de  las  cuales  unas  1.400  lo  eran  de  anticipo  y  de  crédito, 
representando  por  junto  más  de  500.000  asociados,  y  girando  un  capital  de 
158.000.000  de  francos.  Últimamente,  las  sociedades  de  producción,  más 
vidriosas  que  las  anteriores  y  ocasionadas  á  terribles  contingencias,  han  sido 


(1)  Julio  Simón. 

(2)  Aludimos  al  opiisculo  del  Conde  de  París  y  á  la  obra  de  Tliortoü  Sobré  el  tra- 
bajo {on  lahour.) 

TOMO   XIX.  5 


66  FRAGMENTOS 

especialmente  estudiadas  en  Francia,  y,  á  pesar  de  la  decepción  que  experi- 
mentaron cuando  la  catástrofe  de  1848,  existen  todavía  unas  100  de  este  ca- 
rácter en  la  nación  francesa.  A  la  vuelta  de  estas  noticias,  debemos  añadir 
que  en  todos  los  Estados  de  Europa  existe  el  gármen  de  la  cooperación  más 
ó  menos  desarrollado,  y  que  en  Francia  dan  opimos  frutos  también  las  so- 
ciedades encaminadas  á  proporcionar  á  la  clase  obrera  viviendas  cómodas  y 
aireadas  como  las  de  Mulhouse,  facilitándole  medios  para  su  adquisición  á 
favor  de  una  larga  serie  de  años  (1). 

La  cuestión  de  los  salarios  tan  compleja  y  trascendente ,  llevó  como  por 
la  mano  á  los  economistas  á  plantear  la  de  subsistencias,  y  las  demás  que 
se  enlazan  con  la  caridad  oficial. 

A  principios  deUiglo,  profundamente  alarmado  Malthus  ante  el  problema 
de  la  población,  trazó  su  famosa  teoría  de  las  proporciones  geométrica  y 
aritmética,  y  de  los  obstáculos  represivos  y  preventivos.  Por  una  reacción, 
que  es  casi  ley  constante  de  todas  las  cosas  humanas,  hubo  quien  calific  ) 
de  absurdos  tales  temores,  y  el  norte-americano  Carey  ha  sostenido  de^;- 
pucs  principios  diametralmente  opuestos  á  los  del  autor  inglés. 

En  el  estado  actual  de  la  ciencia,  si  bien  se  acepta  la  posibilidad  de  que 
en  determinadas  condiciones  sociales  el  acrecentamiento  de  la  población 
traslinde  la  valla  de  las  subsistencias,  y  se  antepone  la  ventaja  de  los  medios 
preventivos  sobre  los  represivos,  no  se  consideran  como  peligro  del  mo- 
mento las  sombrías  predicciones  de  Malthus,  atendidos  particularmente  los 
nuevos  adelantos  de  las  ciencias  físico-químicas,  la  mayor  facilidad  de  las 
comunicaciones  y  otras  circunstancias  por  todo  extremo  favorables. 

No  por  esto,  sin  embargo,  es  bien  que  de  una  manera  imprevisora  abu- 
sen los  pueblos  de  la  caridad  estimulando  matrimonios  prematuros  y  des- 
arrollando un  bienestar  aparente  ó  efímero,  como  que  no  descansa  sobre  los 
resultados  del  trabajo.  La  marcha  progresiva  de  los  estudios  económicos  ha 
suavizado  en  lo  que  tenian  de  exageradas  ciertas  apreciaciones  sobre  la  be- 
neficencia oficial;  y  en  principio,  aunque  se  condenen  y  anatematicen  toda- 
vía la  ley  de  pobres  y  el  derecho  al  trabajo,  se  admite  como  legítimo  que 
el  poder  administrativo  deje  sentir  su  influencia  bienhechora  en  aquellos  ca- 
sos para  los  cuales  deben  considerarse  insuficientes  los  auxilios-  de  la  ca»i- 
dad  privada.  En  la  práctica,  no  obstante,  las  costumbres  van  templando  el 
rigor  de  las  teorías;  la  sociedad  deja  hacer  á  los  particulares  todo  cuanto 
puede  esperarse  de  sus  generosos  sentimientos,  y  algunas  veces,  como,  por 
ejemplo,  sucede  en  ciertos  departamentos  de  Francia  respecto  de  la  niendi- 


(1)  El  autor  tuvo  ocasión  de  estudiar  ampliamente  las  cuestiones  que  suscitan  lag 
sociedades  cooperativas  en  diez  artículos  que  escribió  sobré  el  crédito  popular,  y  i>ubli 
có  eu  el  Diario  de  Barcelona  (1867.) 


DE  ECONOMÍA  POLÍTICA.  67 

ciclad  (1),  la  influencia  de  la  administración  pública  se  reduce  á  una  pura 
cuestión  de  iniciativa  y  á  excitar  los  benéficos  impulsos  del  vecindario,  ha- 
ciendo que  se  pongan  en  contacta  intimo  las  clases  superiores  con  las  infe- 
riores. Solución  plausible  y  discreta  á  todas  luces,  que  aprovecha  y  utiliza 
el  gran  poder  del  Gobierno  en  una  sociedad  centralizada,  sin  perjuicio  délos 
intereses  materiales  y  del  presupuesto  del  país. 

De  todos  modos,  lo  que  en  esta  delicada  materia  corresponde  es  que  no 
se  entregue  el  campo  á  las  exageraciones;  que  sin  menoscabo  de  la  limos- 
na, siempre  santa  bajo  el  punto  de  vista  cristiano,  se  comprenda  que  la  ten- 
dencia colectiva  de  las  sociedades  modernas  es,  como  decía  Miguel  Cheva- 
1  ier,  al  enriquecimiento  por  el  capital,  á  la  riqueza  por  los  esfuerzos  propios 
y  la  previsión  de  las  familias.  Y  conviene  que  no  lo  pierdan  de  vista  los  re- 
públicos  contemporáneos.  El  carácter  de  la  beneficencia,  con  ser  tan  res- 
petable, es  subsidiario,  y  aún  para  la  economía  política  cristiana,  el  trabajo 
es  la  clave  más  importante  del  mejoramiento  del  hombre,  la  credencial  que 
el  ciudadano  le  entrega  á  la  naturaleza  para  que  le  rinda  dadivosasus  te- 
soros. 

Consumo  de  las  riquezas.' — En  esta  última  parte  de  la  economía  polí- 
tica comprenden  los  autores  tres  interesantes  cuestiones:  la  del  hijo,  la 
Deuda  pública  y  la  contribución. 

Desde  que  Federico  Bastiat  supo  condensar  en  un  brillante  opúsculo  los 
principales  sofismas  adoptados  en  el  orden  económico  con  relación  al  fenó- 
meno del  consumo,  y  deslindar  hábilmente  lo  que  se  ve  de  lo  que  n@  se  ve, 
lia  perdido  grandísima  importancia  la  teoría  del  lujo  «por  la  conveniencia 
de  mantener  y  fomentar  las  transacciones».  Los  economistas  saben  á  la 
hora  presente  que  lo  que  no  se  gasta  de. un  modo,  se  gasta  de  otro;  que  las 
leyes  suntuarias,  sobre  ser  injustas  y  vejatorias,  resultarían  ineficaces,  ya 
que,  como  observó  Blanquí,  las  mejores  son  las  que  lleva  escritas  cada  cual 
(MI  el  fondo  de  su  bolsillo;  que  las  expresiones  de  necesidad  facticia  y  gas- 
•to  de  lujo  son  puramente  relativas  en  cada  individuo,  y  por  último,  que  en 
materia  de  gastos,  la  regla  no  es  gastar  poco  ni  mucho,  sino  en  relación  di- 
recta con  los  fines  racionales  que  el  hombre  debe  llenar  acá  en  la  tierra,  y 
según  la  medida  de  sus  facultades  y  recursos. 

Sobre  lá  Deuda  pública  nos  basta  coj^ignar  que,  relegada  al  olvido  la 
vulgar  especie  de  que  un  Estado  es  más  rico  en  cuanto  tiene  mayores  deu- 
das, y  desvanecido  el  fosfórico  explendor  del  interés  compuesto,  como  lo 
aplicaban  los  discípulos  de  Price,  la  ciencia  económica  admite  los  emprésti- 
tos en  debida  proporción  con  los  tributos,  según  los  elementos  que  un  Es- 
tado atesora,  y  contrayéndose  para  empresas  plausibles  y  fines  dignos  de  loa, 
que  aprovechen,  no  sólo  alas  generaciones  presentes,  sino  á  las  futuras. 


(1)    Mr.  Magnítot,  Lettfes  á  une  dame  -sur  la  charHé,—l$5G 


68  FRAGMENTOS 

Menos  consonancia,  menos  unidad  de  miras  reina  en  el  campo  de  la 
contribución.  Verdad  es  que  ha  perdido  su  prestigio  la  idea  de  que  el  im- 
puesto dsba  ser  considerado  en  su  esencia  como  improductivo  y  estéril,  así 
como  que  sea  la  más  ventajosa  de  las  colocaciones  que  el  contribuyente 
puede  dar  á  su  dinero.  Condenado  también  por  injusto  el  impuesto  progre- 
sivo, siguen  discutiendo  los  hacendistas  acerca  de  los  tributos. sobre  la  ren- 
ta, V.  gr.,  el  income-íax  de  Inglaterra;  y  mientras  los  impugnan  con  ener- 
gía León  Fauncher,  de  Puynode,  y  la  generalidad  de  los  economistas,  ha- 
llan fervientes  y  celosos  defensores  en  Hipólito  de  Passy  y  el  erudito  autor 
del  Timtadode  los  impueslos,  Esquirou  de  Parieu. 

Fmalmente ,  la  contribución  única ,  ilusión  de  distinguidos  publicistas 
desde  Vauban  hast%  Emilio  Girardin  y  algún  respetable  escritor  español,  se 
conserva  en  las  apacibles  regiones  de  la  teoría  como  aspiración  ideal,  pero 
que  no  ha  tenido  hasta  ahora  realidad  objetiva,  á  lo  menos  en  lo  que  al- 
canzan nuestras  investigaciones  y  lecturas. 

Como  remate  y  coronamiento  de  los  estudios  económicos,  se  destaca  hoy 
por  hoy  la  cuestión  capital  de  las  atribuciones  del  Estado.  Digamos  sobre 
ella  brevísimas  palabras. 

Hablando  Jeremías  Bontham  de  la  misión  económica  de  los  Gobiernos  y 
com!.)atiendo  en  su  base  ,  en  sus  raices,  el  espíritu  reglamentario;  escribió 
esta  sencilla  frase  :  «  En  economía  hay  mucho  que  aprender  y  poco  que  lia- 
cer.» — Hoy  parece  esta  una  máxima  de  sentido  común  ,  una  verdad  trivial 
y  vulgarísima  ;  pero  para  llegar  ú  descubrirla  y  afianzarla,  para  que  lograse 
imponerse  á  la  conciencia  púbhca  ,  ¡  qué  de  abusos  y  torpezas  han  debido 
consumarse!  ¡Cuántos  errores  sobre  la  ley  del  trabajo,  sobre  el  origen  de  las 
riquezas  ,  el  máximun  de  los  precios  ,  la  tasa  de  los  salarios,  la  moneda,  las 
má([iftnas ,  la  población  ,  etc.!  ¡Cuántos  sofismas  y  logomaquias  entre  los 
hondjres  do  estudio!  ¡Cuántas  preocupaciones  y  violencias  en  la  esfera  de  la 

opinión  pública! 

Pero  llegó  un  día  en  que  hubo  de  comprenderse  claramente  todo  el  ab- . 
surdo  de  la  reglamentación  que  agravaba  las  dificultades  económicas'parti- 
culares  so  pretexto  de  atenuarlas ;  y  al  caer  los  muros  de  la  vieja  organiza- 
ción, el  jornalero,  que  hasta  entonces  había  contado  con  elementos  auxilia- 
res, se  encontró  inerme,  abandonado  á  sí  mismo,  privado  de  todo  patronato, 
lleno  de  preocupaciones-su  entendimiento  y  no  teniendo  siquiera  clara  con- 
ciencia de  los  medios  que  podía  emplear  para  suplir  el  pasado  organismo. 
Momentos  híin  sido  estos  de  amarga  angustia,  de  trausicion  en  la  vida  eco- 
nómica moderna,  y  en  los  cuales  se  han  dejado  oír  elegiacos  acentos,  voces 
plañideras  acusando  de  materialista  y  despiadada  á  la  ciencia  económica. 
Pero  la  rotación  de  los  tiempos,  la  misma  marclia  del  progreso  corrijo  tales 
anomalías ;  y  si  á  la  tesis  organización  gremial,  por  ejemplo  ,  sucedió  la 
antítesis  de  la  libertad  destituida  de  elementos  positivos  y  eficaces  que  pu- 


DE  ECONOMÍA  POLÍTICA.  G9 

diesen  atenuar  los  rigores  de  la  concurrencia,  hoy  va  triunfando  una  siniesis 
superior  que,  por  medio  de  la  asociación  voluntaria,  por  la  iniciativa  de  los 
más  inteligentes  y  en  armonía  con  los-  preceptos  económicos ,  brinda  á  la 
clase  jornalera  con  auxilios  proporcionados  á  la  nueva  situación  en  que  so 
encuentra  colocada.  Esta  consideración,  sin  embargo,  si  tranquilizadora 
para  el  porvenir,  no  resuelve  de  plano  las  dificultades  del  momento,  ni 
explica  cuáles  deban  ser  las  atribuciones  del  Gobierno  ínterin  dura  el  perío- 
do de  tránsito  entre  el  viejo  y  el  nuevo  orden  de  ideas.  Como  es  natural,  se 
dividen  las  escuelas  sobre  este  punto;  y  mientras  unas  sustentan  que  para 
crear  liá])itos,  dar  temple  y  energía  á  los  caracteres  y  aventar  prestamente 
las  sombras  de  la  ignorancia,  la  única  fuerza /joíiíiva  es  la  libertad,  otra^', 
considerando  que  la  capacidad  de  los  pueblos  es  relativa  y  educablc,  pi'opo- 
nen  que,  aceptándose  como  ideal  las  enseñanzas  de  la  economía  política,  se 
obligue  á  la  entidad  Gobierno  á  abdicar  muchas  de  sus .  actuales  atribucio- 
nes, pero  que  en  vez  de  un  absoluto  y  descarnado  laissez  faire  se  proclame 
como  verdaderamente  científico  el  principio  de  que  «á  proporción  y  medida 
(pie  se  dilata  y  robustece  la  personalidad  del  individuo  y  la  energía  de  los 
pueblos ,  deben  soltarse  las  ligaduras  del  poder  y  ser  más  circunscrita  la 
acción  del  Estado.» 

De  la  rápida  ojeada  que  acabamos  de  echar  sobre  el  estado  presente  de 
los  estudios  económicos,  creemos  que  pueden  deducirse  tres  conclusiones, 
verdadera  síntesis  de  nuestro  juicio. 

1."  Que  la  ciencia  económica  aparece  ya,  no  sólo  fijada  y  legitimada  en- 
¿;u  objeto,  en  sus  prolegómenos  y  en  su  método,  sino  perfectamente  cons- 
truida y  encadenada  en  sus  diferentes  partes. 

2.°  Que,  aún  así,  la  controversia  continúa  animada  entre  los  economis- 
tas sobre  la  libertad  de  Bancos  y  la  emisión  fiduciaria,  la  extensión  que  debe 
darse  al  comercio  internacional,  las  asociaciones  obreras  (no  en  el  sentido 
cooperativo,  sino  como  arma  de  guerra  contra  el  capital  ^{u7iions'lrades),  la 
renta  de  la  tierra  y  sus  relaciones  con  el  principio  de  propiedad,  las  mejoras 
que  pueden  introducirse  en  el  cuadro  de  los  impuestos,  el  sistema  ge» 
ncral  de  las  atribuciones  del  Estado  y  otros  puntos  de  menos  impor- 
tancia. 

Y  3.'  Que  en  el  estado  actual  de  la  economía  política  se  ve  campear  y  pre- 
dominar en  ella  una  tendencia  armónica,  así  en  su  elaboración  interna,  co- 
mo en  sus  relaciones  con  los  demás  estudios  morales;  -ó,  en  otros  términos, 
que  actualmente,  caídas  ya  en  la  sima  del  descrédito  ciertas  aspiraciones  ex- 
trañas de  otro  tiempo,  todo  tiende  á  la  ciencia  social,  edificio  de  soberbia 
y  majestuosa  traza  para  el  porvenir,  pero  del  cual  sólo  existen  á  la  hora 
presente  abiertas  las  zanjas  y  echados  los  cimientos. 

(Se  continuará) 

J.  Leopoldo  Feu. 


ASTRONOMÍA. 


SATURNO,  SUS  SATÉLITES  Y  ANILLOS. 


EiiUe  ol  coiiíiiderabltí  oúniero  de  pUmela.s  que  coiisüUiyeii  nuestro  í;Í: - 
tema  solar,  Satiu'uo  es  sin  duda  el  más  singular  de  lodos  por  el  mecanismo 
admirable  ([ue  en  él  se  advierte.  Este  planeta  sigue  después  de  Júpiter  en  el 
orden  de  distancia,  y  á  i)esar  de  su  gran  magnitud ,  nos  trasmite  una  luz 
débil,  aplomada  y  constante,  lo  que  proviene  de  su  alejamiento  de  la  tierra 
y  de  su  enorme  distancia  del  sol:  por  esta  causa  es  fácil  distinguirle  de  la§ 
estrellas  fijas.  Está  situado  á  520.000.000  de  leguas  del  sol,  en  una  órbita 
que  describe  en  30  años  próximamente,  cuya  inclinación  sobre  la  eclíptica 
ú  órbita  de  la  tierra  es  de  2"  29'o5",  7.  LaA'clocidad  de  que  está  animado 
en  este  movimiento  de  traslación  es  de  8,000  leguas  por  liora,  que  equivale 
á  11)2.000  en  un  golo  dia.  Por  las  manchas  sombrías  que  se  advierten  en  su 
superíicie  se  lia  determinado  el  movimiento  de  rbtacion  del  planeta  sobre 
si  mismo  en  10  horas  2'J',10"  el  que  ejecuta  de  Occidente  á  Oriente  como 
el  movimiento  de  traslación,  lo  mismo  que  los  demás  planetas.  Esta  rota- 
ción tan  veloz  hace  que  sea,  como  Júpiter,  muy  aplanado  en  los  polos:  de 
manera  que  el  diámetro  ecuatorial  es  al  polar  como  12  á  11.  Observado 
con  nn  telescopio,  ofrece  su  disco  una  serie  de  bandas  paralelas  á  su  ecuador, 
semejantes  á  las  de  Júpiter,  aunque  menos  notables,  las  cuales  son  produ- 
cidas, según  el  sentir  de' los  sabios,  por  grandes  ráfagas  de  nubes  impelidas 
en  aquella  dirección  por  la  rápida  rotación  de  Saturno.  Si  este  planeta  es 
sólo  vivificado  por  el  sol,  debe  ser  alli  la  luz  muy  opaca  y  el  frió  bastante 
intenso,  pues  únicamente  recibe  de  aquel  astro  90  veces  menos  luz  y  calor 
que  nosotros;  sus  estaciones  deben  ser  tan  largas  como  cortos  los  dias" 
Además  Saturno  es  1.000  veces  mayor  que  la  tierra,  y  su  masa  ó  peso  no 


ASTRONOMÍA.  71 

está  en  proporción  con  su  tamaño:  la  masa  de  Saturno  es  101,0058  veces 
mayor  que  nuestro  globo,  y  su  densidad  una  décima  parte  ó  diez  veces 
menos  denso;  de  suerte  que  los  materiales  que  entren  en  la  composición  de 
este  'enorme  planeta  no  deben  exceder  á  la  densidad  de  la  madera.  A  las 
leyes  de  la  gravitación  universal  es  deudora  la  ciencia  de  este  importante 
descubrimiento,  pues  por  medio  de  ellas  ha  sido  posible  determinar  las  me- 
didas de  las  masas  y  el  peso  absoluto  de  todos  los  cuerpos  planetarios. 

Saturno,  tan  notable  por  .sus  peculiaridades. físicas,  lo  es  mucho  más 
por  los  satélites  que  le  acompañan  en  su  movimiento  de  traslación  alrede- 
dor del  sol.  Estos  satélites  ó  lunas,  con  su  astro  central,  forman  un  sistema 
planetario  en  miniatura,  casi  análogo,  en  cuanto  á  las  leyes  del  movimiento, 
al  gran  sistema  solar  á  que  pertenecen.  El  conocimiento  de  esto^  cuerpos 
data  del  siglo  XVII,  en  cuya  época  se  inventó  el  telescopio  por  el  profundo 
ingenio  de  Galileo.  Después  de  haber  descubierto  este  gran  hombre  en  1010 
los  cuatro  satélites  de  Júpiter  desde  la  Torre  de  San  Marcos,  en  Venecia, 
observó  una  cosa  extraña  en  el  aspecto  de  Saturno  que  el  alcance  de  su 
telescopio  no  pudo  resolver.  Esta  apariencia  era  ocasionada  por  los  satélites 
y  anillos  que  rodean  á  dicho  planeta.  La  gloria  de  este  importante  descu- 
brimiento estaba  reservada  al  célebre  Huyghens.  Auxiliado  este  laborioso 
astrónomo  por  un  instrumento  de  mas  potencia  óptica,  descubrió  en  1055 
los  anillos  y  uno  de  los  satélites  de  Saturno.  Con  este  descubrimiento  era  igual 
el  número  de  satélites  al  de  planetas,  entonces  conocidos,  por  lo  que  de- 
dujo Huyghens  que  no  se  hallarían  más  satélites,  fundándose  en  que  esa 
previsora  compensación  de  cuerpos  en  nuestro  sistema  planetario  era  indis- 
pensable para  mantener  su  armonía.  Sin  embargo,  esta  conjetura  fué  bien 
pronto  destruida,  pues  á  poco  en  los  años  de  1071  á  1084,  vio  Cassini  que 
Saturno  iba  acompañado  de  otras  cuatro  lunas. 

Desde  esta  época  no  se  agregó  ningún  astro  nuevo  á  nuestro  sistema  so- 
lar, basta  que  Guillermo  Herschel,  ese  moderno  Newton  de  Inglaterra,  hizo 
un  famoso  telescopio.  Con  ayuda  de  este  colosal  instrumento  logró  desem- 
brollar el  misterio  de  los  grandes  sistemas  sidéreos,  y  estudiar  la  constitu- 
ción de  nuestra  Nebulosa  con  la  profunda  filosofía  de  que  tan  solamente  él 
era  capaz.  Descubrió  en  1789  dos  satélites  de  Saturno. 

En  1849,  M.  Lassell,  aficionado  ala  astronomía  y  negociante  de  Liver- 
pool, descubrió  el  octavo  satélite  del  mismo  planeta,  que  rueda  entre  el  de 
Huyghens  y  el  más  lejano  de  los  de  Cassini.  La  misma  noche  que  Lasell 
veía  este  cuerpo  lo  observaba  en  América  M.  Bond,  director  del  observato- 
rio de  Massachussets*.  Y  finalmente,  en  Abril  de  1801  anunció  El  Cosmos 
el  descubrimiento  casi  seguro  del  noveno  satélite  de  Saturn»  por  Golsdsch- 
midt,  aficionado  también  á  la  astronomía;  pero  desgraciadamente  no  se 
confirmó  la  noticia  porque  los  astrónomos,  tanto  de  Europa  como  de  Amé- 
rica, no  vieron  nada  que  justificase  tan  notable  descubrimiento,  cuyo  hecho 


72  astronomía. 

de  por  sí  no  ha  perjudicado  en  lo  más  mínimo  la  justa  celebridad  de  ([ue 
ha  gozado  Golsdschmidt  en  Europa  por  su  habilidad  é  inteligencia  como 
observador,  habiendo  prestado  eminentes  servicios  á  la  ciencia  con  los  des- 
cubrimientos progresivos  de  trece  asteroides  (1).  El  último  de  estos"  cuerpos 
lo  descubrió  el  5  de  Mayo  de  1801,  y  es  muy  probable  que  á  no  haber  ocur- 
rido su  fallecim  iento,  hubiese  encontrado  más,  pues  así  nos  induce  á 
creerlo,  no  sólo  el  gran  número  de  asteroides  que  -deben  existir  en  esa  in- 
mensa zona,  sino  la  idoneidad  de  que  estaba  dotado  parala  observación  este 
activo  explorador  de  los  espacios  celestes. 

La  teoría  de  los  satélites  de  Saturno  está  todavía  más  inexacta  rpie  la  de 
Júpiter,  á  causa  de  la  inmensa  distancia  á  que  están  de  nosotros  estos  pe- 
queños /íuerpos  planetarios.  Sus  órbitas  se  hallan  casi  en  el  plano  de  los 
anillos,  con  excepción  del  sétimo,  que  en  virtud  de  la  acción  del  sol,  se 
aparta  de  este  plano  de  una  manera  bastante  sensible.  Se  ha  examinado  de- 
tenidamente el  movimiento  de  este  satélite,  y  por  él  se  comprueba  que  las 
leyes  de  Kepler  se  verifican  en  el  sistema  de  Saturno,  del  mismo  modo,  res- 
pectivamente, que  en  nuestro  sistema  solar.  Este  satélite,  cuyo  volumen  no 
es  nmy  inferior  al  del  planeta  Marte,  ofrece  cambios  periódicos  en  su  luz, 
lo  cual  justifica  su  movimiento  de  rotación  durante  el  tiempo  de  una  revo- 
lución en  torno  de  Saturno.  El  segundo  satélite  en  distancia  al  astro  cen- 
tral, también  se  ve  fácilmente;  pero  los  seis  restantes  son  muy  peíiueños,  ó 
lo  parecen  á  una  distancia  tan  considerable,  y  sólo  pueden  distinguirse  cou 
telescopios  de  mucho  alcance.  Es  muy  verosímil  que  estos  satélites,  á  se- 
mejanza del  sétimo,  invierten  el  mismo  tiempo  en  rodar  sobre  sus  ejes  que 
en  dar  una  vuelta  alrededor  de  Saturno,  porque  esta  igualdad  de  duración 
de  ambos  movimientos  parece  ser  ley  general  de  los  planetas  secundarios. 
Este  respetable  séquito  de  lunas  que  rueda  en  torno  de  Saturno  para 
iluminar  sus  noches,  distingue  á  este  planeta  entre  los  demás  astros  de  su 
clase;  pero  con  especialidad,  lo  que  más  le  singulariza  son  los  anillos  que  le 
circundan,  los  cuales  presentan  un  fenómeno  grandioso,  único  y  sin  aiíalo- 
gía  en  nuestro  sistema  solar.  Vienen  á  ser  dos  enormes  bandas  situadas  di- 
rectamente sobre  el  ecuador  de  Saturno,  anchas,  achatadas  y  de  poco  espe- 
sor, comparativamente  á  las  otras  dimensiones:  son  concéntricas  entie  sí 
y  con  el  planeta,  y  están  separadas  tn  toda  su  circunferencia  por  un  estre- 


(1)  Se  da  este  nombre  á  un  mimero  todavía  indeterminado  de  pequeños  planetas 
que  ruedan  al  rededor  del  sol  entre  las  órbitas  de  Marte  y  Júpiter.  Se  conocen  hasta 
el  dia  de  hoy  li9,  y  son  perceptibles  solamente  con  poderosos  telescopios.  El  doctor 
Olbers  opina  que  estos  cuerpos  formaban  originalmente  un  solo  planeta  que  una  ex- 
plosión esi^antosa  en  su  interior  dividió  en  pedazos,  los  cuales  se  lanzaron  al  espacio  á 
varias  distancias  del  sol;  animados  de  velocidades  diferentes.  Todos  estos  cuerpos  son 
defonnes  y  tienen  puntas  angulares,  lo  cual  corrobora  mucho  la  citada  hipótesis. 


ASTRONOMÍA.  75 

clio  intervalo,  y  ele  aquel  cuerpo  por  un  espacio  más  considerable,  según 
demostraremos  más  adelante.  Estas  bandas  ofrecen  una  forma  más  ó  menos 
prolongada,  según  la  oblicuidad  bajo  que  son  vistas,  por  razón  de  las  diver- 
sas" inclinaciones  que  toma  Saturno  con  relación  á  la  tierra  en  su  movi- 
miento orbital;  pero  cuando  su  posición  es  tal,  que  la  prolongación  del  pllu 
no  de  estas  bandas  pasa  por  el  sol,  en  el  mismo  instante  la  tierra,  en  virtud 
de  la  pequenez  de  su  órbita.,  comparada  con  la  de  Saturno,  no  puede  estar 
muy  separada  de  este  plano,  y  forzosamente  debe'pasar  por  él,  poco  antes  ó 
poco  después  del  momento  en  que  dicbo  plano  pasa  exactamente  por  el 
centro  del  sol.  Es  este  caso  no  se  nos  presenta  más  que  el  borde  del  anillo 
externo  iluminado  por  el  sol,  bajo  la  forma  de  una  linea  recta  muy  estrecha 
al  través  del  globo  de  Saturno,  y  saliente  por  ambos  lados  de  él,  aparecien- 
do los  satélites, — que  como  dijimos  anteriormente  se  hallan  sobre  el  plano 
de  los  anillos — «como  cuentas  ensartadas,  dice  Juan  ITerschel,  en  el  hilo  lu- 
minoso, casi  infmitamente  delgado,  á  que  aquel  se  reduce  en  tales  ocasio- 
nes, saliendo  por  corto  tiempo  hacia  uno  y  otro  lado  fuera  de  él,  para  vol- 
ver en  breve,  y  como  apresuradamente,  á  su  escondite  habitual.»  Este  raro 
fenómeno  se  verifica  de  quince  en  quince  años.  La  última  vez  qne  tuvo  lu- 
gar fué  en  1862,  *y,  por  consiguiente,  su  repetición  inmediata  será  en  1877. 
Cuando  se  observa  con  telescopios  de  mucha  amplificación,  se  descubren 
en  la  superficie  de  los  anillos  unas  fajas  oscuras,  que  parece  que  forman  va- 
rias divisiones  de  muchos  anillos  concéntricos,  según  suponen  Short,  Que- 
telet,  Heucke,  el  padre  Vico  y  diferentes  astrónomos  más;  pero  otros  dis- 
tinguidos observadores,  auxiliados  también  por  potentes  instrumentos  y  en 
las  circunstancias  más  favorables,  no  han  visto  cosa  alguna  que  justifique 
terminantemente  la  existencia  real  de  tales  divisiones,  porque  en  punto  á 
observaciones  tan  delicadas,  es  muy  posible  padecer  alguna  ilusión  óptica;  y 
asi  es  que  solamente  los  dos  antiguos  anillos  son  los  mas  notables,  y  de  los 
cuales  tenemos  un  conocimiento  más  exacto.  Las  dimensiones  de  estas  ex- 
trañas adlierencias  de  Saturno  son  extraordinarias.  Se  ha  calculado  por  las 
mediciones  micrométricas  de  Mr.  Struve,  que  el  diámetro  inferior  del  anillo 
más  pequeño  es  de  42.488  leguas,  y  el  diámetro  exterior  de  54.926;  y  que  el 
diámetro  interior  del  mayor  tiene  56.223  leguas  de  extensión,  y  su  diámetro 
exterior  65.880.  El  espesor  de  estos  anillos,  según  cálciüos  de  Juan  Ilers- 
chel,  no  pasa  de  56  leguas,  y  la  distancia  que  separa  á  entrambos  es  de 
648:  la  que  separa  al  anillo  interior  del  planeta  es  de  6.912. 

La  naturaleza  ó  constitución  física  de  estos  anillos  hace  dos  siglos  es  ob  - 
jeto  de  profundos  estudios  para  los  observadores  filósofos,  pero  ninguno  de 
ellos  ha  podido  todavía  dilucidar  el  punto  sin  oposición.  En  la  distribución 
•  regular  y  uniforme  de  la  masa  de  los  anillos  alrededor  del  centro  de  Saturno 
y  en  el  plano  de  su  ecuador,  es  en  donde  creyó  hallar  el  gran  Laplacé  el  se- 
creto de  la  formación  de  nuestro  sistema  solar;  pues  si,  como  hay  funda. 


74  ASTRONOMÍA. 

mentó  para  creerlo,  los  planetas  y  sus  satélites  se  han  formado  por  la  con- 
densación gradual  de  las  zonas  ó  anillos,  de  materias  gaseosas  abandonadas 
sucesivamente  por  el  ecuador  de  las  atmósferas  del  sol  y  de  los  planetas  pri- 
marios, al  entrar  estas  masas  en  movimiento  rotatorio,  es  indudable  que  los 
anillos  de  Saturno  son  testimonios  irrecusables  de  la  verdad  de  esta  teoría  del 
eminente  autor  de  la  Mecánica  celeste,  y  pruebas  subsistentes  de  la  extensión 
primitiva  de  la  atmósfera  de  Saturno,  abandonados  por  esta  en  sus  reconcen- 
traciones sucfesivas  y  condefisados  con  el  tiempo.  Los  más  célebres  astrónomos, 
Struve,  los  dosHerschels,  Bcssel,  Smyth,  y  otros,  los  han  considerado  del 
mismomodo,  es  decir,  como  cuerpos  sólidos  constituidos  de  la  misma  materia 
y  densidad  que  el  planeta,  puesto  'que  proyectan  sombra  sobre  Saturno  y  este 
recíprocamente  sobre  los  anillos.  Esta  teoría  está  generalmente  admitida;  no 
asila  que  han  avanzado  á  éste  respecto JVÍr.  Bond  y  el  profesor  Pierce.  Sos- 
tienen estos  astríjnomos  que  los  anillos  de  Saturno  están  compuestos  dé  una 
materia  semi-liquida,  y  en  prueba  de  su  aserto,  dicen  que  cuando  se  obser- 
van con  cuidado  y  detención  se  advierte  que  están  sujetos  á  un  cambio  con- 
tinuo en  sus  apariencias  telescópicas,  que  no  puede  exphcarse  por  ninguna 
otra  teoría;  y  además  afirman  que  conforme  á  los  principios  matemáticos, 
si  fuesen  sólidos  dichos  anillos  no  podrían  mantenerse  en  torno  del  planeta 
conservando  siempre  un  equilibrio  estable.  Aunque  por  medio  de  esta  teo- 
ría parece  que  se  explican  más  fácilmente  aquellos  fenómenos,  que  por  me- 
dio de  la  teoría  precedente,  no  obstante,  muchos  astrónomos  no  la  han 
adoptado,  prefiriendo  aguardar  una  demoátracion  de  ella  más  comprensible 
y  estética. 

Ahora  bien:  si  los  anillos  de  Saturno  están  compuestos  de  materia  sólida 
y  ponderable,  ¿cómo  pueden  sostenerse  sin  desplomarse  sobre  el  planeta?  La 
causa  de  este  fenómeno  singular  consiste  en  la  fuerza  centrífuga  producida 
por  la  rápida  rotación  de  los  anillos  en  su  mismo  plano,  que  Guillermo  Ilers- 
chel  ha  descubierto,  merced  á  las  manchas  que  ofrecen,  asignándole  un  pe. 
ríodo  igual  al  del  planeta  de  10  horas,  29  minutos,  16  segundos,  que  por  las 
nociones  que  tenemos  acerca  de  la  fuerza  de  gravedad  que  reina  en  el  siste- 
ma de  Saturno,  la  duración  de  esta  rotación  es  cabalmente  el  tiempo  perió- 
dico de  un  satélite  que  circulase  alrededor  de  Saturno  á  una  distancia  igua- 
á  la  que  hay  al  mismo  desde  la  circunferencia  media  de  los  anillos;  y  aun- 
que no  ha  sido  posible  averiguar  hasta  el  presente  si  se  hallan  lastrados  en 
alguna  parte  de  su  ciréunferencia  por  una  diferencia  de  espesor  ó  densidad, 
es  muy  natural  que  esta  diferencia  exista,  de  manera  que  los  mantenga  sepa- 
rados uno  del  otro,  y  en  un  estado  de  constante  equilibrio  para  evitar  que  se 
unan.  Además,  se  ha  descubierto  por  medio  de  medidas  micrométricas  muy 
exacta?,  que  los  anillos  no  son  rigorosamente  circulares  ni  concéntricos, .y 
que  su  centro  de  gravedad  oscila  alrededor  de  Saturno  describiendo  una  pe- 
queña órbita;  pues  si  fuesen  perfectamente  circulares  y  concéntricos  no  po- 


ASTRONOMÍA.  75 

dian  mantener  su  estabilidad  de  rotación,  y  al  menor  poder  de  fuerzas  exte- 
riores se  precipitarían  sin  romperse  sobre  la  superficie  del  planeta.  Los,sa- 
téli  tes  contribuyen  también  á  mantenerla  armonía  de  este  inmenso  aparato. 

Ninguno  de  los  magníficos  fenómeíios  celestes  que  se  verifican  dentro  de 
los  límites  de  nuestro  sistema  planetario,  es  comparable,  á  nuestro  modo 
de  ver,  en  punto  á  espectáculo,  con  el  que  deben  exhibir  los  anillos  de  Sa- 
turno desde  el  hemisferio  del  planeta  que  mira  su  faz  iluminada  por  el  sol. 
En  el  ecuador  de  Saturno  el  anillo  exterior  no  es  visible  por  ocultárselo  el 
interior;  pero  á  unos  45°  de  latitud  aparecerán  ambos  anillos  como  vastos  ar- 
cos o  semicírculos  de  luz  movibles,  que  dividen  el  cielo  del  horizonte  oriental 
al  occidental.  Por  el  contrario,  en  las  regiones  situadas  hacia  la  parte  oscu- 
ra de  los  anillos, «no  tendrá  lugar  ese  bello  espectáculo,  porque  el  sol  alum- 
bra alternativamente  por  espacio  de  quince  años  el  lado  septentrional  de  los 
anillos,  y  luego  el  meridional;  de  suerte  que  tienen  un  día  de  quince  años, 
y  una  noche  de  igual  duración. 

Nada  sabemos  acerca  del  objeto,  uso  y  fin  de  estos  anillos  maravillosos; 
cuanto  pudiéramos  decir,  se  reduce  á  simples  conjeturas  que  no  reconocen 
causa  alguna  física  que  las  explique;  pero  las  manchas  que  en  ellos  se  notan 
con  frecuencia,  dan  un  alto  grado  de  probabilidad  á  la  hipótesis  que  asegura 
que  son  de  una  naturaleza  homogénea  á  la  del  planeta;  por  consecuencia,  la 
observación  y  la  analogía  mducen  á  creer  que  deben  estar  habitados  como  la 
tierra,  y  quizá  como  todos  los  cuerpos  celestes;  pues  hasta  ateo  y  ridículo 
es  creer  que  entre  tantos  mundos  como  pueblan  los  espacios,  solamente  la 
tierra,  este  átomo  perdido  en  la  oscuridad,  es  la  única  morada  de  la  vida  y 
de  la  inteligencia. 

Si  los  seres  que  puedan  habitar  los  anillos  están  dotados  de  una  inteligen- 
cia análoga  á  la  nuestra,  y  se  encuentran  provistos — como  supone  Huy- 
ghens,  que  estarán  todos  los  planetícolas — de  instrumentos  auxiliares  coniu 
nosotros  para  hacer  observaciones  científicas,  ¡qué  grandioso  objeto,  para 
estas  criaturas  de  investigaciones  curiosas  al  verse  circunscritas  entre  dos 
enormes  anillos  casi  contiguos,  al  contemplar  las  ocho  lunas  que  circulan  á 
su  alrededor,  las  maravillas  de  la  bjveda  celeste,  y  el  globo  de  Saturno, 
que,  como  una  lámpara  luminosa,  situada  para  ellos  á  una  distancia  ocho 
veces  menor  que  está  do  nosotros  la  luna,  excitará  continuamente  su  admi- 
ración y  su  entusiasmo!  Y  sí,  como  parece,  tambiejí  muy  probable,  el  globo 
de  Saturno  está  habitado  por  seres  animados  é  inteligentes,  ¿qué  opinarán 
sus  astrónomos  al  percibir  la  tierra  allá  como  un  puntor  brillante  en  la  soh^- 
dad  de  nuestro  sistema?  ¿Creerán  que  está  habitada?  ¿formarán  cálculbs  se. 
mejantes  á  los  nuestros?  ¿serán  célebres  por  sus  hipótesis?  «La  ciencia  de- 
muestra, dice  Otón  ülé,  que  las  leyes  á  que  obedece  la  vida  de  nuestro  glo- 
blo  conservan  también  su  valor  para  los  otros  mundos;  la  unidad  de  la  exis- 
tencia no  excluye  la  variación  en  las  formas.»  Y  siendo  esto  así,  ¿qué  razón 


76  ASTRONOMÍA 

hay  para  pensar  que  en  todos  esos  astros  que  nadan  en  el  éter,  y  que  la 
anelogía  aproxima  ya  á  nuestro  globo,  no  existen  seres  inteíigcntes  adecua- 
dos en  su  organización  al  estado  físico  de  cada  cuerpo,  capaces  de  coiíi- 
prender  mejor  que  nosotros  los  fenómenos  de  la  .naturaleza  y  de  elevarse 
al  conocimiento  del  Autor  de  tantos  portentos?  Ninguna,  seguramente; 
pues,  según  la  expresión  de  Young,  por  tenebroso  que  sea  el  caos,  alli  apa- 
rece más  brillante  la  gloria  de  Dios.  ¡Qué  de  consideraciones  no  asaltan  á  la 
imaginación  con  estas  conjeturas!  ¡Y  cómo  la  idea  sublime  de  la  pluralidad 
de  los  mundos  ó  la  población  general  dl4  Universo  engrandece  el  pensa- 
miento del  que  puede  comprenderla! 

José  GeíN.\ro  Monti. 


GLOBOS  AEREOSTiTICOS. 


Cercada  por  los  ejército?  prusianos  la  gran  ciudad  cosmopolita  y  obliga- 
dos los  miembros  del  Gobierno  de  la  defensa  nacional  á  viajar  por  los  aires, 
único  punto  que  se  baila  lüjre  del  ataque  de  los  guerreros  del  Norte,  cree- 
mos oportuno  dar  á  conocer  á  nuestros  lectores  algunos  detalles  que  les 
jionga  al  corriente  de  las  vicisitudes  por  que  ba  pasado  tan  admirable 
invento. 

Todo  cuerpo  sólido  sumergido  en  un  liquido,  es  impelido  de  abajo  arriba 
con  una  fuerza  igual  al  peso  del  volumen  de  fluido  que  desaloja,  y  esa  ley 
^ísica  que  á  su  primer  descubridor,  Arquímedes,  liizo  correr  enajenado  de 
gozo  á  través  de  las  calles  de  Siracusa,  gritando,  \Eureka\  y  á  cuyas  diver- 
sas é  importantes  consecuencias  bay  que  referir  la  ascensión  de  los  globos 
aereosláticos,  ipdioada  por  el  padre  Lana  en  1(>70  y  M.  Cavallo  en  1781,  se 
realizó  por  fin  á  mediados  de  Noviembre  de  1782  por  los  dos  bermanos 
Esteban  y  José  Mongolfier,  fabricantes  de  papel  en  Annonay. 

El  punto  de  vista  bajo  el  cual  estos  señores  consideraron  el  gran  proble- 
ma de  elevar  y  liacer  flotar  en  ebaire  cuerpos  pesados,  fué  el  de  las  grandes 
masas  de  agua  que,  por  causas  desconocidas  basta  el  dia,  consiguen  elevar- 
se y  sostenerse  á  grande,  á  bastante  distancia  de  la  superficie  de  la  tierra. 
Partiendo  de  este  principio,  trataron  de  imitar  á  la  naturaleza,  contrabalan- 
ceando la  presión  de  un  aire  pesado,  por  la  reacción  ó  elasticidad  de  otro 
sumamente  ligero.  Asegurados  los  inventores  por  medio  de  un  experimento 
muy  sencillo,  de  que  bastaba  un  calor  de  70"  Reamur  para  enrarecer  el  aire 
á  una  mitad,  en  un  espacio  cerrado,  concibieron  la  esperanza  de  llegar  á 
obtener  buenos  y  prontos  resultados.  Efectivamente,  con  la  mayor  satisfac- 
ción vio  el  mayor  de  los  bermanos  que  un  pequeño  pai'alepidedo  bueco,  de 
tafetán,  que  contenia  cuarenta  pies  cúbicos  de  aire,  subió  rápidamente  al 
techo  de  la  ba^itacion,  tan  pronto  como  por  medio  del  calor,  se  enrareció 
el  aire  que  contenia,  y  después  de  repetidos  y  nuevos  ensayos  verificados 


iS  ■  GLOiBOg 

al  aire  lil)re,  se  decidieron  á  revelar  al  público  su  importante  descubrir 
miento. 

El  4  de  Junio  de  1783,  dia  designado  para  realizar  un  ensayo  en  la  plaza 
de  aquel  pueblo,  agolpóse  una  multitud  inmensa  de  curiosos  que,  con 
grandes  gritos  y  palmadas,  celebraron  la  subida  del  aparato  aéreoste  tico. 
Consistia  este  en  un  globo  de  35  pies  de  diámetro,  hecho  de  lona  forrada 
de  papel  y  con  una  armazón  de  aros  de  madera  muy  ligera.  Llenósele  de 
humo  de  poja  y  lana,  y  al  cabo  de  tres  horas,  que  duró  esta  operación,  el 
globo  lanzóse  en  el  espacio  con  gran  rapidez,  llegando,  según  sus  cálculos, 
á  la  respetable  altura  de  mil  toesas,  y  al  cabo  de  diez  minutos  cayó  á  media 
legua  de  la  ciudad,  teniendo  lugar  esta  ascensión  á  las  cinco  y  media  de  la 
tarde.  Los  hermanos  Mongolfier  calcularon  que  el  gas  encerrado  dentro  del 
globo  pesaba  1078  libras  y  la  materia  de  que  este  estaba  formado  500 
libras;  pero  como  este  gas  ocupaba  el  lugar  de  2156  libras  de  aire,  resulta- 
ba que,  aún  quedaban  578,  cantidad  suficiente  para  poder  arrastrar  tras  sí 
dos  ó  tres  hombres. 

Los  miembros  de  la  Diputación  ó  Estado  del  Vivares,  redactaron  acta  de 
este  procedimiento,  según  lo  hablan  presenciado,  y  la  academia  de  ciencias, 
hizo  venir  á  Paris  á  Esteban  Mongolfier,  disponiendo  que  sin  pérdida  de 
tiempo  se  repitiese  el  experimento,  encargándose  dicha  academia  de  sufragar 
todos  los  gastos. 

Paris  entero  esperaba  con  impaciencia  el  gozar  de  aquel  nunca  visto  es- 
pectáculo, y  para  el  efecto  se  abrió  una  suscricion  que  en  pocos  dias  aseen" 
dio  á  10.000  francos. 

Mientras  que  los  hermanos  Mongolfier  se  preparaban  para  construir  un 
globo  que  á  semejanza  del  de  Annonay,  demostrase  á  la  academia  de  cien- 
cias, la  importancia  de  su  invento,  un  célebre  químico  y  profesor  de  física 
llamado  Mr.  Charles,  construyó  en  los  talleres  de  Mr.  Robert,  un  globo  de 
tafetán,  cubierto  de  una  ligera  capa  de  goma  elástica,  de  12  pies  de  diáme- 
tro y  lo  rellenó  de  aire  inflamable  formado  por  la  disolución  del  hierro  en 
el  ácido  vitriólico,  cuerpo  que  hacia  poco  tiempo  era  conocido  en  los  labora- 
torios químicos,  y  cuyo  peso  es  catorce  veces  menor  que  el  del  aire. 

El  27  de  Agosto  de  1783  aquel  globo  de  gas  hidrógeno,  lanzado  por  su 
autor  en  medio  del  jardín  de  las  Tullerías,  llegó  á  elevarse  en  menos  de  dos 
minutos  á  1.000  metros.  Los  aplausos  de  entusiasmo  de  300.000  personas 
que  presenciaron  aquel  hermoso  experimento,  saludaron  la  ascensión  del 
primer  globo  cargado  de  hidrógeno,  reventando  á  los  tres  cuartos  de  hora 
de  haber  ascendido  y  á  cinco  leguas  distante  de  Paris. 

Terminado  por  los  hermanos  Mongolfier  un  gobio  de  70  pies  de  alto  y  44 
de  diámetro,  se  fijó  el  día  12  de  Setiembre  para'su  ascensión  en  el  faubourg 
Saint-Antoine;  pero  el  viento  y  la  lluvia  lo  hicieron  pedazos..  Luís  XVI  ha- 
bía señalado  el  dia  19  del  mismo  mes,  para  que  los  hermanos  Mongolfier 


AERÉOSNÁTICOS.  79 

Verificasen  á  su  vista  y  en  su  palacio  de  Versalles  la  ascensión  de  su  globo, 
y  aunque  corlo  el  tiempo  que  mediaba  desde  el  12  al  19,  se  trabajó  dia  y 
noclie  en  la  confección  de  otro  globo  de  forma  esferoidal,  de  45  pies  de  alto 
por  41  de  diámetro.  Reunida  la  curte  en  el  gran  patio  de  Versalles,'  y  después 
de  quemadas  70  libras  de  paja  y  10  de  lana,  la  reina  María  Antonieta  dio  la 
señal  y  el  globo  se  remontó  en  el  espacio  llevando  suspendido  de  él,  un  ces- 
to de  mimbres  en  donde  se  colocó,  un  carnero,  un  gallo  y  un  pato,  perma- 
neciendo en  el  aire  diez  minutos  y  eleviíndose  unas  290  toesas,  bacicndo  el 
desceiiso  con  toda  felicidad  á  1.800  toesas  del  punto  de  partida.  Estos  son 
los  primeros  navegantes  que  ban  surcado  los  etéreos  espacios.  ¡Quién  ba- 
bia  de  decir  á  aquellos  bombres  de  Estado  que  presenciaban  aquel  espectá- 
culo, que  á  los  87  años  y  dias,  los  bombres  de  Estado  de  la  poderosa  Fran- 
cia, babian  de  verse  precisados  por  la  fuerza  de  las  circunstancias,  á  viajar 
en  globo  á  semejanza  de]  carnero,  el  gallo  y  el  [¡ato?  Misterios  de  la  Provi- 
dencia. 

El  buen  éxito  de  esta  tentativa  indujo  á  los  bermanos  Mongolfier  á  cons- 
truir un  globo  capaz  de  conducir  bombres.  Con  este  objeto,  construyeron 
en  el  barrio  de  San  Antonio,  un  globo  de  64  pies  de  alto  por  46  de  diáme- 
tro, cuya  capacidad  era  de  60.000  pies  cúbicos  y  de  1.200  libras  su  peso 
total,  pudiendo  arrastrar  tras  si  además,  unas  600  libras.  En  su  parte  más 
baja,  se  formó  de  mimbres  una  galería  circular  perfectamente  decorada,  y 
dentro  de  la  cual  debian  subir  los  primeros  aereonautas. 

M.  Pilatre  de  Rozier,  Director  del  Museo  de  la  calle  de  Saint-Avoye,  y  fí- 
sico de  reconocida  reputación,  penetrado  de  un  noble  y  valeroso  entusias- 
mo por  todo  aquello  que  se  rozaba  con  la  ciencia,  se  brindó  á  subrir  en  q\ 
globo,  para  lo  cual  pi'dió  permiso  el  dia  50  de  Agosto  á  la  Academia  de  cien, 
cias  para  elevarse  en  el  aparato  que  se  estaba  construyendo.  Terminados  to- 
dos los  preparativos,  el  intrépido  Rozier  subió  en  la  galería,  y  el  globo  as- 
cendió 80  pies,  largo  de  las  cuerdas  que  lo  sujetaban,  y  después  de  perma- 
necer en  él  por  espacio  de  4  minutos  y  25  segilndos,  el  globo  descendió, 
dí'mdose  el  ensayo  por  terminado  aquel  dia.  El  viernes  17  de  Octubre  se 
repitió  la  misma  experiencia,  pero  el  fuerte  viento  qué  se  levantó,  impidió 
el  que  se  efectuase  la  ascensión. 

El  domingo  19  á  las  4  y  1[2  de  la  tarde,  se  repitió  la  operación,  llegando 
M.  Rozier  á  la  altura  de  200  pies,  largo  de  las  cuerdas  que  lo  sujetaban. 
Por  tercera  vez  se  repitió  la  experiencia^  acompañando  á  M.  Rozier  M.  Gi- 
roud  de  Villette,  llegando  entonces  á  la  altura  de  324  metros,  permanecien- 
do en  perfecto  estado  de  equilibrio  par  espacio  de  10  minutos. 

Hasta  entonces  los  globos  babian  estado  cautivos  por  medio  de  cuerdas 
que  no' los  dejaban  remontarse  más  que  lo  que  ellas  permitían,  pero  el  cons- 
tante deseo  del  bombre  de  lanzarse  en  lo  desconocido,  bicieron  con  que  se 
proyectase  bacer  una  ascensión  en  globo  libre.  El  31  de  Octubre  de  1783, 


80  '  GLOBOS 

después  de  largas  vacilaciones  por  parle  del  rey  Luis  XVI  y  Mongolfier  que 
concebia  temores  por  lo  tocante  á  la  suerte  de  los  valerosos  aereonautas,  Pi- 
latre  des  Roziers  y  el  marqués  de  Arlandes,  Caballero  de  San  Luis  y  Mayor 
de  infantería,  se  lanzaron  en  los  espacios  conducidos,  por  el  globo  de  aire 
dilatado,  construido  por  Esteban  Mongolfier,  partiendo  del  palacio  de  la 
Muette  situado  en  el  bosque  de  Boulogne.  Su  excursión  aérea  fué  sumamen- 
te feliz,  y  al  volvqr  á  sentar  sus  pies  en  la  tierra,  fueron  recibidos  como 
unos  verdaderos  liéroes,  siendo  esta  la  primera  vez  en  que  el  hombre,  triun- 
fando de  su  organización,  se  lanzó  á  reconocer  las  regiones  concedidas  úni- 
camente por  la  naturaleza  á  las  aves. 

El  bien  dirigido  viaje  de  Pilatre  des  Roziers  fué  de  allí  á  poco  repetido  por 
un  globo  cargado  de  gas  hidrüg<?no,  que  ofrecía,  por  lo  tocante  á  la  excursión 
aérea,  más  condiciones  de  seguridad  que  el  ideado  por  Mongolfier.  El  se- 
gundo experimento  tuvo  lugar  el  1.°  de  Diciembre  de  1785.  MM.  Charles  y 
Robcrt,  en  medio  de  un  inmenso  gentío,  partieron  del  jardín  de  las  Tulle- 
rias,  y  á  las  dos  horas  de  navegación  aérea,  descencieron  á  nueve  leguas  de 
distancia  en  la  pradera  de  Nesle.  Este  experimento  marca  una  fecha  impor- 
tante en  la  historia  del  arte  que  nos  ocupa,  pues  entonces  fué  cuando  el 
profesor  do  física  M.  Charles,  creó  todos  los  medios  que  posteriormente  se 
han  usado  en  los  viajes  aéreos,  tales  como  la  válvula  para  hacer  descender 
el  globo  por  medio  de  la  salida  del  gas;  la  barquilla  que  sostiene  al  aeronau- 
ta; el  lastre  para  moderar  la  velocidad  de  la  caída;  el  baño  de  goma  elástica 
para  impedir  la  salida  del  gas;  y,  por  último,  el  uso  del  barómetro  para  in- 
dicar por  medio  de  él  las  variaciones  de  altura  de  la  columna  de  mercurio  y 
medir,  en  caso  necesario,  la  altura  en  que  se  encuentra  el  aereonauta. 

Blanchard,  habiendo  hecho  con  buen  éxito  varias  ascensiones,  concibió 
el  atrevido  proyecto,  increíble  en  aquella  época,  dé  atravesar  de  Douvres  á 
Calais,  franqueando  el  brazo  de  mar  que  separa  la  Francia  de  Inglaterra. 

El  7  de  Enero  de  1786,  Blanchard,  acompañado  del  doctor  Jeffries,  ir- 
landés, se  elevó  en  un  globo  de  gas  hidrógeno  desde  Douvres,  y  después  de 
haber  tenido  que  lanzar  al  mar  hasta  sus  mismos  vestidos,  por  no  caer  en 
él,  llegaron  á  Calais,  donde  fueron  recibidos  en  triunfo  y  el  globo  deposita- 
do en  la  principal  iglesia  de  la  ciudad,  para  memoria  de  aquel  suceso. 

Pilatre  des  Roziers,  que  tanto  celo  é  inteligencia  había  desplegado  en -sus 
diferentes  viajes,  pereció  el  5  de  Junio  del  mismo  año,  al  querer  imitar  la 
audaz  tentativa  de  Blanchard.  Deseando  Pilatre  combinar  en  un  solo  siste- 
ma los  dos  medios  empleados  hasta  entonces,  esto  es,  el  del  aire  dilatado 
por  el  calórico  y  el  del  gas  hidrógeno,  se  lanzó  en  el  espacio  en  la  costa  de 
Boulogne,  acompañado  de  un  físico  de  dicho  punto  llamado  Romain,  con 
ánimo  resuelto  de  atravesar  el  estrecho;  mas  á  poco  de  haber  partido,  se 
rompió  la  tela  del  globo  de  gas  hidrógeno,  y  mientras  el  aereonauta  tiraba  de 
la  válvula,  vino  aquella  á  raer  sobre  la  que  estaba  cnchida  de  aire  enrarecí- 


AÉREOS  TÁTICOS.  81 

por  el  fuego,  y  abrumándola  con  su  peso,  precipitó  el  globo,  arrastrando 
tras  si  á  los  dos  atrevidos  aereonautas. 

Los  globos  aereostáticos,  sujetos  por  medio  de  cuerdas,  por  lo  cual  se  les 
dio  el  nombre  de  cautivos,  sirvieron  como  puntos  de  observación  en  las  ba- 
tallas á  fines  del  siglo  pasado.  En  1794  se  trató  de  servirse  de  ellos  en  pro- 
vecho de  las  armas  francesas,  creándose  con  este  objeto  dqs  compañías  lla- 
madas de  aereostáticos.  Un  joven  profesor  de  fisica  Mr.  Coutelle^  obtuvo  el 
mando  y  la  dirección  de  la  primera  de  estas  compañías.  El  globo  dirigido  por 
el  diclio  Coutelle,  prestó  verdaderos  servicios  en  la  batalla  de  Fleurus, utilizán- 
dose los  globos  en  otras  campañas  déla  República.  Colocado  el  capitán  en  la 
navecilla  del  globo,  que  se  hallaba  sujeto  por  cuerdas  que  sostenían  los  sol- 
dados de  la  compañía,  elevábase,  ó  cambiaba  de  dirección,  por  medio  de  se- 
ñales que  el  jefe  hacia  desde  lo  alto  con  banderolas.  Sin  embargo  de  esto,  los 
globos  cautivos  no  tuvieron  larga  existencia  en  el  terreno  militar.  El  pri- 
mer Cónsul,  Bonaparte,  que  no  tenia  confianza  en  ese  nuevo  recurso,  licen- 
ció las  dos  compañías  y  cerró  la  escuela  que  en  Meudon  se  había  estableci- 
do, para  estudiar  bajo  la  dirección  de  Coutelle  las  aplicaciones  militares  de 
los  globos. 

Veinte  años  habían  de  trascurrir  para  que  el  descubrimiento  de  Mongol- 
fier  llegase  á  dar  grandes  resultados  bajo  el  punto  de  vista  de  la  ciencia.  La 
primera  ascensión  hecha  con  este  objeto,  tuvo  lugar  en  Hamburgo  el  18  de 
Junio  de  1803  por  un  profesor  de  física,  llamado  Roberston,  ayudado  de  su 
compatriota  l'Voest.  Habiendo  llegado  á  grande  altura,  tuvieron  ocasión  de 
hacer  diversas  observaciones  de  física. 

Gay-Lussac  y  Biot  verificaron  en  Francia  en  1804,  una  hermosa  ascensión 
que  facilitó  diversos  datos  del  mayor  interés  para  la  ciencia.  La  segunda  as 
cension  de  Gay-Lussac,  verificada  por  él  solo,  le  hizo  llegar  á  la  sorprenden- 
te elevación  de  7.016  metros  sobre  el  nivel  del  mar.  En  aquellas  altas  regio- 
nes el  barómetro  descendió'desde  0,7G  metros  que  marcaba  al  subir  á  0,52 
metros  y  el  termómetro  que  señalaba  27  grados,  descendió  á  9  grados  bajo 
cero.  La  sequedad  era  tan  notable  en  aquella  elevación,  que  el  papel  se  abar- 
quillaba como  si  estuviese  junto  al  fuego,  y  la  respiración  del  observador, 
se  aceleró  á  causa  de  la  gran  rarefacción  del  aire,  llegando  la  sangre  á  que- 
rer brotar  por  los  poros. 

En  1850,  los  señores  Barral  y  Bixio  ejecutaron  una  ascensión  científi- 
ca, que  produjo  pocos  resultados  útiles. 

G-f-andes  han  sido  los  esfuerzos  hechos  por  los  hombres  de  ciencia  paFa 
dar  dirección  á  los  globos;  pero  siempre  se  han  estrellado  ante  la  insufi- 
ciencia de  los  motores  de  que  dispone  la  mecánica  para  contrarestar  la 
enorme  potencia  de  los  vientos  y  corrientes  atmosféricas. 

Los  nombres  de  Godard,  Poitevin  y  Nadar  son  bien  conocidos  en  nues- 
tros días  para  que  nos  ocupemos  de  sus  diversas  ascensiones,  hechas  única 

TOMO  XIX..  6 


8'2  GLOBOS   AEREOSTATICOS. 

mente  por  satisfacer  la  curiosidad  del  público,  y  en  las  cuales  han  tenido 
ocasión  de  mostrar  su  intrepidez;  y  si  bien  poco  ó  nada  han  hecho  para  dar 
dirección  á  los  globos,  en  cambio  han  sujetado,  en  lo  posible,  á  reglas  casi 
seguras  la  dirección  de  un  globo,  dada  una  corriente  fija  de  aire. 

Nombrado  Nadar  jefe  de  las  expediciones  aéreas  por  él  gobierno  de  la 
defensa  nacional  de  Francia,  no  tan  solo  ha  conseguido  poner  en  comuni- 
cación á  Paris  con  el  resto  del  mundo,  sino  que,  también  fiados  en  su  su- 
perior inteligencia,  y  con  un  valor  por  su  parte  que  los  honra,  han  podido 
salir  de  la  ratonera  en  que  se  hallaban  encerrados  Gambetta  y  Keratry,  de- 
biéndose tal  tez  al  invento  de  Mongolfier  el  que  la  Francia  se  organice  y 
rehaga  bajo  la  voluntad  de  hierro  del  ministro  del  Interior,  ó  que  una  paz 
honrosa  concluya  con  los  desastres  que  afiijen  á  la  nación  vecina. 

M.  Pérez  de  Castro. 


LAS  COLONIAS  DE  AUSTRALIA. 


La  mejora  y  aumento  de  las  vías  de  comunicación  y  la  fundación  de  nue- 
vas sociedades  en  países  no  poblados  ó  con  población  insuficiente,  han  sido 
quizás  los  dos  hechos  ciüminantes  en  el  urden  material  del  siglo  XIX  que 
tantas  maravillas  ha  realizado.  Diríase  que  la  misión  conferida  á  la  genera- 
ción á  que  pertenecemos,  consiste  en  primer  término  en  la  total  ocupación 
y  pleno  disfrute  del  planeta  terrestre;  de  tal  manera  hemos  desde  4815 
multiplicado  la  sociedad  europea  por  las  regiones  más  apartadas  de  aquel 
y  tomado  posesión  de  las  que  en  los  siglos  anteriores  fueran  descubiertas, 
poro  no  colonizadas. 

No  trataremos  aquí  de  las  causas  que  han  producido  ó  favorecido  este 
gran  esfuerzo  de  la  generación  contemporánea,  limitándonos  respecto  de 
este  punto  á  manifestar  nuestra  conformidad  con  la  opinión  de  E.  Burke, 
quien  juzga  que  es  tan.  natural  ver  acudir  á  las  gentes  á  los  países  en  qi^e 
reinan  la  actividad  y  la  riqueza,  cuando,  sea  cUvil  fuere  la  causa,  la -pobla- 
ción de  los  mismos  llega  á  ser  insuficiente,  como  lo  es  ver  al  aire  com- 
primido precipitarse  en  las  capas  de  aire  rarificado.  Burke,  al  hablar  así, 
tenía  sin  duda  presente  el  ejemplo  de  las  emigraciones  de  su  tiempo,  y  so- 
bre todo,  el  de  la  reciente  prosperidad  de  la  Prusia  por  efecto  de  la  inteli- 
gencia y  del  trabajo  de  los  subditos  franceses  que  abandonaron  su  patria 
después  de  la  revocación  del  edicto  de  Nantes;  mas  en  nuestros  días,  aquel 
movimiento  ha  tomado  mayores  proporciones  y  carácter  más  expontáneo 
que  le  distinguen  de  las  emigraciones  anteriores.  En  rigor,  unas  y  otras, 
así  las  antiguas  como  las  modernas,  son  la  realización  del  precepto  divino 
que  ordenaba  á  nuestros  primeros  padres  «crecer  y  multiplicarse,»  y  que 


84  LAS  COLONIAS 

les  daba  por  misión  «cubrir  y  someter  la  tierra,  dominar  los  peces  de  la 
mar,  los  pájaros  del  aire  y  todo  animal  que  sobre  la  tierra  se  mueve,»  es  de- 
cir, la  explotación  de  las  riquezas  del  globo  y  la  dirección  y  gobierno  de  la 
naturaleza.  En  esta  gran  empresa,  la  bumanidad  no  se  halla  tan  adelantada 
como  pudiera  creerse  en  vista  de  los  progresos  realizados  en  nuestros  días. 
Todavía  los  economistas  (1)  calculan  en  175  millones  de  habitantes  el  dé- 
ficit de  la  Europa  para  que  se  halle  en  estado  de  colonización  normal,  esto 
es,  con  una  densidad  de  población  de  50  habitantes  por  kilómetro  cuadra- 
do; en  1.53G  millones  de  habitantes  el  déficit  del  África  por  el  mismo  con- 
cepto; en  520  el  de  la  Oceanía;  en  1.502  el  del  Asia,  y  en  2.03G  millones 
de  almas  el  de  América.  En-  suma,  según  estos  cálculos,  las  cinco  sextas 
partes  del  globo  terrestre  no  se  hallan  en  estado  de  colonización  normal, 
y  la  humanidad  comienza  apenas  á  cumplir  dicha  misión  de  apropiarse  y 
utilizar  las  fuerzas  naturales. 

De  las  cinco  partes  del  mundo  que  acabamos  de  citar,  la  menos  poblada 
es  la  Oceania  aunque  proporcionalmente  sea  mayor  el  déficit  que  ofrece 
la  América;  y  sin  embargo,  aún  á  esas  remotas  regiones  ha  llegado  la  acción 
de  los  pueblos  europeos,  que  han  emprendido  trasformarlas, 'y  c|ue rápida- 
mente se  van  multiplicando  en  ellas  y  trocando  sus  vastas  soledades  en 
campos  cultivados  y  en  ciudades  magnificas.  Compóncse  la  Oceanía,  como 
saben  nuestros  lectores,  do  innumerables  islas  y  multitud  de  archipiélagos 
diseminados  por  el  gran  Océano  que  cubre  la  parte  meridional  del  globo, 
como  están  las  constelaciones  esparcidas  por  el  cielo.  Muchas  de  esas  islas, 
como  Borneo,  Java,  Sumatra  y  Luzon  son  tan  grandes  como  los  mayores 
estados  europeos,  y  eran  ya  conocidas  y  frecuentadas  por  los  árabes,  los 
portugueses  y  holandeses  desde  la  edad  moderna;  pero  la  mayor  de  entre 
ellas,  la  que  con  justicia  toma  el  nombre  de  continente,  puesto  que  su  su- 
perficie es  tres  veces  mayor  que  la  del  Indostan,  y  veintiséis  veces  mayor 
que  las  de  Inglaterra  y  Escocia  reunidas,  es  la  que  en  el  siglo  XVII  se  deno- 
minó Nueva  Holanda,  y  hoy  es  conocida  por  Australia;  isla  ó  continente 
que  abarca  2.475.814  millas  geográficas  cuadradas,  y  por  cuyas  costas  se 
hallan  esparcidos  1.205.511  habitantes,  en  su  mayor  parle  de  origen  eu- 
ropeo. 

Supónese  que  Australia  formó  en  los  tiempos  prehistóricos,  como  las 
islas  de  la  Sonda  y  las  Filipinas,  un  gran  archipiélago,  que  se  convir- 
tió en  continente  por  la  retirada  del  mar;  pero  no  sabemos  si  esta 
opinión  habrá  sido  en  algo  modificada  cuando  se  averiguó  que  el  interior 
de  Australia,  entonces  no  explorado,  no  era  un  gran  desierto,  como  se  creía. 
Los  viajes  realizados  á  través  de  aquel  por  MM.  Stuard,  Ketwich,  Head  y 
Warburton,  y  singularmente  aquel  en  que  el  primero  de  estos  activos  ex- 


(1)    Ilktoirc  de  l'emiy radon  au  XIX  siede,  2)or  M.  Juks  Duval,  París,  18G2, 


DE  AUSTRALIA.  85 

dloradores,  partiendo  de  Puerto  Adelaida,  caminó  de  S.  á  N.  más  de  mi 
millas,  hasta  llegar  al  Victoria  River,  han  desvanecido  dicho  error,  puesto 
que  describen  el  interior  del  continente  australiano  como  un  terreno  de 
aluvión  en  su  mayor  parte,  con  excelentes  pastos,  abundancia  de  aguas  y 
poblado  de  palmeras  enanas  y  árboles  de  goma.  En  el  centro  se  encuentra 
un  gran  lago  salado. 

El  mayor  Warburton,  por  su  parte  ha  descubierto  que  el  lago  Eyre,  que 
recibe  en  su  seno  al  gran  rio  Cooper,  no  es  más  que  el  curso  inferior  del 
Victoria  River,  una  de  las  mayores  corrientes  de  agua  de  la  Australia,  que 
posee  muchas  magnificas,  como  el  Darling,  el  Goulbourne  y  el  Murray,  na- 
vegables en  una  misma  época  del  año,  mediante  las  cuales  la  Australia  me- 
ridional trasporta  sus  trigos  á  más  de  dos  mil  millas  de  distancia,  en  donde 
halla  un  flete  de  lanas  para  el  retorno.  Lo  que  si  parece  demostrado  es  que 
dicho  continente  ha  sido  teatro  de  grandes  erupciones  volcánicas,  no  ajenas 
á  sus  ricos  criaderos  de  oro,  puesto  que  las  venas  de  este  metal  más  pro- 
ductoras, las  de  la  colonia  de  Victoria,  se  encuentran  en  los  terrenos  de  an- 
tigua formación,  atravesados  por  rocas  ígneas  y  bajo  una  capa  de  lava.  Los 
mejores  filones  son  los  que  se  encuentran  en  las  venas  de  cuarzo;  diferen- 
ciándose la  explotación  de  aquel  mineral  de  la  del  mismo  en  California,  en 
que  aqui  se  halla  en  la  superficie,  mientras  que  en  Australia  hay  que  ex- 
traerlo por  medio  de  minas;  alli,  al  pié  de  las  montañas  y  en  el  lecho  délos 
rios;  aquí,  en  terrenos  llanos  y  sobre  un  fondo  de  arcilla. 

Nombres  españoles  que  todavía,  no  obstante  la  ingratitud  con  que- nues- 
tra patria  suele  ser  tratada  por  los  extranjeros,  figuran  en  los  mapas  de  la 
Oceania,  singularmente  los  de  Torres  y  Quirós,  atestiguan  la  parte  que  en  el 
descubrimiento  y  exploración  de  esta  porción  del  mundo  cupo  á  España 
desde  el  viaje  del  inmortal  Magallanes,  que  descubrió' las  que  entonces  se 
llamaron  islas  de  Poniente  y  luego  Filipinas.  Los  vireyes  de  Méjico  por  Aca- 
pulco  y  los  del  Perú  por  el  Callao  mandaron  expediciones,  no  sólo  militares 
acompañadas  de  misioneros,  como  las  que  llevaron  á  cabo  la  reducción  de 
aquel  archipiélago,  sino  también  con  un  objeto  científico,  las  cuales  hicieran 
algún  modo  innecesarias  las  posteriores  de  Cook  y  de  la  Perousse  y  dieran 
á  España  suma  gloria,  si  los  tiempos  en  que  se  verificaron  por  una  parle, 
y  por  la  otra  la  política  entonces  dominante,  impidiendo  la  vulgarización  de 
los  adelantos  geográficos,  para  excluir  al  extranjero,  no  hubiesen  sido  causa 
de  la  esterilidad  relativa  de  dichas  expediciones,  y  no  hubieran  permitido 
que  ilustres  navegantes  de  otros  pueblos  se  atribuyeran,  á  veces  de  buena 
fe,  la  honra  del  descubrimiento. 

El  del  continente  australiano  cupo  en  suerte  á  la  Holanda,  cuyo  gobernador 
en  Batavia,  Antonio  Van-Diemen  envió  en  1642  en  busca  de  «la  tierra  austral » 
en  cuja  existencia  aún  se  creía  á  Abel  Tasman  que  ya  había  navegado  en  los 
mares  del  Sud  y  reconocido  algunos  puntos  del  primero.  Tasman  descubrió 


86  LAS    COLONIAS 

al  cabo  de  tres  meses  de  viajes,  la  que  llamó  tierra  de  Van-Diemeii,  do  que 
se  posesionó  á  nombre  de  su  nación,  así  como  de  la  Australia  que  recibió  y 
conservó  basta  fmes  del  siglo  xvui  el  nombre  de  Nueva  Holanda.  En  reali- 
dad los  bolandeses  nunca  se  ocuparon  seriamente  de  estas  inmensas  regiones 
que  permanecieron  casi  abandonadas  durante  ciento  cincuenta  años;  jtero 
esto  no  evita  que,  juzgando  conforme  á  los  principios  respetados  por  las 
naciones  europeas,  Inglaterra  no  tuviese  derecbo  á  entrarse  como  de  rondón 
y  sin  anuencia  de  nadie  en  el  continente  australiano  cuando  la  convino  ar- 
rojar en  sus  costas  á  los  penados  que  liasta  entonces  deportaba  á  América. 
Y  hé  aqui  el  camino  por  donde  lo  que  en  poder  de  Holanda  no  habia  sido 
más  que  una  expresión  geográfica  semejante  á  la  de  ierra  ignota  que  figu- 
raba en  las  cartas  del  África,  vino  á  ser  en  poco  tiempo  una  de  las  más 
prodigiosas  conquistas  de  la  familia  y  de  la  civilrzacion  europea  sobre  los 
obstáculos  materiales  del  espacio  y  la  falta  de  población. 

n. 

Australia  ba  sido,  en  efecto,  la  cuarta  gran  fundación  colonial  de  Ingla- 
terra, el  cuarto  glorioso  esfuerzo  realizado  por  este  gran  pueblo  para,  llevar 
á  las  más  apartadas  regiones  del  'globo  la  civilización  material  juntamente 
con  el  espíritu  cristiano  y  las  instituciones  libres,  asi  municipales  como  po- 
líticas peculiares  de  la  raza  anglo-sajona.  La  primera  de  esas  grandes  fun- 
daciones fué  los  Estados-Unidos,  independientes  desde  1787;  la  segunda  el 
Canadá,  aumentado  con  la  única  verdadera  colonia  fundada  por  emigra- 
ción francesa;  la  tercera  la  India;  annque  de  esta  ya  hemos  dicho  con  otro 
motivo  que  no  puede  ser  considerada  como  fundación  colonial,  siendo  más 
propiamente  un  pais  sometido,  pero  en  el  cual  la  Gran-Bretaña  ha  sembra- 
do poderosos  elementos  de  cultura  y  de  prosperidad. 

A  diferencia  de  estas  tres  grandes  fundaciones,  la  colonización  inglesa  en 
Australia  comenzó  bajo  los  peores  auspicios  y  con  tristes  caracteres, 
pues  en  su  origen  y  hasta  tiempos  recientes  fué  penal  y  tuvo  por  fuente 
principal  la  deportación. 

Este  sistema  era  practicado  desde  muy  antiguo  por  Inglaterra,  asi  como 
por  otras  varias  naciones  de  Europa;  de  tal  modO;,  que  alguna  vez  las  islas 
del  canal  de  la  Mancha  enviaron  sus  penados  al  suelo  británico;  citándose 
también  á  tal  ó  cual  principe  alemán  que  pagaba  el  trasporte  de  los  suyos 
á  America  para  eximirse  de  gastos  carcelarios.  La  primera  indicación  pre- 
cisa del  mismo  sistema,  aplicado  luego  á  Australia  en  tan  gran  escala  no  se 
encuentra,  sin  embargo,  sino  en  el  Acta  18,  cap.  III  del  reinado  de  Car- 
los II,  que  confiere  á  los  jueces  de  la  Gran-Bretaña  facultad  discrecional 
«para  ejecutar  ó  deportar  durante  su  vida»  á  los  vagos  y  ladrones  del  Cuni- 
berland  y  del  Nortbumberlaud;  pena  la  última  aplicada  frecuentemente  de 


DE    AUSTRALIA.  ,  87 

una  manera  ilegal  hasta  el  reinado  de  Jorge  I,  en  cuya  época  se  extendió  su 
aplicación  reglamentándola.  Cuenta  el  historiador  Lingard^  que  durante  el 
de  Jacobo  II,  célebre  por  las  hazañas  de  Jeffreys  y  las  denuncias  de  Oatcs, 
la  deportación  y  aún  la  reducción  de  ciudadanos  ingleses  á  la  esclavitud  fué 
empleada  por  los  partidos  políticos  para  satisfacer  su  anhelo  de  represión  y 
de  venganza,  y  menciona  una  exposición  en  la  que  consta  que  hasta  sctcnlu 
personas  hablan  sido  detenidas  con  motivo  del  alzamiento  verificado  en  Sa- 
lisbury  por  Cordón;  las  cuales,  tras  de  un  año  de  dura  prisión,  habían  sido 
deportadas  á  América  y  vendidas  en  la  Barbada,  como  esclavos,  por  mil  y 
quinientas  libras  de  azúcar. 

En  1718  el  Parlamento  votó  un  bilí  que  disponía  la  deportación  ú  la 
América  septentrional  de  todo  individuo  condenado  á  más  de  tres  años  de 
detención;  medida  que  sí  no  fué  entonces  mal  recibida  por  los  colonos,  por 
el  auxilio  de  brazos  que  les  proporcionaba  ,  se  les  hizo  antipática  cuando  hi 
importación  de  negros  africanos  bastó  para  atender  á  aquella  necesidad.  El 
levantamiento  de  dichas  provincias  hizo  de  todos  modos  en  1784  imposible 
la  continuación  de  este  sistema  en  América  ,  y  como  los  penados  se  aglo- 
meraran en  las  prisiones  de  la  metrópoli,  esta  pensó  en  la  Australia,  que  no 
era  suya  como  hemos  dicho,  pero  á  cuya  exploración  acababa  de  contribuir 
en  gran  manera  el  célebre  marino  inglés  Cook.  Por  orden  del  Con- 
sejo de  6  de  Diciembre  de  1786,  el  capitán  Arthur  Philip  fué  nombrado  sin 
otra  formalidad  ,  ni  aun  la  de  dar  traslado  de  esta  disposición  al  goljierno 
holandés,  capitán  general  y  gobernador  jefe  del  territorio  denominado  Nue- 
va Gales  del  Sud;  y  en  13  de  Mayo  de  1787  se  daba  á  la  vela  desde  el  puerto 
de  Plymouth  el  primer  convoy  de  deportados  ,  compuesto  de  mil  cuarenta 
pasajeros  repartidos  en  once  buques.  En  18  de  Enero  del  año  siguiente  des- 
embarcaba este  triste  cargamento  en  Bgtany  Bay  ,  nombre  que  sin  razón 
ha  servido  como  de  lema  á  la  colonización  penal ,  pues  en  realidad ,  no  ha- 
llándose adecuado  aquel  sitio  para  el  objeto  ,  el  prhner  establecimiento  [)e- 
nal  se  fundó  á  diez  y  ocho  millas  de  aquel  púnt^  en  Port  Jackson,  donde 
en  '26  del  mismo  mes  eran  echados  los  cimientos  de  la  actual  ciudad  de 
Sidney.  Desde  entonces  periódicamente  ,  de  año  en  año  ,  siguieron  saliendo 
de  los  puertos  de  Inglaterra  convoyes  de  hombres  mayores  de  edad  ,  de  ni- 
ños y  mujeres  menores;  lo  cual  no  excluía  la  colonización  libre,  antes  estaba 
enlazado  con  ella,  consignándose  por  vía  de  auxilio  á  los  colonos  de  esta  úl- 
tima procedencia  los  penados  que  podían  alimentar  y  emplear.  Hasta  1792 
el  número  de  los  primeros  fué  sin  embargo  muy  corto,  pues  en  aquella  fe- 
cha no  existían  en  la  Nueva  Gales  del  Sud  más  que  sesenta  y  siete  colonos 
libres,  que  poseían  3.400  acres  de  tierra,  de  los  cuales  solamente  100  ha- 
bían sido  roturados. 

Como  no  tuviese  Inglaterra  muy  tranquila  la  conciencia  acerca  del 
titulo  y  del  derecho  con  que  se  posesionaba  del  continente  austral,  procuró 


88  ■  LAS  COLONIAS 

desde  el  principio  con  hábil  política  extender  sus  establecimientos  á  lo  largo 
de  las  costas ,  ya  para  justificar  la  plena  ocupación,  ya  para  impedir  que 
otro,  con  el  mismo  título  que  ella ,  viniera  á  establecerse  al  lado  suyo;  con 
cuyo  objeto  sucesivamente  se  instaló  en  las  islas  Infernales  ó  de  Norfolk, 
en  la  de  Van-Diemcn  en  ISOi ,  en  la  isla  de  Tasman,  en  Puerto  Macquaric 
y  en  Moretón  Bay,  arrojando  en  todas  estas  partes  sus  convictos  ó  penados 
para  ir  cerrando  la  costa  á  cualquiera  otra  potencia  europea. 

Si  bien  la  colonización  penal ,  ya  desacreditada  y  juzgada  en  la  misma 
Inglaterra,  no  ha  influido  si  no  en  una  proporción  mínima  en  la  general  de 
Australia,  no  podemos  dispensarnos  de  decir  algo  sobre  ella.  El  cqnvklo 
ó  pecado,  á  partir  de  su  condena  en  la  metrópoli,  se  hallaba  en  las  siguien- 
tes situaciones:  1."  En  expectación  de  (^mbarquc  en  los  pontones.  2.'  So- 
metido á  vigilancia  púbhca  á  su  arribo  a  la  colonia.  5.'  Alistado  en  las  cuer- 
das ó  expediciones  al  punto  á  que  se  le  destinaba.  4."  Asignado  á  un  colono 
libríi  en  calidad  de  trabajador,  empleado  y  alimentado  por  él  sin  retribución 
alguna.  Si  la  conducta  del  penado  era  buena  y  daba  esperanzas  de  su  cor- 
rección, aflojaba  el  rigor  de  la  ley  y  mejoraba  paulatinamente  su  situación 
en  los  estados  siguientes  :  1."  Autorización  (^r¿c/¿eí  o/" /mt^ej  para  contratar 
por  sí  mismo  sus  servicios  con  un  colono  libre ,  recibiendo  parle  ó  el  todo 
de  su  salario.  2.°  Gracia  condicional  ó  absoluta,  o."  Emancipación  en  la  co- 
lonia, pero  con  prohibición  siempre  del  regreso  á  la  metrópoli  (I  . 

En  ningún  otro  país  ni  en  ningún  tiempo  se  ha  ensayado  tan  melódica 
y  conslante;nente,  y  tan  en  gran  escala,  el  sistema  penal  de  la  deportación 
como  en  la  Australia:  los  criminalistas  ingleses  deben,  por  consiguiente,  ser 
autoridad  en  la  materia,  como  quien  se  halla  en  aptitud  der  juzgar  de  ella 
por  experiencia.  A  primera  vista,  el  sistema  ofrece  no  pequeñas  ventajas, 
porque  parece  que  atiende  á  los  tres  fines  de  garantir  Ja  seguridad  social  de 
las  empresas  de  criminales  empedernidos,  de  procurar  su  corrección  por 
medio  del  trabajo  hasta  hacerlos  miembros  útiles  de  una  sociedad  nueva,  y 
de  servirse  de  sus  brazos  nara  fundar  colonias  ó  prolongacionesde  la  madre 
patria  en  países  lejanos.  Parece  hasta  barato,  puesto  que  el  Estado  ahorra 
gastos  carcelarios.  Esta  ilusión  fué  la  que  primero  perdió  la  Inglaterra,  quien 
pudo  convencerse  muy  pronto  de  que  el  sistema  de  Ja  colonización  penal 
era  enormemente  caro.  Tampoco  facilitaba  la  corrección  de  los  convictos, 
como  lo  prueba  la  estadística  criminal  de  Australia  durante  el  tiempo  en  que 
sus  colonias  recibieron  los  convoyes  de  penados,  la  cual  puede  dejar  blanco 
como  la  nieve  al  país  europeo  que  en  el  mapa  de  la  criminalidad  ocupe  el 
lugar  más  oscuro;  y  lo  peor  era  que,  sin  facilitar  la  corrección  del  convicto, 
corrompía  al  colono  libre  que  se  hallaba  en  contacto  con  él,  imprimiendo  al 
mismo  tiempo  sobre  la  colonia  toda  una  mancha  que  no  pudo  ser  tolerada 


(1)  "  Blossevilk  (le  marqiús  de)  Histoire  de  la  colonimtíon  pénale. 


DE  AUSTRALIA.  89 

cuando  la  emigración  libre  se  bastó  á  si  propia.  A  decir  verdad,  la  coloniza- 
ción penal  en  Australia  careció  de  un  elemento  que  tampoco  tuvo  nunca  la 
libre  en  abundancia,  y  sin  el  cual  toda  empresa  de  arpiella  clase  es  muy  di- 
fícil; el  elemento  esencial  de  la  familia,  por  la  falta  relativa  de  la  emigra- 
ción femenina,  hecho  que  influyó  en  gran  manera  en  los  vicios  y  caracteres 
de  los  penados,  dificultando  en  extremo  su  corrección;  mas,  por  otra  par- 
te, si  al  convicto  le  hubiera  aguardado  en  Australia  juntamente  con  el  tra- 
bajo en  libertad  y  la  perspectiva  de  la  emancipación,  la  familia,  ¿hubiera 
podido  llamarse  propiamente  penal  este  sistema?  ¿hubiera  inspirado  en  la 
metrópoli  el  efecto  saludable  que  el  nombre  de  «Botany  Bay»  inspiraba? 

líl. 

La  colonización  penal  no  ha  sido  más  que  un  episodio  en  la  historia  de 
Australia,  la  cual  no  hubiera  llegado  aflamarla  atención  del  munda  ni  á  pros- 
perar tan  rápidamenre  como  desde  18'24  ha  prosperado,  sin  la  emigración 
libre,  verdadera  fuente  de  su  población  y  de  su  actual  riqueza.  Al  princi- 
pio, cbmo  hemos  dicho,  ambos  sistemas  coexistieron.  El  colono  libre,  tras- 
portado desde  la  metrópoli  por  cuenta  del  Estado,  alimentado  y  vestido  por 
los  almacenes  públicos  durante  diez  y  ocho  meses,  á  partir  del  momento  en 
que  tomaba  posesión  de  las  tierras  que  le  fueran  concedidas,  provisto  del 
mismo  modo  de  ganado,  semillas  é  instrumentos  de  trabajo,  recibía  como 
uno  de  los  últimos  los  penados  que  se  hallaba  en  situación  de  emplear. 
Así  fueron  vencidos  Ips  grandes  obstáculos  que  el  país  oponía  alas  primeras 
empresas  de  la  colonización;  así  pudo  roturarse,  por  ejemplo,  y  sanearse  el 
terreno  que  hoy  ocupa  la  ciudad  de  Sidney,  luchando  con  tantas  dificultades, 
que  sin  el  trabajo  forzado  de  veinticinco  años  no  hubiera  sido  posible  con- 
seguirlo. La  colonización  libre  alcanzó,  además,  conforme  al  sistema  de  In- 
glaterra, el  derecho  municipal,  los  derechos  políticos,  y  en  general,  los  de . 
las  sociedades  regularmente  constituidas.  Desde  entonces  no  era  fácü  que 
ambos  sistemas  coexistieran:  y  en  efecto;  á  partir  de  1824  en  que,  abando- 
nado el  primitivo  método  de  concesiones  gratuKas  de  tierras  y  de  colonización 
subvencionada  la  libre  adquirió  notable  desarrollo,  las  provincias  de  Aus- 
tralia juzgaron  incompatibles  su  decoro  y  su  porvenir  con  el  carácter  de 
colonia  penal,  y  pugnaron  por  quitarse  de  encima  tan  fea  nota.  No  tardó 
en  auxiliarlas  la  opinión  pública  en  la  metrópoli,  y  en  1858  el  sistema  de  la 
deportación  era  ya  condenado  en  el  parlamento  inglés  por  insuficiente,  por 
corruptor  del  convicto  y  del  colono,  y  como  excesivamente  oneroso.  En  22 
de  Mayo  de  1840  fué  prohibida  la  deportación  á  la  Nueva-Gales  del  Sur  (1), 


(1)    Esta  colonia,  durante  mucho  tiempo  la  iinica  de  Australia  y  matriz  de  las  de- 
más, había  recibido  en  aquella  época  83. 000  penados. 


90  LAS  COLONIAS 

si  bien  podia  continuar  en  las  localidades  en  donde  no  existieran  colonos 
libres,  á  condición  de  queja  pena  no  liabia  de  durar  menos  de  dos  años,  ni 
más  de-quince.  Penitenciarios  especiales  debian  ser  establecidos  en  Norfolli 
Tasmania. 

En  el  nuevo  sistema  que  reemplazó  al  de  la  deportación  de  los  pena- 
dos de  todas  clases,  la  extinción  de  la  condena  se  realizaba  en  toda  su  dura- 
ción en  la  metrópoli  en  dos  períodos;  el  celular  y  el  del  trabajo  forzado  en 
común,  y  la  primera  quedó  reservada  únicamente  para  los  condenados  á 
mucbos  años  y  para  los  reincidentes.  Aun  así  las  colonias  inglesas  libres 
se  opusieron  á  su  continuación,  singularmente  la  del  Cabo  de  Buena  Espe- 
ranza, que  en  18i9y  fundándose  en  los  tratados  dio  la  señal  déla  resisten- 
cia y  de  la  formación  de  lo  que  se  llamó  Anti  convict  association  recliazau- 
do  el  desembarco  de  un  convoy  de  convictos  que  se  vio  obligado  á  volver 
al  punto  de  partida.  Su  ejemplo  fué  seguido  por  las  de  Australia,  que 
viva  y  constantemente  representaron  á  la  metrópoli  contra  el  envío  de 
penados  ni  aún  dentro  de  las  condiciones  que  le  limitaban  desde  1838.  Sus 
clamores  fueron  al  fin  atendidos  por  Inglaterra,  donde  en  14  de  Febrero 
de  1858  Lord  John  Russell  manifestaba  al  Parlamento  el  propósito  del  go- 
bierno de  renunciar  á  todo  envío  de  convictos.  Solamente  la  Australia  occi- 
dental, falta  de  brazos  por  efecto  del  mal  sistema  allí  aplicado  en  la  conce- 
sión de  tierras,  reclamó  contra  aquella  medida  que  la  privaba  de  la  emigra- 
ción forzosa  y  continuó  recibiendo  penados  sin  que  por  eso  mejorase  su 
suerte. 

Y  todavía  entre  los  elementos  que  han  concurrido  á  la  formación  de  la 
.  Australia  contemporánea,  tenemos  que  distinguir,  aún  después  de  elimina- 
da la  emigración  forzosa,  entre  otros  dos  de  nuiy  distinta  eficacia;  entre  la 
colonización  asistida  ó  protegida  y  subvencionada  por  la  metrópoli  y  la  co- 
lonización libre,  llevada  á  cabo  con  solos  los  recursos  de  aquella.  Ya 
hemos  visto  que  la  primera  se  funda  en  la  concesión  gratuita  de  tierras, 
asi  como  en  el  trasporte  gratuito  del  colono  y  en  auxilios  que  el  Estado  le 
prodiga;  sistema  que  puede  ser  útil  en  países  con  escasas  condiciones 
para  atraer  la  emigración  voluntaria  y  que  las  naciones  latinas  han  aplicado 
con  preferencia,  pero  que  es  inferior  á  no  dudarlo  al  de  la  venta  de  las 
tierras  que  exige  en  el  colono  la  preciosa  garantía  de  aptitud  y  vocación  de 
un  pequeño  capital,  que  le  deja  en  libertad  respecto  del  Estado  y  le  asegu- 
ra desde  luego  la  dignidad  de  ciudadano.  Examinando  el  primero  de  esos 
sistemas  en  sus  condiciones  más  favorables,  que  son  las  de  concesiones  con- 
dicionales y  de  terrenos  de  no  gran  extensión,  un  economista  contemporá- 
neo (1)  expone  las  siguientes  reflexiones.  «Este  régimen  no  produce  mejores 
resuUados  que  el  precedente  (el  de  las  concesiones  en  grande):  en  primer 


(1)     Mr.  J.  Courcelle  Seneuil,  Traite  d'economie  polUique,  tom.  11, 


DE   AUSTRALIA.  91 

lugar,  porque  la  autoridad  que  determina  la  exti^nsion  y  situación  de  las 
concesiones,  rara  vez  se  inspira  en  sanas  consideraciones  económicas:  con- 
cede á  la  ventura,  sin  examinar  antes  si  los  colonos  tendrán  ó  no  mercado 
para  sus  productos,,  si  las  tierras  que  caben  en  suerte  á  cada  uno,  se  hallan 
situadas  á  su  gusto^  proporcionadas  á  sus  fuerzas,  conformes  con  sus  apti- 
tudes: decreta  el  establecimiento  de  aldeas  y  de  grupos  de  población  en 
donde  las  necesidades  económicas  no  los  requieren;  construye  casas  simé- 
tricas y  alineadas  que  desagradan  á  los  habitantes.  En  segundo  lugar,  y 
esle  es  el  peor  inconveniente  del  sistema,  el  colono  no  es  propietario  in- 
conmutable; posee  á  titulo  precario  y  no  puede  apartarse  de  las  condicio- 
nes que  le  han  sido  impuestas;  y  como  se  halla  siempre  expuesto  á  ser  des- 
poseido,  no  puede  emplear  sin  re})aro  ni  cortapisa  en  la  tierra  un  trabajo 
cuyos  frutos  pueden  serle  arrebatados:  su  situación  es  tanto  más  incierta 
cuanto  que  la  autoridad  que  le  impone  condiciones  y  le  hace  anticipos  se 
ve  obligada  á  mantener  en  la  colonia  agentes  asalariados,  que  la  representen 

y  que  exijan  del  colono  el  cumplimiento  del  contrato lo  cual  facilítalos 

abusos  y  es  obstáculo  al  progreso  de  la  colonización.» 

El  ejemplo  de  Australia  comprueba  la  verdad  de  las  anteriores  obser- 
vaciones críticas:  mientras  prevaleció  el  sistema  de  concesiones  gratuitas  y 
de  colonización  subvencionada  ,  assisted,  la  emigración  fue  escasa  y  más  de 
individuos  aislados,  que  de  familias  con  algún  capital  y  con  intención  de 
stiblecerse;  mis  cuando  á  aquel  sistema  reemplazó  el  americano  de  venta  de 

las  tierras  y  de  emigración  libre,  unnassisted,  la  coloni  zacion  cambió  de 

aspecto  y  progresó  rápidamente. 

Faltaba  algo  todavía  á  este  método  para  ser  el  de  los  Estados-Unidos, 
modelo  de  sencillez  y  de  baratura.  Desde  luego,  en  vez  de  los  veinticinco 
reales  que  allí  cuesta  el  acre  de  tierra  costó  en  Australia  una  libra  esterlina, 
precio  harto  subido ;  pero  además  se  aplicó  en  la  última  la  combinación 
discurrida  por  Mr.  Wakefield,  que  dio  nombre  al  sistema,  según  el  cual, 
con  el  producto  de  las  tierras  vendidas  ,  se  formó  un  fondo  permanente  y 
progresivo,  destinado  á  estimular  la  emigración  sin  pedir  nada  al  tesoro 
de  la  metrópoli;  fondo  que  una  Comisión'  administraba  en  la  última.  Al 
mismo  fin  contribuye  otra  combinación  ingeniosa,  en  virtud  de  la  cual,  los 
ahorros  del  colono  aprovechan  á  los  ausentes,  depositándolos  aquel  en  una 
caja  pública  y  designando  los  parientes  ó  amigos  á  favor  de  los  cuales  quie- 
ra que  se  aplique  como  precio  del  pasage  :  estos  son  advertidos  por  la  Co- 
misión de  emigración  de  la  metrópoli,  y  usan  de  la  cantidad  que  han  ad- 
quirido. Merced  á  este  sistema  y  á  partir  de  1824  la  emigración  no  aubven- 
cionáda  {unnassisted)  se  sobrepuso  á  la  que  se  veriíicaba  por  iniciativa  del 
Estado,  y  fué,  aún  antes  del  descubrimiento  de  las  minas  de  oro  en  1851,  la 

principal  fuente  de  población  y  de  prosperidad  de  estas  colonias. 


92  LAS  COLONIAS 


IV. 


Poderoso  aliciente  á  la  inmigración  encontró  la  Australia  en  1851  en  la 
minas  de  oro  descubiertas  en  las  cercanías  de  Melbourne,  precisamente  en 
la  época  en  que  la  explotación  de  aquel  metal  en  California  acababa  de 
producir  una  verdadera  calentura  en  Europa  y  en  la  que  más  se  sentia  la 
necesidad  de  aumentar  el  numerario  circulante  para  atender  á  la  cons- 
trucción de  los  ferro-carriles,  cuyo  desarrollo  coincidió  con  aquel  descubri- 
miento, sin  el  cual  no  hubiera  probablemente  sido  tan  rápido. 

La  influencia  de  la  producción  del  oro  en  la  suerte  y  progreso  de  las  co- 
lonias de  Australia  se  ha  exagerado  sin  duda,  pues  ni  todas  ellas  poseen 
minas  de  aquel  precioso  metal,  ni  el  aumento  de  la  emigración  comenzó 
entonces,  ni  toda  la  que  pasó  á  dichas  provincias  se  estableció  en,  ellas, 
siendo  por  el  contrario  el  carácter  de  este  elemento  de  la  primera  una  gran 
movilidad.  Mas  no  se  puede  negar  que  la  sed  de  oro,  maldecida  por  el  poe- 
ta, que  tantas  maravillas  ha  realizado,  que  llevó  á  Marco  Polo  á  la  India, 
que  impulsó  á  los  portugueses  á  doblar  el  Cabo  de  las  Tempestades, 
que  contribuyó  al  descubrimiento  y  trasformacion  del  Nuevo  Muíido,  ha  sido 
en  nuestros  dias  útil  á  la  Australia,  y  ha  servido  en  gran  manera  á  su  des- 
arrollo. 

Desde  1820  á  1828  aquellas  colonias  no  recibieron  más  que  algunos  cen- 
tenares de  emigrados  libres  ;  y  en  1828  y  1820  de  uno  á  dos  mil  de  los 
mismos;  pero  á  partir  de  la  última  de  estas  fechas,  la  inmigración  crece  rá 
pidamente  en  la  siguiente  proporción: 

Total  decenal.        Medio  decenal. 


1850  á  1851) 

•  55.274 

5.527 

1840  á  1849 

120.957 

12.695 

1850  á  1859 

498.557 

49.855 

678.748  (1) 

Estos  678.000  inmigrantes,  procedían  todos  del  Reino-Unido,  y  por  lo 
tanto  iiay  que  agregar  á  los  guarismos  del  anterior  estado  los   aventureros, 


(1)     Completaremos  estos  datos  tomados  de  la  obra  de  M.  J.  Duval,  ya  citada, 
los  siguientes  relativos  á  fechas  posteriores: 

1862 41.S43 

1863 53.054 

1864 40.943 

1865.  .• 37.293 

173.122 


DE    AUSTRALIA.  95 

que  en  número  considerable  acudieron  de  todas  las  partes  del  mundo  al  sa 
berse  el  liallazgo  de  las  minas  de  oro. 

De  la  producción  de  este  metal  en  la  sola  colonia  de  Victoria,  en  verdad 
mucho  más  rica  por  este  concepto  que  todas  las  otras  juntas,  darán  idea 
estos  dos  hechos:  en  la  Exposición  Universal  de  1802  en  Londres,  Victoria 
habia  representado  su  riqueza  aurífera  por  medio  de  una  pirámide  con 
igual  volumen  que  el  que  hubiese  tenido  la  cantidad  total  de  dicho  meta} 
extraído  de  sus  minas.  En  una  de  las  caras  de  esta  pirámide,  se  leía:  «Oro 
extraído  desde  1."  de  Octubre  de  1851  hasta  1.°  de  Octubre  de  18G1: 
25. 1G2. 455  onzas  troy.,  1.793.995  libras  peso,  800  toneladas.  Volumen 
1.492  li2  pies  cúbicos.  Valor  104.G49.728  líb.  st.,  2.G16.243.200francos.). 
En  18G7  la  misma  colonia  de  Victoria  celebró  en  Milbourne  otra  exposición, 
y  en  ella  la  columna  de  18G2  habia  crecido  hasta  representar  10  pies  cua- 
drados en  su  base,  y  62  li2  de  elevación,  ó  sean  2.081  pies  cúbicos  de  oro, 
con  el  enorme  valor  de  3.G51  millones  de  pesetas.  Algunas  de  las  minas  de 
esta  colonia  eran  tan  ricas,  que  el  famoso  Pozo  de  los  chinos,  descubierto 
por  individuos  de  esta  nación  que  desembarcaron  en  un  punto  poco  fre- 
cuentado de  la  costa  para  eximirse  del  tributo  impuesto  á  los  de  su  raza, 
rindió  en  pocas  horas  tres  mil  onzas  de  oro.  Al  cabo  de  una  semana, 
60.000  hombres  estaban  acampados  en  aquella  comarca  (1). 

A  pesar  de  estas  maravillas  que  recuerdan  el  país  de  Ofir  de  los  antiguos, 
y  el  Catay  y  el  Eldorado  de  los  modernos,  no  hubiera  Australia  adquirido  su 
actual  grado  de  cultura  y  prosperidad,  sí  no  hubiera  ofrecido  otros  alicientes 
de  rnénos  brillo,  pero  más  constantes  y- positivos  á  la  inmigración.  La  natu- 
ralización se  consigue  en  aquel  país  después  de  cinco  años  de  residencia 
mediante  una  suma  moderada,  y  sin  necesidad  de  este  requisito  cualquier 
extranjero  puede  comprar  y  vender  bienes  inmuebles.  El  pasaje  de  los  emi- 
grados de  Inglaterra  se  costea,  como  hemos  dicho,  en  parte  coh  el  produc- 
to de  la  venta  de  las  tierras  que  se  hace  en  pública  subasta  á  una  libra  ci 
acre,-  combinándola  con  la  facultad  de  adquirirlas  en  la  misma  metrópoli, 
pagando  á  la  Agencia  colonial  el  valor  de  un  lote  entero.  Por  otra  parte, 
el  derecho  de  primer  ocupante  concedido  respecto  de  las  tierras  que  no  han 
sido  medidas  y  reunidas  en  lotes,  permite  á  los  squatters  la  crianza  de 
numerosos  ganados  cuyas  lanas  han  hecho  popular  el  nombre  de  Austra- 
lia (2). 

El  colono  que  desea  hacer  venir  de  Inglaterra  á  un  pariente  ó  á  un  com- 
patriota, no  tiene  que  hacer  más  que  depositar  en  Australia  la  suma  preci- 


(1)  Australian  facts  and  prospeds,  by  Mr.  Horne,  London,  1859. 

(2)  El  origen  de  este  ramo  principal  de  la  riqueza  y  producción  australiense,  ftie» 
ron  ocho  carneros  y  ovejas  merinas,  importados  á  principio  del  siglo  por  un  solo  emi- 
grante, M.  Arthur, 


94  LAS  COLONIAS 

sa,  y  los  comisarios  de  la  emigración  en  la  metrópoli  se  encargan  de  cum- 
plir su  mandato:  si  se. limita  á  enviar  alguna  suma,  le  basta  depositarla  en 
las  cajas  públicas.  El  régimen  municipal,  basado  en  la  elección,  es  concedido 
á  anglo-sajones  y  extranjeros;  la  religión,  la  prensa,  la  asociación,  la  ense- 
ñanza, son  libres:  estas  instituciones  y  prácticas  son  las  que,  todavía  más 
que  las  minas  de  metales  preciosos,  han  facilitado  la  inmigración  europea 
en  Australia,  ó  han  retenido  la  que  el  oro  atrajera  á  pesar  de  los  no  peque- 
ños obstáculos  de  la  inmensa  distancia,  de  las  sequías  que  allí  alternan 
con  las  inundaciones,  de  las  calenturas,  del  precio  exhorbilanle  de  las  sub- 
sistencias y  de  las  crisis  mercantiles  y  obreras  (1). 

La  metrópoli  coopera  de  muy  diversos  modos  en  esta  empresa,  or?i  por 
medio  de  la  Comisión  de  Emigración,  que  adelanta  á  los  emigrantes  el 
precio  del  pasaje,  mediante  un  contrato  en  que  se  obliga  á  reembolsarla  por. 
mensualidades  que  su  futuro  patrono  retendrá  de  su  salario,  ora  de  un  modo 
más  eficaz  aún,  por  medio  de  muchas  sociedades  particulares  animadas  de 
sentimientos  filantrópicos  ó  de  patriotismo.  Algunas,  como  la  titulada  Can- 
terbury,  que  posee  grandes  propiedades  en  Nueva-Zelanda,  auxihan  á  la 
emigración  por  interés  propio.  En  1851,  al  recibirse  la  noticia  del  descu- 
brimiento de  las  minas  de  oro,  la  emigración  á  Australia  fué  por  mucho 
tiempo  un  asunto  capital  en  Inglaterra.  El  Parlamento,  la  prensa,  el  público 
se  ocupaban  con  predüeccion  de  aquel  continente;  se  organizaban  meetings, 
se  abrían  suscriciones,  se  formaban  sociedades  especiales.  Para  facilitar  la 
emigración  de  los  highlanders  de  Escocia  se  constituyó,  bajo  el  patronato 
del  principe  Alberto  y  de  los  principales  individuos  de  la  aristocracia,  una 
compañía  poderosa.  Los  centros  manufactureros  fueron,  sin  embargo,  los 
que  más  parte  tomaron  en  este  movimiento,  por  el  temor  que  tenían  de 
que  cesasen  las  remesas  de  lanas  de  Australia.  Algunas  Sociedades  tienen 
un  objeto  especial,  como  la  que  se  propone  reclutar  jóvenes  solteras,  prin- 
cipalmente criadas  y  costureras,  cuya  partida,  viaje  y  colocación  en  las  co- 
lonias patrocina;  otra  se  fundó  en  1853  bajo  el  patronato  de  los  más  ricos 
israelitas  de  la  City,  para  facilitar  la  emigración  de  los  individuos  de  esta 
religión;  y  una  mujer  célebre  en  Oriente  y  en  Inglaterra  por  su  caridad,  ac- 
tividad y  valor,  la  señora  Chilshom  ha  fundado  la  de  los  Préstamos  para  la 
colonización  por  la  famiUa,  después  de  haber  creado  en  Sidney  la  del  Asilo 
de  las  viajeras,  con  la  que  salvó  de  la  miseria  y  del  vicio  á  multitud  de 
emigrantes  jóvenes;  y  sin  r.ecursos  (2). 


(1)  El  mercantilismo  es  uno  de  los  vicios  y  males  de  Australia,  como  de  las  socie' 
dades  democráticas:  las  quiebras  en  la  sola  colonia  de  Victoria  sumaron  desde  1842  á 
1858  más  de  1.200  por  un  capital  enorme.  Las  huelgas  de  obreros  son  también  fre 
cuentes  y  dañosas. 

(2)  Jules  Duval,  en  la  obra  citada. 


81.711 

1.252 

90.219 

2.054 

G2.752 

1.52G 

2.955 

452 

4.879 

28 

196 

» 

)) 

505 

DE  AUSTRALIA.  95 

De  la  dirección  que  ha  tomado  aquella  comente  al  desembocar  en  Aus- 
tralia y  de  su  repartición  por  las  diversas  colonias,  según  estas  se  iban 
constituyendo,  da  una  idea  el  siguiente  estado,  aun  cuando  no  se  refiere  si- 
no á  la  emigración  subvencionada,  o  sea  la  que  se  verifica  por  medio  de  la 
Comisión  que  reside  en  Inglaterra. 

1847-1858.  1859. 

Nueva  Gales  del  Sur. 

Victoria , 

Australia  meridional 

Australia  occidental 

Tasmania.   , 

Nueva  Zelanda 

Queensland ,  .  .  .  . 

251.719  5.570 

El  curso  natural  de  esta  corriente  y  en  general  la  existencia  toda  de  las 
colonias  de  Australia  fueron  profundamente  alteradas  por  efecto  del  descu- 
brimiento deloro.  Todo  orden  gerárquico  se  trastorna  rápidamente  donde 
de  la  noche  á  la  mañana  el  jornalero  viene  á  ser  más  rico  que  el  colono  ó 
empresario  que  le  emplea,  y  esto  fué  lo  que  sucedió  en  aquellas  colonias, 
que  vieron  de  repente  alteradas  todas  las  relaciones  sociales.  La  profunda 
desorganización  que  aquel  suceso  engendró,  duró,  sin  embargo,  pocos 
años;  la  agricultura  recobró  por  medio  de  la  emigración  los  brazos  que  per- 
diera y  todo  volvió  á  su  antiguo  cauce,  aunque  hubo  momentos  críticos  en 
que  estallaron  sublevaciones  y  en  que  la  íuei^a  pública  se  vio  precisada  á 
intervenir;  pero  que  al  cabo  no  dejaron  otra  huella  más  que  la  de  cifras 
aterradoras  en  la  estadística  criminal. 

V. 

Hállase  dividida  la  Australk  en  siete  gobiernos  ó  colonias  distintas, 
que  son: 

En  el  continente: 

La  Nueva  Gales  del  Sur. 

Victoria. 

Australia  meridional. 

Australia  occidental. 

Queensland. 

En  las  islas: 

La  Tasmania  (Van  Diemen)  con  la  isla  de  Norfolk. 

La  Nueva  Zelanda. 


96  LAS  COLONIAS 

Examinaremos  rápidamente  la  formación  y  progreso  de  cada  una  de 
estas  colonias. 

Con  el  titulo  de  Statistical  regisler,  la  Nueva  Gales  del  Sur,  matriz  de 
todas  las  continentales,  publica  cada  año  un  volumen  de  datos  oficiales  que 
dan  á  conocer  su  situación.  El  último  tomo  de  esta  publicación  ha  visto  la 
luz  en  18G8,  y  se  refiere  al  año  anlerior.  De  sus  cifras  resulta:  que  la  po- 
blación de  la  Nueva  Gales,  que  en  1822  era  de  50.750  liabilantcs,  en  1867 
ascendía  á  447.620;  que  sus  rentas  públicas,  que  en  la  primera  de  esas  fe- 
chas no  sumaban  más  que  45.210  libras  esterlinas,  en  1867  llegaban  á 
2.034.490  libras,  y  que  las  tierras  cultivadas  eran  erí  1822,  45.514  acres,  y 
en  1867,  415.164.  El  progreso  en  cuanto  á  sus  producciones  no  es  menos 
notable,  lié  aqui  la  demostración: 

1822  1867 


Hulla  (toneladas)  (1) 780  770.012 

Lana  (libras)  (2) 172.880  21.708.902 

Sebo  (quintales)  (5) 883  32.711 

Oro  (onzas)  (4) »  060.611 

Las  escuelas,  que  en  1822  eran  solamente  54,  con  87  alumnos,  en*1867 
ascendían  á  1.180,  con  65,183.  El  comercio  exterior  de  importación  en  la 
primera  de  aquellas  épocas  era  de  500.000  libras,  y  en  la  segunda  de 
6.600.000,  y  el  de  exportación  de  100.000  libras  y  6.881.000  libras  res- 
pectivamente; aumento  prodigioso,  debido  en  su  mayor  parte  al  de  la  pro- 
ducción de  la  lana.  La  capital  de  esta  colonia  es  Sidney,  fundada,  como  he- 
mos dicho,  en  1788. 

Aún  más  admirable  ha  sido  el  progreso  de  la  colonia  de  Vicloria,  que  se 
constilayó  en  1836,  por  desmembramiento  de  la  Nueva  Gales.  Su  pobla- 
ción, que  en  aquella  fecha  era  solamente  de  177  habitantes,  se  elevaba  en 
31  de  Diciembre  de  1860  á  548.412  (5),  de  los  que  201.422  se  hallaban 
diseminados  por  los  distritos  auríferos.  La  emigración  sigue  llevando  á  esta 
colonia  anualmente  de  50  á  40.000  personas.  La  total  extensión  de  los  ter- 
renos vendidos  o  concedidos  desde  la  fundación  de  Victoria  era  á  fines  de 
1865  de  6.049.705  acres,  y  la  suma  realizada  por  medio  de  estas  ventas 
de  1.200 millones  de  reales  próximamente;  lo  que  da  porcada  acre  menos 


(1)  Tonelada.  =  1.015  kilogramos. 

(2)  La  libra  =  O  kilóg. ,  453, 

(3)  Quintal  =  457  küóg.,  8. 

(4)  La  onza  tiene  el  valor  de  la  española  próximamente.  El  acre  tiene  40  áreas  y  la 
libra  esterlina  25  pesetas. 

(5)  En  50  de  Junio  de  1866  ascendía  á  633.000  habitantes,  de  los  que  más  de  150.000 
corn-espondiau  á  Mclbourne,  capital  de  esta  colonia. 


DE  AUSTRALIA.  97 

de  200  reales.  De  la  producción  del  oro  en  esla   colonia  hemos  tratado  ya 
con  alguna  extensión. 

La  Australia  meridional  no  ha  necesitado  de  aquel  poderoso  incentivo 
para  prosperar;  su  agricultura  la  ha  bastado.  Constituida  en  provincia  au- 
fpnómica  en  1850,  en  1801  su  gobernador  podiacon  razón  vanagloriarse  de 
que  poseia  57  millas  de  ferro-carriles,  tres  faros  de  primer  orden,  otros 
l-antos  excelentes  puertos,  más  de  2.000  millas  de  caminos  ordinarios, 
400.000  acres  de  tierras  cultivadas,  000  millas  de  alambre  eléctrico  y  una 
población  que  en  seis  años  había  subido  desde  80.000  almas- á  130.000. 
Hoy  alcanza  la  última  la  cifra  de  109.000  habitantes,  de  los  que  la  mitad 
pertenecen  al  sexo  femenino,  circunstancia  muy  notable  y  ventajosa  en 
Australia.  La  capital  de  esta  colonia  es  Puerto  Adelaida,  fundada  en  1838. 
La  Australia  occidental  es  de  todas  estas  colonias  la  de  más  lento  desar- 
rollo; á  tal  punto,  que  ya  hemos  referido  que  se  ha  visto  obligada  á  pedir 
que  se  la  facilitara  el  auxilio  de  la  colonización  penal  que  las  otras  enérgica- 
mente rechazaban.  ' 

El  sistema  de  las  grandes  concesiones  de  tierras  á  los  primitivos  colonos 
la  ha  sido  fatal:  no  pudiendo  estos  cultivar  por  si  sus  propiedades  ni  arren- 
darlas, y  no  queriendo  venderlas  por  la  esperanza  de  que  subiesen  de  precio, 
la  tierra  permaneció  inculta;  y  cuando  al  fin  se  decidió  venderla  en  cortos 
lotes,  el  efecto  moral  estaba  causado  y  la  inmigración  libre  y  los  capitales 
huiande  ella.  La  primera  no  es  hoy  sino  de  22.743  habitantes  cuya  prin- 
cipal industria  es  la  agricultura.  Su  capital  es  Perth,  fundada  en  1829,  en 
ruyas  cercanías  se  halla  establecida  una  floreciente  colonia  prusiana. 

La  de  Queensland,  última  provincia  continental  de  Austrahase  llamó  pri- 
meramente de  Moretón  Bay  y  se  separó  de  la  Nueva  Gales  del  Sud  en  1859, 
fecha  que  marca  el  apogeo  de  las  tendencias  separatistas  de  estas  colonias, 
lía  progresado  rápidamente,  puesto  que  de  30.059  habitantes  que  contaba 
en  1801,  subió  en  1800  su  población  á  100.000.  Es  muy  rica  en  ganados, 
contando  más  de  ocho  millones  de  carneros  y  un  millón  de  reses  vacunas  y 
exportando  seis  millones  y  medio  de  kilogramos  de  lana  por  valor  de  97 
millones  de  reales.  Su  capital  es  Brisbane,  sobre  el  rio  del  mismo  nombre. 
Recientemente  se  ha  inU'oducido  con  muy  buen  éxito  en  esta  colonia  el  cul- 
tivo del  algodón. 

Se  diferencia  la  Tasmania,  colonia  marítima  de  Australia,  de  las  conti- 
nentales, en  que  mientras  estas  se  hallan  situadas  en  la  zona  caliente,  aque- 
lla lo  está  en  la  templada,  ofreciendo  su  clima  gran  analogía  con  el  de  Eu- 
ropa, lo  que  es  un  atractivo  más  para  la  emigración.  Fundándose  no  sólo  en 
su  antigüedad,  sino  también  en  sus  condiciones  naturales,  la  Tasmania  dis- 
pula  la  primacía  á  la  Nueva  Gales  y  á  Victoria.  Llamóse  por  mucho  tiempo 
Tierra  de  Van-Diemen,  y  es  su  capital  Hovar-ToAvn,  que  cuenta  muy  cerca 
de  100.000  habitantes.  Produce  más  que  consume,  sobre  todo  cereales  en 

TOMO   XIX. 


U  LAS   COLONIAS 

SUS  71.000  acres  do  tierras  cultivadas  y  lana¿  de  cerca  de  dos  millones  de 
cabezas  do  ganados  do  esta  clase.  Desde  1851  posee  un  Parlamento  inde- 
pendiente ven  ninguna  colonia  hay  más  actividad  administrativa  y  más  nio- 
vinnenlo  político,  ni  se  hallan  más  garantidas  y  practicadas  las  libertades  de 
la  prensa  y  de  asociación. 

l^a  Nueva  Zelanda  no  fué  ocupada  definitivamente  por  Inglaterra  hasía 
1841,  aunque  desde  dicha  época  ha  adelantado  mucho.  Tiene  un  Parlamen- 
to propio  que  ha  votado  varias  leyes  para  facilitar  la  venta  de  tierras  y  es" 
I  ¡mular  la  emigración;  la  cual  en  esta  colonia  tropezó  con  el  obstáculo  de 
una  población  indígena  numerosa.  Inglaterra,-  que  si  es  admirable  cuando 
se  trata  de  libre  y  expontánea  colonización,  es  en  cambio  fatal  á  las  ra. 
zas  indígenas,  que  ha  hecho  desaparecer  la  escasa  población  autóctona  de 
la  Australia  sin  que  ni  por  un  momento  se  la  ocurriera  que  estaba  obhgada 
á  conservarla  y  transformarla;  en  la  Nueva  Zelanda  se  consideró  desde  lue- 
go incompatible  con  los  primeros  y  tardó  poco  en  hacerles  cruda  guerra, 
Aq.í,  como  en  la  India,  las '  divisiones  de  estos  facilitaron  y  simplifica- 
ron la  tarea,  peleando  unos  con  otros  y  auxiliando  al  extranjero.  In- 
glaterra los  ha  despojado  de  sus  tierras  y  reducido  su  número  ])or 
las  jirivaciones  y  la  guerra  de  una  manera  horrible,  al  paso  que  aumentaba 
el  de  la  población  europea  que  de  20.707  habitantes  que  contaba  en  1851 
subia  en  Diciembre  de  1804  á  172.158,  sin  contar  11.075  almas  á  que  as- 
cendían los  militares  y  sus  familias.  El  gobierno  de  esta  colonia  es  el  repre" 
sontativo,  con  Ministerio,  Consejo  colonial  y  Cámara  baja.  Un  cabio  subma- 
rino la  uno  con  la  Australia  y  una  red  telegráfica  facilita  las  comiuiicacio- 
nes'cnlro  las  dos  islas  principales,  entro  las  que  forman  osla  provincia. 

VI. 

Tienen  entre  sí  las  colonias  de  AusLralia  grandes' analogías  y  algunas 
diferencias  que  las  dan  carácter  propio ,  si  bien  las  primeras  son  muchas 
más  en  número:  la  mayor  parte  de  a([uellas  no  obstante  su  juventud,  han 
pasado  por  todos  los  métodos  de  gobierno  conocidos;  desde  la  autocracia  de 
ios  primeros  gobernadores  responsables  solamente  ante  el  gobierno  metro- 
politico  hasta  el  sistema  democrático.  A  medida  que  el  número  de  colonos, 
en  particular  el  de  los  libres  aumentaba ,  la  autoridad  de  los  primeros  fué 
templándose  hasta  consentir  á  su  lado  un  Consejo  nombrado  por  ellos  ;  lra«; 
de  esta  concesión  viene  la  de  los  Consejos  en  parte  nombrados  y  en  part(í 
elegidos,  hasta  que  sobreviniendo  el  Acta  de  1850  y  constando  ya  á  las  co- 
onias  inglesas  de  la  Oceanía  que  la  metrópoli  renuncia  á  intervenir  en  sus 
asuntos  interiores  y  las  deja  en  completa  libertad,  se  fundan  rápidamente  y 
arraigan  las  instituciones  representativas,  con  gran  semejanza  en  sus  for- 
mas y  desarrollo. 


DE   AUSTRALIA,  09 

En  general;  hay  en  cada  colonia  un  gobernador  nombrado  por  la  Coro- 
na, verdadero  rey  holgazán ,  que  en  materia  de  abstención  y  de  pasividad 
reproduce  y  exagera  el  papel  que  la  reina  Victoria  representa  en  la  metró- 
poli. Sin  el  prestigio  que  al  trono  da  en  Europa  la  tradición  ,  rodeado  de 
una  sociedad  nueva  y  tan  dcmocrúlica  (jue  una  porción  de  la  misma  proce- 
de de  los  convktos  que  arrojó  de  su  seno  la  madre  patria,  no  pudiendo  con- 
ceder destinos ,  ni  repartir  sueldos  ,  ni  honores ,  y  siendo  él  en  realidad  lo 
único  transitorio  que  hay  en  la  colonia  ,  el  gobernador  en  las  de  Australia 
viene  á  ser  poco  más  que  un  vínculo  moral  entre  ellas  é  Inglaterra.  Log 
ministros  tienen  atribuciones  especiales,  una  misión  que  cumplir;  el  gober- 
nador no  cumple  la  suya  sino  cuando  se  abstiene  ,  y  los  colonos  le  res- 
petan tanto  más ,  cuanto  menos  se  ocupa  de  ellos.  En  cambio  disfrutan 
grandes  sueldos:  el  de  Victoria  50.000  duros  ,  el  de  Nueva  Gales  35.000, 
los  de  las  otras  colonias  20.000. 

Falta  á  las  últimas  para  ser  del  todo  democráticas  y  parecerse  más  á  los 
Estados-Unidos  que  á  Inglaterra  una  cosa  muy  importante,  el  sufragio  uni- 
versal que,  como  sucede  en  la  última  de  aquellas  naciones,  ha  sido  reempla- 
zado por  el  censo  electoral,  corto  para  los  electores  de  la  Asamblea  ó  Cá- 
mara baja  y  considerable  para  los  del  Consejo  legislativo  ó  Senado.  Porque 
todas  estas  colonias,  escepto  la  Australia  Occidental  que  conserva  el  Con- 
sejo del  gobernador,  tienen  como  la  metrópoli  sus  lores  y  sus  comunes,  re- 
producción ó  parodia  de  los  de  aqueha;  su  Cámara  de  Diputados  llamada 
Asamblea,  único  poder  real  de  la  colonia  ,  que  hace  y  deshace  ministerios, 
forja  y  discute  leyes  y  se  rige  en  general  por  las  costumbres  y  prácticas  de 
las  Cámaras  inglesas;  y  su  Cámara  alta  (Legistativa  Council)  que  tampoco 
puede  ser  disuelta  por  el  gobernador.  En  algunas  colonias  como  la  Nueva 
Gales  y  Queensland  los  miembros  de  esta  Cámara  son  en  parte  nombrados 
por  el  ministerio,  en  parte  elegidos;  y  donde  sus  funciones  no  son  vitalicias 
una  porción  de  los  titulare»  se  retira  cada  año. 

La  Tasmania,  Victoria  y  Australia  Meridional  se  apartan  de  aquel  método 
y  sus  senadores  son  todos  elegidos  por  cierto  número  de  años :  esta  última 
forma  es  la  que  prevalece  en  la  opinión  y  está  destinada  á  reemplazar  á  la 
primera  en  las  siete  colonias. 

No  es  todo  armonía  en  este  régimen :  aparte  del  abuso  de  la  facultad  le- 
gisladora y  de  la  instabilidid  de  las  leyes  y  de  los  Ministerios  que  caracteri- 
za el  sistema  político  de  las  colonias  de  Australia  ,  las  dos  Cámaras  alta  y 
baja,  se  hallan  á  veces,  como  sucedió  en  18G6,  en  disidencia  acerca  de  al- 
gún hill,  y  en  este  caso  careciendo  el  gobernador  de  la  facultad  que  en  In- 
glaterra tiene  la  Reina  de  nombrar  nuevos  pares,  el  conflicto  se  prolonga  y 
exacerba  entre  la  Cámara  elegida  por  los  ricos  y  que  representa  los  intere- 
ses territorirles  y  la  popular. 
Las  diferencias  entre  las  instituciones  de  las  siete  colonias  son  aún  pocas 


loo  LAS  COLONIAS 

y  versan  principalmente  sobre  materias  religiosas  y  de  enseñanza  relacio- 
nadas con  estas.  En  algunas  el  gobierno  auxilia  á  los  diversos  cultos 
con  subvenciones  directas,  mientras  que  en  otras,  como  la  Nueva  Galos 
y  la  Australia  meridional,  no  reconoce  ni  paga  culto  alguno:  en  Victoria  y 
Tasmania,  reconoce  y  auxilia  solameníe  á  las  iglesias  que  se  dirigen  á  él, 
]>ero  en  proporción  del  niimcro  de  sus  adberentes. 

Respecto  de  la  enseñanza,  algunos  de  los  datos  estadislicos  que  en  eslc 
articulo  liemos  insertado,  babrán  indicado  á  nuestros  lectores  la  atención 
que  á  su  aumento  prestan  las  colonias  australes  :  todas  ellas  votan,  en 
efecto,  grandes  sumas  para  aquel  objeto  y  en  todas  progresa.  La  diferencia 
de  religiones  y  dosisLcaias  en  esta  materia  opone  algunas  dificultades;  para 
abreviar  las  cuales  so  lia  discurrido  probibir  en  las  escuelas  toda  enseñanza 
religiosa  pasadas  las  diez  de  Ja  mañana  y  exceptuar  completamente  déla 
misma  á  los  niños  cuyos  padres  la  rebusen.  La  instrucción  pública  ba  es- 
lado  siempre  y  sigue  en  Australia  secularizada.  Mclbourne  y  Sidney  tienen 
Universidades,  sostenidas  en  parte  por  el  gobierno,  con  programas  parecidos 
á  los  de  la  de  Londres. 

Todo  esto,  junto  con  las  cuestiones  relativas  á  la  venta  de  las  tierras, 
suministra  pasto  á  los  debates  de  las  Cámaras,  á  las  discusiones  de  la  pren- 
sa y  ocupa  la  atención  pública,  pero  la  verdadera  guerra  de  opinión  en  las 
colonias  australes  la  expresan  los  gritos  bostiles  deprotection,  free-trade,  y 
la  bacen  proteccionistas  y  libre-cambistas.  La  mayor  parte  de  las  genera- 
ciones actuales  déla  Australia  procede  de  Inglaterra,  ba  vivido  en  Lon- 
dres, Mancbester,  Liverpool,  y  ba  participado  quizás  en  la  Liga  contra  las 
leyes  de  cereales;  no  es  por  lo  tanto  ignorancia  de  las  doctrinas  y  máximas 
libre-cambistas  lo  que  allí  proporciona  numerosos  partidarios  á  la  protec- 
ción, sino  la  idea  instintiva,  el  sentimiento  más  bien  que  en  la  población  obre- 
ra de  Australia  domina  de  que  debe  bastarse  á  si  misma,  y  que  faltará  algo 
á  las  colonias  para  tener  existencia  propia  en  tanto  que  no  se  encuentren 
en  ese  caso.  Otro  interés  muy  poderoso  también  les  guia;  el  de  procurar 
cu  la  colonia  trabajo  á  sus  deudos  y  parientes  de  Inglaterra,  á  quienes  en 
caso  de  tener  ocupación  y  salarios  que  ofrecerles,  barian  venir,  satisfacien- 
do al  mismo  tiempo  la  capital  necesidad  de  Australia,  que  es  la  de  brazos 
y  población:  «valen  más,  dicen  los  proteccionistas,  los  bombres,  mujeres  y 
niños  que  todas  las  teorías  económicas.»  Por  una  aspiración  análoga,  erró- 
nea, más  poderosa',  y  que  indica  la  rivabdad  que  comienza  entre  las  colo- 
nias, la  de  Victoria  ba  establecido  un  impuesto  anti-económico  sobre  el 
pan,  con  objeto  de  auxiliar  á  los  numerosos  colonos  que  quieran  roturar 
tierras  y  cultivar  cereales,  en  vez  de  apacentar  ganados,  á  sostener  la  te- 
mible competencia  de  la  Australia  meridional. 

Por  esta  breve  reseña  vemos  que  la  semejanza  entre  las  instituciones 
políticas  de  Australia  y  las  de  la  metrópoli  consista  más  en  la  forma  que 


DE  AUSTRALIA.  101 

en  Ja  esencia:  Australia  ha  tomado  todo  lo  de  Inglaterra,  menos  lo  conser- 
vadoi ,  menos  la  traJicion  y  el  prestigio  de  la  Gerona,  menos  la  aristocra- 
cia, menos  la  Iglesia  establecida,  menos  la  estabilidad  de  las  leyes  y  de 
los  gobiernos:  ahora  bien;  Inglaterra  menos  lo  conservador  no  es  Inglater- 
ra, sino  su  hijo  y  sucesor  los  Estados-Unidos.  Y  en  efecto;  al  paso  que  es- 
tos van  avanzando  por  la  Oceaníay  estableciéndose  en  varias  islas  del  Pa- 
cifico situadas  en  la  ruta  de  Europa  á  China  se  aproximan  á  Australia,  y 
que  la  línea  de  vapores  transpaci fieos  establecida  entre  la  última  y  el  istmo 
de  Panamá,  y  la  terminación  del  gran  ferro-carril  que  une  á  Nueva- York 
con  Sím  Francisco  facilitan  las  comunicaciones  de  ambos  pueblos.  Jas  in- 
fluencias del  primero  en  el  último  se  dejan  sentir  cada  vez  más,  y  determi- 
nan la  completa  trasformacion  desús  instituciones  políticas  en  democráticas, 
ó  para  hablar  con  propiedad,  en  republicanas.  Falta  muy  poco  á  las  colo- 
nias australes  para  ser  otras  tantas  repúblicas,  y  ese  paso,  no  oJjstaute  eJ 
alborozo  con  que  aJlí  lia  sido  recibido  el  hijo  de  la  reina  Victoria,  duque  de 
Edimburgo,  cualquier  suceso,  la  menor  ocasión  puede  hnpulsarlas  á  an- 
darlo. 

La  metrópoli,  por  su  parle,  parece  hallarse  preparada  a  ese  suceso  des- 
de hace  más  de  veinte  años.  El  Estado  en  Inglaterra  ha  sido  siempre  res- 
pecto de  Australia  poco  menos  indiferente  que  lo  fué  Holanda  en  el  siglo 
y  medio  que  nominalmente  dominó  en  los  países  descul)iertos  por  Tasman. 
El  acta  de  1850,  que  al  reconocer  la  separación  de  Puerto  Philip  de  la 
Nueva  Gales  y  su" erección  en  colonia  autonómica  con  el  nombre  de  «Victo- 
ria,» formuló  en  el  terreno  legal  la  doctrina  de  la  abstención  de  Inglater- 
ra en  los  asuntos  y  régimen  de  dichas  colonias  y  la  autonomía  de  las  mis- 
mas, no  hacia  más  que  interpretar  los  hechos.  En  las  raras  ocasiones  eu 
que  las  circunstancias,  han  exigido  en  Australia  la  concentración  del  poder, 
los  goljernadorcs  han  recibido  orden  de  consultar  á  los  habitantes  más  no- 
taJjJes  y  de  tener  muy  en  cuenta  su  opinión:  todo  parece  indicar  que  eJ  go- 
bierno británico  no  sólo  se  conformará,  sino  que  prepara  y  casi  desea  la 
emancipación  de  las  colonias  australes,  á  las  ipie  no  considera  más  que 
como  un  respiradero  á  la  poJjlacion  exhuberánte  de  la  Gran  Bretaña,  y  como 
un  mercado  para  sus  manufacturas;  caracteres  ambos  que  la  experiencia  ha 
demostrado  que  se  desenvuelven  en  determinadas  condiciones  aún  más  fá- 
cilmente con  el  auxilio  déla  independencia  que  con  la  sumisión  ala  madre 
patria. 

Inglaterra  hemos  dicho  en  otra  parte  puede  pensar  así,  porque  posee 
más  de  cinco  millones  de  millas  cuadradas  de  colonias,  pobladas  por  200 
millones  de  habitantes,  una  inmensa  red  estendida  por  todo  el  globo  de  es- 
taciones mercantiles  y  militares,  y  porque  las  más  ricas  y  de  mayor  porve- 
nir de  esas  colonias  han  sido  formadas  por  una  reciente  emigración  británi- 
ca,   que  conserva  los  gustos,  hábitos  y  aí'ectos  que  tenia  en  la  metrópoli, 


102  LAS   COLONIAS    DE   AUSTRALIA. 

y  que  son  oíros  tantos  vínculos  morales  y  materiales  entre  los  pueblos.  E 
gobierno  inglés,  además,  nadaba  liecbo  por  las  colonias  australes  más  que 
verter  en  ellas  la  escoria  de  la  población  europea,  y  en  rigor  nada  puede  pe- 
dirlas: aquellas  se  ban  formado  por  sí  solas,  sin  sacriíicios  ni  esfuerzos  de  la 
metrópoli,  á  la  que,  por  el  contrario,  ban  sido  de  suma  utilidad. 

Su  independencia  estaría,  pues,  en  algún  modo  justificada,  no  solamente 
por  dicbas  singulares  circunstancias,  sino  también  por  otra  consideración 
muy  poderosa,  pues  cuando  llegue  aquel  caso,  las  colonias  australes,  cuyo 
rápido  desarrollo  acabamos  de  ver,  que  no  cesan  de  recibir  la  corriente  vi- 
vificadora de  la  emigración  de  su  propia  raza,  con  sus  propios  idiomas,  vín- 
culos y  costumbres  se  hallarán,  ó  tardarán  muy  poco  en  encontrarse  en 
situación  de  formar  una  nacionalidad  fuerte,  verdaderamente  independíente, 
capaz  de  defenderse  sin  ageno  auxilio  y  libre  de  enemigos  exteriores  por  la 
posición  que  ocupará  en  el  globo. 

Con  esas  circunstancias  la  emancipación  es  un  hecho  natural,  como  la 
del  hijo  que  alcanza  la  mayor  edad.  Sin  ellas,  ni  Inglaterra  que  ha  hecho 
grandes  sacrificios  para  conservar  la  India,  la  consentiría  probablemente,  ni 
la  población  australiense,  que  está  dotada  del  buen  sentido  propio  de  la  raza 
anglo-sajona,  y  que  no  da  muestras  de  querer  precipitar  el  momento  de  la 
ruptura  del  vinculo  legal  con  la  metrópoli,  pensaría  en  lanzarse  á  una  exis- 
tencia azarosa,  en  laque  en  vez  de  gloria  y  porvenir,  no  hallaría  masque  la 
tumba  de  su  honra  y  de  su  prosperidad. 

Joaquín  Maldonado  Macanáz. 


DE  LOS  MORISCOS 


QUE    PERMANECIERON 


EN  ESPAÑA,   DESPl'ES  DE  LA  EXPULSIÓN  DECRETADA  POK  FELIPE  III. 


Por  donde  quiera  que  se  abra  el  libro  de  nuestra  historia,  aparecen  pá- 
{íinas  brillantes 'de  abnegación  y  de  heroismo,  empeñadas  lides  por  la 
libertad  y  la  justicia,  victorias  increíbles  sobre  enemigos  poderosos,  mucha 
labor  y  esfuerzo  singularísimo  para  organizarse  en  lo  interior,  generosidad 
con  los  pueblos  extraños,  no  perdonar  desvelo  para  extender  la  cultura 
civil  y  la  doctrina  del  Salvador  del  mundo  por  todos  los  ámbitos  de  la 
tierra^  el  posponer  la  vida  al  interés  de  la  patria^  los  bienes  mundanos  á  la 
honra  de  la  religión;  hechos  que  esmaltan  la  corona  de  nuestro  glorioso 
pasado. 

Mas  con  ser  recibido  universalmente  el  subido  precio  de  la  historia  de 
España,,  todavía  la  deslustran  con  harta  frecuencia,  aun  á  los  ojos  de  va- 
rones (jue'  logran  fama  de  entendidos,  inexactitudes  de  bulto^  errores 
lamentables  y  gravísimas  preocupaciones. 

Hubo  un  tiempo  en  que  parecía  vinculado  en  la  patria  de  Luis  Vives, 
de  los  Herreras  y  de  los  Mendozas  el  cetro  de  los  destinos  europeos;  aspi- 
ración fué  de  nuestra  política,  no  menos  que  de  nuestra  literatura  y  de 
nuestro  arte  durante  la  décimasesta  centuria,  el  pasear  el  estandarte  de  la 
civilización  por  todo  el  orbe,  empresa,  aunque  atrevida,  disculpable  en  la 
nación  que  había  reconocido  por  pnmera  vez  con  sus  bajeles  la  unidad  de 
nuestro  planeta,  que  medía  un  arco  de  meridiano  con  Nebrija  y  levantaba 
con  Esquivelel  mapa  geodésico  de  la  Península,  donde  tomaban  aliento  em- 
presas tipográficas  como  la  una  y  la  otra  Poliglota,  y  artísticas  como  el  mo- 
nasterio del  Escorial.  En  aquellos  días  de  gloria  para  España,  ejercía  nuestra 
patria  un  verdadero  principado  sobre  el  resto  de  las  naciones  del  mundo, 


104  DE  LOS  MORISCOS. 

l,is  cuales  recibian  é  imitaban  sus  ideas,  formas  artísticas  y  hasta  sus  modas 
y  Mvólidades;  pero  decaida  de  aquella  grandeza,  tornóse  la  autoridad  en 
desprestigio  que,  engendrado  á  lo  primero  por  el  encono  y  continuado 
después  con  manifiesta  injusticia,  representó  la  intolerancia  española  cual 
océano  de  sangre  y  noche  de  tinieblas,  en  tanto  que  se  daban  al  olvido 
las  crueldades  de  Calvino  con  Servet,  la  de  Sommerset  con  los  catóhcos, 
las  de  Carlos  IX  y  de  Luis  XIV  con  los  míseros  reformados. 

Contra  el  rigor  de  tales  imputaciones  depone  altamente  la  conducta  de 
Felipe  II  y  Felipe  III,  de  Felipe  IV  y  de  Carlos  II  con  los  idólatras  ameri- 
canos y  con  los  chinos  y  sangleyes,  la  cual  bastaría  á  contrarestar  tan 
infundadas  prevenciones,  sí  no  estuviese  averiguado  que,  aun  en  el  cora- 
zón de  la  Península  la  severicjad  de  la  Inquisición  española  sólo  se  distin- 
guía de  la  usada  ordinariamente  por  el  mismo  tribunal  en  otras  naciones 
del  Catolicismo,  en  cuanto  á  haber  recibido  en  alto  grado  las  aficiones, 
odios  y  condiciones  ordinarias  del  carácter  de  nuestros  españoles. 

Porque  es  lo  cierto,  que,  hermanada  dicha  institución  con  las  inclina- 
ciones de  un  pueblo  que  durante  su  largo  comercio  con  los  árabes,  había 
aumentado  su  aversión  á  los  deicídas  hebreos,  anatematizados  una  y  otra 
vez  en  el  Corán  como  matadores  de  profetas,  hizo  más  adelante  en  ellos  y 
en  los  herejes  reformados  el  blanco  principal  de  sus  persecuciones,  mos- 
trándose en  comparación  exiguo  el  número  de  islamitas  en  que  ejercitó  su 
rigor,  y  esto  en  el  trance  de  durísima  necesidad,  á  efectos  de  sobra  de  ar- 
rogancia ó  falta  imperdonable  de  prudencia  por  parte  de  los  perseguidos. 

Ni  podía  ser  de  otra  manera,  dados  los  antecedentes  de  la  política  españo- 
la á  contar  desde  los  tiempos  medios.  Porque,  dejada  aparte  la  variable  con- 
ducta de  los  cristianos  en  los  primeros  días  de  la  reconquista,  inspirados 
alternativamente  hacia  los  muslimes,  ora  por  el  encono  de  sentimientos 
vengativos,  ora  por  el  temor  de  duras  represalias,  fenómeno  es  digno  de 
no  poca  consideración  el  nacimiento  de  un  sistema  de  general  tolerancia  en 
los  momentos  en  que  prepondera  definitivamente  el  cristianismo  en  la  Pe- 
nínsula, tolerancia  que  no  puede  ponerse  en  tela  de  juicio,  á  partir  de  las 
capitulaciones  de  Cea,  otorgadas  por  D.  Fernando  I,  origen  histórico  de  la 
libertad  religiosa  de  los  muslimes  en  los  dominios  castellanos  (1).  Ellas,  con 


(1)  Eu  ua  trabajito,  impreso  poco  há  sobre  este  asunto,  se  nos  liace  cargo  porque  uo 
seguimos  al  autor  anónimo  designado  bajo  la  denominación  de  El  S 'dense,  ni  en  la  fecha 
ni  en  las  circunstancias  del  mencionado  suceso,  al  señalar  su  importancia  en  nuestra 
memoria,  premiada,  "Estado  social  y  políticode  los  Mudejares  de  Castillan  alirmando  el 
Aristarco  i)»ra  justiñcar  la  inculpación  que  /os  escritores  todos  defieren  al  testimonio  del 
¡■iliense.  Al  iiropio  tiempo  y  en  virtud  de  inconsecuencia  no  muy  explicable  se  asegura 
que  la  opinión  sustentada  por  nosotros  es  con  poca  variedad  la  de  D.  José  Amador  de 
los  Ríos,  la  de  Mr.  Circourt,  la  de  Mariana  (pudiera  haber  añadido  las  de  Garibay,  Zu  - 
ita  y  aun  Perreras),  la  de  )Saudoval  y  el  maestro  Resende  citado  por  el  anterior,  de 


PE  LOS  MORISCOS.  105 

los  asientos  y  estipulaciones  concertadas  para  la  rendición  de  Toledo,  los 
cuales  sirvieron  do  patrón  en  la  conquista  de  buen  número  de  pueblos  do 
la  nueva  Castilla,  no  sin  que  fuesen  imitados  por  el  Cid  en  la  conquista  du 


quien  añrma  el  articulista  que  es  frecuente  én  él  apoyarse,  "al  historiar  los  heclios  de 
los  Cinco  Beyes,  en  documentos  y  aún  crónicas  de  nadie  conocidas  al  presente,  de  modo 
que  pueden  darse  por  ijerdidasn  aunque  "no  etf  lícito  tenerlas  por  ficciones  del  hiien 
Oh'ispo. "  Con  esto  bastaría,  para  tener  por  invalidada  aciisacion  tan  gratuita  en  lo  rela- 
tivo ano  haber  seguido  al  Silense,  bajo  el  supuesto  de  que  todos  defieren  á  su  testimo- 
nio,  si  no  se  concluyese   con  notable  dogmatismo  que  el  separarse  del  autor  anónimo 
del  manuscríto  hallado  en  el  monasterio  cíe  Silos,  ó  el  fallar  en  contra  de  su  a\itoridad, 
más  procede  de  inadvertencia  y  no  ¡[tenerlo presente,  que  de  desecharlo  jior  razones  y  ar- 
yumantos  de  peso.w  Afirmaciones  son  estas,  que  se  avienen  mal  con  la  sinceridad  i^ropia 
de  la  crítica,  dado  que  de  nuestras  citas  en  dicha  obra  (donde    se  muestran  á  la  conti- 
nua   acotaciones    y   textos   del    Silense)    consta  copiosamence  que    la  hemos  con. 
sultado  y  tenido  á  la  vista,  y  al  parecer  con  menos  ijrecipitacion  de  la  usada  por  el  im- 
pugnador, en  cuanto  á  la  cita  y  autoridad  de  un  libro  arábigo  qne  denomina  Drayisa> 
nombre  y  designación  inconcebi])les  en  el  idioma  árabe,  según  cuya  pronunciación  y 
ortografía  es  de  todo  pimto  imposible  que  una  dicción  comience  con  la  sílaba  Dra.  Ya 
en  la  página  29,  inmediatamente  posterior  á  la  28,  en  que  hablábamos  de  la  capitula- 
ción de  Cea,  mencionábamos  pormenores  de  los  textos   del  Silense  insertándolos  á  la 
letra  en  la  página  159,  no  sin  alguna  corrección  por  nuestra  parte,  como  que  guiado  di- 
cho cronista  de  un  espíritu  que  sólo  se  concibe  en  un  monje  apartado  del  teatro  de  los 
sucesos,  escritor  por  otra  parte  tan  oscuro,  que  la  posteridad  desconoce  su  nombre,  so 
,  recrea  en  ideales  de  excesivo  rigor  y  destemplada  intolerancia,  contradiciendo  la  esijc- 
cie  razonabilísima  de  los  asientos  otorgados  iior  el  primer  Fernando  á  los  vencidos  sar- 
racenos, hecho  atestiguado  por  otro  escritor  de  la  misma  época,  personaje  de  imi)or- 
tancia  en  la  corte  de  D.  Alfonso  VI,  y  recibido  á  poco  por  historiadores  tan  ilustres 
como  Rodrigo  de  Toledo  y  D.  Alfonso  el  Sabio.  Harto  pudiera  decirse  acerca  de  los 
diez  y  seis  años,  que,  bajo  la  autoridad  del  Silense,  hanse  contado  como  transcurridos 
entre  el  iirincipio  del  reinado  de  Fernando  I  y  sus  guerras  con  enemigos  extraños,  y 
más  por  aparecer  con  letra  bastarda  en  la  edición    de  Florez  la  expresión  sexdecini, 
annos,  en  testimonio  de  no  entenderse  ó  hallarse  borrado  en  el  manuscrito  con  lo  cual 
•  puede  creerse  que  se  ha  coiñado  dicho  número  de  El  Tudeusc,  escritor  no  sobrada- 
mente autorizado,   (juieu  así  lo  consigna.   Aun   suponiendo  el  hueco  perfectamente 
enmendado  y  la  autoridad  del  escritor  anónimo  tan  decisiva,  como  falta  de  todo  va- 
lor la  de  los  más  de  los  historiadores,  liabria  que  fijar  de  antemano  el  principio  de  la 
cuenta  para  'el  reinado  de  D.  Fernando  I,  no  siendo  en  modo  alguno  indiferente  la  co- 
locación de  este  suceso,  ora  en  el  asesinato  del  conde  castellano  D.  García  Sánchez 
(1029),  ora  en  la  muerte  de  D.  Sancho  el  Mayor  (1035),  ora  dos  años  antes  de  la  muer- 
te de  este  príncipe.  Lo  que  no  admite  género  de  duda  es  que  la  conrversion  de  Visocen- 
sis  en  Oscens'is  de  Hucsca,_ imaginada  i)or  el  ilustre  historiador  D.  Modesto  Laf uente, 
para  probar  contra  Ferreras  que  Viseo  no  estaba  conquistada  al  celebrarse  las  Cortes 
de  Coyanza  en  (1040),  no  es  en  rigor  aceptable,  pues  prescindiendo  de  la  naturaleza  de 
la  prueba,  nada  menos  verosímil  que  el  obispo  de  diócesis  tan  apartada,  interviniese 
en  las  Cortes  de  Castilla.  Por  el  contrario  el  estudio  de  los  códices  más  antiguos  ha 
l)uestode  resalto  que,  sino  debe  leerse  Gomecius  Visocensis  á«jemplo  de  Florez  (Espa- 
ña Hay  rada,  t.  XIX)  <)  Gómez  de  Visco,  según  traslada  la  antiquísima  coiiia  de  Bene- 
viverc,  es  perfectamente  legítima  y  obvia  la  lectura  Gomecius  A  ucensis,  esto  es,  el  de 
Anca  ú  Occa,  como  ocurre  en  el  libro  gótico  de  la  Iglesia  de  Oviedo. 


106  DE  LOS  MORISCOS. 

Valencia,  vinieron  á  establecer  precedentes  importantísimos  en  lo  relativo 
á  la  libertad  civil  y  religiosa  concedida  á  los  mahometanos. 

Frecuentemente  quedaba  él  gobierno  de   la  población  sarracena  en  po- 
der de  sus  aljamas,  con    alguna  intervención  de  los  mozárabes,  donde  lo^ 
habia,  y  bajo  la  presidencia  ó  autoridad  de  un  alcalde,  arráez  ó   salmedina, 
cargos  que  tuvieron  á  la  continua  varones  muslimes,  á  lo  menos  en  lo  que 
tocaba  á  los  de  su  raza,  no  sin  que  hayan  acgado  hasta  nosotros  memorias 
y  documentos  de  algunos  cadiazgos  ilustres,  como  lo  fueron  los  de  Seifado- 
la  Aben-Hud  en  Toledo,   de  Aben-Giahaf  en  Valencia,  de  Aben-Abdilhaqq 
en  Sevilla,  de  Alguatsiq  en  Murcia  y  die  Muhammad-ben-Abdillah  en  Jaén . 
Tanto   en   los   casos   mencionados  arriba,   como   en  aquellos  en  que  lo 
considerable  de  la  población  cristiana,  forzaba  á  establecer  autoridades  pri- 
vativas con  apartamiento  y  separación  de  moradas  por  barrios  ó  arrabales » 
ó  en  los  que,  según  ocurría  con  no  poca  frecuencia,  el  gobierno  de  una  loca- 
lidad, habitada  por  cristianos,   muslimes  é  israelitas,  estaba  representado 
por  un  magistrado  de  la   ley  cristiana,   el  ejercicio   de  los  dos  último^' 
cultos  era  libre,    respetados  con  toda  religiosidad  los  bienes  de  sus  fun- 
daciones piadosas,  las  mezquitas  y  sinagogas  abiertas  y,   en   lo  privativo 
al   Islam,  la  facultad  de  llamar  públicamente  á  la  zalá  desde  lo  alto  de 
los   minaretes,    la  de   formar  cofradías  y   asociaciones  devotas  y  la  de 
celebrar  sus  procesiones    y  romerías  á  los  sepulcros   de   los  santones. 
Demás  de   sus  escuelas  de  primeras  letras,  unidíis  á  las  mezquitas  par- 
rofjfíiales,  conservaron  en  las   poblaciones  de  cierta  importancia  algunos 
estudios  superiores,    ora  sostenidos  públicamente  por  los  muslimes,   ora 
por  la  munificencia  de  reyes  y  proceres  cristianoe,  como  se  vio  en  Toledo, 
Valencia,  Sevilla  y  Murcia,  señaladamente  en  esta  última  localidad,  donde  el 
sabio  monarca  D.  Alfonso  X  hizo  labrar  un   edificio  exclusivamente,  para 
(jue  explicara  el  doctísimo  Ar-Racutí  las  ciencias  y  cultura  de  los  árabes. 
En  lo  tocante  á  la  administración  de  justicia,    fué  muy  común  d  que 
guardasen  el  uso  de  sus  tribunales  apartados,  con  arreglo  á  sus  leyes  y  pres- 
cripciones azuniticas,  como  quiera  que  en  los  últimos  tiempos  se  admitía 
la  alzada  en  las  sentencias  de  dichos  tribunales,  para  ante  las  Chancillerias 
del  Monarca.  Todo  esto,  se  guardo  en  Castilla  y  Andalucía,  hasta  los   cé- 
lebres edictos  de  1501  y  1502,  continuándose  iguales  hbertados  en  los  Es- 
tados de  la  corona  de  Aragón,  bajólos  reinados  de  D.  Fernando  V  y  Don 
Carlos  I  hasta  el  año  1525,  en  que  fueron  compelido's  por  la  fuerza  á  abrazar 
el  cristianismo,  tras  las  violencias  y  sangrientos  desórdenes  producidos  por 
las  llamadas  germanias.  Contra  la  opinión  común,  la  hiquisicion  se  mostró 
lolcrante  con  ellos,  prestándose  á  servir  de  mediador  con  el  Soberano  y  á 
interceder  por  los  conversos  el  mismo  inquisidor  general  D.Alfonso  Man- 
rique y  cuando  ministros  subalternos  del  Tribunal,  dieron  señales  de  menor 
benevolencia,  las  Cortes  de  Monzón  solicitaban  y  obtenían  (1528)  que  no  fue- 


DE  LOS  MORISCOS,  107 

sen  perseguidos,  aunque  se  portasen  como  mahometanos,  mientras  no  es- 
tuvieran  instruidos  en  la  religión  y  suficientemente  adoctrinados.  Emulan- 
do en  tolerancia  las  autoridades  seglares  y  eclesiásticas,  se  prohibía  cu 
'1535  á  los  inquisidores  que  dictasen  pena  de  relajación  contra  ellos,  aun- 
que fueran  reincidentes;  se  convidaba  con  el  perdón  en  1545  á  los  que  vol- 
viesen á  España  desde  Fez  y  Marruecos;  expedía  un  breve  Paulo  III  para 
que  los  moriscos  de  Granada  fuesen  admitidos  á  honores  civiles  y  beneli- 
cios  eclesiásticos;  y,  en  el  reglamento  formado  en  1548  para  el  gobierno  de 
la  Suprema,  por  el  inquisidor  D,  Fernando  Valdés,  se  estatuía  que  fuesen 
reconciliados,  por  punto  general,  sin  ceremonias  públicas.  Cerca  de  cuaren- 
ta y  tres  años  liabian  trascurrido  desde  que  la  Reina  Doña  Juana  expidiera 
la  famosa  pragmática,  prohibiendo  á  los  moros  sus  trajes  nacionales  y  v\ 
uso  del  idioma  arábigo,  cuando,  encendía  su  renovación  á  deshora  (1566)  una 
guerra  civil  en  el  Mediodía  de  España,  no  sin  que  al  referir  los  sucesos  de 
aquella  lucha  cruentísima,  un  político  tan  discreto  como  D.  Diego  Hurtado 
de  Mendoza,  testigo  presencial  de  lo  ocurrido,  dejara  escapar  de  su  pluma 
frases  tan  simpáticas  á  los  vencidos,  que,  cierto,  pudieran  ponerle  en  ej 
número  de  sus  exculpadores  mas  sinceros. 

Cobraba,  á  la  sazón,  imponderable  brío  en  la  poesía  el  género  morisco, 
puesto  de  moda  entre  los  cortesanos  por  las  creaciones  del  Ariosto  y  del  Tasso, 
y  que  juntaba  en  análogas  aficiones  á  las  diferentes  clases  de  la  sociedad, 
educadas  todas  en  la  Península  con  las  leyendas  mauro-crístianas  de  los  ro- 
mances tradicionales;  y  como  si  esto  fuera  poco,  una  nueva  literatura  religio- 
sa patrocinada  de  buena  fé  por  entusiastas,  aunque  irreflexivos  prelados, 
alardeando  erudición,  disfrazando  y  mezclando  doctrinas  alcoránicas  con  apa- 
riencias devotas  y  evangélicas,  se  daba  á  ganar  por  el  ingenio  á  la  causa  de  los 
moros,  una  transacción  de  parte  de  los  vencedores.  ¡Qué  mucho  que  el  insig- 
ne manco  de  Lepanto,  á  quien  graves  heridas  y  cautividad  larga  é  intolerable 
abonan  su  severidad  con  los  mahometanos  en  el  Diálogo  de  los  Perros,  apenado 
el  corazón  con  el  destierro  de  los  moriscos,  que  no  se  atreve  á  censurar,  se 
complaciese  en  representar  con  colorido  patético  é  interesante  las  figuras  de 
Ricote  y  de  su  hija!  Tipos,  ambos  personajes,  de  una  raza  que  debía  des- 
aparecer de  la  Península  á  impulsos  del  acontecimiento  que  describe^  dejan 
vislumbrar  al  propio  tiempo  que^  á  despecho  de  los  pavorosos  edictos  de  22 
de  Setiembre  de  1609,  de  10  de  Julio  de  1610^  de  26  de  Octubre  de  1615, 
de  18  de  Diciembre  del  mismo  año^  y  de  4  de  Enero  de  1614;  ello  es  que 
permanecieron  en  España  multitud  de  moros  y  cristianos  nuevoS;,  oi'a  en 
virtud  de  circunstancias  análogas  á  las  narradas  por  Cervantes  como  ocur- 
ridas en  la  casa  del  vire  y  de  Barcelona^  ora  merced  á  los  innumerables  me- 
dios que  ha  tenido  siempre,  para  encubrir  su  existencia  en  nuestro  suelo, 
todo  linaje  de  perseguidos. 

Sin  cstO;,  debían  quedar  á  tenor  de  los  bandos,  niños  de  corta  edad  pertene- 


108  DE  LOS  MORISCOS. 

cientes  á  la  raza  morisca,  mujeres  desposadas  con  cristianos  vic^'os,  y  aquellos 
nuevos  que  hubiesen  permanecido,  durante  los  dos  años  inmediatamente  an- 
teriores á  los  decretos  de  expulsión,  fieles  á  las  prácticas  de  la  religión  cristia- 
na y  apartados  de  las  aljamas  y  juntas  dé  los  suyos^  capítulo^  que  á  la  verdad, 
no  pareció  observarse  muy  religiosamente  en  vista  del  considerable  número 
de  expulsos  que  fueron  martirizados  en  África.  Ignoramos  asimismo,  si  se 
cumplió  escrupulosamente,  aunque  nos  inclinamos  á  la  afirmativa,  el  articu- 
lo V  de  lo  ordenado  en  22  de  Setiembre  de  1G09,  en  cuanto  á  que  perma- 
necieran en  cada  lugar  de  cien  casas,  seis  moriscos  con  las  mujeres  é  hijos 
que  tuviesen,  con  tal  que  estos  no  fueran  casados,  al  propósito  de  que  se 
conservasen  las  casas,  ingenios  de  azúcar,  cosechas  de  arroz  y  regadíos,  y 
diesen  noticia  á  los  nuevos  pobladores  de  la  tierra,  á  condición  siempre  de 
que  hubiesen  dado  las  mejores  muestras  de  fé  inquebrantable;  pero  cualquie- 
ra que  fuese  el  resultado  de  esta  tolerancia,  como  de  la  particularidad  de 
haberse  levantado  por  el  bando  de  2G  de  Octubre  de  1613,  la  prohibición 
que  antes^tenian  de  pasar  á  otros  reinos  de  S.  M.    C.  fuera  de  España,  no 
es  dudoso  que  permanecieron   algunos  en  la  Península  y  á  ella  volvieron 
otros  durante  el  siglo  xvu,  con  tolerancia  manifiesta  de  parte  de  la  Inquisi- 
ción, y  en  número  suficiente  á  llamar  la  atención  de  naturales  y  extranjeros. 
Acerca  de  este  punto  importantísimo  es  notable  la  inopia  de  datos  al  par 
que  la  contradicción  de  las  opiniones  sustentadas  por  escritores,  en  otros 
conceptos  tan  ilustres,  como  el  autor  de  \a Historia  déla  Inquisición  y  don 
Modesto  Lafuente.  El  primero  en  el  capítulo  XXXYIII  de  la  obra  menciona- 
da se  expresa  en  estos  términos;  «La  unión  de  la  corona  de  Portugal  con  la 
española  en  la  persona  de  Felipe  lí.  fué  origen  de  que  durante  su  vida  y 
mucho  más  después  de  su  muerte  vinieran  á  dominar  muchísimas  familias 
portuguesas  de  origen  judaico,  con  titulo  de  mercaderes,  médicos  y  de  pro- 
fesiones diferentes,  de  que  resultó  que  celebrando  autos  de  fé  particulares  y 
alguna  vez,  generales,  apenas  había  herejes  que  sacar  al  público,  sino  judai- 
zantes portugueses,  pues  desaparecieron  lus  mahometanos  casi  totalmente 
con  la  expulsión  de  los  moriscos  y  era  corlisimo  el  número  de  los  reforma- 
dos protestantes.»  En  cuanto  al  último  historiador,  hé   aquí  sus  palabras 
textuales  en  el  Libro  III  de  la  Parte  III  de  su  Historia  general  de  España. 
«Los  (moriscos)  que  en  las  poblaciones  habían  quedado  en   el  concepto  de 
buenos  y  fieles  cristianos  sufrieron  todos  los  rigores  del  Santo  O  ficio,  a 
cual  eran  frecuentemente  denunciados,  so  pretexto  de  la  más  insignificante^ 
práctica  muslímica,  que  á  cualquiera  le  daba  el  antojo  de  atribuirle.»  Mas  s' 
invalida  algún  tanto  esta  afirmación  la  circunstancia  de  aparecer  en  corto 
número,  en  las  relaciones  de  autos  impresos  con  posterioridad  á  la  expulsión 
de   lo  i  moriscos,  los  relativos  á  mahometanos,  en  particular  durante  la 
época  inmediata,  siendo  los  más  de  ellos  naturales  de  África,  tunecinos,  ar- 
geünos  y  marro(iuíes,  que  después  de  bautizados  se  mantenían  apegados  á 


DE  LOS  MORISCOS.  109 

las  prácticas  del  Islamismo,  consta  por  ctra  parte,  de  documentos  auténti- 
cos y  fehacientes  la  permanencia  en  la  Penmsula  de  considerable  número  de 
moriscos  en  los  reinados  de  D.  Felipe  IV  y  D.  Carlos  II. 

Es  el  primero  un  informe  elevado  á  S.  M.  el  rey  de  España  por  la  ciu- 
dad de  Sevilla  acerca  de  los  moros  que  liabia  en  ella,  por  los  años  de  1G24 
á  iG25.  Refiérese  este  documento  átres  informaciones  consecutivas  hechas 
por  la  cmdad  acerca  de  este  asunto;  la  primera  el  año  de  1G19  ante  el  asis- 
leute  conde  de  Peñaranda;  la  segunda  en  1020  ante  el  conde  de  la  Fuente 
del  Saúco;  y  la  última  en  1G23  ante  D.  Fernando  Ramírez  Fariña  del  Con- 
sejo y  Cámara  Real,  por  mandado  de  su  Presidente,  á  consecuencia,  dice 
el  texto  do  dicho  informe,  de  haberse  reconocido  «los  daños  grandes  que 
resultaban   de  tan  gran  cantidad  de  moros  de  Berbería  libres,»  y  cautivos 
mezclados  con  los  moriscos  del  reino  de  Granada,  resumiéndose  los  resul- 
tados de  dichas  informaciones  á  tenor  de  lo   proveído  por  la  Cámara  de 
Castilla,   en  la  que  elevaba  la  ciudad  en  los  términos  siguientes:  «Que  es 
«grandísimo  el  número  que  ay  en  esta  ciudad,  de   moros   y  moras  por 
«averse  venido  de  todas  las,  costas  y  lugares  marítimos,  donde  por  leyes  de 
» estos  reinos  no  pueden  asistir,  é  como  tienen  armas  cometen  muchos  de- 
«litos,  é  hacen  muchos  hurtos  en  quadrílla  de  día  y  de  hoche,  tratan  y  co- 
«munioan  los  moros  de  Berbería,  con  quien  se  corresponden  y  de  quien  el 
»dícho  D.  Fernando  Ramírez  Fariña  cogió  y  halló  en  su   poder  muchas 
«cartas,  y  los  moros  y  moras  que  ay  cautivos  no  biuen  en  casa  de  sus 
samas,  sí  no  andan  ganando  jornal  tomando  por  ocasión  esto,  para  que 
»no  les  puedan  expeler  y  echar  á  su  tierra  y  otros  se  rescatan  no  solo  á 
»si  mismos,  pero  á  otros,  haciendo  bolsa  pública  para  ello,  y  para  este  cfec- 
»lo  y  (sic)  otros  muchos  moros  de  la  costa,  que  los  unos  y  los  otros  todos 
«andan  juntos  y  binen  en  corrales  de  vecindad  en  su  misma  ley,  guardando 
«su  seta  y  haciendo  sus  ritos  y  ceremonias  de  ella  como  lo  pudieran  hacer 
«en  Berbería,  y  llevan  y  hurtan  de  esta  ciudad  muchos  niños,  que  envían  á 
«tierra  de  moros,  y  que  otras  muchachas  y  muchachos,  asimismo  xplanos, 
«los  llevan  y  acuestan  consigo,  y  los  procuran  enseñar  o  instruir  en  la  ley 
«mahometana.  Y  ninguno  de  los  dichos  moros  y  moras  cautivos  no  biuen 
»en  casa  de  sus  amos,  y  andan  en  tal  libertad,  que  quien  jamás  seaconber- 
«tido  ni  vuelto  xpíano,  y  procuran  que  no  se  conbierfan  á  nuestra  Santa 
«Fécathúiíca  los  otros  esclavos  que  están  en  casa  de  sus  amos,  y  lo  que 
«mas  es,  que  no  dan  lugar  á  que  los  que  nacen  de  los  moros  esclavos  se 
«críen  entre  xpíanos  ni  pueden  alcanzar  medio  para  ser  baptizados;  ya 
«que  antes  que  paran  los  moros  esclavos  (sic),  conciertan  con  sus  amos  el 
«rescate  de  lo  que  ha  de  nacer  de  manera  que  vienen  á  nacer  libres  y  los 
«toman  y  crían  los  moros  como  si  nacieren  y  se  criasen  en  Berbería;  cosa 
»de  grandísimo  dolor  y  lástima,  pasar  y  hacerse  lo  tal  en  tierra  de  xpianos 
«con  la  misma  libertad  y  publicidad  que  en  la  suya;  demás  de  lo  qual  qui- 


MO  DE  LOS  MORISCOS. 

stan  la  biuienda  y  sustento  á  la  gente  pobre  y  xitianos  viejos,  que  de  todas 
«partes-  como  á  lugar  tan  grajide  biencn  á  esta  dudad,  no  piidiendo  sus- 
» tentarse  en  su  tierra;  y  no  hallan  ni  tienen  en  que  traunjar  ni  como  sus- 
» tentarse  por  ser  moros  y  moras  la  mas  de  la  gente  de  trauajode  esta  ciu- 
"dad,  y  ellos  son  regatones  públicos  de  frutas  y  verduras  y  otras  hgum- 
»bres  y  mantenimientos,  que  compran  y  vuelven  á  vender  y  a  menudo  en 
•apuestos  y  por  las  calles^  con  que  demás  de  quitar  la  ganancia  á  los  pobres 
«xpianos  viejos  se  venden  al  doblo  de  lo  que  valen  los  géneros  en  que  ellos 
«tratan:  y  por  las  aberiguaciones  que  hizo  el  dicho  D.  Fernando  Ramírez 
«Fariña  consta  de  las  cartas  que  seles  tomaron  no  solo  que  se  comunican, 
«corresponden  y  tratan  con  los  moros  de  Berueria,  sino  con  todos  los  de  la 
«costa  de  Berueria  (1)  y  los  robos  y  muertes  que  hacen  con  los  xpianos  y 
«xpianas;  y  las  villas  de  Utrera,  Villamartin  y  otras  an  venido  a  repre- 
«sentar  a  esta  ciudad  los  grandes  daños,  que  padecen  con  la  abitacion  de 
»7noros  en  aquellos  lugares;  como  todo  más  largamente,  mandará  V.  M. 
«ber  por  las  dichas  informaciones,  y  por  parte  de  esta  ciudad  y  cabildo  de 
«jurados  della  se  ha  suplicado  á  Y.  M.  poner  breve  y  eficaz  remedio,  como 
«lo  pide  la  grandeza  de  la  materia  y  el  peligro  conocido  en  que  se  está  en 
«ella,  con  tanto  riesgo  de  la  ofensa  de  Dios  Ñ.  S.  publicado  y  amonestado 
«por  los  predicadores  en  los  pulpitos,  etc.  (2).» 

Claramente  se  colige  por  este  informe:  1,°  Que  Sevilla  contiiba  entre  sus 
moradores  buen  número  .de  mahometanos  libres  y  cautivos,  mezclados  con 
moriscos  del  reino  de  Granada.  2."  Que  la  licencia  y  desenfreno  de  estas 
gentes  era  causa  de  cuidados  para  la  Real  Cámara,  el  Cabildo  de  Sevilla, 
la  villa  de  Utrera  y  Yillamartin.  3."  Que  se  les  aplicaban  las  leyes  publica- 
das con  anterioridad  á  la  expulsión  de  los  moriscos,  en  lo  tocante  á  que  no 
se  acercasen  á  los  puertos.  4."  Que  no  era  observada  ni  cumplida  la  prag- 
mática sobre  el  desarme  de  los  moriscos.  5.°  Que  á  semejanza  de  lo  ocur- 
rido con  los  judios  de  Portugal,  entraban  en  cautiverio  algunos  o  se  daban 
por  cautivos  para  evitar  la  expulsión  (o).  G.°  Que  los  mahometanos  vivian 
en  corrales  de  vecindad,  guardando  su  secta  con  todos  sus  ritos  y  ceremo- 
nias, y  ejerciendo  proselilismo  con  los  hijos  de  los  cristianos.  7."  Que  usa- 
ban las  industrias  de  regatones  públicos  de  frutas,  verduras  y  otros  nian- 


(1)  Probablemente  Jos  de  las  ciudades  españolas  eu  África. 

(2)  MS.  de  la  Biblioteca  Nacional,  X,  20. 

(3)  Dice  á  la  letra:  "Los  moros  y  moras  que  ay  cautibos  no  biven  en  casa  de  sus 
amos,  sino  que  andan  ganando  jornal,  tomando  por  ocasión  esto  para  que  no  les  piic- 
dau  espeler  y  echar  de  su  tierra; n  mas  como,  supuesta  la  escasez  de  jornales  á  que  se 
refiere  el  informe,  nopiiede  explicarse  rectamente  que  el  ganarlo  los  moros  les  libertase 
de  la  expulsión,  se  ha  de  entender  que  la  frase  ntomando  por  ocasión  esto"  se  refiere  á 
lo  capital  de  la  cláusula,  á  saber,  el  darse  por  cautivos,  no  viviendo  en  casa  de  sus 
amos. 


DE    LOS  MORlSCeS.  lll 

lonimientos;  y,  8."  Que  vivian,  asimismo,  en  las  posesiones  españolas  de  la 
cosía  de  Berbería  sectarios  de  su  misma  ley,  con  notables  indicios  de  fre- 
cuente comunicación  do  los  moros  de  la  Península  con  aquellos  muslimes  y 
f'u  general  con  los  naturales  y  avecindados  en  los  Estados  berberiscos. 

Pero  si  la  enunciación  de  estos  hechos  se  presta  á  graves  reflexiones,  se 
acrece  sobre  manera  su  importancia  al  verlos  en  armonía  con  manifesta- 
ciones y  sucesos  sobre  manera  influyentes  en  la  opinión  y  en  las  costum" 
bres  públicas  dentro  y  fuera  de  España.  Tales  fueron,  á  no  dudarlo,  el  no 
interrumpido  éxito  de  la  poesía  morisca,  las  últimas  discusiones  sobre  los 
hallazgos  del  Sacro  Monte  y  el  estado  y  condición  de  los  conversos  en  el 
vecino  reino  de  Portugal;  incorporado  á  la  monarquía. 

Conservábase  en  la  Península  no  amortiguada  admiración  por  la  cultura 
de  aquellos  vencidos,  cuyos  trabajos  literarios  fueron  de  eficaz  estímulo  á 
la  empresa  del  Renacimiento  en  Europa,  y  aunque  por  ventura  se  hubiese 
perdido  toda  noticia  cierta  de  la  insigne  escuela  de  traductores  de  arábigo, 
nacida  bajo  la  protección  de  don  Raymundo,  segundo  arzobispo  de  Toledo 
después  de  la  reconquista,  y  en  las  cuales  brillaron,  al  principio,  el  arce- 
diano Domingo  González  y  el  judío  Juan  de  Sevilla,  acudiendo  á  ellas  á 
poco  Pedro  el  Venerable,  Roberto  de  Retes  y  Gerardo  de  Cremona,  y  más 
adelante,  Miguel  Scot^  y  el  alemán  Herrmann  (1),  quien  residió  en  la  Penín- 
sula, reinando  ya  don  Alfonso  el  Sabio;  ni  restasen  por  otra  parte  mnclios 
elementos  de  cultura  arábiga,  en  la  isla  de  Siciha  dominada  ala  sazón  i)or 
los  españoles,  con  haberlos  conservado  muy  copiosos  bajo  el  reinado  de  ios 
Normandos  y  el  imperio  de  los  Ilohenstaufen,  al  punto  de  afirmar  el  Pe- 
trarca en  sus  Epístolas,  á  vueltas  de  alguna  exageración  dictada  por  sus 
aficiones  latinas,  que  los  autores  árabes  eran  objeto  de  incesantes  estudios 
y  encomios  por  sus  amigos  y  coetáneos  (2);  unidos  los  efectos  de  la  con- 
templación de  las  obras  de  arte  y  de  las  costumbres  poéticas  y  caballeres- 
cas de  los  moros  granadinos  con  el  asunto  puesto  de  moda  por  las  crea- 
ciones del  Caballero  Boyardo,  de  El  Ariosto,  y  de  El  Tasso  produjeron  en 
la  novela,  en  el  romance  y  en  el  drama  una  hteratura  popular  é  intere- 
santísima. 


(1)  A  los  principios  del  reinado  del  conquistador  de  Sevilla,  vivia  Miguel  Scoto  eü 
Toledo,  donde  pone  en  1217  la  fecliade  su  traducción  de  Alpetrangi  (Abu-1-Farag)  y  al 
decir  de  Rogerio  Bacon  dio  á  conocer  en  12,30  las  obras  de  Aristóteles  cum  exposito7'ihn'{ 
HapUntllmH  y  señaladamente  con  el  comentario  de  Averroes.  En  cuanto  á  Herrmann 
traducía  en  1256  las  Glosas  de  la  Retórica  de  Aristóteles,  debidas  á  Alfarabi  y  el  Trata- 
do de  la  Poética  por  Averroes.  .De  una  indicación  que  se  lee  en  su  traslado  al  latin  de 
Las  Eticas  de  Aristóteles,  aparece  qiie  fueron  traducidas  del  arábigo  en  la  capilla  de 
la  Santa  Trinidad  de  Toledo,  qiiedando  tenninada  la  obra  á  7  de  Marzo  de  125G. 

(2)  Epístoloi  ad  familiares.  Lib.  XII,  ept.  2.  En  el  j)roemio  de  la  misma  obra  se 
cita  la  autoridad  de  Dante  en  su  tratado  de  Eloquio  vulgari,  donde  afirnja  qxie  la 
poesía  italiaua  liabia  nacido  en  Sicilia. 


112  DE  LOS  MORISCOS. 

Bajo  las  plumas  de  nuesíros  poetaS;  la  historia  áa  las  aventuras  y  guerras 
con  los  antiguos  moros  granadles^  rodeada  de  cierto  aparato  caballeresco  y 
heroico,  se  renovaba  y  repetia  en  algún  modo  por  los  sucesos  casi  coetáneos 
<le  la  guerra  de  los  moriscos,  y  durante  las  peripecias  de  las  lides  con  los 
alarbes  de  Gelbes;  frecuente  asunto  de  la  poesía  en  los  siglos  xvi  y  xvii. 
Fuese  merecimiento  justísimo  del  vencido  ó  hidalguía  del  vencedor^  es  in- 
negable que  aquellas  gallardas  historias  de  moros  y  cristianos,  donde  corrían 
parejas  la  nobleza  y  elevación  de  sentimientos  de  ambos  pueblos  enemigos, 
lograron  tanto  efeclo  en  el  público  español^  que  estravió  á  no  pocos  auto- 
res^ convuliéndose  al  ñn,  en  una  verdadera  pesadilla  de  nuestra  literatura, 
Asi  lo  muestra  innumerabilidad  de  romances  burlescos,  escritos  para  ridicu- 
lizar esta  mania^  sin  que  se  m.inorara^  por  tanto/  una  afición  que  tenia 
raices  muy  profundas;,  y  acerca  dn  la  cual^  expresa  con  cierto  donaire  uno 
atribuido  al  príncipe  de  nuestros  poetas  cordobeses^  contra  cierto  impugna- 
dor supuesto  ó  verdadero^  que  rebajaba  el  interés  de  los  asuntos  moriscos. 

Como  si  fuera  don  Pedro 
Mas  honrado  que  Abenamar, 

Y  mejor  dofia  Maria 

Que  la  hermosa  Celindaja; 

• 

Si  es  español  don  Rodrigo^ 
Español  fué  el  fuerte  Audalla, 

Y  entienda  el  mísero  pobre 
Que  son  blasones  de  España 
Ganados  á  fuego  y  sangre, 
No  como  él  dice  prestada^ 

Y  que  es  honra  de  esta  tierra 
Que  haga  sus  fiestas  y  danzas, 
Con  lo  que  un  tiempo  ganó 
Con  espada^  dardo  y  lanza; 
JNí  es  culpa,  si  de  los  moros 
Los  valientes  hechos  cantan, 
Pues  tanto  más  resplandecen 
Nuestras  célebres  hazañas. 
Que  el  encarecer  los  hechos 
Del  vencido  en  la  batalla. 
Engrandece  al  vencedor, 
Aunque  no  hablen  del  palabra. 

Contribuyó  no  poco  á  semejante  tolerancia  con  la  gente  morisca  durante 
los  tiempos  que  siguij?ron  inmediatamente  á  la  expulsión,  el  singular  empeño 


DE  LOS  MORISCOS.  i  13 

mostrado,  á  la  sazón,  por  el  arzobispo  D.  Pedro  de  Castro,  quien  trasladado 
á  aquella  sede,  que  rigió  hasta  su  muerte^  acaecida  en  1623  de  la  de 
Granada^  donde  se  habia  mostrado  patrono  de  los  mencionados  descubri- 
mientos fingidos  del  Sacro  Monte  (1)^  no  se  daba  por  vencido  acerca  de  la 
autenticidad  de  aquellos  documentos  que  esperaba  ilustrar  de  buena  fé 
con  el  concurso  ya  de  conversos^  ya  de  cautivos  árabes. 

Demás  de  esto^  su  permanencia   se  explica  por  la  facilidad  que  en  los 
primeros  momentos  hallaron  para  establecerse  en  algunos  dominios  de  Es-  • 
paña,  de  donde  no  era  difícil  el  regreso,  y  en  el  vecino  reino  de  Portugal. 

Poco  tiempo  antes  de  que  se  dictara  por  los  Reyes  Católicos  el  decreto  de 
expulsión  de  los  mudejares  de  Castilla  y  Andalucía,  habia  ordenado  el  sobe- 
rano dé  aquel  reino,  en  1497  la  expulsión  de  los  judios  y  moros  libres, 
conminándoles  con  pena  de  muerte  y  pérdida  de  bienes  en  caso  de  des- 
obediencia, y  obligándose  el  monarca  á  indemnizar  á  los  dueños  de  las 
juderías  y  morenas,  salvo  si  prefiriesen  los  expulsos  permanecer  reducidos 
á  cautiverio  y  recibir  el  bautismo. 

Allanáronse  á  condiciones  tan  duras,  queriendo  mejor  ser  cautivos  que 
abandonar  los  hogares  patrios,  no  sin  que  lograsen  del  Rey  la  libertad,  á 
trueco  de  que  se  obligasen  á  acudir  en  tiempo  de  necesidades  del  Estado 
con  la  quinta  parte  de  sus  bienes,  proposición  que  les  pareció  tolerable 
y  les  alentó  á  solicitar  del  mismo  Principe  el  que,  en  término  de  veinte 
años,  después  de  su  bautismo,  no  se  pudiera  inquirir  contra  ellos  en  mate- 
ria religiosa.  Al  ceñir  la  corona  don  Juan  III,  como  advirtiese  [que  los 
cristianos  nuevamente  convertidos  permanecían  en  sus  errores,  obtuvo  de 
Paulo  III  en  el  año  de  1536  una  bula  encaminada  á  promover  los  rigores 
del  Santo  Oficio.  Con  todo,  obtuvieron  los  conversos  cuatro  grandes  per- 
dones que  les  otorgaron  los  Pontífices  Clemente  VII  en  1533,  Paulo  III  en 
1549  y  1555,  y  Clemente  VIII  en  1604,  y  tres  edictos  de  gracia  publicados 
en  su  favor  por  el  tribunal  encargado  de  perseguirlos.  Otorgóles  don  Se- 
bastian en  20  de  Mayo  de  1570  el  salir  libremente,  vendiendo  sus  bienes 
muebles  ó  inmuebles,  pero  como  se  dieron  á  emigrar  en  número  conside- 
rable, con  enorme  quiebra  del  comercio,  hizo  publicar  por  ley  en  1577 
que  ningún  cristiano  nuevo,  de  cualquier  linaje  que  fuese,  natural  ó  es- 
tranjero,  saliese  de  sus  estados  por  mar  ni  por  tierra^  sin  su  beneplácito  ó 
previa  fianza,  sometiéndolos  á  igual  requisito  para  enagenar  bienes  raices, 
rentas,  tiendas  y  juros.  Prohibió  Felipe  II  en  1589  que  se  estableciesen  en 
Portugal  los  cristianos  nuevos  del  reino  de  Granada,  y  aunque  Felipe  III 
otorgó  en  1601  que  pudiesen  salir  hbrementc  los  cristianos  nuevos  portu- 
gueses, revocó  la  concesión  en  18  de  Marzo  de  1606,  durando  aquel  estado 
excepcional  al  tiempo  de  la  expulsión  de  los  moriscos  españoles,  por  cuyo 

(1)    Godoy  y  Alcántara,  Historia  de  los  Falsos  Cronicones,  cap.  III. 
TOMO  XIX  .  8 


114  DE  LOS  MORISCOS. 

citado  bando  de  1613  se  les  permitía  el  establecerse  en  dicho  país,  como 
también  en  otros  estados  del  rey  católico,  orden  de  cosas  que  permaneció 
hasta  1."  de  Diciembre  de  1629  en  que  D.  Felipe  IV  concedió  á  los  cris- 
tianos nuevos  establecidos  en  Portugal  que  pudieran  salir  libremente  de 
aquel  reino  y  tornar  á  él  según  su  voluntad,  disponiendo  como  quisiesen 
de  sus  bienes;  franquicias  otorgadas  por  el  soberano,  mediante  un  servicio 
de  trescientos  mil  ducados,  ofrecidos  para  socorro  de  Flandes  por  la  com- 
pañía de  cristianos  nuevos  de  Lisboa. 

Así  quedaron  las  cosas  en  Portugal  antes  de  su  independencia^  y  así  du- 
raban poco  más  ó  menos  en  España  bajo  los  reinados  de  Felipe  IV  y  Car- 
los II,  fuera  de  algunos  casos  extraordinarios,  en  que  alguno  que  otro  acto 
de  rigor  de  parte  de  los  Inquisidores  contra  individuos  de  la  grey  maho- 
metana (1),  recordaban  que  no  se  hallaban  abrogados  los  decretos,  promul- 
gados con  tanta  violencia  á  principios  de  aquel  siglo. 

(Se  continuará), 

Francisco  Fernandez  González. 


(1)  En  el  auto  celebrado  en  Granada  el  año  de  1672,  entre  noventa  penitenciados, 
los  más  conversos  judaizantes,  sólo  parece  que  lo  fueron  tres  por  prácticas  mahometa- 
nas, dos  berberiscos  bautizados  y  ¡un  tal  Diego  Rodríguez  de  Santiago,  natural  de 
Castro  de  Lara,  en  Galicia,  quien  teniendo  á  la  sazón  sesenta  años  de  edad  ñu'  recon- 
ciliado en  forma,  y  condenado  á  cinco  años  de  galeras. 


AL  REY  DE  ESPAM  AMADEO  I. 


ODA. 


¡Principe  augusto!  si  mi  voz  se  atreve 
á  unir  el  sentimiento  de  mi  gozo 
al  aplauso  ferviente,  al  alborozo 
del  sano  pueblo  y  de  la  bonrada  plebe, 
no  temáis  que  yo  queme  en  los  altares 
de  la  lisonja,  incienso: 
ni  vos  sois  de  esos  príncipes  vulgares 
ni  yo  á  la  baja  adulación  propenso. 
Ante  el  nuevo  monarca  de  Castilla 
no  necesita  la  adhesión  sencilla 
para  mostrar  su  afecto  reverente 
ni  deshonrarse,  ni  humillar  la  frente, 
ni  doblar  la  rodilla. 

Siento  que  me  acobarda  la  grandeza 
del  arduo  asunto:  para  mi  ya  extraños 
son  los  senderos  que  á  tan  rara  alteza 
pueden  llevar  al  vate,  y  mi  cabeza 
se  cubre  con  la  nieve  de  los  años. 
Mds  no  puedo  callar:  del  centro  estrecho 
de  la  duda  mi  espíritu  se  lanza 
á  los  espacios  de  la  fé,  y  el  pecho 
siento  latir  de  gozo  y  esperanza. 
Proféticos  murmullos,  que  traídos 
por  las  auras,  alegran  mis  oídos, 
pueblan  el  aire  puro 


il(;  AL   REY  DE   ESPAÑA    AMADEO    I. 

y  del  tiempo  futuro 

me  revelan  arcanos  escondidos. 

Tras  noclie  de  dolor,  luces  derrama 

serena  aurora  de  risueño  dia, 

y  á  la  voz  de  ese  pueblo  que  os  aclama 

siento  romperse  el  hielo  que  envolvía 

de  mi  cansada  inspiración  la  llama ; 

y  arrebatado  en  las  alas  del  deseo, 

rasgando  nieblas  y  allanando  montes, 

en  torno  de  mi  patria  abrirse  veo 

alegres  horizontes. 

El  vicio  encadenado, 

vencida  la  ambición,  muerto  el  perjurio, 

será  vuestro  reinado 

sobre  incruentos  triunfos  levantado 

de  era  de  larga  paz  dichoso  augurio. 

Desde  el  supremo  dia 
en  que,  con  más  indignación  que  sana, 
del  trono  de  Pelayo  lanzó  España 
de  Borbon  la  imposible  dinastía, 
en  medio  á  sus  enojos 
.la  siempre  amada  Italia,  de  sus  ojos 
las  ardientes  miradas  atraia. 
¿Novéis  en  esto  del  Señor  la  mano, 
y  el  cumplimiento  de  sus  santas  leyes? 
¿Por  qué  razón  el  pueblo  castellano, 
que  rechazaba  ayer  á  tantos  reyes, 
sólo  amor  tiene  para  el  Rey  hermano? 
El  que  los  hombres  entre  sí  conciba 
y  en  cadenas  de  amor  al  orbe  abraza; 
el  que  estrecha  los  lazos  de  familia; 
el  que  forma  los  vínculos  de  raza, 
lo  quiere  así:  su  santa  Providencia 
lo  ha  escrito  en  el  fecundo 
libro  de  la  experiencia. 

Cuando  ancho  asiento  en  las  edades  toma 
la  era  más  grande  que  recuerda  el  mundo 
y  en  que  la  humanidad  se  llama  Roma, 
á  sus  mismos  señores 
la  Bética  feliz  dá  emperadores. 
Y  los  dos  pueblos  desde  entonces  juntos 
acaban  hechos  de  la  historia  espanto. 


AL    REY   DE    ESPAÑA    AMADEO    I.  117 

y  aun  hoy  resuenan,  de  la  fama  asuntos,* 

los  nombres  de  Pavía  y  de  Lepanto. 

En  revesas  lo  mismo  que  en  victorias 

nuestra  sangre  y  la  vuestra  van  unidas 

alimentando  nuestras  dos  historias 

en  una  misma  historia  confundidas. 

Asi  corren  hirvientes 

dos  rápidas  corrientes 

de  fundido  metal  que  en  un  momento 

han  de  formar  en  cóncavos  ardientes 

colosal  y  durable  monumento. 

Y  el  bronce  no  resiste 

del  tiempo  destructor  á  la  cont-tancia, 

ni  de  las  armas  al  progreso  triste, 

ni  á  la  mano  brutal  de  la  ignorancia; 

pero  el  santo  recuerdo  consagrado 

por  cien  generaciones 

y  en  el  amor  fundado, 

no  puede  perecer,  que  está  encerrado 

y  alienta  en  nuestros  propios  corazones. 

Un  dia,  nuestras  huestes  poderosas, 
ya  el  moro  á  sus  desiertos  repelido, 
hacia  un  mundo  se  lanzan,  escondido 
del  mar  entre  las  brmiias  vaporosas. 
Ávidas  de  acabar  altas  empresas; 
atravesando  por  ignotos  mares, 
y  reduciendo  naves  á  pavesas, 
y  derribando  bárbaros  altares, 
ahuyentaron  sus  ídolos  inmundos 
y  enaltecieron  en  región  extra  fia 
con  los  pendones  de  la  noble  España 
la  redentora  cVuz  que  unió  dos  numdos. 
¿Quién  reveló  á  la  atónita  mirada 
del  viejo  continente 
la  tierra  tantos  siglos  ignorada, 
y  las  puertas  abrió  del  Occidente? 
El  genovés  Colon. — Vagó  primero 
por  otros  reinos  demandando  ayuda 
con  inútil  afán:  era  extranjero, 
y  donde  no  la  befa,  halló  la  duda; 
pero  al  pisar  nuestra  dichosa  orilla 
venció  al  error,  encadenó  al  sarcasmo, 


118  AL    REY    DE   ESPAÑA    AMADEO    I. 

y  coiíiprendido  fué:  no  es  maravilla. 
La  lengua  nos  habló  del  entusiasmo, 
que  es  la  lengua  de  Italia  y  de  Castilla. 

En  la  moderna  edad,  en  tiempo  breve 
que  mil  hechos  magniíicos  abarca, 
se  despierta  la  Italia  y  se  conmueve 
á  la  potente  voz  de  un  gran  monarca. 
Luchó  por  su  derecho  y  su  justicia; 
por  su  gloriosa  cuna, 
y  España  sonrió  mientras  propicia 
ayudó  á  vuestro  esfuerzo  la  fortuna. 
«¡Sus!»  gritaba  este  pueblo,  palpitante, 
cuando  el  fragor  del  bronce  fulminante 
asordaba  á  la  Italia  conmovida. 
Ha  llegado  el  instante 
de  recobrar  la  libertad  perdida, 
¡Sus!  y  que  ayude  á  tu  valor  el  cielo: 
abran  tus  armas  anchuroso  espacio 
donde  pueda  tender  el  libre  vuelo 
el  águila  del  Lacio. 
Ansiando  para  tí  mejor  deslino 
juega  tu  rey  su  solio 
de  la  guerra  entre  el  fiero  torbellino. 
Busca  ó  abre  el  camino 
que  debe  conducirte  al  Capitolio. 
Y  cuando,  en  fin,  la  estrella  refulgente 
de  vuestro  padre,  vencedora  asoma  . 
la  acompaña  impaciente 
hasta  las  puertas  de  la  misma  Roma. 

Siempre  aparece,  siempre,  la  influencia 
bajo  una  ú  otra  forma,  de  aquel  lazo 
con  que  nos  acercó,  la  Omnipotencia: 
cuando  no  son  las  armas  es  la  ciencia; 
hoy  es  el  corazón  si  ayer  el  brazo. 

¿Cómo  no  han  de  esforzar  sus  afecciones 
dos  hidalgas  naciones 
que  por  leyes  idénticas  se  rigen; 
y  cómo  no  han  de  ser  buenos  hermanos? 
¿Cómo  dos  pueblos  de  tan  propio  origen 
no  han  de  estrecharse  con  amor  las  manos? 
De  luz  los  bañas  en  la  templada  zona 
el  mismo  sol:  isrual  fecundo  suelo 


AL   PEY  DE  ESPAÑA  AMADEO   I.  110 

y  el  mismo  alegre  cielo 

les  dio  el  que  ciñe  la  mejor  corona. 

Sus  valles  y  montañas,  de  riqueza 

son  veneros  opimos: 

en  ambos  la  feraz  naturaleza 

haciendo  ostentación  de  su  grandeza, 

se  desborda  en  espigas  y  racimos.! 

La  vista  en  ambos  con  placer  se  pierde 

contemplando  en  risueña  perspectiva 

campos,  do  el  limonero  siempre  verde 

crece  al  par  de  la  nunca  seca  oliva. 

Hijos  son,  y  heredaron  la  pujanza 
de  una  madre  común:  tal  vez  por  esu 
llevamos  de  esta  rara  semejanza 
en  rostro  y  corazón  el  sello  impreso. 
Y  vos,  Señor,  el  lazo  venerando 
sois,  que  á  mejor  fortuna  nos  destina 
de  nuestra  varonil  raza  latina 
el  generoso  influjo  renovando. 
El  pueblo  que  se  alzó  fiero  y  sañudo, 
el  que  arrancó  sediento  de  justicia 
las  lises  de  Borbon  de  nuestro  escudo, 
esperanzas  sin  término  acaricia. 
La  tradición  de  las  discordias  rota, 
bendecirá  la  mano  que  restaña 
la  sangre  que  aun  hoy  brota 
de  las  heridas  de  la  her^posa  España. 
¿Verá  por  su  monarca  justiciero 
reavivada  la  paz  y  el  odio  extinto? 
Así  del  pueblo  entero 
lo  ha  comprendido  el  generoso  inslinlo. 

Partícipe  también,  y  compañera 
en  la  alta  empresa  que  tenéis  por  norte, 
será,  no  hay  que  dudarlo,  la  primera 
vuestra  gentil  consorte. 
Bello  adorno  y  ejemplo 
será  de  vuestra  corte, 
y  digna  de  su  fama  y  su  linaje 
lo  ([ue  hasta  aquí  fué  alcázar  liará  teiiqílo 
donde  al  honor  se  rendirá  homenaje. 

Antonio  García  Gutiérrez. 


REVISTA  POLÍTICA. 


INTERIOR 


En  los  momentos  en  que  escribimos  estas  líneas  se  están  verificando  las 
elecciones  generales.  Por  primera  vez  desde  1810  liasta  acá  presencia  el  país 
el  espectáculo  grandioso  de  unas  elecciones  en  que  todas  las  ideas,  todas  las 
escuelas,  todos  los  intereses  pueden  tener  legítima  representación. 

Por  mucho  que  se  declame  contra  el  orden  político  creado  por  la  revolu- 
ción, por  despiadadas  que  sean  las  inculpaciones  que  se  dirijan  á  los  partidos 
que  llevaron  á  cabo  el  alzamiento  de  Setiembre,  por  abultados  que  se  pre- 
senten los  errores  cometidos  por  los  gobernantes,  la  historia  hará  justicia 
á  una  revolución  que  permite  el  ejercicio  de  todos  los  derechos  de  que 
puede  disfrutar  un  pueblo  libre;  y  cuando  suene  la  hora  de  las  grandes  impar- 
cialidades; cuando  la  obra  sejuzgfteen  su  conjunto;  cuando  amortiguadas 
las  pasiones,  frios  los  odios  y  marchitas  las  esperanzas  de  conseguir  nuevos 
trastornos  sociales,  se  compare  este  período  de  transformación  con  las  revo- 
luciones más  ó  menos  radicales  por  que  han  atravesado  los  pueblos  que  no 
han  sido  indiferentes  al  desarrollo  de  la  civilización  moderna,  quedarán  des- 
virtuadas de  un  modo  irrebatible  las  censuras,  acriminaciones  y  diatribas 
con  que  los  partidos  extremos  combaten  las  instituciones  vigentes. 

No  disfruta  ciertamente  la  nación  española  del  bienestar  á  que  deben  as- 
pirar los  pueblos  que  viven  dentro  de  un  régimen  político,  fortalecido  por  la 
aquiescencia  de  todas  las  clases  sociales  durante  sucesivas  generaciones.  El 
ímpetu  ciego  de  absolutistas,  moderados  y  republicanos  prepara  nuevas 
batallas  y  enseña  por  medios  de  que  no  cabe  dudar,  hasta  dónde  llegarán 
en  su  despecho,  convencidos  de  que  es  sueño  irrealizable  el  pensamiento  de 
destrucción  que  al  parecer  los  une,  y  de  que  por  la  voluntad  del  pueblo  no  ha 
de  llegarse  jamás  á  la  destitución  constitucional  de  la  dinastía. 

Este  lema,  levantado  cual  enseña  guerrera  al  frente  de  la  coalición  elec- 
toral, no  prepara  en  verdad  una  solución  que  pueda  poner  á  salvo  los  inte- 


INTERIOR.  121 

reses   sociales,  si  llegaran  á  destruirse  las  instituciones    fundadas  por  la 
Asamblea  Constituyente. 

Desearíamos  encontrar  un  procedimiento  que  pusiera  al  alcance  de  todo 
el  mundo  la  sinceridad  de  nuestras  convicciones;  que  mostrara  cuan  lejos 
estíl  nuestro  espíritu  de  dejarse  influir  por  los  intereses  de  partido,  por  las 
simpatías  personales,  por  ninguna  otra  mira  ni  consideración,  en  fin,  que 
librar  al  país  en  que  hemos  nacido,  de  los  trastornos  y  perturbaciones  por 
que  tendría  que  atravesar  necesariamente,  si  se  destruyera  el  actual  orden 
legal,  antes  de  encontrar  una  forma  de  Gobierno  suficiente  para  garantir  el 
orden  en  el  estado  en-  que  se  encuentran  las  naciones  occidentales  de  Europa. 

Figúrese  el  lector  por  un  momento;  consideren  los  hombres  juiciosos  cuál 
seria  la  situación  de  España  el  dia  después  de  proclamar  la  jiueva  Asamblea 
la  destitución  constitticional  déla  dinastía.  Dejemos- aparte,  como  punto 
discutible,  el  derecho  con  que  una'  Asamblea  no  constituyente  estarla  en 
actitud  de  deshacer 'la  forma  de  Gobierno  que,  como  expresión  manifiesta 
de  la  voluntad  nacional,  existe  hoy.  Settemos  en  hipótesis  que  al  abrirse  el 
nuevo  Congreso,  una  mayoría  accidental  cotnpuesta  de  carlistas,  alfonsinos, 
republicanos  federales,  republicanos  unitarios  j  montpensieristas  impeniten- 
tes, declaran  por  medio  de  una  proposición  que  el  monarca  legítimo  de  Espa- 
ña Amadeo  I  ha  dejado  de  remar.  Admitamos  en  hipótesis  también  que  el 
soberano,  dándole  á  esta  determinación  de  la  Asamblea  una  fuerza  legal,  que 
en  realidad  no  tiene,  se  ausenta  de  esta  tierra  ingrata,  para  volver  á 
su  país  natal  á  ser  recibido  entre  'aclamaciones  unánimes  por  lin  pueblo 
que  consideró  como  prenda  de  unión,  como  defensa  de  la  idea  liberal, 
como  sosten  de  la  influencia  de  la  raza  latina  en  la  política  europea,  la 
exaltación  al  trono  de  España  de  un  príncijie  educado  en  la  escuela  consti- 
tucional, cuyas  no  comunes  dotes  le  hablan  granjeado  el  afecto  de  la  nación 
en  que  habia  nacido. 

¿Cuál  seria  el  Gobierno,  preguntamos  nosotros  á  las  oposiciones,  que 
regirla  los  destinos  del  país  hasta  tanto  que  se  constituyese  en  definitiva 
el  nuevo  organismo  social]  ¿Aceptan  los  tradicionalistas,  aceptan  los  que 
creen  que  sólo  en  la  dinastía  de  D.''  Isabel  II  existe  la  legitimidad,  el 
plebiscito  que  establecen  como  fundamento  de  doctrina  los  partidarios  de 
la  forma  republicana]  iPuede  compaginarse  el  derecho  absoluto  de  la  tradi 
clon,  el  derecho  de  la  legitimidad  con  la  soberanía  del  pueblo] 

La  historia  enseña  por  cierto  con  argumentos  muy  recientes  que  estas  es- 
cuelas, mejor  dicho^  que  estos  partidos,  encomiendan  siempre  el  planteamien- 
to de  sus  principios  á  la  fuerza  armada,  sin  que  pueda  evocarse  el  recuerdo 
de  que  una  vez  hayan  subido  al  poder  pacífica  y  legalmente;  deque  se 
hayan  conservado  en  él  por  otros  ardides  que  extirpando  con  el  hierro  y 
el  fuego  á  sus  adversarios.  Una  desgracia  inconcebible  ha  puesto  al  frente  de 
la  nación  vecina  el  Gobierno  provisional  que  preside  por  abnegación  y  pa- 
triotismo Mr.  Thiers.  Impotente  para  resistir  por  más  tiempo  la  invasión  del 
pueblo  alemán,  Francia  se  ve  en  el  triste  trance  de  firmar  una  paz  que 
desmiente  la  grandeza  y  poderío,  que  en  el  concepto  general  disfrutaba,  y  en 
estos  momentos  terribles  inspiran  ya  más  temor  que  los  ejércitos  vencedores 


122  REVISTA    POLÍTICA 

las  huestes  demagógicas,   no  tan  heroicas  para  combatir  al  enemigo  común 
como  dispuestos  á   encender  una  guerra  bárbara  en  el  seno  de  la  patria. 

Se  necesita  en  verdad  estar  ciegos  por  la  pasión  para  no  aterrarse  ante  el 
porvenir  que  á  la  nación  española  espera,  si  ha  de  presenciar  la  lucha 
que  entablarían  los  tres  partidos  coaligados  que  forman  hoy  la  oposición  di- 
nástica, antes  de  que  cualquiera  de  ellos  pudiera  sobreponerse  á  los  otros 
dos,  antes  de  que  fuese  posible  establecer,  aun  momentáneamente,  con- 
cordia ni  armonía  entre  ellos. 

No  se  nos  oculta  ni  hemos  de  negar  que  figuran  entre  los  partidarios 
de  D.  Carlos  personas  que  creen  de  buena  fé  que  al  subir  al  trono  el  que  con- 
sideran rey  legítimo  de  los  españoles,  le  seria  fácil  establecer  un  sistema 
de  gobierno  moral  y  justo  en  el  cual  se  reñejarian  las  virtudes  cristianas  del 
Evangelio,  tan  fielmente,  que  los  pueblos  agradecidos  vendrían  en  su  apoyo 
arrastrados  por  un  interés  común.  Estos  espíritus  mas  crédulos  que  ilustra- 
dos, en  los  que  ejerce  una  influencia  política  decisiva  el  consejero  espiritual, 
con  harta  frecuencia  reflejo  de  las  pasiones  de  los  partidos,  se  dejan  arras- 
trar por  ilusiones  engañosas  que  desmintirian  bien  pronto  terribles  y  san- 
grientas catástrofes. 

No  desconocemos  tampoco  que  el  espectáculo  nada  edificante  que  ha 
dado  en  algunos  pueblos  de  provincia  el  uso  indiscreto  y  en  no  pocas  oca- 
siones criminal,  hecho  de  las  libertades  por  la  Kevolucion  conquistadas, 
ha  impulsado  á  familias  enteras,  á  clases  numerosas,  contra  el  estado  social 
presente,  ansiosas  de  volver  al  género  de  vida  que  hacían  sus  mayores,  como 
si  fuese  posible  resucitar  tiempos  que  pasaron,  pues  tanto  cuesta  desarraigar 
en  un  país  preocupaciones  inveteradas  que  han  merecido  el  asentimiento  de 
muchas  generaciones. 

iVquel  partido,  á  la  vez  político  y  religioso,  conserva  un  carácter  de  exa- 
geración tal,  que  ha  declarado  guerra  á  cuantos  elementos  no  se  amoldaban  á 
sus  preocupaciones  ó  no  aparecían  dispuestos  á  satisfacer  las  pasiones  de  sus 
adictos,  contándose  entre  los  excluidos  personas  pertenecientes  á  todas  las 
categorías  sociales,  desde  el  simple  ciudadano  hasta  el  Rey,  desde  el  cura  de 
la  aldea  más  humilde  hasta  el  mismo  Soberano  Pontífice.  Este  partido,  utili 
zando  para  sus  fines  políticos  y  mundanos  los  grandes  resortes  con  que  cuen- 
ta, ha  puesto  constantemente  en  ejercicio  elementos  creados  para  fines  muy 
distintos  por  la  voluntad  divina. 

Las  individualidades  que  en  él  han  adquirido  más  renombre,  que  han  al- 
canzado más  número  de  prosélitos,  jamás  titubearon  con  tal  de  extender  las 
ramificaciones  de  su  influencia,  con  tal  de  aumentar  los  resortes*  de  su  poderío, 
en  premiar  caracteres  que  inspiran  repugnancia  ,  en  cubrir  con  el  velo  de  un 
perdón  anticipado  actos  que  reprueba  la  moral  menos  intransigente,  en  favo- 
recer, si  preciso  fuera,  la  preponderancia  social  de  seres  desgraciados  cuy(j 
organismo  los  habia  llevado  á  ser  una  excepción  deshonrosa  de  la  especie 
humana. 

En  la  cátedra  del  Espíritu  Santo,  en  el  Tribunal  de  la  penitencia ,  en  la 
cámara  de  los  Reyes ,  en  los  palacios  de  los  favoritos,  en  el  hogar  doméstico, 
en  el  interior  de  la  familia ,  en  el  lecho  del  moribundo ,  allí  aparece  ostensi- 


INTERIOR.  123 

blemente  la  influencia  del  partido,  ó  late  oculta  sin  que  por  eso  sus  medios 
de  acción  sean  menos  eficaces. 

El  amor  de  madre,  los  vínculos  indisolubles  del  matrimonio,  las  afec- 
ciones ilícitas  que  la  pasión  levanta,  las  ilusiones  puras  de  la  niñez,  los 
respetos  que  el  cariño  filial  imponen,  los  celos,  la  superstición  en  que 
incurren  las  naturalezas  místicas,  la  avaricia,  la  envidia,  la  petulancia,  ins- 
trumentos son  que  se  ponen  en  juego  siempre  con  un  mismo  plan,  siempre 
con  un  mismo  fin ,  siempre  con  idéntico  propósito. 

Por  eso  es  muy  común  ver  convertidos  inconscientemente  en  defensores 
de  una. causa  política,  cuya  trascendencia  desconocen,  de  cuyas  tristes  con- 
secuencias ,  si  triunfara  algún  dia ,  no  tienen  la  menor  ideai  personas  de 
ambos  sexos,  que  no  han  salido  jamás  del  círculo  de  acción  en  que  se  agitan, 
y  resuelven  intereses  y  pasiones  de  un  carácter  privado  y  doméstico. 

Éstos  elementos  recolectados  por  manos  hábiles  en  todas  las  clases  que 
deploran  los  males  presentes  han  entrado  ciegos  en  un  partido,  del  cual  sal- 
drían horrorizados,  estamos  seguros  de  ello ,  el  dia  después  de  la  victoria. 

Seducen  á  estas  entidades  dotadas  de  una  candidez  respetable  las  palabras 
legitimidad,  derecho  tradicional,  partido  católico,  defensor  de  la  religión  de 
nuestros  mayores  y  encarnación  viva  del  antiguo  espíritu  nacional ;  y  arras 
trados  por  su  encanto  y  seducidos,  sobretodo,  por  consejeros  expertos,  han 
llegado  á  formar  una  alianza  ofensiva  y  defensiva  con  los  enemigos  más 
encarnizados  de  cuanto  ellas  intentan  defender,  de  cuanto  se  proponen  re- 
presentar. 

Verdad  es  que  si  estos  partidos  formados  por  naturalezas  fanáticas  apa- 
recen completamente  contrarios  en  principios  y  doctrinas,  la  inteligencia 
menos  perspicaz ,  al  analizarlos,  descubre  en  ellos  con  facilidad  grandes 
puntos  de  contacto. 

Participan  ambos  de  los  mismos  errores  económicos,  se  dejan  influir  por 
pasiones  análogas ,  adulan  del  mismo  modo  á  la  plebe  inflamable,  usan  como 
medio  de  convencimiento  argumentos  de  igual  índole,  persiguen,  des- 
ti erran,  aprisionan  y  Uevan  por  idéntico  sistema  de  enjuiciamiento  á  sus 
adversarios  á  la  horca  ó  á  la  guillotina :  teñida  está  en  sangre  roja  la  bandera 
en  que  aparecen  escritas  las  sublimes  palabras  Igualdad,  Libertad  y  Fra- 
ternidad, y  el  mundo  recordará  eternamente  con  horror  el  número  fabuloso 
de  seres  humanos  que  han  muerto  en  los  calabozos,  que  han  perecido  en  las 
mazmorras,  que  han  sufrido  horribles  dolores  en  el  tormento,  que  han  sido, 
en  fin,  quemados  en  las  hogueras  en  nombre  de  una  religión  de  paz,  de  cari- 
dad y  de  mansedumbre. 

La  doctrina  evangélica  que  divulgaron  por  el  mundo  contra  la  voluntad 
de  poderosos  imperios,  sencillos  y  humildes  pescadores,  necesitaba  después 
para'su  sostenimiento,  al  decir  de  estos  flamantes  apóstoles,  reyes  absolutos  que 
la  proclamaran,  ejércitos  vigorosos  que  la  defendieran,  tribunales  especiales 
constituidos  en  su  guarda  con  procedimientos  jurídicos,  hasta  entonces  des- 
conocidos, de  cuya  barbarie  no  presenta  ejemplo  la  historia  de  ningún 
pueblo. 

Aquellas  exageraciones  levantaron  pronto  otras  de  índole  menos  dis- 


124  REVISTA   POLÍTICA 

culpable.  La  exaltación  religiosa  armada,  tuvo  luego  enfrente  las  heregías 
armadas  también,  tomando  parte  en  el  combate  Juan  de  Huss,  Juan  de  Ley- 
den,  Tomás  Munzer  y  demás  dogmatizadores  que  proclamaban  un  nuevo  cre- 
do religioso  y  reformas  políticas  de  un  carácter  muy  semejante  á  las  que 
propalan  hoy  los  modernos  socialistas. 

Los  restos  de  semejante  estado  social,  la  influencia  que  aún  ejerce  entre 
nosotros,  los  vicios  que  lia  infiltrado  en  la  organización  de  los  poderes  pú- 
blicos, hacen  más  difícil  en  un  país  con  semejantes  tradiciones,  la  aclimata- 
ción del  Gobierno  representativo  y  de  la  Libertad  moderna. 

Para  destruir  esta  libertad,  van  en  estos  momentos  unidos  y  compactos 
á  depositar  en  la  urna  el  boletín  que  la  niega,  ortodoxos  y  heresiarcas,  ab- 
solutistas y  republicanos,  los  defensores  de  los  errores  de  ayer  y  los  sostene- 
dores de  las  locuras  de  mañana.  Los  eternos  enemigos  se  han  dado  un  ósculo 
de  paz,  las  pasiones  han  sido  más  fuertes  que  los  principios,  los  intereses  más 
pujantes  que  las  ideas,  los  odios  más  vivos  que  las  máximas  de  las  respectivas 
iglesias. 

El  canónigo  Manterola  y  el  tribuno  Castelar,  el  defensor  apasionado  del 
Dios  del  poder  y  el  admirador  fervoroso  del  Dios  de  la  misericordia,  el  entu- 
siasta de  San  Vicente  Ferrer  y  el  enemigo  implacable  de  las  tinieblas  de  la 
Edad  Media,  marchan  al  frente  de  sus  respectivas  huestes,  entran  amigos  y 
compañeros  en  la  lucha;  las  damas  más  distinguidas  y  las  mujeres  del  bajo 
pueblo  los  incitan  con  la  misma  pasión  al  combate;  los  salones  y  los  clubs  se 
han  dado  la  mano;  Mad.  Lamballe  y  la  cortesana  Mirecourt,  se  estrechan  eu 
púdico,  noble  y  generoso  abrazo;  la  Saint  Bartelemy,  las  hogueras  inquisito- 
riales, las  dragonadas,  los  voluntarios  realistas,  las  purificaciones,  los  asesina- 
tos jurídicos  de  1814  y  1824  en  España,  han  hecho  alianza  con  los  asesinatos 
de  Setiembre  en  Francia,  con  la  guillotina,  con  los  rojos  de  1848,  con  los 
reformadores  de  Marsella,  de  Lyon  y  Belleville,  con  los  republicanos  fedc- 
i-ales  de  Jerez  y  de  Paterna. 

La  historia  de  la  humanidad  registra  asombrosas  armonías. 

Detrás  de  estos  elementos,  y  en  segunda  línea,  con  menos  reahdad  de 
fuerzas  que  apariencias  de  importancia,  aparece  el  antiguo  partido  moderado 
del  que  antes  de  la  revolución  se  hablan  ido  ya  apartando  muchos  de  sus 
hombres  notables,  convencidos  de  cuan  imposible  era  hacerle  aceptar  las 
ideas  modernas  que  se  hablan  abierto  camino  en  el  mundo  civilizado. 

En  vano  alguna  de  sus  individualidades  hacia  heroicos  esfuerzos  para 
que  siguiera  una  marcha  progresiva  semejante  á  la  que  hablan  adoptado 
el  partido  tory  en  Inglaterra,  los  amigos  de  Cavour  en  Italia,  y  los  conserva- 
dores liberales  en  Francia.  El  propósito  fué  ineficaz.  Las  influencias  teo- 
cráticas, los  elementos  políticos  que  reconocieron  á  la  reina  Isabel  en  el  Con- 
venio de  Vergara,  y  personalidades  excépticas,  dispuestas  lo  mismo  á  ca- 
larse el  gorro  frigio  que  á  adular  á  los  poderes  absolutos  con  tal  de  reali- 
zar sus  sueños  de  ambición  ó  de  buscar  un  modus  vivendi,  se  hablan  apode- 
rado por  completo  del  gobierno  del  Estado. 

La  adulación  jialaciega,  y  lazos  de  otra  índole  cegaron  por  completo  á 
la  persona  augusta  que  ocupaba  el  Tron<i,   por  tal  manera  que,  cuando  habia 


INTERIOR.  125 

llegado  á  ser  un  poder  aislado,  sin  ramificaciones  en  el  país,  condenado  por 
la  opinión  pública,  se  creia  aún  soberana  absoluta,  sorprendiéndole,  cual 
inesperada  desgracia,  la  revohicion  que  puso  fin  á  su  reinado. 

Cayó  la  monarquía  de  Doña  Isabel  II  porque  liabia  renegado  de  su  origen  y 
antecedentes;  porque  liabia  mirado  con  sistemático  menosprecio  las  formas  más 
esenciales  del  sistema  representativo;  porque  se  habia  divorciado  poco  á  poco 
de  todos  los  partidos;  porqiie  sus  consejeros  responsables  hablan  becho  osten- 
siblemente añicos  la  Constitución  del  Estado,  buscando  apoyo  moral  en  lo 
que  llamaban  por  servil  adulación  la  constitución  interna  del  |)aw,  es  decir, 
las  instituciones  á  que  antes  nos  hemos  referido,  que  la  nación  ilustrada  con- 
sideraba justamente  como  el  lecho  de  Procusto  de  su  antiguo  poderío  y  per- 
dida grandeza. 

Esa  constitución  interna,  resucitada  por  hombres  de  origen  revoluciona- 
rio, era  el  último  sarcasmo  que  podia  arrojarse  ala  frente  de  un  pueblo  opri- 
mido. Proclamar  esa  constitución  interna  equivalía  á  decir  en  pleno  si- 
glo XIX  que  el  Tribunal  de  la  Fé  era  una  institución  respetable;  la  per- 
secución de  los  judíos  acto  digno  de  alabanza;  la  expulsión  de  los  mo- 
riscos una  medida  benéfica,  moral  y  económicamente  considerada;  la  in- 
vasión de  la  sociedad  religiosa  en  la  sociedad  civil,  contra  lo  cual  hablan  cha- 
mado tanto  las  Cortes  españolas  y  el  Consejo  de  Castilla,  fuente  de  fortuna; 
(lue  en  los  favoritos  con  el  Rey  residirían  de  nuevo  los  poderes  ejecutivo, 
legislativo  y  judicial;  que  todo  género  de  persecuciones  serian  lícitas,  y  que 
ningún  ciudadano  español  podia  escribir  sobre  historia,  sobre  filosofía,  so- 
bre política,  sobre  ciencias  sin  permiso  del  diocesano.  Jamás,  como  enton- 
ces, fué  reflejo  fiel  de  la  libertad  intelectual  que  se  concedía  á  los  españoles 
el  célebre  monólogo  que  coloca  Beaumarchais  en  boca  de  Fígaro. 

La  monarquía  se  derrocó  por  culpa  de  los  que  hoy  lloran  ineficazmente  su 
caida.  Ellos  la  precipitaron  con  sus  adulaciones;  ellos  la  abandonaron  en  el  día 
de  la  lucha;  ellos  la  habían  desacreditado,  cuando  todavía  tenia  fuerza,  vigor 
y  lozanía  para  salvarse. 

¿Quién  no  recuerda  hoy,  cuando  tanto  la  echan  de  menos,  cuando  tanto  la 
lloran,  cuando  con  éxtasis  amorosos  evocan  su  recuerdo,  cuando  ostentan 
prendas  de  lujo  como  símbolo  de  fidelidad  religiosa  á  su  memoria,  los  jui- 
cios acerbos,  las  sátiras  picantes,  las  quejas  públicas  que  proferían,  los  planes 
de  conspiración  antidinástica  en  que  entraron  cuando  los  alejaban  del 
poder  las  intrigas  palaciegas  ó  la  preponderancia  voluble  de  los  afectos 
privados,  esos  mismos  que  hoy  se  manifiestan  tan  entusiastas  y  leales  defen- 
sores] 

Para  los  que  como  nosotros  no  han  conspirado  nunca;  para  los  que  como 
nosotros  han  aceptado  la  revolución,  después  de  llevada  á  cabo  como  una  ne- 
cesidad inevitable;  para  los  que  como  nosotros  sólo  han  pensado  en  contri- 
buir por  cuantos  medios  estuviesen  á  su  alcance  á  que  las  instituciones  repre- 
sentativas y  la  monarquía  se  salvasen  del  naufragio,  convencidos  de  que  re- 
presentan la  civilización  de  nuestro  país  y  su  honra  á  los  ojos  de  Europa,  ¡qué 
espectáculo  tan  curioso  no  ofrecen  esos  courtissans  de  malhetir,  que  ayer,  como 
quien  dice,  nos  llamaban  fríos,  tímidos  y  mogigatos  porque  no  queríamos  se- 


126  REVISTA   POLÍTICA 

guir  la  desesperada  política  á  que  su  despecho,  su  ambición  y  sus  iras  los  arras- 
traban! 

Los  partidos  mismos  que  con  más  ardor  combaten  las  soluciones  legales  vi- 
gentes, el  organismo  político  que  ha  creado  la  Asamblea  Constituyente,  se  apar- 
tan de  estos  elementos  porque  conocen  su  impotencia,  y  rechazan  su  concurso 
en  la  mayor  parte  de  los  distritos  electorales,  admitiéndolo  tan  sólo  en  alguna 
que  otra  localidad  extraviada,  en  que  por  la  importancia  exclusivamente  per- 
sonal de  un  hombre  ilustre  ó  de  una  familia  respetable,  por  el  agradecimiento 
de  favores  pasados,  pueden  prestarle  alguna  ayuda.  Nadie  ignora  que,  cual- 
quiera que  sea  el  resultado  de  la  lucha  que  está  verificándose  en  estos 
momentos,  los  partidarios  de  la  monarquía  derrocada  serán  los  que  tengan 
representación  más  escasa  en  el  futuro  Parlamento. 

Si  no  queremos  implantar  de  nuevo  las  instituciones,  si  así  pueden  lla- 
marse, que  trajeron  á  la  nación  española  á  la  triste  y  vergonzosa  situación  en 
que  estaba  al  morir  Carlos  el  Hechizado;  si  no  queremos  que  se  levanten  otra 
vez  entre  nosotros  cual  figuras  respetables  los  Froilan  Diaz,  los  Nithard,  los 
Calomardes  y  Clarets;  si  no  queremos  que  vuelva  á  comenzar  el  imperio,  ya 
público,  ya  secreto  de  los  favoritos;  si  no  queremos  ver  en  nuestro  país  el 
triunfo,  no  de  una  democracia  territorial  y  conservadora  como  la  de  los  Es- 
tados Unidos  de  América:4gino  de  una  democracia  utópica  que  aborta  cons- 
tantemente de  su  seno,  por  desgracia  de  ella  misma,  todas  las  malas  pasiones 
que  caben  en  el  corazón  humano,  preciso  es  que  se  unan  los  hombres  'de 
buena  fé,  los  que  sientan  latir  en  su  corazón  verdadero  patriotismo,  cuantos 
abriguen  simpatías  por  el  espíritu  del  siglo  en  que  han  nacido,  para  salvar  la 
monarquía  constitucional  de  los  rudos  embates  de  sus  sistemáticos  adversarios. 
Pero  la  humanidad  no  realiza  las  más  grandes  empresas,  como  el  sabio 
descubre  las  verdades  de  la  ciencia  en  el  tranquilo  retiro  de  su  laboratorio; 
la  humanidad  no  se  despoja  nunca  ni  aún  en  esos  sublimes  esfuerzos  que 
para  honra  suya  registra  la  historia,  de  sus  pasiones,  de  sus  intereses,  de 
sus  susceptibilidades,  y  esto  han  de  tenerlo  muy  presente  los  Gobiernos  si 
no  quieren  encontrarse  aislados  y  sin  fuerzas  para  realizar  aun  aquello 
mismo  que  todo  el  mundo  considera  como  lo  más  ventajoso  para  los  inte- 
reses colectivos  de  la  patria. 

El  Gobierno  de  la  Asamblea  Constituyente  incurrió  en  sU  último  periodo 
en  el  error  funesto  de  confundir  la  alta  misio»  de  dotar  á  un  pueblo  de 
instituciones  permanentes  con  la  mezquina  empresa  de  halagar  la  dominación 
de  un  partido;  y  sin  un  grande  esfuerzo  de  patriotismo  y  abnegación  por  parte 
de  los  que  horas  antes  consideraba  como  adversarios,  su  influjo  hubiera 
sido  ineficaz  para  "constituir  la  monarquía,  y  la  revolución  española  habría 
terminado  encadenando  la  libertad  que  tanto  deseó  bajo  los  pies  de  un  dés- 
pota, como  han  terminado  tantas  revoluciones  infecundas  en  América  y  en 
Francia. 

Pero  si  de  aquel  riesgo  nos  salvamos,  seria  necesario  estar  dotado  de 
Una  hipocresía  que  no  cabe  en  nuestro  ánimo  para  no  vislumbrar  ya  clara- 
mente que  iguales,  si  no  más  exagerados  jpeligros,  se  levantan  hoy.  Tengan 
presente  los  jefes  de  los  partidos  que  si  por  una  intransigencia  indisculpable, 


EXTERIOR.  127 

las  instituciones  á  tanto  precio  alcanzadas  se  destruyeran,  asfixiados  por  la 
densa  atmósfera  de  un  círculo  estrecho  á  donde  no  penetrasen  los  aires  puros 
de  la  patria  común,  no  se  perderían  las  ideas  políticas  que  forman  la  dife- 
rencia accidental  de  los  partidos,  que  constituyen  los  detalles  más  perfectos 
de  los  sistemas,  que  son  el  perfil  más  correcto  de  la  obra,  sino  que  el  edificio 
se  desplomarla,  cogiendo  debajo  á  todos  los  que  no  hablamos  podido  sos- 
tenerlo, para  vergüenza  eterna  y  ludibrio  perpetuo  ante  el  mundo  civilizado, 
que  habia  llegado  á  creernos  capaces  de  formar  parte  de  los  pueblos,  que 
encuentran  fuerzas  en  sí  mismos  para  regenerarse. 

J.  L,  Albaeeda. 


EXTERIOR. 


Los  preliminares  de  la  paz  estipulados  por  Mr.  Tliiers  y  el  Conde  de  Bismark,  han 
sido  aprobados  en  la  Asamblea  francesa  por  la  grandísima  mayoría  de  546  votos  contra 
107.  Francia  cede  á  la  Alemania  toda  la  Alsacia  menos  Belfort,  y  una  gran  parte  de  la 
Lorena,  en  que  están  comprendidos  Metzy  Thionville.  Se  compromete  á  jiagar  cinco 
rail  millones  de  francos  de  indemnización,  de  los  cuales  mil  lian  de  ser  entregados  en 
el  presente  año  y  el  resto  en  un  período  de  tres.  Si  dejara  de  pagarse  algún  i^lazo  á 
su  vencimiento,  se  aumentarán  intereses  á  razón  de  cinco  por  ciento  al  año  á  contar 
desde  la  fecha  de  la  ratificación  del  tratado.  .Las  tropas  alemanas  seguirán  ocupando 
los  deiiartamentos  de  que  se  lian  apoderado  durante  la  guerra,  evacuándolos  á  propor- 
ción que  sean  satisfecbas  las  cantidades  en  que  la  indemnización  de  gastos  de  guerra 
se  ha  fijado.  Además  se  ha  comprendido  entre  los  preliminares  para  la  paz,  la  entra- 
da de  los  prusianos  en  París. 

De  esta  manera,  han  sido  satisfechas  todas  las  aspiraciones  que  la  ambición  alema- 
na ha  tenido  durante  las  hostilidades.  No  hay  una  sola  de  las  cosas  pedidas  por  los 
periódicos,  por  las  sociedades  políticas  y  por  las  corporaciones  populares  de  Alema- 
nia, que  no  haya  sido  conseguida  por  el  Conde  de  Bismark:  cesión  de  dos  grandes,  ricas 
é  industriosas  provincias  que  formaban  parte  de  la  Francia  desde  hace  dos  siglos,  y 
que  no  quieren  dejar  de  ser  francesas;  contribución  de  gtierra  que  se  eleva  á  una  cifra 
jamás  oida  en  la  historia  económica  de  Eurojia;  ocupación  militar  por  un  largo  período 
de  tiempo;  entrada  triunfal  en  París,  veríficada,  no  como  un  acto  de  guerra,  sino  como 
el  cumplimiento  de  un  tratado  de  paz,  es  decir,  como  una. humillación  innecesaria  im- 
puesta por  los  vencedores  á  los  vencidos. 

Antes  de  salir  Mr.  Thiers  de  Burdeos  para  París  y  Versalles,  afirmaba  en  la  Asam» 
blea  nacional,  que  la  paz  no  seria,  aceptada  sino  siendo  honrosa.  Pero  ¿qué  más  le  han 
pedido  pedir?  ¿qué  más  ha  podido  dar?  Verdad  es  que  la  contribución  de  guerra  no  ha 
subido  á  diez  mil  millones  de  francos;  que  la  Francia  no  ha  cedido  á  Pondichery  ni  una 
parte  de  su  escuadra;  pero  en  lo  relativo  á  la  cuestión  de  honra  lo  mismo  importan 
cinco  mil  millones  de  francos  que  doble  cantidad;  y  el  ceder  á  Strasburgo  y  á  Metz, 
no  paede  considerarse  menos  triste  que  entregar  á  Pondichery.  Sin  embargo,  la  crí- 
tica no  encuentra  fuerzas  para  censurar  la  conducta  de  Mr.  Thiers,  porque  no  se  ve 
qué  otra  cosa  hubiera  podido  hacer.  La  Francia  se  halla  en  imposibilidad  absoluta  de 
negar  nada  de  lo  que  exijan  süa  vencedores;  y  la  Alemania,  ebria  de  alegría  y  de  or- 


128  REVISTA   POLÍTICA 

jíuUo,  ha  exigido  todo,  absolutamente  todo  lo  que  se  lia  creido  en  el  caso  de  poder 
adquirir  en  las  excepcionales  circunstancias  presentes.  La  i>az  hecha  de  esta  manera 
no  será  sino  una  tregua  más  ó  menos  corta. 

Motivo  no  le  falta  ciertamente  á  la  Alemania  pai-a  estar  orguUosa  por  los  resulta- 
dos de  la  guerra.  Las  batallas  de  Wcerth,  Courcellefe,  Vionville,  Grávelo tte,  Sedan, 
ileziéres,  Bazoches,  Chamijigny,  Le  Bourget,  Chaugé,  Le  Mans;  la  toma  de  las  pla- 
zas fuertes  Verduu,  Soissous,  Montmedy,  Meziéres,  Pérbnne,  Longwy,  Strasburgo, 
Metz  y  París;  sus  sorprendentes  victorias  sobre  el  ejército  de  Mac-Mahon,  sobre  el  de 
Bazaine,  sobre  el  de  Trochu  y  sobre  el  de  Bourbaki  que  le  han  entregado  un  millón  de 
prisioneros,  son  verdaderamente  hechos  á  jjropósito  para  exaltar  la  vanidad  alemana. 

Con  razón  está  hoy  satisfecha  Prusia  de  su  excelente  organización  militar,  que  cou 
gastos  relativamente  exiguos  le  proporciona  fuerzas  extraordinarias.  Sus  ejércitos  no 
se  componen  de  mercenarios;  todos  los  ciudadanos  indistintamente  pertenecen  á  ellos. 
La  mayoría  de  los  soldados  saben  leer  y  escribir.  Entre  los  oñciales  es  muy  común 
una  educación  esmerada.  El  militarismo  tiene  menos  desarrollo  allí  que  en  otras  pai'- 
tes,  porque  la  generalidad  de  los  hombres  son  militares,  y  la  mayoría  de  ellos  no 
hacen  de  la  carrera  de  las  armas  su  principal  profesión.  Las  clases  del  ejército  están 
completamente  identiñcadas  con  la  opinión  nacional.  El  esiiíritu  de  conquista  no 
l)uede  predominar  con  exceso  ni  inspirar  expediciones  lejanas  ni  aventureras,  porque 
la  iiaz  es  el  deseo  más  vehemente  y  la  necesidad  más  grande  del  soldado  alemán,  aún 
en  sus  mayores  triunfos.  El '  vencedor  de  Sadowa  y  de  Sedan  nada  puede  apetecer 
como  regresar  al  seno  de  su  familia  querida  y  de  svi  industria  abandonada.  La  mora- 
lidad i^ública  padece  menos  que  en  ninguna  otra  jjarte  por  la  conservación  de  los  ejér- 
citos permanentes,  porque  los  hombres  permanecen  en  las  filas  durante  menos  tiem- 
po, y  los  matrimonios  están  menos- dificultados. 

También  es  legítimo  motivo  de  orgullo  para  la  Prusia  la  superioridad  de  los  conoci- 
mientos estratégicos  de  su  Estado  mayor. 'Jamás  se  hablan  movido  con  tanto  desahogo 
y  tanta  precisión  masas  enormes  de  combatientes.  Ni  un  sólo  momento  durante  toda 
la  guerra  se  ha  notado  vacilaciou,  confusión  ni  retardo  en  los  movimientos  combinados 
de  más  de  medio  millón  de  hombres  que  marchaban  por  país  enemigo.  Algunos  corres- 
l)onsales  de  periódicos  escriben  desde  los  Cuarteles  generales  de  los  ejércitos  alemanes, 
que  Molke  no  ha  tenido  nunca  que  dar  una  contraorden,  que  rectificar  un  cálculo,  que 
corx'egir  una  equivocación;  y  ciertamente  los  franceses  nada  han  dicho  que  tienda  á 
desmeutir  tan  jactanciosa  afirmación. 

N"o  menos  admirable  que  la  manera  del  reclutamiento  y  los  adelantos  de  la  estrate- 
gia es  el  orden  con  que  la  administración  militar  alemana  ha  procedido.  No  se  ha  te- 
nido noticia  deim  dia  de  privación  ó  de  escasez  de  recursos  en  los  cuatro  grandes  ejér- 
citos y  en  los  innumerables  destacamentos  mantenidos  á  doscientas  leguas  de  la 
patria.  Puede  formarse  idea  de  las  dificultades  de  esta  tarea  colosal  con  una  sencilla 
noticia  de  los  suministros  necesarios  para  el  ejército  sitiador  de  París.  Hacen  allí  falta 
todos  los  días  148.000  panes  de  tres  libras,  1,020  qiiintales  de  arroz  ó  de  cebada. 
595  vacas  í>  1.029  qiiintales  de  tocino,  144  quintales  de  sal,  9.600  quintales  de  avena, 
24.000  quintales  de- heno,  28.000  cuartillos  de  aguardiente  ó  licores  espirituosos.  Con 
toda  regularidad  se  entregan  á  cada  cuerpo  de  ejército,  que  componen  de  25  á  30.000 
hombres,  para  cada  diez  dias  1.100.000  cigarros  para  los  soldados  y  50.000  cigaiTOS 
para  los  oficiales.  Las  provisiones  de  boca  y  los  forrajes  para  cada  cuerpo  de  ejército 
exigen  diariamente  cinco  trenes  de  camino  de  hieri'o,  cada  uno  de  32  w^ones.  Hay 
que  notar,  sin  embargo,  que  la  Administración  militar  alemana  ha  encontrado  ines . 
perados  auxilios  en  las  considerables  provisiones  que  el  enemigo  le  ha  ido  entregando 
constantemente  en  los  campamentos  que  abandonaba  y  en  las  plazas  fuertes  que  se 
reudiau. 


EXTERIOR.  129     . 

Respecto  de  la  mauera  de  hacer  la  guerra,  los  alemanes  han  sido  vivamente  acusa- 
dos de  crueldad  y  de  barbarie  por  los  franceses,  y  este  es  un  punto  que  merece  ser  ex- 
clarecido  con  cuidado,  por  lo  que  interesa  consignar  todo  lo  que  se  refiera  al  iDrogreso 
p  retroceso  en  materia  de  dulzura  de  costumbres,  qiie  es,  en  último  resultado,  en  lo 
que  principalmente  consisten  las  conquistas  de  la  civilización.  Los  alemanes,  que  se 
han  manifestado  intratables  en  muchas  cosas  desdeñando  entrar  en  explicaciones  y  dar 
satisfacciones,  se  han  apresurado,  en  cuantos  casos  se  han  ofrecido,  á  negar  los  cargos 
de  crueldad,  de  infracciones  de  la  convención  de  Ginebra  ó  de  uso  de  medios  deslea- 
les. A  la  protesta  del  general  Trochu,  que  suponía  que  varios  hospitales  de  París  ha- 
blan sido  tomados  como  puntos  de  mira  para  las  piezas  de  artillería  que  bombar- 
deaban la  cai^ital,  el.  conde  de  Molke  contestó  protestando  contra  semejante  suposi- 
ción, y  presentando  como  una  garantía  suficiente  contra  toda  sospecha  de  ese  género 
la  humanidad  con  que  los  alemanes  han  hecho  la  guerra  en  cuanto  lo  ha  permitido  el 
carácter  dada  á  ésta  por  los  franceses  desde  el  dia4  de  Setiembre. 

El  doctor  Braun,  de  Wiesbaden,  miembro  del  Reiclistobg  del  imperio  alemán,  ha 
publicado  un  libro,  en  el  cual  trata  de  esta  cuestión  procurando  justificar  la  con- 
ducta de  sus  compatriotas.  De  labios  de  una  de  las  i^ersonas  que  han  desempeñado 
en  Versalles  una  misión  diplomática,  dice  haber  oído  la  siguiente  observación  del 
general  anglo-americano  Shéridan:  "Extraña  guerra  en  la  que  el  vencedor  es 
saqueado  por  el  vencido!  Los  alemanes  pagan  aquí  dos  francos  por  una  bujía 
de  estearina,  tres  francos  per  una  libra  de  vaca,  y  doce  francos  por  una  botella 
de  Champagne;  y  todavía  quedan  agradecidos  á  los  vencidos  porque  no  piden 
más;  y  pagan  en  metálico  sonante.  En  América  nosotros  procedíamos  de  otra 
manera.  II  Añade  el  doctor  Cái-los  Braun,  que  Jos  alemanes  empezaron  la  guerra  coa 
la  intención  de  ajvistar  sus  actos  á  las  reglas  humanas  del  derecho  de  gentes  mo- 
derno llevadas  hasta  sus  últimas  exigencias.  Se  conformaron  con  los  artículos  de  la 
Convención  de  Ginebra  aún  después  de  infringirlos  los  franceses,  y  prodigaron  cuida  - 
dos  médicos  á  los  heridos  enemigos  mientras  sus  advesarios  dejaban  sin  socoito  á  los 
alemanes.  Verdad,  es,  que  los  franceses  hacían  lo  mismo  con  los  suyos.  En  Orleans 
cometieron  sobre  los  heridos  alemanes  refugiados  en  los  hospitales,  atrocidades  inca- 
lificables: apresaron  en  otros  pxmtos  y  saquearon  muchos  convoyes  del¡  servicio  de  Sa- 
nidad militar  sin  que  puedan  pretestar  ignorancia,  porque  arrancaron  las  bandera» 
blancas  con  la  cruz  roja  y  las  llevaron  consigo  como  otros  tantos  trofeos.  En  cuanto  al 
derecho  de  gentes  marítimo,  el  doctor  Braun  cita  el  testimonio  del  célebre  escritor 
francés  Mr.  Chevalier  para  probar  que  loa  alemanes  se  adelantan  á  los  franceses  en  la 
aplicación  de  los  principios  de  humanidad.  Y  respecto  del  derecho  de  la  guerra  en  tier- 
ra, recuerda  que  todos  los  autores  desde  Vattel  hasta  H.  B.  Oppenheim,  Bluntschli 
y  Halleck,  deducen  el  respecto  debido  á  la  población  pacífica  de  la  suposición  de  que 
el  hombre  civil  se  abstiene  de  todas  las  hostilidades  que  son  un  deber  para  el  militar. 
Si  el  hombre  civil  realiza  actos  de  gueiTa,  pierde  sus  derechos  sin  adquirir  los  de  sol- 
dado. 

"Mr.  W.  de  Voigts-Rhetz  ha  dirigido  al  Echo  du  Parkment,  de  Bruselas,  una  carta 
refutando  las  que  él  llama  calumnias  de  los  periódicos  franceses,  relativas  á  la  manera 
con  que  los  prisioneros  son  tratados  en  Alemania.  Segim  él,  son  mejor  alimentados, 
por  regla  general,  que  las  mismas  tropas  del  i^aís;  no  sólo  reciben  las  mismas  raciones 
de  i)an(  carne  y  legumbres,  sino  que  se  les  distribuye  dos  veces  por  día  café,  que  no  se 
da  á  los  soldados  alemanes;  se  hace  para  los  prisioneros  un  pan  especial  mucho  más 
fino  y  blanco  que  el  ordinario  de  munición  y  se  les  da  cada  tarde  un  trozo  de  salchi- 
chón, que  no  reciben  los  soldados  del  país.  La  cantidad  de  combustible  es  la  misma, 
siendo  más  que  suficiente.  Aunque  no  reciben  paga,  propiamente  dicha,  se  ha  creado 
por  medio  "de  la  compra  al  por  mayor  de  los  artículos  de  consumo,  y  gracias  auna  sabia 

TOMOXÍX,  8 


150  REVISTA    POLÍTICA 

economía,  un  fondo  que  permite  ala  Administración  darles  una  pequeña  gratificación 
en  dinero  para  que  puedan  proporcionarse  tabaco,  papel,  jabón,  etc.  Millaresde  cami- 
sas, medias  y  zapatos  han  sido  distribuidos  á  los  prisioneros  desde  que  fueron  interna- 
dos en  Alemania;  sus  vestidos  usados  son  reemplazados  por  otros  hechos  con  los  géne- 
ros que  se  han  encontrado  en  los  almacenes  de  las  fortalezas  francesas,  ó  que  se  han  to- 
mado de  los  depósitos  militares  alemanes.  No  se  exige  más  que  cinco  horas  de  trabajo  al 
dia  al  ijrisionero,  como  compensación  de  los  gastos  que  su  manutención  causa  al  Esta- 
do; pero  el  excesivo  número  de  prisioneros  no  permite  con  frecuencia  ocuparlos  ni  aún 
ese  poco  de  tiempo;  y  así  se  les  ve  siempre  pasear  en  gran  número  por  las  ciudades, 
mezclándose  con  los  soldados  y  los  hombres  del  pueblo  en  las  tabernas  y  cafés.  Los  que 
quieren  trabajar  en  casas  de  artesanos  ó  de  otros  pai-ticulares  consiguen  siempre  sin 
dificultad  el  i)ermiso  de  hacerlo  y  mejorar  así  notablemente  su  posición  material.  En 
Maguncia  han  sido  1.831  los  que  han  encontrado  un  trabajo  más  órnenos  lucrativo  en 
la  ciudad  ó  en  sus  cercanías.  Las  dos  terceras  partes  del  producto  de  este  trabajo  en- 
tran inmediatamente  en  poder  del  obrero  y  el  resto  es  depositado  en  una  caja  de  la 
administración  militar  y  sirve  para  formar  en  favor  del  prisionero  un  pequeño  fondo 
l)ara  el  dia  de  su  regreso.  Se  ha  visto  en  algunos  canges  de  prisioneros  ser  jnás  los 
franceses  deseosos  de  continuar  en  Alemania  que  los  que  se  alegraban  de  volver  á  su 
patria;  y,  de  todos  modos,  es  cierto  que  no  hay  en  todo  el  país  alemán  una  sola  pobla- 
ción en  donde  se  haya  encerrado  á  los  prisioneros  de  guerra  en  una  prisión  tan  triste, 
tan  sucia  y  repugnante  como  la  que  en  París  se  les  ha  dado  en  la  Roquette,  lugar  de 
detención  de  los  condenados  á  muerte. 

Las  más  imiiortantes  defensas  de  la  humana  conducta  observada  por  los  alemanes 
son  naturalmente  las  hechas  iior  el  conde  de  Bismark.  El  27  de  Diciembre  dirigía  á 
Mr.  Washburne,  ministro  de  los  Estados-Unidos,  á  fin  de  que  la  comunicase  á  Mon- 
sieur  Jules  Favre,  ministro  de  Negocios  extranjeros  de  Francia,  una  nota  en  que  se 
quejaba  de  los  disparos  de  fusil  hechos  por  soldados  franceses  sobre  un  oficial  alemán 
encargado  de  entregar  cartas  en  las  avanzadas  en  el  momento  en  que  se  disponía  á 
abandonar  el  puente  de  Sévres  y  en  que  las  banderas  parlamentarias  estaban  desple- 
gadas de  una  y  otra  parte.  "Al  principio  de  la  guerra,  decía  el  conde  de  Bismark, 
nuestros  oficiales  y  los  trompetas  qvie  los  acompañaban,  han  sido  muchas  veces,  casi 
siempre,  víctimas  del  desprecio  de  las  tropas  francesas  hacia  los  derechos  de  los  par- 
lamentarios; y  fué  preciso  renunciará  toda  comunicación  de  esta  clase.  —Desde  hacia 
al"-un  tiempo  parecía  haberse  vuelto  á  una  observancia  más  extricta  del  derecho  de 
gentes,  universalmente  reconocido;  y  ha  sido  ijosible  mantener  relaciones  reculares 
con  París  principalmente  establecidas  para  dar  salida  á  los  despachos  de  vuestra  le- 
gación.  El  suceso  del  23  demuestra  que  nuestros  parlamentarios  vuelven  á  no  estar 

en  se<niridad  al  alcance  del  fusil  francés  y  nos  veremos  obligados  á  renunciar  al  cambio 
de  comunicaciones  con  el  enemigo,  como  no  se  nos  den  garantías  seguras  contra  la 
repetición  de  tales  agresiones,  n 

En  otro  despacho  del  17  de  Enero  dirigido  al  ministro  de  Suiza,  en  contestación  á 
lina  carta  en  que  aquel  diplomático  y  otros  habían  reclamado  para  los  extranjeros  fel 
permiso  de  salir  de  París  y  de  sacar  todos  sus  bienes,  el  conde  de  Bismark  rechazaba 
la  idea  de  que  los  alemanes  hubieran  faltado  á  las  prescripciones  de  la  convención  de 
Ginebra;  y  echaba  la  culpa  del  sitio  y  bombardeo  de  París  á  los  que  habían  convertido 
en  plaza  fuerte  la  capital  de  una  gran  nación  y  sus  cercanías. 

El  documento  más  extenso  y  en  que  con  mayor  detención  ha  tratado  el  Canciller  ale- 
mán de  justificar  la  conducta  de  los'  invasores  en  Francia,  es  la  circiüar  dirigida  en  9 
de  Enero  á  los  agentes  diplomáticos  de  la  Confederación  germánica  en  el  extranjero, 
contestando  á  una  protesta  enviada  á  los  periódicos  por  el  conde  de  Chaudordy,  en- 
cargado de  los  Negocios  extranjeros  en  la  delegación  de  Burdeos.  Comienza  haciendo 


EXTERIOR.  131 

un  paralelo  entre  los  ejércitos  beligerantes  para  recordar  que  es  mayor  en  el  ale- 
mán la  instrucción  y  mayores  también  por  lo"' mismo  la  cultura  moral  y  los  sen- 
timientos de  humanidad.  "Cuesta  trabajo  creer,  dice,  que  el  conde  Chaudordy  y  las 
personas  que  le  lian  encargado  su  protesta  puedan  suponer  en  un  gobierno,  tan  grande 
ignorancia  de  las  cosas  del  extranjero,  como  la  que  en  Francia  permite  formar  tales 
cálciüos.  En  otros  iiaises  se  ha  adqiiirido  la  costumbre  de  tomar  como  objeto  de 
estudio  y  observación,  el  estado  de  cultura  de  los  pueblos  extranjeros.  Todo  el  mundo 
conoce  cuál  es  la  instrucción  y  cuáles  siis  frutos  en  Alemania  y  Francia;  sabe  que 
entre  nosotros  se  halla  establecida  la  obligación  universal  del  servicio  militar  y  entre 
nuestros  enemigos  las  quintas  con  redención;  comprende  qué  clase  de  elementos  en 
los  ejércitos  alemanes  están  colocados  hoy,en  frente  de  los  sustitiitos,  de  los  turcos,  de 
las  compañías  disciplinarias;  recuerda  la  historia  de  las  guerras  precedentes,  siendo 
miichas  las  comarcas  que  por  exi^eriencia  i^ropia  conocen  la  manera  con  que  las  tropas 
francesas  se  conducen  en  país  enemigo.  Los  representantes  de  la  prensa  europea  y 
americana,  álos' cuales  con  mucho  gusto  hemos  permitido  estar  entre  nosotros,  han 
observado  y  atestiguado  hasta  qué  juinto  [el  soldado  alemán  sabe  conciliar  la  huma- 
nidad con  el  valor,  hasta  qué  punto  se  vacila  en  nuestro  ejéi-cito  para  ejecutar  las 
medidas  rigorosas  pero  auiorizadas  jjor  el  derecho  de  gentes  y  el  uso  de  la  guerra  que 
hay  necesidad  de  tomar  á  fin  de  proteger  á  nuestras  tropas  contra  el  asesinato.  Las 
más  grandes  y  más  persistentes  alteraciones  de  la  verdad  no  han  logrado  oscurecer 
el  hecho  de  que  son  los  franceses  quienes  han  dado  á  esta  guerra  el  carácter  que  va 
tomando.  II  Refiere  después  el  Canciller  alemán  que  con  circunstancias,  que  no  per- 
miten suponer  de  parte  de  las  tropas  francesas  equivocación,  habia  sucedido  en  vein- 
tiún casos  distintos  desde  el  9  de  Agosto  al  23  de  Diciembre,  haberse  hecho  fuego 
sobre  i^arlamentarios  alemanes,  resultando  muerto  un  trompeta  en  una  de  aquellas 
ocasiones;  y  en  otras  varias,  heridos  otros  dos  trompetas  y  un  porta-estandarte  y 
hechos  prisioneros  un  comandante  de  escuadrón,  im  teniente  y  un  trompeta.  Según 
otra  estadística  adjunta  también  á  la  circular,  el  conde  de  Bismark  enumeraba  treinta 
y  un  casos  de  violaciones  de  la  convención  de  Ginebra  cometidas  hasta  aquel  dia  por 
los  franceses  contra  los  destacamentos  de  sanidad  militar,  los  convoyes  de  heridos,  y 
los  hospitales  de  sangre;  lamentables  sucesos  en  que  habían  sido  muertos,  heridos  ó 
prisioneros  conductores  de  enfermos,  médicos,  emijleados  de  los  hospitales  y  oficiales 
del  cuerpo  de  sanidad.  El  conde  de  Bismark  acusa  á  los  franceses  de  no  haber  estado 
preparados  para  el  cumi)limiento  de  la  Convención  de  Ginebra,  de  cuyas  prescripcio- 
nes comenzaron  á  tener  conocimiento  por  los  delegados  alemanes,  habiendo  habido 
médicos  militares  franceses  de  la  mayor  categoría  que  hasta  después  de  la  batalla  de 
Wissemburgo  no  se  enteraron  de  las  insignias  que  debían  usar. 

En  la  batalla  de  Voertli,  continuaba  diciendo  el  Canciller  alemán,  se  observó  que 
las  balas  de  fusil  francesas  se  hundían  en  el  suelo,  y  que  en  seguida,  con  un  ruido 
muy  claro  hacían  saltar  la  tierra  á  su  alrededor.  El  coronel  Bekedorff  fué  gravemente 
herido  porima  bala  explosiva:  un  proyectil  de  la  misma  clase  hirió  en  el.combate  de 
Tours  del  20  de  Diciemljre  á  un  teniente  del  2."  regimiento  de  hiüanos  de  Pomerania. 
Entre  las  municiones  cogidas  en  Strasburgo  se  han  visto  balas  explosivas.  Encima 
de  los  prisioneros  franceses  se  han  encontrado  cartuchos  cuyo  proyectü  se  compone 
de  ima  bala  de  plomo  cortada  en  diez  y  seis  pedazos  angulosos.  Uno  de  los  mu- 
chos ejemplares  que  se  han  hallado  de  esta  clase  de  balas,  ha  sido  enviado  al  ministro 
de  Negocios  extranjeros  en  Berlín  y  puesto  ala  vista  de  los  representantes  de  las  demás 
potencias.  En  la  guerra  marítima,  los  franceses  han  faltado  igualmente  al  derecho  de 
gentes.  Su  vapor  de  guerra  Desaix,  en  vez  de  conducir  á  un  puerto  de  Francia  tres 
buques  mercantes  alemanes  que  habia  apresado,  para  que  el  tribunal  de  presas  dictase 
sentencia  respecto  de  ellos,  los  destruyó  en  alta  mar  quemándolos  ó  echándolos  á 


152  REVISTA    POLÍTICA 

pique.  Los  prisioneros  franceses,  qne  en  un  ni\mero  sin  ejemplo  han  caido  cu  manos 
de  los  alemanes,  son  bien  tratados,  estén  heridos,  enfermos  ó  sanos;  mientras  que  los 
prisioneros  alemanes  en  Francia,  atinqueno  llegan  á  la  décima  parte,  son  ohjeto  de 
una  dureza  inliimiana  y  carecen  de  toda  clase  de  cuidados.   Cerca  de   trescientos 
prisioneros  enfermos  bá varos  que  se  encoutraban  en  los  hospitales  de  Orleans,  ataca  • 
dos  la  mayor  parte  por  el  tifus  ó  la  disentería,  han  sido  encerrados  en  los  calalwzos  y 
corredores  de  la  cárcel  de  Pan,  sobre  un  poco  de  paja,  no  recibiendo  en  seis  dias  más 
que  pan  y  agua,  hasta  que  algunas  señoras  inglesas  y  alemanas,  interesándose  por  su 
suerte,  los  han  socorrido  con  sus  propios  recursos,   y  excitado  á  la  autoridad  local  á 
que  tuviese  algún  cuidado  de  ellos.  En  otros  puntos,  los  prisioneros  alemanes,  parti- 
cularmente los  que  cayeron  en  manos  del  ejército  de  Faidherbe,  han  sido  tenidos  con 
un  frió  de  16  grados  bajocero,  en  pajares  sin  fuego:  no  se  les  ha  suministrado  mantas 
ni  un  alimento  caliente  ó  suficiente,  mientras  en  Alemania  todos  los  locales  destinatlos 
á  recibir  prisioneros  de  guerra  están  provistos  de  braseros  desde  principios  del  invier- 
no. Las  tripulaciones  de  los  buques  mercantes  alemanes,  no  sólo  han  sido  retenidas 
como  prisioneras  de  guerra,  sino  tratadas  como  malhechores,   atando  á  sus  hombres 
de  dos  en  dos  con  cadenas,  trasportándolos  de  lugar  en  lugar,  y  dándoles  uu  alimento 
que,  ni  (por  su  calidad  ni  jtor  su  cantidad,   puede  considerarse   como  suficiente.  Los 
lirisioneros  trasportados  á  través  de  las  ciudades,  no  reciben  ninguna  protección,  ex- 
cepto en  Paris,  contra  los  indignos  atropellos  que  contra  ellos  cometen  las  poblaciones. 
Eli  Alemania  no  ha  halñdo  ejem])lo  de  que  una  población  haya  faltado  ni  aun  por  i^a- 
labras  ofensivas  al  respeto  que  la  desgracia  encuentra  entre  los  pueblos  civilizados. 
A  pesar  de  las  barl)aridades  cometidas  por  los  turco?:,  ninguno  de  ellos  en  Alemania 
ha  sido  insiütado.  Las  crueldades  ejercidas  sobre  heridos  por  los  turcos,  y  los  árabes 
y  sus  horribles  bestialidades,  menos  deben  ser  imputadas  á  ellos  mismos,  atendido  su 
grado  de  civilización,  que  á  uu   gobierno  europeo  que  trae  al  teatro  de  una  guerra 
europea  esas  hordas  africanas,  cuyas  costumbres  conoce  perfectamente.  El  Diarlo  de 
los  Debates  ha  conservado  el  sentimiento  de  la  humanidad  y  de  la  vergüenza  suficiente 
para  indignarse  de  que  los  turcos  hayan  cometido  contra  heridos  y  prisionei-os  la  atro- 
cidad de  hacerles  saltar  con  el  dedo  iDulgar  los  ojos  fuera  de  sus  órbitas.  Es  igualmente 
cierto  que  los  turcos  cortaron  las  cabezas  de  los  cadáveres  y  también  á  algimos  he- 
ridos en  lá  aldea  de  Coulours,  cerca  de  Villeneuve  le'Roi,  y  que  en  la  aldea  de  Auson, 
cerca  de  Troyes,  y  en  otros  puntos  les  han  cortado  la  nariz  y  las  orejas.  Tal  vez  se 
debe  atribuir  á  las  largas  relaciones  con  Argel  y  con  los  descendientes  de  los  berberis- 
cos, el  hecho  de  que  las  autoridades  francesas  permiten  y  hasta  prescriben  á  sus  con- 
ciudadanos actos  que  son  la  negación  de  las  costumbres  de  la  guerra  obsei-vadas  entre 
los  pueblos  cristianos  y  del  sentimiento  del  honor  militar.  El  Prefecto   del  departa- 
mento de  la  Cote  d'or,  por  ejemplo,  dirigía  en  21  de  Noviembre  á  los  subprefectos  y 
ííiaires  una  circiüar,  en  que  recomienda  el  asesinato  cometido  por  los  que  no.  iisan  el 
uniforme  militar  y  lo  celebra  como  heroico. 

1 1  La  patrip,,  dice  aquella  circular,  no  os  pide  que  os  reunáis  en  masa  y  que  os 
oi>ougais  abiertamente  al  enemigo;  espera  de  vosotros  que  todas,  las  mañanas  tres 
ó  cuatro  hombres  decididos  salgan  de  su  pueblo  y  se  sitúen  en  puntos  designados 
por  la  naturaleza  misma,  desde  los  cuales  puedan  ofender  sin  peligro  á  T,o3  prusia- 
nos. Deben  sobre  todo  hacer  fuego  á  los  ginetes  enemigos,  cuyos  caballos  entrega- 
rán en  la  capital  del  distrito.  Les  concederé  un  premio  y  haré  publicar  su  acción  he- 
roica en  todos  los  periódicos  del  departamento  y  en  el  Moniteur  Officiel.  n  En  los 
actuales  usurpadores  del  gobierno  en  Francia  se  nota  una  falta  completa ,  no  sólo 
del  sentimiento  del  honor  militar,  sino  de  la  honradez  más  viilgar,  en  el  asunto  de 
ja  violación  del  compromiso  contraído  por  los  oficiales  prisioneros  franceses.  No 
tanto  conviene  condenar  á  un  mimero  relativamiente  escaso  de  esos  oficiales  que  fa 


EXTERIOR. 


loo 


tan  á  su  juramento,  mediante  el  cual  lian  obtenido  la  libertad  de  sus  movimien- 
tos dentro  de  una  ciudad  alemana,  como  apreciar  con  este  motivo  la  conducta  de 
un  gobierno  que  aprueba  el  perjurio  recibiendo  en  el  ejército  á  los  [que  solían  lic- 
clio  cvüpables  de  él  y  que  excita  á  la  comisión  de  la  falta.  Un  decreto  del  ministro 
de  la  Guerra  de  13  de  Noviembre,  caido  en  poder  de  las  tropas  federales,  desmmlo 
estimidar  á  los  -oficiales  d  que  se  escapen  de  manos  del  enemi<jo,  prometió  á  todo 
el  que  se  fugase  de  Alemania  una  gratificación  de  750  francos  sin  perjuicio  de  las 
indemnizaciones  por  pérdidas  sufridas.  nEl  Gobierno  déla  defensa  nacional ,  con- 
cluye diciendo  el  conde  de  Bismark,  excítalas  pasiones  popiüares  sin  tratar  por 
otra  parte  de  detener  sus  efectos  dentro  de  los  límites  de  la  civilización  y  del  de- 
recho de  gentes;  no  quiere  la  paz  porque  su  lenguaje  y  su  conducta  le  quitan  toda 
probabilidad  de  hacerla  aceptar  por  los  ánimos  sobrescitados  de  las  masas.  Ha  desen-  • 
cadenado  fuerzas  que  no  puede  dominar  ni  retener  dentro  de  los  confines  del  de- 
recho de  gentes  y  de  los  usos  de  la  guerra  europea.  Si  en  presenciado  tal  conjunto 
de  hechos  nos  vemos  obligados  á  usar  de  los  derechos  de  la  guerra  con  im  rigor  que 
deploramos  y  que  no  está  en  el  carácter  del  pueblo  alemán,  ni  en  nuestras  tradicio- 
nes, como  lo  pruel)an  las  guerras  de  1864  y  de  1886,  la  responsabüidad  corresponde  á 
las  personas  que  sin  título  ni  legitimidad  han  continuado  la  gvierra  napoleónica  y  la 
han  impuesto  á  la  nación  francesa  renegando  de  las  tradiciones  de  la  guerra  eu- 
ropea, ti 

El  mariscal  Mac-Mahon  se  apresuró  á  negar  el  hecho  de  que  en  la  batalla  de 
Wan-th  los  franceses  usaran  de  balas  explosivas ;  y  el  conde  de  Chaudordy,  in-otes- 
tando  también  en  el  mismo  sentido  contra  la  acusación  del  Canciller  alemán,  decia  cu 
circular  de  9  del  mismo  mes:  nJamásun  soldado  francés  ha  i)odido  servirse  de  balas 
explosivas;  si  proyectiles  de  esta  clase  han  sido  recogidos  en  el  campo  de  l^atalla,  prt)- 
cederian  de  las  filas  del  enemigo. "  Pero  el  conde  de  Bismark,  contestando  al  du(iuc  de 
Magenta,  el  11  de  Febrero,  en  una  carta  que  hizo  publicar  en  su  periódico  oficial  de 
Versalles,  le  enviaba  una  copia  del  informe  del  coronel  Beckedorff  respecto  del  hallaz- 
go  en  Wícrth  de  aíjuellas  armas  ilícitas,  y  admitiendo  que  el  Mariscal  afirma  la  verdad 
al  decir  (jue  no  habían  sido  repartidas  á  sus  tropas,  le  invita  á  reconocer  la  posibilidad 
de  que,  á  pesar  de  todo,  las  usase  algún  soldado.  En  cuanto  á  la  absoluta  negativa  del 
conde  de  Chaudordy,  Bismark  opone  el  hecho  de  que  el  maire  de  París,  pocos  días  an- 
tes, en  una  proclama  ijviblica  había  dicho  que  en  las  cercanías  del  Hotel  de  ViUc  se 
había  hecho  fuego  por  los  alborotadores  de  la  capital  sobre  el  regimiento  de  línea  nú- 
mero 101,  con  mucJias  balas  explosivas.  La  acusación,  limitándose  así  á  suponer  abu- 
sos por  parte  de  algunos  individuos  aislados,  pierde  casi  toda  su  imxjortancia.  Y  en  lo 
relativo  á  los  ataques  de  que  los  i)ai'lamentarios,  los  f tmcionaríos  de  la  Sanidad  mili- 
tar, ó  los  individuos  de  la  asociación  internacional  de  socorros  para  los  heridos  hayan 
podido  ser  objeto,  el  grandísimo  alcance  de  las  modernas  armas  de  fuego,  exfdica  que  se 
ofenda  con  ellas,  por  ignorancia,  á  una  distancia  á  que  no  puede  distingiiirse  bien  la 
bandera  blanca  de  los  unos,  ó  la  cruz  roja  de  los  otros. 

Hemos  procurado,  en  los  párrafos  anteriores,  hacer  toda  la  justicia  que  es  del)ida  á 
los  alemanes,  reconociendo  el  alto  grado  de  perfección  á  que  han  llevado  la  organiza- 
ción de  las  fuerzas  militares;  recordando  el  admirable  progreso  que  han  conseguido  sus 
conocimientos  en  estrategia  y  en  táctica,  y  los  servicios  administrativos  de  sus  ejérci- 
tos, y  dando  noticia  de  las  defensas  que  han  heclio  de  su  conducta  respecto  de  la  ma- 
nera, á  menvido  durísima,  con  que  han  ejercido  las  hostilidades.  Habría  también  (lue 
darles  la  razón  cuando  se  quejan  de  muchos  de  los  actos  del  Gobierno  establecido  en 
Francia  el  4  de  Setiembre,  y  ctiando  rechazan  las  injustificables  pretensiones  de  los 
franceses  de  que  no  es  lícito  bombardear  á" París  ó  usar  de|otros  semejantes  dorechos 
de  la  guerra.  Pero  al  examinar  y  juzgar  las  condiciones  de  la  paz  impuestas  al  pueblo 


134  REVISTA   POLÍTICA 

vencido,  no  puede  menos  de  condenarse  la  dureza  de  todas  ellas  y  los  sentimiento 
que  las  lian  inspirado.  No  sabemos  hasta  qué  líunto  es  cierto  que  el  conde  de  Bismark, 
con  ideas  más  moderadas  y  sensatas,  haya  cedido  á  las  exigencias  del  jiartido  militar, 
representado  ó  dirigido  por  el  conde  de  Molke;  y  que  el  Príncipe  imperial  de  Alema- 
nia, previendo  con  temor  la  eventualidad  do  que  durante  su  futuro  reinado  los  france- 
ses devuelvan  á  los  prusianos  en  Postdam  y  en  Berlin  la  visita  que  estos  han  hecho  á 
Versalles  y  á  Paris,  procure  dulcificar  los  rigores  de  la  derrota  de  ,1a  Francia.  Más 
bien  nos  inclinamos  á  sospechar  que  el  astuto  Canciller  del  imperio  alemán,  jirestando 
siempre  más  atención  que  á  ninguna  otra  cosa  á  la  consolidación  de  la  grande  obra  de 
la  unidad  germánica,  excita  las  pasiones  del  patriotismo,  así  en  Alemania  como  en 
Francia,  para  que  unidos  todos  los  pueblos  alemanes  en  un  sentimiento  exaltado  de 
odio  contra  un  enemigo  de  todas  suertes  poderoso  y  temible  que,  desde  hoy  en  adelante 
los  ha  de  estar  amenazando  de  continuo,  vivan  baj  o  la  presión  ineludible  del  régimen 
militar  prusiano,  que  quiere  fundir  en  una  sola  nacionalidad  alemana  compacta,  la 
todavía  existente  muchedumbre  de  reinos,  grandes  ducados,  ciudades  libres,  ducados 
y  principados. 

Como  quiera  que  sea,  examinemos  brevemente  las  principales  condiciones  de,  la  paz 
que  se  acaba  de  ajustar. 

La  cuestión  que  ha  sido  verdadera  causa,  principal  objeto  y  más  considerable  re- 
sultado de  la  guerra,  no  ha  sido  discutida  en  Versalles  ni  en  Burdeos.  La  formación 
de  la  unidad  alemana  es  lo  que  á  los  franceses  había  puesto  las  armas  en  la  mano;  lo 
que  durante  cuatro  años  los  ha  estado  impulsando  á  reñir  con  la  Prusia;  lo  que  con 
una  ocasión  cualquiera  los  lanzó  á  xiña  guerra  de  invasión  en  Alemania  que  antes  de 
que  ellos  llegasen  á  poner  el  pié  al  otro  lado  de  la  frontera  se  convirtió  en  una  guerra 
defensiva,  desgraciadísima.  No  debe  olvidarse  esto  al  formar  juicio  respecto  de  la  paz. 
Aunque  los  prusianos,  con  una  generosidad  que  hubiese  sido  más  sorprendente  que  su 
victoria,  hubieran  renunciado  á  toda  adquisición  de  territorio,  á  toda  indemnización 
I)ecuniaria,  á  la  entrada  triimfal  de  su  ejército  en  Paris  y  á  todas  las  ventajas  que  han 
estipulado  en  los  preliminares  de  la  jjaz,  todavía  las  habrían  obtenido  inmensas  como 
resultados  de  la  reciente  guerra  en  que  han  asegurado  y  estrechado  los  vínculos  de  la 
nacionalidad  germánica. 

La  adquisición  de  territorios  por  la  razón  ó  bajo  el  pretesto  de  rectificar  las  fron- 
teras, se  ha  fundado  principalmente  en  la  consideración  de  que  los  franceses  se  pro- 
l>ouian  conquistar  la  parte  de  las  provincias  ijrusianas  que  caen  á  la  izquierda  del 
Ilhin,  siendo  por  tanto  justa  compensación  de  este  jjremio  ofrecido  á  la  victoria  fran- 
cesa, una  parte  de  territorio  semejante  adjudicado  á  la  victoria  prusiana.  Si  la  va- 
riación de  las  fronteras  se  hubiese  limitado  á  sustituir  la  hnea  de  los  Vosgos  á  la  del 
Ilhin,  es  indudable  que  habrían  quedado  mejor  señalada.s,  porque  las  divisorias  de  las 
aguas  son  más  á  proposito  que  las  corrientes  de  los  ríos  para  separar  los  distintos  Es- 
tados. Pero  por  la  parte  del  Norte  la  demarcación  nueva  es  todavía,  si  cabe,  más 
irregular  y  más  anómala  que  la  anterior,  habiendo  obedecido  únicamente  los  que  la 
han  trazado  á  la  idea  de  que  Metz  pase  al  i)oder  de  la  Prusia,  que  en  aquella  forta- 
leza inexpugnable  tendrá  constantemente  un  puesto  avanzado  qiie  vigile  de  cerca  y 
amenace  á  Paris.  En  el  fondo  de  todo  ello,  hay  un  sentimiento  de  temor  muy  acen- 
tuado en  la  diplomacia  y  en  los  pueblos  alemanes,  (lue  los  inquieta  con  la  previsión  de 
la  venganza  de  la  Francia  y  los  hace  buscar  toda  clase  de  garantías  para  evitar  en  lo 
futuro  un  nuevo  cambio  de  fortuna.  De  todas  maneras,  entre  la  adquisición  por  los 
franceses  de  oriUa  prusiana  del  Rhin  y  la  adquisición  por  los  prusianos  de  la  orilla 
francesa,  hay  algunas  marcadas  diferencias.  No  sólo  Metz,  sino  también  la  Alsacia 
pertenecían  á  la  Francia  desde  antes  de  existir  el  reino  de  Prusia.  Los  loreneses  y  los 
alsacianos  repugnan  con  todas  las  fuerzas  de  su  alma  dejar  de  pertenecer  á  la  nación' 


EXTERIOR. 


135 


francesa.  Y  la  realización  de  los  sueños  de  la  ambición  de  la  Francia  no  habría  hecho 
I)enetrar  su  territorio  dentro  del  alemán  de  una  manera  tan  anti-geogr<áfica,  tan 
amenazadora  y  tan  humillante  para  los  alemanes  como  lo  es  para  nuestros  vecinos 
la  fijación  permanente  de  los  soldados  prusianos  en  Metz. 

Y  todavía  hay  en  Alemania  quienes  encuentran  muy  débü  la  posición  militar  que 
el  nuevo  Imperio  tendrá  respecto  de  su  odiado  y  temido  rival.  La  Gaceta  de  la  Bolsa, 
periódico  deBerlin,  dice  así:  "Mezieres,  Sedan,  Verdiin,  Toul,  Langres,  Besanson  son 
plazas  que  en  su  estado  actual  no  tienen  sin  duda  la  fuerza  defensiva  que  los  in-ogrc- 
sos  del  arte  militar  moderno  exijen;  pero  el  primero  y  más  urgente  deber  de  todo  go- 
bierno en  Francia  será  dar  á  estas  fortalezas  la  extensión  y  la  perfección  necesarias. — 
Delante  de  tal  frente  de  defensa,  cuya  importancia  podría  casi  ser  considerada  como 
una  i)rovocacion  permanente  á  tomar  la  ofensiva,  la  Alemania,  que  no  hace  la  guerra 
de  invasión  sino  para  defender  sus  propias  fronteras,  debe  i^rocurar  que  se  dé  á  estas 
completa  seguridad.  Realmente  la  Alemania  con  sus  nuevos  límites  no  quedará  su- 
ficientemente cubierta  siuo  por  la  parte  del  Sudoeste,  n 

No  contentos  los  vencedores  con  el  aumento  de  territorio,  han  exigido  una  indemni- 
zación pecuniaria,  elevada  á  una  cifra  que  jamás  se  habia  usado  hasta  ahora  para 
determinar  el  importe  de  ningún  pago.  La  prensa  alemana  ha  intentado  diferentes 
sistemas  para  justificarla.  El  más  natural  y  razonable  hvibiese  sido  demostrar  que  la 
Alemania  ha  hecho  gastos  y  sufrido  daños  y  perjuicios  con  ocasión  de  la  guerra,  equi- 
valentes á  la  suma  que  reclama.  Acumulando  números,  los  periódicos  germánicos  han 
procurado  acercarse  á  esa  demostración.  La  Gaceta  del  Wesser,  que  es  tal  vez  el  que 
mayor  amplitud  ha  dado  á  estos  cálculos,  los  forma  de  la  manera  siguiente.  En  primer 
lugar  hay  que  contar  el  total  nominal  de  los  empréstitos  militares  contratados  por  la 
Alemania  del  Norte  y  los  anticipos  de  movilización  hechos  por  los  otros  Estados:  la 
Gaceta  fija  el  importe  de  ambas  cosas  en  400  millones  de  thalers.  Para  las  necesidades 
anuales  de  los  fondos  de  inválidos  señala  100  millones.  Calcula  en  200  el  déficit  que 
ha  de  resultar  para  el  trabajo  nacional  por  haber  tenido  que  ingresar  en  las  filas  los 
hombres  de  la  landwehr  y  de  las  reservas  y  los  militares  con  licencia,  suponiendo  que 
durante  doscientos  dias  un  millou  de  hombres  han  dejado  de  ganar  un  thaler  diario 
cada  uno.  Las  entregas  en  especie  hechas  por  los  Circuios,  ayuntamientos  y  particula- 
res, los  hace  subir  á  otros  100  millones.  Las  pérdidas  del  material  de  guerra  de  toda 
especie  á  otros  100.  A  una  cantidad  igual  las  sufridas  por  el  material  de  los  caminos 
de  hierro,  caballos  y  demás  medios  de  trasporte.  Y  añadiendo  todavía  otros  100  mi- 
llones iior  los  daños  y  perjuicios  no  comprendidos  en  la  enumeración  anterior,  la  Gaceta 
del  Wesser  obtiene  un  total  de  1.100  müloues  de  thalers  ó  4.000  mülones  de  francos, 
que  supone  debe  aumentarse  con  otras  partidas  destinadas  á  indemnizaciones  por  las 
presas  marítimas  y  por  la  paralización  forzosa  del  comercio  alemán. 

La  Gaceta  de  Colonia  echa  las  cuentas  de  otra  manera.  Toma  i)or  base  del  cálculo  los 
gastos  de  la  guerra  de  1866,  que  duró  cuando  más  ocho  semanas,  que  se  hizo  por  la  Pru- 
sia  con  un  ejército  mucho  menos  numeroso  y  á  una  distancia  más  corta  de  sus  fronte- 
ras, y  después  de  consignar  que  subieron  á  124  millones  de  thalers  (próximamente  465 
millones  de  francos),  cuadruplica  estos  guarismos  por  haber  durado  la  guerra  treinta  y 
dos  semanas  en  vez  de  ocho,  dviplica  el  producto  por  haber  sido  doble  el  número  de 
combatientes,  hace  un  nuevo  aumento  por  la  mayor  distancia,  toma  en  cuenta  gaste  s 
especiales  de  esta  campaña,  entre  los  que  figura  la  manutención  de  400.000  prisionero 
no  heridos  y  el  enorme  consumo  de  municiones  para  los  sitios  de  una  multitud  de  pla- 
zas fuertes. 

Más  francos  otros  periódicos  alemanes,  han  tratado  de  averiguar,  para  fijar  la  in- 
demnización de  guerra,  no  la  cuantía  de  los  gastos,  daños  y  perjuicios,  sino  la  de  la 
fortuna  de  la  Francia,  manifestando  bien  claro  que   los  vencedores  no  se  han  pro- 


136  REVISTA  POLÍTICA 

puesto  obtener  del  vencido  lo  que  este  deba,  sino  sencillamente  lo  que  i>iieda  darles. 
La  Gaceta  nacional  de  BerVm.Be  explica  así:  uLa  contribución  de  guerra  no  ha  de  ser 
sólo  una  indemnización;  conviene  darle  el  carácter  de  nn  castigo  impuesto  á  un  pueblo 
(pie  rompió  la  paz  con  tan  culpable  frivolidad.  Los  estadistas  calculan  el  valor  de  las 
propiedades  inmuebles  de  la  Francia  en  más  de  120.000  millones  de  francos,  y  nosotros 
creemos  muy  bajo  este  guarismo.  El  producto  anual  de  los  bienes  muebles  é  inmuebles 
y  el  del  trabajo  en  Francia  está  calculado  en  30.000  millones  de  francos.  Por  lo  tanto, 
la  indemnización  de  guerra  de  2.000  millones  de  thalers  no  representa  más  que  un  6 
por  100  de  la  fortuna  inmueble  francesa  y  la  cuarta  parte  de  las  rentas  y  ijroductos 
anuales  de  la  Francia."  Este  periódico,  como  todos  los  demás  alemanes  que  tenemos á 
la  vista,  escribía  en  el  supuesto  de  que  la  indemnización  pactada  subirla  á  2.000 
millones  de  thalers.  La  Gaceta  de  Spener  se  complace  en  observar  que  la  Francia  no 
es  menos  rica  que  los  Estados-Unidos  que  gastaron  en  su  última  guerra  16.000  millo- 
nes de  francos.  Recuerda  irónicamente  á  los  franceses  que  bajo  los  Orleans  deciau: 
«iLa  Francia  es  bastante  rica  para  pagar  su  gloria;"  y  en  tiempo  de  Na^joleon  III  pro- 
nunciaron más  de  una  vez  en  la  tribuna  parlamentaria  estas  altivas  palabras:  "En  las 
cuestiones  de  guerra,  el  dinero  no  debe  hacer  papel. "  También  les  trae  á  la  memoria 
que  en  1868,  habiendo  abierto  el  gobierno  francés  una  suscricion  piiblica  para  un  em- 
préstito de  450  millones  de  francos,  el  público  cubrió  treinta  y  ciiatro  veces  con  sus 
pedidos  el  total  de  la  suscricion. 

En  el  deseo  de  arrancar  á  Francia  la  mayor  cantidad  posible  de  dinero,  hay  por  una 
XJarte  codicia  y  por  otra  envidia  de  la  gran  riqueza  del  pueblo  vencido  y  propósito  de 
arruinarlo.  Los  Etyánzan'joblutler  de  Hildbourhausen  enumeran  las  muchas  causas 
que  en  su  dictamen  han  de  producir  en  Francia  una  gran  miseria.  Ponen  en  primer 
lugar,  la  deplorable  gestión  financiera  del  gobierno  republicano  durante  el  cual  el  Es- 
tado, los  departamentos  y  los  municipios  han  contratado  innumerables  empréstitos, 
y  se  han  adoptado  medidas  desastrosas  respecto  de  los  efectos  de  comercio,  prohibi- 
ciones de  exportaciones  y  bloqueos  inútiles.  Otra  causa  de  mina  para  la  Francia  os  el 
espantoso  abuso  que  la  dictadura  de  Burdeos  ha  hecho  de  la  sangre  francesa:  desastre 
tanto  más  terrible,  porque  ya  la  proporción  demasiado  escasa  en  que  se  aumentaba 
la  población  inspiraba  incpiietudes  por  el  ijorvenir  dé.  la  Francia.  Los  malos  hábitos 
contraidos  durante  la  guerra  le  serán  también  fatales;  pues  así  como  en  Alemania  el 
servicio  militar  es  una  escuela  de  buenas  costumbres,  de  orden  y  de  regularidad,  en 
Francia  por  el  contrario  fomenta  y  propaga  la  desmoralización.  A  esto  hay  que  añadir 
el  aumento  forzoso  de  las  contribucionas.  La  renta  de  los  títulos  de  su  deuda,  ha  ba- 
jado de  [75  á  50  por  100.  El  pago  de  los  intereses  absorberá  doble  suma  que  an- 
tes de  1870.  Hay  por  otra  jiarte  que  cubrir  el  déficit  de  la  cosecha,  que  ocuiiar  los 
trabajadores,  restaurar  los  puentes,  los  caminos  y  los  edificios  arruinados.  La  in- 
dustria ha  recibido  heridas  que  se  tardará  en  cicatrizar;  la  fabricación  francesa  se  em- 
l)lea  principalmente  en  objetos  de  lujo  y  tendrá  que  resentirse  de  qiie  en  Francia  la 
riqueza  ha  disminuido  y  de  que  los  compradores  del  extranjero  han  tomado  la  costum- 
bre de  proveerse  en  otras  partes.  El  comercio  padece  naturalmente  con  la  paralización 
general,  y  las  perturbaciones  más  terribles  provendrán  de  la  crisis  monetaria.  Res- 
pecto del  nimierario,  la  Francia  ha  descendido  al  nivel  del  Austria,  de  la  Italia,  de  la 
Rusia  y  délos  Estados-Unidos:  desde  principio  de  la  guerra  se  ha  iiroclamado  el  curso 
forzoso  del  billete  de  Banco;  el  numerario  emigra,  huyendo  del  aumento  enorme  de  los 
valores  fiduciarios  y  de  los  innumerables  billetes  de  cinco  á  diez  francos  que  han  teni- 
do ipie  crear  los  Bancos  provinciales,  los  Ayuntamientos  y  los  departamentos.  Espere- 
mos una  segunda  edición  de  los  asignados.  Después  de  la  guerra,  uno  de  los  primeros 
cuidados  de  los  goljcrnantcs  será  la  manutención  de  la  clase  obrera.  Las  ut»pias  socia- 
listas ganan  terreno  por  todas  partes.  L.x  destrucción  del  ejército  y  del  imperio,  que 


EXTERIOR.  137 

ímpouianí  respeto  á  los  innovadores,  la  proclamación  de  la  República  que  en  los  pue- 
blos latinos  significa  la  abolición  de  todas  las  trabas  sociales,  el  régimen  de  la  bandera 
roja  en  Lyon,  los  talleres  nacionales  restablecidos  con  el  nombre  itle  Guardia  m:ls  6 
monos, móvil  y  en  fin,  el  hecho  de  que  en  el  extranjero  sólo  La  Internacional  ha  pen- 
sado en  acudir  en  socoi-ro  de  Is  Francia,  son  sucesos  que  hacen  prever  una  crisis  es- 
pantosa que  impedirá  la  pronta  reparación  de  las  pérdidas  sufridas..  De  todo  lo  cual  los 
J^rgánr¿ungohlátter  deduce  que:  "antes  de  la  guerra  la  Francia  era  más  rica  que  la  Ale- 
mania; pero  hoy  los  pai)eles  están  cambiados,  n 

La  Gaceta  de  la  Bolsa,  de  Berlin,  compara  la  actual  contribución  de  guerra  impues- 
ta á  la  Francia  con  las  exigidas  á  la  Prusia  por  Napoleón  I.  Desde  Octubre  de  180G 
hasta  Julio  de  1807,  el  Branderburgo,  los  tres  círculos  de  Magdeburgo,  la  Pomerauia, 
la  corporación  de  Mercaderes  de  Sfcettin,  la  Lituania  y  la  Silesia  pagaron  como  contri  - 
buciones  de  guerra,  requisas  en  especies,  y  saqueos,  una  suma  de  245.091.801  thalers 
{914.094.250  francos.)  Además  de  esta  cifra,  hay  que  contar  54.18-3.765  thalers  que  pa- 
gó la  ciudad  de  Berlin  ó  sean  203.189.000  francos,  la  misma  suma  reclamada  hoy  ala 
ciudad  de  Paris  que  tiene  dos  millones  de  habitantes,  mientras  que  Berlin  en  aquella 
época  apenas  contaba  180.000.  En  la  paz  de  Tilsit,  la  Prusia  tuvo  que  pagar  una  in" 
deinnizacion  de  guerra  de  140.090.000  de  francos,  de  la  que  le  fueron  perdonados  más 
adelante  20.000.000;  esta  contribución  recaía  sobre  un  país,  cuya  superficie  territorial 
era  de  2.851  millas  cuadradas  (ea  vez  do  5.707  que  tenia  antes  de  la  guerra)  y  sobre 
unapoblacion  de  5.558.499  habitantes  (en  vez  de  9.752.771)  ■  Disminuida  de  esta  ma- 
nera, la  Prusia  había  perdido  en  ocho  meses  de  guerra  más  de  1.000.000.000  de  fran- 
cos y  hay  que  tomar  ea  cuenta  el  valor  del  dinero  en  a<xuellni  época  comiiarativamente 
con  el  que  tiene  hoy. 

Estos  mismos  recuerdos  y  sentimientos  de  venganza  contra  los  triunfos  de  Napo- 
león I  en  1806  han  inspirado  sin  duda  la  innecesaria  humillación,  tan  tenazmente  exi- 
gida de  los  franceses,  de  que  los  soldados  alemanes  dieran  un  paseo  triunfal  á  lo  largo 
dolos  Campos  Elíseos  de  Paris.  Para  justificar  este  suceso,  los  periódicos  alemanes  no 
han  tenido  otro  argumento  más  que  la  copia  de  unoá  párrafos  de  la  Historia  del  Con,- 
salado  y  del  Imperio,  de  Mr.  Thiers,  cuya  lectura  tiene  realmente  gran  oportunidad 
en  estos  momentos,  pero  debiera  más  bien  inspirar  á  los  vencedores  moderación  en  su 
triunfo  que  deseos  de  abusar  de  su  victoria  Hé  aquí  lo  que  dice  en  esos  iiárrafos  el 
ilustre  historiador,  que  hoy,  como  jefe  del  Poder  ejecutivo  de  la  Francia,  ha  estipula- 
do con  el  ministro  del  Emperador  Guillermo  la  entrada  de  los  alemanes  en  Paris : 

"Antes  de  entrar  en  Berlin,  Napoleón  se  detuvo  en  Potsdam;  allí  se  hizo  entregar  la 
espada  de  Federico,  sucinturon,  su  cordón  del  Águila  Negra,  y  dijo  al  tomarlos:  "Son 
un  buen  regalo  jiaralos  Inválidos,  sobre  todo  páralos  que  formaron  parte  del  ejército  de 
Hannoveñ  Se  alegrarán,  sin  duda,  cuando  vean  en  nuestro  poder,  la  espada  del  que  los 
venció  en  Rosbach.  n  Napoleón  apoderándose  con  tanto  respecto  de  aquellas  preciosas 
reliquias  no  ofendía  seguramente  á  Federico  ni  á  la  nación  prusiana; — El  28  de  Octu- 
bre de  1806,  Napoleón  hizo  su  entrada  en  Berlin  como  triunfador,  á  la  manera  de  Ale- 
jandro y  César. — Toda  la  población  déla  ciudad  acudió  á  aquella  grande  escena. — Na- 
]ioTeon  entró  rodeado  de  su  guardia  y  seguido  de  los  hermosos  coraceros  de  Hautpoul 
y  Nansouty.  La  giiardia  imperial,  ricamente  vestida,  estaba  aquel  día  más  imponente 
(pie  nunca.  Delante  los  granaderos  y  los  cazadores  de  caballería,  detrás  los  granaderos 
y  los  cazadores  de  infantería;  en  el  centro,  los  mariscales  Berthier,  Duroc,  Davoust  y 
Augereau  y  en  medio  de  aquel  gi'upo,  aislado  por  el  respeto.  Napoleón  con  el  sencillo 
ti-aje  que  usaba  en  las  Tullerías  y  en  los  campos  de  batalla;  Napoleón,  objeto  de  las 
miradas  de  una  muchedumbre  inmensa,  silenciosa,  dominada  á  la  vez  por  la  tristeza  y 
la  admiración.  Tal  fué  el  esijectáculo  ofrecido  en  la  larga  y  ancha  caUe  de  Berlin  que 
conduce  desde  la  puerta  de  Charbttenbourg  al  palacio  de  los  Reyes  de  Prusia.  m 


138  REVISTA   POLÍTICA   EXTERIOR. 

No  hay  para  qué  discutir  las  comparaciones  hechas  por  la  prensa  alemana  entre  los 
sucesos  actuales  y  los  ele  1806.  No  es  esa  la  cuestión  que  hoy  debiera  plantearse.  Lo 
que  conviene  saber  es  si  la  civilización  no  habia  progresado  en  el  viltimo  medio  siglo. 
La  Europa  creia  que  hablan  terminado  las  guerras  de  conquista  y  la  política  fundada 
exclusivamente  sobre  odios  de  raza  y  sobre  sentimientos  de  venganza  hereditaria.  S  i 
los  alemanes  quieren  hacer  comparaciones  de  guerras  y  de  paces,  antes  de  retroceder 
basta  1806*debieran  detener  su  atención  en  las  más  recientes  y  considerar  que  de  todas 
ellas  se  habia  obtenido  algún  resultado  favorable  para  la  mejor  demarcación  de  las 
nacionalidades  y  para  la  emancipación  de  los  pueblos  oprimidos.  Después  del  combate 
de  Navarino,  la  Grecia  cristiana  sacudió  el  yugo  de  la  mahometana  Turquía:  después 
del  sitio  de  Amberes,  la  francesa  Bélgica  se  hizo  independiente  déla  Holanda:  después 
de  la  batalla  de  Solferino,  la  italiana  Lombardía  dejó  de  ser  gobernada  por  dominado- 
res alemanes;  y  aún  después  de  la  bata,lla  de  Sadowa,  Venecia  obtuvo  también  la  de- 
seada libertad.  Gloria  eterna  será  de  la  Francia  haber  contribuido  á  todos  los 
progresos  iiolíticos  como  á  cuantos  la  Europa  ha  realizado  en  todas  las  esferas  de 
la  actividad  humana;  y  sin  temor  á  comparaciones  entre  la  conducta  que  ella  observó 
en  los  últimos  cincuenta  años  y  la  que  con  ella  han  observado  hoy  los  vencedores  que 
en  la  embriaguez  de  su  triunfo  la  quieren  destruir,  y  los  neutrales  reducidos  á  la  impo- 
tencia por  una  política  egoísta,  puede  repetir  con  más  verdad  que  nunca  para  consue- 
lo moral  de  su  terrible  infortunio  presente  que  la  Francia  es  la  única  nación  que  com 
bate  desinteresadamente  por  una  idea. 

El  hecho  más  grave  y  más  trascendental  que  se  debe  notar  en  los  últimos  extraor- 
dinarios acontecimientos  es  la  nulidad  de  la  diplomacia.  El  equilibrio  europeo  está 
roto,  completamente  roto.  El  vencedor  no  ha  tenido  quien  limite  sus  exigencias. 
Cuando  la  Grecia  se  subleyó  contra  la  Turquía,  la  Francia  y  la  Inglaterra  se  apresu- 
raron á  intervenir  para  evitar  la  excesiva  inñueucia  de  la  Rusia.  Cuando  la  Bél- 
gica se  separó  de  la  Holanda,  la  Inglaterra  i>uso  el  veto  á  la  monarquía  del  Duque 
de  Nemours;  las  potencias  occidentales  lo  pusieron  á  la  de  un  principe  ruso 
Cuando  en  1840  la  cuestión  de  Egipto  estuvo  á  punto  de  i^rovocar  una  guerra  gene- 
ral, y  en  todas  las  ocasiones  en  (lue  se  ha  suscitado  la  gran  cuestión  de  Oriente,  la 
acción  diplomática  de  unos  gobiernos  ha  servido  de  contrapeso  á  la  de  los  otros.  Cuan- 
do Francia  é  Inglaterra  lucharon  contra  la  Rusia  en  Crimea,  la  actitud  de  Austria  y 
la  de  la  Prusia  tuvieron  una  influencia  decisiva  en  el  curso  de  las  hostilidades  y  en 
las  condiciones  de  la  paz.  Cuando  Napoleón  III  venció  en  Magenta  y  SoKerino,  la 
Prusia  prohibiéndole  atravesar  el  Mincio,  le  obligó  á  desistir  de  su  programa  de  hacer 
libre  á  la  Italia  desde  los  Alpes  al  Adriático.  Cuando  la  Prusia  destruyó  en  Sadowa  á 
los  ejércitos  austríacos,  tuvo  sobre  sí  la  amenaza  de  la  espada  de  la  Francia  y  no  pudo 
tratar  al  Austria,  su  rival  en  Alemania,  como  trata  ahora  al  pueblo  francés. 

Pero  en  la  actualidad  no  ha  habido  para  el  vencedor,  limitación,  veto  ni  contrapeso 
de  ninguna  clase.  En  el  más  grande  trastorno  que  las  condiciones  políticas  de  la  Euro- 
pa han  sufrido  en  la  edad  moderna,  la  diidomacia  europea  no  ha  tenido  voz  ni  voto. 
El  Austria,  la  Inglaterra,  la  Rusia  han  sido  meras  expectadoras;  en  la  solución  no  ha 
habido  más  influencia  decisiva  que  la  fuerza  material  del  vencedor  llevada  al  abuso  de 
su  ejercicio  absoluto,  ni  más  límite  que  el  cálculo  de  la  posibilidad  de  los  recursos  de 
la  nación  vencida.  Faltando  la  Francia  en  los  Congresos  diplomáticos,  parece  que  les 
ha  faltado  la  iniciativa  y  el  alma.  Ya  saben  los  fuertes  que  pueden  despojar  á  los  dé- 
biles: ya  saben  los  débiles  que  no  tienen  amparo  en  el  régimen  internacional  político  de 
la  Europa  contra  las  demasías  de  los  fuertes.  Los  periódicos  prusianos  lo  dicen  con  cla- 
ridad como  acabamos  de  ver:  buscan  las  reglas  de  su  conducta  en  los  recuerdos  de 
Napoleón  I.  La  civilización  ha  retrocedido  cincuenta  y  cinco  años.  No  sólo  la  Francia 
sino  la  Europa  toda  está  de  duelo, 

Fernando  Cos-Gayon. 


NOTICIAS  LITERARIAS. 


Discurso  leído  ante  la  Academia  de  Ciencias  Morales  y  Políticas  en  la  re- 
cepción pública  del  Excmo.  Sr.  D.  Manuel  Alonso  Martínez,  el  domingo  15  de 
Enero  de  1871. — Madrid,  imprenta  de  Manuel  Miniiesa. 

Hace  poco  más  de  un  año,  el  Sr.  Alonso  Martínez,  como  Presidente  de  la  Academia 
Matritense  de  jurisprudencia  y  legislación,  pronunciaba  un  brillante  discurso  encami- 
nado á  rebatir  los  errores  de  los  políticos  y  filósofos  que  en  la  prensa  y  en  otras  partes 
han  defendido  para  los  derechos  individuales  los  caracteres  de  absolutos,  ilimitados 
é  ilegislaWes.  Aquel  brillante  discurso  produjo  viva  polémica. 

No  ha  de  ocasionarla  tan  grande  el  que  ha  leído  el  misma  Sr.  Alonso  Martínez  en  su 
recepción  pViblica  de  académico  de  la  de  Ciencias  morales  y  políticas,  aunque  no  lo 
merece  menos  por  el  interés  del  asunto,  por  la  profundidad  de  las  ideas  y  por  sus  tras- 
cendentales consecuencias.  Pero  las  teorías  no  inspiran  hoy  debates  tan  ardorosos 
como  en  1869. 

En  su  nuevo  trabajo,  el  Sr.  Alonso  Martínez  se  ha  propuesto  refutar  ciertas  teorías 
de  moda  que,  falseando  la  noción  del  Estado,  agitan  y  perturban  á  la  Euroija. 

Poco  esfuerzo  ha  necesitado  para  demostrar  que  los  griegos  y  romanos,  á  pesar  de 
sus  filósofos,  de  sus  oradores  y  poetas,  y  de  las  agitaciones  de  su  vida  pública  en  el 
Agora  y  en  el  Foro,  no  tenían  el  sentimiento  de  la  dignidad  humana.  Las  tres  cuartas 
partes  de  la  población  eran  esclavos  y  á  sus  manos  estaba  abandonado  el  cultivo  de  la 
tierra  y  el  escaso  comercio  é  industria  que  había  á  la  sazón.  Los  ciudadanos  desdeña- 
ban el  trabajo  y  pasaban  su  vida  en  la  guerra  ó  en  la  plaza  pública. 

Explica  después  la  benéfica  influencia  ejercida  i)or  el  Cristianismo  en  la  suerte  de 
la  humanidad,  así  como  el  papel  desempeñado  en  la  historia  por  los  pueblos  del  Sep- 
tentrión, (pie  invatlieron  el  imi^erio  romano  á  principios  del  siglo  V.  Diseña  en  seguida 
á  grandes  rasgos  el  estado  social  de  Europa  bajo  el  régimen  feudal,  y  posteriormente 
bajo  las  instituciones  excesivamente  centralízadoras  de  la  monarquía  absoluta,  que 
desapareció  vencida  por  los  esfuerzos  de  los  grandes  filósofos  que,  con  sus  ideas,  hi. 
cieron  triunfar  la  libertad  en  todas  las  esferas  de  la  vida.  '¿\ 

iiSólo  que,  por  una  reacción  muy  natural  y  que  parece  ley  providencial  de  la  histo. 
ría,  el  individuo  se  enalteció  hasta  el  punto  de  querer  construir  su  regia  morada  sobre 
los  escombros  de  todo  lo  demás.  Por  esto  en  el  orden  religioso  el  protestantismo,  re- 
negando de  la  autoridad  de  la  Iglesia  y  proclamando  que  el  criterio  individual  es  infa- 
lible en  la  interpretación  de  .las  Santas  Escrituras,  ha  concluido  por  diseminarse  en 
una  multitud  de  sectas  sin  prestigio,  sin  grandeza  ni  unidad;  en  el  orden  i>olítico,  la 
idea  liberal,  pujante  y  majestuosa  en  su  aparición,  se  debilitó  más  tarde,  dividiendo  á 


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sus  partidarios  en  grandes  agrupaciones  para  peVderse  después  en  fracciones  microscó- 
picas, que  se  dispersan  como  el  polvo,  al  viento  'de  las  pasiones,  y  que  carecen  de 
fuerza  jjara  resistir  las  aspiraciones  ilegítimas  de  las  muchedumbres;  y  en  el  orden 
científico  ó  meramente  expeculativo,  una  filosofía  audaz,  dudando  de  todo,  menos 
del  yo  que  duda,  y  asiñrando  á  construir  la  ciencia  y  la  realidad  sobre  un  principio 
i'inico,  no  demostrable,  i:)or  otro  alguno,  ba  llegado  en  su  soberbia  impía  á  arrebatar  á 
Dios  su  cetro  y  su  corona  para  sentar  sobre  su  trono  á  ese  satánico  yo.  n 

líxpone  en  segiiida  el  Sr.  Alonso  Martínez  la  es^ieranza  de  que  tras  tantas  convulsio- 
nes y  tan  amargos  desengaños  como  ba  ijroducido  la  exageración  del  individualismo, 
surja  en  los  ánimos  el  conocimiento  general  de  una  doctrínamenos  vanidosa  y  artística 
pero  niás  verdadera  y  más  práctica,  que  concille,  subordinándolos  en  su  relación  gerár- 
quica,  la  libertad  con  la  religión,  el  individuo  con  el  Estado,  y  el  liombre  con  su  Cria- 
dor; y  adelantándose  á  una  objeción  que  no  podría  faltar  á  esa  esperanza  de  con- 
ciliación, añade: 

M¡  Eclecticismo!  exclamarán  desdeñosamente  los  espíritus  superficiales  que  se  pagan 
de  i^alabras  y  sigxien,  sin  saberlo,  la  corriente  de  la  moda.  Sea  en  buen  hora.  Acusatl 
también,  si  os  atrevéis,  de  ecléctica  á  la  Creación,  que  nos  ofrece  á  un  tiempo  el  espec- 
táculo del  espíritu  y  la  materia,  del  alma  y  el  cuerpo,  del  bien  y  el  mal,  de  la  razón  y 
las  pasiones,  délo  finito  y  lo  eterno;  términos  opuestos  que,  toda  vez  que  coexisten, 
necesitan  resolverse  en  una  ley  de  armonía,  so  pena  de  concebir  á  Dios  como  una  con- 
tradicción inexplicable.  Bien  que  la  prueba  de  esa  ley  de  armonía  la  tenemos  en  el 
mismo  Dios,  que  es  Padre,  yes  Hijo  y  es  Espíritu  santo;  siendo  este  lazo  de  unión  del 
Hijo  y  del  Padre  y  formando  estas  tres  Personas  distintas  una  sola  verdadera,  según 
el  augusto  misterio  de  la  Trinidad,  uno  de  los  más  admirables  y  profundos  de  la  san- 
ta religión  revelada  \}or  e]*Redentor  del  mundo,  n 

Entrando  ya  á  examinar  las  diferentes  escuelas  individualistas,  refuta  primeramen- 
te las  doctrinas  de  los  economistas,  que  no  ven  en  el  gobierno  de  un  país  más  (pie 
iiuna  industria  especial  que  tiene  por  objeto  jirocurar  á  todos  los  demás  ramos  de  la 
producción  la  seguridad  que  les  es  indispensable,  n  Según  ellos,  el  Estado  es  \\\x  simple 
productor  de  seguridad,  cuya  misión  no  es  más  alta  ni  más  noble  que  la  de  un  fabri- 
cante de  fósforos,  y  que  como  éste  está  sujeto  á  la  ley  de  la  libre  concurrencia.  Sem- 
brar trigo,  elaborar  vinos  y  aceites,  fabricar  telas  ó  producir  seguridad,  todo  es  lo 
mismo.  Gobernar  un  pueblo  no  es  más  que  ejercer  tina  industria,  yes  un  contrasenti- 
do y  una  iniquidad  que  cuando  todas  las  demás  son  libres,  pese  todavía  sobre  ésta  un 
irritante  monoi^olio.  Bastiat,  Coíiuelin  y  Dunoyer,  y  otros  economistas  no  se  ati-even 
á  aceptar  estas  consecuencias  que  lógicamente  se  derivan  del  principio  por  ellos  sus  , 
tentado;  i)ero  Molinari,  más  atento  á  la  lógica  que  obediente  al  sentido  común,  no 
teme  afirmar  quelas  funciones  del  gobierno  deben  caer  bajo  el  dominio  de  la  actividad 
privada,  por  no  haber  razón  especial  que  justifique  el  monopolio  ni  exceptúe  la  ijroduc- 
cion  de  la  seguridad  de  las  leyes  económicas  á  que  están  sometidas  todas  las  indus- 
trias. 

"Las  funciones  del  Estado,  dice  el  Sr.  Alonso  Martínez,  no  se  concretan  á  proveer 
de  seguridad  á  los  productores,  como  no  está  reducida  á  producir  la  misión  del  hom- 
bre acá  en  la  tierra.  La  Sociedad  no  es  sólo  un  taller,  ni  el  ciudadano  un  simjtle  obre- 
ro. La  escuela  economista  mutila  la  sociedad  y  la  naturaleza  humana,  despojándolas 
de  su  parte  iñás  noble  y  bella,  if 

"Abramos  las  primeras  imaginas  de  un  Código  civil  cualquiera:  un  niño  ha  tenido  la 
desgracia  de  perder  á  sus  i)adrcs :  la  ley  manda  que  se  provea  de  tutor  al  pobre  huér- 
fano. ¿Habrá  quien  tenga  la  osadía  de  negar  al  Estado  esa  función,  que  más  que  un  de- 
recho es  un  deber  imperioso  é  indeclinable?  Pues  bien,  la  ley  del  equilibrio  económi- 
co no  exijlica  la  institución  de  la  tutela. « 


LITERARIAS.  141 

iiConaultcmos  el  dereclio  administrativo  :  una  jóveu  iudiguameute  seducida,  á  true- 
que de  ocultar  al  mundo  su  deshonra,  no  se  detiene  ante  el  crimen  y  abandona  im- 
pía, apenas  acaba  de  nacer,  al  hijo  de  sus  entrañas.  El  Estado  le  recoje  y  le  cria  eu 
una  casa  de  lactancia .  Pues  bien,  el  cumplimiento  de  este  deber  de  humanidad  es 
inconciliable  con  el  principio  de  la  escuela  economista. 

La  krausista,  más  elevada  en  sus  teorías,  rechazando  por  estrecha  la  idea  de  que 
el  Estado  sea  una  mera  institución  de  policía ,  le  asigna  como  fin  la  aplicación  y  des- 
envolvimiento del  derecho  y  la  justicia.  El  Sr.  Alonso  Martínez  hace  á  esta  escuela  la 
justicia  de  reconocer  que  ha  analizado  de  una  manera  más  completa  las  facultades  del 
hombre  y  las  diversas  esferas  de  su  actividad ;  pero  pone  de^elieve  los  errores  en  que 
ha  incurrido  cuando,  pasando  bruscamente  del  análisis  á  las  hipótesis,  ha  querido 
formar  del  orden  religioso,  del  político,  del  moral,  del  industrial,  del  científico  y  del 
artístico,  otras  tantas  instituciones',  ó,  más  bien,  otros  tantos  Estados  distintos,  fun- 
cionando á  un  mismo  tiempo  en  la  sociedad  humana . 

II Independientemente  de  esta  organización  quimérica,  añade  el  Sr.  Alonso  Martí- 
nez, sin  fundamento  real  en  la  historia  ni  en  el  estado  actual  de  la  sociedad,  ni  en  la 
naturaleza  racional  del  hombre ,  hay  en  la  escuela  de  Krausse  algo  más  grave  y  tras- 
cendental, que  toca  ya  al  fondo  de  las  cosas  y  que  ha  ejercido  una  influencia  conside- 
rable en  las  ideas  dominantes :  aludo  á  la  afirmación  de  que  el  poder  político  ó  sea  el 
Estado,  no  puede  mezclarse  en  el  movimiento  interior  de  la  ¡religión,  de  la  ciencia, 
de  la  moral,  dolarte,  de  la  industria  y  el  comercio,  debiendo  limitarse  á  asegurarles 
las  condiciones  exteriores  de  su  lihre  desenvolvimiento;  afirmación  que,  unida  á  la 
de  que  los  derechos  individuales  son  absolutos  é  ileglslables,  ha  dado  nacimiento  á  la 
teoría  individualista,  n 

Aquí  entra  la  parte  principal  del  discurso  del  Sr.  Alonso  Martínez.  Expuestas  su- 
cintamente las  doctrinas  de  Humbolt,  Laboulaye  y  Stuard  Mili,  las  resume  en  lo 
relativo  al  punto  especial  de  su  trabajo  eu  estos  términos  :  n  Se  ve',  pues,  que  aun- 
que bajo  diversas  formas  y  desde  puntos  de  \'ista  diferentes,  los  individualistas  pu- 
ros convienen  en  considerar  los  derechos  del  individuo  como  absolutos  é  incondicio- 
nales, sólo  limitados  y  limitahles  por  si  mismos,  reduciendo  la  función  del  Estado  á  re- 
conocer su  existencia  y  mantener  el  equilbrio  entre  ellos  por  medio  de  la  represión,  sin 
que  en  ningún  caso  le  sea  lícito  emplear  medios  preventivos,  n 

Stuard  Mili  ha  dicho  :  n ¿Tengo  el  derecho  de  obligar  á  otro  á  que  obre  como  yo? 
Pues  si  un  individuo  no  tiene  esta  autoridad  ¿cómo  la  ha  de  tener  la  sociedad  que  no  es 
'más  que  una  agregación  de  individuos,  el  Estado  que  no  es  más  que  el  órgano  de  la 
sociedad?  i  Hay  en  la  suma  de  estas  unidades  independientes  una  virtud  mística,  un 
derecho  que  no  posea  ninguna  de  las  unidades']  i\  Sí,  contesta  resueltamente  el  señor 
Alonso  Martínez ;  y  añade  que  no  hay  una  sola  atribución ,  un  solo  derecho  del  Es- 
tado que  pertenezca  á  los  individuos ;  todos  ellos  resultan  del  hecho  de  la  asociación, 
la  cual  ni  siquiera  es  libre  sino  forzosa  y  natural.  Todas  las  constituciones  de  la  tierra 
escritas  ó  consuetudinarias,  establecen  y  establecerán  en  lo  futuro  el  poder  judi- 
cial:  no  hay  individualista  que  no  conceda  al  'Eista.á.o  \a  justicia  ¿Y  de  dónde  le 
viene  al  individuo  la  autoridad  de  juzgar  á  otro  é  imponerle  la  pena  á  que  se  haya 
hecho  acreedor?  El  Estado  tiene  el  derecho  al  impuesto  y  á  la  fuerza  pública.  ¿Pnede 
poseer  estos  derechos  un  individuo?  ¿Se  concibe  siquiera  su  existencia  si  prescindimos 
de  la  sociedad? 

iiíQué  idea  tan  mezquina  se  forman  los  individualistas  de  la  asociación  humana! 
Decir  que  la  sociedad  es  simplemente  una  agregación  de  individuos  y  que  no  iniede 
haber  en  la  suma  nada  que  no  haya  en  las  unidades,  es  desconocer  las  ideas  más  ele- 
mentales de  la  mecánica,  es  negar  la  virtud,  la  fuerza  y  los  efectos  maravillosos  de 
toda  organización.  Sumad  la,s  piezas  que  constituyen  una  locomotora  ;  agregadlas  al 


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acaso,  amontonándolas  unas  sobre  otras  de  modo  que  no  constituyan  un  organismo, 
y  no  tendréis  seguramente  la  máquina,  que,  impulsada  por  el  vapor  arrastra  poderosa 
formidaliles  trenes  ó  surca  veloz  la  inmensidad  del  Océano  desafiando  las  tempestades,  n 
Siqíiiera  Krausse,  Tiberghien  y  Arhens  reconocen  una  diferencia  profunda  y  esen- 
cial entre  la  filosofía  del  derecho  y  la  política,  y  no  exigen  que  se  conviertan  en  leyes  de 
aplicación  inmediata  sus  ideas  metafísicas  exajeradas  é  intransigentes;  pero  Laboulaye, 
Moliuari,  y,  sobre  todo,  cierta  secta  de  pensadores  españoles  se  obstinan  en  convertir 
en  legislación  constitucional  del  Estado  las  consecuencias  de  siis  fixlsas  teorías. 

"Entre  los  individualistas  ¡^uros  franceses  y  españoles,  más  lógicos  que  sus  maes- 
tros, poco  importa  qae  se  trate  del  filósofo  de  Kcenisberg  ó  del  salvaje  del  O'liio,  de  la 
culta  Inglaterra  ó  de  la  nueva  Caledonia,  cuyos  habitantes  se  degüellan  disputándose 
los  restos  podridos  de  una  ballena.  El  salvaje  tiene,  lo  mismo  que  el  filósofo,  la  liber- 
tad de  conciencia,  la  libertad  de  la  palabra,  la  libertad  de  la  acción,  el  derecho  de  la 
imprenta,  el  del  jurado  y  el  del  sufragio  universal,  porque  estos  derechos  se  fundan  en 
la-naturaleza  humana  y  son  absolutos,  de  todos  los  tiempos  y  de  todos  los  estados  so- 
ciales, sin  que  nadie  pueda  limitarlos  ni  condicionarlos  ni  legislar  sobre  ellos.  En  In- 
glaterra, como  en  la  tierra  de  Van  -Diemen,  la  iniciativa  del  Estado  es  un  crimen;  no 
puede  fundar  escuelas,  ni  bibliotecas  ni  museos,  ni  hospicios  ni  hospitales;  no  puede 
construir  carreteras  ni  ferro- carriles,  ni  puertos  ni  faros;  es  menester  que  se  cruce  de 
brazos  y  que  lo  deje  todo  á  la  acción  individual,  limitándose  á  garantir  la  libertad  de 
los  ciudadanos,  i)or  medio  del  castigo  de  los'  atentados  que  se  cometan  contra  los  dere- 
chos individuales.il 

Individualistas  notables  por  su  elocuencia  y  vasto  saber,  presintiendo  sin  duda  la 
fuerza  de  las  objeciones  que  se  pueden  hacer  á  sus  doctrinas,  exponen  una  teoría  del 
Estado  más  lata,  más  flexible  y  comi^rensiva,  sin  reunciar  por  esto  á  ser  paladines  en- 
tusiastas del  hogar  ó  la  familia,  de  la  libertad  del  capital,  de  la  libertad  del  taller,  de 
la  libertad  civil,  de  la  libertad  pública,  de  la  libertad  de  cultos  y  de  la  libertad  de 
pensar.  Ocupan  entre  ellos,  dice  el  Sr.  Alonso  Martínez,  el  lugar  más  distinguido 
Eoetvces,  uno  de  los  hombres  más  célebres  de  la  Hungría,  y  el  conocido  diputado  y 
profesor  *de  la  Universidad  de  París,  M.  Jules  Simón. 

Según  Jules  Simón,  "los  derechos  del  Estado  nacen  de  la  necesidad  social;  esta  es  la 
medida  de  aquellos :  de  suerte,  que  en  proporción  que  la  necesidad  disminuye  por  el 
Ijrogreso  de  la  civilización,  el  deber  del  Estado  es  disminuir  su  propia  acción  y  dejar 
más  campo  á  la  libertad.  En  otros  ténninos,  el  hombre  tiene  derecho  en  teoría  á  la 
mayor  liljertad  posible;  pero  de  hecho,  en  la  vida  real,  sólo  tiene  derecho  á  aquella 
de  que  es  capaz." 

Esta  teoría,  fundando  la  libertad  en  el  derecho  y  no  reconociendo  la  autoridad,  siuo 
á  condición  de  ser  necesaria  y  en  la  medida  de  su  necesidad,  deduce  que  el  Gobierno 
tiene  dos  funciones  diferentes:  la  de  constreñir  á  los  hombres  á  la  justicia  y  la  de  ilus- 
trarlos sobre  sus  intereses;  y  establece  que  la  autoridad  debe  decrecer  proporcional- 
mente  á  los  progresos  de  la  razón  y  la  moralidad  humanas.  Si  en  la  práctica  sucede  lo 
contrario,  y  las  atenciones  del  Estado,  lejos  de  disminuir  se  aumentan  y  multiplican  á 
medida  que  la  sociedad  progresa,  esto  depende  de  que,  según  va  avanzando  la  civili- 
zación, nacen  nuevas  necesidades,  antes  ignoradas,  y  se  complican  las  relaciones 
sociales. 

Pero  Jules  Simón  se  equivoca  grandemente  al  deducir  la  necesidad  del  Estado  del 
hecho  de  que  los  hombres  no  son  ni  ilustrados  ni  justos;  y  al  creer  que  la  autoridad 
debería  suprimirse  si  la  sociedad  estuviera  compuesta  de  filósofos,  fieles  observadores 
de  la  ley  moral. 

"El  poder  social  seria  necesario,  'aunque  la  sociedad  se  compusiera,  no  de  filósofos, 
BÍuo  de  ángeles.  Recordad  lo  que  pasa  en  toda  asociación  voluntaria,  siquiera  sólo  sea 


LINERARIAS.  14S 

tina  reunión  de  sabios  sin  otro  objeto,  que  poner  en  común  su  experiencia  y  sus  luces 
para  hacer  progresar  la  ciencia,  m  No  hay  acaderiiia  sin  presidente  y  reglamento,  ni 
empresa  de  ferro-carriles  sin  estatutos  y  un  poder  directivo,  ni  compañía  colectiva  sin 
escritura  y  una  gerencia,  ni  universidad  sin  ley  orgánica,  claustro  de  profesores  y 
rector.  Y  en  las  asociaciones  naturales  y  forzosas,  sucede  lo  mismo  con  mayor  razón 
qiie  en  las  voluntarias.  No  se  concibe  la  familia  sin  el  padre,  la  madre  ó  el  tutor;  el 
municipio  sin  ayuntamiento  ni  alcalde;  el  ejército  sin  general,  jefes  y  oñciales.  El 
poder  se  establece  por  sí  mismo.  La  necesidad  del  Estado  no  nace  de  la  existencia  del 
mal  moral,  sino  del  hecho  mismo  de  la  asociación.  Asociación  y  poder  son  dos  ideas 
correlativas,  solidarias.  No  por  eso  el  Estado  tiene  derecho  para  absorber  al  hombre, 
como  el  consejo  de  administración  de  una  compañía  anónima  no  lo  tiene  i^ara  apro- 
piarse y  disipar  los  fondos  de  la  comunidad. 

Es  cierto  que  el  poder  público  ni  es  infalible  ni  tampoco  esencial  y  necesariamente 
justo;  pero  tampoco  lo  es  el  individuo,  que,  sacrificándolo  todo  á  su  interés  personal, 
tiene  mayores  dificultades  que  el  Estado  para  elevarse  á  la  esfera  de  las  concepcio- 
nes generales  y  i>ara  trasladar  á  la  legislación  las  ideas  justas  y  elevadas  y  los  progre- 
sos legítimos. 

También  reconoce  el  Sr.  Alonso  Martínez  que  piiede  alegarse  contra  su  doctrina  el 
cargo  de  vaguedad;  pero  no  lo  cree  justo,  porque  tratándose  de  determinar  la  misión 
del  Estado  es  imposible  salir  de  una  fórmula  genérica  y  comprensiva,  conforaie  con. 
las  leyes  eternas  de  la  moral,  de  la  naturaleza  y  de  la  historia:  toca  luego  á  la  ciencia 
aplicarla  á  todos  los  hechos  sociales,  á  todas  las  esferas  de  la  actividad  humana.  Por 
eso  la  ciencia  es  tan  difícil  y  penosa.  "Cualquiera  que  se  haya  ocupado  en  la  redacción 
de  un  código  civil,  político,  i^enal,  administrativo,  mercantil  ó  de  otro  género,  sabe 
que  en  cada  artículo  se  presenta  el  eterno  problema  de  los  límites  del  Estado  y 
del  individuo,  Siendo  muy  difícil  acertar  en  cada  caso  con  la  solución.  Y  esto  es  pre- 
cisamente lo  que  constituye  el  mérito  de  la  ciencia  y  demuestra  su.necesidad.  El  mundo 
moral  no  es  menos  rico  en  accidentes  y  detalles  que  "el  mundo  físico,  y  el  estudio 
profundo  del  organismo  del  más  despreciable  insecto  absorbe  por  sí  solo  la  vida  de  un 
naturalista.  II 

Hemos  seguido  paso  á  paso  el  discurso  del  Sr,  Alonso  Martinez,  limitándonos  á 
extractar  sucintamente,  ó  á  sólo  indicar  con  ligereza  los  diversos  puntos  que  abarca. 
Hallándonos  en  todo  conformes  con  sus  ideas,  nada  tenemos  que  objetarles,  en 
cuanto  á  su  fondo.  En  la  forma,  hay  brillantez  de  estilo,  buen  método,  abundantes 
muestras  de  que  el  ilustre  escritor  ha  estudiado  profundamente  la  materia.  Distin- 
güese, sobre  todo,  este  discurso,  como  todos  los  demás  trabajos  del  Sr.  Alonso  Mar- 
tinez, por  la  fuerza  vigorosa  del  análisis  que  descompone  las  doctrinas  de  los  adver- 
sarios, separa  en  ellas  lo  razonable  de  lo  que  no  lo  es,  pone  al  descubierto  sus  errores, 
y  pulveriza  sus  sofismas.  Sin  dejar  de  ser  elegante,  la  frase  del  Sr.  Alonso  Martinez 
sobre  todo  es  sobria,  y  didáctica;  su  razonamiento  sólido;  sus  demostraciones  rigoro-» 
sis;  su  manera,  en  fin,  de  tratar  el  asunto,  verdaderamente  magistral. 

Fernando  Cos-Gayon. 


boletín  bibliográfico. 


LIBROS  ESPAÑOLES. 

De  la  libertad  en   EspaSa  :  estudio  filosófico-pnlítico,  jwrJuan  Garcin  Nkto.— 
Madrid,   1870,  establecimiento  tipográfico  de  la  viuda  é  liijos  de  Alvarez. 

Aunq\ie  breve,  este  opúsculo  revela  uu  estudio  profundo  y  detenido .  Propónese 
en  él  el  autor  principalmente  definir  con  claridad  la  idea  de  la  libertad  y  exi)licar  la 
teoría  del  Estado,  combatiendo  sofismas  y  exageraciones  que  están  muy  en  boga. 

iiEl  obstáculo  más  poderoso  con  que  ha  luchado  la  libertad  para  desarrollarse  entro 
nosotros  deun  modo  pacífico  y  fecundo,  ha  sido  la  falta  de  ilustración  en  el  pueblo, 
el  profundo  desconcierto  de  las  ideas.  —No  es  posible  tener  orden  en  las  calles  y  anar- 
quía en  las  inteligencias. — La  libertad  no  es  más  que  un  medio.  ¿Qué  es  el  medio 
para  el  qiie  desconoce  el  fin  y  la  manera  de  alcanzarlo?  Es,  pues,  de  toda  necesidad 
que  el  pueblo  se  instruya ,  que  aprenda  sus  deberes  y  sus  derechos,  si  no  quiere  ser 
víctima  de  ambiciosos  y  charlatanes .  n 

Pasa  después  el  Sr,  García  Nieto  á  explicar  la  teoría  filosófica  de  la  libertad.  Decla- 
ma contra  el  sistema  preventivo .  Nota  las  diferencias  que  existen  entre  la  lil^ei-tad 
antigua  y  la  moderna.  Elogia  el  gran  servicio  prestado  por  la  Asamblea  Constituyen- 
te francesa  al  proclamar  los  derechos  del  hombre  y  del  ciudadano ;  pero  reconoce  que 
incun'ió  a(piella  Cámara  en  notoria  exageración.  Y  añade : 

ifExiste  entre  nosotros  una  escuela  que  aún  exagera  y  amplía  los  principios  del  89, 
encontrándolos,  sin  duda,  sobradamente  moderados.  Es  verdad,  en  efecto,  que  la 
«Asamblea  Constituyente  francesa  halña,  con  error  manifiesto,  llamado  imjirescrip  ti- 
bies á  todos  los  derechos  del  hombre;  pero  también  habia  declarado  que  á  la  ley  com- 
pete determinar  el  límite  de  estos  derechos,  y  hoy  son  mvichos  en  nuestro  país  los 
hombres  políticos  que,  no  satisfechos  con  esto,  les  conceden,  á  más  de  aquel  cai'ác- 
ter,  el  de  ilegislahles,  ilhnüables  y  absolutos — ¡Nueva  y  verdaderamente  original  doc- 
trina !  Yo  siempre  habia  creído  que  en  el  hombre  nada  hay  absoluto;  que  lejos  de 
serlo  los  derechos,  i^asa  por  axiomática  su  correlación  con  los  deberes.  La  ley  que, 
por  su  esencia,  es  la  expresión  del  derecho  y  de  la  conveniencia  pública,  y  por  su 
forma  la  disposición  solemne  y  obligatoria  del  iioder  soberano  de  una  nación,  entien- 
do que  es  por  su  naturaleza  nía  norma  de  las  acciones  Ubres  del  hombre  y,  por 
consiguiente,  muy  al  contrario  de  ser  ilegislables  las  libertades  y  derechos  del  hom- 
bre, fonnan  el  primordial  oíyVío f^e  ¿r/,  ley,  de  tal  modo  que,   si  el  hombre  no  fuera 


BOLETÍN   BIBLOGrAfICO  145 

libre,  seria  absurdo,  y  más  que  absurdo  ridículo ,  pretender  dictarle  leyes .  Siendo 
estas,  por  otra  x>arte,  y  sobre  todo  la  ley  penal,  esencialmente  determinadoras  de  lo 
que  es  lícito  jjracticar  y  de  lo  que  siendo  criminal  é  injusto  debe  ser  castigado,  no  era 
fácil  se  me  Imbiera  ocurrido  la  pretendida  iümitabilidad  de  los  dereclios  del  hombre. 
Y  como  la  pena  no  es  más  qyxQ  la,  privación  de  determinados  derechos,  afirmar  que 
estos  son  imprescriptibles,  me  parecía  echar  i3or  tierra  el  Código  penal,  y  negar  al 
Estado  el  derecho  de  castigar,  n 

Y  continuando  ea  la  refutación  de  las  doctrinas  exageradamente  individualistas, 
el  señor  García  Nieto  dice  de  sus  defensores:  n  Es  lo  cierto  que,  entre  los  que  las  sus- 
criben, pocos  son  terriblemente  lógicos  hasta  el  punto  de  aceptar  tan  desoladoras  con- 
secuencias de  premisas  á  que  la  mayor  parte  sólo  se  adhieren  por  ignorancia  ó  ri- 
dículo alarde  de  radical  liberalismo,  por  no  hacer  aquí  mención  de  aquellos  anarquis- 
tas y  bullangueros  para  quienes  la  libertad  es  el  derecho  de  hacer  cuanto  se  les  an- 
toje y  convenga  á  sus  particulares  fines.  Muchos  son  también  los  que  dicen  acep- 
tar esta  doctrina;  pero  sin  dar  á  las  palabras  o6.so?m<o,  ilegislahle,  etc.,  la  significa- 
ción que  realmente  tienen  y  el  uso  les  atribuye;  y  no  pocos,  en  fin,  los  que  cometen  la 
vulgaridad  insigne  de  aplicar  estos  ya  famosos  epítetos  á  los  derechos  en  sí  mismos 
y  no  á  su  ejercicio,  creyendo  salir  del  paso  con  suponer  que  la  sociedad  se  guia  por 
meras  a,bstracciones. — Hay,  pues,  mucho  de  impertinente  y  fútil  en  cuestión  que  tan- 
ta polvai'eda  ha  levantado  entre  nosotros.  Esta  es,  al  menos,  mi  oiiinion,  fundada  en 
especiales  investigaciones.  ¿  Hay  empeño  en  trastornar  el  diccionario ,  llamando  ile- 
gislahle á  lo  que  no  lo  es,  ni  puede  serlo,  por  afán  de  presentar,  aunque  sólo  sea 
en  ai)ariencia,  lirincipios  políticos  absolutos  y  totalmente  radicales  ?  Pues  yo  respeta- 
ría tan  original  capricho,  una  vez  constada  la  impropiedad  del  leng-uaje,  si  no  estu- 
viera convencido  de  la  cruel  inconveniencia  que  entraña  esa  tori)e  manía  de  ofuscar  la 
conciencia  de  la  parte  menos  ilustrada  del  pueblo,  con  utópicas  ofertas  y  promesas 
irrealizables  que,  defraudadas  mañana,  sólo  pueden  dar  por  resultado  el  indiferen- 
tismo político  sobrenadando  en  la  hirviente  sangre  derramada  en  estériles  mo- 
tines, n 

Defiende  después  el  Sr.  García  Nieto  el  sistema  representativo:  demuestra  la  im- 
portancia y  dificultad  de  la  cuestión  del  Estado;  examina  la  teoría  individualista; 
critica  el  socialismo;  combate  las  exageraciones  absurdas  de  algunos  economistas  que 
no  sólo  niegan  al  Estado  sus  caracteres  esenciales,  sino  hasta  su  existencia  misma;  ex- 
pone las  doctrinas  del  partido  liberal  moderno;  manifiesta  los  males  de  la  excesiva 
centralización,  esperando  que  sean  remediados  por  el  justo  progreso  de  las  libertades 
municipales;  hace  ver  la  importancia  de  las  costumbres  cuya  influencia  es  má^grande 
y  decisiva  que  la  de  las  leyes;  y  concluye  pidiendo  que  se  procure  en  España  la  crea- 
ción de  ese  poder  inmenso,  que  se  llama  opinión  i)ública,  y  la  elevación  de  las  clases 
trabajadoras,  no  tanto  por  novedades  en  su  condición  exterior,  ni  por  la  conquista  del 
poder  iiolítico,  como  por  el  desarrollo  de  su  espíritu,  gracias  al  aumento  de  su  ilustra- 
ción, 

Tksoro  de  la  administración  municipal  y  PROVINCIAL,  ó  Manual  de  organiza-' 
cion  y  atribuciones  de  los  Ayuntamientos  y  Diputaciones  provinciales,  por  D.  José 
Marta  Mañas. — Madrid,  imprenta  del  Diario  Oficial  de  Avisos,  1870. 

En  un  grueso  yolíimen  de  más  de  900  páginas,  contiene  con  explicaciones,  comen- 
tarios y  formularios,  toda  la  legislación  política  y  administrativa  vigente;  la  Consti- 
tución de  1869,  las  leyes  de  orden  público,  electoral  y  de  Ayuntamientos,  de  Diputa- 
ciones, de  Beneficencia,  de  Montes,  de  Presupuestos  y  Contabilidad,  de  Quintas,  etc. 

TOMO  XIX.  10 


14G  boletín 

Manual  enciclopédico  teórico -práctico  de  los  juzgados  municipales,  ó  Tra- 
tado completo  y  razonado  de  loa  deberes  y  atribuciones  de  los  Jueces  y  fiscales  mu- 
nicipales y  de  los  Secretarios  de  dichos  juzgados  con  formularios  para  todos  los 
actos  y  diligencias  civiles,  criminales  y  administrativas,  por  D.  Fermín  AbeJla. — Se- 
gunda edición,  1871,  Madrid. 

ElSr.  Abolla,  abogado  y  Director  del-  periódico  titulado  El  Consultor  de  los  Ayun- 
tamientos y  juzgados  murdcipales,  ha  prestado  un  importante  servicio,  con  la  publi- 
cación de  este  libro,  á  los  juzgados  municipales  recientemente  creados.  Prueba  de  ello 
es  que  la  primera  edición  se  ha  agotado  en  pocos  meses. 

Con  buen  método  y  razonamiento,  expone  y  comenta  toda  la  legislación  relativa  á  la 
organización  y  atribuciones  de  dichos  juzgados;  á  sus  reglas  generales  de  enjuiciamien- 
to civil;  á  los  actos  de  conciliación;  á  los  juicios  verbales;  á  la  intervención  de  los  jue- 
ces raunicix)ales  en  los  ab-intestatos  y  testamentarías;  en  los  embargos  preventivos; 
en  los  asuntos  que  los  jueces  de  primera  instancia  pueden  encomendarles;  en  los  que 
les  están  sometidos  en  concepto  de  delegados  de  la  Hacienda  pública;  en  el  allana- 
miento de  morada;  en  los  procedimientos  administrativos  para  hacer  efectivos  los  de- 
leites al  Tesoro  nacional  y  á  los  Ayuntamientos;  en  las  cuestiones  de  orden  público;  en 
lo  relativo  al  consentimiento  y  consejo  paterno  para  contraer  matrimonio;  en  la  cele-, 
bracion  de  los  matrimonios  civiles;  en  la  formación  del  Registro  civil;  en  la  sustan- 
ciacion  y  fallo  de  las  faltas;  y  en  las  diligencias  preventivas  en  las  causas  criminales. 
Basta  esta  ligera  indicación  de  las  variadas  funciones  que  pesan  sobre  los  juzgados 
municipales,  cuya  institución,  aunque  conocida  ya  antes  con  otro  nombre,  ha  recibido 
ahora  un  aimiento  grandísimo  de  atribuciones  y  desarrollo,  liara  comprender  la  con- 
veniencia de  que  sus  diferenies  funcionarios  tengan  un  guía  como  el  que  el  Sr.  Abella 
les  proi)orciona  con  sii  bien  pensado  y  arreglado  libro. 

Los  MONTES  y  EL  CUERPO  DE  INGENIEROS  EN  LAS    CORTES  CONSTITUYENTES,  í;0)'  Don 

Francisco  Garda  Martino,  individuo  del  expresado  cuerpo. — Madrid:  estableci- 
miento tipográfico  de  Manuel  Minuesa,  1871. 

Por  más  de  una  razón  y  especialmente  por  lo  in-eparable  de  los  estragos  que  el  error 
ó  eldescuido  pueden  producir,  la  cuestión  de  los  montes  públicos  tiene  una  impor- 
tancia excepcional.  En  política,  las  situaciones  cambian  con  facilidad,  y  ninguna  pue- 
de durar  mucho  después  de  haberse  desacreditado.  Cabe  en  las  facultades  humanas 
reprimir  los  abusos  que  se  hacen  intolerables,  subsanar  los  desaciertos,  satisfacer  los 
agravios,  reponer  lo  destruido,  deshacer  lo  hecho.  Pero  si  se  destruye  en  un  momento 
de  imprevisión  ó  de  codicia  un  monte  poblado  de  árboles  de  ochenta  años,  es  casi  segu- 
ro que  no  volverá  jamás  á  su  anterior  próspero  estado,  y,  en  todo  caso,  es  indudable 
que,  por  lo  meaos,  se  necesitarán  otros  ochenta  años  para  que  llegue  á  tener  árboles 
_  de  esa  edad.  En  menos  período  de  tiempo,  caben  muchas  revoluciones  y  muchas 
reacciones  políticas,  la  caida  de  imperios  poderosos,  la  formación  y  desarrollo  de 
nuevas  nacionalidades;  pero  la  actividad  del  hombre  no  puede  acelerar  las  condiciones 
de  la  vida  de  los  grandes  vegetales, 

Y  á  parte  de  la  importancia  que  por  el  valor  de  su  vuelo  tiene  un  monte,  le  corres- 
ponde grandísima  por  sus  relaciones  con  el  suelo  y  con  el  clima  de  su  país. 

El  ilustrado  y  laborioso  Ingeniero,  D.  Francisco  García  Martino,  que  ya  en  la  publi- 
cación y  dirección  de  La  Revista  Forestal,  excelente  periódico,  que  está  en  el  tercer  año 
de  su  existencia,  ha  dado  pruebas  de  su  celo  por  los  intereses  de  este  ramo  de  la  Admi- 
nistración pública,  así  como  nuevos  testimonios  de  su  competencia  para  ilustrar  tan 
importante  materia,  ha  formado  ahora  un  grueso  volumen  con  la  inserción  íntegi'a 
délas  discusiones  habidas  en  las  Córt*  Constituyentes,  con  motivo  del  voto  particu- 
lar del  Sr.  Fernandez  de  las  Cuevas,  que  proponía  la  supresión  de  los  cuerpos  espe- 


BIBLIOGRÁFICO.  Ii7 

cíales  de  Ingenieros,  y  con  ocasión  del  examen  del  presupuesto  del  Ministerio  de 
Fomento.  Además,  ha  añadido  por  su  i)arte  extensos  comentarios,  notas  é  impugnacio- 
nes de  las  doctrinas  sustentadas  por  los  diputados  que  se  han  mostrado  adversarios 
del  Cuerpo  de  Ingenieros  de  Montes,  ó  que  han  pedido  la  desamortización  absoluta 
de  la  propiedad  forestal. 

A  tres  i)ueden  reducirse  las  principales  cviestiones  tratadas  en  este  libro,  rico  en 
datos  y  razonamientos.  ¿Debe  el  Estado  velar  por  la  conservación  de  los  montes,  ó 
abandonar  su  cuidado  al  interés  privado?  Reconocido,  no  sólo  que  la  iniciativa  indi- 
vidual ha  sido  y  ha  de  ser  siempre  más  funesta  que  favorable  para  los  montes,  sino  qiie 
hay  unido  á  estos  un  interés  público  que  el  Estado  tiene  el  deber  indeclinable  de  no 
abandonar,  ¿debe  el  Gobierno  llenar  las  necesidades  de  este  servicio  por  medio  de  em- 
pleados amovibles,  ó  es  preferible  que  se  valga  de  un  cuerpo  facultativo,  cuyos  miem- 
bros estén  garantidos  por  una  sólida  organización  en  el  buen  cumplimiento  de  los  se- 
veros deberes  que  les  son  encomendados?  En  este  iiltimo  caso  ¿el  Cuerpo  de  Ingenie- 
ros de  Montes  ha  correspondido  en  sus  diez  y  siete  años  de  existencia  á  lo  que  de  él 
podia  y  debia  exigirse? 

Una  triste  experiencia  apenas  permite  la  duda  respecto  de  las  dos  primeras  cues- 
tiones. El  más  somero  conocimiento  de  lo  que  sucede  con  los  montes  de  España  tala- 
dos, con  su  suelo  vegetal  empobrecido,  con  sus  condiciones  climatológicas  trastorna- 
das, basta  para  dar  la  firme  convicción  de  que  los  intereses  públicos  se  hallan  grave- 
mente comprometidos  en  este  asunto  si  falta  la  vigilancia  y  el  cuidado  directo  de  la 
autoridad.  Y  no  se  necesita  tampoco  una  noticia  muy  detallada  y  muy  prolija  de  los 
males  de  la  Administración  pública  española,  para  saber  cvián  escasa  fuerza  alcanzan 
funcionarios  amovibles  y  aislados  para  contrarestar  los  ataques  poderosos  dirigidos 
por  mil  medios  diversos  contra  la  riqueza  forestal. 

'  Respecto  de  la  tercera  cuestión,  la  defensa  del  Cuerpo  de  Ingenieros,  hecha  por 
el  Sr.  García  Martino,  no  puede  ser  más  cumi^lida.  Pero  sin  rebajar  el  mérito  con- 
traido  por  los  Ingenieros,  justo  y  necesario  es  añadir  que  el  Gobierno  no  ha  sacado  dj 
ejlos  el  partido  que  debiera.  Un  Ingeniero  de  Montes,  colocado  en  una  provincia,  sin 
recursos  para  traljajar,  sin  instrumentos,  sin  auxiliares,  sin  subalternos  suficientes  por 
el  número  y  la  instrucción,  ni  puede  deslindar,  ni  fiscalizar,  ni  ordenar,  ni  guardar  los 
montes,  ni  luchar  contra  las  malas  costumbres  municipales,  contra  los  desmanes  del 
caciquismo,  contra  las  influencias  electorales,  contra  los  abusos  y  las  rutinas  que  por 
varios  modos  conspiran  á  la  destrucción  de  los  arbolados.  Sólo  á  fuerza  de  laboriosidad 
y  de  celo,  han  conseguido  los  Ingenieros  resultados,  muy  considerables  sin  duda,  si  se 
toma  en  cuenta  que  se  ha  llegado  á  eUos  sin  el  auxilio  y  los  recursos  debidos;  pero  pe- 
queños, si  se  les  compara  con  lo  que  se  hace  en  otros  países,  que  ponen  los  medios 
adecuados  para  los  fines,  gastando  anualmente  sumas  muy  crecidas  en  este  ramo  so- 
bremanera reproductivo. 

He  aquí,  tomándolo  de  dos  párrafos  del  libro  del  Sr.  García  Martino,  algo  de  lo  ipie 
BUS  compañeros  y  él  han  hecho  ya : 

"Como  trabajos  ordinarios,  además  délos  que  dejamos  consignados  anteriormente, 
merecen  recordarse,  el  planteamiento  del  servicio  uniforme  en  todos  los  distritos,  el 
cual  comprende  los  aprovechamientos  generales  sujetos  á  condiciones  de  forma,  tiem- 
po y  lugar,  habiéndose  conseguido  la  extirpación  de  muchos  abusos;  las  repoblaciones 
naturales  á  consecuencia  de  las  cortas  y  rozas  bien  dirigidas  con  la  determinación  de 
los  turnos  respectivos;  los  deslindes,  que  han  devuelto  á  los  pueblos  montes  que  te- 
nían ijerdidos;  las  repoblaciones  artificiales  llevadas  á  feliz  término  en  algunas  i)ro- 
vincias;  la  resinacion  ensayada  en  varios  puntos  según  el  sistema  moderno,  que  rinde 
mayores  y  mejores  productos,  al  ¡jaso  que  asegura  la  conservación  de  los  montes;  la 
construcción  de  sequerías;  la  disminución  de  los  incendios;  la  formación  de  las  co- 


148  BOLETÍN 

lecciones  presentadas  en  todas  las  exposiciones  extranjeras,  que  siempre  han  merecido 
los  primeros  premios;  y  las  estadísticas  de  producción,  por  las  cnales  se  sabe  que 
en  1860,  cuando  los  montos  púljlicos  comprendian  más  de  10  mUlonesde  hectáreas,  se 
sacaron  de  ellas  por  valor  de  62  millones  de  reales,  y  que  seis  años  después,  habiendo 
quedado  reducida  aquella  superficie  a  monos  de  la  mitad,  sus  productos  representa^ 
ron  63  millones. 

itComo  servicios  extraordinarios,  por  haber  sido  encomendados  á  comisiones  especia- 
les compuestas  de  uno  ó  más  individuos,  deben  citarse :  los  planos  y  bosquejos  dasográfi- 
cos  publicados  por  la  Dirección  general  de  Estadística,  trabajos  que  contimian  hoy  en 
la  Comisión  déla  carta  forestal;  los  trabajos  sobre  los  alcornocales  que  fueron  cedidos 
á  España  á  la  terminación  de  la  guerra  de  África;  la  Memoria  de  la  inundación  del 
Júcar,  libro  lleno  de  curiosas  noticias  sobre  los  terrenas  qtie  forman  la  ciienca  del  rio 
citado;  el  estudio  referente  á  la  repoblación  de  la  sierra  de  G^uadarrama;  la  descrip- 
ción de  las  principales  Escuelas  de  montes  de  Alemania  y  Eusia;  las  Memorias  sobro 
las  exposiciones  de  Paris,  Madrid  y  Londres;  el  estudio  y  proyecto  para  la  repobla- 
ción de  las  cuencas  de  los  rios  Lozoya  y  Guadalix;  los  informes  sobre  las  inspecciones 
extraordinarias  de  algunos  distritos;  los  trabajos  de  la  Flora  forestal  de'España,  délos 
(lue  se  acaba  de  publicar  últimamente  una  muestra,  que  da  á  conocer  lo  que  aquellos 
serán  en  sii  dia;  y  por  iiltimo,  multitud  de  infonnes  y  escritos  sobre  el  ramo,  n 

Arrullos,  por  D.  Eiujenio  Sánchez  Fuentes. — Puerto-Paco;  1870. 
Esta  pequeña  colección  de  poesías,  inspiradas  por  el  amor  paternal,  son  dignas  del 
mayor  aprecio  por  su  candorosa  sencillez,  primorosa  elegancia  y  delicado  sentimiento. 
Hay  en  ellas  verdadero  fervor  religioso  y  una  ternura  natural  que  da  notable  realce  á 
las  imágenes  y  gracias  del  estilo.  Nuestra  literatura,  tan  escasa  de  buenos  libros  para 
los  niños,  puede  contar  este  como  uno  de  los  primeros.  En  tal  concepto  es  sumamente 
estimable  el  librito  del  Sr.  Sánchez  Fuentes. 

Elementos  de  cosmología,  por  el  Doctor  D.  José  Mantells  y  Nadal,  Catedrático  de 
nociones  de  historia  natural  en  el  Instituto  de  la  Universidad  de  Sevilla.-  Sevi- 
lla, 1871. 

Esta  obra,  recomendable  por  su  buen  método  y  estilo,  no  se  puede  considerar  como 
una  Filosofía  de  la  Naturaleza,  como  una  parte  de  la  Metafísica,  como  una  verdadera 
Cosmología,  sino  más  bien  como  un  compendio  de  Cosmografía,  como  una  abreviada 
descripción  física  del  universo,  doude  se  da  cuenta  de  las  leyes  descubiertas  por  la  ob- 
servación, sin  elevarse  á  aquellas  otras  leyes  y  á  aquellos  principias  superiores,  propios 
de  la  Filosofía  fundamental  ó  i^rimera.  Limitado  á  esto  el  libro  del  Sr.  Montells  y  Na- 
dal, y  prescindiendo  del  título,  en  nuestro  sentir  más  ambicioso,  no  se  ha  de  negar  que 
es  obra  útil  y  digna  de  estimación  i)or  encerrar  en  sí  la  idea  completa  del  mundo,  tal 
como  la  ciencia  novísima  la  concibe  y  comprende.  Es  un  libro  como  el  Cosmos  de 
Humboldt  en  resumen  y  miniatura,  y  muy  adecuada  para  dar  una  itlca  justa  y  digna 
de  las  cosas  creadas  á  la  juventud  estudiosa  y  á  la  gente  del  pueblo.  El  libro  del  señor 
Mantells,  si  en  España  hubiese  algima  más  afición  á  la  lectura,  debiera  ser  un  libro 
mviy  popular  y  muy  leido. 

Exposición  comparativa  de  las  doctrinas  de  todas  las  principales  iglesias 
cristianas:  católica  oriental,  católica  romana,  anglicana  y  protestan- 
TE.   Obra  útil  paroy  consultar  y  de  pronecho  d  todos  los  buenos  cristianos. — Ma- 
drid, 1870- 
Este  precioso  librito  ha  sido  compuesto  por  un  sacerdote  ruso,  que  estaba  en  esta 

corte  como  capellán  de  la  Legación  de  Faisia,  quien  ha  tenido  la  modestia  de  no  dar 

su  nombre. 


BIBLIOGRÁFICO.  149 

El  libro  está  escrito  en  tan  buen  castellano  que  no  se  creerla  obra  de  un  extranjero, 
si  no  se  supiese  la  aptitud  y  peculiar  disposición  (¡ue  tienen  para  aprender  idiomas  los 
liombres  de  raza  eslava. 

La  exposición  es  un  pequeño  volumen,  lindamente  impreso,  de  228  páginas,  i)erotan 
nutrido  de  doctrina  y  la  doctrina  tan  clara  y  metódicamente  expuesta,  que  vale  más 
que  otras  obras  de  muchos  volúmenes  y  nada  deja  que  desear,  y  nada  deja  por  expli- 
cas, así  del  dogma  de  nuestra  Iglesia  cató'ica,  como  del  dogma  de  la  Iglesia  de 
Oriente. 

Como  es  natural,  el  autor,  si  bien  trata  de  conciliar  ambas  Iglesias,  se  inclina  en 
favor  de  la  suya,  que  es  la  Oriental,  y  le  da  la  razón  en  aquellos  puntos  en  que  de  la 
nuestra  discrepa;  pero  es,  con  todo,  bastante  imparcial,  hasta  donde  un  sacci'dote 
puede  serlo.  Su  obra  está  escrita  con  x)rof unda^  fé  religiosa  y  con  una  sencillez  elegan- 
te que  hace  su  lectura  tan  agradable  como  es  instructiva. — Al  que  desee  conocer  los 
dogmas  del  cristianismo,  sin  fatigarse  mucho  en  leer  libros  teológicos  y  sin  contentar- 
se con  las  exiguas  nociones  que  puede  darle  un  catecismo,  le  recomendamos  la  adqu  * 
sicion  de  este  librito. 

Academia  Bibliográfica-Mariana. — Certamen  lioétlco  del  año  de  1S6S  dedicado  á  la 
Virgen  de  los  Desamparados. — Lérida,  18G8. — Un  tomo  de  344  págs.  en  4.' 

Como  cosa  de  ocho  años  habrán  trascurrido,  desde  que  un  piadoso  sacerdote  de  Lé- 
rida, el  Sr.  D.  José  Escola,  devoto  ardiente  de  María  Santísima,  tuvo  la  feliz  idea  de 
establecer,  segundado  luego  por  innumerables  socios  en  el  resto  de  España,  la,  no 
sabemos  si  con  entei'a  propiedad,  denominada  A  cademia  Bíhllográfico- Mariana,  cuyo 
objeto  seria  y  es  el  promover  la  gloria  de  la  Madre  de  Dios,  mediante  la  ciencia,  la  li- 
teratura y  la  imprenta.  Muchísimos  son  ya  los  libros  y  los  folletos  que  lleva  publica- 
ilos,  repartiéndolos  gratis  entre  sus  individuos.  A  dos  clases  pueden  reducirse  todos 
ellos;  periódicos  unos,  no  periódicos  otros. 

De  estos  últimos,  que  pasan  de  treinta  regulares  tomos  en  8.*,  los  hay  históricos, 
poéticos,  teológicos,  ascéticos,  etc. ,  parte  originales,  parte  traducidos  y  concernientes 
todos  á  la  Señora  qiie  forma  el  asunto  exclusivo  de  las  tareas  de  la  Academia.  Su  mé- 
ito  á  la  verdad,  no  siempre  corresponde  á  la  alteza  del  objeto,  ni  á  la  ferviente  piedad 
que  los  ha  inspirado.  Algunos,  sin  embargo,  lo  tienen  muy  relevante.  Citaremos  como 
los  mejores  que  han  llegado  á  nuestras  manos,  \a.s  Adoocadoncs,  virtudes  ij  misterios  de 
la  Santísima  Virgen,  por  el  malogrado  presbítero  D.  Felipe  Velazquez  Arroyo;  las 
Poesías  religiosas  y  Sermones,  de  D.  Gaspar  Bono  y  Serrano;  las  Odas  y  Suspiros,  de 
D.  Antonio  Balbúena;  La  Virgen  Madre,  según  San  Bernardo;  y,  sobre  todo,  La  Vir- 
gen María  y  el  Plan  divino,  de  Augusto  Nicolás,  obra  detestablemente  traducida  por 
cierto,  pero  en  la  cual  no  sabemos  qué  admirar  más,  si  lo  nuevo  y  magnífico  del  plan, 
ó  el  rigor  geométrico  con  que  aparecen  enlazadas  sus  diferentes  partes,  ó  la  rica  erudi- 
ción teológica  y  filosófica,  profimdidad  de  conceptos,  vigor  de  raciocinio  y  belleza  de 
estilo  que  en  todas  sus  páginas  resplandecen.  Al  lado  de  esta  ijroduc  cion  figúrasenos 
bajo  y  mezquino  cuanto  se  ha  escrito  .acerca  de  María  Santísima.  Por  versión  cas- 
tiza de  ella,  elegantemente  impresa,  daríamos  de  buen  grado  el  90  por  100  de  las 
demás  publicaciones  de  la  Academia  Bibliográfico- Mariana. 

Las 2J<i^i<^divas  son  tres.  hosAnaleí,  órgano  oficial  de  la  Academia,  salen  á  luz  men- 
sualmente  y  contienen,  además  de  la  historia  de  la  misma,  artículos  y  poesías  en  ho- 
nor de  la  Virgen,  malos  unos,  medianos  los  más,  excelentes  algunos.  De  poesías,  ar- 
tículos, leyendas  y  oraciones,  al  propio  fin  encaminados  y  asimismo  desiguales  en  mé- 
rito, se  compone  también  la  segunda  parte  del  Calendario  Mariano,  anualmente  re. 
petido.  Vienen,  por  viltimo,  las  obras  premiadas  en  los  Certámenes  ámios  que  la  Acá. 
dcmia,  celebra,  los  cuales  da  á'  la  estampa  reunidos  en  volúmenes  como  el  que  las  per- 


150  BOLETÍN 

sentes  líneas  motiva.  Coustituyeu  el  tema  de  estos  discursos  las  imágenes  de  la  Virgen 
más  famosas  y  veneradas  que  existen  en  la  Península.  Asunto  délos  siete  realizados 
liasta  el  dia  lian  sido  la  Virgen  del  Pilar,  la  de  Montserrate,  la  de.Covadonga,  la  de 
Atocha,  Nuestra  Señora  la  Antigua  de  Sevilla,  la  Virgen  de  los  Desamparados  de 
Valencia  y  Nuestra  Señora  de  las  Mercedes  de  Barcelona,  estando  aun  inéditas  las 
composiciones  laureadas  en  el  último.  La  oda,  la  leyenda,  el  canto  épico  y  la  narra- 
ción histórica  son  las  formas  literarias  en  que  los  opositores  luxeden  vaciar  sus  pensa- 
mientos. 

El  galardón  de  los  vencedores  consiste  en  laúdes,  liras,  rosas,  jazmines,  lirios, 
ramos  de  oliva,  plumas,  etc.,  de  plata  ú  oro  ó  de  ambos  metales  juntamente,  costea- 
dos por  la  ^cac/emia  ó  regalados  al  efecto  por  personas  devotas,  que  nunca  faltan. 
Concádense,  además,  los  accésit  á  que  há  lugar,  según  los  casos.  La  entrega  de  los 
premios  se  verifica  todos  los  años  con  gran  solemnidad,  balo  la  presidencia  del  Obis- 
po de  la  diócesis,  asistido  de  las  i)rincipales  corporaciones  de  Lérida,  leyendo  un  dis- 
curso adecuado  al  objeto  el  Director  de  la  Academia  y  anunciándose  el  asunto  sobre 
(¡ue  ha  de  versar  el  concurso  del  año  inmediato  siguiente . 

En  todos  los  certámenes,  verdaderos  juegos  florales  niarianos,  se  han  presentado 
producciones  de  más  que  mediano,  y  algunas  de  subido  mérito,  como,  jjor  ejemplo,  el 
l)Ooma  La  Virgen  del  Pilar,  del  Sr.  Bono  y  Serrano,  y  la  oda  A  Nuestra  Señora  de 
Covadonga,  del  Sr.  Borao.  No  fué  de  los  menos  brillantes  el  de  1868,  dedicado  á  can- 
tar las  glorias  de  la  Santísima  Madre  de  Desamparados.  Setenta  y  nueve  comjjosicio- 
nes  se  recibieron  dentro  del  plazo  fijado  en  el  programa,  á  saber,  diez  poemas,  seis  le- 
yendas, veintiséis  odas  (siete  de  ellas  sóficas),  nueve  poesías  de  metro  vario,  diez  y 
seis  catalanas,  una  mallorquína,  cuatro  valencianas  y  siete  obras  de  ijrosa. 

Adjudicóse  el  laúd  de  plata  y  oro,  al  poema  en  cinco  cantos  y  en  octavas  reales,  in- 
titulado La  Perla  del  Turia,  por  D,  Ensebio  Anglora,  y  el  correspondiente  accésit  al 
de  D.  José  Martí  y  Folguera,  en  romance  heroico  y  siete  cantos.  La  Madre  de  los  De- 
samparados, ambos  recomendables  por  lo  bien  dispuesto  del  plan,  la  galanura  del 
estilo  y  la  fluidez  del  verso,  siquier  los  desluzca  una  ú  otra  incorrección  de  lenguaje, 
ciertas  imágenes  poco  propias,  algunos  rasgos  prosaicos  y  tal  cual  falta  de  armonía, 
particularmente  al  primero,  superior,  no  obstante,  en  otros  conceptos.  Las  mismas 
buenas  prendas  y  los  projiios  defectos  notamos,  aunque  en  grados  diferentes  y  no 
no  todos  reunidos,  en  El  Caballero  de  Ñapóles,  de  doña  Isabel  Cheex  y  Martínez,  y 
Los  tres  Horneros,  del  referido  Sr.  Martí  y  Folguera,  leyendas  que  merecieron  la  lira 
de  platcí  y  oro  y  el  accésit,  respectivamente.  Las  odas  A  la  Virgen  de  los  Desamjmra,- 
dos,  de  D.  Filiberto  Abelardo  Díaz,  que  obtuvo  la  lira  de  plata;  La  Perla  Valenciana, 
de  D.  José  Plá,  primer  accésit,  y  El  llanto  del  Desamparado,  de  D.  Francisco  Cuesta 
Espino,  segundo  accésit,  afectuosas  y  en  general  elegantes,  resiéntense  de  difusión,  ca- 
recen de  aquella  sobriedad  y  sencillez  que  tanto  nos  hechiza  en  Fr.  Luis  de  León,  y 
otros  gi-andes  maestros.  Las  dos  últimas  pecan  además,  si  bien  en  raros  pasajes,  de 
I)rosáicas  y  nada  cadenciosas.  Son  muy  correctas  y  sentidas  las  décimas  A  María, 
Madre  de  los  Desamparados,  ijor  las  que  D.  Pedro  Antonio  Torres  logró  el  lirio  de 
plata,  dádiva  anual  del  limo.  Sr.  Obispo  de  Lérida.  El  romance  endecasílabo,  de  ca- 
rácter lírico,  debido  á  la  pluma  de  D.  Pedro  Alcántara  Peña,  primer  accésit,  presenta 
algunas  estrofas  muy  floridas  y  felices  imitaciones  del  Cantar  de  los  Cantares;  seria  ex- 
celente si  el  autor  hubiese  cuidado  más  del  colorido  y  de  la  dicción  poética.  La  com- 
posición en  quintetos  alejandrinos,  que  sigue  á  las  precitadas,  escrita  por  D.  Francisco 
Bartrina  de  Aixemús,  segundo  accésit,  nos  parece  más  floja,  sin  que  á  pesar  de  esto, 
la  reputemos  despreciable,  ni  mucho  menos. 

Vienen  ahora  las  poesías  lemosinas.  En  D.  Francisco  Pelayo  Briz  recayeron  la  rosa 
de  plata,  regalada  por  el  Excmo.  Ayuntamiento  de  Lérida  para  la  mejor  composición 


BIBLIOGRÁFICO.  151 

en  catalán  literario  del  principado  ó  de  los  antiguos  reinos  de  Mallorca  y  Valencia,  por 
la  dedicada  A  la  Mare  delí  Desamparáis,  y  el  primer  accésit,  por  los  Stramps  A  la 
Verge  deis  Desamparáis,  habiendo  ganado  el  segundo,  D.  Francisco  de  Paula  Ribas 
y  Servet  con  su  oda  A  la  Mare  de  Deu  deis  Dasamparals.  Un  romance  endecasílabo, 
La  Mare  de  Deu  deis  Desamparáis,  valióle  á  D.  Pedro  Alcántara  Peña  el  jazmín  de 
plata,  ofrecido  por  el  Secretario  de  la  Academia.  Fueron  los  accésit  para  el  romance 
octosílabo  E71  Ilahor  de  la  Verge  deis  Desamparáis,  su  autor  D.  José  Martí  y  Folgue- 
ra,  y  para  la  oda  de  D.  Antonio  Molins  y  Sirera,  en  cuartetos  alejandrinos,  A  la  Ver- 
ge  deis  Desamparáis.  Otorgáronse,  finalmente,  á  D.  Juan  Bautista  Pastor  Aicart,  el 
ramo  de  olivo  de  jjlata  costeado  por  la  junta  local  valenciana  y  otros  socios  académi- 
cos de  aquella  demarcación,  para  el  mejor  romance  esjrito  precisamente  en  su  propio 
dialecto,  por  el  titulado  La  Joya  de  Valencia,  y  los  respectivos  accésit  á  D.  Manuel 
Candela  y  Plá,  por  Les  glories  de  Madona  la  Verge  deis  Desamparáis,  y  á  D.  Francis- 
co Pelayo  Briz,  por  su  Romans  á  la  Verge  de  Valencia.  Los  conocedores  del  lemosin  y 
sus  modismos,  ijeculiares  giros  y  su  frase  poética,  apreciarán  las  anteriores  composi- 
ciones bajo  el  asjíecto  filológico.  Nosotros,  que  no  lo  somos,  diremos  vínicamente  que, 
en  ciianto  nos  es  dado  saborear  sus  pensamientos  é  imágenes,  las  hallamos,  por  punto 
general,  preferibles  á  las  antecedentes  poesías  líricas  castellanas.  Hay  en  ellas  más 
unción,  más  originalidad,  menos  lugares  comunes,  menos  estéril  abundancia,  menos 
ornato  postizo.  La  primera  del  Sr.  Briz  y  las  dulcísimas  liras  del  Sr.  Piibas  y  Servet, 
son  de  las  que  más  plenamente  nos  satisfacen. 

Con  la,plu7na  de  plata,  que  la  Junta  directiva  tenia  designada  para  el  mejor  trabajo 
en  iDrosa,  fué  premiado,  por  su  Historia  de  la  milagrosa  Inuígen  de  Nuestra  Señora 
de  los  Desam2jarado's,  patrona  de  Valencia,  hasta  nuestros  dias,  el  Sr.  D.  Julián  Pas- 
tor y  Rodríguez,  que  en  todos  ó  en  casi  todos  Jos  concursos  anteriores  recabara  idén- 
tica distinción  con  monografías  análogas  tan  eruditas  y  bien  redactadas  como  la  pre- 
sento. Llevaron  los  accésit,  D.  Rafael  Blasco,  nai-rador  de  la  Historia,  de  la  Capilla  de 
Nuestra  Señora  de  los  Desamparados  de '  Valencia,  y  D.  José  García  Bravo,  que  pre- 
sentó unos  sencillos  pero  bien  coordinados  Apuntes  históricos  sobre  la  Imagen  de  Nues- 
tra Señora  de  los  Desamparados.  Creemos  que  el  jurado  procedió  con  justicia  en  la 
calificación  de  estos  escritos. 

El  éxito  alcanzado  por  la  Academia  ilerdense  no  sorprenderá  á  nadie  que  conozca 
cuan  arraigada  se  halla  en  nuestro  pueblo  la  devoción  á  la  Madre  del  Salvador.  En  el 
siglo  XVII  eran  muy  frecuentes,  justas  literarias  parecidas  á  las  suyas.  Los  tomos 
donde  se  contienen  las  obras  premiadas  en  estas,  siempre  serán  leídos  con  placer,  no 
sólo  por  las  personas  piadosas,  sino  también  i^or  los  amantes  de  la  literatura  y  más 
todavía,  por  los  aficionados  al  estudio  de  los  recuerdos  históricos  locales  y  de  las  tra- 
diciones y  leyendas  populares .  Por  eso,  aún  los  indiferentistas,  si  tienen  algo  desarro- 
llado el  sentido  estético,  deben  de  estimar  plausibles  y  meritorias  las  tareas  de  la 
A  cademia  Bibliófilo-Mariana. 

LIBROS   EXTRANJEROS. 

SeLECTIOIÍS  ÍROM  PRIVATK  JOURNALS  OP  TOURS  IN  PRANCE  IíÍ  1815  AÑÜ  1818.-^2/ 
Viscoimt  Palmerston. — London,  Richard  Benthley  and  Son,  1871. 

Ocupándose  Sir  H.  Bulwer  en  escribir  la  biografía  de  Lord  Palmefston,  ha  encon- 
trado, entre  los  papeles  del  célebre  ministro,  los  fragmentos  de  notas  ó  memorias  dia- 
rias que  escribió  cuando  en  1815  y  1818  visitó  la  Francia.  En  estos  momentos,  la 
publicación  de  algunos  trozos  escogidos  de  esos  fragmentos  tiene  un  gran  interés  de  ac- 
tualidad, porque  la  invasión  de  la  Francia  por  los  alemanes  i)resta  mayor  im- 
portancia á  los  recuerdos  de  la  que  Palmerston  vio  en  1815. 


152  fiOLEtlN   BIBLIOGRÁFIGO. 

Al  atravesar  la  Noi'mandía,  el  ilustre  viajero  oyó  en  muchas  partes  que  corria  el 
rumor  de  que  aquella  jjrovincia  iba  á  ser  anexionada  á  la  Gran  Bretaña;  y  afirma  que 
la  mayor  parte  de  los  habitantes  del  pais,  ó  se  mostraba  indiferente  al  cambio,  ó  lo 
consideraba  con  alegría. 

De  los  i^rusianos  cuenta  que  inspiraban  un  odio  profundísimo  á  los  franceses,  y  lo 
atribuye  iirincipalmente  al  método  que  seguían  para  imponer  contribuciones,  ó  hacer 
requisas.  Cada  comandante  de  tropas  exigía  para  estas  cuanto  necesitaban.  De  aquí  se 
derivaban  muchos  abusos.  nCuando  los  oficiales,  escribía  en  su  diario  Lord  Palmers- 
ton,  piden  para  sus  soldados,  adoptan  la  costumbre  de  pedir  y  tomar  en  primer  lugar 
para  sí;  y  los  que  hoy  reclaman  provisiones,  mañana  reclaman  dinero,  n  Pero  aun 
cuando  no  hiijjíese  habido  abuso,  el  sistema  de  las  reclamaciones  directas  por  cada 
jefe  prusiano,  hacia  odiosos  á  los  de  esta  nación  para  los  franceses.  Wellington  tenia 
mandado  que  cada  oficial,  en  vez  de  hacer  por  sí  mismo  las  requisas,  dirigiese  las  re- 
clamaciones á  la  Administración  müitar  inglesa,  la  cual  se  entendía  con  los  agentes 
del  gobierno  francés.  La  consecuencia  era  que,  aunque  los  i)rusianos  y  los  ingleses  hi- 
ciesen el  mismo  gasto  en  un  pueblo,  el  proceder  de  los  primeros  causaba  gran  irrita- 
ción y  el  de  los  segundos  era  considerado  con  benevolencia.  "Pero  aun  siendo  odiados 
los  i)rusianos,  añade  Palmerston,  eran  poi)ulares  en  comparación  con  losbávaros,  que 
no  sólo  robaban  y  saqueaban,  sino  qiie  usaban  y  alnisaban  de  la  facultad  de  imponer 
castigo  de  palos,  n  Entre  todos  los  invasores,  los  más  estimados  por  el  pueblo  francés, 
eran  incuestionablemente  los  rixsos. 

Estas  memorias  de  Lord  Palmerston  contienen  noticias  ó  juicios  curiosos  acerca  de 
algunos  x>6rsonajes  de  aquella  época.  Búrlase  el  escritor  del  príncipe  hereditario  de  Ba- 
viera,  que  fué  después  el  Rey  Luís.  Refiere  los  datos  que  acerca  de  los  Bon apartes  le 
dio  Mervins  Ment  Bretón,  que  durante  tres  años  había  sido  jefe  de  policía  de  Napoleón. 

No  son  menos  curiosas,  en  los  momentos  actuales,  algunas  ideas  manifestadas  acer- 
ca del  ejército  prusiano.  Hablando  de  una  revista  militar  que  presenció  en  París,  dice 
Palmerston  que  los  epexctadores  quedaron  admirados  de  la  facilidad  con  que  Welling- 
ton manejó  60.000  hombres  en  el  mismo  sitio  donde  dos  días  antes  los  prusianos  ha. 
bian  tenido  también  una  revista  de  igual  fuerza,  mostrando  mucha  menos  habilidad. 
Por  otra  parte,  Wellington  le  dijo  que  los  tropas  prusianas  eran  muy  indisciplinadas, 
y  que  en  eUas  la  deserción  alcanzaba  tales  ]  )roporciones,  que  en  pocas  semanas  había 
quedado  su  fuerza  niiméríca  reducida  desde  120.000  hombres  á  la  mitad. 

En  los  fragmentos  publicados  se  refiere  también  lo  sucedido  en  París  con  la  ocasión 
de  sacar  de  los  museos  franceses,  para  devolverlas  á  sus  antiguos  dueños,  las  obras  de 
arte.  Inglaterra  no  tenia  interés  directo  en  el  asunto,  y  fué  la  potencia  que  gestionó 
en  él  con  mayor  empeño.  Wellington  inició  las  negociaciones,  aunque  en  concepto  de 
general  en  jefe  del  ejército  de  Holanda;  y  después,  á  él  se  debió  principalmente  la 
victoria  sobre  la  resistencia  que,  así  Luis  XVII [  como  el  jiueblo  francés,  oponían  ala 
devolución.  Cuando  se  bajaron  del  arco  de  triunfo  de  la  Estrella  los  famosos  leones  de 
Venecia,  una  brigada  inglesa  tuvo  que  proteger  la  operación;  y  centinelas  ingleses  ha- 
cían igualmente  respetar  el  acto  de  descolgar  los  cuadros  de  los  museos. 

Los  críticos  ingleses  dicen  que  este  libro  demuestra  en  el  célebre  diplomático  con- 
diciones de  escritor,  que  hasta  ahora  no  le  eran  conocidas. 

EnGLISH   PKEMIERS,    FROM  SIR  ROBERT  WALPOLE    TO   SIR  ROBERT   PEEL.--5¿/    John 

Charles  Earle. — London,  Chapman  etHall. — Two.  vol. 

Desde  el  primer  nombramiento  de  Sir  Roberto  Walpole  en  1715,  hasta  el  segundo 
de  Peel  en  1841,  ha  habido  en  Inglaten-a  veintiocho  primeros  ministros,  délos  cuales 
Jonh  Charles  Earle  ha  reunido  las  biografías  en  estos  dos  volúmenes.  Ijas  administra- 
ciones ministeriales  son,  en  rigor,  algunas  más  en  número,  porque  Walpole,  el  duque 
de  Newcastle,  el  marqués  de  Rockingham,  Pitt,  el  duque  de  Portland,  Lord  Melbourne 
y  Peel  fueron  ministros  dos  veces. 


Director,  D.  J.  L.  Albareda. 


Madrid:  18ri.=Iinprenta  de  José  Noguera,  calle  de  Bordadores,  núm.  7i 


INFORME 


(1) 


SOBRE  LA  OBRA 

LES  MARIAGES  ESPAGNOLS  SOllS  LE  REGNE  DE  HERNI  IV 

ET  LA  REGENCS  DE  MiRIl  DE  MÉDICIS 

escrita  en  francés  por  Mr.  J.  T.  Perrens,  doctor,  profesor  en  el  liceo 
Bonaparte,  individuo  de  la  Real  Academia  de  Turin,  etc.,  etc. 

EMITIDO  Á  LA  REAL  ACADEMIA  DE  LA  HISTORIA 

por  su  indiiíduo  de  número 
D.    F.    JAVIER    DE    SALAS. 


LOS    MATRIMONIOS    ESPAÑOLES  BAJO    EL    REINADO    DE    ENRIQUE    IV 
Y  REGENCIA  DE  MARÍA  DE  MÉDICIS. 


Tal  es  el  titulo  de  la  obra  escrita  en  francés  por  JMr.  J.  T.  Perrens,  y  con- 
fiada tiempo  há  por  la  Academia  á  informe  del  que  suscribe.  Ocupaciones 
apremiantes  en  azarosa  época,  la  escasísima  trascendencia  de  mi  dictamen 
y  sobre  todo,  lo  reacia  que  se  hace  la  obligación  cuando  ha  de  censurar* 
han  motivado  la  demora  en  el  cumplimiento  de  encargo  tan  honroso 
Ruego,  pues,  á  la  Academia  que  acepte  dichas  causas  como  legítima  excusa 
por  el  tiempo  trascurrido. 

La  obra  de  Mr.  J.  T.  Perrens  divídese  en  dos  partes.  Comprende  la  pri- 
mera desde  el  origen  de  las  negociaciones  mediadas  entre  ambas  cortes 
para  los  enlaces  de  los  hijos  del  tercer  Felipe  de  Austria,  especialmente  los 
de  doña  Ana  Mauricia  con  el  Delfín,  y  príncipe  D.  Felipe  con  Madame  Isa- 
bel, hasta  el  abandono  de  aquellas  y  muerte  del  rey  de  Francia.  La  segunda 
comienza  en  la  reanudación  de  las  notas,  durante  la  regencia  de  María  de 
Mediéis,  y  termina  con  la  realización  de  los  matrimonios. 

Las  relaciones  de  los  embajadores  de  Venecia  cerca  de  ambas  coronas. 


(1)    Se  publica  en  folleto  separado  por  acuerdo  de  la  Real  Academia  de  la  Historia. 
TOMO  XIX.  11 


154  INFORME 

)03  despachos  de  los  del  rey  de  Francia  en  Madrid  y  Roma,  y  los  reniitidoá 
1  Pontífice  por  sus  nuncios  en  París,  con  especialidad  los  extensos  de 
übaldini,  principal  negociador  de  estos  enlaces,  sirven  á  Mr.  Perrens  como 
de  pilares  de  su  obra:  algunos  trozos  de  la  correspondencia  entre  Enri- 
que IV  y  su  ministro  Villeroy,  y  entre  este  y  el  presidente  Janin  ó  embaja- 
dores, trae  con  frecuencia  para  verificar  el  texto;  y  procura  reforzarlo, 
cuando  conviene  á  su  propósito,  con  insertos  ó  citas  de  varias  obras,  entre 
ellas  las  Economies  royales  de  Sully,  la  historia  titulada  de  la  Mere  el  du 
fils,  atribuida  á  Richelieu,  la  de  Francia,  de  Martin,  Memorias  históricas, 
de  d'Artigni,  Hisloria  del  Pontificado  de  Paulo  V,  por  Gouget,  la  de  Los 
siete  años  de  paz,  por  Mathieu,  el  periódico  coetáneo  Le  Mercure,  y  otras 
producciones  que  seria  difuso  enumerar;  de  tal  modo,  que  si  la  profusión 
de  citas  é  insertos,  sin  discernir  la  congruencia  y  oportunidad  de  unas  y 
otros,  constituyese  la  excelencia  de  una  obra,  pocas  podrían  disputar  el 
lauro  á  la  que  motiva  este  informe. 

En  medio  de  tal  concurso  de  autores  y  documentos  franceses  para  verifi- 
car hechos  que  sólo  por  mitad  atañen  á  Francia,  se  ven,  como  prisioneros 
en  extranjera  tierra,  cuatro  ó  cinco  dictámenes  del  Consejo  de  Estado  de 
España,  alguno  poco  pertinente^  sin  fecha  todos,  y  tan  estropeados,  que 
causarían  lástima  al  más  despiadado  de  sus  lectores,  y  parecen  recusar  la 
competencia  de  quien  allí  los  puso. 

Tal  vez  no  encontraría  Mr.  Perrens  ningún  historiador,  ó  cronista,  ó 
autor  de  relaciones  é  historias  particulares  en  el  siglo  de  oro  de  la  literatu- 
ra española  con  que  enriquecer  sus  citas;  que  casi  esto  se  desprende  de  al- 
guno de  sus  comentarios;  pero  creo  que  para  salir  airoso  en  su  ensayo  de 
crítica,  valiérale  más  haber  escogido  asunto  que  no  se  desarrollase  en  el 
período  de  los  Garibay,  Sandoval,  Mariana,  Moneada,  Melo^  Ferreras,  Anto- 
nio Nicolás,  Miñana,  Gil  Dávila,  Pujados,  Herrera  y  otros,  cuya  memoria  no 
reportará  mucho  daño  por  no  haberlos  conocido  el  autor  de  la  obra  que 
cuidadosa  ó  descuidadamente  los  omite. 

Verdad  es  que  de  otro  modo  no  hubiera  entrado  en  el  palenque  rompien- 
do lanzas,  amparado  por  su  séquito,  contra  la  corte  del  tercer  Felipe  y  su 
Consejo  de  Estado,  contra  sus  diplomáticos  y  políticos,  contra  las  costum- 
bres, carácter  é  inclinaciones  de  nuestros  antepasados,  y  lo  que  es  más 
sensible,  contra  la  verdad  histórica,  desfigurada  á  veces  en  la  narración  y 
frecuentemente  en  el  comentario.  Pero  ¡qué  mucho!  ¡si  en  su  afán  de  bata- 
llar las  rompe  contra  sí  propio,  cual  acontecía  al  célebre  hidalgo  en  el 
pasaje  de  los  cueros  de  vino!  ¡Tales  son  sus  contradicciones! 

De  España  hace  una  especie  de  estafermo  donde  topa  su  airada  pluma, 
revolviéndole  á  diestra  ó  siniestra,  según  le  impulsa  el  humor  ó  cuadra  á 
su  propósito.  No  quiero  decir  que  nunca  acierte  en  el  blanco,  ¿ni  cómo, 
siendo  ©1  blanco  tan  grande  y  tan  repetidos  los  golpes?  Y  al  hacer  esta 


ACADÉMICO.  155 

confesión,  comprenderá  la  Academia  que,  antes  de  tomar  la  pluma,  he 
procurado  posponer  toda  idea  de  amor  patrio  al  esclarecimiento  de  la 
verdad,  revistiéndome  asi  del  espíritu  de  imparcialidad  que  exige  cualquier 
trabajo  histórico.  Si  al  mismo  proceder  se  hubiera  ajustado  el  autor  de  la 
obra  que  nos  ocupa,  ahorrariase  la  Academia  la  molestia  que  ha  de  produ- 
cirlo este  desperjeñado  escrito;  pero  su  criterio,  sea  por  convicción  ó  por 
naturaleza,  sigue  camino  opuesto. 

El  irritante  orgullo  español,  lastimosamente  confundido  por  él  en  mu- 
chos puntos  con  la  dignidad,  la  insidia  de  los  españoles,  la  falsia  del  Consejo 
de  Estado,  la  ignorancia,  doblez,  presunción  y  perfidia  españolas:  no  hay 
en  suma  mala  cuaUdad  ni  vejatoria  condición  que  no  naturalice  en  este 
suelo,  sin  discurrir  que,  vincular  en  un  vasto  territorio  todo  lo  malo  sin 
concederle  nada  bueno,  es  tan  absurdo  como  suponer  en  el  orden  materia^ 
sombra  sin  luz,  ó  en  el  moral  vicio  sin  virtud  alguna. 

Lo  más  donoso  es  que  regalando  á  este  país  un  epíteto  por  cada  suceso, 
y  deduciéndose  en  el  curso  de  la  narración  idéntico  proceder  por  parte  de 
los  suyos,  se  abstiene  de  calificarlos,  cuando  no  les  encuentre  una  disculpa 
que,  retorciendo  el  discurso,  echa  á  la  postre  sobre  España:  por  tan  inge- 
niosa manera  la  hace  también  reo  de  ágenos  dehtos,  causa  de  todas  las  fal- 
tas, origen  de  todas  las  torpezas  cometidas  por  los  franceses^  no  como 
franceses,  que  dudo  que  el  autor  asintiera  á  esta  aventuradísima  hipótesis, 
sino  como  hombres  constreñidos  por  su  mala  fortuna  á  tratar  con  una  tan 
desventurada  nación. 

¡Cualquiera  diría  que  el  tercer  Felipe  había  mendigado  estos  enlaces  á 
costa,  no  ya  del  decoro,  sínodo  la  dignidad  de  España!  Y  así  ni  más  ni  me- 
nos se  asevera  en  la  obra  de  Mr.  Perrens,  y  en  algunos  documentos  que 
cita  ó  inserta,  por  mucho  que  de  otros  se  deduzca  lo  contrario,  y  terminan- 
temente se  compruebe  esta  segunda  lección  con  los  escasísimos,  por  desdi- 
cha, que  aquí  poseemos  de  buen  origen. 

El  autor  siguiendo  la  correspondencia  particular  del  Secretario  de  Estado 
del  cuarto  Enrique  de  Francia,  con  un  tal  Regnault,  aventurero  que  duran- 
te el  mes  de  Junio  de  1602  viajaba  por  Castilla,  supone  vivos  deseos  en  el 
duque  de  Lerma  de  dar  satisfacción  al  Bearnés  por  el  ultraje  inferido  años 
atrás  á  su  embajador  en  esta  corte  Mr.  de  la  Rocliepot,  renovando  por  ello 
continuamente  sus  excusas  al  Encargado  de  Negocios,  único  representante 
á  la  sazón  del  rey  de  Francia,  para  que  de  nuevo  viniese  á  Madrid  un  emba- 
jador, y  llevando  su  afán  de  estrechar  las  relaciones  hasta  el  punto  de  ma- 
nifestar al  Nuncio  del  Papa  que  «no  parecía  sino  que  Dios  había  permitido 
que  en  el  propio  mes  y  año  nacieran  dos  príncipes  de  ambae  casas,  varón  y 
hembra,  para  que  el  matrimonio  de  ellos  fuese  lazo  de  unión  entre  ambas 
coronas.» 

El  Nuncio  por  indiscreción  calculada  y  probablemente  convenida,  añade. 


156  INFORME 

trasladj  la  plática  al  Encargado  de  Negocios,  el  cual  la  trasmitió  al  rey  sin 
que  en  el  principio  obtuviese  respuesta  por  ver  Enrique  IV  la  mano  de  Es- 
paña en  la  conspiración  reciente  del  mariscal  Biron.  Pero  el  duque  de  Ler- 
ma  no  parecía  inquietarse  de  ello,  ni  aún  darse  por  ofendido  de  otras  vio- 
lentas recriminaciones;  antes  bien,  haciendo  caso  omiso  de  tales  fundamen- 
tos de  discordia,  volvía  sobre  el  asunto,  aunque  siempre  por  medio  de  tercero. 
El  encargado  de  Negocios  de  Francia  notició  á  su  amo  una  plática  habida 
sobre  la  propia  cuestión  entre  Lerma  y  principales  señores  de  la  corte  en 
la  cámara  de  la  infanta  parvulita;  mas  los  políticos  franceses  no  creían  en 
la  buena  fé  del  rey  católico;  el  embajador  de  Francia  en  Roma  Bethunes, 
suponía  en  los  españoles  el  doble  juego  de  sugerir  al  Papa  la  idea  de  estos 
matrimonios  sin  ánimo  de  verificarlos,  y  Enrique  al  contestar  á  su  encarga- 
do en  Madrid,  Brunault,  decíale,  que  se  abusaba  del  Nuncio,  pues  no  creía 
sincero  el  designio  de  España  respecto  á  los  enlaces,  sino  que  por  tal  modo 
solamente  pretendían  vivir  en  paz  con  él. 

A  pesar  de  esto,  nombraba  su  embajador  en  Madrid  á  Mr.  Barrault,  encar- 
gándole tratara  confidencialmente  con  el  Nuncio  sobre  estas  declaraciones, 
pero  con  discreción  y  en  términos  generales;  «cosa,  añadeMr.  Perrens,  que 
le  fué  muy  difícil,  porque  desde  las  primeras  audiencias  prodigáronle  de- 
mostraciones muy  expresivas  á  fin  de  que  se  franqueara.»  Inserta  un  despa- 
cho en  que  este  refiere  menudamente  á  su  rey  la  entrevista  con  el  de  Espa- 
ña, y  la  complacencia  de  la  corte  al  ver  que  la  infantíta  le  echaba  los  bra- 
zos; tanta  fué,  que  Lerma,  aludiendo  al  accidente,  le  dijo  al  oído,  esto  es  de 
hnon  augurio  para  ambas  coronas.  El  embajador  deduce,  por  último,  que 
todos  los  principales  señores  de  la  corte  de  Felipe  deseaban  el  matrimonio 
con  Francia,  á  excepción  del  Condestable  de  Castilla,  y  algunos  más,  de 
dictamen  contrario,  por  ser  la  infanta  hija  única  y  por  tanto  heredera  de  es- 
tos reinos,  sin  que  la  generalidad  aprobase  esta  razón.  El  autor  fundado,  no 
se  sabe  si  en  Brunault  ó  Barrauíl,  expone  que  Lerma  era  el  único  ministro 
que  no  tenia  como  los  demás  resolución  de  envolver  á  Francia  en  guerra  ci- 
vil, usando  de  toda  suerte  de  artificios,  y  favorecer  á  uno  de  sus  partidos 
logrado  aquel  propósito.  Como  prueba,  añade  que  se  acercó  al  duque  un  hom- 
bre ruin,  proponiéndole  cosas  perjudiciales  al  cristianísimo  rey,  y  que  Ler- 
ma, después  de  reprocharle  sus  aviesas  intenciones,  lo  arrojó  por  una  ven- 
tana. De  aquí  que  el  embajador  pensase  aprovechar  el  momento  en  que  el 
duque  acompañaba  al  rey  á  misa,  para  manifestarle  su  gratitud. 

Extráñame  en  este  punto  que  el  minucioso  Cabrera  de  Córdoba  omita  en 
su  Relación  de  las  cosas  de  la  corte,  un  suceso  tan  grave,  y  no  menos  que 
la  gratitud  del  embajador  francés  quedara  encerrada  en  su  pensamiento,  lo 
cual  induce  á  la  sospecha  de  si  la  ventana  á  que  el  autor  alude  sería  de  las 
que  por  dar  salida  á  la  calle  se  llaman  aquí  puertas. 

Como  quiera  que  fuese,  prosigue  exponiendo  que  el  duque  al  fin  rom- 


ACADÉMICO. 


157 


pió  la  reserva  diciendo  al  embajador:  «Preciso  es  creer  que  las  hijas  de  la 
corona  de  España  no  pueden  contraer  buen  enlace  sino  con  hijos  de  la  de 
Francia,»  á'lo  que  sólo  repuso  el  diplomático,  «que  verdaderamente  eran  las 
dos  casas  mejores  de  la  cristiandad.»  El  Cardenal  arzobispo  de  Toledo  y 
demás  señores  presentes  añadieron,  que  esperaban  ver  algún  dia  realizado 
este  matrimonio,  concretándose  Barrault  á  contestar:  «Será  lo  que  Dios 
quiera.» 

En  verdad  que  hasta  aliora  no  tiene  el  autor  motivo  para  quejarse  del 
orgullo  español,  tan  insufrible  é  irritante  como  en  algunas  páginas  después 
expone.  Lejos  de  ello,  nos  va  pintando  la  corle  del  tercer  Felipe  de  tal 
modO;  que  su  ministro  y  privado  más  que  arrogante  Señor,  parece  cortesa- 
no humilde  del  embajador  de  Francia;  y  digo  así,  esquivando  la  palabra 
que  vendría  de  molde  al  oficio  que  le  hace  representar. 

En  la  sistemática  frialdad  del  francés,  tenia  sobrado  motivo  para  desis- 
tir del  papel  nada  decoroso  que  había  tomado  á  su  cargo.  A  pesar  de  ello, 
prosigue  el  autor,  «la  reserva  era  tan  obstinada  poruña  parte,  como  persis- 
tentes las  insinuaciones  por  la  otra,  y  si  esto  no  desanimó  completamente  á 
Lorma,  inspiróle  recelos  sobre  sus  designios.  Por'tal  causa,  añade,  sin  aban- 
donarlos del  todo,  formó  el  de  proponer  la  infanta  parvulita  al  rey  de  Ingla- 
terra, no  obstante  la  diversidad  de  religión  y  de  intereses.» 

El  autor  supone  que  tal  fué  la  misión  que  el  Condestable  llevó  á  higla- 
terra,  y  de  aquí  toma  pié  para  aseverar  que  el  hábil  ministro  Rosny,  tenia 
un  motivo  más  de  prevención  contra  la  perfidia  española. 

Lástima  que  Cabrera  de  Córdoba  en  sus  minuciosas  relaciones,  Vivanco 
en  su  prolija  historia,  y  la  misma  jornada  del  Condestable  impresa  pocos 
años  después,  omitan  este  punto  importantísimo  de  la  embajada,  y  mayor 
aún,  que  ni  en  el  archivo  de  Simancas,  ni  en  el  de  esta  Academia,  se  encuen- 
tren documentos  cpie  comprueben  la  aseveración;  pero  aún  suponiéndola 
cierta,  ¿qué  motivo  hay  para  calificar  de  pérfido  aquel  acto  del  gobierno  del 
tercer  Felipe,  y  á  mayor  causa  teniéndose  presente  los  desaires  que  supone 
inferidos  por  el  Bearnés?  Aunque  lo  hubiese,  ¿cómo  seamphala  calificación 
de  un  hecho  aislado,  no  ya  á  la  política  de  una  nación,  sino  al  carácter  na- 
cional, que  no  otra  cosa  se  desprende  de  la  frase?  Sobre  todo,  ¿qué  concep- 
0  merece  un  historiador  que,  narrando  de  su  país  la  propia  falta,  no  sólo  se 
abstiene  de  calificarla,  sino  que  la  atenúa  parcialísimamente? 

Rosny  había  ido  á  Inglaterra  para  análogo  fin  respecto  á  su  rey,  que 
el  supuesto  por  el  autor  en  el  Condestable  de  Castilla,  sin  embargo  de  haber 
dicho  el  embajador  del  de  Francia  en  Madrid  á  Lerma  que  su  magestad 
cristianísima  estaba  dispuesto  á  obrar  en  este  asunto  cual  cumple  á  un  rey 
cristiano,  y  animado  de  muy  buena  fé  para  conservar  la  paz  entre  ambas  co- 
ronas con  ventaja  de  las  dos,  y  provecho  de  la  cristiandad.  Y  es  de  advertir 
que  los  planes  del  rey  de  Francia,  dtbian  quedar  en  el  mayor  secreto  hasta 


158  INFORME 

SU  ejecución;  lo  que  implica  la  aceptación  de  proposiciones  de  otras  poten- 
cias, si  asi  conviniera  á  sus  intereses. 

Se  ve,  pues,  que  la  política  del  Bearnés  era  mucho  más  precavida  y  astu- 
ta que  la  de  Lerma:  no  obstante,  guárdase  mucho  de  caliíicarla  como  á  la 
española;  antes  bien,  en  su  prop(3sito  de  mirar  nuestros  asuntos  con  diver- 
so criterio,  escribe  que  «el  Consejo  de  Madrid,  supongo  aludirá  al  de  Esta- 
do, empleaba  un  refinamiento  de  hipocresía  de  que  no  era  capaz  el  carácter 
abierto  de  Enrique,  aunque  para  ello  esforzase  su  deseo.» 

Cierto  que  muchos  atribuyen  tal  condición  al  hijo  de  Juana  d'  Albret; 
pero  si  en  vez  de  informe  fuese  este  escrito  refutación,  atreveriame  á  ne- 
garle la  cualidad  que  le  regalan  los  que,  fijándose  en  apariencias  y  no  en 
hechos,  han  confundido  la  franqueza,  compañera  de  la  lealtad,  con  la  astu- 
cia que  dimana  de  interesables  miras.  Con  esto  lejos  de  amenguar,  se  acre- 
cen sus  grandes  condiciones  de  rey  en  su  época,  y  no  es  difícil  deducir  que 
la  más  provechosa  para  su  pohtica  fué  la  habilidad  que  desplegó  para 
desorientar  á  la  diplomacia  sobre  sus  planes  más  importantes,  con  una  fran- 
queza, en  ocasiones  ruda,  para  que  fuese  mejor  simulada. 

¿No  comenzó  por  disiiTiular  su  religión,  dado  que  tuviese  alguna,  vistién- 
dose de  católico  sin  perjuicio  de  seguir  subrepticiamente  favoreciendo  ásus 
antiguos  correligionarios?  ¿No  usó  de  doblez  al  firmar  lascivo  contrato  con 
la  marquesa  de  Verneuill?  ¿No  la  tuvo  para  embaucar  á  Cabriela?  ¿No  la  des- 
plegó al  tender  sus  redes  á  los  de  la  liga  que  conceptuaba  cómplices  de 
Dyron?  ¿No  la  refino  en  sus  notas  sobre  la  ruptura  entro  el  Pontífice  y  Vé- 
ncela, yendo  contra  el  primero  cuanto  pudo,  sin  perjuicio  de  jactarse  á  la 
terminación  de  haber  salvado  á  la  Santa  Sede,  disputando  tal  éxito  al  rey  de 
España?  ¿No  la  puso  en  juego  hasta  la  indignación,  favoreciendo  á  los  re- 
beldes de  Flandes?  ¿No  la  demostró  como  nunca,  precisamente  en  la  cues- 
tión de  los  matrimonios  españoles? 

Pues  sin  embargo  de  narrar  el  autor  lo  expuesto,  y  mucho  más  que  so- 
bra para  deducir  el  doble  juego  de  Enrique  y  su  política  artera  ,  tiene  su 
criterio  la  elasticidad  de  regalar  al  Consejo  de  Madrid  la  calificación  que  en 
sana  crítica  cuadra  mejor  al  gran  rey.  Tal  vez  la  distancia  entre  las  páginas 
le  baria  olvidar  al  escribir  el  capitulo  II  lo  que  habia  consignado  en  el  I, 
jó  quien  sabe  si  llamará  franqueza  á  la  cínica  declaración  de  que  a  París 
bien  valia  ¡apena  de  una  misa.^y  En  todo  caso  será  la  única  que  para  des- 
gracia de  la  memoria  del  héroe  le  podrá  reivindicar,  y  aun  así  tendría  que 
exponer  el  disimulo  que  para  el  éxito  hizo  de  sus  creencias  religiosas,  dado, 
repito,  que  tuviese  alguna. 

Pero  lo  más  donoso  en  este  punto  es  la  candidez  del  autor  en  la  siguien- 
te frase:  «Rosny  estaba  en  lo  cierto  al  reprochar  á  los  españoles  de  profanar 
lo  que  hay  de  más  sagrado  en  religión  y  de  abusar  del  nombre  de  matri- 
monio.» Conócese  que  al  trascribir  algunas  frases  de  las  Economies  royales 


ACADÉMICO.  159 

quedó  su  mente  supeditada  por  el  estigma  que  SuUy  lanzaba  á  nuestros 
antepasados.  «El  arlificio,  dice  este  aludiendo  al  doble  juego  de  las  propo- 
siciones, parece  tan  malicioso  como  grosero:  podria  tratarse  alguna  cosa 
buena  si  los  españoles  fuesen  blancos  en  lealtad  como  ángeles,  y  no  tiznados 
de  perfidia  como  los  demonios.» 

Y  como  al  célebre  ministro,  á  pesar  de  los  tratos  de  Rosny,  no  se  le  ocur- 
rió objetar  lo  mismo  de  la  política  francesa  ni  de  su  rey,  es  posible  que  el 
atitor  considerase  que  á  el  tampoco  se  le  dcbia  ocurrir  nada,  ni  siquiera 
que  tal  profanación  era  más  imputable  al  cristianísimo  que  al  católico  rey; 
puesto  que  la  del  primero^  aunijue  sin  comentario,  nos  la  da  por  averiguada, 
mientras  que  la  del  segundo,  que  nos  reproclia,  puédese  poner  en  tela  de 
juicio  de  no  presentar  mejores  documentos.  Y  si  los  antecedentes  valen,  es 
seguro  que  en  cuanto  á  profanaciones  no  lia  de  salir  mejor  librado  el  que 
apostataba  de  su  religión  por  una  corona,  que  el  que  subordinaba  la  suya  á 
los  intereses  del  Catolicismo;  el  que  vendia  sus  creencias  por  poseer  la  ca- 
pital de  un  reino,  que  el  que  manifestaba  con  fervor  que  saldria  de  la  del 
suyo  de  rodillas  basta  la  del  orbe  católico,  por  conseguir  que  so  declarase 
punto  del  dogma  la  Concepción  inmaculada  de  la  Madre  de  Dios;  el  dcs- 
[)rcocupado  en  materias  religiosas  que  visiblemente  protege  á  los  calvinistas, 
que  el  que  por  motivos  de  religión  llevados  al  extremo,  más  que  por  razones 
políticas,  expulsa  de  su  país  á  los  brazos  que  constituían  su  más  positiva 
ri(]ueza.  Por  último,  ¿no  era  más  lógico  suponer  asentimiento  al  abuso  del 
nombre  de  matrimonio  en  el  maride*  amante  de  muchas  mujeres,  que  en  el 
esposo  modelo  de  amor  y  de  fidelidad  conyugal?  Nada  de  lo  anterior  obsta 
á  que,  visto  por  otro  prisma,  aparezca  el  primero  gran  rey  y  el  segundo  un 
príncipe  poco  dado  á  la  gobernación  de  sus  pueblos.  Cierto  que  el  autor  di- 
rige el  reproche  á  los  españoles;  mas  como  alude  á  las  proposiciones  diri- 
gidas, según  él,  y  ij,o  comprobadas,  al  príncipe  de  Gales,  he  debido  enten- 
der que  por  reflexión  iba  contra  el  rey,  sin  cuyo  asentimiento  no  puede  su- 
ponerse que  se  diera  un  paso  respecto  á  su  hija,  aunque  la  dirección  de  la 
política  la  tuviese  de  hecho  su  favorito. 

Si  se  debiera  tomar  la  frase  en  su  sentido  recto ,  le  diría  que  más  fácil 
era  que  abusaran  de  un  sacramento  los  calvinistas  y  aún  católicos  que  es- 
taban en  roce  continuo  con  los  sectarios  del  reformador  que  por  bastardos 
íines  autorizó  al  príncipe  marido  de  Cristina  de  Sajonia  ,á  contraer  dobles 
nupcias  con  Margarita  de  Saal,  que  los  que  á  todo  trance^quísieron  y  for- 
maron la  unidad  católica. 

Conócese,  repito,  que  el  autor  ni  ha  querido  molestarse  en  discurrir, 
ni  tampoco  en  leer  el  período  de  nuestra  historia  que  pretende  historiar. 

En  su  obra  sostiene  que  la  iniciativa  en  el  asunto  de  los  matrimonios 
era  de  España ,  contrastando  el  gran  deseo  que  aquí  había  de  realizarlos, 
con  la  frialdad  con  que  el  rey  cristianísimo  oía  las  proposiciones,  y  el  des- 


160  INFORME 

den  que  demostraba  en  el  asunto.  Esto,  empero,  no  es  óbice  para  que  á 
vuelta  de  hoja  asegure  que  el  cardenal  Aldobrandini,  sobrino  y  secretario  de 
Estado  de  Clemente  VIII,  afirmaba  en  alta  voz  que  se  liabia  de  llevar  á  cabo 
la  alianza  de  las  dos  coronas,  y  que  se  baria  por  decidir  á  ella  al  rey  de  Es- 
paña de  cualquier  modo  que  fuese. 

Más  adelante  expone,  que  tan  creido  estaba  el  nuevo  nuncio  del  Pontífice 
Ubaldini,  que  la  idea  é  iniciativa  de  los  matrimonios  babia  partido  de  Enri- 
que IV,  que  se  lo  confesó  así  en  la  primera  audiencia,  á  lo  cual  contestóle  eno- 
jado el  rey  cristianísimo:  «No  es  costumbre  que  un  padre  ofrezca  sus  hijas;  t> 
pero  enseguida  escribió  á  su  embajador  en  Roma,  asegurándole  que  las  pro- 
posiciones habían  partido  del  nuncio  Barberini  y  del  embajador  en  Madrid 
M.  Barrault,  á  nombre  del  duque  de  Lerma;  insistiendo  en  todas  sus 
cartas,  hasta  lograr  que  el  Pontífice  y  Barberini  reconociesen  que  ellos 
habían  dado  el  primer  paso.  Lo  que  temía,  añade  el  autor,  al  dejar  creer 
que  había  él  tomado  la  iniciativa,  era  verse  obligado  á  aceptar  otras  condi- 
ciones que  las  suyas,  si  la  pohtica  le  constriñese  á  concluir  estos  matrimo- 
nios; pero  salvados  su  amor  propio  como  padre  y  sus  intereses  como  sobe- 
rano, lejos  de  rehusar  el  debate  sobre  este  asunto,  se  quejó  al  Pontífice,  por 
medio  de  su  embajador  en  Roma,  de  que  Barberini  no  le  hubiese  escrito 
nada  acerca  de  los  enlaces  en  el  espacio  de  seis  meses. 

También  confiesa  Mr.  Perrens  que  el  rey  de  Francia  recibió  con  júbilo  a 
padre  provincial  de  los  jesuítas  de  Flandes,  á  fin  de  que  instara  al  de  Espa 
ña  sobre  la  realización  de  los  matrimonios;  y  atribuye  al  primero  las  si. 
guientes  palabras:  «Lo  mucho  que  deseo  el  bien  común  de  la  cristiandad 
me  ha  hecho  olvidar  la  costumbre  que  no  autoriza  á  un  padre  á  ofrecer  d 
sus  hijas,  sino  que  le  manda  aguardar  á  que  sean  pedidas. y>  Luego  expone 
haber  ordenado  al  Delfin,  no  obstante  de  hallarse  aún  entre  el  regazo  de  las 
damas,  que  escribiese  á  la  infantita  española  una  carta,  la  cual  entregó  al 
P.  la  Bastida  con  encargo  de  decir  al  tercer  Felipe,  que  el  rey  cristianísimo 
daseaba  ser  su  compadre  y  servidor,  y  estrechar  más  y  más  las  relaciones 
entre  ambas  coronas,  con  tan  sólida  amistad,  que  se  trasmitiese  y  perpe- 
tuase en  los  hijos  respectivos. 

Inserta  además  una  carta  de  Breves,  embajador  de  Enrique  en  Roma, 
donde  dice  á  su  soberano:  «lie  hecho  saber  á  Su  Santidad  que  todas  las 
cosas  van  bien  encaminadas  hacia  los  españoles.  V.  M.  reconoce  que  no  es 
posible  realizar  matrimonios  más  honrosos  y  útiles  que  los  de  España,  siem- 
pre que  sean  propuestos  por  aquel  rey,  etc.,  etc.» 

Pues  si  tal  cosa  confiesa,  ¿por  qué  asegura  y  sigue  aseverando  que  las 
proposiciones  partieron  de  España;  que  aquí  había  gran  deseo  de  que  se 
realizaran  los  matrimonios,  no  obstante  el  desden  del  rey  de  Francia,  y  su- 
pone al  país  sufriendo  humillaciones  en  pro  de  tal  manía,  sm  perjuicio  de 
tildarle  de  orgulloso  y  altivo  hasta  la  irritación? 


ACADÉMICO.  16 J 

No  pretendo  con  esto  negar  la  justicia  de  la  calificación  en  muchos  casos; 
pero  en  este  creo  que  España  estuvo  digna,  y  de  ninguna  manera  tuvo  que 
sufrir  humillaciones  por  cosa  en  que  Francia  estaba  mucho  más  interesada. 
La  contradicción  sobre  todo  es  evidente,  y  repito  que  si  el  autor  no  in- 
curriese en  casi  tantas  como  páginas  tiene  su  libro,  daria  á  sospechar 
su  inocente  confianza  de  que  el  lector  habría  de  olvidarse  en  un  capítulo 
de  lo  escrito  en  el  anterior,  sin  tenerlo  tampoco  en  cuenta  para  el  si- 
guiente. 

Por  ejemplo;  sin  recordar  tal  vez  que  en  la  pág.  26  ha  dicho  que  el 
Consejo  de  Madrid  desplegaba  en  este  asunto  un  refinamiento  de  hipocresía, 
de  que  era  incapaz  el  carácter  abierto  de  Enrique  IV,  aunque  esforzase  su 
voluntad,  dice  en  la  69:  «Enrique  titubeaba  aún  en  romper  con  los  protes- 
tantes para  aproximarse  á  la  política  de  España.  De  aquí  la  doblez  con  que 
ocultaba  su  perplegidad.  Confesaba  á  sus  cortesanos  íntimos  que  la  necesi- 
dad, que  es  la  ley  del  tiempo,  le  hacia  decir  ahora  una  cosa,  ahora  otra;  y 
nadie  lo  encontraba  censurable  porque  tal  era  entonces  en  todos  los  países 
la  regla  de  la  política. » 

Y  entonces,  ¿por  qué  censura  al  Consejo  de  Estado  de  Madrid  y  en  gene- 
ral á  la  política  española  por  la  doblez  de  que  la  suponía  animada? 

Prosigue  Mr.  Perrens  en  estos  términos:  «Si  por  haberla  practicado  lo 
censuramos  nosotros,  es  porque  él  la  creia  deshonrosa,  vanagloriándose  de 
jugar  siempre  á  cartas  vistas.  Negociaba  la  tregua  con  los  holandeses,  y  de- 
cía á  D.  Pedro  de  Toledo,  por  conducto  de  Ubaldini,  que  sólo  por  artificio 
les  proponía  buenas  condiciones  á  fin  de  decidirlos  á  reanudar  una  guerra 
para  la  que  po  estaban  bien  preparados.  El  único  medio  de  perderlos,  aña- 
día, consiste  en  dicho  tratado.  Si  tales  palabras  eran  verídicas,  demuestran 
que  hacia  traición  á  los  holandeses;  si  mendaces,  que  engañaba  á  España- 
Ignoraba  y  temía  por  consecuencia  el  resultado  de  las  decisiones  tomadas,  ó 
que  pensaba  tomar.  Los  que  le  rodeaban  perdíanse  en  conjeturas  sobre  sus 
designios.» 

Pues  si  tal  conocía  el  autor  en  la  página  170,  ¿por  qué  en  las  anterio- 
res regala  al  Bearnés  tanta  sinceridad,  y  sigue  suponiéndosela  en  muchas  de 
las  posteriores? 

Más  adelante  escribe:  «En  Setiembre  de  1608  penetraba  bien  el  P.  Cotton 
los  pensamientos  de  su  real  penitente,  y  sin  querer  contradecía  Ubaldini  sus 
propias  acusaciones,  reconociendo  que  Enrique  IV  hacia  depender  los  ma- 
trimonios de  la  conclusión  de  la  tregua,  á  la  cual,  después  de  haberse 
opuesto,  sólo  se  prestaba  para  casar  á  sus  hijos.» 

¿Dónde  está,  pues,  la  repugnancia  de  dicho  rey  á  los  matrimonios,  tan- 
tas veces  expuesta  por  el  autor? 

A  mayor  abundamiento  dice  en  la  pág.  95:  «Así,  pues,  mientras  que 
Enrique  IV  quería  los  matrimonios  para  consentir  en  la  guerra  (contra  las 


162  INFORME 

provincias  uniclas),  Felipe  III  quería  la  guerra  para  consentir  en  los  matri- 
monios.» 

Mayores  contradicciones  aún  se  notan  en  los  siguientes  párrafos: 

PÁGi  173.  «Trasmitidas  por  D.  Pedro  de  Toledo  al  Consejo  de  Madrid 
estas  palabras  (alude  al  reconocimiento  que  hacia  Francia  de  la  razón  que 
á  España  asistía  en  la  cuestión  con  los  holandeses,  y  la  proposición  hecha 
por  la  primera  de  que  modificase  sus  condiciones),  fueron  tomadas  en  él  por 
signo  de  debilidad  y  se  aumentó  la  arrogancia  española.» 

PÁG.  174,  «España,  por  medio  de  su  embajador,  humillóse  hasta  ofre- 
cer prendas  de  su  sinceridad  y  de  su  palabra,  confesando  así,  en  cierto 
modo,  que  había  razón  para  no  darle  crédito.» 

Al  hablar  del  embajador  del  tercer  Felipe,  D.  Pedro  de  Toledo  le  concede 
verdadero  talento,  por  lo  menos  en  la  pág.  111;  pero  esta  cualidad  y  la  de 
su  parentesco  con  María  de  Médicis  hallábanse  contrarestadas  por  otras  de 
mucha  cuantía,  entre  las  cuales  descollaba  su  intolerante  orgullo;  y  añade: 
«Tales  defectos,  unidos  á  los  del  carácter  nacional,  le  hacían  poco  á  propó- 
sito para  una  misión  conciliadora.» 

Censura  el  retardo  del  viaje  del  embajador  que  tanto  contrastaba  con  la 
vivacidad  francesa  (sic),  suponiéndole  calculado  para  mortificar  á  Francia:  en 
lo  cual  manifiesta  no  haber  leído  la  Relación  de  Cabrera  de  Córdoba,  tan  in- 
dispensable para  el  asunto;  juzga  con  sañudo  y  parcialísimo  criterio  á  lodos 
y  á  cada  uno  de  los  Consejeros  de  Estado  de  Castilla,  tachándolos  de  or- 
gullosos y  sumamente  ignorantes,  con  lo  que  falsea  las  mismas  citas  de  las 
Relaciones  de  los  Embajadores  Venecianos  en  que  se  funda,  por  hacer  estas 
excepciones  honrosas  de  algunos;  y  severamente  critica  las  contestaciones 
de  D.  Pedro  de  Toledo  al  rey  Enrique  en  sus  primeras  entrevistas,  cuyas 
arases  califica  en  su  mayor  número  de  inconvenientes,  de  irreverentes  otras, 
y  alguna  de  brutal. 

«La  primera  muestra  de  dignidad  que  dio  D.  Pedro,  dice  en  sentido  iró- 
nico, fué  hacerse  esperar  mucho,  exagerando  aún  la  lentitud  española,  en  lo 

que  la  vivacidad  francesa  veía  un  insolente  desden Su  calculado  retardo 

debía  provocar  vivo  disgusto  en  la  corte  de  Francia. » 

Repito  que  el  autor,  con  vivacidad  suma,  da  por  cierto  lo  que  sólo  está 
en  su  mente,  puesc[ue  el  retardo  de  D.  Pedro,  según  la  relación  mencio- 
nada, cuya  existencia  debe  ignorar  Mr.  Perrens,  consistió  en  la  falta  de  re- 
cursos para  el  anticipo  de  gastos  del  viaje,  que  al  fin  consiguió,  merced  á 
la  usura  de  un  prestamista  (1). 

Hablando  de  su  entrada  en  París,  prosigue,  que  chocó  desde  el  primer 
momento  su  actitud  altanera  y  arrogante,  y  traslada  el  siguiente  párrafo  del 
Lestoiee:  «Los  que  han  visto  á  este  señor,  dicen  que  tiene  talento  y  que  sus 


(1)    Véase  la  pág.  359  de  la  Rdacion  de  Cabrera  de  Córdoba. 


ACADÉMICO.  165 

«discursos  son  sentenciosos,  aunque  siempre  acompañados  de  presunción 
«española.»  ♦ 

Mr.  Perrcns,  conforme  con  esta  calificación  en  las  páginas  111  y  119, 
parece  contradecirlas  en  la  120  al  reseñar  en  estos  términos  la  primera 
audiencia  con  Enrique  IV:  «Queriendo  el  rey,  dice,  desde  el  primer  mo- 
«mento  significarle  su  bienvenida,  le  dijo:  «Temo,  caballero,  que  no  se  os 
«haya  recibido  tan  bien  como  merecéis.»  «A  estas  graciosas  palabras  no 
«supo  responder  D.  Pedro  sino  con  una  amenaza  brutal.  «Señor,  replico, 
«lo  he  sido  de  tal  modo,  que  estoy  pesaroso  de  tantas  inconveniencias  como 
«veo,  las  cuales  podrían  obligarme  á  volver  con  un  ejército,'  y  hacer  que 
»yo  no  fuese  tan  deseado.»  iiVeníre  Saint-gris,  repuso  vivamente  el  rey; 
«venid  cuando  plazca  á  vuestro  amo,  que  no  por  ello  dejarla  de  ser  bien  re- 
«cibida  vuestra  persona;  y  en  cuanto  al  hecho  de  que  me  habláis,  vuestro 
«amo  mismo,  con  todas  sus  fuerzas,  se  encontrarla  bastante  embarazado 
«desde  la  frontera,  la  cual  es  posible  que  no  le  diera  yo  el  gusto  de  ver.» 

«Lección  merecida,  añade  el  autor,  que  no  aprovechó  al  español  arro- 
gante.» Y  en  verdad  que  si  hubieran  pasado  asi  las  cosas  seria  merecida  la 
lección  del  rey,  y  no  podríamos  quejarnos;  pero  ¿se  concibe  tal  contestación 
en  una  persona  á  quien  se  supone  verdadero  talento  y  sentenciosa  palabra, 
sin  que  mediase  algún  antecedente,  si  no  para  justificarla,  para  atenuar  al 
menos  su  aspereza?  (1) 

No  diré  lo  mismo  de  las  demás  que  el  autor  tanto  le  censura:  á  saber;  la 
que  dio  á  la  reina  al  enviarle  persona  que  le  cumplimentara  y  le  recordara 
los  lazos  de  parentesco  que  le  unian  á  ella.  «Los  reyes  y  reinas  no  tienen 
parientes  sino  subditos.»  «Palabras,  dice  el  autor,  que  aunque  entrañen  ver- 
dad, la  más  simple  conveniencia  hubiera  debido  retener  en  sus  labios.» 

¡Lo  que  es  la  diversidad  de  criíerios!  Yo  hubiera  vuelto  la  frase  del  revés, 
exclamando.  Palabras  que  aunque  no  entrañan  verdad,  la  más  simple  con- 
veniencia las  aconsejaba  entonces  como  deferentes  y  oportunas. 

Al  hablar  más  adelante  del  duque  de  Pastrana,  á  quien  llama  D.  Iñigo  de 
Selva,  le  reprueba  el  haberse  atrevido  á  bailar  con  la  prometida  esposa  de 
su  rey,  contrariando  el  uso  de  su  pais.  Si  hubiera  rehusado,  ¿no  puede  infe- 
rirse que  por  ello  merecerla  igual  censura?  No  sale  mejor  librado  D.  Iñigo 
de  Cárdenas,  de  quien  dice  que  era  mal  cortesano  porque  ofendía  á  la  reina 
con  galanterías  demasiado  hbres^  como  ü.  Pedro  de  Toledo  habia  irritado 


(1)  Tal  vez  se  infiera  algo  de  las  siguientes  palabras  cíe  Cabrera  de  Córdoba,  que  se 
leen  en  su  carta  fecha  en  Madrid  á  10  de  Octubre  de  1608.  (Pág.  351  de  las  Relaciones. 

iiDe  París  lia  venido  el  marqués  de  Tabara,  que  fué  con  D.  Pedro  de  Toledo,  el  cua) 
viene  con  mucho  descontento  de  allá,  por  no  haber  hecho  el  acogimiento  que  se  acos- 
tumbra en  las  cortes  de  los  príncipes  á  los  caballeros  que  van  á  ellas,  y  más  enviados 
por  S.  M.j  publica  qiie  D.  Pedro  de  Toledo  verná  mal  desimchado,  «te,  etc. 


I 04  INFORME 

íil  (lií'iinto  rey  con  sus  insolencias.  Sin  embargo,  cuando  estos  embajadores 
deíendian  puntos  en  que  por  cualquier  motivo  halagaban  á  la  nación  fran" 
cesa,  eran  hombres  razonables;  y  hasta  de  verdadero  talento  si  el  halago 
era  sostenido,  cesando,  empero,  estas  cualidades  al  terminar  la  Hsonja.  Asi 
que  no  es  de  extrañar  que  D.  Iñigo,  tan  mal  parado  en  su  primera  califica- 
ción, mereciese  en  páginas  posteriores  estas  líneas:  «Tenia  todo  el  espíritu 
de  conciliación  que  es  permitido  á  una  cabeza  castellana;»  ni  que  dijese 
estas  otras  del  embajador  de  España  en  Roma:  «El  embajador  deEspañaen 
Roma,  que  pertenecía  á  la  ilustre  casa  de  Moneada,  tema  el  mérito,  raro  en 
su  nación,  de  estar  exento  de  vanidad,  y  aparte  de  la  fidelidad  á  su  rey,  no 
habia  nada  que  no  hiciera  en  servicio  del  de  Francia. »  Y  se  me  ocurre:  ¿ten- 
dría aquella  cualidad  sin  esta  última  condición?  Tal  es  el  criterio  que  pre- 
side á  toda  la  obra;  Francia  sobre  todo  y  antes  que  todo,  inclusas  la  justicia 
y  la  verdad;  y  esto  aun  cuando  se  atropelle  las  autoridades  que  cita  en  el 
texto.  En  todo  hace  á  su  nación  superior  á  España,  hasta  en  la  extensión 
de  dominios,  que  no  de  otro  modo  se  consideraba  entonces  la  grandeza  de 
los  Estados. 

En  este  como  en  otros  puntos  pudiera  citársele  á  M.  Perrens  los  mismos 
autores  en  quien  se  apoya  para  deprimir  á  los  españoles. 

Simón  Contarini  dice  en  su  Relación  correspondiente  al  año  de  1005. 
«El  rey  de  quien  vengo  á  tratar  es  tan  grande,  que  abraza  del  mundo  lo 
que  hasta  hoy  nadie  ha  poseído,» 

Girolamo  Soranzo,  en  la  suya  de  lósanos  1608  y  1011,  pág.  477,  confir- 
ma lo  anterior  con  estas  palabras.  «Es  cosa  indudable  que  la  mayor  parte 
del  mundo  está  dividida  entre  el  rey  de  España  y  el  gran  Turco.» 

Pietro  Gritti,  en  la  de  su  embajada  de  1C16  á  1620  se  expresa  de  este 
modo:  «S.  M.,  alude  al  tercer  Felipe,  posee  un  imperio  el  más  vasto  y  rico 
que  desde  la  decadencia  del  imperio  romano  ha  poscido  príncipe  alguno; 
porque  extendiéndose,  según  el  cómputo  de  los  cosmógrafos,  en  un  espacio 
de  veinte  mil  millas,  se  esparce  por  las  cuatro  partes  de  la  tierra  y  cir- 
cunda todo  el  mundo.» 

Tales  párrafos  que  el  autor  debe  haber  leído,  puesto  que  cita  estas  rela- 
ciones y  aún  inserta  los  trozos  desfavorables  para  España,  no  le  impiden 
anteponer  á  su  país,  al  expresar  que  Francia  y  España  eran  las  dos  nacio- 
nes más  grandes  del  mundo;  si  bien  la  segunda  había  perdido  considerable- 
mente desde  la  paz  de  Vervíns. 

No  le  negaré  lo  último:  España  había  perdido  ante  la  opinión,  pero  no 
de  su  territorio,  que  es  de  lo  que  se  trata:  aún  en  este  caso  siempre  aveír 
tajaría  á  Francia,  y  nunca  podía  considerar  á  su  nación  ni  tan  pujante  ni 
tan  extensa  como  el  imperio  del  gran  Turco,  del  cual  hace  caso  omiso.  Tam- 
poco debe  ignorar  que  los  embajadores  citados  escribieron  años  después  de 
1  a  paz  de  Vervinfc.,  ni  mucho  menos  que  el  mencionado  Soranzo  termina 


ACADÉMICO.  1G5 

SU  relación  diciendo,  que  «España  estaba  llena  de  hombres  docíísimos  cu 
tudas  letras  y  facultades,  particularmente  en  literatura  y  leyes,  cosa  digna  do 
alabanza  y  aplauso  que  deseaba  para  otras  provincias. »  Y  sin  embargo,  el 
autor  no  tiene  por  conveniente  seguirle  en  este  punto;  antes  moteja  á  esta 
misma  nación  de  ignorante,  precisamente  en  el  siglo  de  oro  de  una  litera- 
tura afamada  en  el  mundo,  y  aún  estudiada  hoy  por  las  gentes  que  más 
presumen  de  eruditas,  aunque  el  autor  no  tenga  noticia  de  ello,  que  esto 
no  es  delito,  ó  procure  cuidadosamente  velar  una  noticia  que  saben  los 
estudiantes  de  cualquier  mediana  universidad. 

Largo  y  harto  enojoso  seria  el  reseñar  todas  las  contradicciones  en  que 
incurre,  y  aunque  no  lo  es  menos  el  ocuparse  de  los  errores  que  cómele, 
debo  añadir  algunos  .que  por  completo  desfiguran  la  historia.  Consiste  uno 
en  atribuir  al  rey  de  Francia  el  arreglo  de  las  diferencias  trascendentales 
habidas  entre  la  Santa  Sede  y  la  república  de  Venecia,  censurando  al  de 
España  que  se  atribuyera  el  éxito,  y  no  menos  al  Pontífice  por  reconocerlo 
así;  y  añade:  «Los  españoles  no  habían  visto  sin  celos  á  Enrique  IV  arreglar 
las  diferencias  entre  Venecia  y  la  Santa  Sede.» 

La  Academia  sabe  los  esfuerzos  hechos  por  el  gobierno  del  tercer  Felipe 
para  el  arreglo  de  tan  espinosa  cuestión;  las  tropas  reunidas  en  Italia  á  dicho 
íin;  lo  que  la  diplomacia'española  tuvo  que  trabajar;  por  último,  lo  que  ins- 
tó al  rey  de  Francia  para  que,  dejando  su  fría  y  más  que  reservada  indife- 
rente actitud,  hiciera  ver  al  Pontífice  que  su  conversión  al  catolicismo  no 
era  objeto  de  interesables  miras,  levantando  algunas  tropas,  siquiera  hasta 
el  número  de  cinco  mil  hombres,  que  aún  cuando  fuera  aparentemente 
auxiliaran  á  los  treinta  mil  empleados  por  España  para  llegar  al  arreglo.  En 
esto  convienen  todos  los  historiadores;  y  si  se  consulta  al  minucioso  Vi- 
vanco,  nos  dirá  en  su  obra  inédita  que  exclusivamente  á  España  se  debió 
el  buen  resultado  de  este  difícil  y  trascendental  suceso. 

Aunque  de  tal  modo  no  constase  en  documentos  fehacientes ,  ¿cómo  no 
inferirlo  de  un  príncipe  tan  desapegado  al  gobierno  de  su  país,  como  celoso 
en  todo  lo  que  tendía  al  bien  del  catolicismo,  y  deferente  en  extremo  á 
la  corte  de  Roma?  Este  fué  el  punto  primordial  y  único  de  su  política,  en  el 
rual  obraba  personalmente,  y  de  viva  voz  dictaba  sus  disposicíon&s  dejando 
lo  demás  á  la  inspiración  ó  capricho  de  Lerma;  y  á  dicho  fin  subordinó  por 
completo  la  cuestión  de  matrimonios,  como  puede  verse  en  las  cartas  que 
por  apéndice  inserto  íntegas  unas,  y  extractadas  otras. 

Si  el  autor  las  hubiera  visto,  como  parecía  de  rigor,  tratándose  de  un 
asunto  de  España  que  detalladamente  pretente  historiar,  es  posible,  aun- 
que no  seguro,  que  hubiese  rectificado  muchas  páginas,  y  entre  ellas  las 
126  y  siguientes  hasta  la  151,  en  las  que  expone  que  Vílleroy  estuvo  acer- 
tado al  creer  que  la  verdadera  misión  de  D.  Pedro  de  Toledo  consistía  en 
proponer  los  matrimonios  con  cierta  diplomacia.  «No  debía  esperarse,  dice, 


166  INFORME 

que  el  rey  de  Francia  abandonase  la  alianza  con  los  holandeses  para  obte- 
ner la  de  España  por  medio  de  matrimomos  que  él  no  habia  jamás  solici- 
tado, ni  hecho  que  los  solicitara  persona  alguna.» 

Sin  embargo,  su  propia  narración  nos  enseña  que  Enrique  IV  introdujo 
la  cuestión  de  los  matrimonios  en  la  primera  audiencia  de  D.  Pedro,  el  cual 
le  contestó  que  antes  de  pasar  á  otra  cosa  se  debia  resolver  á  abandonar  á 
los  holandeses,  añadiendo  secamente  y  con  altanería,  que  él  no  tenia  en- 
cargo de  proponer  ningún  matrimonio. 

Así  era  verdad,  si  sojuzga  por  las  cartas  mencionadas;  pero  el  autor  es- 
tablece la  siguiente  disyuntiva:  «Si  era  verdad,  no  habia  nada  que  másenlo 
profundo  pudiera  herir  á  Enrique,  porque  él  sabia  por  los  despachos  de  su 
embajador  en  España,  como  por  los  de  Ubaldini,  que  el  Soberano  Pontífice 
habia  propuesto  los  matrimonios  á  S.  M.  Católica.»  Cúmpleme  notar,  por 
vía  de  paréntesis,  la  contradicción  cometida  en  este  punto  respecto  ,á  otros 
en  que  asegura  que  la  proposición  de  matrimonios  partió  de  España,  pu- 
diendo  inferirse  de  las  lincas  acabadas  de  leer,  que  el  autor  reconoce  que  el 
rey  sabíalo  que  él  en  otras  páginas  ha  tenido  por  conveniente if/nomr. 

Siguiendo  el  párrafo,  continúa:  «Si  el  castellano  mentía,  ypodia  creerse 
así.»  Mas,  ¿por  qué?  ¿Ha  visto  el  autor  las  instrucciones  ni  ningún  otro  pa- 
pel de  España  de  donde  pueda  inferirlo?  Lejos  de  ello,  el  único  que 
inserta  es  el  estropeado  de  que  á  la  letra  tomo  la  parte  congruente  y 
más  clara:  «Y  habiendo  pasado  á  otras  pláticas  y  asegurado  D.  Pedro  que  no 
tenia  comisión  ni  poder  para  tratar  casamientos  se  (por  sí)  bien  avia  daño 
(por  dado)  grata  audiencia  en  España  á  los  propuestos  por  el  Papa  y  el  va- 
ron  (sic)  de  Barrault  se  despidió  del  rey,  etc.,  etc. » 

Este  inserto,  cuya  ¡  rocedencia  no  se  indica  más  que  por  papeles  de  Es- 
paña, prueban  precisamente  lo  contrario  de  lo  que  el  autor  dice.  Si  son 
relaciones  del  Consejo  de  Estado,  como  parece  desprenderse  de  la  conclu- 
sión, ¿no  es  más  lógico  suponer  que  el  autor  está  en  mal  terreno  al  sentar 
gratuitamente  aquella  hipótesis?  Infiérese  que  la  funda  en  una  carta  de  Vi- 
lleroy  á  Janin;  pero,  ¿por  qué  dar  más  crédito  á  una  carta,  donde  á  lo 
sumo  no  se  ve  más  que  una  sospecha,  que  al  dictamen  de  un  Consejo, 
en  que  para  nada  tenia  que  jugar  la  diplomacia,  por  no  deber  salir  de  la 
nación? 

Prosigue  el  autor  que  el  rey  replicó  á  D.  Pedro  con  palabras  tan  duras, 
que  si  este  hubiera  dado  cuenta  de  ellas  á  su  amo,  podrían  ocasionar  un 
rompimiento,  según  se  lee  en  un  despacho  de  Ubaldini. 

Y  hé  aquí,  digo  yo,  un  rey  irritado  porque  no  le  hablaban  de  lo  que  él 
quería,  sin  embargo  del  desden  que  aparentaba.  ¿Cómo  aquel  embajador 
tan  grosero  y  adusto,  tan  altivo  é  imprudente,  según  lo  califica  Mr.  Perrens, 
tuvo  más  sensatez  y  comedimiento  que  el  franco,  amable  y  conciliador 
monarca? 


ACADÉMICO.  167 

Conociendo  el  autor  que  estuvo  muy  inconveniente,  y  no  queriendo  esle 
papel  para  el  rey  do  un  país  donde  dos  centurias  más  tarde  habría  él  de 
nacer,  se  apresura  á  escribir:  íí Estas  palabras  imprudentes  que  no  se  hallan 
en  ninguna  parte,  y  que  Enrique  las  sentiría  sin  duda.y> 

Pues  si  en  ninguna  pártese  hallan,  ¿á  qué  hacer  mención  de  ellas?  Y  si 
estampa  literalmente  el  despacho  de  Ubaldini  que  así  lo  expresa,  ¿qué  im- 
porta el  ignorar  las  palabras,  puesto  que  existieron  y  han  merecido  aquella 
calificación?  No  es,  sin  embargo,  la  ambigüedad  lo  más  donoso  del  caso,  sino 
que  el  autor  se  identifica  con  el  personaje  historiado  por  él,  y  tal  cariño 
le  toma,  que  responde  de  sus  intenciones  en  el  hecho  de  suponer  que  el  rey 
sentiría  sin  duda  el  haberlas  dichO;,  por  omitirlas  en  la  relación  que  hizo  á 
Breves  de  esta  entrevista.  ¡No  podría  haberlo  disculpado  con  mejor  iíiten- 
cion  el  más  adicto  de  sus  cortesanos! 

En  realidad,  continúa,  D.Pedro  debía  obtener  de  Enrique  que  sin  dila- 
ción abandonase  la  alianza  de  los  holandeses  para  merecer  la  de  España.  La 
de  España^  dice;  pero  en  el  documento  en  que  se  apoya  se  lee:  «para 
merecer  los  matrimonios;»  lo  cual  es  muy  distinto,  porque  echa  por  tierra 
cuanto  el  autor  ha  aseverado  sobre  la  iniciativa  y  afán  de  la  corte  española 
en  la  cuestión,  así  como  el  desden  del  rey  de  Francia,  y  presta  veracidad  á 
las  palabras  de  D.  Pedro,  dando  por  el  pié  á  la  sospecha  de  Yilleroy  y  á  la 
gratuita  afirmación  del  mismo  que  inserta  el  documento. 

Al  hablar  de  la  entrada  en  Madrid  del  duque  de  Mayenne,  embajador  ex- 
traordinario de  María  de  Médicis  para  la  reaUzacion  de  los  matrimonios, 
expone  la  miseria  y  la  parsimonia  de  España,  ya  en  los  presentes  que  le  hi- 
cieron, ya  en  la  mezquindad  del  mantenimiento  y  pobreza  de  los  trajes  es- 
pañoles, «que  tan  humillados  se  veian  en  todo  y  por  todo  al  compararse  con 
los  bravos,  ricos  y  apuestos  caballeros  franceses  del  séquito  del  embajador.» 
Viendo,  dice,  la  suntuosidad  de  los  franceses,  que  en  un  mes  habían  cam- 
biado por  tres  ocasiones  las  libreas  de  sus  lacayos,  y  prodigaban  el  dinero 
en  su  camino,  tuvieron  los  españoles  vergüenza  de  su  vergüenza,  se  rubori- 
zaron de  sus  viejos  atavíos,  y  ni  aún  á  los  criados  de  Mayenne  osaron  dar 
las  cadenas  que  habian  recibido  para  este  fin,  porque  conocieron  que  los 
franceses  eran  gente  demasiado  lucida  y  sagaz  para  hacer  caso  de  tales  re- 
galos. (^Por  miseria  y  vanidad  aparecieron,  pues,  más  estúpidos  é  indolentes 
de  lo  que  eran,  n 

Varias  de  estas  frases  las  escribe  entrecomadas  citando  las  cartas  de  Vau- 
celas  á  VíUerroy:  y  motiva  la  última  el  retraimiento  que  la  grandeza  mos- 
tró respecto  al  embajador  francés. 

Extráñame  que  tantas  ocasiones  aproveche  para  tildar  á  esta  nación  de 
mezquma,  el  mismo  autor  que  inserta  un  trozo  de  carta  de  Vaucelas  á  Puy- 
sieux  donde  consta  que  D.  Iñigo  de  Cárdenas  entregó  en  nombre  del  ter- 
cer Felipe  á  Madame  Elisabeth,  una  joya  con  los  retratos  de  esta  y  del 


168  INFORME 

príncipe  español,  que  tenia  engarzado  un  brillante,  la  cual  se  estimaba  en 
cien  mil  escudos. 

Verdad  es  que,  siguiendo  su  sistema  de  prevención  contra  lo  que  pudie- 
ra favorecer  á  España,  añade:  «Si  no  hay  exageración  en  el  precio,  preciso 
es  confesar  que  en  esta  ocasión  no  hubo  mucho  estímulo  por  parte  de 
Francia.»  Asi  dice  por  qué  el  regalo  del  Delfm  á  la  infanta  de  España  era 
un  brazalete  que  no  vaha  más  de  quince  mil  escudos. 

Seguramente  que  al  hablar  de  la  miseria  y  mezquindad  de  los  españoles 
en  trajes  y  en  todo,  no  recuerda  que  él  mismo  ha  escrito  en  la  pág.  589,  á 
propósito  de  los  festejos  celebrados  en  París  á  la  publicación  de  los  matrimo- 
nios, «que  se  hicieron  enormes  gastos,  ó  como  suele  decirse,  que  se  quiso 
echar  el  resto,  recibiendo  orden  los  encargados  de  sobrepujar  aún  el  fausto 
de  los  españoles.» 

¡Vea  la  Academia  la  excasa  memoria  del  autor!  Tan  poca  es,  que  en  la 
misma  página  en  que  censura  la  mezquindad  española,  inserta  una  relación 
del  recibimiento  al  duque  de  Mayenne  en  el  castillo  de  Lerma,  donde  des- 
pués de  ponderar  las  viandas  y  aparato  con  que  se  las  presentaron,  exclama 
en  tono  festivo:  Fué  aquello  un  verdadero  triunfo  sobre  la  cuaresma,  ó  más 
bien  una  de  las  procesiones  que  los  gastrónomos  de  Ravalais  hacen  á  su  dios 
venlri -potente. »  Cosa  análoga  dice  acerca  de  los  perfumes  y  lujo  de  las  ha- 
bitaciones. 

A  pesar  de  todo  y  contra  el  inserto  que  estampa  de  carta  del  embajador, 
supone  que  se  fué  disgustado  de  Madrid,  si  bien  sumamente  complacido  de 
las  señoras,  tanto,  que  según  relación  de  Puysieux,  su  hombre  de  negocios, 
llegaron  á producirle  una  indisposición  de  estómago,  v-Los  mensajes,  añade^ 
que  diariamente  recibía,  debidos  al  atrevimiento,  avaricia  y  lujuria  de 
las  señoras  del  país,  le  empeñaron  al  combate  de  tal  nianfíra,  que  yo  no  sé 
cómo  se  habrá  podido  zafar. » 

El  autor  por  su  parte,  dice:  «Las  señoras  paraban  sus  carruajes  delante 
de  la  morada  del  embajador,  le  Uamaban  á  las  ventanas,  le  daban  música  por 
si  mismas,  enviábanle  guantes,  perfumes,  aguas  olorosas,  dulces  y  toda  clase 
de  regalos;  y  en  alta  voz  publicaban  que  nunca  habían  visto  hombre,  ni  más 
galante,  ni  tan  buen  mozo.  Admiraban  su  librea,  su  vajilla  de  plata,  etc., 
asistían  á  sus  comidas,  y  por  tales  modos  le  provocaban  á  galanterías  de 
que  no  se  podía  abstener. » 

¡Dichoso  mortal  que,  sin  ser  mahometano,  gozó  en  vida  del  paraíso  pro- 
metido por  el  profeta  á  los  que  mueren  fieles  á  su  ley! 

¿Pero  no  sena  posible  que  el  autor  hubiese  cometido  alguna  inexatitud, 
quizá  por  inspirarse  para  escribir  sobre  este  punto  de  la  época  de  Felipe  III, 
en  un  libro  contemporáneo  de  un  compatriota  suyo,  donde  dice  este,  que 
las  damas  españolas  acostumbraban  llevar  una  navaja  en  la  liga?  Deduciría, 
no  sin  fundamento,  que  tales  damas  debían  ser  zaf adotas ,  y  teniendo  en 


ACADÉMICO.  169 

cuenta  que  el  carácter  y  costumbres  de  los  pueblos  no  varían  tan  fácilmente, 
podia  inferir  que  las  abuelas  de  las  visabuelas  de  dichas  damas  legaron 
á  las  actuales  aquella  condición,  y  de  aquí  que  un  mozo  del  garbo,  donaire  y 
atavío  del  duque  de  Mayenne,  o  de  Uména,  como  en  Madrid  se  le  llamaba, 
habría  de  dar  al  traste  con  el  resto  de  simulado  pudor  de  las  señoras  de  la 
corte  del  tercer  Felipe. 

No  es  esto  negar  la  esencia  del  hecho;  ¡ni  cómo,  siendo  Mayenne  tan 
rumboso  y  rico!  sino  inferir  que  lasque  le  importunaban  con  tantas  citas  y 
piropos,  debían  ser  las  legítimas  ascendientes  de  las  que  hoy,  por  tales  há- 
bitos, llamamos  de  navaja  en  liga,  aunque  no  usen  ninguna  de  estas  prendas. 

Nada  tendría  que  oponer  si  se  concretase  á  decir  que  la  gallardía,  donaire 
y  gentileza  del  embajador  fué  celebrada  por  las  damas  de  la  corte,  hasta 
el  punto  de  tenerle  por  el  más  galán  y  mejor  parecido  de  todos  los  de  su 
acompañamiento.  Así  poco  más  ó  menos  se  lee  en  la  verídica  y  detalladísima 
relación  de  Cabrera  de  Córdoba,  y  no  ya  el  criterio,  sino  el  buen  sentido, 
basta  para  rechazar  todo  lo  que  de  esto  pasase. 

Que  el  autor  inserta  la  carta  de  un  testigo  como  Puysieux,  cierto;  pero 
para  qué íirve  el  criterio?  ¿Qué  diría  si  un  autor  español  refiriéndose  á 
Francia  expusiese,  apoyado  en  la  relación  de  un  viajero,  que  las  señoras 
francesas  acostumbraban  asediar  á  los  españoles  en  las  principales  calles  y 
cafés,  usando  de  expresiones  y  modales  algo  libres;  ó  que  solían  bailar  dan- 
zas en  posturas  algo  más  que  descompuestas?  Diría,  con  mucha  razón,  que 
tal  viajero  no  había  salido  de  los  que  en  París  llaman  boulevares,  ni  asistido 
á  otros  bailes  que  á  los  celebrados  en  Mabille  ó  Chateau  rouge,  y  que  tal 
autor  había  cometido  la  ligereza  de  apoyar  su  historia,  sin  el  menor  discer- 
nimiento, en  lo  narrado  por  un  cualquier  transeúnte,  y  la  mayor  aún  de, 
con  tales  datos,  ó  ampliando  alguna  aventura,  calificar  al  núcleo  de  las 
señoras  de  una  Nación.  Y  no  es  mucho  que  de  aquí  se  deduzca  culpa  de  li- 
jereza  contra  el  autor  y  contra  Puysieux.  ¿No  conocemos  todos  al  del  libro 
antes  mencionado  sobre  costumbres  de  España?  ¿  No  sabemos  también  de 
otro,  y  de  ilustre  apellido,  que  desde  alta  mar,  como  pasajero  de  un  buque 
en  viaje  de  circumnavegacion,  decía  que  con  sus  anteojos  habían  podido  ver  á 
las  bellas  catalanas  paseándose  en  la  Rambla  de  Barcelona  del  brazo  de  sus 
jóvenes  é  indulgentes  confesores,  lo  cual,  aparte  délo  raro- de  la  visión,  es 
algo  menos  verosímil  que  distinguir  desde  el  Manzanares  una  cosa  situada 
en  la  Puerta  del  Sol  nunca  vista  por  los  habitantes  de  Madrid?  (1)  ¿No  ha- 
bló otro  renombrado  autor  con  ligereza  sobre  las  Canarias,  aunque  nunca 
tan  desatinadamente  como  el  del  mencionado  viaje? 

Lo  extraño  es  que  al  hablar  Mr.  Perrens  de  la  miseria  española,  perjudica 


(1)    M.  Arago   (Santiago)  en  su  Viaje  al  rededor  del  mundo  escribe  la  frase  sin  ha- 
ber siquiera  fondeado  en  la  rada  su  buqxie,  pero  aiin  cuando  así  fuese,  no  se  podia  ver 

TOMO    XIX.  12 


170  INFORME 

muclio  á  su  habilidad  la  circunstancia  de  insertar  escritos  que  lo  contradi- 
cen, y  de  añadir:  «Tal  gasto  por  desigual  que  fuese  (respecto  al  de  Francia) 
acabó  de  arruinar  á  los  españoles.  Para  cubrirlo  tuvieron  que  echar  mano 
de  pequeñas  sumas  destinadas  á  los  infantes  y  á  las  viudas  de  los  antiguos 
servidores  de  Carlos  V  y  de  Felipe  II. 

Después  de  la  partida  de  Mayenne  encarecieron  en  algunos  maravedís  la 
libra  de  carne,  como  único  recurso  de  volver  á  llenar  su  exhausto  tesoro.» 

Si  se  tiene  en  cuenta  la  carne  y  demás  comestibles  regalados  diariamente 
á  la  embajada  de  Francia,  cuya  relación,  que  el  autor  no  debe  conocer, 
detalla  Cabrera  de  Córdoba,  no  es  extraño  que  aquel  artículo  alcanzase  ma- 
yor precio  en  razón  al  excesivo  consumo;  pero  subir  la  carne  para  volver  á 
llenar  un  tesoro  exhausto,  presupone  en  primer  lugar  la  idea  de  que  el  te- 
soro estaba  repleto,  en  segundo,  la  de  que  todo  él  se  invirtió  en  la  recep- 
ción mezquina  á  que  el  autor  alude,  y  en  tercero,  la  de  que  unos  cuantos 
maravedís  bastaban  para  repletar  el  tesoro  de  la  nación  cuyos  dominios 
eran,  materialmente  por  lo  menos,  los  más  ricos  y  extensos  de  ambos 
mundos  (1). 

Oigamos  á  Cabrera  de  Córdoba  en  este  punto: 

itPor  la  calle  del  Sordo  (dice  en  la  pág.  486),  que  es  detrás  del  hospital 
de  los  Italianos,  hay  en  esta  calle,  á  donde  sale,  una  puerta  que  á  las  tres  de  la 
tarde  se  abre,  y  tiene  una  llave  un  criado  del  duque  de  Uména  que  abriendo 
entra  á  tomar  la  vianda  que  hoy  meten  para  mañana,  y  esto  sin  verse  el  que 
lo  deja  alH,  que  es  un  guarda  mangel,  que  se  llama  Felipe  de  Arellanos;  en 
metiendo  la  vianda  cierra  y  se  va  hasta  otro  dia  á  las  tres. 

Dia  de  carne  es  esto. 

Ocho  pavos.— Vélente  y  seis  capones  cebados  de  leche.— Setenta  gallinas.— 
Cien  pares  de  pichones.  —  Cien  pares  de  tórtolas.— Cien  conejos  y  liebres. — 
Veinte  y  cuatro  carneros. — Dos  cuartos  traseros  de  vaca. — Cuarenta  libras  de 
cañas  de  vaca. —Dos  temeras.-Doce  lenguas. —Doce  libras  de  chorizos. — 
Doce  pemiles  de  Garrovillas. — Tres  tocinos.— Una  tinajuela  de  cuatro  arrobas 
de  manteca  de  puerco. — Cuatro  fanegas  de  panecillos  deboca.— Ocho  arro- 
bas de  fruta;  cuatro  frutas  á  dos  arrobas  de  cada  género.— Seis  cueros  de  vino 
de  cinco  arrobas  cada  cuero  y  cada  cuero  diferente. 


la  Rambla  desde  aquella,  ni  aún  desde  el  mismo  puerto,  ni  en  la  época  á  que  alude  ni 
en  otra  posterior,  hasta  estos  últimos  años  en  que  se  derribaron  las  Atarazanas. 

Mayores  ligerezas  expone  sobre  las  Canarias,  que  fueron  refutadas  por  un  excelente 
escrito ,  tan  bien  razonado  como  sentido ,  del  publicista  de  marina  D.  Ignacio  de 
Negrin. 

(1)  No  quiero  decir  que  la  nación  fuese  inmensamente  rica;  lejos  de  ello,  en  otro  li- 
bro procuro  demostrar  que  la  miseria  del  oro  habia  muerto  aquí  á  la  riqueza  del  tra- 
bajo, y  que  España  sucumbía  por  la  pesadumbre  de  su  grandeza.  Solamente  noto  la 
contradicción  entre  la  mezquindad  aseverada  y  la  ruina  de  un  tesoro  ]ior  lo*  gastos 
Terificados  para  el  recibimiento. 


ACADÉMICO.  171 


Dia  de  pescado. 


Cien  libras  de  truchas.— Cincuenta  de  anguilas. — Cincuenta  de  otro  pes- 
cado fresco.— Cien  libras  de  barbos. — Cien  de  peces.— Cuadro  modos  de  esca- 
beches de  pescados,  y  de  cada  género  cincuenta  libras. — Cincuenta  libras  de 
atún.— Cien  de  sardinillas  en  escabeche.  —  Cien  libras  de  pescado  cecial  muy 
bueno.— Mil  huevos.— Veinticuatro  empanadas  de  pescados  diferentes. — 
Cien  libras  de  manteca  fresca. — Un  cuero  de  aceite. — Fruta,  vino,  pan  y  otros 
regalos  extraordinarios,  como  en  el  dia  de  carne  se  dice. 

Esto  es  cada  dia  sin  otras  cosas  extraordinarias  de  regalos  más  ó  menos. 

Para  esto  hay  dedicadas  cuatro  acémilas  con  sus  cajones  que  traen  este 
recado,  y  lo  ponen  en  el  aposento  sobre  unas  mesas  y  cierran,  y  no  parece 
otro  dia  sino  las  cestas  vacías,  y  no  quien  las  vacia,  n 

En  resumen;  por  cálculo  nada  exagerado,  resulta  que  el  embajador  y  su 
comitiva  consumían  diariamente  unas  tres  mil  seiscientas  libras  de  carne^ 
que  casi  montan  á  dos  toneladas  desleidas  en  treinta  arrobas  de  vino^  acom- 
pañadas de  cuatro  fanegas  de  panecillos  de  boca,  y  endulzadas  con  ocho  ar- 
robas de  fruta  (1). 

Otra  de  las  inexactitudes  que  comete^  es  asegurar  que  el  rey  de  España 
consideraba  ligereza  muy  reprocliable  que  su  hija,  ya  reina  de  Francia, 
adoptase  algunas  modas  francesas,  y  sobre  todo  que  bailara. 

Permítame  la  Academia  que  en  este  punto  le  recuerde  algunos  trozos 
de  las  cartas  del  tercer  Felipe  á  su  hija,  por  ser  la  mejor  refutación  contra 
lo  que  asevera  Mr.  Perrens. 

En  una  que  lleva  la  fecha  de  6  de  Junio  de  1618  le  dice...:  «Me  hu- 
hiera  holgado  de  ver  el  bailete  que  hecistes,  que  todos  los  que  le  vieron  es- 
crevieron  maravillas  del,  y  de  quan  linda  salistes,  y  quan  bien  danzastes: 
acá  también  se  hizo  la  mascara.»  En  otra  de  5  de  Abril  del  mismo  añO; 
«Me  holgué  mucho  con  las  nuevas  que  truxo  el  último  correo,  aunque  sin 
carta  vuestra;  pero  yo  lo  doy  por  bien  á  trueco  de  que  no  os  cansasedes  en 
escrevirme  pues  lo  estaredes  desde  el  bailete  y  todos  escriven  quan  bueno 
fué,  y  quan  bien  lo  hicisteis  vos:  hasta  envidia  tuve  á  los  que  lo  vieron,  y 
mas  á  vos  que  diz  que  estabades  muy  hnda,  y  esto  debe  de  ser  cada  dia 
mas,  según  habéis  embarnecido  y  crecido,  etc.,  etc.» 

Ignoro,  pues,  el  fundamento  que  haya  tenido  el  autor  para  suponer  que 
el  tercer  Felipe  reprochaba  duramente  á  su  hija  el  baile,  como  no  sea  una 


(1)  iiDicen  que  todo  el  tiempo  que  el  duque  se  detuviere  aquí,  se  le  proveerá  de  la 
misma  manera  este  regalo,  y  si  se  entendiese  que  fuese  necesaria  proveer  con  máa 
larga  mano,  se  liarla  de  la  misma  manera,  según  es  grande  la  voluntad  con  que  se 
hace.i>  (Cabrera  de  Córdoba,  pág.  482.)  Véase  lo  que  contrasta  esta  buena  voluntad 
con  lo  que  el  autor  dice. 


172  INFORME 

de  las  peregrinas  invenciones  del  Mercurio,  de  cuyo  papel  hace  un  documento 
fehaciente  para  su  historia.  Si  hubiese  consultado  estas  cartas,  quizá  no 
incurriría  en  este  ni  en  otros  muchos  errores,  y  digo  quizá  por  ser  también 
posible  que  rehusase  la  prueba  en  vista  de  no  decir  en  ellas  baile  sino 
baikte. 

Respecto  al  otro  extremo,  pudiera  trascribir  muchos  trozos  de  otras  car- 
tas anteriores  en  que  siempre  le  recomienda  la  obediencia  á  su  marido,  en 
gracia  á  la  buena  armonía  que  debe  existir  en  los  matrimonios.  Todas  re- 
bosan en  paternal  sohcitud,  y  tanto  que  á  veces  descienden  á  preguntas  un 
tanto  enojosas  y  de  difícil  contestación  para  una  niña,  no  obstante  su  cam- 
bio de  estado. 

«Me  he  holgado  mucho,  dice  en  una  de  16  de  Enero  de  1616,  por  saber 
quedabades  buena,  y  el  Uey  mejor  del  mal  que  habia  tenido,  de  que  os  po- 
demos dar  la  enhorabuena  como  muger  tan  bien  casada;  y  me  ha  parescido 
muy  bien  lo  que  me  decís  de  las  visitas  que  le  habéis  hecho  y  lo  que  habéis 
madrugado  á  las  purgas  y'sangrias,  etc.,  etc.,  me  ha  dado  cuydado  el  de- 
cirme que  no  tenéis  buenos  los  ojos:  espero  en  Dios  que  lo  estarán  presto 
y  ya  quema  que  acabasedes  de  ser  muger,  que  para  esso  y  para  que  me 
diessedes  presto  un  nieto  podría  servir;  y  responded  á  lo  que  otras  veces  os 
lie  preguntado  de  sí  el  Rey  quando  está  bueno  duerme  siempre  en  vuestro 
aposento  ó  algunas  veces,  y  no  os  corráis  de  decirlo  á  un  padre  que  os 
(juiere  tanto  como  sabéis,  etc.» 

Sigue  congratulándose  de  la  buena  armonía  que  existe  entre  ella,  ol  rey 
y  la  reina  madre,  y  continúa: 

«El  bailete  que  hicisteis  debió  de  ser  muy  bueno,  y  yo  holgara  harto  de 
veros,  que  la  de  la  Torre  me  escrive  maravillas  de  como  ibades.» 

Sigue  hablando  de  que  le  envía  un  chapín  de  seis  dedos  más  de  largo 
como  le  pedía,  y  concluye:  «Os  confieso  que  quisiera,  aunque  os  pongáis 
colorada,  que  como  efRey  está  muchos  ratos  del  día  en  vuestro  aposento 
estuviera  algu      no s  noche. » 

En  casi  todas  sus  cartas  le  habla  de  bailes,  y  lejos  de  reprobarlos,  envidia 
á  los  que  la  vieron.  ¿Y  cómo  no,  si  aquel  príncipe  tan  buen  padre  y  esposo 
como  rey  deslucido,  despuntaba  precisamente  en  el  baile  hasta  merecer  el 
dictado  de  primer  bailarín  de  su  corte? 

Quizá  Mr.  Perrens  ignore  también  este  particular  por  no  haber  tenido  á 
la  vista  ni  la  crónica,  ni  ninguna  de  las  historias  particulares,  ni  las  relacio- 
nes que  corren  impresas  sobre  este  reinado.  Y  en  verdad  que  es  omisión 
de  alguna  monta  en  quien  narra  asuntos  que  lo  abarcan  de  lleno. 

Pues  error  más  de  bulto  contienen  las  siguientes  líneas:  «La  corte  de 
España  creía  tan  próximo  el  éxito  (habla  de  los  matrimonios)  que  desde  los 
primeros  días  de  Diciembre  de  1613  anunció  su  designio  de  establecerse  en 
ValladoUd.» 


ACADÉMICO.  175 

¡Véase  cómo  al  fin  se  descubren  todos  los  secretos!  Asi  exclamarán  segu 
ramente,  si  pudiéramos  oirles,  Cabrera  de  Córdoba,  Vivanco,  León  Pineco 
y  demás  autores  de  relaciones,  cronistas  é  historiadores  de  aquella  época, 
y  testigos  oculares  de  los  sucesos,  al  leer  en  esta  singular  historia  uno  que 
que  todos  ellos  vieron  realizado  por  motivos  muy  diferente  en  fecha  ante- 
rior, y  es  seguro  que  no  menos  habia  de  sorprender  la  noticia  al  tercer  Fe- 
hpe,  á  Lerma,  al  Consejo  de  Estado  y  á  los  alcaldes  de  Valladolid  en  aquel 
tiempo. 

Durante  mucho  he  molestado  la  atención  de  la  Academia  exponiendo 
todas  las  contradicciones  que  se  notan  en  este  hbro;  pero  no  puedo  menos 
de  cerrar  el  examen  con  una,  como  norma  del  criterio  que  ha  presidido  á  su 
redacción. 

Dicho  está  (pie  la  corte  de  Madrid  usaba  de  doblez  y  perfidia,  al  propo- 
ner subrepticiamente  al  rey  de  Inglaterra  la  infanta  española  al  principe  de 
Gales,  á  fin  de  precaverse  contra  la  derrota  que,  á  juzgar  por  el  desden  de 
Enrique  lY,  iba  á  sufrir  en  las  presentadas  á  Francia.  Pues  vea  la  Academia 
lo  que  en  la  pág.  451  hablando  del  doble  juego  de  la  corte  de  María  de 
Médicis,  sobre  el  matrimonio  de  Madame  Chrctiene  con  el  mismo  principe, 
de  Gales,  dice  de  Villerroy,  autor  de  las  negociaciones: 

«Así,  pues,  con  una  habilidad  que  no  puede  desconocerse  entretenía 
Villerroy  el  matrimonio  con  el  Inglés,  y  contaba  utilizarlo  para  reparar  la 
derrota  que  habia  sufrido  en  el  terreno  de  los  enlaces  españoles.» 

Lo  cual  enseña,  atrévome  á  añadir,  que  la  perfidia  tratándose  de  Espa- 
ña es  habilidad  cuando  á  Francia  se  refiere. 

De  propósito  he  dejado  para  fin  de  fiesta  la  traducción  de  un  escrito 
anónimo  que  inserta  el  autor,  publicado  en  París  al  arribo  de  la  embajada  de 
Don  Pedro  de  Toledo.  Dice  así:  «Asomaos  á  las  ventanas  y  mirad  cual 
vienen  los  galantes.  En  primer  término,  se  ven  los  bagajes  del  modo  que 
sigue;  tres  carros  tirados  por  búfalos  y  cargados  de  patrañas  cultivadas  y 
cogidas  en  el  jardín  del  Escorial:  otros  tres  por  dromedarios  cargados  de 
galimatías:  tres  más  por  mulos  de  Auvergne:  otros  tres  por  pécoras  arcádi- 
cos  (1)  cargados  de  eléboros  y  de  gomorra  extractada  en  Ñapóles  hasta  la 
quintuple  esencia;  tres  amadrinados  en  parejes,  tirados  por  diez  y  ocho 
elefantes,  llevando  la  carta  de  los  Países  Bajos  pintada  en  claro  oscuro, 
sobre  un  lienzo  de  veinte  y  cinco  toesas:  un  carromato  soberbiamente  ata- 
lajado con  doce  africanos  tigres,  conduciendo  en  un  tiesto  roto  de  tierra  de 
Navarra,  el  contrato  matrimonial  entre  el  Señor  Delfín  y  la  infanta  españo- 
la, extendido  en  romance  sobre  pergamino  de  cordero  nonnato,  y  escrito 
profélicamente  por  el  buen  patriarca  Ignacio  de  Loyola,  según  la  revelación 


(1)     Quizá  aluda  á  los  Guardias  del  rey  por  el  epíteto  que  se  dio  durante  el  bajo 
imperio  á  los  del  Emperador  Arcadio, 


174  INFORME 

en  sueño  que,  tres  dias  después  de  su  muerte,  le  habia  hecho  Santiago  de 
Galicia;  todo  el  en  caracteres  tan  diminutos,  que  se  necesitaba  buena  vista 
para  poderlo  leer.  Veíase  luego  sobre  dos  angarillas  llevadas  á  espaldas  de 
dos  esclavos  como  la  caza  de  Santa  Genoveva,  una  almohada  de  terciopelo 
carmesí;  soportando  la  gorgnera  de  Don  Pedro  que  medía  en  redondo  ca- 
torce varas  y  media,  y  media  cuarta  (2).  Después  marchaban  sus  pajes,  ca- 
balleros en  animales  de  piel  gris  y  largas  orejas  parecidos  á  los  burros, 
toda  gente  joven  con  barbas  canas,  cantando  á  la  entrada  de  la  corte  acom- 
pañados de  las  melodiosas  voces  de  sus  cabalgaduras.  Seguían  los  oficiales 
de  la  casa  de  Don  Pedro  con  toda  clase  de  utensilios  de  casa:  el  primero 
con  la  marmita,  el  segundo  con  las  parrillas,  el  tercero  con  la  cadena  del 
caldero  y  así  consecutivamente  los  demás  con  lo  restante  de  la  cocina.  Más 
atrás  el  Mayordomo  en  noble  arreo  llevando  por  peto  una  cazuela,  un  tarro 
de  manteca  por  casco,  una  pringosa  rodilla  á  guisa  de  banda  y  empuñando 
un  largo  asador.  Después  la  sumíUería  con  tazas,  cubiletes,  potes,  viandas, 
botellas  y  cuarenta  mulos  cargados  de  nieve,  que  no  derretía  el  sol  por  hallar- 
se polvoreada  de  catolicón  (5)  castellano.  Seguían  los  gentiles  hombres  de  su 
casa  montados  en  mulos,  vestidos  de  tela  vieja  de  cáñamo,  botas  de  perga- 
mino, en  una  palabra  con  traje  acomodado  á  la  estación,  es  decir,  camiso- 
las de  escarlata,  justillos  de  terciopelo  negro,  á  causa  del  polvo,  sobre  otros 
jubones  de  Ja  misma  tela  y  color,  cinchados  como  mulos  por  el  vientre, 
apretados  de  tal  modo  que  sacaban  medio  pié  de  lengua,  mitrados  cual 
obispos  de  Calcuta,  con  gorgneras  de  pié  y  medio  que  no  habían  olido  el 
almidón  desde  la  salida  de  España,  golillas  de  terliz  blanco,  tan  tiesas  que 
parecían  de  porcelana,  rasuradas  las  cabezas  á  lo  monge,  los  bigotes  como 
colas  de  mulos,  y  con  mucha  gravidad  (sic)  van  tocando  la  guítarríta  y  can- 
tando á  coro,  cada  uno  diferente  canción,  todo  ello  por  supuesto  muy  cató- 
licamente. 

«Se  ve  detrás  una  carroza  de  figura  de  pentágono  á  semejanza  de  la  ciu- 
dad de  Amberes,  hecha  de  cartón  fino  y  papel  de  estraza  y  uncidos  á  ella 
diez  y  ocho  toros  de  Granada.  Van  dentro  tres  marqueses  y  tres  condes 


(2)  En  carta  fecha  en  Madrid  á  19  de  Enero  de  1608  dice  Cabrera  de  Córdoba  (pá- 
gina 323). 

iiAntes  de  Pascua  mandó  S.  M.  qne  se  guardase  la  premática  de  las  lechuguillas 
pareciéndole  que  habia  de  tener  su  mandamiento  para  la  ejecución  más  fuerza  que  el 
rigor  de  los  alguaciles,  y  sobre  la  medida  se  replicó  por  los  de  su  Cámara,  y  ha  que- 
dado en  sétima  de  vara;  y  conforme  á  esto  toda  la  corte  ha  reformado  los  cuellos  y  obe- 
decido á  la  voluntad  de  S.  M.;  por  ser  demasiado  el  exceso  que  en  esto  habia." 

Don  Pedro  de  Toledo  salió  para  su  embajada  algunos  meses  después.  Si  obedeció  la 
pragmática  debia  ser  su  gorguei-a  de  cuatro  y  media  pulgadas  próximamente.  Sin  em- 
bargo es  muy  cierto  que  en  esto  del  vestir  habia  mucha  exageración.  ¡Pluguiera  Dios 
que  todos  los  defectos  de  vuestros  mayores,  fuesen  tan  cr'nninalesl 

(3)  Especie  de  electuario  purgante,  compuesto  de  sen  y  ruibarbo. 


ACADÉMICO.  175 

levando  un  palio  á  la  alemana,  tarareando  un  nuevo  aire  en  honor  de  la 
iníanüta,  y  tocando  todos  un  manicordio  sin  cigüeñal.  D.  Pedro  de  Toledo 
venia  el  último  como  un  cura  de  regreso  de  precisión,  conservando  la  gra- 
vedad de  un  vendedor  de  pajuelas,  dentro  de  un  aparador  de  tela  encerada 
bien  cerrado  para  evitar  las  moscas,  tirado  por  dos  caballos  indios,  y  con 
traje  de  abrigo  cual  requeria  la  grandeza  de  su  casa.» 

«A  la  mañana  siguiente  tuvo  lugar  la  audiencia.  En  la  antecámara,  donde 
S8  preparaban  para  presentarse  al  rey  más  grande  del  mundo,  cepilláronse 
mutuamente,  por  caridad,  todo  el  polvo  recogido  en  el  camino  desde  su  en- 
trada en  territorio  francés,  de  tal  manera  que  oscureciendo  la  cámara  obli- 
garon á  salir  al  aire  libre  á  los  gentiles  hombres  y  demás  de  la  nobleza  que 
en  orden  gerárqüico  hallábanse  en  ella  apostados.  Pasaron  en  seguida  á 
otra  llena  de  marqueses  nobles  y  plebeyos,  hicieron  segunda  parada,  co- 
menzando á  alechugarse,  á  despiojarse  unos  á  otros,  y  unos  á  otros  á  so- 
narse las  narices  por  caridad,  cosa  que  cada  uno  por  si  no  hubiera  podido 
verificar  sin  estropear  sus  gorgneras,  y  exponerse  á  volver  á  España  para 
lavarlas;  pues  no  se  hubieran  atrevido  á  darlas  en  Francia,  temerosos  de 
que  cayendo  en  manos  heréticas  incurriesen  en  excomunión  mayor,  ó  lo 
que  peor  seria,  en  las  reclamaciones  del  Santo  Oficio  de  la  Inquisición.» 

«Mondos  ya  y  Undamente  zurrados,  diéronse  á  marchar  con  tanta  furia,  y 
á  echar  con  tal  brio  los  pies  por  el  aire,  que  hubieran  dejado  tuerto,  ó  roto 
los  dientes  á  alguno,  si  á  los  primeros  pasos  no  les  hubiese  dicho  un  ugier 
que  olió  como  á  queso  de  Auvergne, — Señores,  no  levantéis  tanto  los  pies 
que  al  rey  no  agrada  este  olor. — Asi  pues,  moderándolos,  acercáronse  has- 
ta arrodillarse  ante  S.  M.;  dijéronle  en  cifra  su  embajada,  se  les  contestó 
en  solfa,  hablaron  en  español  corrompido  y  se  les  dio  respuesta  en  buen 
francés  (1).» 

«Bajo  esta  forma  ligera,  añade  el  autor,  se  demuestra  la  antipatía  y  des- 
confianza que  inspiraban  los  españoles.» 

No  trato  ni  de  afirmar^  ni  de  de  refutar  esta  antipatía,  aunque  pudiera 
encontrar  en  la  misma  obra  muchos  otros  insertos  que  contradicen  al  ante- 
rior; pero  ¿se  podrá  ocultar  á  Mr.  Perrens  que  el  sabor  calvinista  del  escri- 
to es  lo  que  manifiesta  antipatía,  no  ya  entre  franceses  y  españoles ,  sino 
entre  reformados  y  católicos?  No  ha  reparado  que  el  artificio  del  papel  bur- 
lesco, consiste  en  involucrar  la  diferencia  de  religiones  con  la  de  naciona- 
lidades? Y  aún  así,  no  creo  yo  que  el  autor  ó  autores  anónimos  consiguieran 
sus  fines.  Movería  el  escrito  ciertamente  á  risa,  pero  risa  trivial  que,  pasa- 
dos los  primeros  instantes,  despierta  por  lo  menos  indiferencia,  cuando  no 
desden,   contra  el  libelista,  no  solo  en  los  católicos,  sino  aún  en  los  de  su 


(1)     Recueil  d'  ambassado  et  de  plusiciirs  lettres  misives  concernant  les  affaires 
de  r  Etat  de  France  depuis  1525  jusquéa  en  IGÜG.  Bib.  Imp.  ms,  fr.  uúm.  29  4, 


176  INFORME 

misma  secta,  y  después  únicamente  podrán  utilizarlo  los  representantes  de 
farsas  ó  entremeses  de  corral,  como  medio  de  sacar  algunas  monedas  de 
cobre  al  vulgo  rústico  y  sencillo,  que  en  su  ignorancia  propende  á  ridicu- 
lizar y  deprimir  todo  lo  que  pertenece  al  extranjero. 

He  procurado  exponer  el  espíritu  de  parcialidad  que  de  relieve  sale  en 
la  obra.  Quizá  sea  ageno  á  la  voluntad  de  su  autor,  ó  tal  vez  reconociendo 
en  él  tal  propensión  irresistible,  y  no  ocultándosele  que  constituía  un  dcfec- 
lillo  para  tratar  de  historia,  creyó  cohonestarlo  con  la  siguiente  protesta  es- 
tampada en  su  prólogo: 

«Debo  notar  con  qué  escrúpulo  me  abstengo  de  conjeturas  y  aserciones 
aventuradas,  como  asimismo  de  reproducir  algunos  despachos  verdadera- 
mente picantes  que  escribían  nuíístros  diplomáticos  menos  conocidos,  en 
desaliñado  é  incorrecto  lenguaje,  pero  vivo  y  ya  muy  francés,  en  los  cuales 
la  originalidad  eclipsa  á  veces  las  de  las  cartas  tan  bellas  y  ponderadas  del 
cardenal  D'Ossat.» 

Tal  promete  el  autor,  pero  la  Academia  discernirá  hasta  el  punto  que  lo 
ha  cumplido.  En  cuanto  á  que  el  público  note  los  despachos  que  dice  se 
abstiene  de  reproducir,  paréceme  asunto  imposible,  y  expresado  de  tal  modo 
que  todas  las  palabras  huelgan  en  la  frase,  á  no  ser  que  se  dirija  á  una  pe- 
(lueñísima  parte  del  público  que  fué  en  la  época  historiada,  ó  sea  á  las  gen- 
tes nacidas  dos  siglos  antes  que  el  autor.  Todo  pudiera  ser  según  el  criterio 
de  los  espiritistas. 

Mr.  Perrens,  por  último,  dirige  su  obra  con  una  carta  en  que  después  de 
manifestar  modestamente  la  gran  aprobación  que  aquella  ha  obtenido,  y  el 
honor  que  ha  merecido  de  ser  insertada  integra  en  el  Diario  de  Sesiones  y 
trabajos  de  la  Academia  de  ciencias  morales  y  políticas  de  su  nación  ,  ex- 
presa el  deseo  de  que  esta,  á  quien  se  dirige ,  y  califica  de  una  de  las  mas 
célebres  y  respetables  de  Europa,  le  asocie  con  cualquier  titulo  á  su  com- 
pañía, para  signiíicarle  asi  la  satisfacción  conque  veia  un  trabajo  ,  (pie  llena 
una  lagima  en  la  historia  de  ambos  países. 

Si  en  vez  de  convertirla  en  pantano  la  luibiera  saneado  con  los  instru- 
mentos que  la  verdad,  madre  de  la  historia,  proporciona,  entiendo  que  sería 
pertinente  la  petición  que  dirige  á  la  Academia  guardadora  de  aquella,  mo- 
lestara poco  ó  mucho  al  espíritu  de  patria.  Sin  embargo,  siendo  la  Acade- 
mia el  único  juez  para  decidir  con  el  criterio  levantado  é  íniparcíal  que  cor- 
responde, resolverá  en  este  caso  lo  más  oportuno,  si  bien  el  autor  debe 
darse  por  satisfecho  con  que  haya  tocado  este  informe  al  menos  autorizado 
y  perspicaz  de  sus  individuos. 

Madrid  24  de  Febrero  de  1871. 

Javier  de  Salas. 


ACADÉMICO.  177 

DOCUMENTOS. 


Carta  del  Rey  al  Marqués  de  Aitona,  en  San  Lorenzo,  6  de  Abril  de  1608. 
(Archivo  general  de  Simancas.— Estado.— Legajo  núm.  1860.) 

i.Por  una  carta  vuestra  de  los  5  de  Febrero  próximo  pasado  se  ha  entendi- 
do que  el  Papa  os  liabia  dicho  que  el  Eey  de  Francia  deseaba  el  casamiento 
del  Principe  mi  hijo  con  su  hija  mayor  y  que  se  le  diese  á  la  infanta  Doña 
María  mi  segunda  hija  para  éí  Delfín  su  hijo  y  que  también  os  habia  dicho 
Su  Santidad  que  el  mismo  Pv,ey  dijo  al  Provincial  de  los  Jesuítas  de  Flandes 
para  que  ello  dijese  al  Embajador  del  Archiduque  mitio  residenteen  Paris 
que  haciéndose  el  casamiento  del  infante  D.  Carlos  mi  segundo  hijo  con  su 
segunda  hija  y  dándole  yo  los  Paises-Bajos  en  dote  para  él  y  para  los  que 
deste  matrimonio  descendieren  después  de  los  dias  de  la  Infanta  Doña  Isa- 
bel mi  hermana  pues  no  tiene  hijos,  se  ofrece  de  hacer  que  aquellas  Provin- 
cias queden  sujetas  al  Archiduque  mi  tio  como  los  Paises  ovedientes,  y  que 
se  establezca  en  ellos  la  religión  católica.  Esto  mismo  me  ha  dicho  el  Nuncio 
que  aquí  reside  de  parte  de  Su  Santidad  y  lo  ha  acordado  segunda  y  tercera 
vez  y  viltimamente  lo  ha  hecho  en  virtud  de  cartas  que  dice  ha  tenido  del  mes 
pasado  de  Marzo  haciendo  mucha  instancia  sobre  la  resolución  y  es  bien  que 
sepáis  que  há  muchos  dias  que  el  Barón  de  Barrault  que  aquí  reside  por  Em- 
bajador del  Rey  de  Francia  movió  la  plática  de  los  casamientos  del  Príncipe 
mi  hijo  con  la  Infanta  mayor  de  Francia  y  de  la  Infanta  Doña  María  con  él 
Delfín  de  Francia  y  después  acá  ha  hablado  diversas  veces  al  Duque  de  Ler- 
ma  mostrando  muchos  deseos  de  que  estos  casamientos  se  concluyesen  y  se 
estrechase  mas  la  amistad  y  hermandad  entre  las  dos  coronas,  y  también  de- 
veis  saver  como  él  Rey  de  Francia  ha  procurado  que  de  nuestra  parte  le  me- 
tiesen en  el  tratado  de  la  paz  con  los  rebeldes,  ofreciendo  hacer  muy  buenos 
ofizios  para  facilitar  la  conclusión  della  y  en  particular  ayudixr  mucho  al  es- 
tablecimiento de  la  religión  católica  y  que  mi  tio  hizo  ofizio  con  él  en  ésta 
conformidad  y  yo  lo  aprové;  pues  estando  las  cosas  en  éste  estado  y  habiendo 
el  Duque  de  Lerma  respondido  al  Embajador  de  Francia  lo  mucho  que  yo 
deseaba  estrecharme  en  deudo  y  amistad  con  su  Rey  y  que  para  tratar  desto 
era  necesario  que  él  se  apartase  de  socorrer  y  ayudar  á  mis  rebeldes  como  lo 
habia  hecho  por  lo  pasado,  se  ha  entendido  que  en  lugar  de  corresponder  4 
lo  que  habia  prometido  en  benefício  y  aumento  de  nuestra  santa  fé,  procu- 
rando que  las  Provincias  rebeldes  se  redujesen  á  recevirla  y  consentir  el  ejer- 
cicio público  della  no  solamente  no  lo  ha  hecho  pero  ha  concluido  con  ellos  la 
liga  cuya  copia  se  os  embia  con  esta;  y  lo  que  es  peor  es  que  no  falta  quien 
dice  que  há  persuadido  á  los  rebeldes  que  no  admitan  la  religión  católica  por- 
que haciéndolo  á  instancia  mia  y  de  mis  hermanos  irán  creciendo  los  cató- 
licos y  estando  á  nuestra  devoción  como  obligados  al  benefício  que  habrán 
recevido  por  nuestro  medio,  j)odrémos  hacer  después  lo  que  quisiéremos  sin 
que  lo  puedan  remediar,  de  todo  lo  cual  he  querido  avisaros  para  que  lo  re- 
presentéis al  Papa  y  le  digáis  la  novedad  y  sentimiento  que  me  ha  causado 
entender  que  al  mismo  tiempo  que  el  Rey  de  Francia  se  ofreció  por  mediane- 
ro de  aquella  paz  y  de  apoyar  mucho  la  causa  católica  y  metió  á  Su  Santidad 
en  pláticas  de  casamientos  para  estrecharle  mas  conmigo  aya  salido  con  co- 
sas tan  derechamente  contrarias,  en  que  no  és  menor  el  tiro  que  hace  á  Su 
Beatitud  que  á  mí  por  el  poco  respeto  que  muestra  á  su  Santa  persona  y  al 
lugar  que  tiene  aviendole  puesto  por  medianero,  y  no  es  la  menor  causa  de 


1 78  INFORME 

mi  sentimiento  ver  que  por  este  camino  se  me  quitan  los  medios  de  poder 
acudir  á  Su  Santidad  como  lo  hice  la  vez  pasada  pues  si  se  vuelve  á  la  guerra 
con  los  rebeldes  será  cosa  imposible  poderlo  hacer,  que  yo  me  he  conniovido 
de  esta  sin  razón,  que  á  no  estar  Su  Santidad  de  por  medio  pasara  mucho  mas 
adetante;  pei'o  con  todo  eso  como  quiera  que  mi  intención  ha  sido,  és  y  siem- 
pre será  de  preferir  el  bien  público  y  universal  de  la  cristiandad  y  augmento 
de  nuestra  santa  fé  al  particular  mió,  no  he  podido  acabar  conmigo  de  dejar 
de  embiar  persona  al  rey  de  Francia  que  se  resienta  de  éste  agravio  ni  tam- 
poco suspender  la  ida  hasta  tener  respuesta  de  Su  Santidad,  mas  por  el  res- 
peto que  le  tengo  se  lo  he  querido  hacer  saber  al  mismo  tiempo  para  que  todo 
corra  á  un  paso.  Representareis  á  Su  Beatitud  que  á  no  estar  Su  Santidad  de 
por  medio  fuera  de  diferente  forma  él  resentimiento  que  embio  á  hacer  con 
el  Rey  de  Francia  pero  atento  el  respeto  que  yo  tengo  á  su  Santidad  se  le  dirá 
solamente  cuan  maravillado  me  tiene  él  aviso  de  ésta  liga,  y  que  apenas  la 
puedo  creer  por  más  que  se  califique  por  ser  acción  tan  indigna  de  Rey  cris- 
tianísimo que  le  pido  me  haga  saber  lo  que  en  esto  ha  pasado  y  si  lo  piensa 
remediar,  pues  se  halla  á  tiempo  si  quiere,  atento  que  aun  no  esta  prendado 
pues  la  liga  presupone  que  es  para  la  observancia  de  la  paz  y  ésta  no  está 
hecha  y  aviendo  el  mismo  pedido  le  tomen  por  medianero  y  teniendo  tanta 
mano,  como  dice,  con  Olandeses,  de  la  demostración  que  hubiere  se  conocerá 
si  quiere  mas  mi  amistad  que  la  suya. 

Y  aclarando  á  su  Santidad  mi  pecho  como  es  justo  le  diréis  que  mi  intento 
es  apurar  esta  verdad,  porque  si  el  Rey  cristianísimo  hace  en  esto  lo  que  pide 
la  razon  no  solo  holgaré  de  tener  y  conservar  con  el  buena  amistad  y  herinan- 
dad  pero  de  estrecharla  mas  si  á  su  Santidad  así  pareciere,  mas  si  debajo  de 
decir  que  es  mi  amigo  me  ha  de  hacer  obras  tan  contrarias,  mejor  me  será 
saber  que  es  mi  enemigo  declarado  que  no  que  debajo  de  capa  de  amigo  me 
haga  obras  de  enemistad. 

Diréis  más  á  Su  Santidad  que  la  persona  que  embio  á  Francia  llevará  or- 
den de  <;omunicar  con  el  nuncio  de  Su  Santidad  en  aquella  Corte  la  comisión 
que  lleva  y  todo  lo  que  hiciere  confidente  y  llanamente,  que  si  su  Beatitud 
quisiere  ordenar  algo  á  su  nuncio  á  este  propósito  lo  podrá  mandar  hacer  luego, 
aunque  lo  que  principalmente  deseo  que  le  ordene  es  que  penetre  la  intención 
de  aquel  Rey  y  le  haga  hacer  la  prueba  della  en  lo  que  se  trata  con  olandeses, 
pues  tal  podría  ser  él  efecto  que  en  ello  hiciese  en  beneficio  de  la  religión,  que 
es  lo  que  yo  principalmente  deseo,  y  en  los  demás  requisitos  de  la  paz  que  fuese 
justo  admitirse  y  estrecharse  mas  su  amistad  por  los  medios  y  pláticas  de  ca- 
samientos movida  por  su  Santidad  y  por  el  mismo  Rey;  pero  no  precediendo 
ésto  su  Santidad  verá  claro  que  él  seria  él  que  cerraría  la  puerta  á  lo  que 
tanto  ha  mostrado  desear,  pues  en  tal  caso  si  por  una  parte  lo  ha  pedido  por 
otra  desobligaría  dello.  Añadiréis  á  lo  dicho  que  su  Santidad  y  yo  somos 
igualmente  interesados  en  no  dejarnos  engañar  debajo  de  tantos  artificios  como 
el  Rey  de  Francia  usa  con  quiebra  de  nuestra  reputación  y  dando  que  decir 
á  las  gentes,  y  que  así  le  suplico  ordene  á  su  nuncio  diga  claro  lo  cierto  de  lo 
que  siente  de  la  intención  del  dicho  Rey  á  la  persona  que  embio,  i)ara  que  con 
la  verdad  que  apurase  de  verdadera  amistad  ó  falta  della,  pueda  yo  luego  to- 
mar la  resolución  que  mas  convendrá  á  mis  cosas. 

Y  por  que  la  persona  que  embio  lleva  como  queda  dicho  orden  de  comuni- 
car con  él  nuncio  de  su  Santidad  su  comisión  y  lo  demás  que  en  estos  negocios 
se  ofreciere  y  tener  con  él  muy  particular  conformidad  y  buena  corresponden- 
cia, será  bien  que  su  Santidad  le  ordene  que  haga  lo  mismo  con  él  y  procura- 
reis que  él  despacho  que  le  hubiere  de  embiar  sea  luego  sin  perder  hora  de 
tiempo  para  que  habiendo  hecho  los  ofizios  que  ha  de  hacer  co)i  el  Rey  de 
Francia,  pueda  cuando  llegue  la  persona  que  de  acá  vá,  que  partirá  luego,  ad- 
vertirle muy  en  particular  de  lo  que  se  ofreciere  para  que  tanto  mejor  pueda 
cumplir  con  lo  que  lleva  á  cargo,  y  ireisme  dando  cuenta  de  lo  que  en  todo  se 
hiciere.  II 


ACADÉMICO,  179 


II. 


El  Marqués  de  Aitona  al  Rey  Felipe  III  en  5  de  Julio  de  1608. 
(Archivo  general  de  Simancas. — Estado.— Legajo  988.) 

Extracto.  "Que  ha  sabido  por  resolución  cierta  que  él  Rey  de  Francia  es- 
pera con  mucho  gusto  á  D.  Pedro  de  Toledo  y  desea  él  efecto  de  los  parentes- 
cos; que  decia  Villeroy  su  gran  privado  que  si  quisiera  el  Rey  de  Francia  ha 
tenido  ocasiones  grandes  para  intentar  novedades;  que  el  mismo  VilleRpy 
dijo  que  no  hay  que  apartar  al  Duque  de  Saboyade  V.  M.  por  lo  que  está  in- 
teresado y  por  la  mucha  merced  que  V.  M  le  hace  pero  que  estarla  cauto  sin 
inclinarse  mas  á  la  una  parte  que  á  la  otra.  Que  el  Rey  aimque  desea  mucho 
los  parentescos  quiere  dar  á  entender  que  es  mas  el  interés  de  España  que  el 
de  Francia,  con  el  propósito  sin  duda  de  tratar  este  asunto  con  mayores  venta- 
jas; y  dice  "que  faltando  su  hija  segunda  la  que  querría  casar  con  él  Sr.  In- 
fante después  de  algunos  años  de  concertado  el  casamiento  quedaría  V.  M. 
con  los  estados  de  Flandes  pacíficos  por  Jo  que  él  ayudará  á  ello  y  que  el  no 
tendría  entonces  ningún  interés  sino  á  V.  M.  mas  poderoso  contra  él,  y  dice 
queáV.  M.  le  están  mejor  estos  casamientos  por  que  teniendo  los  dichos  Es- 
tados de  Flandes  pacíficos  se  ahorrará  V.  M.  todo  lo  que  gasta  en  la  guerra.  El 
encarece  que  á  V.  M.  le  está  bien  por  asegurar  mas  lo  que  desea  que  és  dejar  á 
su  hijo  de  tan  poca  edad,  en  muy  estrecha  amistad  con  V.  M.  y  á  V.  M.  obli- 
gado á  hacérsela,  n 

El  Marqués  de  Aitona  en  27  Abril  acusó  á  su  Magostad  el  recibo  del  despa- 
cho de  6  del  mismo  (1608),  en  que  se  le  mandaba  representar  al  Papa  el  senti- 
miento contra  el  Rey  de  Francia  por  que  al  mismo  tiempo  que  se  ofrecía  por 
medianero  de  la  paz  y  pedia  para  estrechar  las  relaciones  los  casamientos  por 
conducto  del  mismo  Papa,  favorecía  en  causa  de  olandeses  haciendo  liga  con 
ellos.  Que  habia  mostrado  el  Papa  sentir  este  proceder  del  Rey  de  Francia  y 
se  manifestaba  cansado  de  su  conducta  en  esto  y  en  otras  muchas  mas  cosas. 
Que  él  correo  con  orden  del  Papa  para  que  el  nuncio  trate  con  la  persona  que 
iva  á  París  á  penetrar  la  inteligencia  del  Rey  partiría  inmediatamente. 

El  Obispo  de  Montepulchiano  nuncio  de  su  Santidad  en  Francia  escribió 
al  Papa  en  28  de  Mayo  de  1608  la  conferencia  que  habia  tenido  con  Villeroy 
sobre  los  asuntos  de  España.  Dice  que  por  haber  estado  ftl  Rey  en  Fontene- 
bló,  á  caza,  no  habia  podido  tener  audiencia  de  su  Magestad  pero  que  habia 
conferenciado  con  Villeroy  en  lo  de  la  liga  con  olandeses,  liga  celebrada  sin 
conocimiento  del  Rey  de  España  á  lo  que  contestó  Villeroy  que  el  Rey  de 
Españn.  hizo  la  paz  y  se  acordó  con  él  de  Inglaterra  sin  dar  parte  de  ello  al  de 
Francia,  que  la  liga  habia  sido  en  palabra  con  los  olandeses  y  que  el  oficio 
fué  de  ceremonia,  pero  que  si  los  españoles  caminaban  con  serenidad  y  están 
resueltos  á  estrecharse  con  Francia  no  debían  tener  sombras  desta  materia, 
pues  las  sospechas  entre  los  dos  reyes  cuando  sean  unidos  con  parentescos  y 
separada  Flandes  de  España  no  tendría  su  Magestad  cristianísima  que  desear 
otra  cosa  que  ver  unido  á  la  obediencia  de  la  hija  y  del  hierno  á  los  olan- 
deses. 

Que  la  querella  de  los  españoles  no  podia  argumentar  sino  tibieza  de  in- 
clinación á  ésta  plática,  la  cual  le  obligaba  á  creerlo  tanto  mas  no  viendo  lle- 
gar la  persona  de  España  según  la  promesa  que  él  Sr.  Duque  de  Lerma  habia 
hecho  al  Embajador  de  su  Magestad  cristianísima.  Respondió  el  nuncio  que 
de  los  españoles  se  podia  argumentar  buena  disposición  pues  decían  libre- 
mente sus  dudas  y  que  todavía  trataban  de  enviar  persona  á  Francia  donde 
sino  era  llegada  procedía  del  maduro  consejo  que  se  acostumbra  tomar  en 
cosas  tan  graves. 

Que  habiéndole  obligado  á  dar  alguna  respuesta  al  Papa  le  dijo  que  escri- 
biese al  Papa  que  su  Magestad  estaba  dispuesto  y  pronto  á  hacer  el  uno  ú  el 


180  INFORME 

otro  pcarentesco  con  la  investidura  de  Flandes,  pues  el  rey  se  inclinaba  mas 
por  el  rey  de  España  que  por  olandeses  cuando  serán  parieMtes  y  se  tratará  del 
interés  de  su  liicrno.  Que  Toly  y  el  canciller  participantes  y  sabidores  liavian 
podido  colegir  que  eran  de  una  misma  voluntad  como  verdaderamente  los  ha 
hallado. 

Que  el  Embajador  de  Flandes  le  ha  dicho  haberle  sido  comunicado  en 
confianza  por  el  Sr.  Zaraetto  que  el  rey  le  ha  hablado  en  esta  materia  con  niu- 
cha  alegría  como  de  cosa  casi  hecha,  y  que  habiendo  de  embiar  á  criar  la  hija 
á  manos  del  Archiduque  y  de  la  Sra.  Infanta  tendría  gusto  de  llegarse  la  vuel- 
ta de  Cales  y  pasar  alguna  vez  disfrazado  á  Bruselas. 

Y  añade  : 

Che  per  lettere  particolari  di  Spagna  si  intende  cheD.n  Pietro  di  Toledo 
sará  la  persona  che  andará  in  Francia  in  compagnia  di  D.n  Baldasare  di  Zu- 
ñiga.  Ma  ne  TArabasatore  di  Spagna  ne  di  Jiandrane  sanno  cosa  alcuna  per 
via  di  Corte,  che  andando  eglí  trattará  con  essi  con  la  sólita  confidenza  che 
tratta  con  l'Ambassatore  dé  Fiandra,  il  quale  ha  ordine  dall'  Arciduca  di 
comraunicar  seco  con  gran  liberta  et  procurerá  che  da  tutte  le  parti  si  partí 
con  ogai  chiarezza  et  sinceritá. " 


III. 

Carta  cid  lley  al  Marqués  de  Aitona.=De  Madjrid  á  22  de  Noviembre  1608. 
(Archivo  general  de  Simancas.— Estado. — Legajo  núm.  1860.) 

Por  vuestra  carta  de  los  26  de  Agosto  queda  entendido  lo  que  os  dijo  él 
Papa  de  lo  que  deseaba  el  Rey  de  Francia  tubiesen  efecto  los  casamientos  que 
se  han  puesto  en  platica  y  que  habiéndole  de  tener  por  su  mano  como  lo  pide 
el  mismo  Rey  no  puede  ser  sino  cometiéndolo  ahí  á  quien  lo  trate  con  su  San- 
tidad con  todo  lo  demás  que  acerca  desto  apimtais,  y  lo  que  se  os  puede  res- 
ponder es  que  tuvistes  harto  buena  ocasión  para  representar  á  su  Santidad 
que  el  embiar  yo  á  D.n  Pedro  de  Toledo  á  Francia  nació  de  haberme  hecho 
decir  por  medio  de  su  nuncio  la  proposición  que  á  su  Santidad  se  le  habia  he- 
cho de  parte  de  aquel  rey  en  materias  de  casamientos,  y  que  al  mismo  tiempo 
que  trataba  desto  hizo  liga  con  los  rebeldes,  cosa  tan  contraria  que  me  obligó 
á  embiar  á  D.n  Pedro  á  resentirme  con  él  dicho  rey  y  que  supiese  las  causas 
que  le  habia  movido  á  una  resolución  tan  contraria  á  lo  que  habia  propuesto 
íl  su  Beatitud,  pues  no  le  habia  yo  dado  ninguna  como  vos  lo  habéis  visto 
])or  la  copia  que  os  embio  de  la  comisión  de  D.n  Pedro  (1)  el  cual  cuando  haya 
apurado  lo  que  á  esto  toca,  y  visto  lo  que  responde  el  Rey  de  Francia  respon- 
deré á  lo  que  agora  me  proponéis  de  pai-te  de  su  Santidad  sobre  la  misma  ma- 
teria; y  pues  por  lo  que  D.n  Pedro  os  ha  avisado  habéis  visto  que  aquel  Rey 
ha  negado  lo  que  primero  habia  diclio  á  el  nuncio  de  su  Santidad  fuera  bien 
que  se  lo  representaredes  y  a  lo  que  ésta  manera  de  proceder  le  obligaba  y 
qiie  no  debia  su  Beatitud  dejarse  engañar  de  hombre  que  lo  que  dice  un  dia 
niega  otro,  y  cuando  os  hablaren  en  estas  materias  justificando  mi  causa  des- 
cubriréis á  su  Santidad  las  marañas  del  Francés  para  que  vea  lo  poco  que  se 
I)uede  fiar  de  su  modo  de  proceder,  que  en  esto  os  pudierades  haber  alargado 
mas  estando  enterado  de  cuan  doblado  és,  y  avisareisme  de  todo  lo  demás  que 
acerca  destas  pláticas  piísaredes  con  su  Santidad." 


(1)     No  está. 


ACADÉMICO.  481 


IV. 


Estado.— Legíy  o  1860. 

Por  otra  carta  del  Rey  al  Marqués  de  Aitona  de  igual  fecha  que  la  anterior 
se  le  dice  "que  el  Marqués  D.  Pedro  de  Toledo  habia  escrito  diciendo  que 
allá  (en  Francia)  se  niega  haber  ofrecido  el  Eey  que  si  se  concluyese  el  casa- 
miento del  Infante  D.  Carlos  con  su  hija  segunda  cediéndole  los  Estados  de 
Flan  des,  el  haria  que  los  rebeldes  se  redujesen  á  la  obediencia  de  nuestra  san- 
ta madre  Iglesia  y  de  sus  Príncipes.  Que  conforme  estas  noticias  con  las 
indicadas  por  el  nuncio  cómbenla  que  apurase  esta  verdad  basta  saber  de  po- 
sitivo lo  que  el  dicho  Rey  ofreció  acerca  desto.  Que  advirtiese  á  su  Santidad 
que  la  ida  de  D.  Pedro  á  Francia  se  fimdó  en  lo  que  su  Beatitud  dijo  pot  me 
dio  de  su  nuncio  y  que  caminando  en  esta  plática  en  conformidad  de  lo  que 
el  Rey  de  Francia  ofreció  de  religión  y  obediencia  por  el  casamiento  y  cesión 
de  los  dichos  estados  holgaría  que  se  haga  y  daria  la  seguridad  que  convi- 
niere de  su  parte  para  el  cumplimiento  de  ello,  como  también  el  Rey  de  Fran- 
cia debia  dar  la  suya;  y  que  para  ello  procurase  con  la  instancia  que  el  caso 
pide  que  el  Papa  lleve  adelante  lo  que  en  esta  materia  comenzó  avisando  de 
lo  que  hubiere  y  á  D.  Pedro  de  Toledo,  n 

V. 

Archivo  general  de  Simancas. — Estado. — Legajo  1860. 

En  despacho  del  Rey  Felipe  III  al  Marqués  de  Aitona,  embajador  en 
Roma  de  IG  de  Noviembre  de  1608  hay  el  párrafo  siguiente. ="Tambien  he 
visto  lo  que  él  Papa  os  dijo  de  que  con  todo  lo  que  él  dicho  Rey  lel  de  Fran- 
cia) ha  negado  á  D.  Pedro  de  Toledo,  en  materia  de  casamientos  le  habia  ase- 
gurado su  embajador  que  su  amo  ayudarla  las  paces  de  Flandes  con  veras  y 
que  deseaba  mucho  los  casamientos,  y  con  ésta  ocasión  fuera  justo  que  leres- 
pondierades,  pues  sabiades  todo  lo  que  habia  pasado,  que  la  habia  tenido  su 
Santidad  muy  buena  para  resentirse  de  que  habiéndole  puesto  el  Rey  de 
Francia  por  medianero  para  tratar  de  matrimonios  entre  mis  hijos  y  los  suyos, 
negase  después  todo  lo  que  habia  dicho  mostrando  en  ésto,  como  lo  habia 
hecho  en  otras  cosas,  el  poco  respeto  que  le  tiene,  y  así  será  bien  se  lo  digáis 
y  le  advirtáis  que  al  mismo  tiempo  que  su  embajador  le  habló  en  ésto  estaba 
embiando  gente  escogida  á  los  rebeldes  (como  se  os  avisa  en  otra)  para  que 
vea  lo  que  se  puede  fiar  de  tal  modo  de  proceder,  que  pues  su  Santidad  lo  di- 
simula y  sufre  no  es  mucho  que  se  le  atreva... 

VI. 
Estado. — Inglaterra. — Legajo  núra.  2513. 

El  Embajador  de  Inglaterra,  D.  Pedro  de  Zúñiga  en  30  de  Julio  de  1608 
decia  al  Rey  Felipe  III  "que  habia  entendido  las  platicas  y  juntas  que  él  Em- 
bajador de  Francia  que  allí  residía  tubo  con  el  para  manifestarle  que  su  amo 
le  encargaba  diese  cuenta  al  Rey  de  Inglaterra  de  la  embajada  que  habia  lle- 
vado D.  Pedro  de  Toledo  para  tratar  de  casamientos  de  sus  hijos  que  aunque 
le  podian  estar  bien,  todavía  deseaba  correr  su  fortuna  con  él,  y  saber  si  se  po- 
día asegurar  de  que  en  Inglaterra  ayudarían  vivamente  á  los  rebeldes  de  ma- 
nera que  con  esfuerzo  pudiesen  volver  á  las  armas  y  holgara  de  tratar  allí  de 
cammientos  de  sus  hijos  jxira  cícando  tengan  edad  y  que  convenia  luego  dalle 
respuesta  para  poderla  el  dar  á  D.  Pedro  de  Toledo,  y   í\  este  propósito  dice 


182  INFORME 

que  aquel  Key  hizo  poca  instancia  en  ello.  El  consejo  fué  de  parecer  que  se 
escribiese  á  D.  Pedro  de  Zúñiga  que  podia  responder  que  D.  Pedro  de  Toledo 
no  llevó  orden  de  tratar  de  casamientos  sino  en  caso  que  le  hablaran  de  ellos 
por  haberse  movido  ésta  platica  de  parte  del  Rey  de  Francia  por  medio  del 
Papa  aunque  agora  lo  niega  por  que  va  en  todo  sobre  falso  y  con  intento  de 
engañar,  ir 

En  otra  de  17  de  Diciembre  de  1609  D.  Pedro  de  Zúñiga  manifiesta  al  Rey 
Felipe  III  "que  el  Embajador  de  Inglaterra  residente  en  Francia  al  despe- 
dirse de  aquel  Rey  le  pidió  le  dijese  lo  que  habia  en  materia  de  casamientos 
para  decirlo  á  su  amo,  porqué  habia  rumor  de  que  se  trataba  uno  con  España 
y  otro  con  Saboya.  Que  el  Rey  le  respondió  que  era  verdad  que  en  esta  mate- 
ria se  tenian  discursos,  pero  sin  conclusión  alguna;  que  confesaba  que  estaba 
su  corazón  muy  inclinado  a  estos  parentescos  por  ser  los  mas  honrados  y  po- 
derosos de  toda  la  cristiandad  y  que  el  que  pudiera  hacer  con  Inglaterra  no 
habia  lugar  por  qué  su  amo  con  este  nuevo  libro  (1)  habia  desviado  mucho  de 
sí  los  corazones  de  todos  los  Príncipes  católicos  y  que  aunque  él  por  él  amor 
que  le  tenia,  habia  procurado  mitigar  el  ánimo  del  Papa,  habian  Uegado  las 
cosas  A  tal  término  que  ni  él  ni  otros  podiau  continuar  estos  oficios  (2).it 

VII. 

Las  emhaxadas  célebres  de  los  Duques  de  Rtimena,  y  de  Pa^tr ana,  para  la  con- 
clusión de  los  casamientos  del  Rey  de  Francia  Luys  XIII  y  del  Frinciiie  de 
España  Felipe  I V. 

(Códice  n.  50  Ms    de  la  Biblioteca  Nacional,  pág.  51.) 

Tratando  etc. 

Para  este  dia  (22  Agosto  segunda  audiencia)  dexo  el  duelo  la  Corte  de  Es- 
paña (fuera  del  Rey)  haziendo  lo  mismo  el  de  Humena,  y  los  de  su  compañía. 

Entre  los  acuerdos  se  expressaua:  Que  la  Infanta  renunciaua  poder  suceder, 
ni  sus  hijos,  ni  descendientes  en  ningún  Estado  de  España,  sino  en  dos  casos 
solamente:  quedando  ella  viuda  de  Luys  XIII  boluiendo  á  España,  y  también 
si  por  razón  de  Estado,  por  el  bien  público  de  los  Reynos  de  España,  y  por 
justíis  consideraciones  se  cassase  con  voluntad  del  Católico  Rey  su  Padre,  ó 
del  Principe  su  hermano.  Finalmente  concluydo  el  acto,  y  pedida  licencia  en 
otra  audiencia,  se  partió  el  Duque  para  Francia  muy  acariciado  y  los  suyos 
,  con  la  magnilicencia  del  Rey:  y  el  agrado  de  la  mucha  cortesía  y  benevolen- 
cia de  España.  Escriuió  el  Príncipe  á  Madama  Isabel,  y  el  secretario  de  la 
primera  carta  fue  Don  Juan  Idiaquez,  que  dize  assí:  Señora  embidia  tengo  á 
Don  Iñigo  de  Cárdenas,  y  que  á  de  verá  V.  Alteza  primero  que  yo:  pagúe- 
melo en  tenerme  muy  en  su  memoria,  que  selo  meresco  por  tenerla  á  V.  Alteza 
en  la  mia.  Espero  en  Dios,  muy  breue  se  certificara  á  V.  Alteza  deste  amor, 
y  verdad  mia,  yo  deseo  que  sea  luego. 

Hizo  su  vistosa  entrada  (Pastrana)  por  la  puerta  de  San  Jaques  con  este 
orden,  los  clarines  españoles  con  cotas  de  armas  de  tela  de  oro,  y  encarnado 
con  las  armas  del  Duque  Embaxador;  ochenta  y  ocho  azemilas  con  reposteros 
de  tapizeria,  y  armas  del  i'uque  y  las  de  su  compañía:  los  Caualleros  y  cria- 


(1)  XJn  libro  que  publicó  contra  el  Papa  llamándole  el  ante-cristo. 

(2)  Debo  estos  documentos  con  sus  extractos  á  la  diligencia  é  ilustración  de  mi 
de  mi  distinguido  amigo  D.  Francisco  Diaz,  archivero  interino  del  general  de  Siman- 
cas. Con  las  anteriores  cartas  paréceme  que  queda  clara  la  cuestión  de  matrimonies  y 
doblez  de  Enrique  IV,  así  como  que  de  él  xiartieron  las  projiosiciones  de  matrimonios. 
También  cae  por  tierra  lo  aseverado  por  Mr.  Perrens  sobre  las  instrucciones  de  don 
Pedro  de  Toledo  y  sobre  otras  muchas  cosas  expuestas  por  dicho  autor  hasta  el  punto 
de  constituir  por  sí  solas  la  mejor  refutación  de  su  libro. 


ACADÉMICO.  1  85 

dos  costosissimamente  vestidos,  siete  azemilas  con  reposteros  de  terciopelo 
carmesí,  bordados  de  ©ro  y  plata;  diez  correos,  treinta  y  ocho  azemilas  con  los 
guarda  joyas,  sesenta  y  ocho  personas  con  los  oficios  de  su  cámara  en  postas; 
luego  en  su  segiiimiento  dos  clarines,  y  catorce  pages  del  Duque  de  Neuers 
en  cauallos  españoles,  y  la  librea  española,  después  doze  clarines  del  Rey  con 
casacas  de  terciopelo  blanco,  veinte  caualleros  españoles,  vestidos  de  tela  de 
oro  y  plata,  cada  vno  en  medio  de  dos  Señores  Franceses,  y  los  principales 
eran  los  dos  hermanos  del  de  Pastrana,  Don  Francisco,  y  Don  Diego  de  Silua, 
el  Conde  de  Galue,  dos  Marqueses,  dos"  deudos  del  Duque  Don  Antonio  y 
Don  Pedro  de  Silua,  Don  Sancho  de  Leyua,  Don  Juan  Maldonado,  Don  An- 
tonio del  Águila,  el  Adelantado  del  Rio  de  la  Plata,  Don  Manuel  de  Meneses, 
Don  Rodrigo  Herrera,  Don  Alonso  de  Luna,  Don  Gabriel  de  Chaues,  y  Don 
Fernando  de  Leiua,  y  otros  Caualleros.  Después  el  Duque  de  Pastrana  bi-i- 
llante  de  oro  y  pedrería  sobre  vn  brioso  y  bien  enjaezado  cauallo,  y  el  Duque 
de  Neuers  á  mano  izquierda.  Con  esta  Magestad  entró  en  Paris,  y  fué  hospe- 
dado en  la  Rúa  de  San  Antonio  en  la  casa  de  Rochelaura. 

VIII. 

La  Emhaxada  que  hizo  a  Francia  el  Duque  de  Pastrana  imra  la  conclusión 
del  casamienio  del  Príncipe  de  España  Feliqn  I V. 

(Códice  n.  Ms.  de  la  Biblioteca  Nacional,  pág.  55.) 

Tres  dias  antes  que  llegasse  a  Paris  el  Duque  de  Pastrana,  fue  la  Reyna 
auer  la  composición,  y  aderezo  de  la  casa  de  Rochelaura.  La  misma  tarde  que 
llegó  ala  posada,  visito  al  Duque  de  parte  del  Rey  Mos  el  Grande  (que  es 
cauallerizo  mayor)  acompañado  de  mucha  Nobleza,  y  cantidad  de  hachas 
blancas  por  ser  de  noche.  El  Jueues  a  IG  de  Agosto  alas  dos  después  de  medio 
dia  embio  Mos  el  Grande  de  parte  de  sus  Magestades  al  de  Pastrana  treinta 
cauallos  con  gualdrapas  de  terciopelo  negro,  y  seis  carrozas,  las  dos  a  seis  caua- 
llos, las  otras  dos  a  quatro  y  las  vltimas  a  dos.  Después  salió  a  acompañar  al 
de  Pastrana  el  Duque  de  Guisa  con  sus  dos  hermanos  el  Principe  de  Zoinville, 
y  el  cauallero  de  Guisa,  su  primo  el  Duque  de  Elbeiif,  los  Marqueses  de  Ner- 
moustier,  de  Nesle,  y  de  la  Valeta,  los  Señores  de  Crequi,  de  San  Luc,  de 
Bassompierre,  y  de  Termes,  y  mucha  Nobleza,  todos  con  costosissimas  ga- 
las. Halló  al  de  Pastrana  con  la  Nobleza  Española,  todos  acanallo,  y  mucha 
vizarría,  y  con  gallardo  orden  llegaron  a  Loure,  llenando  el  de  Guisa  la  mano 
izquierda.  Estañan  en  la  puerta  del  Palacio  con  buen  orden  el  Capitán  de  la 
Guarda  con  sus  Archeros  en  dos  hileras,  el  gran  Preuoste,  sus  Lugartenientes 
con  los  demás  Archeros,  y  la  compañía  ordinaria  de  los  Suyzos.  En  la  gran 
Sala  hizieron  la  misma  assistencia  el  Capitán  de  las  Guardas,  sus  Tenientes  y 
Archeros  y  fue  receñido  el  Duque  del  Conde  de  Suisons,  estando  los  pages  de 
la  pequeña,  y  grande  cauallería  tendido  a  lo  largo  de  aquella  sala  con  hachas 
de  cera  blanca  encendidas:  y  entro  por  la  Cámara  del  Rey  en  la  Galería,  en 
donde  la  esperaua.  En  los  dos  lados  desta  Galería  auia  vn  palenque  vestido 
de  alfombras  y  por  el  contorno  los  pages  de  los  Reyes  también  con  hachas 
encendidas.  De  frente  auia  vna  tarima  bien  leuantada,  cubierta  de  vna 
alfombra  de  terciopelo  violado,  sembrado  de  flor  de  lises  de  oro,  y  vn  dosel  de 
la  misma  forma,  y  arrimadas  dos  sillas,  la  del  Rey  de  terciopelo  azul,  y  la  de 
la  Reyna  de  terciopelo  negro,  a  mano  izquierda  con  muchas  Princesas  y  Da- 
mas. Estando  el  Duque  en  la  Galería,  y  los  suyos  arrimados  alos  Palenques 
con  plaga  para  los  Caualleros,  se  detuuo  vn  poco  hasta  que  el  Mariscal  de 
Bois  Daufin  le  hizo  passar  adelante.  Hechas  sus  cortesías  presentó  al  Rey  ym, 
carta,  diziendole:  Que  el  Rey  su  Señor  le  auia  embiado  para  assegurar  a  su 
Magestad  de  su  afición  y  estimación  que  liazia  de  la  suya.  Entonces  el  Rey  le 
abrago  y  le  respondió:  Yo  agradesco  al  Rey  de  España  mi  hermano  su  buena 
voluntad,  la  mia  estava  siempre  dispuesta  a  honrrarle  como  a  padre  y  amarle 


184  INFORME 

como  a  hermano.  Puede  assegurarse  bien  la  infanta  de  mi  entera  afición  a  su 
seruicio,  y  de  que  la  amare  perfectamente.  Y  también  se  assegure  Mos  el 
Principe  de  España  que  le  tengo  de  amar  con  toda  afición  como  a  hermano 
proprio.  Haziendo  el  Duque  vna  cortes  reuerencia,  boluiose  ala  Keyna,  y  con 
grandes  sumissiones  le  presentó  otra  carta.  Después  de  muchas  razones  y  cor- 
tesías x^idió  el  Duque  licencia  para  besar  la  mano  a  Madama  la  infanta.  Lle- 
ude el  de  Guisa  por  otra  Galería  ala  antecámara,  donde  le  reciuieron  los 
quatro  Mayordomos,  y  le  acompañaron  hasta  donde  estaña  Madama  assentada 
en  vna  silla  baxa  debajo  de  vn  dozel  de  terciopelo  carmesí,  con  franjas  de  oro, 
vestida  con  ropa  encarnada,  bordada  de  oro,  y  mucha  pedrería,  pendiente  al 
pocho  vna  cruz  de  inestimable  valor,  con  vna  sarta  de  perlas  gruessas,  con  el 
aderec^o  de  la  cabeca  vistoso  y  rico,  dando  estimación  a  todo  esto  su  rara  her- 
mosura. Haziendo  el  Duque  tres  reuerencias  la  besó  la  mano,  y  entretanto 
que  hazian  lo  mismo  los  Caballeros  Españoles,  hizo  vna  cumplida  visita  a  su 
hermano  y  hermanas,  y  acabados  los  cumplimientos  se  boluió  asu  casa  con  el 
mismo  acompañamiento  que  salió  della. 

El  sábado  il  25  de  Agosto  dia  de  San  Luys  Rey  de  Francia  le  señalaron  al 
Duque  para  darle  la  segunda  audiencia,  en  que  se  aula  de  leer  y  firmar  el 
contrato  del  Matrimonio.  Tomó  á  su  cargo  el  Príncipe  de  Conty  acompañar  al 
Duque  á  Palacio,  y  assi  alas  cinco  de  la  tarde  fue  por  el,  y  dentro  de  la  car- 
roza del  Rey  y  el  Embaxador  ordinario  con  Mos  de  Bonneuil  hizieron  su  ca- 
mino, siguiéndoles  veinte  y  cinco  carrozas  llenas  de  Caualleros  Españoles  y 
Franceses,  todos  con  nueuas  y  vistosas  galas  y  quarenta  pages  del  Duque, 
todos  con  libreas  costosissimas.  Llegando  á  Loure,  entró  »n  la  galería,  donde 
le  esperauan  el  Rey  con  la  Reyna  su  madre,  la  Reyna  Margarita,  Roberto 
Obispo  de  Montepulciano,  Nuncio  de  su  Santidad,  el  Marques  de  Boti  Em- 
oaxador  de  Florencia,  los  Príncipes  déla  Sangre,  y  otros  Señores  con  las 
Damas  déla  Corte.  Después  de  auer  hecho  el  Duque  sus  reverencias,  y  to- 
mado su  puesto,  mandó  la  Reyna  á  Villeroy  leyesse  los  acuerdos  del  casa- 
miento de  Isabel  con  el  Principe  de  España,  firmados  por  el  Rey,  el  Duque 
do  Pastrana  y  la  Reyna  madre,  recibió  al  acto  el  Señor  de  Seaux  Secretario  de 
instado;  boluiendolo  á  entregar  al  Señor  de  Villeroy;  y  con  esto  se  boluió  el 
Du.que  á  su  casa  con  el  mismo  acompañamiento.  Al  otro  dia  Domingo  á  26  de 
Agosto  celebró  el  sarao  la  Reyna  Margarita  Real  y  magestuosamente  assis- 
tiendo  a  el  sus  Magostados,  Madama  Isabel,  las  Princesas  y  Grandes  del  Rey- 
no.  Los  primeros  que  danzaron  fue  el  Rey  con  su  hermana  Isabtl,  después 
el  Cauallero  de  Luisa  con  la  Duquesa  de  Vendosme.  Madama  Isabel  daugó 
vn  canario  con  el  Duque  de  Elbeuf.  Mos  de  Bressieux  la  gallarda  con  la  Du- 
quesa de  Aumalla:  y  con  la  misma  el  Duque  de  Pastrana:  y  el  después  con  la 
Princesa  de  Conty,  y  la  Princesa  con  el  segundo  hermano  del  Duque:  este  con 
la  Duquesa  de  Guisa,  y  su  Excelencia  con  el  otro  hermano,  que  dan9Ó  des- 
pués con  la  de  Vendosme,  y  su  Excelencia  con  el  caballero  de  Guisa.  Y  la 
Reyna  madre  mandó  al  Duque  de  Pastrana  sacasse  á  danzar  á  Madama  la 
Princesa  de  España,  que  se  reuzó,  diziendo:  que  en  España  no  acostumbraban 
los  Grandes  y  Señores  dangar  con  las  Princesas,  e  Infantas:  y  la  Reyna  ma- 
dre, por  escusar  porfías,  mandó  ala  Princesa  sacasse  al  Duque,  como  lo  hizo. 
Y  finalmente  se  acabó  el  dangar  con  vna  folia,  en  la  qual  entraron  Madama 
Isabel,  el  de  Pastrana,  la  condesa  de  Soissons,  el  Principe  de  Jonuille,  y  los 
demás  con  las  demás  Princesas.  Diose  remate  al  sarao  con  vna  colación  ex- 
plendidissima.  Boluiendo  las  visitas  el  de  Pastrana,  y  haziendo  otras  cumpli- 
das alas  Princesas,  despidióse  délos  Reyes,  de  Madama  Isabel,  y  de  sus  her- 
manos: y  después  auiendo  embiado  delante  la  mayor  parte  de  su  compañía  a 
Orleans,  se  partió  de  Paris  con  quatro  carrozas  del  Rey.  Comió  en  Corbéil,  y 
durmió  en  Fontaineblau,  passo  por  Orleans  á  25  de  Setiembre  llego  a  Bur- 
deas,  donde  hallo  al  Duque  de  Humena,  que  se  visitaron.  Al  otro  dia  de  ma- 
ñana se  partió  el  de  Pastrana  para  la  corte  de  su  Rey,  y  el  de  Humena  tomó 
la  posta  para  Paris  á  donde  llegó  primero  de  Octubre  y  fue  recibido  de  todos 
los  de  la  casa  de  Lcrena  y  otros  Principes  con  mucha  alegría. 


INFORME  185 


IX. 


Relación  del  Desposorio  que  se  celebró  en,  la  Ciiidad  de  Burgos  entre  la  Serenisi- 
ma  Princessa  de  España  Doña  Ana  y  el  Ghristianissimo  Principe  Luis 
de  Francia. 

(CódiceH.  50.  Ms.  de  la  Bibli  ot.  Nacional,  pág.  385.) 

Domingo  dia  de  San  Lucas  18  de  Octubre  de  1615  años  a  las  once  del  dia 
salieron  de  su  Palacio  que  es  la  cassa  del  Condestable  de  Castilla  tiene  en  la 
Ciudad  de  Burgos.  Iba  la  Real  Magestad  del  Rey  Don  Phelipe  3.°  acompaña- 
do de  sus  bijos,  y  Príncipes,  y  Grandes  de  su  Corte  en  esta  manera.  Toda  la 
guarda  española,  y  Alemanes  con  sus  capitanes,  que  eran  el  de  Camarassa,  y 
el  de  siete  Iglesias  y  sus  Tini  entes  Alférez  y  demás  ministros  y  todos  con  li- 
breas nueuas  y  muy  ricamente  aderezados,  y  acabada  la  guarda  yban  los  Ata- 
bales trompetas,  y  menestriles,  y  luego  4  Reyes  de  Armas.  Tras  ellos  comen- 
zaron los  Caualleros  Duques,  Condes,  y  Marqueses  y  embajadores  que  serian 
en  todo  hasta  ciento  ricamente  aderezados  sus  personas ,  y  cauallos  con  vesti- 
dos vordados,  y  llenos  de  muy  ricas  joyas,  y  pedrería,  de  tal  manera  que  al- 
gunos señores  como  era  el  Almirante  de  Castilla,  el  de  Velada ,  Saldaña,  Pe- 
ñafiel,  el  de  los  Arcos,  el  de  Mirabel,  y  otros,  era  necesario  yríes  ayudando  a 
tiempos  a  leuantarles  las  capas  por  el  mucho  peso  (|ue  tenian.  Los  cauallos 
yban  con  sus  gualdrapas  cabezadas  y  colas  bordadas  sobre  terciopelo  negro 
de  la  mesma  manera  que  las  capas  y  muy  largas  y  cumplidas  las  gualdrapas,  y 
demás  aderezo  que  parecía  que  los  cauallos  tenian  harto  que  llenarlos  con  sus 
dueños  enzima,  y  los  que  yban  en  esta  forma  serian  hasta  24.  Sin  los  demás 
que  yban  ricamente  aderezados,  que  por  todos  serian  los  ciento  que  esta  dicho. 

Todos  estos  señores  lleuauan  a  ocho,  y  a  doce  Paxes,  y  otros  tantos  lacayos 
con  muy  ricas  libreas  de  diferentes  sedas  y  colores,  con  mucho  oro  y  bordadas 
algunas  y  con  cadenas,  y  otros  aderezos  de  oro  que  huuo  mucho  que  ver.  Es- 
tos Señores  yban  por  su  orden  hasta  llegar  a  la  Carroza  de  la  Reyna,  tras 
ellos  yba  la  Catholica  Real  Magestad  del  Rey  Don  Phelipe  en  vn  cauallo  ri- 
camente aderezado,  yba  vestido  calza,  y  coleto  de  Rasso  blanco,  y  capa  de 
terciopelo  negro  guarnecida  con  votones  de  oro  y  lo  mismo  la  gorra  con  su 
tusón  al  cuello,  y  a  sus  lados  junto  a  los  estribos  sus  cuatro  cauallerizos.  Y 
luego  yba  vna  carroza  muy  rica  de  brocado  por  dentro ,  y  fuera  bordada  con 
grande  pedrería,  y  clauos,  y  ruedas,  y  toda  la  madera  por  dentro,  y  fuera  bor- 
dada muy  ricamente,  la  qual  lleuauan  seis  cauallos  alazanes  Napolitanos  muy 
grandes  con  ricos  aderezos  bordados,  de  terciopelo  carmesí  sobre  que  estaua  lo 
bordado:  esta  carroza  lleuaua  dos  cocheros,  y  dos  mozos  de  coche  vestidos  de 
terciopelo  carmesí  bordado  de  oro  muy  cumplidamente.  En  ella  yba  el  Serení- 
simo Principe  Don  Phelipe  4  y  su  hermana  la  Princesa  Doña  Ana  Reyna  de 
Francia  a  la  cabecera  y  enfrente  los  Infantes  Don  Carlos,  y  Don  Fernando ,  y 
en  medio  la  Infanta  Doña  Margarita  ricamente  aderezados,  como  para  tal  oca- 
sión. 

Su  Magestad  déla  Reyna  yba  vestida  de  nacarado  vordado  y  lo  mismo  el 
Principe  y  Infantes  junto  a  esta  carroza,  yba  el  Marques  de  Velada  mayordo- 
mo mayor  y  el  Duque  de  üceda,  ayo  del  Principe  y  alderredor  della  muchos 
caualleros,  y  Señores  y  quatro  maceros  con  cetros  Reales.  Luego  el  Embaja- 
dor de  Francia  ricamente  aderezado  en  vn  cauallo  muy  galán  como  los 
grandes. 

Luego  yba  el  Duque  de  Lerma  en  vna  siUa  muy  ricamente  aderezada  y 
era  de  brocado  bordada  por  dentro  y  fuera  acompañado  de  muchos  caualleros 
a  pie,  y  a  cauallo,  yba  por  esta  forma  por  estar  indispuesto  de  tercianas.  Luego 
yba  la  camarera  mayor  de  la  Reyna,  y  la  muger  del  Embajador  de  Francia. 
Tras  esto  yba  en  vna  carroza  el  Padre  Confesor  de  Su  Magestad  y  sus  compa- 

TOMO   XIX. 


186  INFORME  ACADÉMICO. 

ñeros.  Y  otras  carrozas  de  Damas  y  mugeres  de  Grandes,  ricamente  adereza- 
das que  serian  hasta  doce  coches,  y  en  cada  vna  dellas  dos  y  quatro  señores 
de  titulo  ricamente  aderezados  como  los  de  adelante. 

Con  este  acompañamiento  y  f  auorecidos  del  buen  dia  que  les  hizo  llegaron 
Sus  Magestades  a  la  Sancta  Iglesia  metropolitana  de  la  Ciudad  de  Burgos 
donde  estaua  el  Arzobispo  y  Nuncio,  y  el  Cabildo,  y  Capellán  Real  y  Cape- 
líajies  de  la  Capilla  Real  y  otros  muchos  señores  esperando  sus  personas  Rea- 
les, fueron  con  mucha  música  a  la  Capilla  mayor  adonde  estaua  hecho  vn  ta  - 
blado  muy  grande  que  tomaua  toda  la  Capilla  donde  estaua  la  cortina,  como 
suele  ponerse.  Sentóse  el  Rey  el  primero  en  su  silla,  y  luego  la  Reyna,  y  luego 
el  Principe  y  los  Infantes  y  Infantas  en  Almoadas  de  terciopelo.  Dijo  el  Arzo- 
bispo la  missa,  y  acabada  celebraron  los  despossorios  entre  el  Duque  de  Ler- 
ma  en  nombre  del  christianissimo  rey  de  Francia  con  la  serenissima  Princessa 
de  España. 

El  Arzobispo  fue  el  Cura,  y  acabados,  y  auiendose  cantado  mucho ,  y  he- 
chos muchos  regocijos  por  los  músicos  se  salieron  todos,  y  se  pusieron  en  sus 
cauallos  y  carrozas,  como  auian  venido.  Su  Magestad  honró  mucho  al  Arzo- 
bispo porque  al  salir  de  la  Iglesia,  le  echó  los  brazos,  y  se  rió  con  el  con  mu- 
cho gusto  mostrando  el  mucho  que  tenia  en  esta  ocasión.  Bolbieron  por  las 
mismas  calles  por  do  se  auian  ydo  que  son  la  Plaza,  y  Cerrajería,  y  Saomental, 
las  quales  estaban  muy  ricamente  aderezadas  con  grandes  colgaduras  de  grande 
valor,  como  para  semejante  ocasión. 

Comió  Su  Magestad  en  público  con  la  Reyna,  y  el  Príncipe  gustando  mu- 
cho de  que  la  gente  le  viesse,  y  con  auer  alguna  licencia  en  las  Puertas,  en- 
traron mas  de  600  personas  averíos,  sin  los  Grandes,  y  demás  señores  que  ser- 
uian  ala  mesa.  Las  Damas  estañan  á  la  mano  derecha,  todas  en  pie  arrimadas 
ala  pared,  y  con  ellas  algunos  señores  hablando.  El  Arzobispo  hecho  la  ben- 
dición ala  messa,  el  qual,  y  el  Nuncio,  y  el  Embajador  de  Francia,  y  todos  los 
Grandes  estuuieron  en  pie  mientras  duró  la  comida  y  el  de  Velada,  como  ma- 
yordomo mayor  estaua  junto  ala  silla  del  Rey,  y  el  de  Uceda  como  ayo  junto 
ala  del  Príncipe  arrimados  ala  pared  debaxo  del  dosel  de  los  Reyes  auia  qua- 
tro músicos.  Menestriles,  Cantores,  Vigüelas  de  arco.  Vigüelas  guitarras,  Ra- 
beles, y  arpas,  y  cantauan  algunas  letras  muy  buenas  en  alabanza  de  la  Reyna 
que  parecía  cosa  del  cielo. 

A  la  tarde  huuo  sarao  publico  que  fue  mucho  de  ver,  ala  noche  luminarias 
y  muchas  inuenciones  de  fuego.  El  sábado  antes  auia  auido  vna  mascara  de 
treinta  y  seis  caualleros  todos  de  Burgos  con  ricas  libreas  bordadas  de  tela  de 
oro  y  con  gran  música  corrieron  delante  de  Palacio  y  del  Embajador  de  Fran- 
cia, y  otras  partes,  yban  en  quatro  quadrillas  vestidos  la  vna  Española,  y  otra 
francesa,  y  otra  Alemana,  y  otra  Portuguesa,  y  todos  muy  al  proprio  como  si 
de  las  naciones  dichas  fueran.  Lunes  huuo  toros,  y  juego  de  cañas  con  capa,  y 
gorra  muy  bien  corridas,  que  las  fiestas  Reales  se  guardaron  para  la  vuelta. 


RECUERDOS  DEL  CASTILLO  DE  NOREM. 


I. 


Si  los  restos  de  antiguos  monumentos  en  un  país  pueden  formar  el  me- 
jor índice  cronológico  de  su  historia,  ninguno  es  más  digno  que  Asturias 
del  estudio  preferente  de  los  cronistas.  En  sus  templos  y  en  sus  castillos; 
en  lo  profundo  de  sus  valles  y  sobre  la  cumbre  de  sus  montañas  ,  encuén- 
trase gravada  con  caracteres  indelebles  la  existencia  del  pueblo  asturiano 
en  todas  sus  grandes  vicisitudes;  en  sus  glorias  y  en  sus  infortunios;  con  su 
heroísmo  ejemplar  y  su  servidumbre.  AUi  unidas  se  ostentan  la  grandiosi- 
dad de  sus  hechos  y  la  humildad  de  sus  costumbres.  Allí  se  leen  la  tradi- 
ción y  la  conseja,  la  epopeya  y  el  idilio. 

Agigantados  sus  monumentos  por  la  óptica  de  los  siglos,  destácanse 
entre  las  obras  de  modernas  generaciones,  como  columnas  de  granito  ro- 
deadas de  chozas.  A  su  aspecto,  el  indiferente  se  detiene  absorto,  y  si  no 
acierta  á  leer  en  las  ruinas,  si  no  comprende  lo  que  revelan  y  predicen,  bus- 
cará ansiosamente  al  hombre  observador,  querrá  escuchar  la  voz  austera  de 
la  ciencia  y  el  eco  vibrante  de  la  inspiración:  invocará  tal  vez  al  sabio  y  al 
trovador.  Tal  sucede  delante  de  Noreña. 

Todo  el  que  se  haya  encontrado  con  los  informes  cuanto  excasos  restos 
situados  á  dos  leguas  de  la  ciudad  de  Oviedo,  en  la  parte  Sur  de  la  villa  que 
se  conoce  con  el  propio  nombre  de  Noreña,  por  más  que  hubiere  de  consi- 
derar con  asombro  la  fortaleza  que  habrán  sustentado  aquellos  muros,  en 
los  remotos  tiempos  de  su  existencia,  á  juzgar  por  el  espesor  de  sus  ci- 
mientos, el  cual  pasa  de  diez  pies ,  y  por  la  fortísima  trabazón  de  sus  pie- 
dras, seguramente  no  se  aproximará  en  su  juicio  al  limite  de  lo  cierto,  res- 
pecto á  la  importancia  inmensa  de  dicho  castillo,  desde  la  época  de  su  fun- 
dación hasta  la  de  su  ruina. 

Es  un  monumento  ante  el  que  se  apaga  la  voz  misteriosa  de  la  tradición 
para  que  con  toda  claridad  se  perciba  el  resonante  acento  de  la  historia. 


188  RECUERDOS 

La  creencia  más  general  atribuye  su  fundación  á  D.  Rodrigo  Alvarez  de 
las  Asturias,  de  la  casa  de  Nava,  durante  el  reinado  de  Alfonso  VII,  no  pre- 
cisando el  año  del  hecho  ni  los  cronistas  de  entonces,  ni  los  historiadores 
sucesivos.  Este  caballero  era  descendiente  de  otro  del  mismo  nombre,  abue- 
lo del  Cid  Campeador;  y  era  además  padre  del  famosísimo  que  tantas  hon- 
ras mereció  del  rey  D.  Fernando  el  Santo,  á  causa  de  la  extraordinaria  bi- 
zarría que  demostró  en  el  célebre  cerco  de  Sevilla. 

En  cuanto  al  nonabre  de  Noreña,  asegúrase  que  tiene  su  procedencia  en 
el  de  la  antigua  Nanlimium,  cuidad  que  Tholomeo  comprende  entre  las 
veintidós  que  formaban  la  Asíúrica-Augusía;  aunque  algunos  dan  por  cier- 
to que  proviene  de  Noraco,  rey  de  la  comarca,  allá  en  los  tiempos  míthicos. 
Pero  con  mayor  fundamento  discurren,  según  mi  entender,  los  que  atribu- 
yen su  origen  al  riachuelo  que  serpea  por  la  colina,  sobre  la  cual  se  asienta 
la  villa,  y  va  á  desaguar  en  el  Norario. 

Si  del  polvo  de  los  viejos  cronicones  han  salido  á  la  luz  soberana  de  la 
Historia  preciosidades  sin  cuento,  innumeírables  estrellas  cuyos  vividos  ra- 
yos no  ha  podido  ofuscar  el  sol,  también  con  harta  frecuencia  fueron  en- 
terrados bajo  aquel  polvo  venerable,  tesoros  de  no  menor  valía  ,  y  secadas 
para  siempre  fuentes  de  riquezas  tradicionales,  que  habían  sido  inagotables. 

He  indagado  en  los  archivos;  he  escudriñado  en  las  bibliotecas;  he  com- 
pulsado; he  comparado  los  datos  más  contradictorios  para  acercarme  á  la 
verdad,  como  la  balanza  se  aproxima  al  fiel;  y  á  punto  estuve  de  arrojar 
desesperadamente  la  pluma,  dejando  á  otro  investigador  de  mejor  fortuna 
la  improba  tarea  de  decir  algo  acerca  del  castillo  de  Noreña,  haciendo  un 
boceto  histórico  con  las  excasas  y  pálidas  tintas  que  me  ha  sido  posible  en- 
contrar, con  las  palabras  suficientes  á  la  relación  exacta  de  los  hechos,  ó 
como  suele  decirse,  á  la  vida  y  milagros  del  castillo. 

H. 

No  acostumbrado  á  detenerme,  después  de  haber  andado  la  mitad  de  un 
camino,  y  como  quiera  que  el  de  mis  investigaciones  hubiese  cedido  no 
poco  de  su  aspereza,  después  de  algunos  afanes  que  no  he  de  ponderar,  poj 
ser  míos;  habiendo  salvado  lo  pehgroso  de  las  conjeturas,  y  casi  en  plena 
posesión  de  lo  cierto,  hé  aquí  que  me  revisto  de  toda  la  autoridad  de  un 
auténtico  cronista,  ó  para  mayor  propiedad,  de  la  de  un  historiador  con- 
cienzudo. 

Nadase  cuenta  de  particular  acerca  de  los  tres  primeros  Rodrigos  que 
fueron  poseedores  del  castillo,  al  menos  en  cuanto  á  la  importancia  de  su 
dominio.  Sucedió  á  Rodrigo  III  Pedro  Alvarez,  quien  ya  usó  el  apellido  de 
Noreña,  juntamente  con  el  de  las  Asturias;  y  fué  tan  notable  por  la  privan- 
za de  qué  disfrutó,  al  iado  dft  Fernando  IV  el  Emplazado,  como  lo  habiasi- 


DEL  CASTILLO  DE  NOREÑA.  189 

do  SU  abuelo  con  Fernando  el  Santo.  Y  entonces,  por  rara  excepción ,  el  fa- 
voritismo que  usábanlos  reyes  solia  redundar  en  beneficio  de  los  pueblos. 
Lograron  los  de  la  provincia,  por  medio  de  los  señores  de  Noreña,  consi- 
deraciones, franquicias  y  preferencias  en  gran  provecho  de  su  agricultura  é 
industria,  y  sin  detrimento  de  sus  vecinos. 

Después  de  Pedro  Alvarez  vemos  sucediéndole  á  Rodrigo  IV ,  su  hijo, 
hereaando  asimismo  la  protección  del  rey^  y  ganando  luego  la  de  Alfonso  XI, 
que,  entre  otras  mercedes  que  le  prodigó,  hizole  su  mayordomo  y  Adelan- 
tado Mayor  de  Asturias  y  León.  Y  no  contento  el  generoso  monarca  con 
darle  tan  señaladas  pruebas  de  afecto,  confirióle  el  titulo  de  conde  de  No- 
reña; honor  que  estimó  D.  Rodrigo  en  más  que  todas  las  referidas  merce- 
des, imitándole  en  ello  sus  descendientes.  De  entonces  data  el  uso  que  hi- 
cieron los  Alvarez  de  Asturias  de  dicho  título. 

Como  Rodrigo  IV  no  tuviese  sucesor  legitimo  á  quien  trasmitir  el  casti- 
llo y  señorío  de  su  nomljre,  otorgó  testamento  en  que  instituía  por  herede- 
ro de  ambos  dominios,  en  unión  con  la  hacienda  de  Siero,  á  Fernán  Rodrí- 
guez de  Villalobos,  y  además  el  derecho  de  usar  de  sus  armas  y  apellido.  Mas 
á  poco  de  haberle  otorgado  hubo  de  revocarle,  á  fin  de  otorgarle  nuevamen- 
te á  favor  del  infante  D.  Enrique,  conde  de  Trastamara,  de  Lemus  y  de  Sa- 
nabría,  y  á  quien  adoptara  por  hijo.  Y  en  este  punto  principia  la  importan- 
cia, el  interés  de  la  hjatoria  del  castillo  de  Noreña;  historia  terrible,  como 
intimamente  unida  al  sangriento  drama  de  Montiel. 

Según  una  inscripción,  que  se  conserva  en  la  iglesia  de  San  Vicente  de 
Oviedo  sobre  su  sepulcro,  Rodrigo  IV  acabó  sus  días  el  año  de  1370,  con  la 
buena  suerte  de  no  haber  presenciado  los  trágicos  sucesos  de  que  tan  seve- 
ramente acusa  la  historia  á  su  hijo  adoptivo. 

III. 

¡Noreña!...  ¡Montiel!...  El  uno  sombrío  como  las  nieblas  que  empañan 
el  cielo  del  Norte;  el  otro  contrastando  en  lo  siniestro  de  su  aspecto  con  el 
límpido  dosel  que  eternamente  desplega  el  Mediodía  sobre  su  frente,  por  el 
tiempo  humillada....  Restos  carcomidos  de  dos  esqueletos  titánicos,  cuyos 
fantasmas  reciben  de  la  imaginación  proporciones  monstruosas;  proporcio- 
nes que  la  aterran  y  la  atraen...,.  ¡La  atrac^cion  del  abismo;  el  horror  del 
crimen! 

Yo  miro  la  imponente  sombra  del  rey  Justiciero  vagar  latídicamente  en- 
tre las  ruinas  do  Noreña,  como  en  Montiel  la  contemplo.  Y  sin  embargo, 
D.  Pedro  no  llegó  jamás  bajo  los  formidables  muros  del  castillo  asturiano- 
Historiemos,  pues. 

Habíase  encendido  en  Castilla  la  fratricida  luclia  que  por  tanto  tieíupo 
fué  escándalo  del  mundo,  por  más  que  en  aquellas  e4a4es  (Je  Jiievro  se  hu- 


190  RECUERDOS 

biesen  todos  los  pueblos  acostumbrado  á  los  salvajes  expectáculos  de  las 
guerras  de  exterminio;  pero  no  conservaban  memoria,  ni  después  ha  habido 
ejemplo  del  feroz  encarnizamiento  con  que  dos  hermanos,  dos  hijos  de  re- 
yes, principiaron  por  destrozar  el  corazón  de  su  pueblo,  y  concluyeron  por 
despedazar  el  uno  el  corazón  del  otro;  por  el  fratricidio. 

■  El  bastardo  se  habia  refugiado  dentro  del  castillo  de  Noreña,  huyendo 
del  furor  de  D.  Pedro,  y  experimentaba  la  vehemente  satisfacción  de  su  se- 
guro asilo,  considerando  al  propio  tiempo  la  inapreciable  merced  de  que  por 
su  donación  era  deudor  á  D.  Rodrigo. 

El  rey  habia  mandado  para  sitiarle  á  algunas  huestes  aguerridas,  y  éstas 
hablan  sido  diezmadas  por  las  ballestas  de  los  soldados  de  D.  Enrique;  por- 
que al  abrigo  de  las  inexpugnables  almenas,  cada  arma  era  un  rayo  certero, 
cada  brazo  podia  fulminar  cien  muertes. 

Juraban,  enfurecíanse  y  se  desesperaban  los  atléticos  hombres  de  armas 
de  D.  Pedro,  los  terribles  vencedores  de  Nájera,  ante  la  imposibilidad  de  pe- 
netrar un  muro  de  diez  pies  de  espesor,  detrás  del  cual  latian  corazones 
iguales  á  los  suyos,  corazones  de  leones,  puesto  que  en  pechos  españoles 
alentaban.  Asi  era  que  el  desaliento  no  habia  nacido  en  ellos,  adquiriendo,  al 
contrario,  su  bravura  las  proporciones  asombrosas  del  heroísmo. 

Llegó  todo  esto  á  noticia  de  D.  Pedro,  y  no  queriendo  sacrificar  inútil- 
mente nuevos  campeones,  de  que  tanta  necesidad  tenia,  dio  orden  de  que  se 
levantase  el  cerco  del  castillo,  encargando  al  portador  de  ella  de  un  mensaje 
para  su  hermano.  Retiráronse  los  sitiadores,  y  el  mensajero  penetró 
dentro  de  aquellos  muros  [formidables,  recibiéndole  D.  Enrique  rodeado  de 
los  señores  de  pendón  y  caldera  y  de  los  capitanes  aventureros  que  de  Fran- 
cia y  Navarra  vinieran  á  su  servicio. 

Era  el  mensajero  del  rey  un  hombre  alto,  de]  miembros  hercúleos  y  de 
continente  feroz.  Ceñida  la  armadura  de  las  batallas,  más  bien  parecía  «n 
nuncio  belicoso  que  un  portador  de  oliva. 

Al  verle,  los  cortesanos  de  D.  Enrique  no  pudieron  reprimir  un  movi- 
miento agresivo,  dirigiendo  rápidamente  la  mano  á  la  empuñadura  de  la  es- 
pada. Pero  el  bastardo  les  contuvo  con  una  mirada.  Era  demasiado  valiente 
para  dar  acceso  al  temor. 

— Acercaos  sin  miedo— dijo  á  aquel  hombre,  viendo  que  vacilaba  ante  el 
movimiento  contenido  de  los  cortesanos. — No  tengáis  que  decir  a  mi  hermano 
vuestro  señor,  que  al  recibir  á  sus  heraldos  he  imitado  la  manera  con  que  él 
recibe  á  los  mios. 

Esta  alusión  á  las  traiciones  del  rey  encendió  en  ira  el  rostro  del  extraño 
heraldo,  y  avanzando  resuelto,  contestó  con  voz  de  trueno: 

— El  rey  D.  Pedro  de  Castilla,  mi  señor  y  señor  vuestro,  combate  siem- 
pre frente  á  frente  á  sus  enemigos,  y  frente  á  frente  me  envia,  á  dar  cum- 
plimiento á  su  alta  justicia. 


DEL  CASTILLO   DE  NOREÑA.  191 

Y  una  daga  brilló  instantáneamente  en  su  mano;  y  un  golpe  terrible  so- 
bre el  pecho  de  D.  Enrique  heló  la  sangre  en  las  venas  de  todos  los  circuns- 
tantes. Pero  bien  pronto  recobraro  nsu  serenidad,  á  excepción  de  su  señor, 
quien,  como  no  la  habia  perdido,  no  tuvo  necesidad  de  reacbrarla.  Con  lo 
cual  dicho  queda  que  el  homicida  golpe  quedó  sin  efecto.  La  acerada  punta 
se  dobló  al  tropezar  con  la  finísima  cota  de  malla  q:i  resguardaba  el  pecho 
del  Conde. 

Cien  aceros  brillaron  entonces  fuera  de  sus  vainas,  y  se  fulminaron  cen- 
tellantes de  venganza  sobre  el  pecho  del  asesino,  quien,  habiéndose  cruzadD 
de  brazos,  después  de  arrojar  con  desprecio  la  daga  á  sus  pies,  los  contem- 
plaba con  sonrisa  siniestra  y  con  la  indiferencia  glacial  de  quien  nada  tenia 
que  esperar,  y  que  ni  deseaba  compasión,  ni  tampoco  la  admitirla. 

Mas  no  llegó  á  herirle  ninguno  de  aquellos  aceros.  A  una  seña  impei'iosa 
del  bastardo,  volvieron  á  sus  vainas,  no  sin  rudos  juramentos  y  enérgicas 
protestas  de  sus  dueños  contra  una  compasión  tan  inusitada. 

Aquel  heraldo  extraño,  aquel  audaz  mensajero  de  venganza,  negándose 
obstinadamente  á  contestar  á  las  preguntas  que  se  le  hicieron,  ni  á  dar  otras 
explicaciones  d^su  conducta  que  lasque  precedieron  al  atentado,  y  de  quien 
se  supo  con  posterioridad  que  era  uno  de  los  famosos  maceros  ejecutores 
íidelisimos  de  los  sangrientos  fallos  del  rey  D.  Pedro,  fué  preso  y  aher- 
rojado. 

Momentos  después,  cu  presencia  del  mismo  D.  Enrique,  el  hacha  del  ver- 
dugo cortó  la  mano  alevosa,  sin  oírsele  exhalar  una  queja,  sin  que  lanzara 
un  solo  gemido. 

Aquel  hombre  era  un  Mucio  Scévola  del  crimen;  crimen  velado  por  el 
deber.  Si  hubiese  sido  inspirado  por  la  virtud,  habría  aparecido  tan  grande 
como  el  héroe  romano,  ante  la  admiración  del  mundo. 

D.  Enrique,  lleno  de  asombro,  mandó  ponerle  en  libertad  inmediata- 
mente, considerando  con  desaliento,  que  si  eran  numerosos  los  servidores 
que,  como  aquel,  tenia  su  hermano,  habia  de  ser  imposible  el  cumplimiento 
de  sus  ambiciosas  cuanto  fratricidas  aspiraciones.  Ya  bajo  los  muros  de  No- 
reña,  venían  á  turbar  su  sueño  fatídicas  imágenes  que  acaso  le  anunciaban 
el  drama  deMontíel. 

IV." 

Cuando  llegó  á  empuñar  el  cetro  de  Castilla,  hizo  donación  D.  Enrique 
del  Condado  de  Noreña,  juntamente  con  el  de  Gijon,  y  sus  respectivos  cas- 
tillos, á  su  hijo  bastardo  Alonso  Henriquez,  quien  nombró  Merino  suyo  á 
Gonzalo  Suarez  de  Argiielles.  Como  este  impusiera  una  gravosa  contribu- 
ción, tratando  de  hacerla  extensiva  á  todo  el  principado  de  Asturias,  reunióse 
en  Aviles  una  junta  de  contribuyentes,    con  objeto  de  ver  lo  que  en  tal 


192  RECUERDOS 

circunstancia  fuera  oportuno,  pues  no  querían  pagar  un  subsidio  tan  injus- 
tamente repartido;  y  al  efecto  acordaron  levantar  el  pais  en  masa  para  re- 
sistirle. 

Reunieron  los  concejos  sus  pendones;  juntáronse  las  mesnadas,  y  no  le 
quedó  al  Merino  otro  recurso  que  acogerse  al  amparo  de  los  muros  del  cas- 
tillo, sin  poder  aumentar  su  reducida  guarnición  con  otro  refuerzo  que  el  de 
algunos  aventureros,  gentes  allegadizas  que  no  faltaban  nunca  entonces  en- 
tre nuestros  disturbios  civiles,  atraidas  sólo  por  el  cebo  del  botin,  si  no  por 
el  de  señaladas  mercedes.  Testigo  de  ello  el  famoso  Beltran  Duguesclin,  á 
cuyas  traiciones,  no  menos  que  á  su  valor,  debió  D.  Enrique  el  trono. 

Apurado  se  vio  Gonzalo  Suarez  de  Arguelles  dentro  de  Noreña,  á  pesar 
de  lo  inexpugnable  de  sus  defensas  y  del  arrojo  de  sus  gentes,  porque  era 
tan  grande  el  esfuerzo  como  el  número  de  los  que  le  sitiaban. 

Además,  entre  estos,  contábanse  no  pocos  que  eran  excelentes  prácticos 
en  su  belicosa  faena,  puesto  que  hablan  formado  parte  de  la  guarnición  de^ 
castillo,  cuando  la  heroica  defensa  del  de  Trastamara,  conociendo  los  pun- 
tos vulnerables  mejor  que  los  soldados  del  Merino,  y  dirigiendo,  por  consi- 
guiente, sus  tiros  contra  ellos  con  una  seguridad  de  acierto  que  casi  nunca 
salia  fallida. 

Conforme  se  acrecía  la  rudeza  del  ataque,  redoblábase  la  tenacidad  de  la 
defensa.  Y  pasaron  dias  y  meses.  Los  víveres  excasearon  á  la  guarnición, 
diezmada  por  las  fiebres  malignas  y  por  las  ballestas.  El  castillo  poderoso 
de  Noreña  estaba  á  punto  de  rendirse,  á  tiempo  que  los  sitiadores  recibieron 
aviso  de  que  el  rey  les  condonaba  el  subsidio,  disponiendo  que  hubiesen  de 
pagarle  sólo  en  una  mitad  los  Condados  de  Gijon  y  de  Noreña,  como  los 
únicos  que  pertenecían  al  señorío  de  D.  Alonso,  al  cual  amonestó  severa- 
mente por  haber  tratado  con  tan  poca  consideración  á  unos  pueblos  tan 
leales  á  su  persona,  y  cuyo  cariñoso  recuerdo  preferentemente  vivia  en  su 
memoria. 

Algo  podría  ponerse  en  duda  el  caríño  de  un  monarca  que  aguardaba 
para  contentar  á  sus  pueblos  predilectos  á  que  sangrientas  discordias  se  en- 
señoreasen de  su  suelo,  en  virtud  de  sus  reales  complacencias  respecto  á 
alguno  de  sus  servidores  y  amigos,  y  á  que  esos  pueblos,  triunfantes  en  su 
justificada  rebelión,  llegasen  á  alcanzar  inesperadamente  y  tan  pronto  lo 
que  tan  tarde  se  acordaban  de  concederíes.  Mas  como  quiera  que  lograron 
su  objeto,  aunque  no  de  un  modo  cumplido,  preciso  es  que  el  cronista  haya 
de  reservarse  sus  dudas,  siguiendo  la  narración  sin  comentarios. 

En  el  año  1581  alzó  Don  Alonso  el  estandarte  de  la  rebehon  contra  sU 
hermano  y  rey  Don  Juan  I.  Todo  el  país  asturiano  se  puso  en  armas;  pero 
Csta  vez,  al  presentarse  las  tropas  reales,  hicieron  resistencia  únicamente  las 
mesnadas  de  Gijon  y  de  Noreña,  poderosos  elementos  aún,  y  que  no  supo 
utilizar  Don  Alonso,  cometiendo  la  torpeza  de  librar  con  ellos  combates  caní- 


DEL  CASTILLO  DE  NOREÑA.  1^ 

pales,  en  lugar  de  haberlos  dedicado  exclusivamente  á  la  defensa  de  ambos 
castillos  y  no  dejarlos  casi  en  desamparo,  con  particularidad  el  de  Gijon. 

No  podia  ser,  en  tales  condiciones,  dudoso  el  resultado  de  la  lucha.  El 
ejército  real  derrotó  al  rebelde  en  cuantos  encuentros  ocurrieron,  y  debili- 
tadas considerablemente  las  reducidas  huestes  de  Don  Alonso,  llegaron  al 
extremo  de  rendirse  á  discreción,  fiándose  á  la  clemencia  del  vencedor.  Una 
por  una  se  posesionaron  los  capitanes  del  rey  de  todas  sus  fortalezas,  entro 
las  cuales  se  contaban  principalmente,  según  expresa  la  crónica,  «las  casas 
y  torres  fuertes  de  Noreña. » 

El  monarca  se  mostró  clemente  con  los  rebeldes  soldados  de  su  hermano, 
pero  al  mismo  tiempo  no  anduvo  descuidado  en  quitarles  todo  pretexto  de 
nueva  sublevación,  haciéndoles  ingresar  en  las  filas  de  su  ejército  propio, 
mientras  donaba  las  referidas  casas  y  torres  fuertes  de  Noreña,  con  la  mitad 
del  concejo  de  Tudela,  al  Obispo  de  Oviedo  Don  Gutierre. 

Entonces  tuvo  origen  el  muy  popular  refrán  de  aquellas  comarcas,  que 
dice;  Con  mal  vá  á  Noreña,  que  pendón  y  caldera  es  hecho  tierra  de  Iglesia, 

Movido  posteriormente  Don  Juan  I  por  las  quejas  y  protestas  de  su  bas- 
tardo hermano,  revocó  la  donación  que  habia  hecho  al  obispo,  recobrando 
en  su  virtud  Don  Alonso  los  condados  de  Noreña  y  de  Gijon.  Increíble  pa- 
recería que,  á  la  generosidad  de  este  acto,  no  correspondiera  el  infante,  re- 
gulando su  conducta  sucesiva  en  la  medida  del  agradecimiento.  Sin  embar- 
go, el  año  de  1394  volvió  á  rebelarse,  y  resuelto  ya  el  rey  á  no  perdonar  su 
alevosía,  envió  un  numeroso  ejército  á  Asturias,  y  en  menos  de  dos  meses 
despojó  al  ingrato  de  todos  sus  dominios,  después  de  una  resistencia  san- 
grienta. 

La  historia  menciona  con  asombro  en  este  punto,  siguiendo  fielmente  á 
los  viejos  anales  del  país,  el  heroísmo  de  la  condesa  de  Gijon  al  defender  e' 
castillo  del  mismo  nombre,  con  un  puñado  de  valientes,  contra  todo  el  ejér- 
cito real.  La  condesa  hizo  reducir  á  escombros  el  castillo,  y  de  entre  ellos 
no  sahó  ni  uno  sólo  de  sus  heroicos  defensores. 


A  consecuencia  de  los  desastres  producidos  por  la  última  rebelión,  Don 
Juan  I  volvió  á  hacer  donación  al  obispo  Don  Gutierre  del  condado  y  casti" 
lo  de  Noreña,  en  la  creencia  de  que,  tremolando  en  sus  almenas  la  enseña 
de  paz  de  la  iglesia,  habrían  de  evitarse  por  completo  los  sangrientos  desór- 
denes. Don  Juan,  en  su  desprendimiento,  no  debió  haber  parado  mientes 
en  las  contingencias  del  porvenir,  ni  adivinar  el  gravísimo  ultraje  que  habia 
de  inferirse,  andando  el  tiempo  á  sus  humanitarios  propósitos. 

El  hecho,  en  cuestión,  constituye  la  última  página  notable  de  la  historia 
de  Noreña.  Hele  aquí. 


194  RECUERDOS 

Corría  el  año  de  1516,  y  era  á  la  sazón  corregidor  do  Asturias  Don  Diego 
Manrique  de  Lara.  Desde  épocas  lejanas  habian  solido  suscitarse  competen- 
cias entre  las  autoridades  superiores  que  á  los  reyes  representaban,  tales 
como  la  del  cargo  que  Don  Diego  ejercia  y  el  de  Adelantado,  y  los  prelados, 
no  menos  prepotentes  por  su  sagrada  investidura  y  jurisdicción  que  por  su 
señorial  poderío.  Y  no  era  lo  peor  que  se  suscitasen,  por  razones  harto  pro- 
fanas las  más  veces,  sino  que  cada  una  de  las  indicadas  competencias  era 
un  manantial  perenne  de  desgracias  para  los  pueblos,  víctimas  siempre,  ya 
de  la  rapacidad  de  unos,  ya  del  enojo  de  otros. 

Pero  nunca  ocurriera  el  caso  escandaloso  que  suscitó  el  referido  D.  Die- 
go Manrique.  Había  condenado  á  muerte  á  un  reo  acusado  y  convicto  de 
robo  en  sus  dominios  particulares,  y  se  le  conducía  al  suplicio  en  Oviedo, 
no  tan  perfectamente  custodiado  que  no  pudiese,  como  pudo,  tomar  asilo  en 
la  iglesia  de  San  Vicente,  casi  extramuros  de  la  ciudad. 

Sí  en  todos  tiempos  ha  sido  el  derecho  de  asilo  altamente  sagrado  en  los 
pueblos  que  se  precian  de  católicos,  lo  era  en  aquellos  mucho  más,  si  cabe, 
])orque  no  había  potestad  alguna  que  dejara  de  reconocerse  inferior  al  pre- 
dominio eclesiástico;  y  de  igual  manera  que  los  reyes  se  humillaban  ante  los 
papas,  inspirándose  en  sus  consejos  para  el  mejor  cumpUmiento  de  sus 
mandatos,  así  se  evidenciaba  la  supremacía  de  los  prelados  respecto  á  los 
señores,  lo  mismo  en  una  que  en  otra  jurisdicción. 

Sin  embargo,  D.  Diego  Manrique ,  impío  ó  descreído,  sin  obedecer  t* 
otros  móviles  que  al  violentísimo  impulso  de  su  carácter  despótico  y  ven- 
gativo, hizo  sacar  al  reo  de  la  iglesia,  por  medio  de  perros  de  presa ,  arras- 
trándole ferozmente  hasta  la  horca,  donde  enseguida  fué  ejecutado,  sin  dar 
oídos  á  las  súplicas  de  la  aterrada  muchedumbre  ni  á  las  fervientes  amones- 
taciones del  obispo. 

Imagínese  el  lector  el  efecto  que  causaría  tan  escandalosa  é  inaudita 
profanación,  tal  conculcación  de  las  leyes  divinas  y  humanas  en  el  clero  y 
en  la  población  de  Oviedo,  en  los  descendientes  de  los  héroes  de  Covadon- 
ga,  de  los  padres  de  nuestra  regeneración;  aquellos  hombres  que  les  legaran 
incólume  el  tesoro  de  sus  puras  creencias  religiosas,  el  de  su  respeto  y  ve- 
neración. 

El  obispo  excomulgó  al  corregidor ,  y  éste,  irritado  por  el  gran  conten- 
tamiento que  el  anatema  produjo  en  el  pueblo,  resolvió  vengarse,  dester- 
rando al  obispo  del  territorio  de  su  mando. 

Y  no  faltaron  al  prelado,  en  tamaño  conflicto,  poderosos  auxiliares  en- 
tre los  indignados  pecheros,  y  aún  entre  los  mismos  señores,  siendo  los  her- 
manos Fernando  y  Pedro  Cortés  de  Pares  los  que  con  mayor  decisión  le 
ayudaron,  aprestándose  de  la  manera  más  belicosa  á  una  lucha  desigual 
con  el  despótico  corregidor,  con  esa  abnegación  heroica  que  no  se  detiene 
jamás  á  medir  las  fuerzas  del  adversario. 


DEL  CASTILLO  DE  NOREÑA.  195 

Y  era,  desgraciadamente,  demasiado  temible  este  adversario.  Pasaba  por 
uno  de  los  magnates  más  poderosos  de  aquella  época ,  y  la  real  confianza  se 
bailaba  en  él  depositada  en  tanto  grado  que  bien  podia  asegurarse  regia  al 
pueblo  asturiano  con  las  prerogativas  y  omnímodas  atribuciones  que  uno 
de  nuestros  vireyes  del  Nuevo  Mundo.  Bastará  á  dar  una  idea  de  su  poder 
consignando  que,  sólo  para  el  cerco  del  castillo  de  Noreña ,  en  donde  el 
obispo  se  hizo  fuerte  con  los  hermanos  Cortés,  destinó  5.500  hombres 
aguerridos  y  perfectamente  pertrechados,  y  otros  tantos,  por  lo  menos,  á 
invadir  los  dominios  de  sus  contrarios;  recibiendo  paga  todos  ellos  de  sus 
rentas  propias.  * 

El  formidable  castillo  no  pudo  resistir  á  los  esfuerzos  combinados  de  la 
artillería  y  de  la  arcabucería,  y  abierta  la  brecha  en  el  más  robusto  de  los 
torreones,  el  que  miraba  á  la  parte  de  Occidente,  según  una  crónica  que 
parece  muy  verídica,  cayó  en  poder  de  D.  Diego  Manrique  de  Lara. 

El  animoso  obispo  hubo  de  refugiarse  en  León,  gracias  al  eficacísimo 
auxilio  que  le  prestaron  en  su  huida  los  hermanos  anteriormente  citados: 
habiendo  sido  tales  el  esfuerzo  y  serenidad  que  durante  el  sitio  mostró,  que 
todavía  hoy  corre  de  boca  en  boca  en  aquellas  comarcas  cierto  recuerdo  tra- 
dicional que  habré  de  trascribir,  como  complemento  á  esta  página  postre- 
ra de  la  historia  del  castillo. 

Quejábanse  los  defensores  del  torreón  donde  se  abría  la  brecha,  del  gran 
daño  causado  por  la  artillería  que ,  sin  tregua  alguna  ,  y  con  tenacidad  es- 
pantosa, asestaba  contra  él  sus  tiros.  La  queja  llegó  á  oidos  del  prelado, 
que  en  el  patio  se  encontraba  exhortando  con  preces  á  los  moribundos  y 
curando  con  sus  manos  á  los  heridos;  y  sin  escucharlos  ruegos  de  sus  ami- 
gos, que  pugnaban  por  detenerle,  encaminóse  resueltamente  al  peligrosísimo 
puesto. 

A  su  aspecto,  los  defensores  recobraron  su  intrepidez,  y  sus  pechos  la- 
tieron reanimados  por  lafé  y  por  la  esperanza.  Intentaron  lanzarse  á  la  bre- 
cha; pero  el  obispo,  diciéndoles,  «¡Dejadme  á  mí,  que  á  mí  me  toca;  yo  soy 
el  enviado  de  Dios,  y  aquí  voy  á  erigirle  un  altar!»  se  arrojó  en  medio  del 
peligro,  con  un  crucifijo  en  la  mano. 

Instantes  después,  la  sacrosanta  enseña  aparecía  sobre  el  torreón,  entre 
los  escombros  que  se  desmoronaban. 

Llenos  de  asombro  los  soldados  enemigos,  negáronse  á  dirigir  sus  dis- 
paros contra  la  bandera  de  la  Cruz,  y  fué  necesario  que  hubiesen  de  conmi- 
narlos con  terribles  castigos  los  jefes  más  adictos  al  Corregidor,  para  que 
consintieran  en  la  prosecución  de  su  destructora  faena. 

Y  seguro  es  que  á  no  haberles  faltado  los  víveres  á  los  partidarios  del 
obispo,  ni  la  gruesa  artillería,  ni  los  certeros  arcabuces,  habrían  conseguido 
rendir  á  una  fortaleza  donde  la  Cruz  tremolaba  anatematizando  á  la  impie- 
dad. Harto  fué  que  pudieron  aprovecharse  sus  amigos  de  la  tregua  produci- 


196  tlECÜERDOS 

da  porel  suceso,  conduciéndole  á  salvo  contra  su  voluntad — así  al  menos  lo 
refiere  la  tradición — á  ta  frontera  portuguesa. 

VI. 

Se  ha  dicho  que  es  la  anterior  la  página  postrera  memorable  del  castillo, 
porque  en  lo  sucesivo,  aún  cuando  su  importancia  no  quedó  reducida  á  la 
nulidad,  como  quedó  medio  destruido  y  las  rentas  anexas  á  su  posesión  su- 
frieron una  merma  considerable,  y  la  ignorancia  y  el  abandono  concurrieron 
eíicacísimamente  á  su  destrucción,  no  dio  lugar  á  sucesos  que  dignos  sean 
de  una  especial  mención  en  este  trabajo  histórico.  Lo  que  las  devastaciones 
de  la  guerra  suelen  dejar  en  pié,  lo  derriban  sin  misericordia  los  satélites  de 
la  ignorancia. 

Los  reyes  de  Castilla,  teniendo  en  cuenta  honrosos  antecedentes  del  do- 
minio de  los  obispos  sobre  el  monumento  de  que  se  trata,  legaron  á  todos 
sus  sucesores  en  la  diócesis  de  Oviedo  el  título  de  condes  de  Noreña,  que 
en  eldia  conservan,  no  olvidándose  nunca  de  mencionarlo  en  sus  pastorales 
ni  en  cuantas  prescripciones  se  publican  en  la  provincia  relativas  al  régimen 
eclesiástico.  Es  una  rara  reminiscencia  de  su  antiguo  poderío.  Parece  una 
protesta  contra  la  nulidad  y  el  abandono  en  que  yace.  Es  un  nombre  cuya 
memoria,  por  muy  digna  que  sea  de  respeto,  no  ha  de  compensar  la  pérdi- 
da de  cuantiosos  beneficios. 

El  siglo  es  positivista,  y  mira,  encogiéndose  de  hombros,  desde  lo  alto 
de  su  desden  el  pulverizado  esqueleto  de  Noreña. 

Reprobemos  su  desden.  Abominemos  su  positivismo  una  y  mil  veces. 
Sí;  yo  no  he  de  concluir  este  breve  estudio,  sin  lamentarme  profundamente 
de  que  la  incuria  de  los  hombres  haya  sido  mucho  más  terrible  que  la  saña 
de  los  tiempos  para  hundir  en  el  polvo  los  últimos  restos  de  un  monumento 
tan  acreedor  á  su  estima  y 'veneración.  Y  no  solamente  la  incuria  de  los  que 
le  abandonaron  al  olvido  sin  poner  una  mano  cariñosa  sobre  las  tremendas 
heridas  que  abatieron  sus  miembros  de  gigante,  sino  también  la  incuria  de 
los  cronistas  al  contentarse  con  consignará  la  ligera,  y  como  de  pasada,  los 
hechos  más  culminantes  de  su  historia,  no  habiéndonos  dejado  ni  una  pin- 
celada siquiera  para  el  intento  de  retratarle;  no  habiéndonos  trasmitido  una 
palabra  relativa  á  la  descripción  del  monumento. 

Perfectamente  inútiles  han  sido  mis  indagaciones  acerca  de  este  objeto. 
El  artista  que  se  obstinara  en  realizarle,  tendría  que  basar  su  obra  en  cálcu- 
los erróneos;  tendría  que  idearla  demasiado  aventuradamente  para  que  el 
expectador  hubiese  de  aproximarse  á  lo  verdadero;  porque  entre  la  comple- 
ta ruina  del  castillo  no  es  posible  distinguir  claramente,  ni  aun  el  área  que 
ocuparía,  teniendo  necesidad  de  atender  á  la  construcción  que  se  observa 
en  otros  cífetílios^de  la  misma  época  más  respetados  por  los  siglos  en  el  pro- 


'del  castillo  de  noreSía.  197 

pió  país  asturiano;  pues  se  sabe  que  no  diferían  de  un  modo  esencial  las  for- 
mas de  unos  y  otros,  y  únicamente  se  hacia  notar  el  de  Noreña  por  la  ex- 
traordinaria fortaleza  de  sus  muros,  cual  es  de  observar  en  medio  de  la 
triste  elocuencia  con  que  muestran  sus  escombros  á  las  actuales  descreídas 
generaciones. 

Yo  puedo  asegurar  que  me  han  enseñado  mucho  aquellos  informes  des- 
pojos, ante  los  cuales  enmudece  la  idea  avasallada  por  el  sentimiento,  se  hu- 
milla la  cabeza,  enardeciéndose  el  corazón.  Llegan  entonces  los  recuerdos 
con  apresuramiento  maravilloso,  alegando  cada  uno  justísimos  derechos  de 
preferencia,  y  es  preciso  despedirse  de  las  ruinas  prometiendo  á  su  soledad 
otras  visitas,  para  que  haya  lugar  á  coordinarlos,  para  haber  de  exhibirlos  á 
la  luz,  librándolos  del  tenaz  dominio  de  las  tinieblas. 

Luciano  García  del  Real. 


RUSIA. 

sus  TENDENCIAS  Y  ASPIRACÍONES. 


ESTUDIO   HISTORICO-DIPLOMATICO. 


Saludable  enseñanza  es  la  que  ofrece  al  escritor  como  al  filósofo  la  histo- 
ria diplomática  de  un  Estado  que,  desconocido  hasta  el  siglo  xvi  por  los 
pueblos  civilizados  de  Occidente,  y  en  el  que  atravesamos  el  más  vasto  de 
nuestro  hemisferio,  comprende  el  antiguo  reino  de  Mitrídates,  terror  en  le- 
janos tiempos  de  la  soberbia  Roma,  y  hoy  insignificante  porción  de  tan  in- 
menso territorio;  con  una  diferencia  desde  la  isla  de  Dago  al  Occidente  de  la 
Livonia  de  ciento  setenta  grados  próximamente,  cuya  temperatura  gla- 
cial y  mortífera,  junto  á  los  círculos  polares,  es  apacible  y  bella  en  la  costa 
de  Crimea,  cuajada  de  elegantes  Kutors  (1),  y  teatro  un  día  de  las  desven- 
turas de  Orestes  é  Ifigenia;  que  oprime  á  la  Europa  por  el  Norte,  por  el 
Centro  y  por  el  Sud;  cuyos  subditos  tanto  difteren  en  origen  é  idioma,  en 
usos  y  costumbres  desde  el  pigmeo  Lapon,  antiguo  troglodita  que,  sobrado 
expléndido,  ofrece  al  extranjero  su  esposa  y  su  hija  con  la  esperanza  de 
mejorar  su  raza,  al  idiota  samoyedo,  sin  vicios  ni  virtudes;  desde  el  feroz 
cosaco,  mezcla  del  rojelano,  del  Sármata  y  del  tártaro,  cuya  sumisión  há- 
bilmente ha  conseguido  el  gobierno  ruso  al  darle  por  aííaman  ó  jefe  al  he- 
redero del  trono  (2),  lisonjeando  así  el  orgullo  de  tan  temibles  hordas,  al 
supersticioso  ostiako,  que  se  prosterna  ante  la  piel  de  un  oso  por  ser  la  que 
más  conserva  el  calor  en  aquel  helado  clima,  donde  cuenta  por  nevadas, 
siempre  copiosas,  lósanos  de  su  existencia,  y  desde  el  vagabundo  tsigano, 
de  dulce  y  expresivo  semblante,  qne  á  la  sombra  de  su  abigarrada  tienda 


(1)  Casas  de  camioo  de  la  aristocracia  rusa. 

(2)  Viajes  del  príncipe  Demidoff. 


sus  TENDENCIAS  Y  ASPIRACIONES.  i  99 

seca  las  auríferas  arenas  de  sus  caudalosos  ríos,  hasta  el  habitante  de  Kam- 
tchatka,  á  quien  su  religión  prohibe  afilar  el  hacha  durante  el  viaje  y  socor- 
rer al  hombre  que  se  ahoga  (1). 

La  actitud  de  la  Rusia  en  la  época  presente,  sus  negociaciones  diplomá- 
ticas, y  más  que  nada  sus  formidables  aprestos,  con  la  lógica  inflexible  de 
los  hechos,  vienen  á  probarnos  cuánto  se  equivoca  el  distinguido  historia- 
dor (2)  que  dice  «no  estar  prontas  las  armas  sino  para  dar  fuerza  á  la  ra- 
zón y  seguridad  á  la  moral,»  sosteniendo,  «que  cuando  una  nación  amenaza 
por  capricho,  las  demás  se  ponen  de  acuerdo  para  hacer  pedazos  su  carro,» 
y  á  rebatir  al  propio  tiempo  un  halagüeño  error,  que  supone  inmediato  el 
dia  en  que,  abolidas  las  guerras,  haya  sólo  entre  las  naciones  una  noble 
emulación  para  avasallar  la  naturaleza. 

¡Pluguiera  al  cielo  que  tal  aurora  luciese,  y  que  cual  se  deshacen  á  im- 
pulsos do  una  brisa  estival  densos  y  encapotados  nubarrones,  un  soplo  de 
justicia  desvaneciera  la  tempestad  que  en  el  Oriente  se  prepara,  y  á  la  luz 
de  cuyos  relámpagos,  como  un  segundo  Mane,  Tliecel,  Fliares,  distinguimos 
6stas  palabras  de  Agesilao:  <(Las  fronteras  de  la  Laconia  se  hallan  donde 
nuestras  lanzas  llegan. ^> 

El  sultán  Mahmoud,  príncipe  tolerante  y  entusiasta  por  los  adelantos 
europeos,  derramando  abundantes  lágrimas  al  saber  el  incendio  de  Navari- 
no  por  la  Rusia,  «mirad,  decía  á  un  diplomático  que  se  excusaba  de  la  par- 
ticipación de  su  país  en  tan  punible  atentado,  la  Europa,  á  la  que  sólo  yo 
defiendo  contra  el  desbordamiento  y  las  rapiñas  moscovitas,  está  con  ellos 
para  aniquilarme.  ¡Funesta  obcecación  la  suya,  no  permitiéndole  ver  que  á 
la  mia  seguirá  de  cerca  su  caída!»  (3). 

Diez  y  ocho  años  más  tarde,  el  Occidente,  comprendiendo  su  torpeza, 
quemaba  los  navios  rusos  á  la  vista  de  Sebastopol,  y  la  revisión  del  tratado 
que  puso  término  á  tan  reñida  contienda,  exigida  por  el  gobierno  del  Czar, 
hace  que  de  nuevo  aparezcan  los  intereses  de  aquella  comprometidos  y  su 
tranquilidad  amenazada. 

Ante  acontecimientos  tan  pavorosos  como  inmediatos,  ¿es  que  acaso, 
preguntamos,  por  un  decreto  de  la  Providencia,  como  la  Macedonia  anti- 
gua absorbió,  aunque  con  una  cultura  muy  superior  á  la  suya,  á  los  peque- 
ños Estados  de  la  Grecia,  que  á  su  vez  fueron  presa  de  los  romanos,  siervos 
luego  de  los  bárbaros,  debe  desaparecer  Europa  y  alzarse  sobre  sus  ruinas 
una  nueva  diferente  civilización,  un  nuevo  ciclo  humanitario?  ¿Es  que  los 
sacudimientos  que  con  tanta  frecuencia  se  vienen  en  ella  sucediendo,  y  que 
las  modernas  tendencias  que  con  su  radicalismo   alarman  á  la  sociedad, 


(1)  Voltaire,  Ilistoire  de  VEmpire  de  Bussic 

(2)  César  Cantil. 

(.3)    Lamartine,  Hisiotla  de  Turquía, 


200  RVSIA. 

hacen  necesaria  una  fuerza  protectora,  cualquiera  que  esta  sea,  y  por  más 
que  pueda  un  dia  aplastarla  con  su  peso,  ó  es,  por  último,  que  á  la  raza  la- 
tina, muelle  y  corrompida,  le  falta  la  savia  viril  y  poderosa  del  primero  de 
los  pueblos  eslavos? 

Insondable  problema,  puesto  que  á  nuestra  limitada  inteligencia  le  están 
vedados  los  arcanos  del  porvenir.  Sin  embargo,  estudiemos,  aunque  some- 
ramente y  muy  á  lalijera,  la  historia  de  esa  gran  nación,  y  quizá  después  de 
conocida  se  calmen  nuestros  temores,  ó  quizá,  por  el  contrario,  adquieran 
más  consistencia,  y  recordando  al  historiador  de  £/  consulado  y  elimpeiio,  di- 
gamos: «Cuando  el  coloso  ruso  apoye  uno  de  sus  pies  en  los  Dardonelos  y  el 
otro  en  el  Sund,  el  viejo  mundo  llorará  esclavo  y  la  libertad  irá  á  refugiarse 
á  los  impenetrables  bosques  de  la  América.  Vana  aprensión  todavía  para 
cierta  clase  de  gentes;  llegará  el  instante  en  que  tan  tristes  predicciones 
por  desgracia  se  realicen,  puesto  que  á  la  Europa,  torpemente  dividida  como 
ias  ciudades  de  la  Grecia  frente  á  los  reyes  de  Macedonia,  le  está  reservada 
la  misma  suerte.» 

I. 

ligia  habia  reunido  y  concentrado  sus  fuer- 
zas en  un  profundo  y  formidable  silencio; 
preparaba  en  el  reposo  un  acontecimiento 
de  que  el  xiorvenir  debía  asombrarse. — Pasan 
treinta  años;  ligia  se  levanta  de  su  asiento  y 
"dame  un  caballo,  oh  padre  (dice);  bastante 
he  permanecido  sentado,  quiero  correr  el  j)ais. 
=  E1  caballo  es  viejo  y  achacoso.  ligia  lo  ba- 
ña con  el  rocío  de  la  mañana,  lo  frota  con  la 
yerba  Immeda,  y  el  caballo  recobra  su  vigor. 
= ligia  se  vuelve  hacia  los  cuatro  puntos 
cardinales,  ruega,  y  después,  lanzándose  con 
bizarría  sobre  el  caballo,  se  va. 

{Canto  e.slavo.) 

La  alianza  de  los  rojelanos,  fundadores  de  Kieff,  á  orillas  del  Boristene, 
con  los  eslavos,  acerca  de  cuyo  carácter  tanto  difiere  la  historia,  presentán- 
doles, ya  inofensivos  é  industriosos,  y  hasta  tal  punto  hospitalarios  que, 
«cuando  cualquiera  de  ellos  emprendía  un  viaje  dejaba  abierta  la  puerta, 
leña  en  el  hogar  y  una  despensa  bien  abastecida,»  ya  crueles  y  sanguinarios, 
recreándose  en  la  agonía  del  vencido,  á  quien  imponían  tormén  tos  horribles, 
y  dejando  impune  el  asesinato  de  la  mujer,  mirada  sólo  como  un  bello  ins- 
trumento de  sus  brutales  instintos,  la  unión  de  estos  pueblos,  decimos, 
produjo  á  Novogorod,  primer  eslabón  del  imperio  moscovita,  de  cuya  ciu- 
dad, y  en  prueba  de  la  importancia  que  ya  en  aquellos  remotos  tiempos  al- 
canzaba, ¿quién  se  atreverá  á  hacer  la  guerra  á  Dios  y  á  Novogorod  la  Gran- 
de? se  decia. 

Lo  heterogéneo  de  sus  elementos,  que  dificultaba  la  marcha  regular  de 
toda  sociedad  bien  ordenada,  y  las  continuas  asechanzas  de  los  jineses,  de- 


sus  TENDENCIAS  Y   ASPIRACIONES.  íól 

cidieron  al  anciano  Postemislao  á  solicitar  el  amparo  de  los  varaigos,  que 
habitando  las  costas  del  Báltico  se  entregaban  á  la  piratería  bajo  la  direc- 
ción de  sus  jefes.  Nombráronse  diputados  con  esto  objeto,  que  fueron  muy 
bien  recibidos  en  la  Ingria,  y  aceptadas  por  Rurik  las  proposiciones  hechas 
por  los  enviados,  trasladóse  al  país  con  sus  hermanos  Cinaf  y  Tronvor, 
apresurándose  aquel  á  darle  en  memoria  de  su  patria  el  nombre  de  Rosland, 
y  asignando  á  sus  parciales  pingües  y  dilatadas  posesiones. 

En  un  prmcipio,  el  triunvirato  surtió  buenos  efectos:  pero  á  la  muerte 
de  Cinaf  y  de  Tronvor,  ocurrida  al  poco  tiempo  de  su  llegada,  Rurik  atacó 
los  privilegios  de  los  novogordianos,  y  olvidando  las  cláusulas  bajo  las  cua- 
les le  habían  otorgado  el  poder  supremo,  se  convirtió  en  su  tirano. 

Achaque  es  de  favoritos  el  no  creer  nunca  sus  servicios  bien  recompen- 
sados; y  Askold  y  Dir,  unidos  desde  mucho  tiempo  á  la  suerte  de  aquel,  ya 
fuese  por  algún  resentimiento  particular,  ó  porque  sinceramente  desapro- 
basen la  conducta  del  déspota,  prescindieron  de  la  fé  jurada,  dedicándose  á 
disciplinar  é  instruir  tropas,  con  las  que  meditaban  una  incursión  por  la 
Polonia  y  el  país  de  los  cosacos.  Fehces  en  sus  primeras  correrías,  formaron 
el  audaz  proyecto  de  llegar  hasta  el  centro  del  imperio;  y  habiendo  equipado 
en  Kieff  (de  la  que  el  czar  se  posesionara),  doscientas  naves,  atravesaron  ol 
Ponto  Euxino  y  entraron  en  el  estrecho,  presentándose  frente  á  Constanli- 
nopla,  por  Miguel  el  Beodo  á  la  sazón  gobernada. 

La  noticia  de  los  atropellos  que  los  rusos  cometían  en  las  islas  vecinas 
le  llamó  á  la  capital,  de  la  que  se  hallaba  lejos,  é  implorando  la  ayuda  del 
cíelo,  cuenta  la  tradición  que  al  salir  de  la  iglesia  de  Blagsiernas,  donde  á 
este  fin  había  ido  procesíonalmente,  acompañado  del  patriarca  Focio  y  del 
pueblo,  una  violenta  tempestad  sumergió  la  flota  enemiga,  pereciendo  casi 
todos  sus  tripulantes. 

El  primer  cuidado  de  Oleg  al  encargarse  de  la  tutela  de  Igor,  hijo  de 
Rurik,  que  á  la  muerte  de  este  contaba  cuatro  años  de  edad,  fué  apoderarse 
de  Kieff,  que  por  su  situación  juzgaba  como  la  llave  de  vastas  y  atrevidas 
empresas;  pero  de  nada  servia  la  fuerza  contra  una  plaza  de  todo  punto 
inexpugnable,  por  lo  cual  el  astuto  regente,  dejando  tras  sí  la  mayor  parte 
de  sus  fuerzas,  se  aventuró  con  las  restantes  en  unas  miserables  lanchas,  lo- 
grando llegar  á  las  inmediaciones  de  Kieff,  y  desde  allí,  fingiéndose  un  mer- 
cader á  quien  Oleg  é  Igor,  ya  unidos  á  los  griegos  por  el  comercio,  autoriza- 
ban, despidió  un  emisario  con  el  encargo  de  manifestar  á  sus  soberanos 
que  una  penosa  enfermedad  no  le  permitía  pasar  á  saludarles  personal- 
mente. 

Debía  ser  la  de  Kieff  una  monarquía  en  extremo  democrática,  pues  es 
histórico  que  Askold  y  Dir,  sin  sospechar  el  lazo  que  se  les  tendía,  fueron  á 
visitar  á  Oleg  que,  en  el  pleno  goce  de  su  salud,  recibiólos  llevando  en  sus 
brazos  á  Igor,  y  diciéndoles:   «iVo  sois,  ni  principes,  ni  de  extirpe  real,  y 

TOMO  XIX.  M 


202  RUSIA. 

aquí  está  el  hijo  de  Rurik,  único  soberano  de  Rusia, »  mandó  que  á  su  pre- 
sencia fuesen  degollados. 

El  nuevo  señor  de  Kieff,  después  de  declararla  capital  de  sus  dominios, 
hizo  tributarios  suyos  á  los  dreolianos,  severianos,  radimitchosy  oíros;  pero 
esto  era  sólo  el  prólogo  délos  ambiciosos  designios  de  Oleg,  que  se  cifraban 
especialmente  en  la  ciudad  de  los  cesares,  y  resuelto  á  apoderarse  de  ella  en 
904,  con  dos  mil  naves  que  llevaban  ochenta  mil  combatientes,  forzó  la  en- 
trada del  puerto,  á  pesar  de  las  gruesas  cadenas  que  la  defendían,  esparció 
el  terror  por  las  inmediaciones,  y  León  VI  el  Filósofo  vióse  obligado  á  com- 
prar una  paz  humillante  al  precio  que  el  vencedor  quiso  imponerle. 

Véase  qué  mal  juzgan  los  que  fundándose  en  una  inscripción  que  gra- 
bada por  orden  de  Catalina  entre  Teodosia  y  Cherson,  decia  :  «Este  es  el 
camino  de  Constantinopla,»  suponen  que  sólo  desde  Pedro  el  Grande  datan 
las  ambiciosas  tendencias  de  la  Rusia  con  respecto  al  imperio  de  Bjzancio. 

Ocupadas  en  941  las  fuerzas  navales  de  los  griegos  en  sus  encuentros  con 
los  sarracenos,  y  dividido  el  imperio  por  las  rivalidades  entre  Constan- 
tino VII  y  el  general  Lecapenus,  la  ocasión  no  podia  ser  más  favorable  para 
que  los  rusos  intentasen  un  nuevo  golpe;  y  comprendiéndolo  así  Igor, 
marcha  sobre  la  ciudad  imperial  á  pretexto  de  reclamar  el  tributo,  á  su 
tutor  ofrecido,  y  cuando  la  conqiusta  era  segura,  por  una  prudencia  difícil 
de  comprender  en  tan  esforzado  caudillo,  cede  á  las  reflexiones  de  los 
ancianos. 

Más  avaro  Sviatoslaff,  su  sucesor,  trata  de  establecerse  en  aquel  codiciado 
país  donde  hacían  grata  la  existencia  los  más  ricos  dones  de  la  naturaleza: 
dehcados  vinos  y  exquisitas  frutas  de  la  Grecia,  briosos  caballos  de  la  Hun- 
gría, y  cual  la  del  Himetto  rica  miel  de  fértiles  comarcas  por  laboriosas 
abejas  trabajada. 

Sólo  el  perseverante  valor  de  Juan  Zimisces  y  los  titánicos  esfuerzos  de  la 
tribu  de  los  Petchenegos  sitiando  á  Kieff,  pudieron  conseguir  que  Sviatos- 
laff que  por  espacio  de  más  de  veinte  años  habia  sido  el  azote  de  Constanti- 
nopla,  regresase  al  Norte;  y  cuando  en  la  primavera  del  año  973,  después  de 
haberse  visto  precisado  á  invernar  á  las  orillas  del  Boristenes,  trataba 
de  abrirse  paso  por  entre  sus  encarnizados  enemigos,  fué  hecho  por  ellos 
prisionero,  cortáronle  la  cabeza  y  su  cráneo  guarnecido  de  un  cerco  de  oro 
y  adornado  de  piedras,  sirvió  de  copa  á  las  desenfrenadas  bacanales  del 
príncipe  de  los  Petchenegos. 

A  la  manera  qne  la  Macedonia  (siguiendo  el  paralelo  que  al  comenzar  es- 
tablecimos), apropiándosela  civilización  de  los  helenos,  fascinaba,  por  de- 
cirlo así,  á  los  que  pretendía  dominar  logrando  de  este  modo  el  derecho 
de  ciudadanía  y  la  naturalización  que  repetidas  veces  le  habia  sido  negada, 
Rusia  con  su  hábil  política  se  prometía  un  resultado  análogo;  y  atendido  á 
que  nada  une  á  los  hombres  tanto  como  las  afinidades  religiosas,  el  culto  dg 


sus  TENDENCIAS  Y  ASPIRACIONES.  205 

Perun,  temida  divinidad  á  la  que  se  ofrecian  cruentos  sacrificios,  siendo 
el  más  notable  el  de  una  esclava,  que  en  medio  de  las  danzas  y  actitudes 
más  obscenas  era  degollada  por  una  vieja,  á  la  que  llamaban  el  ángel  de  la 
muerte,  fué  abolido  porWlademiro  el  Grande,  mandando  que  en  su  lugar 
se  adoptara  el  rito  griego  identificándose  más  y  más  con  los  que  ya  creia  sus 
vasallos. 

Sin  embargo,  en  asunto  de  tanta  trascendencia  no  podia  obrarse  de  ligero; 
de  nada  sirven  las  leyes  contra  las  ideas  (1),  y  para  que  el  pueblo  abjurase 
de  las  que  hasta  entonces  habia  profesado,  acatando  la  voluntad  del  mo- 
narca, era  preciso  que  algo  le  demostrase  la  conveniencia  de  este  paso. 
El  numeroso  ejército  llevado  por  Wlademiro  al  Querspneso  y  reunido 
junto  á  los  muros  de  Teodosia  (hoy  Kafa)  después  de  seis  meses  de  una 
lucha  estéril  y  diezmado  por  los  combates  y  la  peste,  había  perdido  el  entu- 
siasmo: urgia  pues  levantar  el  sitio;  pero  cuando  de  esto  se  trataba,  un  bi- 
llete sujeto  á  una  flecha  que  desde  las  murallas  habia  sido  arrojado  (2),  dio 
á  conocer  á  los  rusos  la  fuente  que  por  conductos  subterráneos  enviaba  el 
agua  á  la  ciudad.  Cortados  por  los  sitiadores,  tuvo  esta  que  rendirse  y  el 
éxito  fué  tan  lisonjero  como  inesperado. 

El  momento  era  oportuno  y  el  vencedor  podia  sacar  gran  partido  de  su 
victoria.  El  prestigio  que  con  ella  habia  obtenido  permitíale  solicitar  de  los 
señores  de  Bizancio  la  mano  de  la  princesa  Ana,  acordado  por  sus  herma- 
nos Basilio  y  Constantino  á  condición  de  que  abrazara  el  cristianismo,  y 
como  de  este  enlace  esperaba  la  Rusia  obtener  grandes  beneficios,  de  aquí 
que  el  cambio  de  religión  como  razón  de  Estado  no  podia  menos  de  ser 
obedecido. 

Algún  tiempo  antes  y  movido  de  igual  deseo,  Othon  el  Grande  habia  tam- 
bién pedido  para  su  hijo  la  mano  de  la  princesa  Teofania  (3), 

El  mundo  germánico  aspiraba  como  el  eslavo  respresentado  por  la  Rusia 
á  la  posesión  de  Constanlinopla,  y  esto  era  lógico;  destructores  del  imperio 
de  Occidente,  debia  complacerles  que  el  de  Oriente  á  ellos  se  sometiera. 
Los  rusos,  no  obstante  su  desmedida  y  tradicional  ambición,  veian  que  por 
un  cúmulo  de  circunstancias,  fatales  todas  ellas,  su  fuerza  iba  decreciendo; 
el  gran  ducado  de  Kieff,  que  con  su  unidad  perdiera  también  su  influencia, 
debía  pasar  á  otros  dueños,  y  á  este  primer  paso  dado  en  su  decadencia, 
siguieron  muy  luego  las  correrías  por  el  Volga  de  los  émulos  de  Kengis- 
Kan,  exigiendo  onerosos  tributos,  los  ataques  de  los  Paleólogos,  los  cho- 
ques con  los  Genoveses,  y  como  digno  coronamiento  la  pérdida  de  la  Ru  ■ 
sia  roja;,  la  Podolía  y  la  Volhynia  por  la  Polonia  arrebatadas. 


(1)  Montesquieu,  Esprit  des  lois. 

(2)  Levesque,  Hist.  de  Busia. 

(3)  Formación  del  equilibrio  europeo  por  el  tratado  de   West/alia:  artículos  publi- 
cados por  el  autor  eu  Jíll  Boletín  Diplomático,  núms.  17  al  21. 


204  RUSIA. 

Sucede  á  las  naciones  como  á  los  individuos,  que,  respetados  y  temidos 
cuando  la  opulencia  les  otorga  sus  favores,  son  el  ludibrio  y  escarnio  de  los 
que  cortesanos  del  poder,  vce  vichis  les  gritan  cuando  la  fatalidad  visita  sus 
hogares,  y  asi  todas  las  que  con  la  Rusia  confinaban,  muchas,  aimque  en- 
vidiosas en  los  dias  de  su  gloria,  trataban  de  reducirla  á  la  menor  expresión 
cuando  á  su  ocaso  caminaba. 

Precedido  en  sus  tentativas  por  los  francos,  que  con  mejor  fortuna  á 
principios  del  siglo  xui  supieron  imponer  su  yugo  á  los  abatidos  griegos, 
mofándose  en  las  calles  de  Constantinopla  de  sus  afeminadas  costumbres,  y 
liostigado  por  sus  vecinos  que  de  antemano  se  disputaban  sus  despojos  ¿qué 
podia  ya  esperar  aquel  estado  agonizante? 

El  pueblo  á  quien  el  arquitecto  Calínico  habia  dotado  de  un  fuego  mági- 
co, inapagable,  secreto,  que  ni  el  agua,  ni  todos  los  demás  medios  que  con  • 
tra  tan  terrible  agente  se  emplean  bastaban  á  extinguir  (1),  y  el  cual  habia 
consumido  entre  otras  flotas  enemigas  las  de  los  árabes  llegadas  del  África  y 
de  la  Siria,  el  arbitro  del  comercio  y  soberano  un  tiempo  de  los  mares,  di- 
vidido por  las  luchas  religiosas  con  motivo  del  culto  de  las  imágenes,  á 
merced  de  un  clero  tan  corrompido  como  recto  era  el  latino,  y  entre  ten- 
dencias opuestas  colocado,  ofrecía  un  triste  y  doloroso  expectáculo.  Los 
emperadores  en  oposición  con  los  patriarcas,  estos  en  frecuente  hostilidad 
dando  lugar  con  sus  rencillas  á  sangrientas  coaliciones  entre  sus  ciegos 
partidarios,  como  lo  prueba  el  antagonismo  de  Arsenio  y  José,  y  de  lle- 
no entregado  á  las  disputas  teológicas,  como  no  supo  impedir  el  triunfo  de 
Cantacuceno,  no  acertó  tampoco  á  escuchar,  atento  sólo  al  concilio  de  Flo- 
rencia, el  marcial  estrépito  de  los  seides  de  Mahomet  que  en  considerable 
número  llegaban. 

La  ciudad,  bello  ideal  de  los  ensueños  moscovitas,  la  de  las  verdes  coli- 
nas, rica  perla  entre  dos  mares  engastada,  la  émula  de  Roma  por  su  fausto, 
de  Babilonia  por  sus  tesoros,  de  Jerusalen  por  sus  santuarios,  esclava  es  ya 
de  los  hijos  del  Profeta.  La  sangre  de  sus  defensores  enrojece  los  mármo- 
les de  la  grandiosa  basílica  de  la  que  Justiniano  dijera:  Te  he  vencido,  Salo- 
man, y  la  cabeza  de  su  heroico  emperador  sirve  de  adorno  á  la  columna  de 
pikfido  erigida  por  el  primer  Constantino  á  la  memoria  de  su  madre,  no  lejos 
del  regio  alcázar  cuya  devastación  y  maravillas  hacen  que  Mahomet  excla- 
me: Laarañaha  tejido  su  tela  en  el  palacio  imperial  y  la  lechuza  ha  canta- 
do por  la  noche  en  los  techos  de  Afrasiab. 

¡Notable  acontecimiento  la  caida  del  imperio  griego,  que,  sepultan- 
do entre  sus  escombros  las  esperanzas  de  la  Rusia,  daba  por  resultado 
a  intrusión  de  un  estado  bárbaro  junto  á  los  estados  europeos! 

Por  medio  de  las  armas  nadapodian  ya  intentarlos  descendientes  deRu- 


(1)     Historia  de  los  benedictinos. 


sus  TENDENCIAS  Y  ASPIRACIONES.  205 

rik,  á  los  que  se  oponía  en  adelante  un  pueblo  unido  y  celoso  guardador 
de  sus  conquistas;  pero  no  era  fácil  que  se  aviniesen  con  el  sedentario  pa- 
pel que  la  suerte  les  habia  deparado;  por  lo  que,  dando  á  sus  maqui- 
naciones un  nuevo  giro,  procuraron  fijarlas  sobre  una  base  más  sólida  y 
legal. 

Entre  los  muchos  refugiados  que  por  entonces  en  Roma  pululaban,  con- 
tábase una  princesa  llamada  Maria,  sobrina  del  último  emperador  griego 
Constantino  Drugases,  y  que  con  su  mano  podia  ofrecer  incuestionables  dere- 
chos al  imperio  de  sus  padres.  Llamábase  el  de  María  Tomás  Paleólogo  y 
era  el  ídolo  de  los  que  á  fuerza  de  atenciones  trataban  de  arrancarle  la  ce- 
sión desús  preciados  títulos,  que  fueron  á  recaer  en  Ivan  III,  pues  el  Papa 
Pablo  II  á  quien  interesaba  atraer  los  rusos  á  su  causa,  accediendo  á  la  pe- 
tición de  aquel,  se  la  concedió  en  matrimonio,  de  lo  que  pronto  debió  ar- 
repentirse, pues  no  sólo  no  abjuró  Ivan  el  cisma,  sino  que  por  el  contrario 
su  esposa,  cambiando  su  nombre  por  el  de  Sofía,  la  abrazó  también  y  en 
él  persistieron  sus  descendientes  sin  que  jamás  pudieran  disuadirles  las  ex- 
citaciones de  Gregorio  XIII,  ni  las  del  jesuíta  Possevino. 

Llama  en  alto  grado  la  atención  de  cuantos  al  estudio  de  la  historia  se 
consagran,  la  gran  parte  que  á  la  mujer  ha  cabido  en  el  desarrollo  y  en- 
grandecimiento de  la  Rusia.  Ya  hemos  visto  que,  mermada  y  abatida,  apenas 
podia  defenderse  de  sus  numerosos  enemigos,  cuanto'  menos  intentar  nada 
en  el  terreno  de  las  conquistas  al  parecer  vedado  para  ella.  Sólo  un  prodi- 
gio podia  sacarla  de  su  postración,  despertando  de  su  mal  dormida  codicia, 
y  este  prodigio  (que  no  otro  nombre  merece)  estaba  reservado  á  la  prince- 
sa María,  que  con  su  talento  puso  á  Ivan  III  en  relaciones  con  la  Europa  ci- 
vilizada, indicándole  las  mejoras  que  debía  adoptar  y  los  hombres  de  quie- 
nes debía  valerse  en  provecho  de  su  imperio,  y  para  el  mejor  resultado  en 
la  guerra  contra  los  Mongoles,  á  que  sin  cesar  le  inducía  y  en  la  que  estri- 
baba el  esplendor  de  su  corona. 

Estas  comunicaciones  debían  ser  más  activas  y  tomar  un  carácter  más 
[)olítico  durante  el  reinado  de  Ivan  IV,  muy  superior  á  sus  predecesores  al 
decir  del  P.  Possevino,  si  bien  este  religioso  se  muestra  muy  parcial  aplau- 
diendo las  grandes  cualidades  de  aquel  soberano,  y  callando  sus  monstruo- 
sos atentados  y  sus  crueles  vejaciones,  que  dejan  muy  atrás  las  de  Jermak 
Timofoovv,  el  conquistador  de  la  Siberia. 

Partidario  acérrimo  del  cisma,  brindaba  Ivan  franco  y  cordial  asilo  á  los 
fugitivos  helenos,  que  junto  á  los  grandes  duques,  únicos  representantes  y 
denodados  apóstoles  de  su  fé,  hallaban  costumbres  que  les  eran  familiares  y 
un  gobierno  que  iiacia  con  sus  bondades  más  llevadero  su  destierro,  sin  que 
nada  alarmase  la  conciencia  del  proscripto,  á  menudo  herida  y  desgarrada 
por  los  turcos  otomanos,  cuya  religión,  una  guerra  de  ochocientos  arios  ha- 
cia irreconciliable  con  el  Evangelio.  El  fanatismo  habia  servido  de  poderoso 


206  RUSIA. 

auxiliar  á  todas  las  victorias  del  nuevo  imperio,  y  este  era  el  secreto  de  su 
fuerza  y  el  que  ha  hecho  que  en  Europa  se  tenga  á  los  turcos  por  extranje- 
ros sólo  tolerados  en  beneficio  de  una  idea  ó  quizá  en  interés  del  equilibrio 
europeo  (1). 

No  obstante  su  marcada  predilección  por  el  cisma,  Ivan  IV  admitía  en 
sus  dominios  á  los  que  profesaban  distíntas  religiones,  abriendo  ampliamen- 
te y  sin  trabas  de  ningún  género  al  comercio  del  mundo  los  puertos  todos 
de  la  Rusia,  llegando  á  ellos  buques  de  Inglaterra,  de  Holanda  y  de  Ham- 
burgo  en  busca  de  pescado  seco,  de  aceite  de  ballena  y  maderas  de  cons- 
trucción; introducia  visibles  adelantos,  y  llamaba  á  los  sabios  de  todas 
partes  colmándoles  de  beneficios  en  cambio  de  sus  conocimientos,  de  los 
que  tanto  esperaba  utilizarse. 

Con  la  vista  fija  en  el  Occidente,  la  situación  por  que  este  atravesaba,  le 
hacia  formar  las  combinaciones  más  halagüeñas,  que  en  cierto  moíjo  justífi- 
caban  los  disturbios  de  Alemania  á  causa  del  luteranismo,  las  contíendas  de 
los  Paises-Bajos,  el  levantamiento  de  los  Hugonotes  y  el  de  los  parciales  de 
Zwingle  en  la  Suiza. 

Además  prestaba  mayor  fuerza  á  estos  cálculos  su  marcha  progresiva  y 
floreciente.  La  ruina  de  los  tártaros  de  Saren,  de  Kasan,  de  Astrakan  y  de 
Siberia,  le  habian  enriquecido  con  posesiones  en  el  Volga,  abriéndole  el 
mar  Caspio:  por  la  parte  superior  del  Asia,  se  extendia  allende  los  Trales, 
límites  trazados  por  la  naturaleza  y  con  la  reincorporación  de  las  repúblicas 
independientes  de  Novogorod,  Pscoff  y  Kehlgnof,  y  de  los  principados  feu- 
dales de  Riaizan  y  otros,  la  Rusia  habia  recuperado  con  creces  su  antigua 
unidad. 

Natural  era  que  la  Europa,  á  la  que  protegían  contra  tan  asolador  tor- 
rente los  lituanios  en  el  Dniéper  y  los  caballeros  teutones  en  el  Báltíco,  rece- 
losa se  mostrase:  y  si  á  lo  dicho  se  agrega  la  cooperación  de  los  derrotados 
en  Mulhberg  con  los  excluidos  de  Ausburgo  y  un  ejército  admirablemente 
armado  y  fuerte  de  doscientos  mil  hombres,  con  harta  razón  podia  temer 
que  pretendiera  llegar  hasta  ella  por  la  Livonia,  logrando  al  paso  la  adqui- 
sición de  esta  provincia,  que  por  su  feracidad  y  riqueza  el  granero  del  Nor- 
te era  apellidada. 

Fué  su  primer  invasor  en  1502  Ivan  III;  pero  el  maestre  provincial  Wal- 
ter  de  Plettenberg,  secundado  por  Alejandro,  gran  duque  de  Lituania,  as- 
cendido al  trono  de  Polonia  el  mismo  año  en  que  la  guerra  comenzaba,  y 
ávido  de  vengar  la  paz  de  Moscow  por  la  que  tuvo  que  devolver  á  la  Rusia 
todo  lo  que  á  favor  de  la  opresión  de  los  Mongoles  y  del  desmembramiento 
del  gran  ducado  de  Moscow  le  habia  arrebatado,  batió  en  Maholm  á  cua- 
renta mil  rusos,  y  en  una  segunda  refriega  habida  en  Pscoff,  deshizo    con 


(1)    M.  Combes. 


sus  TENDENCIAS  Y  ASPIRACIONES.  207 

catorce  mil  soldados  á  más  de  cien  mil  moscovitas,  viéndose  Ivan  en  el 
caso  de  ajustar  una  tregua  por  seis  años,  que  luego  se  hizo  extensiva  á 
cincuenta. 

Miguel  Glinski,  cuyos  talentos  habían  sido  tan  favorables  á  la  Polonia, 
como  funestos  á  los  tártaros,  sus  compatriotas,  disgustado  con  motivo  de 
ciertos  desaires,  ofreció  sus  servicios  á  los  rusos,  y  Basilio  IV,  fuerte  con  la 
ayuda  de  tan  esclarecido  general,  pudo  declarar  la  guerra  á  su  eterna  ene- 
miga, apoderándose  en  1514  de  Esmolensko,  y  concluyendo  en  1517  con  el 
rey  de  Dinamarca  una  alianza  por  la  que  se  obligaba  á  sostenerle  contra  la 
Suecia,  y  una  liga  contra  la  Polonia  con  Alberto  de  Brandeburgo,  gran 
maestre  de  la  orden  teutónica,  que  recién  convertido  al  luteranismo,  aspira- 
ba á  secularizar  la  Prusia,  declarándose  en  ella  independiente,  lo  que  no  po- 
dia  verificarse  sin  el  beneplácito  del  rey  de  Polonia,  soberano  de  la  orden 
desde  el  tratado  de  Torn  en  1466. 

Para  eludir  esta  humillación,  convino  Alberto  con  Basilio  IV  el  marchar 
sobre  Cracovia,  dando  lugar  al  tratado  de  este  nombre  celebrado  entre 
aquel  y  Segismundo  I  el  8  de  Abril  de  1525,  y  por  el  cual  se  comprometía 
al  fin  á  prestar  homenaje  al  rey  de  Polonia,  que  á  su  vez  le  cedia  la  Prusia 
teutónica  con  el  título  de  ducado  y  feudo  hereditario  para  sí  y  sus  descen- 
dientes varones,  como  para  sus  hermanos  de  la  rama  de  Brandeburgo  y  Fran- 
conia  con  sus  herederos,  volviendo  al  dominio  de  la  Polonia  en  el  caso  de 
que  la  descendencia  masculina  de  Alberto  se  extinguiese. 

Lo  convenido  en  este  tratado,  halagaba  á  los  poloneses  que,  además  de  la 
supremacía  sobre  la  orden  teutónica,  eran  siempre  los  soberanos  de  la 
Prusia. 

Ivan  IV,  sucesor  deBasiho  IV,  intentó  igualmente  apoderarse  de  la  Livo- 
nia,  y  no  obstante  su  victoria  de  Ermes  en  1558,  y  aunque  la  reforma  ha- 
bía disuelto  las  órdenes  militares  en  las  costas  del  Báltico,  los  estados  de 
aquella,  cedidos  á  la  Polonia  por  el  tratado  de  V^ilna  en  1561,  estaban 
bajo  su  inmediata  protección,  y  por  tanto  su  conquista  por  la  Rusia  era  im- 
posible. 

Derrotado  Ivan  por  Esteban  Bathory  que  le  arrojó  de  la  Livonia  arreba- 
tándole en  el  gran  ducado  de  Moscou  las  plazas  de  Polotsk,  Kholm  y  Pscoff, 
ofreció  al  Papa  Gregorio  XIII  adherirse  á  la  unión  de  Florencia  á  condición 
de  que  influyera  con  aquel  para  la  reunión  de  un  Congreso,  único  medio  de 
evitar  una  paz  bochornosa  á  la  que  irremediablemente  le  empujaban  sus 
derrotas  y  las  simpatías  siempre  crecientes  de  su  rival  en  las  ciudades  de 
la  Livonia. 

Abierto  en  Kiverova-Horka  el  13  de  Diciembre  de  1581,  fueron  los  ple- 
nipotenciarios poloneses  Zbaraski  palatino  de  Braclase,  Alberto  Radrivil 
gran  mariscal  de  la  Lituania  y  Miguel  Adaburdo;  y  los  rusos  Pmitrípetrovitz. 
— Yeletzi  y  Wassilievitz — Offerieff  guarda-sellos,  con  los  secretarios  Nikita- 


208  RUSIA. 

Basouka  y  Zacarías  Suiaseva,  habiendo  obtenido  por  el  ascendiente  que  so- 
bre Polonia  ejercía  la  Iglesia  romana,  que  se  admitiese  como  mediador  al 
P.  Possevino  y  véase  lo  que  acerca  de  esta  Asamblea  dice  Mr.  Schoell  en 
su  obra  Les  traites  de  paix: 

«Todas  las  dificultades  hablan  sido  allanadas  y  vencidas  ,  cuando  los 
embajadores  rusos  presentaron  dos  proposiciones,  amenazando  deshacer  lo 
acordado.  Pedían  que  se  colocara  entre  las  cesiones  hechas  por  la  Rusia  á  la 
Polonia;,  la  Curlandia  y  la  ciudad  de  Riga,  y  como  los  rusos  jamás  hablan 
poseído  ni  esta  ciudad  ni  aquel  ducado,  la  extraña  demanda  de  los  embaja- 
dores parecía  ocultar  una  segunda  intención.  Creyóse  que  no  debiendo  ser 
obligatorio  el  tratado  más  que  por  diez  años,  pues  así  lo  habían  querido  los 
rusos,  su  intención  era  la  de  reservar  á  su  soberano  algún  derecho  sobre  la 
Livonia  aparentando  renunciar  á  ella  sólo  por  su  corto  plazo.  Desechada  esta 
proposición  por  los  ministros  de  la  repúbUca  de  Polonia,  conformáronse  los 
rusos;  pero  exigieron  en  compensación  que  al  nombrar  las  plazas  y  fortale- 
zas cedidas  por  el  Czar,  se  dijese  que  siendo  una  parte  de  sus  dominios  la 
(pie  enagenaba,  podía  seguir  llamándose  rey  de  Livonia,  cuya  petición  tuvo 
igual  suerte  que  la  anterior  y  la  misma  que  una  última  exigencia  reclaman- 
do que  en  el  acto  se  le  diera  el  título  de  Czar.» 

Al  cabo  de  muchas  y  enojosas  discusiones  llegóse  á  una  avenencia  el  15 
de  Enero  de  1582,  firmándose  un  tratado  en  el  que  se  consignaba:  1."  Que 
el  Czar  cedia  al  rey  de  Polonia  todas  sus  posesiones  en  la  Livonia  y  además 
Witepsk  y  Wiclítsk  en  el  Dwina:  2."  Que  el  rey  de  Polonia  restituía  á  aquel 
Welíki-Louki,  Newel,  Sawolocki,  Kholm  y  algunos  puntos  de  la  provincia 
de  Pscoff  de  los  que  se  había  posesionado:  Y  3."  Que  la  ciudad  de  Polotsk, 
que  no  se  nombraba,  debía  pertenecer  á  los  poloneses  para  indemnizarles  de 
Esmolemko  que  habían  perdido  (1). 

Estas  negociaciones  por  su  índole  especial,  por  los  subterfugios  de  una 
de  las  partes  reservándose  derechos  no  existentes  y  creando  imaginarias  pre- 
rogativas,  y  principalmente  por  el  corto  tiempo  que  á  las  potencias  signata- 
rias obligaba,  recuerda  aquellos  tratados  en  los  que  el  pueblo  romano,  cre- 
yéndose llamado  á  la  conquista  del  mundo,  aun(|ue  no  siempre  seguro  del 
liiunfu,  dictaba  las  más  absurdas  condiciones  por  las  que  se  imponía  una 
más  imprescindible  necesidad  de  vencer  (2),  y  que  más  que  tratados  podían 
llamarse  suspensiones  de  hostilidades,  protegido  por  las  cuales  preparaba  el 
total  exterminio  de  su  contendiente. 

La  Polonia  quedaba  en  posesión  de  la  Livonia;  su  aliado  Cotardo  Ketler 
del  ducado  hereditario  de  Curlandia;  Magnus  de  las  islas  de  Osel  y  de  Pil- 
en, y  todos  ellos  garantidos,  sí  no  por  la  fé  de  un  convenio,  por  el  respeto  á 


(1)     Mr.  Combes.   Histoire  díplomatique  de  la  Russie. 
(2)      Montesquieu,  Cfrandeur  et  decadence  des  Bomaim. 


sus   TENDENCIAS  Y  ASPIRACIONES.  209 

Estevan  Bathory  profesado,  eran  un  grave  inconveniente  para  la  Rusia;  pero 
ya  hemos  tenido  lugar  de  ver  en  la  excursión  que  á  vista  de  pájaro  por  su 
historia  venimos  haciendo,  que  forma  el  carácter  particular  de  esta  nación 
una  perseverancia  que  no  desmaya  por  fuertes  é  insuperables  obstáculos  que 
á  su  paso  se  presenten. 

Llegar  hasta  el  Báltico  era  su  intento;  y  si  por  la  parte  de  la  Livonia  se 
alzaba  contra  él  un  dique  que  toda  su  tenacidad  no  bastaba  á  salvar,  que- 
dábanle la  Ingria  y  Carelia,  logrando  por  el  tratado  de  Tensin  en  1595  la 
inmediata  cuanto  deseada  comunicación  con  el  Mediterráneo  del  Norte,  per- 
dida juntamente  con  otras  no  pequeñas  ventajas  por  el  de  Wibourgo  en  1(509, 
al  cual  tuvo  que  sucumbir  Choniski,  que,  al  ser  elegido  czar,  no  podia  en 
manera  alguna,  dadas  las  facciones  que  trabajaban  á  la  Rusia  desde  la  ex- 
tinción de  la  dinastía  Rurik,  aventurarse  á  las  contingencias  de  una  guerra 
extranjera. 

A  la  muerte  de  Choniski  fué  ascendido  al  trono  de  Rusia  un  polonés  lla- 
mado Uladislao,  hijo  de  Segismundo  III,  Rey  de  Polonia,  quedando  por 
tanto  aquella  como  humilde  feudataria,  de  cuyo  estado  pudo  salir  mediante 
los  esfuerzos  de  Miguel  Romanoff,  fundador  en  1613  de  la  dinastía  que 
lleva  su  nombre,  el  cual,  por  la  mediación  de  la  Inglaterra,  gobernada  por 
Jacobo  I  el  Estuardo,  y  de  las  Provincias  Unidas,  á  Mauricio  de  Nassau  obe- 
dientes, consiguió  que  la  Suecia  aceptase  la  paz  de  Stolbova  en  1617,  seguida 
de  la  tregua  de  Dixiiina  en  1618,  y  confirmada  por  el  tratado  de  Viazma 
en  1654,  que  permitía  á  Romanoff  dar  estabiUdad  y  cohesión  á  un  país  tan 
fraccionado  y  dividido,  sin  alarmarse  de  los  trabajos  de  la  Suecia  para  for- 
mar un  vasto  imperio  del  Norte,  apoyándose,  no  como  la  Dinamarca  en  un 
débil  principio  federal,  sino  en  una  misma  fé  rehgiosa,  en  el  luteranismo, 
que  excluido  de  Inglaterra  por  los  Estuardos,  era,  sin  embargo,  aceptado 
con  entusiasmo  en  la  Estonia,  la  Ingria  y  la  Carelia,  y  á  favor  de  cuya  je- 
fatura esperaba  la  Suecia  medirse  con  la  casa  de  Austria,  ardiente  defen- 
sora del  catohcismo,  pudiendc  utilizar  en  favor  suyo  las  turbulencias  de  la 
Polonia  y  la  guerra  de  los  treinta  años  que  con  Alemania  amenazaba  envol- 
ver á  la  Europa  entera. 

Gustavo  Adolfo  había  dilatado  considerablemente  las  bases  del  imperio 
en  la  costa  eslava  del  Bállico,  y  merced  á  la  inacción  en  que  el  período  ¡¡a- 
latino  colocara  á  los  emperadores  austríacos,  permitiéndole  llevar  sus  armas 
á  la  Livonia,  y  á  que  una  parle  de  la  Polonia  ganada  á  la  reforma  se  aleja- 
Ija  de  Segismundo  IIL  pudo  conquistar  aquella  provincia  con  la  Prusía  de 
Dantzig,  y  la  tregua  de  Altmark  concluida  por  la  Polonia  á  instancias  de 
Richelíeu,  llevado  del  interés  que  le  indujo  á  mezclarse  en  los  asuntos  de 
Italia  y  los  Países  Bajos,  y  que,  según  él  mismo  asegura  en  su  Testamento 
político,  no  era  otro  que  el  de  salvarlos  de  la  opresión  española  y  de  la  tira- 
nía de  la  caca  de  Austria,  cuya  insaciable  ambición  la  hacia  temible,  con- 


210  RUSIA. 

virtiéndola  en  enemiga  del  reposo  de  la  cristiandad, » le  autorizaba  á  retener 
por  diez  años  todo  lo  que  habia  conquistado;  pero  su  fin  se  aproximaba  y 
las  brillantes  victorias  de  Leipsig  y  de  Lutzen  debian  hacer  más  sensible  la 
falta  de  aquella  superior  inteligencia,  que  prematuramente  segada,  dejaba 
incompleta  una  obra  bajo  tan  risueños  auspicios  emprendida. 

Carlos  X  Gustavo  pretendió  realizarla,  y  por  ende  humillar  á  la  Dinamar- 
ca, cuya  guerra  ya  acjuel  tenia  prevista.  No  le  faltaban  capacidad  ni  energía 
para  lo  primero:  en  lo  segundo  la  casualidad  le  deparó  la  adhesión  del  di- 
plomático danés  conde  de  ülefeld,  quien  habiendo  indicado  el  dificilísimo 
cuanto  arriesgado  paso  del  Pequeño  Belt  por  el  ejército,  el  12  de  Febrero 
de  1658  (1),  pudo  este  acampar  frente  á  Copenhague.  «Consecuencia  inme- 
diata de  la  conquista  de  Dinamarca  será  la  de  Noruega,  decia  el  joven  hé- 
roe, y  una  vez  terminada,  los  príncipes  y  los  Estados,  temerosos  por  el  res- 
tablecimiento del  comercio,  dóciles  acatarán  mis  órdenes.  La  Suecia  será 
respetada  hasta  por  los  soberanos  más  distantes  y,  en  fin,  jefe  de  un  for- 
midable ejército,  marcharé  á  Italia,  cual  otro  Alarico,  y  Roma  se  verá  de  . 
nuevo  á  los  godos  sometida. » 

Los  tratados  de  Copenhague  y  de  OKva  concluidos  el  6  de  Junio  de  1660, 
son  á  la  Suecia,  lo  que  ala  Europa  Occidental  los  de  Munster  y  de  Osna- 
bruk:  y  el  de  Kardis  en  1661  firmado  por  el  rey  de  Suecia  Carlos  X,  y  el 
czar  Alejo  Romanoff  terminaba  la  pacificación  del  Norte,  obligándose  el 
czar  á  restituir  á  aquel  todas  las  plazas  que  ocupaba  en  la  Livonia,  hasta  el 
mismo  Mariemburgo^  quince  dias  después  del  cambio  de  ratificaciones, 
pudiendo  los  negociantes  suecos  comerciar  libremente  en  Rusia  y  ejercer 
su  culto  con  el  derecho  de  conservar  los  moscovitas  su  iglesia  de  Revel. 

Compuesta  de  estados  acá  y  allá  esparcidos,  y  sólo  á  la  Suecia  sujetos 
por  los  lazos  siempre  odiosos  de  la  fuerza,  vacilante  su  gobierno  y  sin  po- 
der, á  causa  del  alejamiento  de  aquellos  y  de  los  principios  un  tanto  anár- 
quicos que  en  este  dominaban,  formar  un  todo  homogéneo,  regular  y  fuerte, 
su  situación  era  doblemente  crítica,  pues  sus  muchos  enemigos  no  descono- 
cian  los  lados  vulnerables  por  donde  podían  atacarla,  sin  que  el  socorro  de 
su  fiel  aliada  la  Francia  les  intimidase,  pues  para  aproximarse  á  la  Suecia 
tenia  que  pasar  por  entre  dos  potencias  temibles  y  á  ella  contrarias,  cuales 
eran  la  Inglaterra  y  la  Holanda,  además  de  que  muy  pronto  las  guerras  de 
Luis  XIV  absorberían  todas  sus  fuerzas  sin  que  pudiera  ocuparse  de  lo  que 
en  el  exterior  se  efectuaba. 

Dinamarca,  su  rival,  estaba  en  el  caso  de  apreciarensujusto  valor  cuanto 
queda  dicho:  hallábase  en  mejores  con,diciones,  pues  la  unión  alU  era  por  lo 
antigua  inquebrantable,  y  sobre  todo,  colocada  entre  el  Báltico  y  el  mar 
del  Norte,  ayudada  de  la  Inglaterra,  las  provincias  Unidas  y  los  Estados 


(1)    Mr.  Combes,   Hist,  dip.  de  la  Btissie. 


sus  TENDENCIAS   Y  ASPIRACIONES.  211 

alemanes,  y  enriquecida  con  el  lucrativo  paso  del  Sund,  podia  muy  bien  opo- 
nerse á  la  Suecia:  con  tanta  más  razón,  cuanto  que  por  la  reforma  monár- 
quica, introducida  casi  á  raiz  del  tratado  de  Copenhague,  el  poder  ejecutivo, 
que  antes  por  elección  radicaba  en  un  senado  revoltoso  y  en  tumultuosas 
dietas,  declarado  hereditario,  reuníase  omnímodo  en  manos  de  Federico  III. 

Desenvolvíanse  tales  gérmenes  de  prosperidad  con  gran  contentamiento 
de  los  adversarios  de  la  Suecia,  que  impotentes  por  sí  solos,  unidos  á  Dina- 
marca formaban  un  núcleo  respetable,  y  aunque  su  impaciencia  por  arro- 
jarse sobre  el  naciente  imperio  era  extremada,  sólo  cuando. la  guerra  entre 
los  Holandeses  y  la  Francia  había  sublevado  contra  esta  á  casi  toda  Europa, 
consintió  en  atacarle,  siendo  Cristian  V  hijo  y  sucesor  de  Federico  III 
quien  batió  á  Carlos  X  en  Olang  y  en  Kidge:  pero  el  año  anterior  Luis  XIV 
por  la  paz  de  Nimega  había  triunfado  de  la  Europa,  y  por  la  de  Lund  en 
1679,  de  Dinamarca  debia  triunfar  el  execrado  imperio,  que  vencido  por 
último  en  una  suprema  lucha,  cedía  el  puesto  á  los  poloneses  firmando  estos 
en  recompensa  de  la  ahanza  de  los  rusos  contra  los  turcos  (tan  ventajosa  á 
los  unos  como  á  los  otros)  por  la  paz  de  Moscow  en  1086  su  sentencia  de 
muerte,  pues  concedía  á  perpetuidad  á  la  Rusia  dilatados  territorios,  plazas 
fuertes,  y  lo  que  importaba  más  que  todo  la  obediencia  de  los  cosacos,  raza 
tan  feroz  como  indomable. 

Risueño  se  ofrecía  el  porvenir  para  una  nación  que  cuando  tantas  con 
varia  fortuna  se  habían  disputado  el  monopolio  del  Norte^  el  destino  al 
través  de  mil  vicisitudes  le  reservaba  la  realización  de  esta  epopeya. 

La  organización  interior  respondía  á  lo  mucho  que  en  esta  obra  los  pri- 
meros Romamoff  habían  trabajado,  pues  por  el  Código  civil  llamado  ouloje- 
nia  debido  á  Alejo  en  1640,  se  trazaban  á  todas  las  clases  sociales  nuevos 
derroteros,  al  sacerdocio,  á  la  nobleza,  á  los  desheredados  de  la  suerte  que 
no  podían  constítuij?se  en  servidumbre  antes  de  los  veinte  años,  y  al  infe- 
liz que  condenado  á  perder  la  vida  podia  disponer  de  seis  semanas  para 
reclamar  contra  el  juez  nunca  infalible. 

La  escena  era  digna  del  personaje  que  iba  á  aparecer  en  ella,  y  del  cual 
nos  ocuparemos  en  el  artículo  siguiente. 

Emilio  Borso. 


(Se  continuará. 


Madrid,  1871. 


RECUERDOS  DE  VIAJE. 


APUNTES  PARA  LA  DESCRIPCIÓN  B  HISTORIA  DE  GALICIA. 


PEIMEEA    PARTE, 
I. 


Orense,  ciudad  antes  poco  menos  que  olvidada,  y  á  Ja  cual  sólo  se  podia 
ir  desde  Madrid  dando  vuelta  por  la  Corufia,  y  á  costa,  por  consiguiente,  de 
cinco  ó  seis  dias,  es  hoy  acaso  lo  más  céntrico  de  Galicia.  De  Orense  salen 
carreteras  concluidas  la  mayor  parte,  ó  en  construcción,  á  Ponterrada,  á 
Lugo  por  Monforte  de  Lemos,  á  Santiago,  á  Zamora  por  las  Portillas,  á  Pon- 
tevedra y  á  Vigo. 

Ya  no  es  Galicia  aquella  región  de  la  que  podia  decir  el  cronista  francés 
Froissart,  que  era:  i<Pas  chuce  ierre,  ni  aimabh;  u  chevaucher  ni  á  travai- 
llcr. »  No  sé  si  siempre  habrá  razón  para  repetir  aquello  de  « Oh  dura  tellus 
IbericB,»  pero  no  hay  duda  que  si  Froissart  reviviese,  fuera  grande  su  sor- 
presa en  ver  que  Galicia  es  ya  al  presente  tierra  más  apacible  y  amable  para 
viajar  por  ella  á  pié  y  á  caballo,  de  lo  que  nunca  pudo  imaginar. 

La  española  Erin  como  que  empieza  á  mostrar  los  tesoros  que  en  su  seno 
encierra,  y  quien  halla  al  presente  carreteras  para  todas  partes,  cuando  ha- 
ce pocos  años  apenas  liabia  malas  trochas  y  temibles  despeñaderos,  experi- 
menta verdadero  anhelo  por  ver  comarcas  cuya  hermosura  conoce  de  oidas, 
pero  cuyo  camino  estaba  vedado  á  casi  todos. 

Ya  no  es  punto  menos  que  imposible  ver  como  las  [aureanas  lavan  las 
arenas  del  Sil  buscando  en  ellas  el  oro  que  todavía  acarrean  las  aguas  del 
caudaloso  rio;  á  propósito  del  cual  se  ha  dicho  con  razón:  El  Sil  lleva  el 
agua  y  el  Miño  la  fama.  Por  todos  lados  cruzan  diligencias  que  conducen  á 


APUNTES   PARA  LA   HISTORIA  DE  GALICIA.  215 

Santiago,  Jerusalem  de  Occidente  para  los  Cristianos,  Kaaba  de  los  Nazare- 
nos para  los  Musulmanes;  y  á  Lugo  ó  la  Coruña.  Gran  tentación  es  para  mí 
emprender  de  nuevo  el  viaje  de  Santiago  de  Compostela.  Y  luego  de  allá, 
puedo  tomar  el  camino  de  Lugo,  para  ver  de  nuevo  también  sus  Thermae. 
su  muralla  romana,  la  catedral  ó  el  precioso  mosaico  de  la  calle  de  Batita- 
les.  ¿Y  quién,  ya  en  la  región  boreal  de  Galicia,  no  pone  los  pies  en  la  ale- 
gre Coruña  y  va  embarcado  un  poco  más  de  una  hora  al  Ferrol,  ó  bien  por 
tierra,  torna  á  contemplar  aquella  deleitosa  Marina,  que  en  fertilidad  y  ri- 
queza compite  con  las  nunca  bien  alabadas  Rias  de  Abajo? 

No  siempre  la  voluntad  del  hombre  se  ve  satisfecha,  y  desde  Orense,  lo 
más  fácil  para  encaminarse  pronto  al  mar,  es  emprender  el  camino  de  Vi- 
go,  si  no  el  de  Pontevedra.  Bien  que  ambos  forman  triángulo,  cuya  basa 
corre  á  lo  largo  de  la  costa,  y  encierra  una  de  las  comarcas  más  hermosas 
y  dignas  de  atención  por  sus  históricos  recuerdos.  Entre  el  verdor  perenne 
de  aquellos  campos,  de  la  umbría  de  sus  arboledas,  ó  en  los  recuestos  de  sus 
montañas,  es  fácil  ir  hojeando  buena  parte  de  la  historia  de  Galicia  y  aun 
de  toda  la  Península  Ibérica.  Esta  región  de  España,  un  tiempo  frontera 
mal  comprendida  y  respetada  de  Portugal,  vio  nacer  el  vecino  reino,  en 
mal  hora  fundado  por  un  hijo  de  extranjero,  incapaz  de  amar  ala  nueva  pa- 
tria que  despedazaba.  Hablo  de  Alfonso  Enriquez,  apellidado  por  los  Mu- 
sulmanes Rey  do  Coimbra,  y  á  quien  los  portugueses  miran  por  fundador  de 
su  monarquía,  si  ya  no  fuera  cosa  de  atribuir  la  creación  del  reino  al  gran 
rey  Alfonso  YI,  que  fué  quienotorgó  en  feudo  al  conde  Borgoñés  Don  En- 
rique, padre  del  primer  rey  de  Portugal,  lo  que  por  esta  parte  de  la  Penín- 
sula poseía,  al  propio  tiempo  que  le  daba  su  hija  Doña  Teresa  por  esposa. 
Creo  haber  dicho  la  verdad  en  la  Crónica  de  Pontevedra,  al  asegurar  que 
Alfonso  «daba  en  dote  á  su  hija  bastarda  la  incapacidad  en  que  había  de 
quedar  por  siglos  y  siglos  la  Península  ibérica  de  formar  un  gran  pueblo.» 

Mas,  no  hay  que  apurarse  en  tratándose  de  absurda  y  necia  política, 
siempre  que  de  la  provincia  de  Pontevedra  se  trate,  que  bueno  es  tener  pre- 
sente con  cuánta  facihdad  daba  el  marqués  de  la  Ensenada  buena  parte  de 
este  hermosísimo  territorio  en  trueco  de  la  Colonia  del  Sacramento  en  las 
costas  de  America  meridional!...  Quien  no  sabe  estimar  lo  bueno  que  po- 
see, bien  merece  perderlo. 

IL 

Es  de  noche,  y,  como  ya  han  pasado,  no  sólo  los  grandes  fríos  del  in- 
vierno, pero  los  grandes  calores  del  verano  de  Í870,  insoportables  en  casi 
toda  Europa,  cierto  airecillo  restaurador  da  vida  á  los  pulmones  fatigados 
del  reseco  estío,  que  aun  en  Galicia  lo  ha  sido  hasta  el  punto  de  hallarse  pa- 
rado casi  todos  os  muiños.  Con  esto  padecen  los  moradores  no  poco,  pues 
no  andando  los  molinos,  por  haberse  secado  ó  llevar  poquísima  agua  la  ma- 


214  RECUERDOS  DE   VIAJE. 

yor  parte  de  .os  arroyos,  es  imposible  moler  el  grano,  cosa  que ,  bien  pue- 
de decirse,  equivale  á  no  tenerle. 

No  es  frecuente  lo  que  digo,  aún  la  provincia  de  Orense,  que  en  la  par- 
te Sur  es  lo  menos  húmedo  de  Galicia;  pero  este  año  casi  hay  hambre 
por  la  razón  ó  sinrazón  de  faltar  agua  á  los  molinos.  Esto  deberia  hacer  ver 
á  los  Gallegos,  en  especial  de  ciertas  regiones,  cuan  útiles  fueran  para  ellos 
los  molinos  de  viento,  motor  de  que  fácilmente  y  á  menudo  se  puede  dispo- 
ner por  las  alturas,  en  la  costa  ó  en  tierra  llana.  Ya  en  la  peninsula  tienen  el 
ejemplo  de  los  molinos  manchegos,  eternizados  por  Cervantes;  y  más  cerca, 
en  la  costa  de  Portugal  hay  también  muchos  molinos  de  viento  casi  orillas 
del  mar^  como  puede  verse,  por  ejemplo,  en  las  cercanías  de  Oporto.  Desde 
luego,  en  muchas  partes  de  GaUcia  serian  muy  útiles,  ahorrándose  el  agua 
que  tanta  falta  suele  hacer  para  el  riego. 

Serán  ya  las  ocho  de  la  noche;  arranca  el  tiro,  parte  la  diligencia  no, con 

gran  priesa,  y  después  de  cruzar  el  Miño  por  su  famosa  puente hay  que 

hablar  de  los  muiños,  ó  cosa  tal,  porque  nada  se  ve.  Con  todo,  á  quien  ya 
conoce  el  terreno,  bien  se  le  puede  consentir  recuerde  que,  en  los  26  kiló- 
metros de  Vigo  á  Rivadavia,  es  todo  el  camino  hermosísima  alameda  de  co- 
pados árboles  que,  á  derecha  é  izquierda,  asombran  el  camino.  Cierto  que 
todos  los  de  Galicia  podrían  á  bien  poca  costa  hallarse  de  igual  manera, 
pues  no  exige  la  sequía  perenne  de  aire  y  suelo,  como  en  Castilla  ó  Anda- 
lucía, una  noria  ó  pozo  para  cada  medio  centenar  de  árboles. 

A  Rivadavia  acudían  los  Ingleses,  como  ya  he  dicho  antes,  en  busca  del 
famoso  Tostado,  excelente  vino  en  verdad.  No  siempre  lo  hicieron  por  bue- 
nas, pues  en  1585  se  presentó  sir  Thomas  Percy,  á  la  cabeza  de  sus  hom- 
bres de  armas,  aclamando  al  duque  de  Alencastre,  esposo  de  la  hija  de  don 
Pedro  I,  por  rey  de  Galicia.  Resistieron  su  entrada  los  hijos  de  Rivadavia,  y 
durante  un  mes,  llenaron  de  asombro  con  su  valora  los  Ingleses,  quien,  se- 
gún Froissart,  se  admiraban  de  tanto  esfuerzo  en  hombres  «que  eran  me- 
ramente ¡misarios,  6  más  bien  plebeyos,  sin  que  hubiere  un  solo  caballero 
en  la  población.» 

Dispusieron  los  partidarios  del  de  Alencastre  un  ingenio  para  dar  batería 
á  los  muros,  y  entonces  los  ciudadanos  ofrecieron  rendirse,  más  los  de 
Percy,  burlándose,  contestaron:  «No  entendemos  vuestro  gallego,  hablad- 
nos  en  francés  ó  castellano.»  Ello  fué  que  la  valerosa  Rivadavia  se  vio 
ruinmente  saqueada,  pagando,  sobre  todo,  los  Judíos,  que  eran  muy  ricos; 
y  los  Ingleses  se  hartaron  de  vino  y  cerdo,  permaneciendo  varios  días 
en  estado  no  muy  diferente  de  aquel  en  que  tan  á  su  sabor  ronca  y  engorda 
este  sabrosísimo,  mantecoso  y  mentecato  animal. 

Dejemos  á  los  hijos  de  Albion  complacerse  en  el  poco  honroso  recuerdo 
de  sus  vinosas  fazañas  por  la  cuenca  del  Miño  y  el  Ribero  de  Avia,  lugar 
este  último  donde  se  receje  el  mejor  mosto,  y  dejando  atrás, aquellas  her- 


APUNTES   PARA   LA   HISTORIA    DE   GALICIA.  215 

mosas  laderas,  cubiertas  de  viñedo,  subamos  por  entre  descomunales  peñas- 
cos á  cruzar  los  ramales  que  del  Monte  Faro  descienden  á  Portugal.  De  esta 
suerte,  y  dejando  atrás  el  pueblo  de  Melón,  con  su  antiguo  monasterio,  lle- 
gamos á  la  Cañiza,  44  kilómetros  de  Orense. 

El  terreno  es  alto  y  desigual,  el  clima  fresco,  pero  en  mucbos  dias 
de  verano  molesta  el  calor  sobre  manera,  bien  que  lo  mismo  sucede  en  San 
Petersburgo.  Demás  que  el  calor  en  ciertas  regiones  de  la  provincia  do 
Orense  suele  ser  muy  grande. 

Valles  bay  entre  aquellas  asperezas,  pintorescos  y  fértiles,  cuyo  verdor 
aumenta  conforme  se  va  uno  acercando  al  mar.  En  la  frondosidad  hay  verda- 
dera gradación  desde  las  Portillas  hasta  las  playas  del  Océano.  El  valle  de 
Verin  ó  Monterey,  y  las  alturas  que  le  rodean,  tienen  poco  arbolado.  Algo  más 
abunda  este,  siguiendo  hacia  Orense,  en  cuya  región,  así  como  por  el  Ribe- 
ro de  Aira,  ponen  los  naturales  su  mayor  cuidado  en  el  viñedo.  El  clima 
por  allí  no  es  tan  excesivamente  húmedo,  que  obligue  á  disponer  la  vid  en 
parras,  como  por  la  costa,  si  bien  tampoco  resistiría  aquella  el  yacer  por  el 
suelo  como  en  Castilla,  de  suerte  que  la  sostienen^  poniendo  para  cada  cepa 
una  caña  ó  palo,  en  torno  de  la  cual  se  retuercen  y  trepan  los  sarmien- 
tos. Sigamos  adelante.  ¿Qué  ruinas  son  aquellas  que  señorean  á  la  derecha 
del  camino  gran  parte  de  este  tan  ameno  territorio? 

En  el  Monte  Landin,  feligresía  de  San  Martin  de  la  Pórtela,  ayunta- 
miento de  Puentearéas,  de  cuya  población  dista  aquella  más  de  un  cuarto  de 
legua,  yace  el  antiguo  castillo  de  Sobroso,  morada  del  noble  señor  que  dispo- 
nia  de  la  antigua  jurisdicción  del  propio  nombre,  compartiéndole,  entre  otros, 
con  el  conde  de  San  Román  y  el  marqués  de  Valladares.  Aún  hoy  se  conserva 
en  la  casa  de  los  duques  de  Hijar  el  marquesado  de  Salvatierra,  al  cual  va 
unido  el  del  Sobroso. 

Una  legua,  y  aún  más,  antes  de  llegar  á  Puentearéas,  ya  se  divisan  en  lo 
alto  las  ruinas  de  la  antigua  fortaleza  que  antaño  era  entre  las  muchas  man- 
siones feudales  de  las  más  señaladas  de  Galicia,  y  hoy  yace  abandonada, 
desierta,  sin  techos,  lleno  su  recinto  de  zarzas,  revestidos  de  yedra  los  ás- 
peros sillares  de  sus  muros,  y  por  ventura  sirviendo  de  abrigo  á  dañosas 
alimañas. 

Ya  que  el  castillo  del  Sobroso  he  mencionado,  como  que  me  hace  señas 
otro  que  no  está  muy  lejos,  y  al  cuaL  en  efecto,  he  de  ir  á  parar  en  cuanto 
me  sea  posible,  porque  en  él,  lejos  de  ver  las  ruinas  abandonadas  que  el 
presente,  hallaré  canteros  y  albañiles  restaurándolas.  Hablo  del  Castillo  de 
Sotomayor,  cuyo  propietario  actual,  el  Marqués  de  la  Vega  de  Armijo  y  de 
Mos,  ha  juzgado,  y  se  funda,  que  no  en  balde  heredaron  nuestros  ricos-hom- 
bres, preciosos  monumentos  dignos  de  conservarse  para  el  arte  y  la  histo- 
ria, y  pues  en  sus  manos  se  hallan,  obligación  tienen  de  mirar  por  ellos,  en 
vez  de  olvidar  los  recintos — que  para  su  familia  deberían  ser  siempre  sa- 


216  RECUERDOS  DE  VIAJE. 

grados — donde  sus  antecesores  nacieron  y  lograron  mantener  ilesa  la  honra 
heredada. 

Tiene  el  castillo  del  Sobroso,  desde  la  carretera,  diversos  puntos  de 
vista  por  extremo  notables;  y  en  él,  como  en  otras  muchas  fortalezas  feuda- 
les de  Galicia,  se  advierte  que  no  está  en  la  cumbre  más  alta,  sino  que, 
naciendo  en  verdad,  á  grande  altura,  todavía  parece  como  que  se  ha  bus- 
cado lugar  al  abrigo  de  otra  que  le  señorea.  Lo  mismo  sucede  con  el  Castillo 
de  Pena,  que  ya  mencioné  al  cruzar  la  Limia  y  lo  propio  con  el  castillo  de 
Sotomayor,  como  más  adelante  veremos.  En  resolución,  se  ha  buscado  para 
estos  castillos  notable  eminencia,  que,  vista  desde  algunos  puntos  parece 
aislada  ó  poco  menos,  pero  dando  la  vuelta  en  torno,  se  ve  que  son  más 
bien  un  rellano  que  llega  á  cierta  parte  tan  sólo  de  la  altura  principal.  En 
pocos  lugares  se  ve  lo  que  digo,  como  siguiendo  el  camino  de  la  Cañiza  á 
Puentearéas. 

III. 

No  entra  la  diligencia  en  Puentearéas,  con  lo  que  el  viajero  no  puede 
ver  la  hermosa  plaza  de  la  villa,  si  no  tiene  ánimo  para  dar  una  carrera, 
mientras  mudan  el  tiro.  Es  por  la  mañana  temprano;  el  cielo  nubloso  es- 
torba e]  paso  á  los  rayos  del  sol;  esmalta  el  rocío  praderas  y  maizales,  cae 
de  hoja  en  hoja  por  los  copados  castaños^  y  sienta  el  polvo  del  camino.  Ma- 
ñanas de  estío  tan  deleitosas  no  las  tiene  á  su  disposición  el  Español  en  su 
tierra  sino  en  la  apacible  región  boreal  de  la  Península,  especialmente  en 
Galicia,  donde  los  horizontes  no  son  tan  estrechos  y  aún  ahogados  como 
por  el  resto  de  la  costa  cantábrica. 

Con  pena  se  apartan  los  ojos  de  Puentearéas,  rodeado  de  tan  hermosos 
campos,  pero  diez  kilómetros  más  allá  entradnos  en  Porrino,  emporio  de  los 
zapateros  y  uno  de  los  pueblos  más  transitados  durante  el  verano.  Nada 
más  fácil  que  ver  en  su  plaza  coches  de  Bayona,  Tuy,  Vigo,  Orense  y  Ponte- 
vedra; y  si  los  viajeros  tienen  la  fortuna  de  que  tal  suceda,  no  hay  sino 
pedir  á  Dios  paciencia,  porque  es  muy  probable  ocurra  algún  choque,  en- 
redo de  tiro  ó  cosa  tal. 

Vamos  cruzando  los  ramales  que  de  los  montes  de  Barcia  descienden  al 
Miño.  Andamos  diez  kilómetros  más,  pero  antes  de  llegar,  ya  se  percibe 
en  el  aire  algo  nuevo,  extraño  y  que  produce  agradable  sensación  á  nuestros 
sentidos. 

De  pronto,  una  gran  extensión  de  agua,  un  brazo  de  mar,  el  mismo 
Atlántico  ondea  ante  mis  ojos,  mientras  á  las  rizadas  olas  envía,  como 
para  besarlas,  su  vivido  centelleo  el  sol  poniente.  Ecco  aparir! 

¿Puede  darse  asiento  más  deleitoso  que  el  de  Vigo?  Mas  para  compren- 
derle bien,  es  preciso  asomarse  á  sus  ventanas,  y  luego  no  hay  sino  ben- 


APUNTES  P\RA  LA   HISTORIA   DE  GALICIA.  217 

decir  á  Dios.  A  Dios,  que  no  al  hombre,  que  tan  poco  ha  hecho  hasta 
ahora  en  aquellos  lugares. 

Es  la  ña  de  Vigo  á  un  tiempo  gloria  y  afrenta  de  España.  Ver  aquella 
mmensa  bahía,  que  tan  hermosas  y  fértiles  costas  rodean,  y  contemplar 
desiertas  sus  aguas,  sin  que  apenas  tal  cual  barco  llegue  á  la  orilla,  dando 
vida  al  comercio,  causa,  primero  admiración,  después  vergüenza. 

A  las  puertas  de  un  reino,  extranjero  para  mal  suyo  y  nuestro;  en  clima 
por  extremo  apacible,  con  facilísima  salida  para  los  productos  de  la  Penín- 
sula Ibérica,  con  la  mejor  entrada  que  puede  imajinarse  para  toda  clase 
de  embarcaciones,  ¿qué  hemos  hecho  nosotros  en  pro  de  aquel  don  que  el 
cielo  puso  en  nuestras  manos? 

Prueba  de  lo  bien  que  sabemos  estimar  aquella  joya  es  lo  que  sucedió 
por  los  años  de  1751.  Anhelaba  España  poseer  la  colonia  del  Sacramento, 
foco  de  contrabando  á  las  puertas  de  nuestras  más  ricas  colonias  america- 
nas. El  marqués  de  la  Ensenada ,  uno  de  nuestros  mejores  ministros,  ce- 
diendo al  ardentísimo  deseo  de  acabar  con  el  comercio  ilegal  que  tanto  nos 
dañaba,  llegó  á  ofrecer,  en  trueco  de  la  referida  colonia,  parte  de  la  provin- 
cia de  Tuy.  Sin  duda  no  bastaba  á  España  con  desprenderse  de  tan  hermoso 
y  fértil  territorio,  y  ofreció  las  siete  misiones,  orillas  del  Uruguay.  Tamaña 
mengua,  por  ventura,  ni  siquiera  advertida,  no  cayó  sobre  nosotros  porque 
Pombal,  ministro  portugués,  no  quiso.  Hizo  Dios  que  el  soberbio  Carballo 
prefiriese  también  la  lejana  colonia  del  Sacramento  á  entrambas  riberas  del 
Miño ,  las  cuales  por  eso  no  son  hoy  portuguesas,  desde  tiempos  del  rey 
José  I.  Ni  se  diga  que  Ensenada  no  hizo  de  su  parte  cuanto  pudo,  para  que 
España  perdiese  la  más  bella  región  que  baña  el  Miño,  en  trueco  de  la  leja- 
na y  funesta  colonia  del  Sacramento.  Tal  es  el  recuerdo  que  la  provincia 
de  Pontevedra  conserva  de  un  buen  ministro!  De  esa  manera,  mientras  En- 
senada era  el  verdadero  creador  del  arsenal  del  Ferrol,  estuvo  á  punto  de 
mancillar  su  buen  nombre  de  estadístico  y  administrador,  cercenando  á  Es- 
paña una  de  sus  más  hermosas  regiones. 

Y  es  triste  decir  que  mientras  nuestros  Gallegos  se  dejaban  _,  sin  resis- 
tencia, traer  y  llevar,  los  Indios  de  América  negáranse  con  toda  energía,  y 
aun  acudieran  alas  armas,  antes  que  pertenecer  á  Portugal.  Con  razón  po- 
dría asegurarse,  que  de  buena  parte  de  los  daños  que  padecen  los  Gallegos, 
son  ellos,  ante  todo,  responsables.  No  son  únicamente  los  gobiernos  los  cul- 
pados, cuando  los  pueblos  no  hacen  nada  para  sacudir  su  apatía. 

El  gobierno  hizo  bien  en  elejir  á  Ferrol  para  puerto  de  guerra.  Para  el 
comercio  del  mundo  está  el  de  Vigo.  Pero  está  como  Dios  le  ha  hecho,  y 
aún  por  ventura  maleado  con  algún  muelle  ruinmente  construido  ó  cosa  pa- 
recida, único  bien  que  aquel  hermoso  puerto  debe  á  la  torpe  mano  del  hom- 
bre. Como  no  se  alegue  que  basta  para  dar  vida  á  la  más  hermosa  bahía  de 
Europa  la  población  de  Vigo,  en  el  estado  en  que  al  presente    se  halla! 

TOMO   XIX.  16 


218  RECUERDOS    DE    VIAJE. 

A  decir  verdad,  como  buen  español  creo  que  la  honra  de  mi  patria  exige 
cuanto  antes  un  nuevo  Vigo,  para  que  así  no  pueda  repetirse,  con  sobrada 
razón,  que  aquella  bahía  es  á  un  tiempo  afrenta  y  gloria  de  España. 

No  dudo  deje  de  haber  hombres  sensatos  que ,  prefiriendo  lo  malo  pre- 
sente al  cambio  que  el  decoro  de  la  nación  exige,  se  atengan  al  Vigo  actual, 
sin  advertir  cuan  vergonzoso  aspecto  presenta,  en  especial  por  donde  se 
extendían  sus  antiguas  fortificaciones  y,  sobre  todo  ,  la  puerta  de  la  Gam- 
boa, que  aun  aislada  ó  en  la  forma  que  mejor  pareciese,  siempre  debió  per- 
manecer en  pié,  mudo  testimonio  de  la  gratitud  de  un  pueblo  á  los  que  en 
tiempo  de  la  guerra  de  la  Independencia  le  libraron  con  su  esfuerzo  de  ma- 
nos de  los  soldados  franceses.  En  tal  estado,  un  hijo  adoptivo  de  Vigo,  el 
Sr.  D.  Emilio  de  Olloqui,  leyó  en  el  ayuntamiento  en  la  sesión  del 
dia  15  de  Febrero  de  1869  una  Memoria  importantísima.  En  ella  se 
proponía  abastecer  de  aguas  á  la  ciudad,  alumbrarla  como  era  debido, 
terraplenar  el  espacio  que  hay  entre  el  murallon  del  puerto  y  la  alameda; 
hacer  muelles,  construir  una  plaza,  rival  del  hermoso  Terreiro  do  Pazo,  de 
Lisboa,  labrar  otra  de  abastos,  en  reemplazo  de  los  vergonzosos  mercados 
que  hoy  existen,  reformar  del  todo  el  infecto  barrio  de  pescadores  de  la 
Ribera,  añadiendo  teatro  con  fachada  monumental  y  arcadas,  en  el  que  pu- 
diesen estar  el  Casino,  Biblioteca  y  Conservatorio,  y  además  paseo,  coin- 
prendíendo  jardín  Botánico;  palacio  para  exposiciones,  alameda  y  campo  de 
ferias.  También  proponía  una  plazuela  y  calle  de  circunvalación  al  Noroeste 
de  la  ciudad,  colegios  de  primera  enseñanza  para  ambos  sexos,  aduana  y 
otros  edificios. 

Tales  eran  las  obras,  apenas  indicadas  por  quien  esto  escribe,  en  el  pro- 
yecto de  ensanche  y  mejora  de  la  ciudad  do  Vigo,  expuesto  por  el  Sr.  Ollo- 
qui, en  nombre  de  la  compañía  que  representaba.  Mucho  pareció  y  aun 
excesivo  lo  que  se  proponía ,  pero  nobleza  obliga,  y  aquella  población  no 
puede  seguir  como  se  halla. 

Si,  há  poco  tiempo,  podía  alegar  el  verse  rodeada  de  fortificaciones,  al 
presente,  sin  ellas  y  con  el  feísimo  aspecto  que  la  ciudad  presenta,  sobre 
todo  por  donde  aquellas  corrían,  obliga,  en  verdad,  á  los  vigneses  á  sacudir 
la  ibérica  apatía,  y  en  vez  de  quedarse  á  un  lado ,  dejando  solos  á  quien 
les  señalan  el  camino  que  es  preciso  seguir,  ó  lo  que  es  peor,  consintiendo  á 
gente  desocupada  y  de  no  buena  intención  poner  á  esta  de  por  medio  para 
que  sirva  de  estorbo  á  toda  mejora ,  ayudar  de  buena  voluntad  y  en  prove- 
cho propio,  para  que  Vigo  sea  lo  que  debe,  que  harto  habrá  que  hacer  pa- 
ra ello. 

No  ha  sido  pequeño  el  paso  dado  en  la  última  mitad  de  Setiembre  de 
este  año  en  favor  de  lo  que  vamos  diciendo.  El  ayuntamiento  de  Vigo,  asis- 
tido de  algunos  vecinos  de  representación,  aprobó  los  trabajos  hechos  por  e) 
Sr.  Olloqui  y  por  la  comisión  nombrada  con  objeto  de  lograr  avenencia  de 


APUNTES   PARA   LA    HISTORIA   DE  GALICIA.  219 

intereses  entre  la  empresa  que  dicho  señor  representa  y  los  de  Vigo.  El  ob- 
jeto era  presentar  el  acta  de  convenio  al  gobernador  de  la  provincia  para 
que  la  trasmitiese  al  gobierno,  el  cual  es  de  creer  haya  acogido  favorable- 
mente la  solicitud  del  ayuntamiento,  á  cuyo  nombre  se  quedó  en  hacer  la 
concesión  de  las  lagunas  que,  bien  puede  decirse,  infestan  el  Arenal. 

El  Sr.  Olloqui,  cediendo  al  ayuntamiento  el  puesto  que  le  correspondía 
como  concesionario,  ha  servido  nuevamente  á  su  patria,  ya  que  aquel  creia 
interesada  su  honra  en  que  la  cesión  de  las  lagunas  por  el  Estado  se  hiciese 
en  su  nombre,  después  de  lo  cual  se  proponía  tratar  con  la  empresa.  ¡Plegué 
á  Dios  qne,  allanado  tanto  estorbo  como  el  bien  de  Vigo  ha  ido  encontrando, 
se  logre  al  fin  llevar  á  cabo  buena  parte,  íil  menos,  de  las  mejoras  indicadas! 
¡Plegué  á  Dios  que  los  dos  años  pasados  sin  ventaja  para  nadie,  y  con  gran 
daño  de  la  población  y  de  su  higiene  y  exterior  aspecto,  hayan  servido  de 
enseñanza  á  todos,  para  que  los  muchos  viajeros  que  tanto  anhelan  y  temen 
llegar  á  aquellas  hermosas  playas  de  Galicia,  no  padezcan  amarguísimo  des- 
engaño en  ver  la  mezquina  ciudad  que  hoy  ocupa  el  lugar  donde  deberla  te- 
ner asiento  la  más  hermosa  de  España!  ' 

Para  ello  se  necesita  firmeza,  amor  al  suelo  que  nos  ha  visto  nacer,  y... 
una  palabra  que  apenas  me  atrevo  ¿pronunciar,  tratándose  de  Galicia.... 
¡Union! 

No  por  amigo  del  Sr.  Olloqui,  que  lo  soy,  teniendo  semejante  honra  en 
grande  estima,  mas  por  amigo  de  Galicia  é  hijo  de  padres  nacidos  en  aquella 
hermosa  tierra,  deseo  que  cuanto  antes  brote  la  nueva  población  de  Vigo  de 
los  infectos  fangales  que  tanto  afean  la  vista  del  Arenal,  y  cundiendo  la  vida 
por  el  glorioso  y  estrecho  recinto  de  la  noble  ciudad,  surja  esta  hermosa  y 
regenerada,  mirándose  en  las  azules  aguas  de  su  deleitosa  bahía,  llamando 
á  los  viajeros  que  de  todas  partes  acudan  á  respirar  su  blando  ambiente  y 
á  pasar  horas  y  horas  con  los  ojos  clavados  en  aquella  región  de  paz  y 
bienandanza.  Ya  llegan  á  sus  puertas  los  carriles  por  donde  no  tardará  en 
asomar  con  su  penacho  de  humo  la  locomotora,  signo  de  vida  en  la  edad 
presente.  La  vía  férrea,  cruzando  valles,  hendiendo  montañas  y  llamando  á 
Galicia  á  la  comunidad  europea,  impone  grandes  deberes;  pero  á  ninguna 
población  tanto  como  á  Vigo.  No  lo  olviden  jamás  sus  moradores;  y  si  por 
ventura,  todavía  alguno  entre  ellos  se  atiene  á  lo  presente,  por  mezquino  que 
sea,  que  mire  entorno  y  tiemble  en  ver  cómo  llora  Galicia  entera  lágrimas 
de  sangre  por  su  apatía  y  aún  desvío,  cuando,  años  hace,  pudo  también  ha- 
ber tenido,  á  la  par  que  otras  regiones  de  España  menos  importantes,  po- 
bladas y  ricas,  los  ferro-carriles  que  hoy  echa  de  menos  y  pide  agonizando 
al  tiempo  y  á  los  capitales,  que  tan  lentamente  acuden. 

El  asiento  de  Vigo,  su  puerto  y  la  prosperidad  que  está  obligado  á  te. 
ner,  son  causa  de  que  España  enterase  interese  en  las  mejoras  que  el  señor 
Olloqui  propone  á  la  que,  no  sin  razón,  llama  su  patria.  Por  ventura  es  en 


220  RKCUERDOS  DE   VIAJE. 

Galicia,  cual  en  ninguna  otra  parte,  tener  sangre  gallega  en  las  venas  sam- 
benilo  que  á  todo  el  que  en  semejante  caso  se  halle,  antes  sirve  de  estorbo 
que  de  ayuda.  Pero  cuando  la  ventaja  es  tan  patente,  aún  suponiendo  no  se 
pueda  llevar  á  cabo  por  el  pronto  sino  parte  del  proyecto,  cierto  estoy  de 
de  que  los  hijos  de  Vigo  comprenden  mejor  que  nadie  el  bien  que  á  todos 
espera  con  la  mejora  y  ensanche  de  la  población,  en  lugar  del  abatnniento 
y  somnolencia  en  que  al  presente  yace. 

Todas  las  poblaciones  de  Galicia,  incluso  las  de  lo  interior,  han  mejo- 
rado notablemente,  siendo  de  ese  modo  más  doloroso  el  contraste  entre 
ellas  y  Vigo.  El  interés  de  esta,  á  la  par  de  su  honra,  quieren  que  desde 
luego  se  acepte  el  concurso  da  cuanto  á  mejorar  el  estado  presente  con- 
tribuya. Cesen  ya  sus  dos  principales  entradas  de  ser  lo  que  son,  esto  es, 
por  la  parte  de  mar,  un  muelle  tan  mal  construido,  que  á  los  pocos  años 
de  labrado,  parecen  sus  piedras,  separadas  y  hundidas,  las  de  antiquísimo 
puerto  de  alguna,  ya  olvidada,  Cartago;  y  por  donde  estuvo  la  puerta  de 
la  Gamboa,  vergonzoso  derrumbadero. 

Si  á  esto  se  añade  el  feísimo  aspecto  de  los  terrenos  comprendidos  en- 
tre el  murallon  y  el  Arenal,  digan  todos  los  vigueses  y  aún  España  entera, 
que  también  está  obligada  á  tenerlo  en  cuenta,  si  es  posible  consentir  lo 
que  sucede  por  más  tiempo  y  sin  mengua. 

Nobleza  obliga,  y  pues  un  hombre  activo  y  resuelto  como  el  Sr.  Olloqui, 
que  bien  puede  llamarse  hijo  de  Gahcia,  llevando  también,  como  lleva, 
sangre  de  aquel  honrado  solar  en  sus  venas,  se  propone,  á  costa  de  todo 
género  de  sacrificios,  llegue  á  ser  Vigo,  en  vez  de  más  que  modestísima 
población,  noble  y  hermoso  ingreso  á  la  Península  ibérica,  justo  es  que 
reciba  ayuda  de  cuantos  puedan  darla,  de  todos  aliento,  y  de  las  autorida- 
des amparo;  no  sea  que  la  malevolencia  -^longa  nuevos  estorbos  al  bien  de 
Vigo,  de  Galicia  y  de  España. 

IV. 

La  hermosura  y  grandeza  del  paisaje  que  desde  Vigo  se  abarca  son  tan 
grandes,  que  no  tienen  sino  un  defecto,  y  es  la  imposibilidad  en  que  se 
hallará  siempre  el  arte  de  reproducirlos  como  fuera  debido,  ora  emplee  el 
pincel,  ora  la  pluma. 

La  raza  que  puebla  esta  región  tiene  sello  especial  en  el  rostro  y  confor- 
mación del  cuerpo,  que  la  distingue  sobremanera  de  la  que  mora  tierra 
adentro.  No  suelen  tener  los  hijos  de  estas  costas  la  robustez  de  los  mari- 
neros que  pueblan  las  que  siguen  más  al  Norte,  hasta  Ferrol,  y  luego  dan 
vuelta,  hasta  el  desagüe  del  Eo,  cuya  corriente  separa  Asturias  de  Galicia. 

Es  frecuente  hallar  por  aquí  hombres  más  esbeltos,  si  bien  no  tan  forni- 
dos como  los  otros  Gallegos,  y  acaso  un  anticuario  benévolo  pudiera  ver  en 
os  hijos  de  las  orillas  del  Miño  y  de  las  rias  de  Vigo  y  Pontevedra,  aque- 


APUNTES  PARA  LA  HISTORIA  DE  GALICIA.  221 

Has  proporciones  del  cuerpo  y  aquel  noble  perfil  que  los  hijos  de  Grecia 
han  legado  á  la  posteridad  en  sus  hermosas  estatuas.  Lo  que  digo  se  ob- 
serva más  bien  en  los  hombres  que  en  las  mujeres. 

Sin  perder  el  tiempo  en  citar  á  Diomedes,  Rey  de  Etolia,  hijo  de  Tideo 
y  de  Deiphila,  y  no  olvidando  lo  mucho  que  se  ha  confundido  á  nuestros 
Iberos  con  los  de  Asia,  ello  es  que  en  el  antiguo  Convento  Jurídico,  cual 
si  dijéramos,  Chancilleria  de  Braga,  Plinio  {Nat.  Hist.  L.  46.  20,)  habla  de 
Cilenos,  Helenos,  Gravios,  Castellum  Tigde  (Tuy),  y  á  todos  los  tiene  por 
hijos  de  griegos  [Grcecorum  sobilis  omniá).  Desde  luego  no  pueden  menos 
de  llamar  la  atención  los  nombres,  griegos  sin  duda  la  mayor  parte,  cuando 
no  todos.  Que  la  raza  de  los  marineros  tiene  calidades  físicas  que  la  dis- 
tingue de  los  moradores  de  las  aldeas  ó  casas  y  lugares  de  lo  interior,  basta 
verlo.  Ahora  bien,  el  Convento  ó  Chancilleria  de  Braga  tenia  sus  límites 
hacia  Pontevedra,  quedando  abarcado  el  territorio  de  que  hablo. 

Si  ya  no  bastara  el  testimonio  de  antiguos  é  ilustres  escritores,  el  nombre 
confirma  con  su  apellido  lo  que  tan  atinadamente  repite  el  msigne  portu- 
gués Herculano,  en  la  introducción  de  su  historia.  Después  de  referir  c(3mo 
los  Fenicios  habían  tenido  por  suya  la  mayor  parte  de  España  en  tiempos  an- 
teriores á  Homero,  sigue  diciendo:  «unquanto  pequennas  colonias  griegas  se 
estabelecian  em  diversos  pontos  marítimos,  nomeadamente  (en  especial 
ñas  márgens  do  Minho  edo  Douro,  subindo  pelas  suas  focas.» 

En  efecto,  lo  verosímil  confirma  la  verdad  histórica,  y  se  comprende  que 
los  Griegos,  al  poner  el  pié  en  las  costas  occidentales  de  la  Península,  en- 
traran y  subieran  por  los  embocaderos  de  dos  tan  importantes  y  caudalo- 
sos ríos  como  Duero  y  Miño.  Semejante  navegación,  facilísima  para  las  pe- 
queñas embarcaciones,  en  que  aventuraban  la  vida  los  antiguos,  lo  fué  asi- 
mismo por  igual  causa,  para  los  Normandos,  que  también  vinieron  frecuen- 
temente á  estas  costas,  permaneciendo  en  ellas  no  poco  tiempo. 

Mas,  ¿cuándo  vinieron  aquellos  Welsch,  Welsh,  Wallici,  Gallicir,  Galos 
cuyos  innumerables  enjambres  poblaron  gran  parte  del  Occidente  de  Euro- 
pa? Es  singular,  que,  mientras  el  Galo  de  Francia  perdió  su  nombre  trocán- 
dole por  el  de  sus  conquistadores  Germanos  los  Francos,  le  conservaran 
casi  intacto  nuestros  Gallegos  y  la  tierra  de  Gales  en  la  Gran  Bretaña. 

Cierto  que  si  en  el  mundo  hay  algún  nombre  de  pueblo  que  refiera  su 
historia  bien  á  las  claras,  es  el  de  los  Franceses,  pues  permaneciendo  Galos 
en  su  carácter  y  afición  á  mudanzas  y  toda  suerte  de  trastornos,  hubieron  de 
llamarse  como  los  pueblos  de  raza  germánica,  sus  señores.  El  Galo  vencido 
y  sojuzgado  por  el  Franco  recibió  de  éste,  á  la  par  del  freno  y  coyunda  im- 
puestos por  la  fuerza,  un  orden  y  estado  sociales,  cuya  tradición  más  ó  me- 
nos debilitada,  llegó  hasta  el  mismo  día  en  que  Luis  XYI  fué  guillotinado. 

Aquel  día,  el  Galo  rompió,  después  de  siglos  y  siglos,  el  último  eslabón  de 
la  que  llamaba  su  cadena.  Cayó  la  Bastilla,  borráronse  los  privilegios  nobi- 


222  RECUERDOS   DE   VIAJE. 

liarios  que — fuera  este  ó  aquel  su  origen — de  la  conquista  germánica  arran. 
caban;  siendo  menester  un  acuerdo  de  la  Convención  para  que  los  gallardí- 
simos templos  de  arte  "románico  y  ojival  y  los  hermosos  castillos  feudales 
no  quedaran  todos  raidos  de  la  liaz  de  Francia.  Quisieron  los  hijos  de  esta 
ser  libres  é  iguales,  lograron  al  cabo  lo  último,  jamás  lo  primero;  hubo  en 
aquellos  horrorosos  nueve  meses  de  miedo  disimulado,  digámoslo,  si  ya  no 
se  le  quiso  poetizar  con  el  nombre  de  Terror,  quien  propusiese — y  en  ello 
era  más  lógico  que  todos  los  revolucionarios  juntos — que  los  Franceses, 
Francos  ya  sólo  en  el  nombre,  recobraran  el  antiguo  de  Galos...  Y  Francia, 
después  de  raer  cuanto  la  recordaba  antiguos  privilegios,  guillotinó  reyes, 
nobles,  sacerdotes,  y  no  teniendo  ya  en  qué  emplear  su  actividad  carnicera, 
se  guillotinó  á  sí  propia.  Aquel  día  el  Galo,  sin  el  impulso  ya  de  raza  más 
enérgica  y  varonil,  después  de  avergonzarse  de  haber  gritado  hasta  enton- 
ces, ¡Viva  el  Rey!  no  quiso  de  él  ni  aún  la  libertad,  prefiriendo,  sin  duda, 
temblar  de  pavor  ante  Carrier  y  Fouquier-Thinville;  y  empuñando  las  ar- 
mas, fué  al  cabo  á  morir  por  todos  los  campos  de  Europa,  al  grito  de  ¡Viva 
el  Emperador! 

Hé  aquí  la  historia  de  los  Galos  más  poderosos  y  de  mayor  renombre.  Sus 
actuales  desventuras,  no  poco  parecidas  á  las  que  padecieron  sus  padres 
cuando  la  caída  de  Roma,  vienen  nuevamente  acompañadas  de  la  presencia 
y  aún  de  las  armas  vencedoras  y  conquista  de  los  Germanos.  De  nuevo  lle- 
gan éstos,  irresistibles,  como  los  que  empuñaban  la  espada  francisca  ó  la 
(rámea  de  tiempos  de  Clodoveo.  El  Galo  por  sí  solo,  no  tiene  ya  las  calida- 
des que  á  sus  padres,  mezclados  con  los  conquistadores,  adornaban.  El  Ga- 
lo sabe  morir,  como  valiente  que  es,  pero  no  sabe  creer El  Germano  sí. 

Al  Germano  corresponde,  no  el  imperio  material  del  mundo  que,  en  ver- 
dad, poco  vale,  sino  aquel  legítimo  influjo  y  aun  supremacía  que  los  pueblos, 
creyentes  en  Dios,  y,  por  lo  tanto  en  la  ciencia  y  el  arte,  lograrán  siempre 
sobre  pueblos  incapaces  de  tener  fé,  para  lo  cual  y  sin  renegar  un  solo  ins- 
tante del  libre  albedrío,  cierto,  se  necesita  el  mayor  y  más  noble  esfuerzo 
de  la  humanidad. 

V. 

No  dirá  quien  haya  tenido  paciencia  para  seguirme,  trasponiendo  las  cum- 
bres de  Piedrafita,  cuando  no  las  de  Padornelo  y  la  Canda,  ó  bien  los  rau- 
dales del  Miño,  que  ha  sido  larga  la  liistoria  de  los  Galos  de  allende  el  Piri- 
neo. De  los  de  aquende,  como  se  ha  tomado  más  á  espacio,  bueno  será  ir 
conociendo  su  tierra  y  algunos  pormenores  curiosos  de  tiempos  antiguos. 
Demás,  que  estos  no  son  conocidos  ni  contados  como  deberían,  aun  en 
nuestros  mejores  libros  históricos. 

Bien  quisiera  traer  á  cuenta,  pues  de  la  historia  de  nuestros  Gallegos  se 
trata,  el  nombre  de  lugar,  Célticos,  repetido   como  unas  seis  veces;  mas 


APUNTES  PARA    LA  HISTORIA  DE  GALICIA-  223 

pues  no  se  halla  sino  en  las  provincias  de  Lugo  y  Coruña^  mejor  será  dejar- 
lo para  cuando  Dios  quiera  llevarme  por  la  región  del  Norte.  Entretanto, 
fuerza  es  tener  presente,  que  el  referido  nombre,  no  es  sino  el  de  Celtici, 
modificado  por  el  uso  y  por  el  idioma  gallego.  ¿Y  los  Iberos,  que  hablaban 
en  Euskara,  como  claramente  lo  indican  tantos  nombres  de  lugar  en  Gali- 
cia? ¿Y  las  razas  prehistóricas?....  De  esto  y  otras  muchas  cosas  más  ha- 
llará en  Gahcia  quien  tenga  deseos  de  trabajar,  tanto,  que  bien  puede  me- 
ter en  ello  hasta  los  codos. 

Non  esl  hic  locus.  No  hay  espacio,  y  en  verdad  que  lo  lloro,  pero  ya  que 
de  tiempos  antiguos  se  trata^  acerquémonos  unos  cuantos  siglos  más  acá  y 
aceptemos  cuantos  venimos  por  el  nacimiento  ó  lasangrp,  de  Galicia; acepte- 
mos, repito,  con  noble  entereza  el  epiteto  de  Beoda,  dado  por  ignorantes  y 
mal  intencionados  al  que,  más  leal  y  generosamente,  llamó  Tirso  de  Mo- 
lina: 

Reino  famoso,  del  Inglés  estrago. 

¿Quién  llevó  á  Beocia,  de  donde  la  tomó  el  resto  de  Grecia,  la  escritura 
que  reemplazó  á  la  que  usaban  los  Pelasgos,  sino  Cadmo,  venido  de 
Fenicia,  y  muy  probablemente  de  Egipto?  ¿Quién  sino  aquel  verdadero  ci- 
vilizador de  los  Griegos  hizo  á  Tebas,  acaso  fundándola  también,  verdadera 
rival  de  la  ciudad  egipcia  del  propio  nombre,  instituyendo  en  ella  orácu- 
los, de  donde  vino  la  tradición  de  que  ambas  ciudades  presumían,  de  haber 
visto  á  Júpiter  Aramon  y  á  Osiris  Baco,  y  de  poseer  además  el  sepulcro  de 
este? 

En  Beocia  se  cultivó  la  viña  antes  que  en  las  otras  regiones  griegas.  Tro- 
fonio  y  Agamedo,  hayan  existido  ó  fueran  personificaciones  de  instintos 
rehgiosos,  erigieron  catorce  siglos  antes  de  Jesucristo  el  templo  de  Apolo  en 
Levadea  (Beocia),  y  el  de  Belfos,  famosísimo  entre  todos  los  de  Grecia.  La 
insigne  Heraclea,  era  colonia  de  Beocia.  Rica  era  esta  nación  en  trigo,  uno 
de  los  artículos  más  importantes  del  comercio  griego. 

Aquella  Beocia,  tan  maltratada  por  la  ligereza  de  los  hijos  de  Ática  y  el 
Peloponeso^  tenia  en  pequeñísimo  espacio  más  ciudades  que  ninguna  otra 
región  de  Grecia,  sin  contar  á  Tebas,  hermosísima  población,  llena  de  so- 
berbias esculturas,  donde  en  especial  causaba  la  admiración  de  todo  el  mun- 
do los  trípodes  que  había  en  el  templo  de  Hércules.  Burlábanse  los  demás 
Griegos  de  los  Beocios,  á  quien  motejaban  de  lentos  y  torpes  sobremanera 
en  comprender  no  menos  que  por  su  apostura  poco  elegante.  Motejaban  á 
los  hijos  de  Tanagra,  por  envidiosos;  á  los  de  Oropos,  por  avaros;  á  los  de 
Thespis,  por  amigos  de  quimeras;  á  los  de  Tebas,  por  insolentes;  á  los  de 
Cheronca,  por  pérfidos  en  la  amistad;  á  los  de  Platea,  por  baladrones;  y  á 
los  de  Haliarta,  por  necios.  Después  de  esta  relación  de  ciego,  no  habrá 
quien,  hecho  á  oir  los  mil  dislates  que  el  vulgo   atribuye  á  los  Gallegos, 


224  RECUERDOS   DE  VIAJE. 

deje  de  maravillarse  ante  la  semejanza  de  los  cargos  que  ciertos  Españoles 
inventan  al  presente,  con  los  que  propalaban  los  habladores  hijos  de 
Atenas. 

Otra  semejanza  con  los  descendientes  de  Celta  y  Suevos,  consiste  en 
que,  á  pesar  de  tener  bastantes  costas,  preferían  la  agricultura  á  la  navega- 
ción y  comercio.  No  eran,  según  parece,  de  presencia  tan  llena  de  atracti- 
vo como,  por  ejemplo,  los  Atenienses.  Sin  duda  no  sabian  cruzarse  el  manto 
con  igual  gracia,  o  eran  menos  pulidos  en  su  peinado  y  adornos.  Con  todo, 
no  cedian  en  verdadero  ingenio  á  nadie.  Hijos  de  Beocia,  fueron  los  histo- 
riadores Anaxido,  Dionisidoro  y  Plutarco;  los  poetas  Píndaro,  Corinna  y 
Ilesiodo,  y  los  capitanes  Pclópidas  y  Epaminondas,  maestro  el  último  de  los 
más  insignes  guerreros,  desde  Alejandro  Magno  hasta  Federico  de  Rusia. 

Vivian,  sí,  los  Beocios  poco  unidos,  como  nuestros  Gallegos  también,  y  á 
ellos  únicamente  debieron  el  no  tener  en  toda  Grecia  el  influjo  que  de  otra 
suerte  habrían  ejercido.  En  sus  pechos  generosos  se  estrelló  más  de  una 
vez  la  tan  ponderada  valentía  espartana.  Id  á  los  campos  de  Leuctra,  y  allá 
veréis  el  lugar  donde  6.400  Tcbanos  vencieron  á  25.600  hijos  de  Esparta  y 
sus  aliados;  la  más  sangrienta  y  vergonzosa  derrota  padecida  por  Lacede- 
monia,  y  que  apenas  se  comprende,  siquiera  fuera  Epaminondas  el  capitán 
de  los  Beocios,  verdadero  inventor  del  orden  oblicuo,  después  imitado  por 
Alejandro  en  la  batalla  del  Gránico,  por  César  en  Farsalia,  por  Federico 
de  Rusia  en  Hohen-Friedberg,  y  no  pocas  veces  al  presente,  acaso  hoy  mis- 
mo, por  los  Alemanes  en  Francia.  Honor  de  Beocia  fué  aquel  hombre  in- 
signe, á  cuyo  nivel  pocos  ciudadanos  y  capitanes  prodrá  presentar  la  hu- 
manidad entera;  que  vencedor  en  Mantinea,  defendiendo  á  Atenas  contra 
Esparta,  pero  herido  de  muerte,  se  hizo  sacar  el  hierro  homicida,  dando  el 
último  suspiro,  satisfecho  con  no  haber  padecido  jamás  derrota  alguna,  y 
sobretodo,  quedando  Tebas  triunfante,  vencida  Esparta,  y  Grecia  hbre. 

Por  último,  cuando  Atenas,  sólo  tenia  por  verdadero  antemural  contra 
Filipo  las  elocuentes  frases  y  cobarde  conducta  de  Demóstenes,  Tebas  se 
alzó  degollando  á  la  guarnición  macedónica,  siendo  luego  arrasada  por  el 
enemigo,  quien  puso  en  venta  treinta  mil  ciudadanos,  exceptuando  sólo  á 
los  sacerdotes  y  á  los  descendientes  de  Píndaro,  el  primer  poeta  lírico  de 
Grecia.  Ya  anteriormente,  en  la  batalla  de  Cheronea,  habían  dado  los 
Beocios  hasta  el  último  de  los  cuatrocientos  guerreros  del  batallón  sagrado 
de  Epaminondas,  muertos  todos  en  defensa  de  la  patria,  mientras  Demós- 
tenes, la  gloria  de  Atenas,  arrojaba  el  escudo  para  huir  con  más  desem- 
barazo. 

No  hay  que  buscar  en  España  justicia  para  los  Gallegos,  ni  aún  entre  ellos 
mismos;  mas,  pues,  he  concluido  con  la  gloria  militar  de  Beocia,  traiga  de 
nuevo  España  á  la  memoria  las  palabras  del  único  capitán  á  quien  jamás  las 
armas  de  Napoleón  pudieron  vencer,  y  teniendo  presente  que  la  mayor  parte 


APUNTES   PARA  LA  HISTORIA    DE    GALICIA.  225 

de  los  cuerpos  que  combatieron  en  San  Marcial,  provenían  de  Galicia,  véase 
lo  que  Wellington  dijo  después  de  la  victoria.  No  se  asuste  el  lector,  que 
citaré  solamente  unas  cuantas  palabras  escritas  en  el  cuartel  general  de  Le- 
saca  el  dia  4  de  Setiembre  de  1813: 

«Guerreros  del  mundo  civilizado:  aprended  á  serlo  de  los  individuos  del 
cuarto  ejército,  que  tengo  el  honor  de  mandar:  cada  soldado  de  él  merece 
con  más  justicia  que  yo  el  bastón  que  empuño.» 

Aquí  no  sé  qué  cara  pondrán  algunos  Españoles.  Prosigue  Wellington: 
«Españoles,  dedicaos  todos  á  imitar  á  los  inimitables  Gallegos:  distinguidos 
sean  hasta  el  fin  de  los  siglos,  por  haber  llegado  su  denuedo  á  donde  nadie 
llegó.  Nación  española,  premia  la  sangre  vertida  por  tantos  Cides...» 

Pero  la  nación  española  tenia  otra  porción  de  cosas  mejores  que  hacer, 
como  lo  prueba  nuestra  historia  desde  el  año  de  1815  hasta  el  presente; 
por  eso,  sin  duda,  se  ha  estado  la  carretera  de  Zamora  á  Galicia  por  las 
Portillas  sin  puentes  hasta  el  año  de  1870. 

En  letras,  desde  Macías  y  Rodríguez  del  Prado  hasta  Feijóo  y  Pastor 
Díaz;  en  artes,  desde  el  maestro  Mateo  hasta  Francisco  deMoure  y  Gregorio 
Hernández,  bien  puede  Galicia  mantener  su  glorioso  renombre  y  con  él  dar 
en  el  rostro  á  quien  imagine  ofenderla,  llamándola  Beocia  española. 

VI. 

Estamos  en  el  castillo  de  Vigo,  llamado,  no  sin  redundancia,  el  Castro, 
bien  que  castros  hay  en  Galicia  casi  tantos  como  razones  tiene  quien  esto 
escribe  para  hablar — y  nunca  lo  suficiente — de  aquella  hermosa  región  de 
esmeralda  llamada,  con  fundamento,  por  Mr.  Thiers,  uno  de  los  grandes 
centros  del  poder  español. 

Agradezca  el  lector  que  le  haya  evitado  la  molestia,  no  escasa,  de  trepar 
desde  Vigo  hasta  su  principal  castillo.  Desde  aquellas  murallas,  poco  á  pro- 
pósito, en  verdad,  para  resistir  á  la  moderna  artillería,  se  extiende  la  vista 
por  una  de  las  comarcas  más  admirables  del  mundo.  Sin  ser  yo  parte  á  es- 
torbarlo, corren  mis  ojos  hacia  el  mar,  y,  desde  luego  se  admiran  de  aquel 
verdadero  rompe-olas  de  las  Cíes,  puesto  á  la  entrada  de  la  más  grande 
y  segura  ría  de  la  península.  Quedara  la  entrada,  sin  ellas,  desguarnecida, 
pero  los  empinados  montes  que  las  forman,  surjen  á  tiempo  del  abismo, 
como  para  decir  al  Océano  Atlántico:  «De  aquí  no  pasarán  tus  olas  desco- 
munales.» 

La  disposición  de  aquellas  islas  es  tal,  que  mientras  vienen  á  ocupar,  digá- 
moslo, el  centro  de  la  entrada,  dejan  paso  por  uno  y  otro  extremo  á  toda 
suerte  de  embarcaciones,  con  todo  viento  y  en  cualquier  estado  en  que  se 
halle  la  marea.  También  entre  las  dos  islas  se  vé  un  paso  llamado  la  Porta, 
que  tiene  de  ancho,  como  un  tercio  de  cable,  y  por  fondo  de  36  á  42  pies. 


226  RECUERDOS   DE    VIAJE. 

Para  comprender  la  extensión  de  la  liermofa  ria,  basta  decir  que  las  Cíes, 
que  tan  cercanas  parecen,  se  hallan  tres  leguas  de  Vigo.  Bien  que  de  esta 
ciudad  hasta  el  ülló,  que  es  lo  más  interior,  inmediato  al  puente  de  San 
Payo,  no  dejará  de  haber  igual  distancia. 

Allá  lejos  centellea  el  sol  en  las  olas  que  se  van  empujando  unas  á  otras, 
hasta  romper  en  la  costa,  desde  la  isla  Toralla  á  cabo  Silleiro,  entre  los 
cuales,  y  más  cerca  de  esta,  yace  el  puerto  de  Bayona,  Estrechan  el  paso, 
dejándole,  con  todo,  ancho  de  sobra,  para  que  por  él  puedan  entrar  de 
frente  y  á  un  liempo  todos  los  barcos  déla  más  poderosa  escuadra,  la 
jmnta  de  la  Bonieira  y  cabo  de  Mar. 

Al  abrigo  de  aquella  se  vé  el  puerto  de  Cangas,  cuya  población  es  de  las 
mayores  y  de  más  agradable  asiento  de  aquellas  riberas.  A  su  derecha,  siem- 
pre en  la  costa  boreal  de  la  Ria,  se  ve  el  santuario  de  Nuestra  Señora  de  los 
Remedios,  luego  el  Con  y  después  Domayo,  los  cuales  yacen  al  abrigo  de 
escuetas  montañas.  Sale  de  estas  una  punta,  donde  en  otro  tiempo  hubo  un 
Castillo,  y  há  más  de  siglo  y  medio  sangrientísimo  combate. 

Mas  tórnanse  los  ojos,  que  no  es  posible  contenerlos,  hacia  la  izquierda  de 
la  costa  Sur,  por  donde  entra  en  la  Ria  la  lengua  de  tierra  que  sirve  de  asien- 
to á  Bouzas.  Desde  Vigo,  la  punta  del  referido  nombre,  con  su  igle'sia  y 
dos  ó  tres  corpulentos  olivos  que  la  rodean,  ofrecen  el  más  bello  punto  de 
vista  que  imaginarse  puede. 

Bañada  do  luz  se  muestra  aquella  población,  más  allá  de  otra  pequeña 
punta  que  hay  en  Coya,  llamada  de  San  Gregorio.  En  primer  término  se  ven 
los  arenales,  y  á  su  raya  medran  árboles  y  plantas,  cuyo  verdor  contrasta, 
cuando  la  baja  marea,  con  la  blancura  de  las  lavadas  conchas  y  pedrezuelas; 
y  si  es  pleamar,  llegan  troncos  de  álamos  y  cañas  del  maíz  casi  á  la  lengua 
del  agua.  Alzase  después  el  ya  citado  pequeño  promontorio  allende  el  arena^ 
de  Coya,  y  luego,  pasada  otra  extensión  de  arena,  qne  en  la  baja  mar  ofrece 
ancho  y  agradable  paso,  por  donde  en  breves  minutos  se  llega  á  Vigo,  se 
halla  Bouzas,  orilla  del  mar,  de  suerte  que  á  la  espalda  de  sus  casas  llega  el 
mar,  y  aún  rompen  las  olas  cuando  la  tempestad  tiene  fuerza  para  trasponer 
Jas  Cíes,  lo  que  solo  de  vez  en  cuando  sucede. 

Poniendo  después  los  ojos  en  Vigo,  ¿quién  no  se  maravilla  de  ver  la 
pequeña  y  alegre  población,  cuyas  casas  van  como  cayendo  desde  lo  alto  á 
la  ría?  Pocas  son  las  que  no  tienen  alguna  ventana,  al  menos,  de  donde,  se 
pueden  contemplar  las  hermosas  vistas  que  semejante  comarca  ofrece,  delei- 
te de  los  ojos  y  solaz  del  alma.  A  decir  verdad,  tiene  el  paisajepor  allí  notable 
inconveniente,  y  es  que,  como  ya  he  dicho  antes,  apenas  le  podrá  abarcar 
jamás  el  hombre  con  el  pincel  ni  la  pluma.  Doble  razón  para  que  cuantos 
amamos  á  la  naturaleza  y  al  arte,  procuremos  llamar  hacia  aquellas  costas 
á  todo  el  que  tenga  ingenio,  y  voluntad  de  emplearle. 

Por  todas  estas  rías  y  valles,  donde  la  felicidad  sonríe  entre  flores,  como 


APUNTES  PARA    LA  HISTORIA  DE  GALICIA.  227 

en  tiempo  de  Silio  Itálico  (III,  545.)  y  Claudiano  (Laur.  Ser.  71)  ha  queda- 
do para  desmentir  la  vulgar  opinión  que  moteja  á  Galicia  por  pobre,  aquel 
cantar  que  expresa  la  riqueza  de  esta  región,  si  bien  ya  no  es  cosa,  y  mucho 
menos  hoy,  de  mentar  al  abad: 

El  abad  de  Redondela 
Cómese  la  mejor  cena. 

El  nombre  del  pueblo  que  acabo  de  mencionar  lleva  mis  ojos  hacia  Teis, 
nombre,  en  verdad,  griego  por  todos  sus  cuatro  costados,  y  lugar  donde  aún 
tieneu  casa  parientes  de  quien  esto  escribe.  Por  alli  se  alza  el  enhiesto  peñón 
de  la  Guia,  tan  conocido  y  buscado  de  los  navegantes  para  entrar  en  Vigo. 

Luego  se  ve  el  castillo  de  Rande,  frente  al  de  Corbeiro,  donde  interrumpí 
la  descripción  de  la  costa  boreal  de  la  ria.  Estréchase  ésta  de  tal  suerte 
en  aquel  punto,  que  desde  ambas  fortalezas,  ó  más  bien  sus  ruinas,  se  for- 
ma abrigadísimo  seno,  donde  yacen  las  islas  y  lazareto  de  San  Simón.  Cuan- 
do el  alzamiento  de  18G8  gritó  la  ciudad  de  Vigo,  por  no  ser  menos  que  las 
otras,  ¡Abajo  todo  lo  existente!  en  virtud  de  lo  cual  cayeron  en  desuso  las  le- 
yes de  cuarentena.  Desde  luego  perdió  la  desventurada  ciudad  de  90.000  á 
100.000  duros  que  anualmente  dejaban  en  ella  los  buques,  cuya  patente  sucia 
les  obligaba  á  permanecer  más  ó  menos  dias  en  el  lazareto.  Por  lo  demás,  yá 
pesar  de  todas  las  teorías  y  abstracciones  del  mundo,  ha  sido  forzoso  resta- 
blecer las  cuarentenas,  si  bien  después  de  los  desastres  causados  por  la  fie- 
bre amarilla  á  nuestra  población  y  comercio  en  Barcelona  y  Alicante. 

VIL 

Aquí  llegamos  á  uno  de  aquellos  asuntos  que  más  de  un  escritor  moder- 
no, de  los  que  todavía  presumen  de  hablar  en  español  sin  fundamentos  para 
ello,  llamara  palpitante. 

Nadie  ignora  que  el  desastre  acaecido  por  estas  aguas  el  día  23  de  Octu- 
bre de  1702á  nuestra  flota  de  América,  ha  despertado  más  de  una  vez  des- 
de entonces  acá  la  codicia,  en  especial  de  los  extranjeros.  Al  presente  hay 
una  compañía  por  acciones,  formada  en  París,  la  cual  ha  enviado  á  las  aguas 
de  Redondela,  y  no  lejos  del  lugar  llamado  Regasende,  un  buque  con  buzos 
y  aparatos  para  el  caso.  Hasta  ahora  no  es  mucho  lo  que  se  ha  encontrado;  y 
en  cuanto  á  dhiero,  nada  ha  parecido.  No  sin  cierto  reparo  habré  de  citar 
nuevamente  un  escrito  mió;  pero  como  todos  ellos,  ó  la  mayor  parle,  son 
relativos  á  Galicia,  no  tengo  otro  remedio  sino  pedir  al  lector  me  pase  la 
cita,  y  traerla  á  cuento  enseguida,  por  ser  forzoso  hacerlo  así. 

En  la  Crónica  de  Pontevedra,  uno  de  los  pecados  histórico-literarios  que 
extendió  con  más  amore  el  autor  de  los  renglones  presentes,  tuvo  éste  la  for- 
tuna de  poder  publicar  un  documento,  á  todas  luces  escrito  por  un  testigo 


228  RECUERDOS   DE  VIAJE. 

presencial,  del  que,  cierto,  antes  deberla  llamarse  combate  de  Redondela 
que  de  Vigo. 

El  dia  22,  esto  es,  el  anterior  al  de  la  pelea,  se  presentó  á  la  vista  la  es- 
cuadra de  los  aliados,  que  en  realidad,  no  era  sino  inglesa ,  de  cuya  nación 
eran  todos  ó  la  mayor  parte  de  los  buques.  Bien  se  temia  ya  el  suceso, 
con  lo  que  se  habia  pedido  permiso  para  que  la  flota,  que  liabia  buscado 
amparo  en  las  aguas  de  la  ria  de  Vigo,  pudiese  en  aquel  mismo  lugar  po- 
ner en  tierra  su  cargamento.  Abora  bien,  y  aunque  no  deje  de  baber  cierta 
crueldad  en  los  datos  bistóricos,  no  hay  sino  ir  exponiéndoles,  para  com- 
prender cuan  difícil  es  bailar  boy  debajo  de  las  aguas  cosa  que  resarza  los 
gastos  bechos  en  su  busca. 

Con  la  noticia  de  que  la  armada  enemiga  estaba  á  la  vista ,  nuestra  flota, 
cuyo  jefe  era  D.  Mauuel  Velasco  de  Tejada,  Caballero  del  bábito  de  Santia- 
go, natural  de  Sevilla,  y  á  la  cual  iban  guardando  buques  franceses ,  man- 
dados por  el  conde  de  Cbateau-Renaud,  buscó  abrigo  en  el  seno  de  Redon- 
dela, y  el  amparo  de  los  castillejos  de  Corbeiro  y  Rande.  De  uno  á  otro 
cerraron  el  paso  con  cadenas,  cables  y  maderas,  disponiendo  al  mismo  tiem- 
po gruesa  artillería  en  ambas  puntas. 

Con  el  enemigo  ya  encima,  y  viendo  que  la  casa  de  contratación  de  Cá- 
diz se  negaba  á  todo  desembarque,  sin  que,  al  propio  tiempo,  determinase, 
como  era  debido  el  Consejo  de  Indias,  dice  nuestro  testigo ,  que  era  vecino 
de  Redondela,  y  se  bailó  en  todo:  que  se  trató  de  desembarcar  la  plata  y 
llevarla  á  SJadrid  por  Lugo,  lo  cual  asegura  se  hizo  en  l.fiOO  carros  6  car- 
retas de  la  tierra,  llevando  cada  una  cuatro  cajones.  Emprendió  la  marcha 
el  convoy,  y  ya  habla  llegado  al  Vadron,  cuando  se  presentó  la  poderosa 
armada  inglesa,  holandesa  y  del  imperio,  que  según  el  bijo  de  Redondela, 
llegaba  á  300  navios.  A  tal  número  les  bacia  subir  el  temor  con  que  se  les 
miraba. 

Los  enemigos  pasaron  acercándose  á  Cangas,  para  evitar  cuanto  fuese 
posible  el  fuego  de  la  plaza  de  A^igo,  y  torciendo  luego  á  Teis  sin  gastar  ti- 
ros de  pólvora,  se  apercibieron  al  combate.  Por  la  nocbe,  enviaron  unas  17 
lancbas,  como  para  forzar  las  defensas  que  estorbaban  el  paso,  ó  bien  reco- 
nocerlas, mas  bubieron  de  retroceder  ante  el  fuego  de  los  castillos. 

El  lunes  23,  de  once  á  doce  del  dia,  siendo  ya  casi  pleamar  (1),  desem- 
barcaron por  la  parte  de  Teis  basta  4.000  Ingleses,  encaminándose  al  cas- 
tillo de  Rande.   Triste  es  decir  que  los  nuestros,  gente  allegadiza  sin  duda, 


(1)  La  relación  que  sigo,  como  ya  he  dicho,  de  testigo  presencial,  que  debia  de  ser 
carpintero  de  ribera  y  pequeño  propietario  de  Redondela,  se  copió  después,  y  concluye 
de  este  modo:  es  así  la  verdad  y  lo  firmo  de  mi  nombre  en  Redondela,  á  20  de  Noviem- 
bre de  1802. — Domingo  Martínez. — Un  siglo  cabal  después. — Véase  la  Crónica  de 
Pontevedra,  de  la  Crónica  general  de  España. 


APUNTES   PARA  LA   HISTORIA   DE   GALICIA.  229 

no  les  hicieron  cara,  á  pesar  de  hallarse  á  la  vista  el  principe  de  Barhanzon, 
gohernador  del  reino  de  Galicia,  con  buena  parte  de  la  nobleza,  muciía  gen- 
te de  milicia  y  ocho  compañías  de  á  caballo.  El  vecino  de  Redondela  da  ta- 
les pormenores,  que  no  se  puede,  en  verdad,  dejar  de  tener  en  cuenta  su 
relación. 

A  tiempo  que  los  Ingleses  llegaban  á  Rande;  castillejo  que ,  como  el  de 
enfrente,  siempre  debia  de  valer  poco;  sus  navios,  aprovechando  un  torbe- 
llino de  agua,  de  aquellos  que  tan  bien  saben  enviar  las  nubes  al  hermoso 
suelo  de  Galicia,  embistieron  á  toda  vela,  con  las  proas  armadas  de  espolo- 
nes, y,  rompiendo  la  cadena  y  estorbos,  forzaron  el  paso.  Al  punto  comenzó 
el  combate,  especialmente  entre  Ingleses  y  Franceses ,  pues  los  buques  de 
nuestra  flota,  podian  mas  bien  considerarse  como  naves  de  comercio.  Mas 
como  eran  la  presa  que  estos  anhelaban  arrebatar  y  aquellos  defender,  no 
podia  menos  de  encenderse  el  combate  con  el  mayor  encono  en  su  alrededor. 
Ardieron  nuestros  bajeles,  á  impulso  del  fuego  enemigo  unos,  y  otros,  de 
nuestras  propias  manos.  Los  franceses  fueron  aquel  dia  buenos  soldados, 
peleando  noblemente,  aunque  con  desventaja,  combatiendo  dos  de  sus  na- 
vios, uno  inmediato  á  Rande,  y  otro  á  Corbeiro,  hasta  que  se  fueron  á  pi- 
que. Muchos  Españoles  é  hijos  de  Francia  murieron,  siendo  también  en 
gran  número  los  Ingleses  que  perdieron  la  vida ,  mas  ganaron  la  victoria, 
quedando  en  su  poder  las  embarcaciones  que  no  se  habían  sumergido. 

Vlil. 

Veamos  ahora,  si  es  posible,  qué  fué  del  rico  cargamento  de  nuestra 
flota.  «Y  en  la  marea,  añade  el  autor  de  la  Relación,  de  la  batalla,  se  ha- 
bían desembarcado  muchas  cosas  en  el  muelle  donde  todo  pereció,  gitc  ase- 
guran muchos  y  el  general ,  se  perdieron  de  plata ,  oro,  grana,  añil,  cam- 
peche, tabaco,  chocolate,  vainilla,  cacao,  corambre  y  mil  zarandajas  que  de 
aquella  tierra  se  traen,  mas  de  cuatro  millones. 

¿Qué  era  en  tanto  de  los  1.600  carros  ó  carretas  que  ya  llegaban  al 
Padrón,  cuando  se  presentó  el  enemigo?  ¿Llegaron  los  cuatro  cajones,  que 
cada  uno  llevaba,  á  manos  del  gobierno  español?  ¿Era  lo  que  se  perdió  en 
el  muelle  parte  de  lo  que  habia  de  ir  en  los  carros?  En  estos  no  iba  sino 
plata,  la  mayor  parte  acaso  de  cuanto  habia  traido  la  flota.  Que  se  desem- 
barcó, no  hay  duda,  pues  las  carretas  comenzaron  á  andar  con  su  carga ,  y 
ya  hablan  llegado  al  Padrón,  cuando  se  mostró  á  la  vista  la  escuadra  ene- 
miga. Entonces,  aún  tuvieron  las  carretas  espacio  de  adelantar  más ,  y  si 
bien  el  paso  que  llevaban  no  podia  ser  muy  apresurado,  y  sobre  todo  1.600 
vehículos  de  este  género,  por  pequeños  que  sean  los^de  Gahcia ,  como  en 
efecto  lo  son,  tienen  que  ocupar  mucho  terreno,  ello  es  que  tuvieron  como 
veinticuatro  horas  para  llegar  al  Padrón,  desde  que  la  escuadra  enemiga  en- 


250  UECUERDOS  DE   VIAJE. 

Lró  en  la  ria,  y  mucho  más  tiempo,  sí,  como  asegura  el  vecino  de  Redon- 
dela,  se  habia  desembarcado  antes  la  plata  para  llevarla  á  Madrid. 

Bien  se  comprende,  que,  siendo,  en  especial,  la  plata  lo  que  el  enemigo 
buscaba,  se  tratase,  ante  todo^  de  ponerla  á  salvo,  como  la  cosa  más  impor- 
tante y  de  fácil  manejo  que  en  la  flota  venia.  No  hay  duda  que  á  la  torpe 
codicia  de  la  casa  de  contratación  de  Cádiz,  se  debe  el  que  todo  aquello  se 
perdiera.  ¿Mas  cómo  y  por  qué  se  perdió,  cuando  ya  estaban  los  cajones  dis- 
puestos en  los  carros  ,  y  el  que  podríamos  llamar  convoy ,  habia  llegado  al 
Padrón,  andando  nueve  ó  mas  leguas,  que  no  eran  entonces  los  caminos 
de  Galicia,  ni  fueron  mucho  tiempo  después  lo  que  son  al  presente? 

En  primer  lugar,  el  vecino  de  Redondela  refiere  con  toda  exactitud 
cuanto  vio  y  oyó.  Lo  primero,  bien  se  le  puede  creer,  y  aun  por  eso ,  será 
siempre  necesario  tener  presente  su  relación.  Sin  duda  ,  viendo  que  la  con- 
tratación gaditana  se  negaba  á  toda  determinación  juiciosa,  y  el  Consejo  de 
Indias  nada  resolvía,  determinaron  los  jefes  Francés  y  Español  de  las  na- 
ves, de  acuerdo,  si  ya  no  por  mandato  del  mismo  principe  de  Barbanzon, 
gobernador  de  Galicia,  allí  presente,  desembarcar  la  plata  sin  más  esperas 
ni  rodeos.  Que  así  se  hiciera^  buscándose  al  propio  tiempo  por  todo  aquel 
tan  poblado  territorio  cuantos  carros  pudieran  hallarse,  se  comprende  tam- 
bién; pero  1.600  en  tan  poco  tiempo,  nos  parecen  excesivos,  aun  para  Gali- 
cia, donde  tanto  abundan. 

Desde  luego  puede  asegurarse  que  no  hacia  falta  semejante  número;  pe- 
ro que  se  reunieran  por  orden  de  la  autoridad,  cuantos  vehículos  se  halla- 
ran á  mano,  es  cosa  que  se  comprende  fácilmente.  Demos  pues,  al  convoy, 
ó  buena  parte  de  él  por  puesto  en  salvo...  del  enemigo. 

Ya  desembarcada  la  plata,  y  mientras  el  enemigo  forzaba  el  paso,  se 
trató  de  poner  en  tierra,  además  de  aquella,  las  mercancías  de  la  flota. 
También  se  hizo,  en  parte,  aunque  muchas  fueron  arrojadas  al  agua  por 
los  mismos  Españoles,  y  otras  quedaron  perdidas  á  bordo  de  las  naves 
echadas  á  pique. 

Entretanto,  y  mientras  el  enemigo  y  los  nuestros,  no  contentos  con  va- 
lerse de  la  artillería,  empleaban  toda  suerte  de  medios  para  dañarse ,  juz- 
gúese cuáles  serian  la  confusión  y  espanto ,  viendo  volar  de  unos  navios  á 
otros,  camisas  embreadas,  ollas  de  betún  incendiario,  ayudando  á  la  par  los 
cañones,  como  si  nada  bastase  para  satisfacer  la  codicia  y  encono  de  los 
combatientes. 

Ahora  bien,  las  pocas  tropas  del  ejército  regular  que  el  de  Barbanzon 
tenia  en  los  fuertes  ó  hacia  Redondela,  debían  de  hallarse  peleando.  ¿Quién 
custodiaba  la  plata  que  en  las  carretas  iba  camino  del  Padrón?  Nadie. 

¿Qué  no  sucederia'en  lo  interior,  cuando  en  el  mismo  muelle  de  Redon- 
dela, nos  refiere  su  vecino  ,  que  en  la  marea  de  la  batalla  perecieron  las  pre- 
ciosas mercancías  y  mil  zarandajas  que  de  aquella  se  traen?  Y  es  lo  cierto 


APUNTES  "PARA   LA    HISTORIA    DE   GALICIA.  251 

(jiie  no  todo  lo  robado  cayo  en  manos  de  los  Ingleses,  ni  mucho  menos.  Estos 
no  empezaron  á  salir  de  la  ria,  sino  hasta  eldia  30,  empleando  los  anteriores, 
después  del  combate,  en  echar  buzos,  á  los  cuales  hadan  cuanto  daño  era 
posible  los  cañones  de  Vigo  (Descrip.  Topográfíco-Histórica  de  la  ciudad 
de  Vigo,  etc.,  por  D.  Nicolás  Tabeada  Leal),  que  no  seria  mucho.  Al  pro- 
pio tiempo  entraban  por  lo  interior,  en  busca ,  especialmente  de  ganado,  y 
no  sin  causar  grandes  daños  á  los  nueslros,  y  ofensas  á  la  religión  católica. 

Confesaron  los  Ingleses  haber  apresado  cuatro  millones  de  pesos,  y  dícese 
perdió  el  comercio  de  Cádiz  más  de  ocho.  ¿Se  hallan  estos  en  el  fango  del 
seno  de  Redondela?  Bien  puede  asegurarse  que  la  mayor  parte  no.  Desde 
luego,  y  mientras  los  enemigos  hacian  de  las  suyas,  los  campesinos  de  las' 
cercanías,  en  compañía  de  otros  malvados,  entraron  en  las  casas  de  Redon- 
dela, cuyos  vecinos  hablan  huido  á  los  montes,  y  aprovechando  la  lluvia  y  la 
noche,  robaron  cuanto  pudieron;  «y  en  la  villa,  añade  el  autor  de  la  rela- 
ción, después  de  retirado  el  Inglés  á  su  armada,  los  vecinos  acometieron  á 
hurtar  las  alhajas  que  hablan  quedado  en  cada  casa  y  portearlas  á  las  suyas ; 
y  mi  casa  no  fué  la  que  menos  padeció,  porque  me  hurtaron  los  vecinos 
gran  cantidad  de  centeno,  diez  y  ocho  frascos,  dos  redondos,  mucha  Tala- 
vera  (loza),  aderezo  de  cocina,  espejo,  escoba,  mucha  herramienta  de  mi 
oficio,  hacha  y  formón,  un  Santo  Domingo  de  madera,  etc.»  Y  sigue  di- 
ciendo el  desventurado  Redondeles  que,  «en  muchos  años  no  levantaron 
muchos,  como  yo,  uno  de  ellos,  que  ni  una  camisa  me  dejaron,  ni  ropa, 
sino  la  que  me  quedó  á  cuestas,  é  igualmente  la  de  mi  mujer  é  hijos.» 

Este  era  el  porte  de  ciertos  vecinos  y  el  de  los  moradores  del  campo; 
veamos  qué  tal  lo  hacian  las  tropas  del  Rey.  Mientras  el  autor  de  la  rela- 
ción se  curaba  en  Pontevedra  dos  balazos  que  el  jueves  2G  le  hablan  dado 
siete  imperiales  (enemigos),  hacia  San  Martin  de  Castiñeira,  en  el  lugar  lla- 
mado Honra  d'a  Mosaa,  de  donde  le  llevaron  los  suyos  por  muerto,  «una 
compañía  de  caballos  que  existia  en  la  villa  de  Redondela  (idos  ya  los  Ingle- 
ses), esa  fué  la  que  hurló  casi  todo  lo  que  había  quedado  del  despojo  del 
inglés,»  el  cual  fué  llamado  de  repente  y  dejó  muchas  alhajas  por  llevar,  ó 
por  no  poder  llevarlas.  Después  llegaron  seis  compañías  de  milicia  del  con- 
dado de  Salvatierra,  y  cesaron  los  desmanes. 

Ahora  bien;  teniendo  en  cuenta  la  codicia  que  no  podía  menos  de  des- 
pertar en  muchos  el  tener  la  plata  á  mano,  mientras  los  soldados  comba- 
tían, y  aun  la  propia  indisciplina  de  estos,  según  acabamos  de  ver  en  lo  de 
Redondela,  vemos  que  los  datos  históricos,  muchos  de  ellos  contemporá- 
neos, confirman  la  opinión  de  que  la  mayor  parte  de  la  plata  que  en  la  flota 
venia,  desapareció  robada por  unos  y  por  otros. 

¿Tuvieron  parte  en  el  vergonzoso  hecho  los  jefes?  Nada  hay  que  lo  asegure, 
como  no  sea  la  mala  intención  con  que  los  Ingleses  afirman  que  el  conde 
de  Chateau-Renaud  murió  inmensamente  (inmensily)  rico,  por  lo  cual  se 


232  RECUERDOS   DE   VIAJE. 

adliiere  Ford  en  su  Manual  del  viajero  por  España,  á  la  conjetura  de 
que  lio  todos  los  tesoros  españoles  se  ptrdieron  y  quedaron  sumerjidos  en  la 
bahiade  Vigo. 

Sin  calumniar  á  nadie,  y  más  bien  echando  el  tanto  de  culpa  á  cada  uno, 
hubiera  negligencia,  mala  fé,  ó  ambas  cosas  á  un  tiempo,  el  verdadero  culpado 
y  merecedor  de  los  daños  padecidos,  fué  el  comercio  de^Cádiz.  De  nuestros 
jefes,  nadie  ha  dicho  la  menor  cosa  ofensiva  á  su  honra.  En  cuanto  á  los 
moradores  de  esta  parte  de  Galicia,  mucha  plata  quedó,  sin  duda,  el  mes 
de  Octubre  de  1702  en  sus  manos,  en  lo  cual,  cierto,  no  dejarían  de  tj'u- 
darles  algunos  soldados  del  ejército.  En  resolución,  cuando  hay  mucha  plata 
punto  menos  que  por  los  suelos  y  abandonada,  y  gente  dispuesta  á  quedarse 
con  ella,  ¿fuera  pecado  decir  que  la  plata — semejante  en  ello  harto  á  me- 
nudo al  aceite, — manchó  las  manos  de  muchos  que  por  allí  había? 

Aquellos  sucesos  nos  traen  á  la  memoria  el  epitafio  puesto  por  los  France- 
ses al  conde  de  Chateau-Renaud,  quien  peleó  esforzadamente,  mas  no  con 
la  fortuna  que  supone  la  inscripción,  y  dice  así: 

CTy  git  kplus  sage  des  Héros: 
II  vainquit  sur  la  ierre,  il  vainquü  sur  les  eaux. 

Bien  que,  para  decir  verdades  históricas,  ahí  está  Mr.  Ollívíer  Merson^  el 
cual,  en  su  Guia  del  Viajero  á  Lisboa,  dice  «que  en  1702  dieron  los  an- 
glo-holandeses  ruda  batalla  á  una  flota  española,  que  liabia  buscado  el 
abrigo  de  los  fuertes  de  Vigo.  Los  aliados — añade  M.  Merson — hicieron  hor- 
rible carnicería  de  hombres  é  inmensa  fiesta  de  pólvora  {feu  dejóle)  con  los 
buques.  El  desastre  de  los  Españoles — siempre  M.  Merson — fué  completo. 
Cogidos  como  en  ratonera,  quedaron  todos  presos  ó  muertos,  y  ni  uno,  di- 
gámoslo, sobrevivió  á  la  catástrofe.»  De  los  Franceses  no  sabe  ó  no  dice  pa- 
labra. Al  cabo,  al  cabo^  si  algunos  quedaron  ricos  inmensamente,  como  los 
Ingleses  afirman,  no  merecía  para  ellos,  en  verdad,  nombre  de  catástrofe  el 
mal  suceso  del  combate  de  Vigo.  Leídos  á  la  par  el  epitafio  de  Ciíateau- 
Renaud  y  las  palabras  de  M.  Merson,  ¿quién  no  exclamará  con  los  paisanos 
de  aquellos  señores:  Et  voilá  done  comme  l'hon  écrit  l'histoire? 

Duerma,  en  tanto,  la  ría  de  Vigo,  ceñida  de  franjas  de  esmeralda  y  nidos 
de  paloma,  que  no  otra  cosa  semejan  sus  campos,  villas  y  aldehuelas. 
¡Duerma  á  la  par  GaUcia,  mientras  llegan  el  Tirteo  que  la  despierte,  el 
O'Connell  que  la  infunda  ahento^  el  Walter  Scott  que  la  describa!  Hermosa 
y  apacible  cual  ninguna  otra  región  del  mundo,  ¿dónde  hallarla  más  des- 
venturada, si  sus  hijos  enmudecen,  y  los  que  llevamos  sangre  gallega  en  las 
venas  apenas  tenemos  fuerzas  ni  ahento  para  narrar  su  gloría? 

Fernando  Fulgosio. 
(Se  concluirá.) 


FILOSOFÍA  Y  CIENCIAS  POSITIVAS 

EN  VARIAS  DE  SUS  RELACIONES, 

DEMOSTRADAS  POR  TRABAJOS  RECIENTES. 


I. 

La  palabra  Filosofía  tiene  dos  acepciones:  la  que  significa  la  Ciencia  una. 
fundamental,  general  y  conjuntiva,  comprendiendo  la  lógica,  metafísica,  etc., 
y  la  que  designa  especialmente  el  concepto  y  conocimiento  del  todo  orde- 
nado de  la  Naturaleza,  reducido  á  un  sistema,  es  decir,  la  teoría  del  uni- 
verso. Esto  último  equivale  á  lo  que  se  entiende  por  Filosofía  natural,  pa- 
labras que  aqui  usaremos,  junto  con  el  significado  de  la  voz  Filosofía  puesto 
al  principio,  al  considerarla  en  cierta  relación  con  algunas  de  las  ciencias 
particulares  empíricas  ó  positivas  (1).  Estas  se  arraigan  enteramente  en  la 
experiencia,  es  decir,  que  se  fundan  en  la  observación  directa  y  en  las  con- 
secuencias que  de  ella  se  sacan;  mientras  que  la  Filosofía,  en  el  segundo 
sentido  indicado,  traspásala  experiencia,  es  trascendente;  y  así,  todo  lomas 
que  puede  valer  es  tanto  como  una  aspiración  á  ciencia  positiva.  Tratadistas 
autorizados  designan  como  aspiración  semejante  á  la  metafísica,  cuando  in- 
tenta el  desenvolvimiento  de  la  expresada  teoría  del  universo.  Lo  mismo 
hacen  respecto  á  la  filosofía  de  la  historia,  que  colocan  en  la  metafísica, 
donde  pertenece,  al  menos,  según  sus  principios;  aunque  varios  de  los  sis- 
temas filosóficos  más  importantes  y  recientes  evitan  el  empleo  de  la  voz 
•  melafisica  y  exponen  sus  doctrinas  trascendentales  con  otras  palabras  y  con 
diversas  combinaciones  de  términos  que  ú  igual  fin  equivalen  y  corres- 
ponden. 


(1)  De  acuerdo  con  varios  autores,  llamamos  positivas  á  las  ciencias  cuyas  conclu- 
siones se  comprueban  por  experimentos  que  directamente  pueden  observar  nuestros 
sentidos.  El  sistema  de  dichas  ciencias  es  distinto  del  positivismo. 

TOMO  XIX.  16 


234  filosofía 

Existen,  empero,  puntos  de  vista  que  acercan  la  metafísica  á  las  ciencias 
positivas.  Alúdese  á  los  que  consideran  sus  proposiciones  como  hipótesis  en 
la  indagación  del  universo.  Tales  hipótesis  son  ensayos  provisionales  para 
explicar  las  leyes  de  los  fenómenos  que  todavía  desconocemos,  son  fórmulas 
fundadas  sobre  el  terreno  de  las  verdades  conocidas,  basadas  según  la  ley 
de  la  probabilidad,  que  después  la  experiencia  y  la  indagación  han  de  con- 
firmar ó  de  contradecir. 

Hipótesis  semejantes  se  establecen,  asi  en  las  ciencias  naturales,  como 
en  la  historia  de  la  humanidad,  sacando  y  desenvolviendo  consecuencias 
de  las  mismas,  poniéndolas  frente  á  los  hechos  suministrados  por  la  expe- 
riencia, con  lo  que  se  confirma  su  certeza;  se  modifican  ó  resultan  por 
completo  inadmisibles,  y  en  este  ultime  caso,  otras  hipótesis  vienen  á  reem- 
plazarlas, hasta  conseguirse  una  armonia  completa  y  exacta  con  la  expe- 
riencia y  la  realidad.  Por  ejemplo,  si  en  la  filosofía  de  la  historia  colocamos 
por  punto  de  arranque  y  elevadísimo  principio  la  hipótesis  relativa  á  que  la 
humanidad  por  todos  lados  camina  constante,  aunque,  interrumpidamente, 
á  la  realización  de  sus  planes  ideales,  sacaremos  consecuencias  de  varios 
géneros.  Aquella  hipótesis,  por  otro  cabo,  también  puede  considerarse  como 
consecuencia  de  la  proposición  más  comprensiva,  respecto  á  que  todo  en  el 
universo  está  fundado  en  lo  ideal  ó  espiritual,  y  desde  semejante  punto  de 
vista  tendremos  aquí  una  hipótesis  metafísica. 

En  tal  aserto,  seguramente  hay  algo  de  verdad;  pero  respecto  al  mismo 
no  se  pueden  omitir  las  siguientes  preguntas:  ¿Qué  es  lo  que  nos  mueve 
á  establecer  semejantes  hipótesis  universales,  que  tan  lejísimas  están  de  la 
experiencia?  ¿No  habrían  de  facilitarse  primero,  muchos  prin  cipios  especia- 
les antes  de  llegar  á  los  más  generales  de  la  teoría  del  universo?  ¿De  dónde 
procede  el  calor  y  la  confianza  con  que  abrazamos  y  conservamos  aquellas 
hipótesis  metafísicas,  sin  exigir  sus  pruebas  empíricas?  En  una  palabra, 
¿por  qué  admitimos  las  últimas  sin  violencia  y  no  hacemos  lo  propio  con 
las  hipótesis  astronómicas  y  geológicas? 

La  contestación  está  en  que  las  primeras  son  al  mismo  tiem  po  proposi- 
ciones de  la  fé,  y  lo  que  á  ellas  nos  impulsa  es  la  facultad  cognoscente  reli- 
giosa. Por  eso  precede  forzosamente  siempre  la  experiencia  con  la  fé,  de 
modo  que  creemos  lo  que  todavía  esté  por  probar,  á  condición,  empero, 
que  no  resulte  contradictorio  con  lo  ya  demostrado;  y  por  la  inversa,  nada 
podemos  creer  opuesto  á  la  experiencia.  Por  lo  común  se  llaman  científicas 
en  sentido  eminentemente  positivo  á  las  proposiciones  metafísicas,  y  no  se 
les  aplica  su  verdadera  y  exclusiva  calificación  de  teoremas,  tesis  de  fé,  é 
hipótesis  (1).  Tales  proposiciones  metafísicas,   no  obstante,  pueden  ser  ri« 

(1)  Los  catedráticos  Eeuschle,  von  Hartmann  y  otros  alemanes  autorizados,  así 
como  varios  autores  doctos  de  Inglaterra,  protestan  enérgicamente  perqué  se  llamen 
científicas  á  las  proposiciones  metafísicas. 


Y  CIENCIAS  POSITIVAS»  235 

gorosamente  científicas  estando  comprendidas  en  la  categoría  de  negativas  ó 
criticas,  esto  es,  si  se  reducen  á  probar  lo  insostenible  de  una  teoría,  como 
la  del  universo,  por  ejemplo,  demostrando  la  contradicción  en  que  puedi 
hallarse  con  las  ciencias  positivas. 

Así,  cuando  Hegel  coloca  la  Filosofía  junto  á  la  Religión,  pero  uij  grado 
más  alto,  en  la  esfera  del  espíritu  absoluto,  entonces  debe  darse  al  primer 
término  el  segundo  sentido  que  al  principio  hemos  concretado.  Las  propo- 
siciones metafísicas,  cuando  están  reducidas  á  exponer  la  contemplación  del 
universo  mundo  ordenada  y  trascendentalmente,  más  que  teoremas  cientí 
fieos  son,  según  opinión  de  algunos  sabios,  tesis  de  la  fé,  dogmas  de  la  re 
ligion  racional,  sólo  revistiendo  formas  científicas  y  aspirando  á  la  armonía 
con  los  resultados  de  las  ciencias  positivas.  Tales  proposiciones,  pueden 
considerarse,  de  acuerdo  con  los  autores  aludidos,  como  si  se  hallaran 
aguardando  á  que,  por  consecuencia  de  nuevos  adelantos  científicos,  fueran 
á  pertenecer  verdaderamente  á  la  esfera  de  las  ciencias  positivas.  Así,  aque- 
llos comparan  el  gran  conjunto  de  ciencias  particulares  positivas ,  con  los 
Estados,  y  á  las  proposiciones  metafísicas  con  territorios  que,  según  las  cir- 
cunstancias, son  perfectamente  susceptibles  de  convertirse  en  Estados. 

Hay,  empero,  también  autores  acreditadísimos  que  sostienen  que  la  me- 
tafísica, independiente  del  empirismo  y  sólo  ajn'iori,  puede  hallar  la  ver- 
dad, fundándose  en  esto  la  división  de  las  ciencias  en  dos  clases,  á  saber: 
las  que  siguen  el  método  empírico,  aposteriori,  y  las  que  proceden  según 
el  método  a  priori.  Pero  esto  también  lo  combaten  Stuart  Mili  y  otros,  que 
no  admiten  más  que  ciencias  predominantemente  deductivas,  y  empíricas 
ó  inductivas,  calificando  los  últimos  principios  de  aquellas  de  naturaleza 
empírica,  no  comprendidos  en  los  que  entendemos  por  a  priori,  y  de  los 
cuales  todo  se  deduce  ó  se  saca  por  conclusiones. 

No  añadiremos  á  las  que  preceden  otras  observaciones  análogas,  pues 
basta  consignar  aquí  que,  como  saben  cuantos  conocen  el  moderno  movi- 
miento científico,  es  grandísimo  el  número  de  los  que  tienen  opiniones  ad- 
versas á  la  Filosofía,  los  cuales  piden  la  supresión  total  de  la  metafísica,  des- 
preciando todo  pensamiento  abstracto  ó  especulativo,  y  sin  admitir  más  que 
los  datos  empíricos  del  estudio  de  la  naturaleza,  dan  por  verificado,  absolu- 
ta é  irrevocablemente,  el  divorcio  entre  el  espíritu  filosófico  y  las  ciencias 
positivas  (1).  Que  semejante  opinión  es  inadmisible  puede  probarse  con*clari- 


(1)  La  repugnancia  enemiga  contra  la  Füosofía  y  el  modo  de  pensar  filosófico,  son 
muy  pronunciados  hoyen  dia:  los  profesan  muchos,  casi  los  más.  Así  lo  escribió  Sanz 
del  Rio  en  su.artículo  publicado  en  el  niimero  del  10  de  Febrero  de  1870,  del  Boletín 
Revista  de  la  Universidad  de  Madrid.  También  confirma  esto  Dressel  en  el  tomo  XVI, 
p.  158;  de  Naturund  O  ffcnbarung  {Münster,  1870);  Riehleu  sus  Freie  Vortrdge;  pu' 
blicados  hace  poco,  manifiesta  lo  mismo;  así  como  muchísimos  escritores  modernos 
cuya  enumeración  aquí  seria  prolija. 


236  '  FILOSOFÍA 

dad,  bien  señalando  respectivamente  los  límites  é  índole  de  la  Filosofía  y  de 
dichas  ciencias,  ó  bien  presentando  otro  género  de  consideraciones.  En 
estos  rápidos  apuntes  inténtase  demostrar  con  resultados  de  publicaciones 
recientes  una  exigua  parte  de  tal  asunto,  limitándolo  á  muy  pocas  de  las 
ciencias  naturales  y  especialmente  á  la  geología. 

II. 

La  Filosofía,  como  nadie  ignora,  ha  precedido  con  grandísima  antelación 
en  el  estudio  de  la  naturaleza,  y  diversos  sistemas  filosóficos  antiguos  tienen 
establecidas  teorías  del  universo,  en  las  que  se  presentan  doctrinas  que  ac- 
tualmente forman  parte  de  las  ciencias  positivas  (1). 

En  dichos  sistemas  comprendíase,  como  parte  subalterna  de  la  metafí- 
sica, á  la  cosmología,  cuyo  objeto  era  tratar  de  indagaciones  metafísicas, 
dentro  de  la  esfera  de  lo  existente,  tanto  respecto  á  su  encadenamiento  in- 
terno y  general,  según  lo  perciben  nuestros  sentidos,  como  también  inme- 
diatamente con  relación  á  lo  espiritual.  Mas  desde  que  se  determinó,  mer- 
ced al  crecimiento  de  la  metafísica,  limitarla  á  la  esfera  ontológica  pura, 
dióse  á  la  cosmología  el  nombre  de  filosofía  natural,  como  rama  separada 
que  se  ha  plantado  cultivándose  y  extendiendo  ahora  sus  raices  en  el  dilata  • 
disimo  campo  situado  entre  el  de  las  ciencias  naturales  y  el  de  las  severas 
indagaciones  metafísicas.  Dsconocidos  en  la  antigüedad,  así  el  método  em- 
pírico délas  ciencias  naturales,  como  el  opuesto  de  la  metafísica  pura,  las 
fres  divisiones  indicadas  no  existían,  y  reunidas  formaban  lo  que  entonces 
se  designaba  con  el  nombre  general  de  Física.  Pero  la  separación  hubo  de 
establecerse  desde  que,  por  un  cabo  las  ciencias  positivas,  y  por  otro  la 
metafísica,  llegaron  á  fijar  sus  métodos  especiales  y  fecundos. 

Varios  han  intentado  hacer  desaparecer  la  división  aludida,  tan  conveniente 
y  necesaria.  La  escuela  de  Schelling — no  citando  más  que  un  ejemplo — ensayó 
aquella  unificación;  pero  los  resultados  han  sido  frustáneos,  tanto  por  la 
carencia  de  claridad  que  revestían,  como  por  otras  causas. 

Es  ciertamente  muy  grande  y  levantado  el  pensamiento  de  penetrar  y 
comprender  al  universo  entero  en  un  solo  é  inmenso  total  sistemático  de  cuanto 
existe;  pero  las  indagaciones  modernas  han  patentizado  que  es  imposible  se- 
mejante propósito  si  no  establecemos  la  división  antes  referida.  Para  acer- 


(1)  No  ponemos  citas  que  confirmen  la  afirmación  del  texto,  porque  ocuparían  de- 
masiado espacio,  y  porque  nadie  negará  diclio  aserto  si  conoce  las  doctrinas  de  los  an- 
tiguos filósofos.  Apuntaremos  vínicamente  que  Aristóteles  en  su  Physicce  Auscultatío- 
ne$  (libro  II,  cap.  VIII,  s.  2)  indica  con  vaguedad,  y  hasta  cierto  punto,  la  doctrina  tan 
en  boga  lioy  en  dia  de  Darwin.  También  Kant,  en  el  siglo  pasado,  esquicio  algo  de  las 
teorías  que  actualmente  predominan  sobre  el  origen  de  los  organismos.  Véase  su  Kritik 
ilertdeoloymhm  Urtheilskraft,  2."  edición,  pág,  365. 


Y    CIENCIAS   POSITIVAS.  237 

carse  y  llegar  alguna  vez  á  dicho  resultado,  no  podemos  prescindir  de  la  Filo- 
sofía, porque  sin  esta  nuestros  conocimientos  de  la  naturaleza  quedarian 
encerrados  dentro  de  esa  esfera  de  tan  escasísima  magnitud  que  abrazan 
nuestros  sentidos,  pues  las  ciencias  positivas  nunca  abandonan  el  terreno 
firme,  aunque  estrecho,  del  empirismo,  ioque  sin  duda  produce  sus  porten- 
tosos progresos  y  grandes  conquistas  en  los  tiempos  modernos. 

El  fundir  en  un  molde  único  la  idea  completa  y  total  de  la  naturaleza  es 
obra  de  la  Filosofía,  y  cuando  se  desconocen  sus  métodos  metafísicos ,  ni 
siquiera  cabe  intentar  la  resolución  de  semejante  problema.  En  Inglaterra, 
por  ejemplo,  donde  generalmente  no  admiten  la  metafísica,  como  colocada 
frente  al  método  empírico  de  las  ciencias  positivas,  entienden  por  filosofía 
natural  la  física  matemática,  término,  que  como  es  sabido,  primero  um 
Newton.  Pero  la  filosofía  natural  propia  y  efectiva  tiene  por  objeto  enlazar 
los  resultados  de  cada  ciencia  positiva  especial,  formando  grandes  totales 
para  determinar  las  líneas  y  trazar  el  plan  del  universo  entero,  y  se  ocupa 
además  principalmente  de  poner  en  armonía  las  observaciones  de  dichas 
ciencias  con  los  hechos  internos  generales  de  la  facultad  espiritual  ó  cog- 
noscente.  Asi  ps  que  aquella  filosofía  está  estrechamente  relacionada,  de 
un  cabo  con  las  ciencias  particulares  positivas,  y  de  otro,  con  la  psicolo- 
gía y  la  filosofía  de  la  rehgion.  La  psicología,  considerada  como  ciencia 
empírica  del  alma,  suministra  una  base  especial  para  la  teoría  del  universo, 
porque  fuera  de  las  ciencias  naturales,  añade  un  punto  de  apoyo  interno 
para  el  fundamento  externo  y  empírico  de  dichas  ciencias. 

Esto  configúrala  relación  de  la  psicología  ala  filosofía  natural,  de  manera, 
que  dicha  psicología  empírica  aparece  como  ciencia  auxiliar  de  las  naturales 
sin  las  cuales  absolutamente  podría  subsistir;  pero  no  sucede  lo  mismo  res- 
pecto á  la  filosofía  de  la  religión ,  la  que,  si  bien  descansa  esencialmente  sobro 
fundamentos  éticos,  necesita  para  determinar  y  concretar  sus  doctrinas  el 
apoyo  de  la  filosofía  natural. 

Mas  lo  anterior,  de  que  tratan  la  psicoleología  y  la  teleología,  no 
forma  parte  de  las  breves  indicaciones  contenidas  en  estos  rápidos  apun- 
tes (1),  reducidos  á  ensayar  una  ligerísima  demostración  relativa  á  que 
las  ciencias  positivas,  no  obstante  sus  grandes  progresos  y  su  ambi- 
ción todavía  mayor,  ni  pueden  reemplazar,  ni  mucho  menos  suprimir  la 
Filosofía.  Para  dicho  propósito  nuestro,  conviene  ahora  decir  breve- 
mente algo  sobre  el  contenido,  método  y  objeto  de  unas  pocas  ote  tales 
ciencias.  Haciendo  esto,  se  pondrán  de  manifiesto  los  graves  errores  y  las 


(1)  Sobre  la  relación  de  la  Filosofía  de  la  naturaleza  á  la  de  la  religión,  véase  la  im- 
portante obra  de  Schaller,  en  dos  tomos,  intitulada:  Historia  de  la  ülosofia  natural 
desde  Bacon  hasta  nuestros  dios  (Geschichte  der  NaturpMlosophie  von  Baco  bis  auf 
unsere  Zeit. ) 


238  FILOSOFÍA 

injustificadas  exajeraciones  en  que  suelen  incurrir  cuantos  colocan  las  cien- 
cias positivas  en  una  esfera  que  no  les  corresponde,  los  que  no  toman  en 
cuenta  sino  una  parte  de  sus  hechos  y  sin  comprender  su  Índole,  ni  las 
relaciones  que  las  eslabonan,  corren  inconscientemente  peligro  de  convertir 
dichas  ciencias  en  fuego  fatuo,  que  en  vez  de  ser  luz  y  faro  para  guiar,  des- 
lumhra y  extravía. 

III. 


Las  ciencias  naturales  comprendiendo  el  conocimiento  de  los  cuerpos 
que  en  la  tierra  existen,  abrazan  una  inmensa  extensión,  y  como  es  sabido, 
sus  diversas  partes,  que  todavía  siguen  edificándose,  estriban  sobre  los  pri- 
meros fundamentos  construidos  por  Haug  y  Mohs  para  la  mineralogía;  por 
Werner  y  von  Buch,  sabios  ambos  de  la  Academia  freibergense,  para  la 
geología;  por  Cuvier  para  la  paleontología,  por  Lineo  y  los  Jussieu  para  la 
botánica;  por  Lineo,  Cuvier  y  Geoffroy-Saint-Hílaire  para  la  zoología;  por 
Karl  Ernst  von  Baer  para  la  embriología,  y  para  la  fisiología  por  Harvey, 
Haller  y  Miiller, 

Los  grados  del  desenvolvimiento  de  cada  ciencia  natural  corresponden  á 
dos  clases.  En  la  primera  se  observan,  nombran  y  clasifican  los  cuerpos,  y 
hechos  que  presenta  la  naturaleza,  y  en  la  segunda  se  intenta  hallar  leyes 
naturales  y  probar  su  certeza.  A  fin  de  realizar  este  propósito  nos  valemos 
de  dos  grandes  auxiliares,  que  son  la  ejecución  de  experimentos  y  la  aplica- 
ción de  las  matemáticas.  Los  experimentos,  mediante  los  cuales  reproduci- 
mos artificialmente  ciertos  fenómenos  naturales  bajo  condiciones  exacta- 
mente conocidas,  obligan  á  la  naturaleza  á  contestar  las  preguntas  del  in- 
vestigador. Así  se  aislan  los  fenómenos  y  se  determinan  sus  elementos :  los 
hechos  complicados  que  resultan,  se  logran  simplificar,  purificándolos  y  con- 
cretándolos exactamente.  La  experimentación  consigue  que  se  pueda  medir 
la  magnitud  de  lo  que  la  vista  abraza  en  cada  fenómeno.  Dicha  experimen- 
tación, la  simple  observación  y  el  estudio  dan  á  conocer  fórmulas  generales, 
ó  sean  leyes  que  los  fenómenos  obedecen. 

Asi,  aún  dentro  del  estado  imperfecto  de  nuestro  total  saber,  se  han  lle- 
gado á  determinar  puntos  fijos  é  invariables,  cuyo  número  va  en  constante 
aumento;  pero  cuya  unión  para  formar  un  todo,  está  sujeta  á  continuas  va- 
riaciones. Aquellos  puntos  fijos  de  las  ciencias  positivas  excluyen  las  causas 
y  únicamente  comprenden  las  leyes  naturales.  Son  por  ejemplo,  tales  pun- 
tos en  la  geología:  la  forma  de  la  tierra;  la  composición  consistente  en  varios 
agregados  de  minerales  de  su  parte  sólida;  la  posibilidad  de  determinar  la 
edad  relativa  de  las  rocas  según  sus  relaciones  de  estratificación;  la  confor- 
midad general  de  la  estructura  del  globo  terráqueo  en  todos  los  países  cono- 
cidos; la  diferencia  de  los  restos  orgánicos  dentro  de  las  formaciones  de  di- 


Y  CIENCIAS  POSITIVAS.  239 

versas  épocas;  las  variaciones  así  en  la  estructura  interna  como  en  la  super- 
ficie de  la  parte  sólida  del  globo,  etc. 

Establecidos  en  las  diversas  ciencias  positivas  el  mayor  número  posible 
de  tales  puntos  fijos,  se  logran  descubrir  las  leyes  naturales,  las  cuales  como 
es  sabido  son  muy  diversas  de  las  jurídicas.  Estas,  no  todas  las  veces  se 
cumplen;  mientras  que  las  leyes  naturales  fundadas  en  la  esencia  de  las  co- 
sas siempre  rigen  y  son  perfecta  y  constantemente  ineluctables.  El  descu- 
brir las  leyes  naturales,  como  dice  Humboldt  (1) ,  es  el  último  fin  de  las  in- 
dagaciones de  las  ciencias  positivas. 

IV. 

Lo  concreto  y  abstracto  en  cada  ciencia  natural ,  ó  sean  las  dos  clases 
en  que  se  dividen  los  grados  de  su  desenvolvimiento,  exigen  la  luz  déla  Filo- 
sofía, que  síes  necesaria,  á  fin  de  hacer  observaciones  con  acierto,  practicar 
y  conducir  experimentos  y  analizar  datos,  no  es  menos  indispensable  para 
ordenar,  combinar  y  comparar  resultados,  descubrir  leyes  donde  se  basen 
los  fenómenos,  reducir  lo  complicado  á  elementos  simples  y  establecer  so- 
bre las  conclusiones  halladas,  los  verdaderos  principios  generales  y  funda- 
mentales. 

La  naturaleza  seria  un  arcano  si  la  Filosofía  no  iluminase  al  humano  pen- 
sar y  le  enseñara  á  descifrar  é  interpretar  sus  misteriosos  símbolos.  Las 
ciencias  naturales  necesitan  los  materiales  que  la  realidad  suministra;  pero 
para  hallarlos,  labrarlos  y  construir  el  edificio  de  dichas  ciencias,  es  indis- 
pensable el  auxilio  de  la  Filosofía.  Cierto  es  que  no  existirían  aquellas  cien- 
cias sin  experimentos  y  observaciones ;  pero  tampoco  formarían  su  sistema 
peculiar  si  al  humano  pensar  y  conocer  no  los  guiara  la  Filosofía  que  dá  luz 
conveniente  á  la  oscura  reaUdad  de  los  hechos  para  asignarles  su  significa- 
ción propia  y  su  recto  sentido. 

Naturalistas  cuya  opinión  tiene  grandísima  autoridad,  merced  á  sus  des- 
cubrimientos notables  y  profundos  trabajos,  aseveran  lo  que  arriba  se  de- 
clara, señalando  en  las  adquisiciones  científicas,  la  parte  del  pensamiento 
distinta  de  lo  físico-sensible  como  acción  propia  de  la  facultad  humana  es- 
piritual ó  cognoscente.  En  testimonio  de  esto  citaremos  un  par  de  autori- 
dades cuyos  escritos  son  bastante  conocidos. 

M.  E.  Chevreul  (2)  establece,  que  únicamente  por  lo  abstracto  que  la  in- 


(1)  Kosmos,  tomo  I,  pág.  31. 

(2)  En  su  obra  reciente  intitulada:  De  la  Methódea  posteriori  expérimentak .  (Pa- 
lís  1870). 

Tyndall  y  Huxley,  anglicanos  de  talla  científica  de  primer  orden,  y  ambos  de  gran 
nombradla,  abogan  por  el  idealismo  en  las  ciencias  positivas.  Huxley,  en  un  libro  que 
hace  poco  ha  dado  á  la  estampa,  intitulado  La;/ Sermons,  etc.,  dice  pág.  374  lo  si- 


240  FILOSOFÍA 

teligencia  separa  de  las  cosas  materiales,  conocemos  lo  que  aquel  llama 
concreto,  esto  es,  la  realidad  sensible.  Dice  así:  Los  cuerpos,  sólo  nos  son 
conocidos  por  sus  propiedades,  cualidades,  atributos  y  relaciones  recipro- 
cas; ó  en  otros  términos,  por  abstracciones,  puesto  que  tales  propiedades, 
cualidades,  atributos  y  relaciones,  son,  en  definitiva,  las  partes  aisladas  por 
el  pensamiento  de  un  conjunto,  ó  de  un  todo.  Llámanse  abstracciones,  por- 
que cuanto  es  atributo  de  cualquier  cuerpo,  cosa,  objeto  ó  ser,  coexiste 
siempre  junto  con  otras  propiedades,  y  para  conocer  bien  aquel  atri- 
buto, es  forzoso  separarlo  exclusivamente  de  los  demás  por  la  acción 
del  pensamiento.  Considerándolo  asi  aislado,  el  atributo  se  ha  conver- 
tido en  una  abstracción.  No  conocemos,  pues,  la  materia,  ni, los  cuerpos 
sino  por  sus  atributos  ó  propiedades.  Éstas  son  hechos,  y  la  palabra 
hecho  significa  lo  que  es,  ha  sido  y  será,  esto  es,  la  idea  de  lo  real,  ó  de 
lo  cierto. 

Ahora  bien,  según  el  principio  de  que  no  conocemos  los  cuerpos  más 
que  por  sus  atributos,  y  siendo  éstos  hechos,  los  cuales  á  su  vez,  son  abs- 
tracciones, resulta,  en  consecuencia,  que  sólo  conocemos  lo  concreto  por 
lo  abstracto. 

La  anterior  proposición  confiere  á  la  acción  intelectual  ó  del  pensar  una 
idea  muy  distinta  de  la  admitida  generalmente  acerca  del  conocimiento  de 
lo  concreto,  deducido  por  medios  inmediatos  y  directos  de  lo  físico-sensible. 
Según  Chevreul,  la  parte  del  pensar  es  inmensa  desde  que  tratamos  de  cono- 
cer un  objeto  concreto  cualquiera.  Conforme  á  la  doctrina  indicada,  cuanto 
es  del  dominio  de  los  sentidos  queda  reducido  á  abstracciones,  ó  sea,  á  ac- 
tos intelectuales  y  por  consiguiente  las  ciencias  naturales,  cuya  esfera  total 
comprende  la  materia  entera  orgánica  é  inorgánica,  y  todo  lo  concreto  cor- 
responde á  la  Filosofía.  Esta  abraza,  pues^,  no  sólo  la  indagación  de  los  últi- 
mos principios  fundamentales  de  todas  las  cosas  é  ideas,  sino  además 
cuanto  atañe  á  observar,  experimentar,  dominar  los  hechos  y  á  averiguar 
las  causas  secundarias. 


guíente:  La  reconciliación  de  las  ciencias  naturales  con  la  metafísica  estriba  en  que 
ambas  reconozcan  sus  faltas;  en  que  aquellas  confiesen  que  todos  los  fenómenos  natu- 
rales, en  su  último  análisis  nos  son  conocidos  únicamente  como  hecbos  metafísicos,  y 
en  que  la  segunda  admita,  que  estos  sólo  pueden  interijretarse  de  un  modo  práctico 
por  los  métodos  y  fórmulas  de  las  ciencias  naturales. 

TyndaU  en  su  reciente  discurso  sobre  el  uso  científico  y  límites  de  la  imaginación 
( Use  and  Limit  ofthe  Imaginatioii  in  Science)  declara  el  gran  auxilio  que  la  metafísica 
presta  á  las  ciencias  positivas. 

Calderwood,  catedrático  de  filosofía  moral  de  la  universidad  de  Edimburgo,  en  las 
lecciones  que  acaba  de  publicar,  insiste  en  probar  cuanto  exponemos  en  el  texto. 

Otros  libros  recientes,  que  por  no  faltar  á  la  brevedad  callamos,  confirman  la  gran 
importancia  de  la  Filosofía  en  las  indagaciones  de  las  ciencias  positivas. 


Y  CIENCIAS  POSITIVAS.  241 

La  otra  autoridad  que  ahora  ponemos,  M.  C.  Bernard  también  confiere  (1) 
á  la  Filosofía,  aunque  implícitamente,  grandísima  importancia  dentro  de 
la  esfera  de  las  ciencias  positivas,  pudiéndose  deducir  de  cuanto  aquel  sa- 
bio declara,  que  su  doctrina  presenta  algo  de  común  con  la  metafísica  es- 
colástica. Ese  algo  es  la  idea  a  priovi;  pero  con  una  gran  diferencia,  á  sa- 
ber, que  la  escolástica  impone  su  idea  como  la  expresión  de  la  verdad  abso- 
luta, que  ha  hallado,  y  asevera  que  la  realidad  tiene  que  presentarse  con- 
forme con  los  conceptos  de  su  pensar,  sin  más  pruebas  que  el  orgullo  de  su 
razón,  mientras  que  Bernard  sólo  considera  la  idea  a  priori  en  su  sistema, 
como  punto  de  arranque.  Para  aquel,  dicha  idea  precede  al  experimento,  al 
que  provoca  y  fecunda;  pero  en  definitiva  la  experiencia  es  el  juez,  quien 
condena  á  semejante  idea  si  no  está  de  acuerdo  con  los  hechos,  ó  la  tras- 
forma  en  teoría  si  resulta  comprobada  por  el  estudio  de  los  fenómenos. 

En  la  antigua  metafísica  la  idea  a  priori,  lejos  de  observar  la  natu- 
raleza, inventaba  un  sistema  casi  siempre  en  contradicción  abierta  y  vio- 
lenta con  los  hechos.  Mas  aquella  idea,  según  la  emplean  Bernard  y  otros  en 
el  día,  es  únicamente  una  pregunta  que  dirigen  á  la  naturaleza,  resueltos  á 
aceptar  la  contestación  cualquiera  que  sea,  y  sacrificar  las  creaciones  idea- 
les del  pensar  si  á  estas  fuese  contraria  la  respuesta. 

Cierto  es  que  Bernard  asevera  que  las  ideas  a  priori  no  son  nativas, 
puesto  que  no  surgen  espontáneamente,  sino  que  necesitan  una  ocasión,  ó 
un  excitante  externo;  mas  aunque  esto  se  conceda,  nadie  negará  que  la 
facultad  que  las  produce  es  innata,  encarnada  en  el  vigor  natural  del  hu- 
mano pensar,  en  su  virtud  inventiva  y  en  sus  propiedades  espirituales. 

Así  resulta  un  notable  desacuerdo  con  el  empirismo  que  nada  admite 
fuera  de  la  experiencia  pura,  y  que  no  consiente  que  el  humano  pensar,  ni 
por  su  propia  é  íntima  energía,  ni  tampoco  en  virtud  de  su  razón,  dirija  y 
regule  los  experimentos  y  edifique  los  sistemas  científicos.  El  empirismo 
rechaza  por  completo  toda  idea  a  priori,  la  que  juzga  innecesaria  para  reunir 
hechos,  analizarlos  y  coordinarlos. 

Por  la  inversa,  según  Bernard,  dicha  idea  representa  un  papel  importan- 
tísimo en  el  método  experimental,  y  á  la  dirección  de  aquellas — alma  verda- 
dera de  las  ciencias  positivas — son  debidas  todas  las  invenciones  y  descu- 
brimientos. 

Los  elementos  de  cualquier  investigación  experimental  se  fundan  en  lo 
ideal.  Según  el  autor,  de  quien  ahora  tratamos,  dichos  elementos  aparecen 
por  el  orden  siguiente  y  son  los  que  se  expresan  aquí: 
1."    La  observación — á  menudo  casual — de  un  hecho  ó  fenómeno. 


(1)  Véase  sus  lecciones  publicadas  en  el  número  del  19  de  Marzo  de  1870  y  siguien- 
tes de  la  Reviie  des  Cours  scientiiques.  Además,  del  mismo  autor,  la  Introdudion  á  la 
Médecine  expériviejitalf. 


242  FILOSOFÍA 

2."  Una  idea  preconcebida  ó  una  anticipación  del  pensar  que  se  forma 
instantáneamente  y  que  se  resuelve  en  una  hipótesis  sobre  la  causa  del  fe- 
nómeno observado. 

5."  Un  razonamiento  engendrado  por  la  idea  preconcebida  y  de  la  cual 
se  deducen  los  experimentos  adecuados  á  confirmar  su  certeza, 

4.°  Los  mismos  experimentos  acompañados  de  procedimientos  más  ó 
menos  complicados  para  que  produzcan  resultados  seguros  (1). 

Los  hechos,  según  Bernarda  son  materiales  indispensables,  mas  su  elabo- 
ración por  el  razonamiento  experimental,  esto  es,  por  la  teoría,  es  lo  que  los 
iiace  adecuados  á  que  sirvan  para  construir  el  edificio  científico.  La  idea 
formulada  por  los  hechos  representa  la  ciencia.  La  hipótesis  experimental 
no  es  más  que  la  idea  científica  preconcebida  ó  anticipada.  La  teoría  es 
sólo  la  idea  científica  comprobada  por  la  experiencia.  El  razonamiento  úni- 
camente sirve  para  dar  una  forma  á  nuestras  ideas,  de  suerte  que  todo  se 
reduce  primitiva  y  finalmente  á  la  idea.  Esto  es  lo  que  constituye  el  punto 
de  arranque  ó  el  prlmum  movens  de  todo  razonamiento  científico,  y  ella 
igualmente  es  el  fin  que  se  propone  la  facultad  intelectual  cuando  aspira  á 
lo  desconocido. 

En  vista  de  las  precedentes  opiniones  de  autoridades^  cuya  gran  compe 
tencia  nadie  niega,  no  cabe  duda  que  la  idea  es  origen  de  la  experimen- 
tación, y  esta,  fundamento  de  las  ciencias  positivas.  Por  consiguiente,  como 
la  resolución  completa  de  cuanto  se  refiere  á  la  idealidad  está  dentro  de  la 
esfera  de  los  principios  metafísicos,  nunca  debe  prescindirse  de  ellos,  para 
indagar  en  el  campo  de  aquellas  ciencias  y  menos  aún  de  la  Filosofía  que 
los  abraza  todos  y  además  cuanto  atañe  al  racional  pensar  y  conocer. 


Las  novísimas  ciencias  positivas,  en  su  estado  actual  se  fundan  sobre 
un  conjunto  de  conceptos  ideales,  que  traspasan  la  esfera  de  la  observación 
directa  de  los  sentidos.  Sobre  ciertas  cuestiones  muéstranseá  veces  aquellas 
ciencias  más  atrevidas  y  más  avanzadas  que  ninguno  do  los  sistemas  filosó- 
ficos. Sabios  hay  que  implícitamente  vuelven  á  la  metafísica,  indagando  las 


(1)  Antes  que  Bernard  publicase  lo  (lue  señala  como  elemeutos  en  la  investigación 
experimental,  varios  sabios  alemanes  tenian  dadas  á  luz  obras  donde  se  expresa  lo  mis- 
mo, casi  con  iguales  palabras.  Véase  la  pág.  20  del  escrito  de  Schleiden:  Sobre  el  ma- 
terialismo de  la  ciencia  natural  moderna  alemana,  su  esencia  y  su  historia.  (  Ueber  den 
Materialismus  der  nearn  deutschen  Naturwmemcha/t,  seiii  Wesen  imd  seine  Ges- 
ddclite.  Leipzig,  1863.)  Compárese  también  la  pág.  21  del  escrito  de  Miclielis:  El  Ma- 
terialismo como  Fé  del  Carbonero.  (Der  MaterialUmus  ais  Kóhlerglavhe.  Müns- 
ter,  1856).  La  brevedad  que  debemos  observar,  impide  que  se  añadan  otras  refe- 
rencias, 


Y   CIENCIAS  POSITIVAS.  245 

mismas  ciencias  particulares,  con  cuyo  desenvolvimiento  esperaban  matarla. 
Esto  demuestra  que  no  satisface  la  sed  del  saber,  ni  los  tesoros  de  la 
observación,  ni  la  belleza  de  las  leyes  naturales  recientemente  descubiertas, 
y  que  es  necesaria  la  Filosofía.  Pruebas  abundan  de  cuanto  precede  indica- 
do, mas  aqui  sólo  ponemos  un  ejemplo  en  testimonio  de  tales  asertos. 

La  física  y  la  quimica  enseñan  que  todos  los  cuerpos  están  compues- 
tos de  átomos,  los  cuales  son  invisibles,  imponderables,  intangibles,  ó  lo 
que  es  lo  mismo,  de  todo  punto  imperceptibles  para  nuestros  sentidos. 
Dichas  ciencias  tienen  que  admitir  la  doctrina  atomistica;  porque  de  lo  con- 
trario seria  imposible  darse  cuenta  de  muchos  fenómenos,  que  de  ese  modo 
se  esclarecen  y  explican,  concordando  perfectamente  estos  y  aquella.  Cierto 
es  que  tal  doctrina  se  distingue  de  la  de  Leukippo,  Demócrito  ó  Epicuro; 
puesto  que  la  aceptamos  á  consecuencia  de  observaciones  practicadas,  ó 
como  un  medio  auxiliar  para  explicarlas  y  no  a  priori,  según  verificaron  los 
antiguos. 

Varios  filósofos,  empero,  han  combatido  en  odio  al  empirismo  y  sin  pe- 
netrarse de  la  importancia  pecuhar  del  método  de  las  ciencias  positivas,  el  que 
estas  admitiesen  la  doctrina  atomistica.  Tampoco  escasean  las  refutaciones 
á  ese  género  de  ataques,  entre  las  que  figuran  diversas  irrebatibles  y  bri- 
llantes, siendo  notabilísima,  la  escrita  por  G.  F.  Fechner  (1)  donde  expone 
maestramente  la  doctrina  aludida  y  su  relación  con  la  Filosofía.  Al  libro  de 
Fechner  confieren  todos  gran  importancia  y  autoridad;  porque  dicho  autor 
es  notable  filosofo  y  posee  además  profundamente  la  física  y  la  quimica. 

Los  químicos  han  pasado  de  la  atomicidad  á  la  estructura  molecular,  y 
tanto  la  una  como  lo  otro,  son  aplicaciones  importantes  del  método  filosó- 
fico. La  base  del  sistema  de  los  conocimientos  químicos  en  su  actual  estado, 
la  componen  dos  manifestaciones  de  la  fuerza  residente  en  los  átomos,  á 
saber:  afinidad  y  atomicidad.  Semejante  hipótesis  es  en  el  fondo  una  verda- 
dera teoría  metafísica  de  la  materia.  Arrancando  del  átomo,  á  la  vez,  invi- 
sible ó  indivisible  el  célebre  Faraday,  llegó  á  idealizar  la  materia  hasta  tal 
punto,  que  casi  la  suprimía,  pues  confesaba  que  á  su  entender,  la  materia 
no  era  más  que  una  reunión  de  los  centros  de  la  fuerzas. 

El  atomismo  químico  individualiza  las  partes  constitutivas  de  la  materia 
y  restringe  el  principio  demasiado  absoluto  de  su  inercia ,  fundándose  en 
que  cualquiera,  ejercitado  en  trabajos  de  laboratorios  químicos,  se  figura 
ver  que  los  átomos  buscan,  corren  y  se  precipitan  sobre  otros  átomos  por 
los  que  tienen  poderosa  afinidad.  Así  es  que,  tomando  al  pié  de  la  letra  pa- 
labras del  poeta  Emerson,  dice  el  catedrático  Tyndall,  que  «los  átomos  ca- 
minan con  cadencia. » 


(1)    Physikund  ph'dos.  Atojnhhre  {2.^  eéA.G\on\júi^z\g  1864).  (Doctrina  atomística; 
fisica  y  filosófica. ) 


244  FILOSOFÍA   Y    CIENCIAS   POSITIVAS. 

Es  indudable  que  varios  químicos  no  profesan  el  atomismo ,  mas  entre 
estos  hay  algunos  notables  que  también  por  su  parte  tienen  un  idealismo 
especial.  Berthelot  (1),  por  ejemplo,  no  emplea  la  voz  átomo;  pero  usa  la 
de  molécula,  y  habla  de  fuerzas  moleculares.  Tampoco  suprime  de  la  es- 
fera á  que  aludimos  en  manera  alguna  las  cuestiones  metafísicas,  sino  que 
al  contrario,  traza  y  levanta  el  edificio  de  una  ciencia  ideal  y  filosófica  sobre 
el  conjunto  de  los  hechos  averiguados  por  las  ciencias  positivas.  Aquel  emi- 
nente químico  admite  también  la  ciencia  de  las  pritneras  causas  hasta  tal 
punto,  que  escribe  estas  palabras:  la  química  ha  realizado  bajo  una  forma 
concreta  la  mayor  parte  de  las  fórmulas  de  la  antigua  metafísica. 

Las  anteriores  sumarias  observaciones  permiten  aseverar  que  cuantos  quí- 
micos preconizan  la  teoría  de  los  átomos,  dotados  de  energía  activa  y  de 
fuerzas  electivas  convergen  á  atribuir  á  la  materia  un  grado  de  idealidad  y 
de  potencia  mayor  que  el  de  todos  los  sistemas  filosóficos.  Los  químicos 
antes  referidos  siguen,  consciente  ó  involuntariamente  una  metafísica  idea- 
lista, que  en  la  actualidad  también  aplican  varios  profesores  á  otras  ramas 
de  las  ciencias  naturales.  No  estando  tales  ramas  dentro  de  los  límites  de 
estos  ligerísimos  apuntes,  omitimos  citar  autoridades  que  aquel  aserto  con- 
firmen. 

Los  ejemplos  puestos  demuestran  que  en  las  indagaciones  de  ciencias  po- 
sitivas no  es  posible  prescindir  de  la  metafísica  ni  hay  manera  de  reemplazar 
los  principios  filosóficos.  La  experiencia,  a'unque  poderosa,  si  no  está  auxi- 
liada por  la  idea  que  la  razón  forma,  es  ciega  y  nmda,  y  no  puede  ver,  ni 
explicar  satisfactoriamente  cuanto  comprende  la  esfera  de  la  observación. 
La  Filosofía  es  la  que  derrama  raudales  de  clarísima  luz  sobre  la  realidad 
confusa:  ella  dilucida  los  resultados  de  la  experiencia  y  determina  las  in- 
numerables leyes  que  al  universo  rigen. 

Emilio  Huelin. 
(Se  continuará.) 


(1)  Véase  sii  trabajo:  La  Science  positivc  et  la  Science  idéale. 


ESTUDIO    HISTÓRICO. 


EL  CONDESTABLE  DON  ALVARO  DE  LUNA 

Y 

SüS  DOCTRINAS  POLÍTICAS  Y  MORALES- 


ARTÍCULO    PMMEEO. 

I. 

En  la  mañana  del  2  de  Junio  de  1453  era  degollado  en  la  Plaza  Mayor 
de  Valladolid  el  Gran  Condestable  de  Castilla,  D.  Alvaro  de  Luna.  Colgada 
su  cabeza,  por  espacio  de  nueve  dias,  de  una  escarpia,  y  expuesto  su  cuer- 
po sobre  el  cadalso,  por  otros  tres,  eran  al  cabo  recogidos  sus  restos  mor- 
tales por  la  caridad  pública  y  enterrados  de  limosna  en  el  cementerio  de 
los  ajusticiados.  Hondo  terror  imponía  en  toda  España  la  nueva  de  aquella 
inesperada  catástrofe,  cuya  grandeza  arrancaba  muy  doloridos  y  contra- 
dictorios cantos  á  la  musa  castellana,  la  cual  parecía  poner  el  sello  á  su 
admiración  y  su  sorpresa,  cuando,  por  boca  del  discreto  Jorge  Manrique, 

exclamaba: 

Pues  aquel  Gran  Condestable, 

maestre  que  conocimos 

tan  privado. 

Non  cumple  que  de  él  ser  fable, 

smón  que  sólo  le  vimos 

degollado. 

Más  digna  de  admirarse  que  de  discutirse,  era  en  concepto  del  poeta,  vein- 
titrés años  después  de  consumada,  la  desastrosa  caida  de  aquel  procer,  que 
habia  gobernado  á  Castilla  por  el  espacio  de  treinta  y  tres:  las  extrañas  cir- 
cunslancias  que  la  rodearon,  los  peregrinos  antecedentes  que  la  precedie- 
ron, las  intrigas  y  lucbas  cortesanas,  las  sangrientas  jornadas  que  en  es- 


246  ESTUDIO   HISTÓRICO. 

candalosa  ahernativa  la  fueron  preparando ,  las  prendas  personales  .del 
Gran  Condestable  y  de  sus  irreconciliables  enemigos,  la  ingenua  flaqueza  y 
temerosa  irresolución  del  rey  D.  Juan,  que  en  medio  de  aquel  perpetuo  tu- 
multo contrastaban  grandemente  con  la  enérgica  actividad  y  resoluta  codi- 
cia de  sus  primos,  los  infantes  de  Aragón,  la  astucia  y  hasta  la  ingratitud 
de  las  reinas  doña  María  y  doña  Isabel,  la  prematura  doblez  é  irrespetuosa 
osadía  del  príncipe  D,  Enrique...  todo  contribuía  á  dar  al  drama  que  se 
desenlaza  en  la  Plaza  Mayor  de  Valladolid,  vivo,  picante,  extraordinario 
efecto  y  colorido,  excitando  el  interés,  no  ya  al  pié  del  suplicio,  sino  con  ma- 
yor fuerza  todavía  en  las  generaciones  futuras. — Y  ¿cómo  nó,  cuando  la  deca- 
pitación de  D.  Alvaro  de  Luna  era  el  más  ambicionado  y  decisivo  triunfo, 
que  había  logrado  la  aristocracia  señorial  castellana  en  toda  la  Edad  Media, 
auxiliada  ahora  por  los  príncipes  de  Navarra  y  de  Aragón,  mezclados  desde 
el  advenimiento  del  rey  D.  Juan,  más  de  lo  justo,  en  las  cosas  públicas  de 
Castilla?....  Por  lo  que  tenia  en  sí  de  patético  y  de  trágico,  por  el  interés 
que  inspiraba,  como  lección  histórica,  por  lo  que  representaba  en  el  gran 
proceso  de  las  contradicciones  sociales  y  políticas,  dentro  de  la  cultura  es- 
pañola; la  sangrienta  catástrofe  del  Condestable  D.  Alvaro  no  pudo  ser 
condenada  al  olvido,  en  ninguna  de  las  esferas,  donde  vive,  se  purifica  y 
crece  la  memoria  de  los  grandes  hombres. 

Cuatro  largos  siglos  han  trascurrido,  en  efecto,  desde  que  lloraron  los 
moradores  de  Valladolid  el  terrible  expectáculo  del  2  de  Junio  de  1453;  y 
primero  los  cronistas^  así  vulgares  como  latinos,  del  siglo  xv,  ya  trazando 
la  narración  de  los  hechos  referentes  á  la  corona,  ya  la  particular  de  los 
que  al  mismo  procer  y  sus  coetáneos  tocaban;  después  los  historiadores  ge- 
nerales de  España,  que  acuden  en  los  siglos  xvi  y  xvn  á  bosquejar  el  gran 
cuadro  de  la  reconquista,  y  aún  de  la  civilización  española;  y  más  adelante 
los  escritores  de  todos  géneros,  inclusos  los  autores  dramáticos,  que  han 
buscado  en  la  historia  de  la  Edad  Media  levantados  modelos  y  útiles  ense- 
ñanzas, no  han  podido  menos  de  fijar  sus  miradas  en  el  desafortunado 
magnate,  cuya  cabeza  rodaba  en  el  cadalso,  levantado  por  la  indolente  in- 
gratitud de  D.  Juan  II  y  la  insaciable  sed  de  venganza  de  los  grandes  de 
Castilla.  Ni  dejó  tampoco  de  llamar  la  atención  de  los  reyes  de  España 
aquel  cruel  y  atropellado  mandamiento  de  muerte,  dictado  por  un  tribunal, 
para  cuyos  miembros  demandaba  el  mismo  D.  Juan  II  al  Sumo  Pontífice 
especial  absolución,  á  poco  de  haberlo  aconsejado:  revocado  era  una  y  otra 
vez  por  el  Tribunal  Supremo  de  Justicia  y  el  Consejo  de  Castilla  aquel  fallo 
injusto  y  farisaico,  cuya  ejecución  había  sido  horrible  pesadilla  del  príncipe, 
que  tan  apocadamente  consintió  en  ella. 

La  reputación  de  D.  Alvaro  de  Luna  se  acrisolaba,  pues,  ante  los  tribuna- 
les de  justicia,  que  no  vacilaron  en  rehabilitar  legalmente  su  memoria;  con 
gran  regocijo  de  sus  descendientes  y  herederos:  su  fama  de  repúblico  y 


EL  CONDESTABLE  DON  ALVARO  DE  LUNA.  '247 

hombre  de  Estado  fluctuaba,  sin  embargo,  ante  el  tribunal  de  la  historia, 
cuando  Salió  á  luz  en  1865,  con  título  de  Juicio  critico  y  significación  poli- 
tica  de  D.  Alvaro  de  Luna  y  bajo  los  auspicios  de  la  Real  Academia,  que 
tiene  por  instituto  la  ilustración  de  los  anales  patrios,  una  muy  notable  me- 
moria, destinada  á  fijarla...— Para  su  laureado  autor,  D.  Juan  Rizzo y  Ramí- 
rez, hallan  no  sólo  explicación,  sino  fácil  disculpa,  cuantos  cargos  lanzaron 
tan  á  deshora  sus  enemigos  contra  el  Condestable,  comprendida  la  muerte 
de  Alfonso  Pérez  de  Vivero  que  olvidaron  aquellos  en  el  capítulo  de  culpas, 
si  bien  no  vacila  en  calificarla  de  «atroz  delito.» — D.  Alvaro  ha  recobrado  en 
verdad,  merced  al  desarrollo  ([ue  logran  actualmente  los  estudios  históricos 
en  nuestro  suelo,  la  estimación  de  hábil  y  resuelto  hombre  de  Estado  y 
de  experto  caudillo,  reconocidos  los  grandes  servicios  que  hace  á  la  corona 
en  el  primer  concepto,  aún  á  pesar  del  mismo  rey,  y  los  que  presta 
á  la  patria  en  el  segundo,  reanudando  la  guerra  de  la  Reconquista,  de  que 
dio  insigne  ejemplo  con  el  triunfo  de  la  Higueruela.  Pero  ¿se  ha  pronun- 
ciado ya  la  última  palabra  en  el  juicio  histórico  de  D.  Alvaro  de  Luna?  ¿Es 
por  ventura  tan  perfecta  y  plenamente  conocido  este  insigne  varón  que  de- 
ban reputarse  ociosos  ó  estériles  los  trabajos,  que  á  este  fin  se  encaminen? 
Porque  es  para  nosotros  axiomático  que  jamás  ha  de  pronunciarse  la  última 
palabra  en  este  linaje  de  juicios  históricos,  y  porque  á  pesar  de  los  postreros 
aciertos  de  la  crítica,  sólo  se  ha  fijado  esta  en  los  hechos  externos  al  tratar 
de  D.  Alvaro  de  Luna,  sin  curarse  todavía  de  averiguar  lo  que  el  Gran  Con- 
destable pensaba  y  escribía  sobre  moral  y  sobre  política,  estudio  á  que  con- 
vidábamos á  los  amantes  de  la  historia  patria,  cuando  há  ya  algunos  años, 
examinábamos  el  precioso  Libro  de  las  Claras  é  virtuosas  muyeres  del  mis- 
mo procer  (1); — por  todas  y  cada  una  de  estas  razones  nos  hemos  resuelto 
di  fin  á  verificar  el  propuesto  ensayo,  para  que  sirva  de  estímulo  á  más 
formal  trabajo,  y  dominados  por  la  imperiosa  necesidad  de  encerrarnos  en 
los  estrechos  límites  de  una  Revista.  Único  es,  no  obstante,  el  Libro  de  las 
Claras  é  virtuosas  mugeres,  como  obra  de  ingenio,  que  ofreció  al  combatido 
Condestable  ocasión  de  mostrar,  en  medio  de  los  repetidos  conflictos  que 
de  1420  á  1453  le  rodean,  cuanto  sentía,  pensaba  y  creía  respecto  de  las 
más  arduas  cuestiones  morales  y  políticas,  que  iban  á  rozarse  con  la  terrible 
acusación  que  debía  costarle  la  cabeza:  su  importancia  y  su  estima  crecen 
al  compás  de  la  rudeza  y  del  encono  de  aquella  tenaz  lucha,  que  renacía  á 
cada  paso  bajo  más  terrible  forma,  y  más  aún  sí  se  considera  que  lo  aza- 
roso y  lo  arrebatado  de  los  momentos  en  que  fué  escrito,  no  alcanzaron  á 
torcer  en  D.  Alvaro  el  sentido  moral  que  lo  dictaba,  como  no  ofuscaban  su 
sana  razón,  al  pronunciar  con  filosófica  entereza  el  noble  fallo  de  tan  difí- 
ciles cuestiones. 


(1)    Historia  Crítica  d«  la  Literatura  Española,  t.  VI,  cap,  XI,  pág.  276. 


248  ESTUDIO  HISTÓRICO. 

Fué  el  Libro  de  las  Claras  é  virtuosas  mugeres  compuesto  efectivamente 
en  medio  de  los  azares  de  «la  gobernación  de  la  cosa  pública»  y  de  los  con- 
tratiempos de  su  odiada  privanza.  Comprendiendo  D.  Alvaro  que  no  era 
aquella  angustiosa  situación  la  más  á  propósito  para  exponer  sus  ideas  tan 
sobria  ó  ampliamente,  como  deseaba,  sobre  las  materias  por  él  tratadas,  al 
quilatar  las  virtudes  de  sus  heroínas,  disculpábase  ante  la  posteridad  con 
estas  notables  palabras: — «Si  algunas  cosas  fallescieren  ó  demasiadas  en  esta 
»obra  se  fallaren,  justas  causas  damos  á  la  desculpacion,  cómo  toda  la  ma- 
»yor  parte  deste  nuestro  Libro  ayamos  conpuesto,  andando  en  los  reales,  é 
«teniendo  cerco  contraías  fortalezas  de  los  rebeldes,  puesto  entre  los  orribles 
«estruendos  de  los  instrumentos  de  la  guerra.  Pues  ¿quién  puede  ser  aquel 
»de  tan  reposado  ingenio,  nin  quién  se  sabrá  assi  enseñorear  de  su  enten- 
» dimiento  que  sabiamente  pueda  ministrar  la  pluma,  quando  de  la  una 
»parte  los  peligros  demandan  el  remedio,  é  de  la  otra  la  yra  cobdicia  la 
«venganza,  é  la  justicia  amonesta  la  execucion  é  el  rigor  enciende  la  bata- 
»lla,  é  la  cosa  pública  demanda  el  administración,  en  tal  manera,  que  todas 
«cosas  privan  el  reposo  quanto  para  esto  era  nescesario,  tanto  que  muchas 
«veces  nos  acaeció  dexar  la  pluma  por  tomar  las  armas,  sin  que  ninguna 
»vez  dexásemos  las  armas  por  tomar  la  pluma? — Pues  quando,  cansado  é 
«trabajado,  algunas  veces  volviéssemos  á  la  obra  que  comenzada  dexávamos, 
«cómo  el  ingenio  nuestro  se  podría  fallar,  tú,  lector,  lo  considera.» 

Temerario  sería,  pues,  ó  por  lo  menos  poco  ajustado  á  las  leyes  de  la 
equidad  y  de  la  prudencia,  el  negar  á  D.  Alvaro  la  ingenuidad,  que  brilla  en 
esta  manera  de  confesión,  con  que  al  terminar  su  Libro,  solicita  la  benevo- 
lencia de  los  lectores,  y  no  más  raóional  por  cierto  el  suponer  que  las 
máximas  y  sentencias,  los  principios  y  juicios,  ya  propios,  ya  adoptados  por 
él,  que  dan  extraordinario  valor  y  realce  á  su  obra,  no  le  fueran  habituales 
V  como  privativos,  constituyendo  el  fondo  de  sus  doctrinas  morales  y  políti- 
cas.— ¿Cómo,  pues  (se  apresurarán  tal  vez  á  preguntarnos  los  que  todavía 
califiquen  de  ominoso  tirano  al  gran  Condestable),  si  esas  doctrinas  mo- 
rales y  políticas,  son  realmente  admisibles,  no  ajustó  á  ellas  su  conducta 
política  y  moral  D.  Alvaro  de  Luna?  Ni  esas  doctrinas,  á  ser  conformes  con 
la  verdadera  filosofía  é  inspirarse  en  el  espíritu  evangélico  (proseguirán), 
pudieron  imponerle  la  ardiente  ambición  de  mando  y  poderío  que  le  devo- 
ra, ni  excitar  en  él  la  sed  de  oro,  de  que  tan  agriamente  le  acusaron  sus 
coetáneos.  ¿No  argüiría  en  contrario  la  existencia  de  tales  principios  ciert;» 
contradicción,  altamente  censurable  en  todo  personaje  histórico,  y  más  vi- 
tuperable todavía  en  quien,  como  el  gran  Condestable  de  Castilla,  estaba 
obligado  á  obrar  siempre  con  toda  ingenuidad  é  hidalguía,  anteponiendo  el 
bien  público  á todo  engrandecimiento  privado?.... 


EL  CONDESTABLE  DON  ALVARO  DE  LUNA.  249 

II. 

Existe  en  el  hombre,  cualesquiera  que  sean  su  condición  y  estado,  su  dig- 
nidad y  su  poderlo,  una  invencible  dualidad,  que  le  trae  á  la  continua  en 
lucha  pertinaz  consigo  mismo.  Hácese  esta  ineludible  lucha  tanto  más  recia 
y  porfiada  cuanto  mayores  son  en  él  y  de  más  subidos  quilates  las  dotes  y 
virtudes,  que  forman  individualmente  su  carácter,  más  altos,  severos  y 
trascendentales,  compromisos  y  deberes,  en  que  le  ponen  y  constituyen  las 
obhgaciones  de  su  clase  y  de  su  cuna,  y  más  distinguida  su  educación,  ó 
más  cultivada  su  inteligencia,  respecto  de  la  sociedad  y  del  tiempo  en  que 
vive. — Obra  el  hombre,  en  virtud  de  estas  superiores  leyes,  como  quien 
gira  fatalmente  en  dos  distintas  y  á  veces  contrapuestas  órbitas,  gozando  al 
parecer  de  dos  contrarias  existencias,  que  rara  vez  se  funden  y  unifican: 
tales  son,  en  verdad,  su  vida  interior  y  su  vida  pública. 

Dueño  de  sí  mismo,  aconsejado  exclusivamente  de  su  propia  conciencia, 
ya  proceda  como  repúblico,  ya  cual  magistrado  ú  gobernante,  obedece  de 
buen  grado  y  sigue  en  el  primer  concepto  las  más  puras,  nobles  >  y  desinte- 
resadas inspiraciones  de  su  alma,  regocijándose  con  la  idea  del  bien  y  de  la 
verdad,  cuyo  logro  y  posesión  aparecen  á  su  vista  como  la  mayor  felicidad 
propia  y  la  más  cumplida  bienandanza  agena.  Libre  su  inteligencia  de  todo 
interesable  error,  exenta  su  razón  de  todo  extraño  yugo,  rechaza  y  condena 
con  hidalga  energía,  cuanto  ofende  y  se  opone  en  él  á  la  realización  del 
bien,  cuanto  conspira  y  tiende  al  triunfo  de  las  malas  pasiones,  cuanto  sirve 
de  estímulo  á  la  bastarda  ambición,  ó  de  incentivo  al  crimen.  Es  el  hombre 
en  tal  situación,  discreto  y  leal  consejero,  íntegro  é  inexorable  juez  de  sí 
mismo;  y  ya  medite  sobre  su  propia  vida,  ya  fije  sus  miradas  en  las  de  sus 
coetáneos,  ya  las  tienda  á  contemplar,  merced  á  las  enseñanzas  históricas, 
l'i  vida  de  sus  mayores,  ó  de  otros  hombres  de  más  remotas  edades,  le  es 
dado  siempre,  apoyado  en  la  religión,  en  la  moral  y  en  la  historia,  juzgar  sin 
torcidas  prevenciones  y  pronunciar,  sin  más  odio  que  el  inspirado  por  el 
mal,  ni  más  amor  que  el  engendrado  por  el  bien,  los  más  justos  y  cabales 
fallos.  No  de  otra  manera  se  siente  y  conoce  el  hombre  dentro  de  sí,  seño- 
reando al  par  sus  ideas,  sus  sentimientos  y  sus  obras,  é  imponiendo  la  liber- 
tad y  la  independencia  de  su  espíritu  á  las  obras,  los  sentimientos  y  las  ideas 
de  los  demás  hombres. 

Mas  luego  que,  abandonada  la  serena  región,  en  que  se  contempla  frente 
á  frente  de  su  conciencia,  se  pone  en  relación  inmediata  con  la  sociedad; 
luego  que  se  muestra  en  el  teatro  de  la  vida  pública,  parecen  eclipsarse, 
cambiar  ó  desvanecerse,  como  por  encanto,  esas  peregrinas  virtudes,  con- 
servándose apenas  rasgo  alguno  fundamental  de  aquellas  que  más  le  enalte- 
cían á  sus  propios  ojos  y  que  constituian  realmente  la  integridad,  la  inde- 

TOMO  XIX.  17 


250  ESTUDIO   HISTÓRICO. 

pendencia  y  la  justicia  de  sus  razonamientos  y  de  sus  juicios.  El  hombre 
no  está  solo  ni  es  ya  dueño  de  sí  mismo:  solicitado  al  par  de  mil  contrarios 
afectos;  seducido  por  deslumbradores  é  irresistibles  halagos;  alraido  por  la 
sed  de  riquezas,  é  instigado  por  el  irreflexivo  instinto  de  la  dominación, 
que  excitan  y  exasperan  de  continuo  rudas  y  vigorosas  contradicciones, — 
déjase  llevar  insensible  é  indeliberadamente  á  las  más  terribles  luchas,  con 
lodo  lo  que  en  algún  modo  le  ofende  ó  coniradice,  acabando  por  acallar  y 
sofocar  dentro  de  su  alma  toda  idea  de  bien  y  de  justicia,  y  lanzándose  con 
resuelto  afán  al  logro  de  la  disputada  grandeza  y  del  contrastado  poderío. 
Fijado  el  blanco  de  su  ambición,  que  tal  vez  le  descubrieron  y  mostraron, 
temerarios  ó  imprudentes  sus  más  encarnizados  enemigos,  nada  hay  ya  que 
pueda  ser  tenido  por  él  como  legitimo  obstáculo,  nada  que  alcance  á  re- 
traerlo del  camino  resueltamente  emprendido:  la  lucha  tal  vez  le  fatiga, 
tal  vez  le  infunde  desconfianza  en  la  consecución  de  los  fines  á  que  sin  tre- 
gua aspira;  pero  reanimado  por  las  mismas  dificultades,  y  engrandecido  su 
espíritu  por  la  mayor  rudeza  de  las  contradicciones;  álzase  una  y  otra  vez 
con  nuevos  y  desusados  bríos,  desbaratando  y  avasallando  cuanto  servia  de 
estorbo  y  freno  á  los  antojos  de  su  ambición,  y  corriendo  acaso  desatentado 
y  ciego  á  su  ruina. 

No  impide,  sin  embargo,  al  hond)re  este  empeño  en  tan  desapoderada 
bicha  el  entrar  de  nuevo  en  sí,  el  llamar  ajuicio  todas  sus  aviesas  pasiones, 
ni  el  condenar  resuelta  y  generosamente  todos  sus  reprobados  actos.  Con  el 
testimonio,  pocas  veces  falaz,  de  su  propia  conciencia;  con  la  evocación  de 
las  sanas  máximas  y  salvadores  principios  de  la  moral  y  de  la  religión,  re- 
prueba y  abomina  en  efecto  la  soberbia,  la  vanidad,  la  codicia,  que  con  el 
ejemplo  ó  la  contradicción  de  otros  hombres,  le  arrastraron  al  error  ó  le  pre- 
cipitaron en  el  crimen;  y  deseoso  déla  enmienda,  busca,  no  sm  mortificadora 
ansiedad,  los  caminos  por  donde  salga  del  inextricable  laberinto  que  le  ame- 
naza con  espantoso  despeñadero.  Pero  ¡vano  propósito!  Vuelto  una  y  otra  vez 
al  mundo  de  la  ambición  y  de  las  contradicciones,  enciéndese  repetida- 
mente su  alma  en  la  devoradora  sed  del  oro,  del  poderío  y  aún  de  la  gloria, 
y  renunciando  con  dolorosa  frecuencia  al  nobilísimo  ejercicio  de  su  libre  al- 
bedrío,  déjase  arrebatar,  por  último,  de  un  modo  fatal  é  irrevocable  por  las 
oleadas  del  mal,  que  le  precipitan  en  el  abismo. 

lié  aquí  la  perpetua  enseñanza,  que  la  atenta  contemplación  y  estudio  del 
hombre  nos  ministra,  ora  le  veamos  en  la  sociedad  y  á  nuestro  lado,  ora  le 
consideremos  obrando  en  la  historia;  y  no  á  otras  leyes  debía  sujetarse  el 
Gran  Condestable  de  Castilla,  al  ser  considerado  bajo  este  doble  concepto. 
Como  repúblico,  como  primer  ministro  ó  vahdo  de  D.  Juan  II,  rey  nacido 
para  vivir  en  eterna  tutela,  D.  Alvaro  de  Luna  tenia  siempre  la  pelea  á  la 
puerta,  no  sin  que  penetraran  á  veces  ó  nacieran  sus  enemigos,  merced  á  la 
ingratitud  y  á  la  traición,  en  lo  más  recóndito  y  reservado  de  su  morada. 


EL  CONDESTABLE  DON  ALVARO  DE  LUNA.  251 

Formaban  aquellos  numerosísima  y  muy  poderosa  cohorte,  en  que,  según 
va  indicado,  se  filiaban  al  par  los  proceres  de  Castilla  y  los  infantes  de 
Aragón,  sin  que  fueran  obstáculo  al  logro  de  su  ambición  y  de  su  codicia, 
ni  el  allanamiento  del  palacio  real,  ni  el  secuestro  y  asedio  de  la  persona 
del  monarca,  una  y  otra  vez  constituida  en  humillante  tutela,  ni  la  profa- 
nación sacrilega  de  los  sacramentos,  ni  las  torpes  y  degradantes  consulta- 
ciones de  magas  y  hechiceras,  encendida  de  continuo  la  tea  de  la  rebelión, 
que  ponian  con  escándalo  de  los  buenos  y  más  de  una  vez,  en  la  mal  se- 
gura diestra  del  príncipe  heredero.  Todos  estos  elementos,  todas  estas  vo- 
luntades estaban  congregados  y  tenazmente  decididos  á  labrar  la  ruina  del 
gran  Condestable:  sólo  en  la  creciente  brecha,  abierta  á  los  repetidos  golpes 
de  tantos  y  tan  encarnizados  enemigos,  ni  aún  le  era  dado  contar,  para  sos- 
tenerse, con  la  flaca  y  tornadiza  voluntad  de  D.  Juan  II,  por  quien  tan  á 
menudo  ponian  en  grave  riesgo  y  contingencia  su  honra  y  su  vida.  ¿Qué 
mucho,  pues,  si  en  tan  perpetua  contradicción  y  en  lid  tan  ardiente,  sa- 
liendo de  si  mismo,  mientras  los  grandes  peligros  que  le  rodeaban  sin  tregua, 
demandaban  el  remedio,  codiciara  su  ira  la  venganza  y  le  amonestase  la  jus- 
ticia el  rigor  en  la  ejecución  del  castigo? 

Los  biógrafos  de  D.  Alvaro  de  Luna,  ya  adictos  á  su  privanza,  ya  par- 
ciales de  sus  enemigos,  esméranse  en  pintarle  compuesto  y  reposado;  atento 
en  el  examinar  á  los' hombres  y  las  cosas,  «que  miraba  más  que  otroome;» 
de  aspecto  jovial  y  frente  y  mirar  levantado;  pronto  en  el  honesto  reír; 
gracioso  y  bien  razonado;  medido  é  compasado  en  las  costumbres;  diestro 
en  la  música  y  poesía,  y  admirador  de  la  elocuencia,  en  cuyo  cultivo  se  ex- 
tremó, aunque  «dudaba  un  poco  en  la  fabla»;  esmerado  en  sus  traeres  y 
apuesto  galanteador;  muy  inventivo  y  muy  dado,  en  fin,  á  «fallar  invencio- 
nes é  sacar  entremeses  en  fiestas  ó  en  justas  ó  en  guerras,  en  las  quales  in- 
venciones muy  agudamente  significaba  lo  que  quería.»  Mas  al  lado  de  estas 
dotes  físicas  y  morales,  á  que  se  unían  también  cuantas  formaban  y  enalte- 
cían á  la  sazón  un  cumplido  caballero,  tal  como  le  bosquejaba  por  aquellos 
días  en  su  famoso  Vidorial  el  muy  entendido  Gutierre  Diez  Gamez,  sobre- 
salía, como  efecto  de  una  viveza  y  sensibilidad  exquisitas,  cierta  impresio- 
nabilidad no  menos  extremada,  que  degenerando  fácilmente  en  arrebatada 
exaltación  á  vista  de  los  desacatos  contra  él  y  contra  el  rey  con  tanta  fre- 
cuencia cometidos,  arrastrábale  tal  vez  á  la  violencia  y  comprometíale  cada 
momento  en  el  camino  de  su  perdición  y  de  su  ruina. 

No  podía,  pues,  racionalmente  esperarse  que,  dada  por  una  parte  la  vio- 
lenta situación  de  las  cosas,  cada  día  más  tirante  y  abocada  á  nuevos  des- 
manes y  mayores  crímenes,  y  considerada  por  otra  la  inflamable  genialidad 
de  D.  Alvaro,  mostrase  este  siempre  y  por  igual  aquellas  dotes,  que  le  hi- 
cieron estimable  en  la  corte  de  D.  Juan  II,  y  que  le  ganaron,  ya  en  paz,  ya 
en  guerra,  la  admiración  de  damas  y  caballeros.  Lo  notable,  lo  que  le  pre- 


252  ESTUDIO   HISTÓRICO. 

senta  á  la  consideración  del  historiador  y  del  filósofo  bajo  muy  singular 
concepto,  lo  que  no  han  sospechado  todavía  cuantos  procuraron  vindicarle 
de  las  amañadas  acusaciones  que  le  subieron  al  cadalso  de  Valladolid,  lo 
que  no  ha  tenido  tampoco  en  cuenta  su  laureado  defensor,  tal  vez  porcfue  no 
habia  llegado  á  sus  manos  la  invitación  pública  hecha  por  nosotros  para 
considerar  al  Gran  Condestable  bajo  este  especial  punto  de  vista,  es  por 
cierto  que  en  medio  del  fragor  de  las  batallas  y  del  horrible  estruendo  de 
las  máquinas,  que  combatían  bajo  su  conducta  las  fortalezas  rebeldes,  cuando 
se  veia  forzado  por  continuos  rebatos  á  dejar  la  pluma  para  tomar  la  espada, 
sin  que  le  fuera  nunca  dado  arrimar  la  espada  para  tomar  la  pluma,  ejer- 
ciera tal  señorío  sobro  su  entendimierto  y  avasallara  de  tal  modo  su  volun- 
tad, que  se  entregara  con  reposado  ingenio  al  culto  de  la  historia  y  á  las  me- 
dilaciones  tranquilas  y  profundas  de  la  filosofía  moral  y  de  las  ciencias  poli- 
licas.  D.  Alvaro  ponía  término  al  peregrino  Libro  de  las  Clai  as  é  virtuosas 
muíjcres,  donde  esto  realiza,  «en  el  real  de  sobre  Atícnza,»  entrada  ya  esta 
villa,  durante  cuyo  cerco  había  recibido  muy  peligrosa  herida  en  la  cabeza: 
el  asalto  tenía  lugar  el  14  de  Agosto  de  1440,  un  año  después  del  primer  es- 
cándalo de  Olmedo,  donde  la  grandeza  de  Castilla,  puesto  el  principe  here- 
dero á  su  cabeza,  peleaba  contra  el  pendón  real,  que  sacaba  por  fortuna 
suya,  vencedor  el  Gran  Condestable,  elevado  á  poco  á  la  ambicionada  digni- 
dad de  Gran  Maestre  de  Santiago  (1). 

Veamos  ya  hasta  qué  punto  llevó  D.  Alvaro  este  señorío  de  su  persona  al 
remontarse  en  medio  de  tantos  confiictos  á  la  esfera  de  las  abstracciones  de 
la  ciencia,  para  que  sea  dado  á  todos  el  comparar  con  provecho  de  los  es- 
tudios históricos  la  doctrina  moral  adoptada  por  él,  como  escritor,  y  la 
moral  práctica,  á  que  pareció  reglar  todos  los  actos  de  su  ruidosa  vida,  cual 
ministro  deD.  Juan  II. 

III. 

Conocido  es  ya  de  cuantos  se  consagran  al  maduro  estudio  de  las  letras 
españolas  que,  si  no  se  eclipsó  del  todo,  como  se  ha  propalado  con  tanta 


(1)  Tenemos  á  la  vista  uu  precioso  documento,  de  todo  desconocido  hasta 
ahora,  que  da  abundante  hiz  sobre  este  punto  de  la  vida  de  D.  Alvaro  de  Luna.  Es  el 
documento  expresado  la  formal  y  solemne  pretexta  que  bajo  el  título  de  Síiplicacion, 
6  requisición  é  prottsUiúon  hicieron  en  1430  ante  el  infante  D.  Enrique  los  ijriores,  los 
comendadores  mayores,  los  trezes  y  todo  el  Capítulo  de  Santiago,  celebrado  en  Madrid 
contra  el  Condestable  D .  Alvaro,  á  quien  acusaron  de  haber  empleado  coacción  y  fuer- 
za en  1429  para  obligarlos  á  despojar  al  infante  del  Maestrazgo  y  elegir  al  mismo  en  su 
lugar.  Sentimos  que  la  extensión  de  este  singular  documento  nos  impida  el  trasladarlo 
á  este  sitio:  de  él  se  desprende  que,  desposeído  ya  el  infante  de  la  administración  del 
Maestrazgo,  que  tenia  el  Condestable,  ambicionaba  este  quitarle  también  la  dignidad, 
tomándola  para  sí:  diez  y  seis  años  y  la  muerte  de  D.  Enrique  hubo  menester  D.  Al- 
varo para  ver  logrado  este  deseo. 


EL  CONDESTABLE  DON  ALVARO  DE  LUNA.  255 

ignorancia  cual  insistencia,  la  luz  de  la  antigüedad  clásica  en  nuestro  suelo 
durante  la  Edad  Media,  fué  la  primera  mitad  del  siglo  xv  la  verdadera  época 
en  que  se  operó  sustancialmente  aquella  poderosa  evolución  intelectual, 
que  llegaba  á  su  colmo  con  nombre  de  Renacimiento,  bajo  el  reinado  de  Car- 
los V.  No  lograban,  en  verdad,  los  ingenios  españoles  hacerse  dueños  de 
las  formas  literarias  cultivadas  por  el  arte  clásico,  cuyas  bellezas  sentían, 
sin  embargo,  y  admiraban:  «contentos  de  las  materias,»  según  la  oportuna 
frase  del  docto  marqués  de  Santillana  (1),  apresurábanse  á  traer  al  lenguaje 
vulgar  todos  los  tesoros  históricos,  filosóficos  y  literarios,  de  antiguo  descu- 
biertos ó  sacados  á  la  sazón  de  las  tinieblas  por  los  más  eruditos  y  prestan- 
tes varones  de  Italia^  echando  en  tal  manera  los  firmes  cimientos  á  una 
época  de  más  granada  cultura  y  fortificando  sobre  todo  su  varonil  espíritu 
con  las  nuevas  enseñanzas  de  la  filosofía  y  de  la  historia. 

Congeniaban  nuestros  eruditos,  al  realizar  esta  noble  empresa,  cuya  fe- 
cundidad hemos  quilatado  antes  de  ahora  (2),  más  principalmente  con  todo 
linaje  de  filósofos  que  ya  hubieran  profesado  en  la  antigüedad  la  doctrina 
estítica,  ya  se  hubiesen  inclinado  á  su  adopción  y  cultivo  en  los  primeros 
siglos  de  la  Iglesia,  hermanándola  en  cierto  modo  con  la  cristiana.  Para  el 
rey  D.  Juan  II  habia  puesto  en  lengua  vulgar  el  docto  obispo  de  Burgos,  don 
Alfonso  de  Cartagena,  no  solamente  los  libros  auténticos  de  los  filósofos 
cordobeses  Marco  Lucio,  Anneo  y  Séneca,  sino  también  los  que  se  atribuían 
al  segundo,  debidos  á  San  Martin  Bracarense  y  á  otros  insignes  varones  de 
los  tiempos  medios. — Arraigaba  y  cundía  esta  doctrina,  no  desemejante  ni 
contraria  á  los  austeros  preceptos,  ni  á  las  prácticas  del  cristianismo,  entre 
los  más  granados  ingenios,  como  prueban  las  obras  poéticas  del  marqués 
de  Santillana,  de  Fernán  Pereí  de  Guzman  y  de  Juan  de  Mena.  Imprimiendo 
cierta  severidad  y  entereza  al  espíritu  de  aquellos  mismos  proceres,  para 
quienes  era,  por  singular  antítesis,  sobrado  frecuente  el  olvido  de  sus  más 
altos  deberes,labraba  también  en  la  doble  esfera  de  la  especulación  moral  y 
política,  sometiendo  las  más  claras  inteligencias  á  muy  racional  disciplina, 
cuyos  frutos  debían  florecer  en  plazo  no  lejano. 

Llegaba,  en  tal  situación,  D.  Alvaro  de  Luna  al  revuelto  palenque  de  la 
política  militante,  y  al  noble  gimnasio  de  la  idea.  Como  repúblíco,  concebía 
cabal  é  integramente  que  no  era  posible  la  existencia  del  Estado,  ni  menos 
la  [irospei'idad  de  los  españoles,  sin  lograr  el  triunfo  de  la  unidad  del  po- 
der real,  ruda  y  desesperadamente  combatido  por  anárquica  cuanto  formi- 
dable nobleza,  en  el  trascurso  de  largos  siglos:  como  hombro  de  estudio  y 
pensador   nada  vulgar,  en  quien  se   hermanaban  y  fundían  el  ilustrado 


(1)  Obras  de  D.  Iñigo  López  de  Mendoza,  marqués  de  Santillana,  carta  á  su  hijo 
D.  Pedro  González  de  Mendoza,  pág.  482. 

(2)  Historia  Crítica  de  la  Literatura  Española,  t.  VI,  cap.  VII. 


254  ESTUDIO   HISTÓRICO. 

anhelo  de  la  ciencia  y  el  generoso  intento  de  hacerla  fecunda  en  las  esferas 
déla  vida,  dejábase  llevar  de  buen  grado  al  cultivo  de  la  fdosofía  moral; 
y  ambicionando  sin  duda  que  no  fuesen  estériles  sus  vigilias,  mientras  com- 
bada con  fuerte  mano  y  reprimía  una  y  otra  vez  la  desapoderada  ambición 
délos  magnates  castellanos,  consignaba,  no  sin  claridad  y  tal  vez  con  enér- 
gica elocuencia,  el  fruto  de  sus  especulaciones,  encaminadas  de  continuo 
á  labrar  en  el  ánimo  de  las  gentes.  Dada  su  alta  significación  política  y  co- 
nocido perfectamente  el  empeño  de  aquellos  treinta  y  tres  años  de  lucha, 
que  caracterizan  su  privanza  (1420-1453),  lo  que  pudiera  en  cualquiera 
otro  escritor  de  su  tiempo  ser  considerado  y  tenido  como  una  simple 
abstracción,  cobraba  bajo  su  pluma  no  indiferente  sello  y  valor  de  actua- 
lidad, llevándonos  boy  al  más  cabal  concepto  de  aquella  su  respetable  per- 
sonalidad, aún  reconocidas  buenamente  las  contradicciones  dolorosas,  que 
entre  la  doctrina  por  él  proclamada  y  la  práctica  de  su  gobernación  alguna 
vez  resaltan. 

Notable  es  en  verdad,  fijando  ya  nuestras  miradas  en  las  doctrinas  políti- 
cas profesadas  por  el  Gran  Condestable  de  Castilla,  cómo  partiendo  del 
generoso  principio  de  que  «la  gloria  non  es  otra  cosa,  salvo  muy  noble  fa- 
ma de  grandes  merescimientos»  (1),  llevábase  luego  á  la  consideración  fun- 
damental del  deber,  que  todo  hombre  tiene  para  con  la  patria,  en  cuyas 
aras  está  forzado  á  rendir  la  más  pura  y  noble  ofrenda;  y  narrado  el  he- 
roico empeño  de  Judith,  que  hizo  á  la  libertad  de  su  pueblo  el  sacri- 
ficio de  su  vida,  exclama:  «El  que  pelea  por  salud  de  la  cosa  pública  é  non 
»por  sus  provechos,  non  diremos  que  non  face  la  virtud  de  justicia;  porque 
«ninguna  justicia  es  mayor  que  cada  uno  ponerse  á  muerte  por  la  salud  de 
»su  tierra»  (2).  Hallaba  esta  doctrina,  que  pareció  ser  como  raíz  y  perpetuo 
aguijón  de  las  grandes  hazañas  personales  de  D.  Alvaro,  frecuente  í^mplia- 
cion  en  todo  el  Libro  de  las  Claras  mugercs;  porque,  como  decia  repetida- 
mente, «ninguna  cosa  era  tan  honesta,  ni  había  virtud  más  cumplida  en  el 
hombre  que  la  de  ponerse  en  grandes  peligros  y  trabajos  para  librar  á  la 
patria  de  la  servidumbre,  restituyéndola  á  la  libertad  y  á  la  gloria».  Ni  le 
parecía  menor  la  obligación  en  que  todo  ciudadano,  ya  grande,  ya  pequeño, 
estaba  de  acatar  y  servir  á  su  rey:  era  éste  espejo  y  símbolo  de  todo  bien, 
cuando  se  mostraba,  como  guardador  de  la  ley;  y  nadie  había  en  la 
república,  que  no  debiera  rendirle  el  homenaje  de  su  lealtad  y  aún  de 
su  vida. 

Pero  si  acomodándose  en  esto,  no  ya  sólo  á  la  idea  que  respecto  de  la 
autoridad  y  persona  del  monarca  había  asentado  el  Rey  Sabio  en  el  código 
de  las  Partidas,  sino  también  á  las  nociones  una  y  otra  vez  recogidas  en 


(1)  Libro  de  las  Claras  é  virtuosas  mugeres.  Preámbulo  quinto. 

(2)  ídem,  id.  Libro  1,  cap.  V. 


EL  CONDESTABLE  DON  ALVARO  DE  LUNA.  255 

los  Doctrinales  políticos  de  los  siglos  precedentes,  ofrecía  el  Maestre  de 
Santiago  la  norma  de  su  invariable  conducta  respecto  de  D.  Juan  II,  no  le 
faltaban  aquella  energía  y  varonil  independencia  que  se  habían  menester 
para  declarar  indigno  de  todo  amor  y  obediencia  y  aún  merecedor  de 
la  muerte  al  príncipe  tirano  :  «¿Qual  cosa  (decía)  puede  ser  más  onesta 
que  matar  al  tirano,  por  la  libertad  de  la  tierra?  La  qual  libertad  es  á  nos 
muy  amada:  tanto  que  el  buen  varón  non  dubda  de  anteponer  el  provecho 
de  la  tierra  á  su  propio  interese»  (1).  Tan  radical  doctrina,  que  teniendo 
aplicación  de  igual  modo  al  príncipe  usurpador  que  al  príncipe  desprecia- 
dor  de  las  leyes,  estaba  llamada  á  fructificar  bajo  la  pluma  del  severo  Ma- 
riana, siglo  y  medio  adelante  (2);  tenia  saludable  correctivo  en  la  alta  idea 
de  la  justicia,  base  y  cimiento  para  D.  Alvaro  de  Luna  de  toda  virtud  y 
grandeza.  «Justicia  es  (observaba)  una  virtud  señora  de  todas  y  reyna  de 
las  virtudes:  si  la  justicia  debidamente  se  face  (añadía),  non  solamente 
reposará  por  ella  el  Estado  pacífico  é  sereno,  con  la  bienaventurada  paz, 
mas  reposará  la  casa  del  imperio»  (3). 

Proclamados  estos  principios  fundamentales,  respecto  de  los  deberes  de 
todo  hombre  constituido  en  sociedad,  y  delineado  así  el  edificio  político  á 
que  servia  de  clave  y  corona  la  idea,  siempre  luminosa  para  D.  Alvaro  ,  de 
la  justicia, — no  podían  faltar  en  su  libro  las  relaciones  secundarias  del  refe- 
rido orden  político ,  á  pesar  de  no  haber  abrigado  este  especial  propósito 
al  trazarlo.  El  gran  Condestable  daba,  en  efecto,  no  dudosa  razón  de  cuanlo 
se  le  alcanzaba  y  creía  en  orden  á  los  deberes  de  las  clases  sociales  respec- 
to del  Estado,  tropezando  á  cada  paso  con  la  milicia.  Virtud  levantada  era 
para  todo  caballero  ó  solapado  (milite)  la  «grandeza  de  corazón:»  dignos 
de  loanza  para  siempre  los  que,  como  en  Roma  Publio  Scipion,  el  Africano, 
con  grande  heroicidad  «la  cosa  pública  exaltaron»  y  á  «la  guarda  della  de 
todo  en  todo»  consagraron  sus  vidas,  sin  curarse  de  otro  premio,  ni  mayor 
recompensa  que  la  noble  satisfacción  de  haber  labrado  el  bien  de  su  pa- 
tria (4):  de  muy  subidos  quilates  eran  también,  y  muy  continuos  ,  los  sa- 
crificios que  la  estrecha  religión  de  la  milicia  exigia  á  cuantos  la  profesa- 
ban; pero  ni  aquella  fortaleza  de  corazón,  que  viendo  «la  muerte  al  ojo,  se 
ofrece  á  ella»  sin  vacilar  (5),  ni  aquella  hidalga  abnegación,   que  menos- 


(1)  Primera  parte,  cap.  XII  de  las  Claras  Mugí-rets. 

(2)  De  Rege  et  Reg'is  Institutione.  Esta  doctrina  dio  á  Mariana  título  de  republica- 
no; pero  sin  duda  lo  hubiera  llevado  D.  Alvaro  de  Luna  no  con  menos  razón,  á  ser 
conocidas  estas  sus  máximas  políticas:  el  Condestable  no  vacila  en  declarar,  refirién- 
dose á  la  muerte  de  Julio  César  que  nBruto  libró  la  tierra,  n  al  cometer  el  parricidio 
que  puso  en  labios  del  dictador  aquella  famosa  frase:  ii¿Tu  quoque,  ñlii  mii?ii 

(3)  Claras  Miujeres,  1."  parte,  cap.  VII. 

(4)  Libro  ó  Parte  1.%  cap.  VI;  Parte  2.»,  cap.  XXVII. 

(5)  Primera  parte,  cap.  XV. 


256  ESTUDIO   HISTÓRICO. 

precia  y  tiene  en  poco  honras  y  riquezas,  pagada  sólo  de  la  nobleza  y  san- 
tidad del  fin,  á  que  aspira  (1), — alcanzarían  á  labrar  la  seguridad  y  bienan- 
danza del  Estado,  haciéndose  de  todo  punto  estériles  y  frustráneas,  si  fue- 
ran desconocidos  ó  desdeñados  el  orden  y  la  disciplina  de  los  ejércitos. 
«Roma,  común  patria  y  tierra  de  todo  el  mundo»  (2)  jamás  hujjiera  suljido 
á  la  cumbre  del  poder  en  que  la  pusieron  sus  hijos,  sin  el  austero  ejemplo 
de  Manilo  Torquato,  ni  liabria  podido  dar  la  paz  al  universo,  sin  los  triun- 
fos de  sus  legiones,  ni  logrado  en  fin  «el  defendimiento  y  ejecución  de  la 
justicia,')  ideal  supremo  del  Maestre,  sin  hermanar,  en  el  arte  de  la  guerra, 
la  disciplina  y  el  orden,  «poniendo  las  manos  en  las  batallas  con  victorioso 
corazón»  (3).  «La  sabidoría  de  la  caballería  (observaba  al  fin  D.  Alvaro)  dá 
«ciertamente  osadía  de  batallar:  ca  non  dubda  ninguno  faser  lo  que  confia 
«que  aprendió  bien.  De  aquí  vemos  (proseguía)  que  en  todas  las  batallas 
«están  prestos  para  vencer  los  pocos  que  son  usados  á  las  armas,  élosinu- 
»chos  que  nunca  las  usaron,  son  dispuestos  á  muerte»  (4). 

Pero  esta  doctrina,  invocada  hoy  tardía  y  dolorosamente  en  medio  de 
las  grandes  catástrofes  que  ofrecen  á  nuestra  contemplación  las  más  pode- 
rosas naciones  de  Europa,  sobre  fundarse,  dentro  del  siglo  xv,  en  la  cons- 
tante necesidad  de  los  pueblos  cristianos  de  la  Península,  en  lid  eterna  con 
los  mahometanos,  situación  que  los  había  constituido  en  Estados  conquis- 
tadores, revelaba  desde  luego  que  el  Gran  Condestable  de  Castilla,  jefe  su- 
perior de  los  ejércitos,  tiraba  de  continuo  al  blanco  de  la  unidad  ;  pensa- 
miento de  extremada  importancia  política  en  una  época  y  en  un  pueblo,  en 
que  proceres,  villas  y  ciudades,  maestres  de  las  Ordenes,  obispos  y  abades 
gozaban  aun  del  inestimable  cuanto  anárquico  privilegio,  de  levantar  pen- 
dones y  de  erigirse  en  caudillos ,  con  escarnio  y  menoscabo  á  veces  de  la 
corona. — En  aquel  estado  de  guerra  exterior  y  de  interna  lucha ,  eran  en 
concepto  de  D.  Alvaro,  fuente  de  salud  para  la  república,  el  orden  y  la  dis- 
ciplina de  las  huestes  reales,  como  lo  eran  de  universal  bienandanza  y  per- 
sonal engrandecimiento  las  virtudcj  béUcas  del  caballero  y  del  soldado. — 
Heredero  de  la  doctrina  popular^  á  que  había  dado  plaza  el  Rey  Sabio  en  las 
Partidas  y  acogido  y  proclamado  sin  tregua ,  como  cierta  y  salvadora  ,  los 
más  doctos  varones  de  toda  la  Península,  D.  Alvaro  sostenía,  no  sin  propio 
interés,  que  eran  la  «nobleza  de  esfuerzo  y  la  nobleza  de  ingenio»  de  más 
subido  precio  que  la  heredada,  si  bien  lograban  todas  no  pocas  veces  fun- 
dirse en  una,  «por  quanto  si  los  varones  ílorescientes  por  nobleza  de  inge- 


(1)  Segunda  parte,  cap.  XXVII  citado. 

(2)  Primera  parte,  cap.  ITI. 

(3)  Segunda  parte,  cap.  V. 

(4)  Id.,  id.,  id. 


EL  CONDESTABLE  DON  ALVARO  DE  LUNA.  257 

)>nio,  non  menos  florescian  por  nobleza  de  corazón»  (1),  jamás  era  para  ellos 
estéril  el  alto  ejemplo  de  sus  mayores. 

En  tal  manera  comprendía  y  anunciaba  el  Gran  Condestable  de  Castilla 
las  ideas  capitales,  que  sirvieron  sin  duda  de  norma  y  fundamento  á  su  lar- 
ga y  contrariada  gobernación. — El  ciudadano  tenia  para  D.  Alvaro  la  obli- 
gación indeclinable  de  sacrificarse  en  aras  del  bien  común,  «por  que  non 
era  nascido  para  si  solo»  (2)  :  formando  parte  del  Estado  ,  debia  respeto, 
acatamiento  y  obediencia  al  rey,  porque  este  representaba  la  ley,  de  que  era 
fiel  guardador.  Sobre  el  rey  y  sobre  el  Estado  estaba ,  sin  embargo ,  la  idea 
de  la  justicia,  reina  de  todas  las  virtudes :  por  eso,  cuando  el  rey  no  obraba 
en  justicia,  cuando  arrebataba  la  libertad  á  la  tierra,  mereciendo  nombre  de 
tirano,  demás  de  ser  indigno  del  amor  y  de  la  obediencia  de  su  pueblo,  era 
merecedor  de  muerte,  y  acción  alta  y  meritoria  en  el  varón  esforzado  el  con- 
Iribuir  á  su  exterminio,  «anteponiendo  el  provecho  é  salud  de  la  patria  á 
su  propio  interese.» 

La  seguridad  del  Estado  ,  su  engrandecimiento  ,  su  prosperidad ,  bello 
ideal  de  todo  repúblico  y  anhelo  indubitable  de  D.  Alvaro  de  Luna,  exigían 
([ue  fuese  aquel  temido  de  los  extraños  y  respetado  de  los  propios:  en  me- 
dio de  la  anarquía  señorial,  que  le  arrebataba  con  harta  frecuencia  la  pluma 
(le  la  mano,  forzándole  á  empuñar  la  espada  para  combatirla,  veía  acercarse, 
el  Condestable  los  tiempos  en  que  había  de  ser  dado  á  los  reyes  realizar 
a(|iicl  desiderátum ,  por  medio  de  los  ejércitos;  pero  rio  bastaban  las  muche- 
dumbres armadas  para  lograr  el  triunfo,  como  no  lo  alcanzaban  tampoco  los 
sacriiicios  individuales:  los  ejércitos  vivían  por  el  orden,  la  disciplina  y  la 
sabiduría  de  su  organización;  y  sólo  á  estos  títulos,  que  acrisolan  el  valor  per- 
sonal y  la  abnegación  del  guerrero,  eran  debidos  los  laureles  inmarcesibles: 
sólo  bajo  este  titulo  «el  pueblo  romano  (exclamaba  D.  Alvaro)  sojuzgó  todo 
el  mundo»  (3;.  Encaminada*  á  este  fin,  cuyo  logro  podía  conquistar  á  su 
patria  extraordinaria  grandeza,  todas  las  fuerzas  de  sus  hijos,  sobresalían  y 
dominaban,  como  extremadas  vir-tudesla  «nobleza  del  corazón»  y  la  «noble- 
za del  ingenio:»  D.  Alvaro,  al  poner  de  relieve  esta  doctrina ,  que  era  esen- 
cialmente española  (4),  pretendía  sin  duda  justificar  en  144G  su  elevación 
propia  y  la  de  sus  multiplicadas  hechuras. 


(1)  Claras  é  Virtuosas  Mugere-f,  primera  parte,  cap.  VIH. 

(2)  Id.,  id.  cap.  V. 

(3)  Parte  II,'  cap.  V. 

(4)  Siendo  base  capital  de  la  organización  guerrera,  que  recibe  el  pueblo  de  Pelayo, 
donde  están  constantemente  reservados  al  valor  y  mérito  personal  la  supremacía  de 
las  liuestes,  y  el  galardón  de  la  victoria,  toma  esta  fecunda  doctrina  asiento  y  repre- 
sentación en  todos  los  cuerpos  elementarios  del  dereclio,  elevándose  natural  y  necesa- 
riamente á  la  consideración  de  principio  general,  en  el  concepto  de  los  legisladores. 
Así  sucedió  realmente  respecto  de  las  Partidas,  cuya  segunda  parte  refleja  viva  é  in- 


258  ESTUDIO    HISTÓRICO. 

Hé  aquí  la  enseñanza  que  respecto  de  las  más  fundamentales  doctrinas 
;íOÍí¿¿m5,  profesadas  por  "el  Gran  Condestable  de  Castilla,  nos  ministra  su 
precioso  Libro  de  las  Claras  é  virtuosas  mugeres:  su  entidad  moral ,  su  re- 
presentación como  hombre  de  Estado,  y  su  significación  personal,  cual  mi- 
nistro de  D.  Juan  II,  cobran  mayor  luz  y  se  completan ,  por  decirlo  así,  de 
un  modo  extraordinario,  al  examinar  sus  doctrinas  morales.  Asunto  será 
pues,  este  trabajo,  no  acometido  todavía  ni  sospechado  siquiera,  del  siguiente 
artículo. 

José  Amador  de  los  Ríos. 
Febrero  de  1871. 


mediatamente  la  orgraiiíaciou  y  la  vida  toda  cutera  del  pueblo  español  hasta  m.edia- 
doa  del  siglo  XIII.  En  la  época  de  T).  Alvaro  de  Luna  liabia  trascendido  á  las  esferas 
del  arte;  y  Fernán  Pérez  deGuzman,  el  infante  D.  Pedro  de  Portugal,  D.  Iñigo  López 
deí^Icndoza,  etc.,  no  vacilaron  eu  anteponer,  aunque  era  todos  nobles  y  magnates  por 
herencia,  la  nobleza  adquirkla  á  la  heredcula. 


DE  RE  CULINARIA. 


epístola  Á  don  MARIANO  ENRIQUE  DE  LA  BARRERA 


La  tarea  que  Vd.  me  encomienda,  querido  amigo,  es  en  eslos  momentos 
superior  á  mis  fuerzas,  porque  á  pesar  del  amor  con  que  he  cultivado  el  ame- 
nísimo trato  de  los  autores  latinos,  por  espacio  de  muchos  años,  y  de  la 
afición  que  tengo  al  decaído  estudia  de  la  lengua  del  Lacio  y  las  costum- 
bres délos  antiguos  romanos,  me  faltan  tiempo  y  salud  para  refrescar  re- 
cuerdos, revolver  libros  y  sobre  todo  para  escribir  sobre  la  materia,  que 
por  haber  sido  objeto  más  de  una  vez  de  nuestras  conversaciones,  desea 
usted  examine  con  algún  detenimiento  y  cuidado. 

Hónrame  en  extremo  la  inmerecida  confianza  que  deposita  Vd.  en  mi,  y 
salga  lo  que  saliere,  en  esta  carta  procuraré  complacerle,  apuntando  las  ideas 
que  vayan  ocurriéndome  ya  sobre  el  sistema  de  alimentación  de  los  roma- 
nos, ya  sobre  sus  usos  y  costumbres  en  lo  que  concierne  á  la  comida,  y  ya 
en  fm  sobre  los  varones  que  más  se  distinguieron  por  el  lujo  (pie  desplega- 
ron en  sus  banquetes,  por  sus  conocimientos  culinarios  y  por  sus  extraor- 
dinarias disipaciones.  Allá  va,  pues,  una  lluvia  de  noticias  y  datos  sueltos, 
expuestos  sin  orden  cronológico  y  sin  la  pretensión  de  que  no  ha  de  quedar 
mucho  por  decir,  pero  si  con  la  seguridad  de  que  cuanto  refiera  será  noto- 
riamente cierto  y  ha  de  tener  en  su  apoyo  la  irreprochable  autoridad  de  los 
escritores  más  graves,  coetáneos  la  mayor  parte  de  ellos  de  los  hechos  que 
intento  describir. 

No  me  parece  inútil  é  impertinente  esta  advertencia,  porque  cuando  nos 
engolfamos  en  ciertas  averiguaciones  históricas,  encontramos  en  las  obras  de 
aquellos,  narraciones  y  detalles  de  tal  naturaleza,  que  más  que  reales  y  po- 
sitivos parecen  fábulas  y  parto  de  imaginaciones  calenturientas;  y  ni  el  cé- 


260  PE  RE   CULINARIA. 

lebre  gourmand  Barón  de  Brize,  que  tan  buenos  ratos  daba  á  los  lectores  de 
la  Liberté,  insertando  diariamente  un  mc7)u  siempre  delicioso  y  variado  en 
la  tercera  plana  del  periódico  de  Emilio  Girardin,  ni  el  erudito  gastrónomo 
Brillat-Savarin,  autor  de  la  fisiología  del  gusto,  ni  el  jesuíta  Fabi,  ni  el  más 
opulento  Lord  inglés  podrían  acaso  comprender  en  estos  nuestros  tiempos 
la  opulencia,  el  fausto  y  la  prodigalidad  ciue  poco  á  poco  fueron  introdu- 
ciéndose en  la  sociedad  romana,  sobria  y  frugal  antes:  César,  Cicerón  y  Vir- 
gilio se  libraron  del  general  contagio;  poro  no  tuvieron  igual  suerte  muclios 
emperadores,  tribunos,  caballeros  y  poetas,  de  los  cuales  unos  han  dejado 
honrosa  memoria  de  sus  preclaros  servicios  ala  república  y  otros  tristísimos 
recuerdos  de  sus  vicios  y  de  sus  abominables  maldades. 

El  arte  culinaria  fué  desconocida  entre  los  romanos  en  los  primeros 
tiempos,  y  apenas  dieron  importancia  á  los  placeres  de  la  mesa  basta  que, 
extendiendo  sus  conquistas  por  el  mundo,  y  refinando  su  gusto,  comenzaron 
á  imitar  lo  que  veian  en  otros  pueblos,  á  seguir  las  huellas  de  Crecia,  á 
crearse  nuevas  necesidades  y  á  experimentar  los  deleites  de  la  molicie  in- 
compatibles con  sus  primitivas  virtudes;  los  buenos  cocineros,  amigo  mió, 
son  contemporáneos  de  los  fdósofos,  de  los  oradores  y  de  los  hijos  predi- 
lectos de  las  musas,  con  ellos  vinieron  á  la  soberbia  Roma  y  tal  vez  contribu- 
yeron con  ellos  á  la  caida  de  aquel  colosal  imperio. 

¿Quién  no  ha  oido  hablar  de  los  banquetes  de  Lúculo,  de  las  aberracio- 
nes de  Heliogábalo,  de  los  escritos  de  Apicio,  de  las  riquezas  de  Craso  y  de 
los  festines  de  Lucio  Cejonio  Commodo?  La  vida  de  cada  uno  de  ellos  mere- 
ce un  libro  y  me  ha  de  perdonar  Vd.,  amigo  Barrera,  si  no  les  dedico  más 
que  algunos  renglones,  que  aún  siendo  pocos  temo  den  á  mi  carta  propor- 
ciones molestas  y  exageradas. 

Lucinio  Lúculo^  uno  de  los  más  grandes  capitanes  y  célebre  orador  ro- 
mano, se  distinguió  por  su  valor  en  la  guerra  contra  Mítridates  y  por  la 
elocuencja  en  la  acusación  que  fulminó  contra  el  augur  Servilio;  debiéronle 
Sila  y  Roma  la  conquista  del  Helesponto  y  de  muchas  ciudades  y  provincias, 
y  edil,  pretor,  honrado  administrador  en  África  ó  cónsul,  sirvió  siempre  á  la 
[)atria  con  nobleza  y  heroísmo;  á  estas  cualidades,  que  ningún  historiador 
ha  puesto  en  duda,  á  un  talento  fecundo  y  flexible  y  á  las  más  dulces  pren- 
das de  carácter,  unia  el  gusto  artístico,  el  amor  á  las  letras  y  la  proverbial 
hberalidad  de  que  fueron  digno  fruto,  la  magnífica  biblioteca  que  formó  é 
hizo  pública,  los  suntuosos  palacios  que  enriquecieron  con  cuadros  y  esta- 
tuas los  artistas  de  más  fama,  los  encantadores  jardines  de  Tiisculurn  creados 
á  costa  de  dispendiosos  gastos  y  en  los  cuales  aclimataba  las  flores  y  las 
frutas  (1)  más  delicadas;  y  por  último,  los  banquetes  quehan  hecho  popular 
su  nombre  y  causaron  admiración  á  Pompeyo  y  Cicerón;  en  uno  de  estos 


(1)    Entre  estas  la  cereza  importada  por  él  de  Cesáronte,  en  el  Ponto. 


DE   RE   CULINARIA.  261 

banquetes  servido  en  la  Sala  de  Apolo,  de  su  explendida  morada  invirtió 
cincuenta  mil  sextercios,  y  refieren  sus  contemporáneos  que  tenia  diversos 
salones  para  comer,  de  modo  que  la  riqueza  de  cada  uno  de  ellos  corres- 
pondía á  la  riqueza  del  festin  y  á  la  posición  social  de  los  convidados. 

La  época  de  Heliogábalo  marca  el  último  grado  del  lujo,  del  fausto  é 
igualmente  de  la  decadencia  del  imperio  romano,  de  aquel  pueblo  que  des- 
pués de  liaber  sometido  á  sus  armas  y  á  sus  leyes  la  mayor  parte  del  mundo 
civilizado,  vendió  la  libertad  y  trocó  sus  glorias  por  los  juegos  del  Circo  y 
por  las  prodigalidades  de  sus  principes:  Heliogábalo,  á  quien  sus  coetáneos 
designaron  con  el  mfamante  nombre  de  Varius,  para  expresar  que  le  supo- 
nían fruto  y  engendro  de  la  varia  Venus,  á  que  se  entregaba  su  impúdica 
madre,  Julia  Semia,  es  la  personificación  más  repugnante  de  todos  los  vi- 
cios, impurezas,  aberraciones  é  infamias  que  produjo  la  corrupción  de  cos- 
tumbres, precursora  y  causa  eficiente  del  desmoronamiento  y  ruina  de 
aquel  imperio,  corrupción  de  costumbres  que  dejó  muy  atrás  las  enormida- 
des de  las  CRidades  de  Pentápolis,  destruidas  por  el  celeste  fuego,  y  que  no 
es  posible  vuelva  con  su  repetición  á  escandalizar  y  á  afligir  á  la  bumanidad. 

Al  consultar,  mi  buen  amigo,  los  libros  que  ban  llegado  basta  nuestros 
(lias,  los  escritos  de  Lampridio,  de  Dion  Casio,  de  Aurelio  Víctor,  de  Julio 
Capitolino,  etc.,  creo  le  liabrá  admirado  el  perfecto  refinamiento  á  que  se 
llevó  entonces  el  goce  de  todos  los  placeres,  el  de  los  menos  nobles  singu- 
larmente, la  excentricidad  moral,  la  relajación  de  bonrados  hábitos  que  fue- 
ron patrimonio  de  aquel  mismo  pueblo  en  mejores  tiempos,  la  ostentación 
y  el  lujo;  y  como  no  cabe  dudar  de  la  veracidad  de  escritores  tan  autoriza- 
dos y  graves,  habrá  pensado,  como  pienso  yo,  que  tamaños  desórdenes  cor- 
responden á  otro  desorden  en  las  facultades  intelectuales  del  extravagante 
tirano,  resumen  viviente  de  todas  las  pasiones  y  maldades ;  habrá  creido, 
repito,  como  creo  yo,  que  aquel  monstruo  padecía  esa  enfermedad  apyrética 
que  se  llema  demencia,  único  fenómeno  que  puede  explicar  tantos  y  tan 
horribles  extravíos,  aunque  no  explique  cómo  hubo  un  pueblo  que  consin- 
tiera y  sufriera  resignado  su  depresiva  autoridad  por  espacio  de  cerca  de 
cuatro  años. 

Entre  sus  aficiones,  fué  tal  vez  la  menos  desordenada  la  que  tenia  á  los 
placeres  de  la  mesa,  y  sin  embargo,  no  puede  calcularse  lo  que  debió  gastar 
en  los  dispendiosos  festines  con  que  favorecía  á  sus  cínicos  aduladores  y  á 
los  parásitos  que  le  rodeaban,  en  cuyos  banquetes  comenzaba  regalándoles 
literas  magníficas,  carros  adornados  con  oro  y  plata,  eunucos,  esclavos, 
quadrigas  y  objetos  de  todas  clases;  tenia  el  singular  capricho  de  comer,  ya 
con  ocho  sordos  ó  con  ocho  calvos,  ya  con  otros  tantos  gibosos,  tuertos,  ó 
con  las  personas  más  obesas  que  habia  en  la  ciudad,  sin  que  escaseara  medio 
ni  diligencia  para  dar  realce  á  las  fiestas  culinarias;  reclinábanse  los  convi- 
dados en  literas  de  plata  maciza,  cubiertas  con  blandos  cojines  rellenos  de 


262  DE   RE  CULINARIA. 

las  finísimas  plumas  que  tienen  las  perdices  debajo  del  ala  y  de  plumas  de 
cisne  de  la  Germania,  que  eran  muy  estimadas  entonces;  cubríase  la  mesa 
con  frutas  y  flores  exóticas  mezcladas  con  esmeraldas,  rubíes  y  granates,  y 
con  vajillas  de  oro  guarnecidas  de  preciosas  piedras;  y  entre  los  manjares 
raros  y  suculentos  alternaban  con  carnes,  aves  y  pescados,  traídos  do  regio- 
nes y  mares  remotos,  las  crestas  arrancadas  á  gallos  vivos,  lenguas  de  pavo 
real  y  de  bermosos  fenicópteros,  sesos  de  faisanes  espolvoreados  con  perlas 
molidas,  tetas  de  jabalinas  y  guisantes  preparados  con  granos  de  oro;  caía 
del  techo  una  lluvia  de  violetas,  jacintos ,  narcisos  y  hojas  de  rosa,  y  según 
Lampridio,  alimentaba  á  los  oficíales  de  su  palacio,  á  los  perros  y  leones 
con  las  sustancias  más  peregrinas  (1). 

No  todos  eran  deleites  para  los  comensales  de  Ilelíogábalo,  pues  aconte- 
cía frecuentemente  que  cuando  se  hallaban  más  á  su  gusto  y  entregados  á 
á  la  satisfacción  de  sus  apetitos,  á  la  dulce  molicie,  á  la  gula  y  á 
la  lascivia,  en  que  tomaban  parte  las  Lesbias,  Mesalínas,  Lais,  Megílas  ú 
otras  encantadoras  cortesanas  de  las  que  Luciano  ha  retratado  en  su  famoso 
Diálogo,  apareciesen  y  se  lanzasen  furiosos  en  la  perfumada  estancia,  previa 
una  seña  del  anfitrión,  varios  tigres,  leones  y  tal  cual  oso,  que  ponía  es- 
panto y  terror  en  el  ánimo  de  aquellos  que  ignoraban  estuvieran  encadena- 
dos los  feroces  huéspedes;  también  le  complacía  presentar  á  sus  amigos 
viandas  contrahechas,  imitadas  en  piedra,  cera  ó  barro  cocido,  mientras  se 
repartían  las  condimentadas  con  esmero,  entre  el  imbécil  populacho  que  se 
agitaba  gritando  debajo  de  las  ventanas  de  palacio. 

No  hay  hipérbole  que  pueda  expresar  fielmente  el  aparato,  superior  á 
toda  ponderación,  con  que  se  celebraron  las  bodas  del  emperador  con  Julia 
Cornelia  Paula,  que  pertenecía  á  una  de  las  más  ilustres  familias  de  la  aris- 
tocracia, ni  la  imaginación  más  fértil  podría  producir  nada  que  se  parezca  á 
lo  que  en  tan  solemne  ocasión  presenció  la  decadente  Roma,  pues  sí  hemos 
de  dar  crédito  á  un  severo  escritor,  llegó  á  tal  extremidad  la  largueza  de  He- 
liogábalo,  que  mandó  llenar  de  exquisito  vino  el  ancho  canal  que  separaba 
en  el  circo  la  arena  de  las  gradíis  en  que  tomaban  asiento  los  expectadores, 
por  el  cual  es  sabido  que  corría  agua  ordinariamente;  Juba,  á  pesar  de  su 
belleza  y  de  sus  timbres,  fué  repudiada,  privándola  hasta  del  titulo  de  aw^w^/a 
por  su  marido,  que  contrajo  un  nuevo  y  sacrilego  enlace  con  la  vestal  Julia 
Aquilina  Severa,  escándalo  sin  ejemplo  en  los  fastos  romanos,  y  esta  no 


(1)  Exihuit  palatínis  ingente  diqyfís  extis  mullorum  referías,  et  cerebellis  phaniicopte- 
rum,  et  perdicum  ovis,  et  cerebellis  tiirdorum,  et  cajñtibus  psittacorum  et  fasianorum  ct 
pavomim. 

Canes  jecinoribus  anserun  j)avit.  Miñtet  uvas  apcimenas  in  prcesepia  equis  suis.  Et 
psittacvi  atque phasianis  lewies  pavit.  {JElii.  Lamprid,  Hist.  Aug.  Vit.  Heliogab,  i>A- 
gina  108,  Parisiis,  1620.) 


DE    RE   CULINARIA.  ^3 

tardó  en  ceder  su  puesto  en  el  tálamo  imperial  á  Annia  Faustina,  después 
de  sufrir  violenta  muerte  su  legítimo  esposo  el  senador  Bassus. 

Los  nefandos  crímenes  de  Ileliogábalo,  de  los  que  no  he  indicado  los 
más  groseros  y  repugnantes,  sus  desórdenes  y  disipaciones  debían  alcanzar 
un  fin  trágico;  Ileliogábalo  no  podía  morir  tranquilamente  en  su  lecho, 
ni  mucho  menos  con  gloría  combatiendo  á  los  enemigos  de  su  patria; 
murió  como  había  vivido,  Siciit  vita  finís  ita;  terminaron  sus  días, 
dice  Lamprídio,  á  manos  de  los  pretorianos,  in  lairina  ad  quam  confugeral 
occiossus. 

El  nombre  de  Apicio  es  celebérrimo  en  los  anales  del  arte  culinaria;  le 
llevaron  tres  varones  romanos  versadísimos  en  los  secretos  de  aquella;  el 
primero,  del  cual  ríos  habla  Atheneo,  se  hizo  notable  por  su  intemperancia: 
el  segundo,  Marco  Gabio  Apicio,  inventó  diversas  preparaciones  y  salsas, 
que  s^  llamaron  apicianas,  elevó  á  grande  altura  los  conocimientos  gastro- 
nómicos y  empleó  cuantiosas  sumas  en  trasportar  á  Roma  desde  remotísi- 
mas tierras  los  manjares  más  delicados;  hablan  de  él  Apion  el  Gramático, 
Séneca,  Dion  Casio  y  nuestro  compatriota  Marcial;  el  tercero  escribió  un 
libro  titulado  «Deopsoniis  el  condimeniis,  siveiJe  re  culinaria,  libri  decem,» 
que  no  es  más  que  una  colección  de  recetas  de  cocina;  poseo  un  ejemplar 
de  esta  obra  curiosa,  que  descubrió  Enoch  Ascoli  en  1454;  pero  no  he  lo- 
grado ver  ninguno  de  la  edición  prince¡)s  que  lleva  la  data  de  1498.  De 
este  Apicio  dan  noticia  Atheneo  y  Suidas  por  el  hecho  de  haber  enviado  al 
emperador  Trajano  durante  la  guerra  de  los  Partlios,  ostras  conservadas  por 
medio  de  un  procedimiento  de  su  invención,  y  cuéntase  de  él  que  pasaba 
aargas  temporadas  en  Minturno  disfrutando  los  deliciosos  langostines  de 
aquella  costa,  por  cuyo  marisco  debía  sentir  especial  preddeccion,  porque 
no  sólo  iiacia  esto,  sino  que  habiendo  oido  que  se  pescaban  otros  de  mejor 
sabor  en  Lybia,  dispuso  probarlos,  y  emprendió  el  viaje  sin  perder  momento 
y  sin  llevar  más  que  aquel  objeto  como  término  de  su  expedición;  los  pes- 
cadores de  este  país  que  supieron  que  venia  Apicio,  no  se  descuidaron  en  sa- 
hr  al  encuentro  de  la  nave  que  le  conducía  y  en  presentarle  los  mejores  ma- 
riscos de  la  citada  especie;  mas  habiéndole  parecido  que  su  calidad  no  corres- 
pondía alas  noticias  llevadas  por  la  vocinglera  fama,  volvió  inmediatamente, 
y  sin  desembarcar,  á  Minturno;  es  decir,  mi  querido  amigo,  que  á  un  libro  de 
cocina,  á  unas  ostras  y  á  unos  langostines  debe  Apicio  su  celebridad  y  laín- 
mortahdad  de  su  nombre;  también  en  épocas  que  no  distan  siglos  de  la 
nuestra,  se  han  hecho  memorables  ilustres  personajes  por  la  musa  culi- 
naria: ahí  tiene  Vd.  á  la  más  grande  de  las  soberanas  de  la  Gran-Bretaña, 
á  Ana  de  Inglaterra,  cuyo  reinado  goza  el  renombre  de  verdadero  siglo  de 
Augusto  [true  awjuslan  age),  que  fué  devotísima  de  los  placeres  de  la  mesa, 
y  aún  se  distinguen  en  su  país  muchos  platos  con  el  calificativo  de  aflm 
quea's  Aun  fashion,  de  modo  que  no  sólo  dejó  fama  imperecedera  por  su 


264  DE  RE   CULINARIA. 

glorioso  gobierno  y  buena  administración,  por  la  conquista  de  Gibraltar  y  la 
anexión  de  Escocia  á  Inglaterra,  sino  por  su  sabiduría  culinaria. 

Justo  me  parece  recordar  otros  insignes  varones  que  apuraron  todos  los 
goces  y  comodidades  que  ofrecía  la  cultura  romana  en  el  alto  grado  de  ex- 
piendorosa  riqueza  y  elegante  civilización  á  que  aquella  liabia  llegado  aún 
antes  de  lamina  de  Cartago  y  de  su  esforzado  capitán  Annibal:  el  eminente 
jurisconsulto  Craso  poseia  en  el  monte  Palatino  una  morada  soberbia,  en 
la  que  se  admiraban  las  más  ricas  columnas  de  mármol  de  Hymeta,  vasos 
primorosos  y  cuantas  maravillas  puede  el  arte  crear;  alli  babia  hecho  cons- 
truir vastos  viveros  para  los  pescados,  entre  los  que  tenia  un  número  fabu- 
loso de  murenas,  que  eran  los  más  estimados  entre  los  romanos,  y  á  cuya 
conservación  y  reproducción  sacrificaban  cuantiosas  sumas,  llegando  su  locura 
basta  el  grado  de  adornarlas  con  vistosas  alhajas;  de  Polion  se  cuenta  que 
alimentaba  sus  murenas  con  los  esclavos  que  las  arrojaba  para  su  cebo. 

Son  verdaderamente  interesantes  las  noticias  que  encontramos  en  los 
escritores  antiguos,  y  sobre  todos  en  Varron,  acerca  de  los  viveros  de  agua 
dulce  y  de  agua  salada  en  que  los  romanos  conservaban  con  prolijo  esmero 
sus  pescados,  noticias  que  hoy  nos  parecerían  increíbles  si  no  respondiese 
de  su  exactitud  el  testimonio  de  autores  que  no  incurrieron  en  ligerezas,  ni 
hablan  de  oidas,  sino  que  describen  lo  que  vieron  y  acontecía  en  su  tiempo: 
es  necesario  tener  en  cuenta  la  acumulación  de  riquezas  en  pocas  manos, 
la  extraordinaria  concentración  de  medios  de  fortuna  en  ciertas  familias 
privilegiadas,  lo  cual  conslituia  el  estado  social  de  aquel  pueblo  de  esclavos 
y  de  mendigos,  en  el  que  los  ricos  poseían  rentas  de  ocho  y  diez  millones  de 
reales,  y  la  infeliz  plebe,  los  no  exceptuados,  apagaban  el  hambre  con  el 
trigo  que  la  administración  pública  repartía  gratis  ó  á  precios  ínfimos  dia- 
riamente; es  necesario  no  perder  de  vista  ese  estado  social,  esa  desigualdad 
de  condiciones,  para  comprender  que  Ilirrio  aplicase  doce  millones  de  sex- 
tercios  (doce  millones  de  reales  próximamente)  á  la  aUmentacion  de  sus 
pescados,  de  los  cuales  llegó  á  reunir  tantos,  que  en  cierta  ocasión  dio  á 
César  nada  menos  que  seis  mil  murenas;  se  necesita  pesar  aquellos  datos 
para  creer  que  el  famoso  orador  Q.  Ilortensio  poseyese  en  Baulos  varias  de 
estas  suntuosas  piscinas,  en  cuya  construcción  gastó  sumas  de  la  mayor 
consideración,  y  en  cuyo  entretenimiento  y  repoblación  empleaba  muchos 
esclavos  y  pescadores,  encargados  estos  de  hacerle  remesas  de  pececillos 
para  cebar  sus  pescados,  de  cuya  salud  no  se  ocupaba  menos  que  de  la  de 
sus  esclavos;  se  necesita,  en  fin,  un  gran  esfuerzo  de  imaginación  para  apre- 
ciar lo  que  serian  los  viveros  de  Marco  Lúcido,  hermano  del  vencedor  de 
Mitrídates,  que  consumió  la  mayor  parte  de  su  fortuna  en  hacer  y  poblar  las 
monumentales  piscinas  de  agua  salada,  preparadas  con  tal  arte,  que  se  re- 
novaba el  agua  del  mar  dos  veces  al  dia,  pues  estaban  dispuestas  de  suerte 
que  alcanzaba  hasta  ellas  la  marea. 


DE  RE   CULINARIA.  265 

Ha  llegado  también  hasta  nosotros  el  nombre  de  Lucio  Cejonio  Commo- 
do  Vero,  que  vivió  en  el  siglo  ix  de  Roma;  fué  conocido  por  su  sibaritismo 
y  porque  se  le  atribuye  la  invención  de  algunos  platos  ó  condimentos  lla- 
mados tetrapharmacos  aderezados  con  huevas  de  trucha,  carne  de  faisán,  de 
pavo  real  y  de  jabalí. 

El  célebre  actor  Esopo,  que  floreció  por  el  año  670  de  la  ciudad,  era 
tan  expléndido  como  el  más  ilustre  ciudadano,  y  de  él  se  cuenta  que  hizo 
servir  en  una  comida  un  plato  de  aves  tan  raras,  que  cada  una  valia  cin- 
cuenta talentos,  y  su  hijo  obsequiaba  á  los  amigos  que  honraban  su  mesa 
con  deliciosos  vinos  mezclados  con  perlas  disueltas. 

Yerres,  célebre  no  sólo  por  sus  enormes  depredaciones  en  Sicilia,  sino 
también  por  la  magnifica  acusación  que  contra  él  lanzó  el  principe  de  los 
oradores,  Cicerón,  en  dos  discursos  (in  Verrem  actio  prima  et  actio  secun- 
da), tenia  siempre  en  Roma,  y  en  sus  palacios  de  los  alrededores,  treinta 
mesas  suntuosamente  preparadas  con  primososas  vagillas  de  oro,  en  cuya 
ejecución  trabajaron  por  espacio  de  ocho  meses  los  mejores  plateros,  cin- 
celadores, escultores  y  grabadores,  niagnam  liominum  multitudinem,  y  com- 
petían con  ellas  ricos  bronces,  pieles  de  inestimable  valor,  tapices,  telas  de 
púrpura,  bordados  y  cuanto  la  industria  es  capaz  de  producir. 

El  triumviro  Marco  Antonio  debió  á  su  amor  á  los  placeres  y  particu- 
larmente á  los  gastronómicos,  la  amistad  con  que  le  distinguió  César,  que 
hablando  de  él  decia,  (^^no  temo  á  estas  gentes  que  no  se  ocupan  más  que  de 
sus  deleites,  sus  manos  vecojen  Jlores  y  no  aguzan  puñales.  y>  Parece  que 
Marco  Antonio  mostró  su  agradecimiento  á  un  cocinero  que  le  habia  sor- 
prendido con  una  cena  suculenta  regalándole  una  villa,  rasgo  de  generosi- 
dad propio  del  hombre  que  según  cuentan  los  historiadores,  podia  saciar 
perfectamente  el  apetito  de  mil  personas  con  las  provisiones  que  se  hacian 
para  cualquiera  de  sus  banquetes. 

Claudio  Domicio  Aurelio,  que  es  uno  de  los  emperadores  que  goberna- 
ron con  más  cordura  y  prudencia,  Plinio  el  joven  y  otros  mil  y  mil  varo- 
nes que  estimo  no  debo  ya  citar,  porque  no  tendrían  fin  estos  apuntes 
biográficos  si  hubiera  de  hacer  mención  de  todos  ellos,  fueron  excelentes 
gastrónomos;  PUnio  el  joven  merece  que  los  españoles  que  cultivan  la  cien- 
cia de  Apicio  y  de  Brillat-Savarin  le  agradezcan  su  preferente  inclinación  á 
las  aceitunas  sevillanas  y  á  los  bailes  de  la  poética  Andalucía,  de  lo  que  nos 
ha  dejado  un  elocuentísimo  testimonio  en  su  epístola  XV  del  lib.  I,  dirigida 
á  Septicio  Claro  (1). 


(1)  Parata  erant  lactucce  singuloe,  cochleoe  temoe,  ova  bina,  alica,  cuín  mulsó  et  nive 
(nam  hanc  quoque  computahis,  immo  hanc  in  primis,  quca  perit  inferculo),  olivce  Bceti- 
cae,  cucurhitce,  bulbi,  alia  mille  non  ^  minus  lauta;  Audiesses  comaedum,  vel  lectorem, 
vel,  lyristen,  vel,  quoe  mea  liberalitas,  ommes.  At  tua  wd  nescio  quem,  ostrea,  vulvas, 
echinos,  gaditanas,  Tualuisíi, 

TOMO  XIX.  18 


266  DE   RE  CLLINAUIA. 

Nada  he  aventurado  al  llamar  ciencia  á  la  que  fué  arte  culinaria  y  en  la 
que  tan  fecundos  progresos  hicieron  los  romanos,  pues  la  gastronomía  ha 
conquistado  ya  los  honores  de  que  gozan  las  ciencias  y  es  una  de  las  más  im- 
portantes entre  las  que  pueden  ser  ohjeto  délas  especulaciones  del  humano 
entendimiento,  como  que  tiene  por  fin  dirigir  las  funciones  del  organismo 
del  hombre  y  cuanto  se  relaciona  activa  y  directamente  con  la  vida  por  me- 
dio de  la  alimentación;  las  consecuencias  de  esta,  la  digestión,  la  obesidad, 
la  delgadez,  los  sueños,  los  efectos  de  la  gula,  los  del  ayuno  y  tantas  otras 
cosas  no  menos  trascendentales  é  interesantes  caen  de  lleno  dentro  de  la 
jurisdicción  de  esta  ciencia,  y  por  lo  mismo  el  verdadero  gastrónomo  debe 
poseer  una  instrucción  variada  y  profunda;  yo  no  me  atrevería  á  dar  aquel 
nombre  al  que  no  esté  versado  en  la  historia  natural  para  clasificar  juiciosa 
y  discretamente  las  sustancias  ahmenticias  que  cria  la  próbida  naturaleza; 
en  la  física  para  examinar  sus  elementos  componentes  y  sus  cualidades,  en 
la  química  para  analizarlas  y  descomponerlas,  en  el  comercio  y  economía 
política  y  en  otras  no  pocas  materias  que  el  buen  sentido  nos  dice  que  son 
sus  auxiliares;  pero  sobretodo  el  gastrónomo  debe  estar  dotado  de  un  gran 
instinto  crítico  que  le  evite  cometer  errores  graves  y  le  sirva  por  el  contrario 
de  guia  para  apreciar  la  sazón  que  requiere  cada  uno  de  los  alimentos,  cuá- 
les deben  consumirse  en  la  primera  edad,  cuáles  en  todo  su  desarrollo  físi- 
co y  cuáles  como  el  faisán  y  las  chochas  cuando  comienzan  á  descompo- 
nerse. El  alimento  lo  componen  las  sustancias  fungiblcs  que,  sometidas  á  la 
acción  del  estómago,  pueden  asimilarse  al  organismo  animal  y  reparar  las 
pérdidas  que  experimenta  el  cuerpo  por  los  diversos  movimientos  de  su  ac- 
tividad, por  las  funciones  de  la  vida;  esta  definición  basta  para  conocer  y 
apreciar  en  su  justo  valor  la  importancia  de  la  ciencia  culinaria. 

Se  ha  dicho,  no  sé  por  quién  y  tal  vez  con  razón,  que  los  españoles 
se  alimentan  pero  no  comen;  en  efecto,  nuestra  característica  flugalidad  nos 
aleja  de  la  ciencia  que  tanto  brilla  en  otras  partes  y  más  que  en  ninguna 
en  Francia  y  en  Inglaterra,  donde  ha  llegado  al  último  grado  de  desenvol- 
vimiento y  perfección;  sin  embargo,  algo  vamos  aprendiendo  y  ya  no  es 
raro  encontrar  en  nuestro  país  quien  sepa  hacer  un  menú  ajustado  alas 
reglas  científicas  que  rigen  en  la  materia  y  dirigir  con  acierto  una  comida. 
Como  en  las  artes  imitativas  nada  tenemos  que  envidiar  ni  á  las  razas  de 
los  cuadrumanos  más  listos,  empezamos  á  tomar  de  otros  pueblos  de  Eu- 
ropa, y  tal  vez  á  exagerarla,  la  costumbre  ae  tratar  en  banquetes  frecuentes 
los  negocios  de  todas  clases,  particularmente  los  políticos;  por  fortuna 
todavía  se  distinguen  por  su  modestia  y  no  alcanzan  la  fama  que  disfrutan 
los  del  virey  de  Irlanda,  por  ejemplo,  ó  los  del  lord  corregidor  de  Londres, 
ni  han  dado  los  resultados  prácticos  que  obtuvieron  los  que  en  Francia  sir- 
vieron de  pretexto  en  1848  á  Odilon  Barrot  para  defender  el  derecho  de 
reunión  y  precedieron  al  radical  movimiento  revolucionario  de  24  de  Fe- 


DE  RE   CULINARIA.  267 

brero  que  expulsó  del  trono  á  la  rama  segunda  de  los  Borbones;  pero  todo 
es  empezar  y  ya  completarán  el  sistema  nuestros  gastrónomos  políticos. 

Mas  dejando  á  un  lado  digresiones,  que  me  llevarían  muy  lejos,  volva- 
mos de  nuevo  la  vista  al  método  de  alimentación  que  usaban  los  romanos  en 
el  apogeo  de  la  civilización  de  aquel]  imperio. 

Así  como  los  griegos  hacían  diariariamente  tres  comidas  llamadas  acra- 
iismos,  arist()n,y  dorpos,  los  romanos  tenían  el  jentaculum,  el  prandium  y 
la  ccena  que  era  la  principal,  y  alguna  vez  interpolaban  el  commesaíio  con 
las  dos  últimas:  bañábanse  antes  de  irá  la  mesa  y  dejando  el  traje  ordinario 
vestían  el  denominado  synthesis;  en  los  banquetes  de  aparato  se  coronaban 
con  guirnaldas  y  flores^  cuyo  cultivo  estaba  muy  adelantado. 

No  conocieron  el  uso  del  ajenjo,  del  byter,  del  vermouth,  ni  de  ninguno 
de  los  estimulantes  que  ahora  empleamos  para  despertar  el  apetito,  pero  se 
preparaban  con  cigarras  y  otros  animalejos  que  há  muchos  años  viven  en 
paz  y  sin  peligro  de  hallar  sepultura  en  el  estómago  de  los  glotones;  por 
supuesto  que  estos  insectos  poseían  cualidades  no  menos  incitantes  que  las 
que  desarrollan  nuestros  gratos  apetitivos. 

Su  cocina  era  más  rica,  abundante  y  variada  en  manjares  que  la  nuestra; 
no  sólo  formaban  parte  de  ella  casi ;  todos  los  que  nosotros  consumimos, 
aunque  los  aderezaban  de  diferente  manera  y  con  otros  codimentos  que  los 
que  emplean  los  cocineros  modernos,  sino  que  devoraban  mil  producciones 
del  reino  vegetal  y  del  animal,  que  después  quedaron  desterradas  de  las 
mesas  de  todas  las  naciones,  como  los  papagayos,  los  avestruces  y  los  liro- 
nes, y  las  sazonaban  con  salsas  en  que  entraba  el  asafétida,  el  zumaque  y 
otros  ingredientes  á  cual  más  estraños. 

Comian  tordos,  hortolanos  y  codornices  cebados  cuidadosamente  con 
bolillas  amasadas  con  harina  de  diferentes  semillas,  y  guardaban  las  aves, 
sin  luz,  en  grandes  pajareras  por  las  que  corria  un  arroyo  para  que  se  ba- 
ñaran y  bebiesen,  y  las  mataban  en  otro  departamento,  evitando  que  sus 
compañeros  de  prisión  presenciasen  el  cruento  sacrificio.  Aunque  no  gus- 
taron la  suculenta  carne  del  pavo  común,  pues  no  fué  importado  en  Europa 
hasta  fines  del  siglo  xvii,  que  lo  trajeron  los  jesuítas  de  la  América  Septen- 
trional, abundaba  en  los  festines  el  pavo  real,  alimentado  con  cebada,  el 
cual,  según  Plinio,  tampoco  vino  á  Italia  hasta  la  guerra  con  los  piratas  y 
añade  que  se  velan  bandadas  salvajes  de  aquellas  aves  en  la  isla  de  Samos  y 
en  la  de  Planasia;  se  atribuye  al  orador  Hortensio  la  gloria  de  haber  sido 
el  primero  que  las  hizo  servir  en  un  convite  dado  en  honor  del  colegio  de 
los  augures. 

También  abundaban  en  sus  comidas  los  pichones  y  las  palomas  tor- 
caces, zoritas  y  domesticadas,  columba  livia,  columba  paliimbiiis;  tenian  la 
crueldad  de  romperles  las  piernas  cuando  eran  muy  pequeños,  y  los  deja- 
ban en  el  nido  de  sus  palomares  procurando  que  la  madre  tuviera  comida 


268  DE   RE   CULINARIA. 

con  exceso  para  sí  y  para  llevar  á  sus  pequeñuelos,  con  cuyo  procedimiento 
engordaban  mucho  y  alcanzaban  tales  precios,  que  el  caballero  L.  Axio 
lio  quiso  vender  en  dos  mil  sextercios  un  par  de  ellos.  Presentaban  con 
igual  profusión  á  sus  comensales,  tórtolas,  pintadas,  ruiseñores,  cabritos  de 
Ambrasia,  gallinas  de  Guinea^  caracoles  de  varias  clases,  grullas,  rodaba- 
llos, lampreas,  lobos  marinos,  ánades,  zarcetas,  patos,  perdices  de  mar, 
liebres,  conejos,  javalíes,  ciervos,  corzos,  lirones,  palmípedos  como  el  bosci 
del  Columela  y  el  qucrqucilida  de  Varron  etc.,  etc. 

Entre  las  pintadas  (numida  meleagris)  indica  ya  Columela  dos  especies, 
la  gallina  africana  y  la  meleagris;  y  de  sus  palabras  se  colije  que  era  estima- 
dísima este  ave,  que  desapareció  de  Europa  durante  toda  la  Edad  Media,  y 
fué  de  nuevo  aclimatada  aquí,  cuando  los  europeos  comenzaron  á  explorar 
la  costa  occidental  de  África,  en  sus  viajes  á  la  India  por  el  cabo  de  Buena- 
Esperanza;  la  cebadura  del  pato  y  de  otros  anfibios  se  hacia  por  el  piismo 
método  que  se  sigue  ahora  en  las  comarcas  en  que  con  más  esmero  é  in- 
teligencia se  dedican  á  esta  lucrativa  especulación,  y  sabían  engordar  el 
hígado  de  los  mismos  haciendo  que  aquella  viscera  se  desarrollase  y  tomase 
gran  volumen,  ni  más  ni  menos  que  se  practica  en  nuestros  dias  para  re- 
galo de  los  gourmands  y  de  los  apasionados  por  el  paté  de  foie  gras.  Sin 
duda  se  daba  á  la  operación  una  ímportacia  suprema,  porque  escritores 
tan  sesudos  como  Plinío  discuten  sobre  si  fué  Scipion  Mételo  el  inventor 
del  procedimiento  para  engordar  el  hígado  de  los  patos,  ó  Marco  Seyo  el 
que  enriqueció  la  ciencia  culinaria  con  tan  trascendental  adelanto;  y  Marcial 
dicelo  siguiente:  Aspicc  quam  tumeat  magno  jécur  anscre  maius. 

No  se  solicitaban  menos  las  perdices  pintadas,  que  son  indudablemente 
nuestras  perdices  rojas  ó  de  las  Azores,  el  faisán  y  las  grullas,  de  que  hablan 
Horacio  (1)  y  Plutarco  (2).  Apicio  ha  escrito  sobre  la  manera  de  guisarlas. 

Los  romanos  opulentos  tenían  su  leporarium  que  era  un  terreno  cer- 
cado con  buenos  muros,  inmediato  á  sus  grandiosas  posesiones  campestres 
y  mañosamente  dispuesto,  en  el  que,  como  su  nombre  indica,  criaban 
liebres  en  los  primeros  siglos  de  la  República,  y  andando  el  tiempo  todo 
género  de  caza;  conejos,  jabalíes,  ciervos,  corzos  y  carneros  salvajes;  tres 
especies  de  liebres  solían  reunir  en  estos  parques,  la  vermeja  de  Italia,  la 
común  de  España  y  la  blanca  de  los  Alpes. 

Dice  Varron  que  la  educación  y  multiplicación  de  los  caracoles  no  es 
tan  sencilla  como  generalmente  se  cree,  y  da  diversas  reglas  para  el  cuidado 
de  estos  moluscos;  nadie  rechaza  en  Francia  un  buen  plato  de  escargots  de 
Bretagne;  en  España  apenas  toleran  este  sabroso  alimento,  más  que  las 
personas  de  ínfima  condición  ó  el  pueblo  de  las  grandes  ciudades,  pero  en 


(1)  Serm.  II,  VIII,  v.  86. 

(2)  De  usu  carnium,  disp.  lí» 


DE   RE  CULINARIA.  269 

Roma,  los  caracoles  constituian  un  plato  delicado  y  les  dedicaban  parques 
y  pastos  especiales;  los  más  codiciados  eran  los  muy  pequeños  y  blancos 
de  Rieti,  los  grandes  de  Iliria  y  los  medianos  de  África:  Varron  nos  ha  con- 
servado el  nombre  de  Julio  Hirpino,  que  fué  el  primero  que  estableció  par- 
ques para  la  explotación  de  los  referidos  moluscos  en  sus  propiedades  de 
Tarquinia,  poco  tiempo  antes  de  la  guerra  civil  de  César  y  Pom[eyo:  con 
igual  afán  cebaban  los  lirones  con  bellotas,  nueces  y  castañas,  teniéndoles 
encerrados  en  la  oscuridad  de  vasos  voluminosos  hechos  de  barro  cocido 
para  esta  ingeniosa  función. 

Todas  las  regiones  del  mundo  conocido  contribuían  con  sus  productos 
comestibles  al  abastecimiento  de  la  dispensa  romana:  España  la  proveía  de 
jamones,  carneros,  conejos,  aceitunas  y  vino;  Grecia  enviaba  sus  faisanes; 
Asia  los  pavos  reales;  África  las  gallinazas  y  las  trufas;  aunque  no  llegaron 
á  conocer  las  de  Perigord  y  las  provenzales,  que  todos  saben  son  las  mejo- 
res y  que  en  el  mismo  Paris  se  consideraban  raras  hace  78  ú  80  años,  reci- 
bían este  precioso  tubérculo  de  diversas  provincias  de  África,  y  las  más 
aromáticas  de  Lybia  (1). 

Para  las  carnes  y  los  pescados  confeccionaban  salsas  equivalentes  á  las 
que,  como  la  de  Worcestershire  y  la  de  anchoas,  se  ven  en  nuestras  mesas; 
ya  el  garum  que  no  sé  de  qué  se  componía,  ya  la  miiria  que  se  obtenía  del 
atún  y  otras  muchas  muy  estimulantes. 

Como  es  natural  que  sucediese,  el  ramo  de  vinos  correspondía  y  estaba 
en  perfecta  armonía  con  la  abundancia  y  lujo  de  los  manjares,  y  la  industria 
vinícola  nada  dejaba  que  desear;  los  vinos  de  Piceno,  de  la  Sabina,  de  Fa- 
lerno,  de  Sarrento  y  de  Aminea,  el  hidromel  de  Frigia,  el  oximel,  el  aigleu- 
cos  de  los  griegos  y  otros  en  infinito  número  acompañados  de  la  espumosa 
cerveza  que  ellos  llamaban  cerevisia,  y  que  según  Floro  la  extraían  del  trigo, 
completaban  los  deleites  de  aquellos  fantásticos  banquetes,  en  los  que  solían 
ponerse  hasta  veinte  servicios  y  era  elegantísimo  y  de  buen  tono,  como  ahora 
decimos,  procurar  vomitar  entre  uno  y  otro  y  continuar  comiendo  con  noble 
ardimiento.  Construían  hábilmente  las  bodegas  (2);  conservábanlos  vinos  en 
toneles,  que  llamabanrfoíiM?)^,  ó  en  basijas  de  barro  como  nuestras  toboseñas 
tinajas  [nihil  novumsuh  solem),  y  los  clasificaban  con  escrupulosa  concien- 
cia por  edades,  calidad  y  procedencias  rotulando  las  ánforas  que  contenían 
los  que  eran  dignos  de  tamaño  honor,  y  si  bien  desconocieron  el  alcohol  ni 
los  aparatos  destilatorios,  que  han  producido  una  verdadera  revolución  en 
las  artes,  en  el  comercio  y  en  la  industria,  daban  fuerza  y  perfume  á  sus 
vinos  con  la  infusión  de  flores  y  aromas,  hasta  el  punto  de  fabricar  líqui- 
dos ardientes  y  espirituosos,  ó  dulces  como  la  ambrosía. 


(1)  Libidhüs  alimenta 2}cr  oninla  qiuvntnt — Juvenal, 

(2)  Pliuio  (la  curiosas  uoticias  sobre  esto. 


270  DE  RE    CULINARIA. 

Se  ha  dicho  por  varios  escritores  que  los  romanos  no  hicieron  uso  del 
azúcar  como  dulcificante  de  sus  manjares  y  de  sus  licores,  error  crasísimo 
que  conviene  desvanecer;  es  cierto  que  no  habiendo  alcanzado  esta  sustan- 
cia del  Nuevo  Mundo,  descubierto  tantos  siglos  después  de  haber  desapa- 
recido el  imperio  romano,  la  reemplazaban  ordinariamente  con  miel,  como 
sucedía  en  toda  Europa  hasta  hace  cien  años,  que  empezó  á  generalizarse  el 
consumo  de  este  dulce,  que  apenas  se  encontraba  más  que  en  las  boticas; 
pero  es  igualmente  exacto  que  acertaron  á  extraer  azúcar  de  algunas  plantas, 
como  se  ve  por  las  palabras  de  Lucano.  «.Quidque  bihunt  teñera  dulces  ab 
arujidim  suecos, »  y  que  la  importaron  de  Arabia  y  de  otros  puntos  donde 
según  Plinio  se  producía  in  arnndibus  coltecta. 

En  cuanto  á  las  frutas,  creo  inútil  decir  que  nada  perdonaron  para  lograr 
cuanto  la  rica  naturaleza  y  el  fértil  suelo  de  Italia  pueden  dar  de  sí;  con 
estos  hábitos  de  lujo  y  con  una  agricultura  que  sacrificaba  las  más  feraces 
tierras  al  cultivo  délas  flores  que  perfumaban  ios  mejores  palacios  ^'villas 
del  mundo,  y  de  las  frutas  más  codiciadas,  no  es  de  extrañar  que  abunda- 
sen como  abundaban  en  los  magníficos  jardines,  además  de  las  conocidas 
de  muy  antiguo,  como  las  manzanas,  peras,  higos,  etc.,  aquellas  que  la  in- 
dustria se  complacía  en  aclimatar,  trayéndolas  de  todas  partes,  la  frambuesa 
del  monte  Ida,  los  abridores  de  Persía,  los  albaricoques  de  Armenia,  los 
membrillos  de  Cydou  y  tantas  otras  que  seria  prolijo  enumerar. 

Tampoco  descuidaron  la  fabricación  de  los  quesos  con  leche  de  oveja, 
de  vaca  y  de  cabra;  para  cuajarla  empleaban  comunmente  los  líquidos  con- 
tenidos en  el  estómago  de  los  terneros,  y  Varron  asegura  que  el  mejor  coa- 
guhun  consiste  en  los  líquidos  contenidos  en  el  estómago  de  las  liebres,  de 
los  cabritillos  y  de  los  corderos:  usaban  para  salar  los  quesos  la  sal  fósil  con 
preferencia  á  la  de  mar;  y  por  los  elogios  que  les  consagran  los  que  debían 
saber  apreciarlos,  hay  que  creer  que  eran  excelentes  y  podrían  sostener 
airosamente  la  competencia  con  los  afamados  Stillon,  gruyere,  sept-mowcel, 
brie,  chester  y  roquefort. 

En  los  buenos  tiempos  de  la  república  comían  sentados,  mas  poco  á  poco 
fué  introduciéndose  la  costumbre  ateniense  de  comer  reclinados,  ó  me^"or 
dicho,  acostados  sobre  el  lado  izquierdo  en  unas  hieras  á  modo  de  banque- 
tas, en  lasque  apoyaban  el  codo,  dejando  descansar  la  cabeza  sobre  la 
mano  y  quedando  Hbre  la  derecha  para  tomar  los  alimentos  con  los  dedos, 
con  el  cuchillo  ó  con  la  cuchara;  porque,  á  pesar  de  tanto  refinamiento,  aún 
no  se  había  introducido  el  uso  del  tenedor;  cada  uno  de  estos  escaños  ó  lec- 
tisternium,  servia  casi  siempre  para  tres  personas,  no  del  mismo  sexo;  tar'dó 
poco  en  generahzarse  el  uso  del  nuevo  mueble,  y  así  como  se  habia  desar- 
rollado un  gran  lujo  en  las  vajillas,  así  también  se  emplearon  en  la  cons- 
trucción del  lectisternium  maderas  peregrinas,  metales  ricos  cuajados  de 
piedras  preciosas,  pieles,  cojines  y  tapices  .magníficos;  así  y  todo,  se  me 


DE  RE   CULINARIA.  271 

figura  que  sólo  la  costumbre  podría  conseguir  que  se  encontrara  comodidad 
en  la  casi  horizontal  postura. 

Grande  era  el  número  de  los  criados  dedicados  á  servir  la  mesa,  el 
sli'uctor  hacia  las  veces  de  nuestros  mayordomos  y  dirigía  á  los  demás  cu- 
bicularios y  esclavos;  el  captor  trinchaba,  unos  llenaban  las  copas  escan- 
ciando en  las  mayores  los  vinos  de  primera  calidad,  y  otros  ahuyentaban 
las  moscas  ó  renovaban  y  resfrescaban  el  aire  con  grandes  abanicos.  No 
llamaba  la  atención  que  si  un  esclavo  se  descuidaba  en  el  desempeño  de 
su  obligación,  purgase  la  falta  con  trescientos  latigazos. 

Para  que  nada  faltase  en  aquellos  mágicos  festines,  en  alguno  de  los 
cuales  se  exhibió  un  plato  en  el  que  entraron  los  sesos  de  quinientos  aves- 
truces y  otro  compuesto  con  las  lenguas  de  cien  mil  papagayos,  mirlos  y 
ruiseñores,  amenizábanlos  las  armenias  de  la  música,  la  voluptuosa  danza, 
los  degradados  bufones^  los  hercúleos  gladiadores  y  alguna  vez  muy  rara 
por  desgracia,  la  instructiva  lectura. 

¿No  es  verdad,  mi  querido  amigo,  que  con  tales  elementos,  y  con  la  li- 
beralidad que  se  introdujo  en  la  costumbre  de  los  romanos,  nos  es  impo- 
sible á  los  hombres  del  siglo  xix,  no  ya  competir  con  los  ohgarcas  de  la 
ciudad,  reina  del  mundo,  en  lujo,  en  artes  y  en  fausto,  sino  que  ni  apenas 
concebir  lo  que  entre  ellos  era  común,  ordinario  y  frecuente?  ¿No  es  ver- 
dad que  todo  lo  que  voy  apuntando  á  la  lijera  en  esta  carta  parecería  una 
fábula  oriental,  un  cuento  de  las  Mil  y  Una  Noches,  si  no  estuviera  auto- 
rizado con  el  testimonio  de  los  autores  más  circunspectos,  clásicos  y  sin 
tacha  de  exageración  en  sus  graves  narraciones?  Compare  Vd.,  amigo  mió, 
compare  la  más  explendida  de  nuestras  fiestas  con  las  que  se  celebran  en 
Roma  desde  que  cayeron  en  desuso  las  leyes  licinianas  y  comenzaron  á 
labrarse  las  grandes  fortunas,  y  las  costumbres  perdieron  su  primitiva  sen- 
cillez para  arrojarse  en  el  hondo  precipicio  de  la  disipación  y  del  exhube- 
rante  lujo  que  tímidamente  he  descrito;  compare,  repito,  aquella  civiliza- 
ción con  la  nuestra,  y  no  tema  deducir  las  consecuencias  de  semejante  pa- 
ralelo» pues  no  han  de  redundar  en  menosprecio  de  la  última. 

No  envidiemos  la  de  aquel  pueblo  decrépito  y  corrompido,  á  cuyas 
puertas  llamaba  otro  de  bárbaros  que  carecía  de  sus  vicios,  de  su  atildada 
cultura  y  de  sus  pasiones;  no  envidiemos  tampoco  la  de  este  que  también 
poseia  riquezas  fabulosas  y  tesoros  que  contenían  alhajas  como  el  célebre 
missorium,  que  era  un  plato  de  oro  de  quinientas  libras  de  peso,  primoro- 
samente cincelado  (1),  y  la  famosa  mesa  formada  de  una  sola  esmeralda 
con  tres  filas  de  perlas  y  sostenida  en  sesenta  y  cinco  pies  de  oro  cubiertos 


(1)  ín  kujus  heneficü  repenss'miem  missorum  aurem  nóbÜmmum  ex  thesaurls  Ooto- 
rum...  Dagoherto  clare  promisit,  pensantem  miri  pondus  qiúngentos.  Fredeg.  Chron. 
cap.  LXXIII. 


272  DE   RE    CULINARIA. 

de  piedras;  que  si  los  despojos  del  imperio  pasaron  á  los  bárbaros  del 
Norte  y  la  Roma  de  los  Césares  fué  su  presa,  y  el  Capitolio,  cuartel  de  los 
soldados  de  Genserico,  del  polvo  que  levantaban  tantas  ruinas  y  de  los  tor- 
bellinos de  humo  que  producían  tantos  incendios,  salió  una  civilización 
menos  fastuosa,  pero  más  pura,  más  noble  y  generosa,  más  digna  de  los 
santos  y  eternos  destinos  de  la  humanidad. 

Román  Goicoerrotea. 
Madrid  25  de  Febrero  de  1871. 


¿ESTABA  LOCO?... 


TRADUOOION    I>E    FlAYiVtOND    STHA.!». 


(Para  ver  bien  hay  que  cerrar  loa  ojos. ) 


— Y  eso  ¿se  puede  hacer? 

— Pues  ¿no  crees  en  los  espíritus? 

— ¿Y  qué  tienen  que  ver  estos  con  lo  que  tú  me  dices? 

— Vamos,  ¡no  seas  tonto!  Tú  que  puedes  evocar  á  Julio  César  para  que 
te  diga  sandeces,  á  Felipe  II  de  España  para  escucharle  heregias  ,  á  Juana 
de  Arco  para  oirle  decir  que  nunca  fué  la  Pucelle  de  Orleans,  y  todolo  crees 
á  pies  juntillos;  ¿te  negarás  á  las  evidencias  mecánico-animales? 

— Pero,  si  lo  que  tú  me  cuentas  fuera  exacto,  quien  poseyera  el  secreto 
¡seria  dueño  del  mundo! 

— O  un  pohre  mendigo,  como  yo. 

— Sea  verdad  ó  mentira,  yo  quiero  ver  si  todo  eso  es  posible. 

— Bien;  pero  tienes  que  resignarte  á  morir,  mejor  dicho,  á  vivir,  sin  tú 
saberlo,  durante  medio  año.  Por  si  acaso  sucumbes  en  la  experiencia... 

— ¿A  eso  me  espongo? 

— No:  mi  tratamiento  es  seguro;  pero  durante  él  puedes  morir  de 
muerte  natural.  Aunque  insensible  al  mundo  exterior  por  consecuencia  de 
mis  artes,  pueden  tus  dias  estar  contados  para  dentro  de  ese  término  y 
morir.  La  experiencia  no  puede  realizarse  más  que  sobre  un  ser  viviente. 

— Bueno,  pues  explícame  tu  teoría . 

— Oye.  Alma  no  hay,  en  el  sentido  que  para  todos  expresa  la  palabra.  No 
hay  más  que  fuerzas  desenvueltas,  dentro  de  medios  puramente  materiales. 


274  ¿ESTABA  LOCO? 

Esta  idea,  que  prueba  el  inmenso  genio  de  nuestro  Newton,  y  que  él  vio 
en  grande  escala,  es  toda  la  base  de  mi  teoría,  aplicada  á  cosas  pequeñas. 
Las  fuerzas  que  regulan  el  movimiento  general  de  los  astros,  perfecto  y  to- 
tal, son  asimismo  las  que  dan  forma  á  los  cuerpos,  basta  el  punto  que  la 
hipótesis  molecular,  sin  esta  explicación,  seria  el  mayor  de  los  absurdos. 
¿Qué  son  las  reacciones  químicas?  ¿Qué  las  cristalizaciones?  Fenómenos  de 
fuerzas  que  se  verifican  en  un  momento  dado,  y  de  las  que  el  hombre  úni- 
camente ve  los  efectos.  La  química  ha  llegado  á  adivinar  qué  cuerpos  ori- 
ginan ciertas  fuerzas,  puestos  al  contacto  con  otros,  y  de  ahí  las  reacciones; 
pero  ignora  por  completo  el  por  qué  de  estas  reglas  empíricas.  Tú  sabes 
que  el  ácido  nítrico  da  lugar  á  un  nitrato  siempre  que  ataque  á  un  metal 
puro,  y  que  el  nuevo  producto,  á  su  vez,  da  un  precipitado  blanco  al  mez- 
clarse á  su  cloruro,  y  esto  luego  te  sirve  para  hallar  el  metal  ó  el  cloro  donde 
se  encuentre.  Ahora  bien;  con  las  cosas  que  las  gmles  llaman  espirituales, 
pasa  exactamente  lo  mismo;  pero  hasta  el  presente,  los  filósofos,  como  los 
antiguos  alquimistas,  girando  dentro  de  un  mundo  ignorado,  ó  distraídos 
con  la  idea  de  otra  piedra  filosofal,  ó  séase  el  alma,  no  han  notado  su  error 
ni  aprovechádose  de  sus  experimentos  para  llegar  á  la  síntesis ,  bien  pri- 
mordial, de  toda  ciencia  analítica. 

— Es  decir,  que  para  tí  pueden  existir  una  física  y  una  química  comple- 
tamente nuevas;  la  de  los  espíritus. 

— Mientras  pronuncies  esa  palabra  girarás  en  un  círculo  vicioso  y  no  me 
entenderás  nunca.  No  hay  espíritus.  Sólo  existen  materias  que  en  casos 
dados  originan  ciertos  fenómenos.  Si  yo  tuviera  como  con  la  electricidad^ 
los  medios  de  desarrollar  en  un  punto  dado  del  espacio  la  fuerza  ó  las  fuer- 
zas productoras  de  un  mundo,  indudablemente  que  lo  edificaría.  ¿A  qué 
obedece  si  no  la  generación  de  los  seres  espontáneos?  ¿Y  crees  tú  que  la 
escala  animal,  mineral  ó  vegetal  puede  ser  sorprendida  con  la  aparición 
brusca  de  un  ser  de  la  misma  especie,  sin  que  esto  no  pueda  hacerse  des- 
pués con  todo  lo  que  nos  rodea? 

— No  te  comprendo. 

— Me  explicaré  más  claro.  Inspecciona  la  escala  animal,  desde  el  molusco 
al  hombre,  con  la  misma  paciencia  que  Cuvier.  Cualquiera  que  sea  el  géne- 
ro, la  familia  ó  la  especie,  los  verás  continuarse  físicamente  unos  á  otros,  por 
más  que  entre  sí  no  tengan  relaciones  de  comunidad,  de  instintos  ó  de  pro- 
creación. Hasta  llegar  al  esqueleto  humano,  va  la  armazón  de  todos  los 
vivientes  variando  de  forma,  de  volumen,  y  de  usos,  pero  conteniendo  los 
mismos  caracteres.  Empezada  la  fuerza  del  vivir,  continúa  desarrollándose 
en  la  materia,  y  del  cuadrúpedo  pasa  al  cuadrumano,  de  éste  al  hombre,  y 
al  mismo  tiempo  que  la  materia  se  perfecciona,  vase  perfeccionando  el  pun- 
to á  que  se  dirigen  los  huesos,  músculos,  las  entrañas  y  los  nervios.  ¿Y 
cuándo  ves  el  espíritu  ó  el  alma  en  su  asombrosa  explosión?  Cuando  ya  la 


TRADUCCIÓN  DE  RAYMOND   STRAP.  275 

materia  lo  permite,  cuando  sus  fuerzas  combinándose  y  perfeccionándose, 
vuelven  amor  lo  que  era  lujuria,  economía  lo  que  fué  rapiña,  amistad 
y  fraternidad  lo  que  sólo  instinto  y  ceguedad  de  [especies  liabia  venido 
siendo.  Pero,  así  como  á  caza  de  la  piedra  filosofal,  crearon  los  alquimistas 
la  química  moderna,  así  los  filósofos,  al  correr  tras  del  alma,  han  encontra- 
do ya  algunos  elementos,  de  que  yo  me  he  aprovechado,  para  conseguir 
lo  que  tanto  te  asombra  y  saber  deseas.  Además,  hoy  no  se  sabe  dónde 
empiezan  ni  dónde  acaban  los  reinos  de  la  naturaleza.  La  esponja  y  el  coral 
llevan  en  sí  la  sospecha  de  los  vegetales  y  minerales  como  la  cola  de  los 
cometas  el  porvenir  de  nuevos  mundos.  Todo  es  vario  y  todo  es  uno.  Todo 
se  separa  y  todo  está  atado  en  la  naturaleza.  Sobre  la  materia,  y  obedecien- 
do á  múltiples  polos  magnéticos,  las  fuerzas  de  la  creación  ejercen  su  influ- 
jo. ¡Desviarlas,  dirigirlas,  sorprenderlas,  ese  es  el  porvenir,  esa  es  la  gloria, 
esa  será  la  eternidad! . . . 

— ¡Me  asustas,  hombre,  me  asustas! 

— ¡Eso  será  cumplirse  la  promesa  de  los  santos  libros,  de  todas  las  reli- 
giones. Entonces  al  mortal,  es  decir,  al  ignorante,  le  será  permitido  con- 
templar cara  á  cara  la  majestad  divina,  ó  lo  que  es  lo  mismo,  la  fuerza  de 
las  fuerzas,  el  centro  de  lo  infinito,  y  allí,  en  ese  lugar  estable  y  perpe- 
tuamente fijo,  podrá  el  hombre  ser  todopoderoso,  eterno,  infahble,  como 
esa  idea  santa,  que  en  su  pecho  abriga,  de  una  cosa  dotada  de  todas  estas 
cuahdades. 

— ¡Vamos,  tú  estás  loco!! 

— Eso,  eso  mismo  he  creído  durante  mucho  tiempo;  pero  ¡oye!  Ya  tengo 
la  seguridad  de  que  mi  juicio  está  sano;  porque  puedo  volver  locos  á  los 
demás...  ¿Quieres  ver  mi  cfinica?  Allí  verás  séres'fehces,  que  obedecen  á 
una  fuerza  sola.  La  máquina  que  forma  su  materia  dirige  todas  sus  fuerzas 
hacia  el  punto  objetivo  que  ellos  deseaban.  El  que  quería  amor,  no  tiene 
más  que  amor;  el  que  oro,  oro;  el  que  gloria,  gloría,  ¡Oh!  Si  yo  pudiera 
encontrar  las  fuerzas  que  forman  la  materia;  hombre,  cuan  pronto  y  cuan 
fácilmente  modelaría  yo  su  alma!  Sin  embargo,  cuando  tenga  un  hijo... 
quién  sabe...  quién  sabe. 

Pero  no.  Yo  no  hago  más  que  analizar  lo  que  nadie  ha  analizado.  Otro 
se  encargará  de  la  síntesis.  Cuando  se  construyan  los  metales  simples  por 
medio  de  corrientes  de  fuerzas,  entonces  quizá  podrá  hacerse  la  materia. 
Ahora  sólo  me  limito  á  observarla.  En  mi  poder  no  está  el  aumentar  las 
perfecciones  de  cualquier  ser  naciente,  pero  sí  disminuirlas.  Por  ejemplo. 
Yo  no  puedo  dar  al  cuadrumano  las  facultades  del  hombre;  pero  sí  puedo, 
en  la  materia  hombre,  suprimir  ó  paralizar  los  nervios  productores  de  sus 
fuerzas  respectivas,  y  dejarle  solos  aquellos  que  funcionaron  en  el  cuadru- 
mano. Estoy  en  el  período  del  mal,  y  ya  tú  sabes  que  este  es  el  principio  del 
bien.  Anda...  ven  á  mi  clínica. 


276  ¿ESTABA  LOCO? 

Pero  hasta  ahora  no  he  dicho  al  lector  quién  era  este  personaje  tan  ex- 
traño. Llamábase  Leather,  y  fuimos  juntos  á  Oxford,  donde  él  siguió  la 
carrera  de  medicina  y  yo  la  de  leyes,  cuando  aún  nuestros  padres  tenian 
poca  seguridad  en  los  catedráticos  de  Boston,  mejores,  y  en  esto  no  me 
ciega  el  patriotismo,  que  los  que  á  mi  me  enseñaron,  ó  más  adecuados,  por 
lo  menos,  á  la  sociedad  en  que  han  de  ser  hombres  prácticos  sus  discípulos. 
Leather  estudió  después  en  Alemania,  y  yo  no  habia  vuelto  á  saber  de  él 
hasta  hace  tres  dias,  encontrándolo  en  el  Tatersallo  de  New- York,  donde  se 
hallaba  pujando  un  magnifico  potro  del  Canadá,  estampa,  según  él,  del  or- 
gullo, y  á  propósito  para  sus  experiencias. 

Desde  aquel  dia  no  se  separó  de  mí,  gracias  al  brandy  que  consumi- 
mos; y  como,  según  me  dijo  él,  hallábase  por  casualidad  en  New- York, 
mandó  poner  una  cama  en  mi  mismo  cuarto  y  se  hizo  mi  compañero,  que 
quise,  que  no  quise,  abusando  soberbiamente  de  mi  debilidad  por  las  bebi- 
das espirituosas,  única  cualidad  que  yo  tenia  de  común  con  Edgard  Poe,  á 
pesar  de  figurárseme  aventajarle  en  muchas.  Era  mi  amigo  alto,  como  un 
palo  de  telégrafo,  y  descuidado  en  el  vestir,  como  todo  hombre  que  no  sabe 
para  qué  ni  á  qué  hora  lo  hace. 

Su  mirada  franca  y  leal  radiaba  un  no  sé  qué  de  luminoso  y  extraño,  y 
parecía  tener  siempre  miedo  de  alguien  que  lo  siguiera,  según  volvia  la  ca- 
beza atrás  cuando  hablaba  ó  gesticulaba. 

Tres  dias  iban  ya  pasados  no  bebiendo  más  que  poiier  en  vez  de  agua, 
y  brandy  en  lugar  de  vino,  y  era  el  sabio  tan  fuerte,  que  al  acostarme  yo 
beodo,  él  salia  por  Broad-vay  á  dar  paseos,  despertándome  con  un  pedazo 
de  roastbeaf  entre  dientes  y  con  el  vaso  de  brandy  en  la  mano,  fortaleza  de 
bebedor  que  picaba  mi  amor  propio  hasta  el  punto  de  volver  á  comenzar  en 
aquel  acto  la  borrachera,  apenas  dormida. 

Habíale  dicho  yo  que  queria  ser  el  mejor  de  los  poetas,  y  que  por  con- 
seguirlo y  dejar  mi  nombre  á  cien  codos  sobre  los  de  Milton  y  Byrón  seria 
capaz  de  vender,  como  Fausto,  mi  alma  á  Mefistófeles. 

Entonces,  y  tirando  bajo  de  la  mesa  la  quinta   botella  de  brandy  de 
aquel  dia,  es  decir,  cinco  horas  después  de  haberme  levantado,   exclamó 
con  aire  despreciativo: 
— Si  no  fueras  cobarde,  lo  podrías  ser  en  seis  meses. 
— ¿Cómo? 

— Siguiendo  mi  tratamiento.  Tu  cualidad  superior  es  lo  de  poeta,  pero 
está  limitada  en  tu  naturaleza  por  otras  fuerzas,  á  la  manera  que  la  luz  del 
dia  no  deja  ver  la  claridad  de  una  antorcha.  Ahora  bien;  yo  poseo  el  secre- 
to de  suprimir  en  cualquier  hombre  las  cuahdades  mentales  que  le  estorban 


TPADUCCION   DE    RAYMOND   STRAP.  277 

para  que  luzca  una  sobre  todas,  operación  que  da  lugar  á  que  suceda  artifi- 
cialmente lo  que  al  genio  de  una  manera  natural  y  espontánea. 

Entonces  principió  el  diálogo  en  el  punto  donde  esta  narración  comienza 
de  un  modo  tan  extravagante. 

— Y  dónde  está  tu  clínica?  le  pregunté. 

— A  diez  leguas  de  aquí,  respondió.  Esta  noche  podré  enseñarte  mis 
sanos. 

— Bueno,  pero  antes  acompáñame  á  la  Bolsa.  Allí  se  reúnen  hoy  los  lea- 
ders  de  mi  partido,  y  voy  á  ponerme  de  acuerdo  con  ellos  para  las  eleccio- 
nes. ¡Verás  nuestro  futuro  presidente! 

Oliendo  algo  á  rom,  él  con  el  paso  firme,  y  yo  tambaleándome,  llega- 
mos á  la  Bolsa,  en  un  rincón  de  la  cual  iban  á  decidirse  los  destinos  de  la 
patria  de  Washington. 

Presenté  á  mi  amigo  Leather  á  la  reunión,  en  la  que  se  encontraba 
también  el  futuro  ministro  de  Hacienda  de  la  república,  y  generalizóse  el 
diálogo. 

Leather  no  despegaba  sus  labios,  sino  para  hacerme  al  oído  estas  ó  pa- 
recidas observaciones: 

— Si"  puedes  traerte  á  mi  clínica  el  candidato  á  la  presidencia,  hazfo. 
Tengo  que  corregir  en  él  la  protuberancia  de  la  vanidad. 

— Mira,  tu  ministro  de  Hacienda  no  me  lo  traigas.  El  cálculo  no  brilla 
en  sus  temporales. 

Yo  sonreía  á  sus  secreteos;  y  como  lo  percibiesen  los  señores  respeta- 
bles que  formaban  el  corro,  y  yo  notase  la  curiosidad  que  les  dominaba 
por  conocer  á  mi  amigo,  les  di  cuenta  de  su  profesión,  y  él  comenzó  á  ex- 
poner las  ideas  de  que  ya  tienen  conocimiento  mis  lectores,  pero  con  mu- 
cho mayor  calor  y  observaciones  más  brillantes  que  aquellas  que  delante 
de  mi  había  expuesto. 

IH. 

Tenia  yo  fama  de  poeta.  Joven  publiqué  mis  poesías,  y  aunque  de  al- 
guna instrucción  y  apto  para  la  vida  práctica,  desde  que  obtuve  mi  primer 
triunfo  literario  no  había  podido  hacer  creer  á  nadie  que  yo  podría  ser- 
vir para  otra  cosa  que  para  hacer  versos. 

Había  redactado  una  vez,  sin  mi  firma,  algunos  artículos  sobre  arance- 
les, otros  sobre  derecho  de  gentes,  y  algunos  sobre  la  administración  en  ge- 
neral, que  llamaron  la  atención  de  todos. 

Al  ver  que  eran  aplaudidos,  declaré  ser  su  autor  y  entonces  se  me  probó 
que  mis  escritos  eran  copiados  de  no  se  qué  libros,  y  que  no  debia  salir  de 
hacer  coplas,  pues  era  para  lo  único  que  servia.  Rechazado  de  las  primeras 
filas  de  la  política,  habíame  dedicado  á  servir  á  los  demás,  que  bien  por  no 
haber  escrito  versos,  ó  mejor,  por  no  haber  hecho  nada,  no  tenían  contra 


278  ¿ESTABA    LOCO? 

SÍ  ninguna  reputación  conquistada  en  género  determinado  de  literatura, 
ciencias  ó  artes.  Gracias  á  eso  pude  recabar  algunos  modestos  destinos,  y 
llegué  á  otros  más  elevados,  no  sin  que  se  censurase  por  el  público  mi  re- 
pentina elevación,  mientras  aquellos  que  yo  habia  ensalzado  con  la  pluma  o 
sacado  adelante  en  las  elecciones,  eran  ministros,  sin  baber  hecho  por  con- 
seguirlo más  que  dejarse  guiar  por  mi  toda  su  vida.  Convertido  en  satélite 
de  planetas  que,  ó  no  tenían  luz,  ó  á  mí  me  la  debían,  era  llegado  ya  el  caso 
de  subirlos  á  jefes  del  Estado,  si  yo  quería  colocarme  en  alguna  importante 
posición,  tal  como  una  embajada  ó  cosa  por  el  estilo.  Este  era  el  secreto  de 
mi  viaje  al  Estado  de  New-York,  después  de  haber  dejado  asegurada  la  elec- 
ción del  presidente,  mí  jefe,  en  los  demás  de  la  República. 

Pero  había  contado  sin  la  huéspeda.  Al  oír  á  mi  amigo  Leather  y  escu- 
char de  su  boca  que  yo,  tan  listo  según  ellos  decían,  me  prestaba  á  sufrir 
durante  seis  meses  el  tratamiento  que  había  de  trasformar  las  cualidades 
de  mí  inteligencia,  comenzaron  á  distinguirle  y  á  considerarle,  y  quedándo- 
se, por  consiguiente,  para  otro  día  nuestro  viaje  á  Blakwell  Island,  sitio 
donde  mi  amigo  tenia  su  famosa  clínica. 

Era  el  candidato  ala  presidencia  uno  de  esos  hombres  que,  perfectamen- 
te considerados  en  la  sociedad,  y  no  habiendo  nunca  dado  que  decir  á  las 
gentes  por  su  conducta,  arreglada  á  los  principios  más  severos,  se  habia 
conquistado  el  calificativo  de  serio  y  grave.  Jamás  daba  su  opinión  de  pron- 
to sobre  ninguna  clase  de  asuntos;  cuando  se  atrevía  á  despegar  los  labios 
era  en  un  tono  axiomático  y  breve;  nunca  se  entregaba  á  un  movimiento  es- 
pontáneo, é  inmensamente  rico  desde  su  infancia  siempre  se  halló  en  con- 
diciones de  ese  bienestar  supremo  cuya  falta  en  los  primeros  pasos  de  la 
juventud  ó  al  principio  de  cualquier  carrera  obliga  á  muchos  á  contraer  re- 
laciones, hábitos  y  costumbres  que  forman,  luego,  un  capitulo  de  culpas  y 
recriminaciones  en  boca  de  sus  detractores  ó  envidiosos. 

Al  acabar  mi  amigo  Leather,  después  de  los  primeros  agasajos,  la  exposi- 
ción de  su  sistema,  los  labios  de  los  circunstantes  se  dilataron,  unos  expre- 
sando la  duda,  y  otros  prontos  á  soltar  la  risa  pero  Mr.  ***,  (llamaremos 
así  al  candidato),  con  su  gravedad  aplastadora  y  su  tono  axiomático 

— Este  señor  es  un  sabio  verdadero — dijo — y  el  coro  de  aduladores, 
cambiando  de  actitud  y  postura,  como  los  cristales  de  un  kaléidóscopo, 
trocó  en  signos  de  admiración  y  respeto  la  burla  incipiente  en  el  fondo  de 
las  conciencias. 

— Mal  habéis  hecho,  Mr.  Leather, — añadió — presentándoos  bajo  los  aus- 
picios de  un  hombre  tan  ligero  como  Strap;  pero  este  chico,  á  pesar  de  su 
poco  peso,  suele  dar  algunas  veces  en  el  clavo,  y  supuesto  que  está  Vd.  aquí 
y  sin  ocupación  ninguna,  quiero  que  hablemos  solos  esta  noche.  Vamonos 
á  comer.  Adiós,  Strap;  adiós,  señores. 

Y  apoyándose  en  el  brazo  de  Leather,  se  lo  llevó  casi  á  la  fuerza  y  sin 


TRADUCCIÓN   DE   RAYMOND    STRAP.  279 

dejar  tiempo  á  que  mi  amigo  pudiera  despedirse  de  mi  más  que  con  un 
saludo  afectuoso. 

IV. 

Tres  dias  habia  pasado  con  mi  amigo  Leather  en  una  continua  borra- 
chera, y  al  despertarme  al  cuarto,  parecióme  como  que  habia  estado  á  punto 
de  volverme  loco.  Cerca  del  mió  estaba  su  lecho,  con  las  sábanas  vírgenes 
de  todo  contacto,  y  sobre  la  mesa  se  hallaban  las  copas  de  brandy,  á  medio 
llenar,  y  los  vasos  de  agua,  con  el  cristal  todavía  empañado  por  las  huellas 
de  sus  largos  dedos.  Aún  me  parecía  escuchar  su  extraña  filosofía  y  sus  ter- 
ribles deducciones,  y  no  pude  menos  de  volver  los  ojos  con  terror  hacia  la 
puerta,  temiéndole  ver  entrar,  como  en  los  dias  anteriores,  á  abrumarme 
con  el  magnetismo  de  sus  miradas,  tan  bien  auxiliado  por  su  fortaleza  de 
bebedor.  Sin  embargo,  posesionado  ya  de  mi  razón  creí  era  sueño  todo  lo 
ocurrido,  y  no  pudieron  menos  de  abrírseme  las  carnes,  al  pensar  que  habia 
estado  á  punto  de  ponerme  en  sus  manos,  con  el  objeto  de  que  ensayase  en 
mí  sus  misteriosos  descubrimientos. 

Reflexionando  en  que  nada  habia  hecho  aún  de  mi  cometido,  redacté  la 
circular  del  meei'mg  preparatorio  para  las  elecciones,  que  fué  perfectamente 
acogida  en  el  circulo  de  la  Bolsa,  al  cual  no  asistieron  aquel  dia  ni 
Mr.  W.,  ni  Leather,  del  cual  ya  comenzaban  á  tener  celos  el  ministro  de 
Hacienda  futuro  y  demás  importantes  hombres  públicos  de  la  próxima 
situación;  celos  que  hasta  mí  no  llegaban,  porque,  aunque  mi  ambición  era 
mucha,  ya  sabían  que  á  un  hombre  ligero  como  yo  no  le  ,habian  de  adju- 
dicar los  altos  destinos  que  sólo  se  confieren  á  varones  graves  y  cachazudos, 
y  tan  sabios  como  mi  amigo  Leather. 

Asi  pasó  una  semana,  en  que  el  trabajo  electoral  fué  rudo,  hasta  el  punto 
de  no  permitirme  siquiera  el  placer  de  gustar  un  poco  de  guindas  en  aguar- 
diente, de  miedo  á  que  la  salsa  perturbase  mis  funciones  intelectuales. 


— Arriba,  perezoso,  y  vístete.  ¡Toma,  toma  antes  para'meterte  en  calor, 
que  hace  frío!  Abrí  los  ojos,  y  delante  de  mí,  amoratado,  con  dos  vasos  lle- 
nos de  brandy,  encontré  á  mi  amigo  Leather. 

— No  quiero  beber,  respondí  algo  amoscado — y...  ¡déjame! 

— ¡Ingrato!  Después  que  abandono  por  tí  la  mullida  alfombra,  la  sun- 
tuosa mesa  y  el  exquisito  vino  del  Presidente  de  la  República,  para  venir  á 
cumplirte  mí  palabra,  ¡á  tí,  la  naturaleza   de  las  naturalezas!  ¿me  rechazas? 

— Pero...  ¿dónde  has  estado? 

— Yo  creo  que  preso  por  Mr.  W...  Ese,  ese  sí  que  es  un  hombre  for- 
mal. Acepta  mis  teorías.  Jamás  me  contradice,  y...  ¡Mira!...  No  me  pongas 


280  ¿ESTABA  LOCO? 

esa  cara  de  displicente,  porque  tienes  delante  nada  menos  que  al  futuro 
embajador  en  Londres  de  nuestra  República. 

— ¡Tú  embajador! 

— ^^Sí,  yo;  que  he  prometido,  en  cambio,  á  Mr.  W...  hacerle  orador  en 
tres  semanas:  pero  como  hombre  prudente,  quiere  que  te  lleve  antes  á  mi 
clínica,  y  después  de  ver  en  tí  los  efectos  de  tu  tratamiento,  se  pondrá  él 
en  cura.  ¡Lee  esta  carta  y  sigúeme!...  Pero  antes...  ¡bebe! 

Confieso  que  todo  aquello  me  pareció  extraño.  Vestime  y.  aunque  sin 
muchas  intenciones  de  seguir  los  deseos  de  Mr.  W...  emprendimos  el  ca- 
mino de  Blakwell  Island,  después  de  haber  tomado  la  mañana. 

Un  bote  nos  condujo  á  la  preciosa  isleta,  y  á  pocos  pasos  que  dimos  por 
una  magnífica  calle  de  árboles  alzóse  ante  mi  vista  un  edificio  de  aspecto 
bastante  extraño,  pues  más  esperaba  encontrar  una  quinta  risueña,  que  las 
altas  paredes  y  cerradas  ventanas  de  un  caserón,  que  todo  lo  tenia  de 
cárcel  y  no  de  sitio  de  recreo. 

Leather  llamó  á  la  puerta.  Alguien  abrió  el  ventanillo,  que  volvió  á  cer- 
rarse con  precipitación,  mientras  mi  acompañante  decía: 

— Pobrecillos...  ¡Si  me  habrán  echado  de  menos! 
Trascurrido  largo  espacio  de  tiempo ,  abrióse  la  puerta  de  par  en  par  y 
un  caballero,  de  aspecto  respetable,  se  presentó  en  el  dintel. 

— Hola,  Dr.  Fellow,  exclamó  Leaíher,  ¿qué  tal  mi  gente? 

— Todos  marchan  bien ,  contestó  el  interpelado  mirándome  fijamente  y 
como  queriendo  expresar  algo  que  yo  no  entendía. 

— Aquí  traigo  otro.  Mi  amigo  Strap.  ¡Vea  usted,  doctor, que  frente!  ¡Pues 
tiéntele  usted  el  coronal ! 

¡Gran  naturaleza!  Muy  equihbrada ,  muy  equilibrada.  Pero  el  principal 
órgano  es  el  de  la  fantasía  !  Hay  que  deprimir  los  demás.  ¡  En  seis  meses, 
cosa  hecha!... 

— ¿Cree  usted  ?     ■ 

— ¿Quién  lo  duda?  Pasen  ustedes  adelante. 

Entramos^  y  la  puerta  se  cerró  á  nuestras  espaldas  con  precipitación  y  es- 
trépito. 

— Vamos  á  verlos,  dijo  Leather. 

— Vamos ,  respondió  el  doctor. 
Penetramos  en  un  patio  ,  en  donde  un  hombre  paseaba  distraído. 

' — ¡  Ah!  dijo  Leather. — ¡Mira,  Strap !  Este  sí  que  es  un  buen  caso.  Cual- 
quiera al  oírle  dirá  que  está  loco.  Se  le  figura  que  es  el  sol  y  que  le  salen 
manchas ,  y  es  que ,  gracias  á  mi  tratamiento,  la  absoluta  disposición  para 
la  astrología  se  va  desenvolviendo  en  él.  Dentro  de  dos  meses,  como  en 
las  aguas  agitadas  de  un  lago,  desaparecerá  esa  excitación  nerviosa ,  y  ese 
hombre  no  servirá  más  que  para  seguir  paso  á  paso  el  movimiento  celeste 
como  Kopérnico,  como  Galileo  y  tantos  otros,  que  por  una  coincidencia  de 


TRADUCCIÓN    DE   RAYMOND   STRAP.  281 

la  creación  han  logrado  lo  que  yo  consigo  por  medio  de  la  ciencia.  Este 
pobre  doctor  Fellow  me  sostiene  que  está  loco.  Es  un  buen  profesor.  Como 
todos  no  ha  pasado  de  Hipócrates,  y  yo  le  sufro  que  me  tenga  por  demente, 
porque  al  fin  y  al  cabo  ,  me  ayuda. 

En  esto  se  oyó  una  algazara  horrible,  y  cien  hombres  se  precipitan  en  el 
patio  levantando  en  triunfo  á  mi  amigo. 

El  doctor  Fellow  me   agarra  por   el  brazo,  y  diciéndome  al  oido: — 
¡Yenga  usted  por  Dios!   me  lleva  casi  á  rastras. 

Yo  no  sabia  lo  que  me  pasaba,   y  atravesando  un  pasadizo  me  dejé  lle- 
var por  el  doctor,  que  al  fin,  empujando  una  puerta  me  introduce  en  su  des- 
pacho. 
— ¡Hombre  de  Dios!  exclamó,   ¿quién  es  usted? 
— Pero  antes,  ¿me  quiere  usted  explicar  todo  esto? 
— Pues  qué,  ¿aún  no  ha  caido  usted  en  que  se  halla  en  una  casa  de  locos? 
— ¡Demonio! 
— Pues  ¿y  Leather? 

— Este  es  el  número  1. — Lo  tengo  ya  hace  siete  años. 
— ¡  Lástima  de  hombre  ! 

Cal  en  una  silla,  anonadado.  ¡Todo  me  lo  expliqué  en  un  momento! 
— Sí  señor,  continuó  el  médico.  Loco  rematado,  él ,  que  tantas  obras  ha 
escrito  sobre  la  demencia;  él ,  mi  antecesor  en  esta  casa.  Como  á  nadie  hace 
daño,  disfruta  de  alguna  libertad  y  suele  escapárseme  algunas  veces.  Yo 
siempre  estoy  seguro  deque  volverá,  por  eso  no  lo  anuncio;  pero  siempre 
lo  hace  conduciendo  á  alguien...  ¡  Si  usted  supiera ! 
— Con  que,  es  decir,  que  yo  he  sido  más  loco  que  él. 
— ¡Oh!  No  se  avergüence  usted.  Sobre  que  puede  usted  contar  con  mi 
absoluta  reserva,  nada  tiene  de  extraño  lo  que  á  usted  le  ha  pasado.  Yo 
mismo  algunas  veces,  al  oírle  narrar  sus  extrañas  teorías,  al  ver,  sobre  todo, 
la  seguridad  con  que  asiste,  receta  y  cura  en  muchos  casos,  creyendo  darles 
alguna  cualidad  absoluta,  á  sus  compañeros,  dudo  á  dónde  termina  el  juicio 
y  en  dónde  comienza  la  locura.  Como  él  dice,  Colon  estaba  loco  y  si  hubie- 
ra encontrado  á  un  doctor  Fellow,  como  yo,  estaría  en  Blakwell  Island, 
como  él!  ¡Ve  usted  ese  hombre  loco  tan  pacífico!  Pues  suspéndale  usted  el 
uso  de  las  bebidas  espirituosas,  y  le  verá  convertirse  en  una  fiera.  ¡Por  eso 
hago  que  Heve  dinero  siempre  en  el  bolsillo,  por  si  se  me  escapa!  En  cuan- 
to deja  de  beber,  se  dispara  por  completo. 

No  fué  flojo  el  susto  que  me  entraba  al  escuchar  aquello,  y,  dando  gra- 
cias á  Dios  por  mi  amor  al  brandy,  pregunté  al  doctor  si  me  seria  posible 
venir  á  visitar  á  mi  amigo,  y  al  contestarme  que  sí,  despedime  y  salí  de 
aquella  casa,  temiendo  tener  que  volver  á  ella,  y  no  de  visita,  como  yo  es- 
peraba. 

TOMO  XIX.  '  19 


282  ¿ESTABA   LOCO? 

VI. 

En  el  bote  no  pude  menos  de  acordarme  del  bueno  y  grave  Mr.  W... 
y  un  proyecto  diabólico  atravesó  por  mi  frente. 

Su  carta  rogándome  me  pusiera  en  manos  de  Leather,  á  quien  admira- 
ba y  prometía  una  gran  posición  en  la  República,  iba  dentro  de  una  cartera, 
y  publicada  en  el  New-  York  Healld,  al  mismo  tiempo  que  la  historia,  podía 
hacer  fracasar  la  candidatura  del  presidente.  El  objeto  de  mi  ambición  es- 
taba ú  punto  de  lograrse. 

Aquel  día  hallé  en  la  Bolsa  á  Mr.  W...  y  comí  con  él  en  su  casa. 

Al  mes  era  el  presidente  of  the  United  States. 

Yo,  como  todo  el  mundo  sabe,  embajador  en  Londres. 

Mr.  W...  siempre  acompañaba  sus  despachos  con  una  carta  confiden- 
cial, que  decía  lo  siguiente: 

«Por  Dios,  no  sea  usted  ligero.  Acuérdese  usted  de  Leather  y  no  me 
meta  usted  en   otro  lío  semejante.» 

VIL 

Al  volver  de  mi  embajada,  fui  á  visitar  al  pobre  loco  á  Blakwell  Island. 
Había  muerto. 

Otro  médico  se  hallaba  encargado  del  manicomio;  pero  al  visitar  éste 
hallé  en  una  jaula  al  doctor  Fellow,  que  no  sólo  me  reconoció,  sino  queme 
dijo: 
— Strap,  Leather  me  ha  dejado  su  secreto.  ¡Estaba  tan  loco  como  yo! 
Mi  conductor,  discípulo  suyo,  murmuró  por  lo  bajo,  y  con  los  ojos  ar- 
rasados de  lágrimas. 
— ¡Pobre  maestro  mío!...  ¿Estará  loco? 

No  he  vuelto  á  Blakwell  Island;  pero  siempre  que  veo  á  un  avaro,  á  un 
exclusivista  en  ciencias,  á  un  poUtíco  absoluto,  á  un  general  triunfante  so- 
bre un  campo  de  batalla  atestado  de  muertos,  ó  á  un  empeñado  en  casarse, 
me  acuerdo  de  Leather,  de  Fellow  y  de  su  discípulo,  y  exclamo  como  ellos: 
— ¿Estarán  locos? 


FIN. 


REVISTA  POLÍTICA. 


INTERIOR 

¡Triste  misión  la  nuestra,  obligados  por  la  rectitud  de  nuestras  doctrinas  á 
combatir  sin  tregua  ni  descanso  contra  todas  las  exageraciones  que  desnatu- 
ralizan la  idea  liberal  ó  comprometen  .la  noble  causa  del  progreso  humano  I 
Hace  pocos  dias,  ante  la  repetición  de  esos  odiosos  atentados  cometidos  im- 
punemente en  la  oscuridad  del  misterio  y  que  tan  honda ,  tan  dolorosa  sen- 
sación han  producido  en  todas  las  almas  honradas,  nuestra  pluma  trazaba  el 
cuadro  sombrío,  pero  verdadero,  de  ese  fermento  impuro  que  turba,  desorga- 
niza y  entorpece  el  desenvolvimiento  pacífico  y  ordenado  de  las  sociedades 
europeas.  Hoy  en  presencia  de  la  actitud  de  los  elementos  teocráticos  que  han 
roto  todos  los  respetos;  de  la  intervención  que  una  parte  considerable  del  clero 
—  hagamos  justicia  á  los  que  han  permanecido  ágenos  al  escándalo— ha  to- 
mado en  las  pasadas  elecciones  haciendo  pesar  en  los  comicios  la  influencia  de 
sus  medios  materiales  y  espirituales;  de  las  pasiones  que  ha  sobreexcitado  ;  de 
las  sacrilegas  alianzas  que  ha  contraído;  del  afán  con  que  un  gran  número  de 
obispos,  dignidades  eclesiásticas,  canónigos  y  simples  presbíteros  se  han  lan- 
zado á  la  arena  del  combate,  disputando  con  armas  reprobadas  á  los  hombres 
de  otras  ideas  la  posesión  de  los  distritos,  como  hubieran  podido  disputar  á 
Satanás  h,  entrada  en  el  cielo ;  ante  este  expectáculo ,  nunca  bastantemente 
sentido  y  deplorado,  no  podemos  menos  de  alzar  nuestra  voz  con  toda  la 
energía  de  que  somos  capaces,  contra  esa  aspiración  insidiosa,  tenaz  é  incan- 
sable que  desde  el  fondo  de  las  conciencias  donde  se  parapeta  y  oculta,  tiende 
su  ávida  mano ,  llena  de  maldiciones,  sobre  las  potestades  del  mundo. 

La  sociedad  española  oscila  entre  dos  barbaries  que  desgraciadamente 
comparten  el  imperio  de  las  muchedumbres ;  la  barbarie  que  las  precipita 
hacia  lo  desconocido  y  la  que  las  empuja  hacia  lo  pasado.  La  misma  noción 
del  Estado  monstruosa  y  confusa  es  el  ídolo  de  ambas  tendencias  extremas 
sólo  que  el  vulgo  extraviado  le  corona  con  el  gorro  frigio  y  el  neo-cato- 
licismo con  el  solideo.  ¡Qué  semejanza  tan  pavorosa!  Todos  los  sueños  de  or- 
ganización social  que  enardecen  los  ánimos  de  la  multitud  contemporánea 
han  sido  expuestos  y  calorosamente  defendidos  en  otros  tiempos  por  los  par- 


284  REVISTA   POLÍTICA 

tidarios  de  la  preponderancia  sacerdotal,  y  no  hay  utopia  ni  absurdo ,  desde 
la  comunidad  de  bienes  basta  la  absorción  y  anulamiento  de  la  familia  por  el 
Estado  ó  por  la  Iglesia,  que  no  haya  tenido  entre  los  escritores  clericales  an- 
tiguos ó  modernos,  activos  propagadores.  ¿Qué  mas?  El  mundo  civilizado  se 
ha  extremecido  de  espanto  ante  el  brutal  llamamiento  al  regicidio  y  el  asesi- 
nato que  surge,  por  el  conducto  de  la  prensa,  como  un  grito  desesperado  del 
fondo  de  todas  las  cloacas  sociales,  y  sin  embargo,  este  grito  no  es  más  que  el 
eco  prolongado  á  través  de  los  siglos  de  las  perniciosas  doctrinas  sostenidas 
por  el  Padre  Mariana,  por  el  Padre  Cotton  y  los  más  eminentes  teólogos  del 
siglo  XVI ;  doctrinas  que  iniciaron  con  un  fraile  siniestro  la  triste  serie  de  los 
regicidas  de  Europa. 

Natural  temor  nos  inspiran  las  turbas  demagógicas;  pero  no  nos  le  infun- 
den menor  las  turbas  fanáticas.  Unas  y  otras  devoradas  por  la  calentura, 
arrebatadas  por  el  vértigo  'son  capaces  de  los  mayores  excesos ,  y  el  olor  de  la 
sangre  parece  como  que  estimula  la  ferocidad  de  sus  instintos .  Ningún  cri- 
men las  es  extraño;  ninguna  violencia  desconocida.  La  historia  es  el  gran  se- 
pulcro de  sus  víctimas  y  ya  no  caben  en  ella;  no  es  bastante  profunda  ni  bas- 
tante ancha  para  contenerlas  sin  que  se  desborden.  Las  matanzas  de  los  albi- 
genses,  las  matanzas  de  los  judíos,  las  matanzas  del  Santo  oficio,  las  matan- 
zas de  la  noche  de  San  Bartolomé,  las  dragonadas  de  Luis  XIV,  i  son  por 
ventura,  menos  crueles  é  inhumanas  que  \^s  matanzas  de  la  Convención? 
Nada  tienen  que  echarse  en  cara  esas  turbas  frenéticas  que  la  idea  social  ó  la 
idea  religiosa  mueve  y  exaspera;  todo  en  ellas  es  idéntico  menos  los  acciden- 
tes del  drama  en  que  intervienen.  En  nuestra  patria  misma,  y  en  la  edad  pre- 
sente se  han  amotinado  las  unas  al  grito  de  libertad  en  las  ciudades,  y  se  han 
sublevado  las  otras  al  grito  de  religión  en  los  campos;  han  asesinado  las  unas 
al  representante  de  la  autoridad  en  Tarragona ,  acorralándole  á  la  puerta  de 
una  taberna  y  han  despedazado  las  otras  al  gobernador  de  Burgos  á  la  entrada 
de  un  templo.  Los  lugares  han  cambiado,  han  sido  diversos  los  resortesj  pero 
el  hecho  ha  sido  el  mismo  y  el  expectáculo  igualmente  horrible  y  oprobioso 
para  la  naturaleza  humana. 

Existe,  sin  embargo,  una  diferencia  capitalísima  entre  la  demagogia  y  la 
teocracia,  que  importa  dejar  consignada.  La  demagogia  no  es  un  sistema;  es 
un  sacudimiento,  una  explosión.  Todo  sistema  necesita  tener  algo  de  inmuta- 
ble: y  en  la  demagogia  todo  es  esencialmente  movible.  Jamás  la  plebe,  entrega- 
da á  sí  misma,  ha  fundado  nada.  En  cambio,  la  teocracia  es  una  organización 
artificiosa,  y  por  eso  es  más  temible.  Halaga,  es  verdad,  los  gustos  externos  del 
vulgo,  al  cual  domina,  pero  no  le  entrega  el  poder;  le  adula,  pero  no  le  obe- 
dece. Da  á  la  actividad  bulliciosa  del  pueblo  pábulo  y  alimento  vario  con  sus 
procesiones  y  sus  ejecuciones,  con  sus  jubileos  y  sus  cofradías,  y  para  sujetar 
á  los  hombres  se  apodera  de  las  mujeres,  cuyos  irreflexivos  sentimientos  pia- 
dosos reaviva  y  explota.  La  teocracia  no  es  un  viento  malsano  que  hiere  y 
se  disipa;  es  una  enfermedad  social  larga  y  penosa  que  mata  con  lentitud  y 
destruye  insensiblemente,  como  la  sombra  de  esos  árboles  de  la  India  bajo 
los  cuales  el  viajero  ignorante  busca  descanso,  se  duerme  y  no  despierta.  S 
áe  levantaran  de  sus  tumbas  las  desdichadas  generaciones  de  la  España  regida 


INTERIOR.  285 

por  los  reyes  de  la  casa  de  Austria;  de  aquella  España  que  empieza  en  Car- 
los V,  y  acaba  en  Carlos  II,  harapienta  ,  corrompida,  extenuada,  que  pierde 
en  dos  siglos  sus  libertades,  su  supremacía,  sus  dominios,  sus  ciencias,  sus 
artes,  su  literatura,  su  genio  y  su  gloria;  de  aquella  España  despoblada,  sa- 
queada por  el  fisco  y  comida  por  el  diezmo,  pero  llena  de  conventos,  herman- 
dades, congregaciones  y  capellanías,  poseedoras  de  la  tercera  parte  de  la  pro- 
piedad territorial;  de  aquella  España,  en  ñn,  alumbrada  por  las  hogueras  de  la 
Santa  Inquisición,  que  persigue  á  los  judíos,  quema  á  los  luteranos  y  expulsa 
á  los  moriscos  con  tan  frió  encono,  que  aún  no  ha  podido  arrancar  de  la 
conciencia  del  mundo  ni  el  recuerdo  ni  el  perdón  de  estos  trágicos  horrores; 
si  se  levantaran  dé  sus  tumbas,  repetimos,  las  desdichadas  generaciones  de 
aquellos  siglos,  engrandecidos  quizás  por  la  distancia  y  hermoseados  por  la 
poesía,  podrían  decir  á  esas  infelices  almas  que  se  entusiasman  con  la  me- 
moria de  lo  pasado,  lo  que  es  la  teocracia  y  con  qué  abrumadora  y  mortal  pe- 
sadumbre gravita  sobre  las  naciones.  Es  una  garra  que  nunca  suelta  su  presa. 
Por  tanto,  bajo  el  punto  de  vista  de  la  duración  de  su  vida,  ó  lo  que  es  lo 
mismo,  de  la  duración  del  tormento,  la  teocracia  es  todavía  más  temible  que 
la  demagogia,  aun  cuando  el  espíritu  de  los  tiempos  que  alcanzamos  dificulte 
su  resurrección  definitiva.  Pero  ante  la  desusada  audacia  con  que  sus  torpes 
adoradores  se  han  lanzado  á  la  lucha,  haciendo  ostentoso  alarde  de  sus  fuer 
zas  y  llevando  la  perturbación  religiosa  á  todas  partes,  á  los  palacios  y  á  las 
cabanas,  es  menester  dar  la  voz  de  alerta  y  estar  preparados  para  no  permitir 
que  salga  á  la  superficie  esa  escrescencia  moral  y  política;  ese  residuo  infecto 
y  pestilente  de  las  viejas  sociedades  paganas. 

Hay,  con  todo,  un  fenómeno  en  este  movimiento  de  la  teocracia  que  me- 
rece Uamar  la  atención  de  los  hombres  de  gobierno,  y  es  el  crecimiento  in- 
esperado, casi  fabuloso,  de  sus  huestes  militantes.  No  se  nos  oculta  que  una 
exageración  llama  á  otra  exageración,  que  hay  corrientes  misteriosas  entre 
todos  los  antagonismos  sociales,  que  á  la  violencia  en  un  sentido  responde 
siempre  la  violencia  en  sentido  contrario,  como  responde  el  eco  á  la  voz  y  el 
dolor  al  golpe.  Abissus  ahissum  invocat.  El  desarrollo  desgraciado  que  ha  te- 
nido en  nuestra  patria  la  demagogia,  ha  contribuido  indudablemente  al  des- 
envolvimiento del  carlismo  clerical ;  los  delirios  han  despertado  á  los  recuerdos ; 
la  España  febril  á  la  España  petrificada.  Pero  esto  no  explica  suficientemente 
el  hecho  que  consignamos,  y  es  preciso  buscar  otro  motivo,  otra  razón,  otro  orí- 
gen  á  esa  fuerza  de  atracción  que  inopinadamente  ha  desplegado  la  teocracia. 
Es  seguro  que  algunas  reformas  útiles,  pero  con  poca  habilidad  realizadas  y 
por  desgracia  mal  comprendidas,  han  sobreexcitado  el  sentimiento  religioso,  y 
no  puede  tampoco  ponerse  en  duda  que  el  estado  de  abandono  y  miseria  en 
que  por  los  ahogos  del  Tesoro  viven  ciertas  clases,  ha  dado  pretexto,  si  no 
disculpa,  á  su  rebeldía.  ¿Pueden  y  deben  cicatrizarse  estas  heridasl  ¿Conviene 
atender  á  su  curación,  ó  ahondarlas?  Esta  es  la  cuestión:  cuestión  para  nos- 
otros que  no  ofrece  la  menor  duda,  y  que  hemos  resuelto  en  nuestro  fuero  in- 
terno con  el  criterio  de  la  justicia  y  de  la  prudencia.  Es  necesario  apartar  de 
la  teocracia  activa,  antes  de  que  el  despecho  los  aglutine  y  funda  en  una  sola 
masa.,  en  cuyo  caso  la  separación  seria  más  difícil  y  quizás  imposible,  á  esos  au- 


286  REVISTA   POLÍTICA 

xiliares  efímeros  que  la  alarma  de  las  conciencias,  el  resentimiento  más  ó  menos 
justificado,  el  hambre  quizás,  han  agrupado  en  torno  de  una  bandera  de  odio 
y  venganza.  Reducir  las  fuerzas  del  enemigo,  aislarle,  quitarle  la  razón  y  los 
medios^  son  principios  rudimentarios  de  la  política  y  de  la  guerra.  La  energía 
apoyada  en  la  equidad,  la  firmeza  sostenida  por  la  templanza,  el  espíritu  de 
concordia,  que  no  consiste  en  transigir  siempre,  sino  en  transigir  á  tiempo, 
conseguirán,  en  nuestro  concepto,  si  el  gobierno  no  se  impacienta,  que  la  teo- 
cracia y  el  carlismo,  es  decir,  la  forma  religiosa  y  la  forma  política  de  la  re- 
acción pasen,  se  deshagan  y  desvanezcan  como  nubes  de  verano. 

Si  la  política  española  no  tropezara  con  otras  dificiiltades,  poco  ó  nada 
significarla  la  hostilidad  de  esos  elementos  que  se  creen  potentísimos  porque  es- 
tán airados;  pero  abundan  demasiado  los  gérmenes  de  perturbación  en  el  seno 
de  nuestra  sociedad  para  que  no  sea  oportuno  debilitarlos,  desorganizarlos  y 
restablecer  la  línea  divisoria  que  realmente  existe ,  entre  los  fanáticos  y  los 
ofendidos,  entre  los  adictos  por  convencimiento  y  los  partidarios  de  ocasión. 
En  la  inteligencia  de  que  si,  después  de  todo,  tienen  la  loca  osadía  de  lanzarse 
al  terreno  de  la  lucha  material,  no  hemos  de  ser  nosotros  los  que  intentemos 
detener,  con  una  compasión  mal  entendida,  la  espada  inexorable  de  la  ley,  ni 
quienes  se  opongan  á  que  el  gobierno,  cuando  haya  agotado  la  fuerza  de  la 
razón,  emplee  contra  los  trastornadores  impenitentes  la  'razón  de  la  fuerza. 

Fácil  es  que  la  hipocresía  ponga  en  duda  nuestra  sinceridad  religiosa  y 
denuncie  á  las  almas  raogigatas  nuestra  herética  pravedad  porque  conde- 
namos la  d,ominacion  del  Estado  por  la  Iglesia,  y  esa  especie  de  solidari- 
dad impía  que  quiere  establecerse  entre  la  causa  eternamente  viva  de 
Cristo  y  la  causa  perdida  de  un  pretendiente  á  la  corona  de  España.  Nos  im- 
porta poco  esta  acusación,  sobre  la  cual  muéstrase  erguida  nuestra  fé,  que  no 
ha  desmayado  nunca,  que  conservamos  en  el  santuario  de  nuestra  conciencia, 
como  lámpara  encendida  ante  el  altar,  y  que  jamás  nos  ha  servido  para  alum- 
brar los  tenebrosos  senderos  de  la  ambición  mundana.  Este  invencible  senti- 
miento de  repulsión  que  nos  inspira  la  teocracia  invasora,  descomedida  y  ava- 
riciosa, nace  precisamente  del  profundo  respeto  que  profesamos  á  la  santa  re- 
ligión que  nos  enseñó  á  amar  nuestra  madre  en  las  horas  prósperas  y  en  las 
horas  de  infortunio.  Mezclarla  con  las  cosas  terrenas,  arrastrarla  por  el  fango 
de  nuestras  discordias,  atizar  con  ella  la  hoguera  de  las  disensiones  públicas, 
convertirla  en  oráculo  del  carlismo  ó  de  otra  opinión  política  cualquiera,  va- 
lerse de  ella  como  de  unas  tenazas  de  hierro  candente  para  sujetar  el  progreso 
providencial  del  género  humano,  nos  parece  que  es  profanarla  y  desconocer 
la  salvadora  misión  de  Aquel  que  vino  á  redimirnos,  pero  no  á  esclavizarnos. 
En  medio  de  las  pasiones  ensoberbecidas,  llega  á  nuestros  oidos  el  sordo  rumor 
de  la  duda  filosófica  que  avanza  y  se  infiltra  en  el  corazón  del  pueblo  de  las  ciu- 
dades. No  opongamos  la  religión  como  un  obstáculo  insuperable  á  la  emancipa- 
ción de  los  oprimidos,  ni  hagamos  de  ella  una  cadena  demasiado  pesada  en  el 
orden  público  y  social,  porque  podría  suceder-  no  lo  permita  el  cielo— que  la 
duda  se  trasformase  en  rebelión.  Podría  suceder  que  tomando  cuerpo  las 
doctrinas  que  han  resonado  ya  en  las  reuniones  públicas  de  Paris  y  en  las 
conferencias  de  artesanos  celebradas  en  Madrid  últimamente,  la  multitud  in- 


INTERIOR. 


287 


curriese  en  el  error  gravísimo  y  trascendental  de  considerar  la  religión  como 
una  institución  puramente  humana  y  de  contestar  á  las  imprudentes  agre- 
siones del  carlismo  místico  con  la  protesta  de  su  ateísmo  republicano .  El  pe- 
ligro se  presiente,  y  no  es  por  cierto  el  mejor  medio  de  evitarlo  el  de  apartar 
al  clero  del  ara,  donde  debería  permanecer  extraño  á  las  luchas  políticas, 
para  hacerle  int  ervenir  con  todo  el  peso  de  su  influencia  en  las  contiendas  de 
los  partidos  y  en  las  tempestuosas  discusiones  de  la  tribuna. 

Porque  oyéndole  un  día  y  otro  defender  desde  lo  alto  las  soluciones  más 
reaccionarias  y  aspirar  á  la  resurrecion  de  un  pasado  imposible,  se  expone  á 
que  el  pueblo  confunda  en  un  mismo  anatema  lo  que  es  eterno  y  lo  que  es 
transitorio,  el  dogma  y  la  política,  la  verdad  revelada  y  las  aspiraciones  terre- 
nales del  sacerdocio. 

Las  Cortes  próximas  ofrecerán,  por  desgracia,  este  expectáculo  desconsola- 
dor y  poco  edificante.  El  clero  tendrá  en  el  Senado  y  el  Congreso,  merced  á 
la  actividad  electoral  que  ha  desplegado,  y  álos  esfuerzos  de  la  coalición,  una 
representación  peligrosa  para  él  mismo.  Bajo  la  enseña  carlista-católica  que 
ha  desplegado  al  viento,  levantará  acaso  su  voz,  pública  y  solemnemente,  con- 
tra las  conquistas  del  siglo,  si  es  que  arrebatado  por  el  ardor  que  le  domina 
no  prolonga  en  el  parlamento  la  alianza  nefanda  que  contrajo  con  los  parti- 
darios del  Sr.  Suñer  y  Capdevila  en  los  comicios.  Esta  actitud,  que  bajo  el 
punto  de  vista  religioso  nos  lastima  y  aflige,  puede  producir  en  el  orden  polí- 
tico ventajosos  resultados.  Combatidas,  hostigadas,  atormentadas  por  opinio- 
nes irreconciliables  y  extremas,  es  seguro  que  se  verificará  en  las  huestes  de 
la  mayoría  un  movimiento  de  concentración  irresistible  :  empeñadas  las 
fracciones  que  la  constituyen  en  la  común  defensa  ,  no  tendrán  tiempo 
de  volver  la  vista  atrás  ni  de  recordar  historias  pasadas.  La  oposición  será  su 
gran  fundente.  Por  otra  parte,  ¿con  qué  elementos  cuentan  nuestros  enemigos? 
Una  oposición  que  no  afirma  es  infecunda.  Puede  llenar  el  espacio  con  sus 
desaforados  gritos,  pero  no  satisfacer  las  exigencias  públicas;  ejercer  la  crítica, 
pero  no  el  poder;  destruir,  pero  no  edificar;  y  la  sociedad  española  está  ya  has- 
tiada de  ruinas.  ¿Es  para  ella  una  esperanza  el  carlismo  teocrático?  ¿Es  para 
ella  una  ilusión  la  república  democrática  y  social,  que  tan  tristes  ejemplos  está 
dando  al  mundo  en  la  vecina  Francia?  ¿Qué  nos  ofrecen  las  oposiciones  radi- 
cales? ¿Qué  soluciones  posibles  agitan?  ¿Cómo  y  con  qué  podrían  reemplazar 
lo  existente? 

Supongamos  por  un  momento  que  la  monarquía  constitucional  se  desplo- 
ma, esta  monarquía  de  las  clases  medias,  garantía  de  la  libertad,  del  orden  y 
del  trabajo  en  todas  las  naciones  donde  existe.  Al  día  siguiente  de  su  desapa- 
rición, España  seria  ancho  campo  de  batalla,  y  los  coligados  de  la  víspera 
implacables  competidores,  ¿qué  decimos  al  dia  siguiente?  en  el  momento  mismo 
del  triunfo.  Antes  de  que  se  hubiese  apagado  el  estruendo  producido  por  la 
caida  de  la  institución  real,  la  sangre  correría  á  torrentes  en  las  ciudades  y 
en  las  aldeas,  en  los  clubs  y  en  los  templos.  La  confusión  seria  indescrip- 
tible. ¿Quién  recojeria  la  herencia  de  la  catástrofe?  ¿La  reacción?  ¿La  demago- 
gia? Este  es  el  problema,  el  misterio  y  la  amenaza. 

Por  mucho  que  la  ira  política,  la  más  brutal  de  todas  las  iras,  extravíe  y 


288  REVISTA    POLÍTICA 

revuelva  los  ánimos,  jamás  se  oscurece  por  completo  el  instinto  de  la  propia 
conservación  que  reside  en  las  colectividades  como  en  los  individuos.  Parti- 
dos y  clases  sociales  hay  que  invocan  la  tormenta,  y  sin  embargo,  si  estuviera 
en  sus  manos  el  rayo,  no  le  fulminarían.  Son  como  el  blasfemo  que  desafía  á 
Dios,  porque  sabe  que  Dios  no  lia  de  admitir  el  reto.  iCómo  es  posible  sino 
que  ciertos  elementos  esencialmente  conservadores  arrojasen  leña  á  una  ho- 
guera que  puede  consumirlos  y  devorarlos^  Pero  ¡ay!  de  ellos  si  se  engañan. 
¡Ay!  si  como  aquella  frivola  é  imprudente  aristocracia  francesa,  cortesana  de 
Voltaire,  que  antes  de  la  revolución  del  pasado  siglo  halagaba  por  moda  á  los 
apóstoles  del  descreimiento,  tienen  que  llorar  algún  dia  su  insensata  imprevi- 
sión en  el  destierro,  en  el  cadalso,  á  la  siniestra  luz  de  sus  castillos  incendia- 
dos reflejando  sobre  sus  propiedades  repartidas.  Auxiliares  de  la  revolución 
que  los  acecha,  de  la  anarquía  que  los  solicita,  una  y  otra  aplauden  sus  de- 
mostraciones, reciben  el  voto  de  sus  lacayos  en  las  urnas,  y  se  dejan  que- 
rer mansamente.  ¡Desventurados  de  ellos  si  creen  que  han  domesticado  á  la 
fiera,  ó  que  después  de  haberla  soltado  podrán  encerrarla  de  nuevo  en  la  jaula! 
¡Y  más  desventurados  aún  si,  cuando  no  han  tenido  fuerzas  para  sostener 
un  minuto  más  la  dinastía  borbónica  que  se  derrumbal^a,  imaginan  que  han 
de  tenerla  para  imponernos  su  restauración!  Hace  algún  tiempo  (luelos  reyes 
que  se  van  no  vuelven;  desde  Carlos  X,  ninguno  ha  vuelto  todavía ;  pero 
aunque  así  no  fuera  íqué  son  las  restauraciones?  ¿Cuántas  se  han-  asegurado? 
¿Cuánto  han  vivido  en  la  historia?  El  árbol  desarraigado  no  reverdece.  Recu- 
peran los  Estuardos  el  trono  de  Inglaterra,  y  le  pierden  en  seguida.  Diez  y 
seis  años  resístela  dinastía  borbónica  en  Francia  á  su  segundo  renacimiento; 
después  pasa,  desaparece  y  se  extingue  como